Sol y Luna

Una premonición… tal vez, pero Defteros será testigo de eventos que le harán entender cuáles son las dos cosas que más ama en su vida.

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Temas: Shounen Ai, drama, romance
Personajes: Defteros, Asmita, Aspros
Spoilers: Cap 152 pasado de Defteros.
Resumen: Una premonición… tal vez, pero Defteros será testigo de eventos que le harán entender cuáles son las dos cosas que más ama en su vida.
Editado: 18/04/2013 (Publicado: 19/11/09)

Aproveché que re publiqué este fic en otro foro para editarlo. Corregí errores ortograficos, uso de los verbos en gerundio y agregué más descripción de los hechos que ocurren en el fic, pasando de 3200 a 5100 palabras. Para los que quieren leer o no lo ha leído.

Sol y Luna

El sol de esa mañana brillaba fogosamente. Un día caluroso de verano, de esos que cada tanto le hacía anhelar la oscuridad como pocas veces lo había deseado. Considerando lo mucho que renegaba de ella, ese día era inusual porque no solo se trataba de su luz sino de su calor. Incluso parecía que el sol estuviera allí con la intención de tragarlo.

Defteros estaba observando perplejo los enormes rayos del sol que a las afueras parecía eliminar todo rastro de sombra. Tan ardiente y tan peligroso, quitaba todo ánimo de salir a caminar entre las ruinas escondiéndose de los soldados. El gemelo se ocultó de nuevos en las negruras refrescantes de su guarida en el templo de géminis, como si ellos fueran nocivos para él. Como si pudiera desaparecer tras su toque.

—Defteros. Ya la guerra empezó.

Escuchó desde su escondite a la voz de su hermano, quien con prisa se atavió su casco y su capa blanca. Su mirada mostraba la fiereza de un guerrero. Lejos de la siempre emotividad que le provocaba escucharlo cuando llegaba, su pecho se cerró ante la certeza de su información.

La guerra.

Giró su rostro hacía afuera, totalmente desconcertado ante aquella realidad. Que hubiera una guerra distaba con lo que había visto en la entrada de Géminis, mucho sol. Pero de pronto, como si la luz comenzara a ser tragada, la oscuridad y todo su poder parecían cernirse a ellos. Era como si la sola mención de la guerra los hubiera invocado. Imposible fue no cerrar los puños fruto de la frustración y girar su rostro, de nuevo, hacía donde estaba él.

Pero no lo podía asimilar, la sola idea de que su hermano ya saliera a la guerra daba dos probabilidades, una de ella tan fatalista que un nudo se arrastró en su garganta. Simplemente no pudo dejar que sus palabras se callaran, aún a pesar de ello. Aún al saber que su petición sería egoísta.

—¡Hermano, déjame ir a pelear contigo!

—¡De ninguna manera!—levantó la voz el santo ante la perspectiva. Pese a la voluntad que él imprimiera a sus palabras, parecía que no había modo de hacerlo retroceder. Aspros no lo aceptaría.

El gemelo dorado colocó sus manos en los hombros del menor, mirándolo atrapado tras esa mascara. Los ojos azules de su hermano mayor se veían brillantes, no solo de determinación, sino de temor. Defteros sintió que un frío caló por su espalda al entender el significado tras la mirada exploratoria. Podía ver en él la más firme convicción de pelear y protegerlo. Como siempre, colándose hacia adelante, cobijándola en la sombra de su capa para que nada ni la luz, ni el fuego, le hiciera daño.

¿Cómo podría dejarlo ir así?

—Aspros… ¡Quiero ir a ayudarte! Me has entrenado, ¡puedo apoyarte!

—¡No permitiré que te enfrentes sin protección, Defteros!–alzó la voz el dorado con un timbre adolorido. Viendo la impresión en los ojos de su hermano menor, suavizó su mirada, intentando parecer calmado, cosa que no era del todo creíble. No cuando se conocían tanto—. Tranquilo, Shion y Aldebaran ya están al frente, derrotaré a los espectros y regresaré.

—¿De verdad regresarás?

Defteros tembló dentro de sí. El temor lo empezó a acorralar cuando sintió aquella increíble fuerza maligna fuera del santuario. Los poderes de la oscuridad parecían venir en oleadas cada vez más altas y poderosas y las almas de los santos caían ante su poder. El miedo entonces penetró en su cuerpo, enfocando su mirada en su hermano, como si quisiera encerrarlo dentro de ella para no dejarlo salir.

Algo no andaba bien, su corazón se lo gritaba con adoloridos latidos en su pecho. Sus pulmones no podían respirar, sus labios se secaron inmediatamente conforme la pupila de sus ojos se dilataba. Ante la pregunta no tuvo respuesta. Solo una sonrisa que más que un hasta luego, sabia a un adiós.

El gemelo dorado sujetó a su hermano menor con fuerza contra él, como si tratara de convertirse en uno por un momento. Defteros lo entendió, entendió lo que significaba. Entre ellos no necesitaban palabras, no cuando sangre, carne y huesos habían sido compartidos entre ellos.

—Escúchame Defteros… por ninguna razón salgas detrás de mí—no había vuelta atrás ni a sus palabras ni al temblor dentro de ellas—. Cuida del templo de géminis, en mi nombre—la voz del mayor se quebró por un momento—. Debo cumplir con mi misión como santo dorado. Debo protegerte a ti y al santuario.

—Hermano…—el menor sujetó la capa con fuerza, como si con ello pudiera detener a su hermano, mientras dejó que las lágrimas cubrieran a su rostro. Apretó la tela, negándose a soltarlo, consciente que tenía que hacerlo. Dejándose llevar por un momento por el encaprichado deseo de sostenerlo–. ¡Véncelos! ¡Véncelos y regresa!

Con dificultad, Aspros logró zafarse de su hermano quien ya había empezado a llorar desconsoladamente, asustado ante lo que venía. El reloj de fuego fue encendido, los gritos de guerra fuera de los templos se escuchaban como un solo clamor, alertando sus emociones. Aspros subió su mirada. Se veía algunos rayos de sol iluminando su semblante, como si le llamara. Un último beso en la frente de su hermano, aquel al que tanto amaba, y con decisión, Aspros salió de su templo.

Defteros cayó al suelo, siguiendo a través de su cosmos el encuentro de su hermano mientras rogaba por su victoria. Desde su cosmoenergia podía sentirlo. Tres poderosos cosmos que debían ser el de los jueces del inframundo, junto con una gran estela de espectros que apostaban en el lugar. Pronto vio apagarse el cosmos de Aldebaran de Tauro y el gemelo se sintió acorralado por la desesperación.

“Aspros, ¡no mueras!”

Sintió desde las lejanías el poder destructivo de aquella técnica que su hermano había perfeccionado y por lo cual se hizo merecedor del puesto en las doce casas del zodiaco. La explosión de Galaxia que destajaba a todo lo que estuviera en su camino, un estallido de cosmos capaz de destruir galaxias y estrellas por completo. Su propia alma se sacudió al mismo tiempo que la tierra en sus pies se conmovía ante la maniobra de energía y los cielos parecían rasgarse con la llamarada de su cosmos.

“Hermano, ¡NO MUERAS!”

En ese momento, lo sintió, tal como si hubiera sido hacía él mismo. La noche había llegado al santuario y luego de una férrea batalla, el cosmos de géminis se desvaneció como el vapor de las aguas hacía el cielo, sin destino aparente. Defteros se levantó y salió de su habitación, intentando correr hacía la salida de géminis y así ir tras el auxilio de su hermano. Corrió, corrió desesperadamente y sintió que la salida del templo de los gemelos cada vez se alejaba de sus pasos. Corrió como si escapara de los dioses, del destino que los había escogido, recordando los momentos aquellos que había compartido con él, con el ser que amaba, con el ser que respetaba, su sol…

—“Aspros, tu eres un sol para mí”—revivió ese momento, mientras sus piernas se esforzaban por comer distancia y llegar a su lugar.

El mayor, quien se preparaba para ir a su entrenamiento matutino como aprendiz a dorado, había observado extrañado a su hermano con una extraña sonrisa y gesto de curiosidad. Defteros tímidamente subió su mirada y escondió una sonrisa tras la máscara.

—“No exageres Defteros”–replicó su hermano.

—“¡Es en serio! ¡Tú eres un sol para mí Aspros! Brillante, inalcanzable… Sé que dominaras todas las galaxias enteras, todo lo que te propongas, fácilmente cederán ante tu luz”

Las lágrimas de Defteros cayeron sin rumbo fijo, el grito desgarrador que emanaba desde su alma llamando a su hermano parecía hacerse ecos sordo en el pasillo interminable hacía aquella salida… aquella que nunca logró alcanzar. En una eterna carrera que, sin poder hacer nada para detenerlo, sintió como el cosmos de su hermano se apagó y ni siquiera acarició sus manos. El recuerdo y todos los demás que se habían guardado en su memoria ahora subían en una fúnebre marcha, entre sus ojos, escapando de su pecho como sangre tras una profunda herida.

El menor cayó al suelo, arrastrándose en su dolor e impotencia. Dio gritos, alaridos de intenso dolor en su pecho. Lloró el alma de su hermano que brillaba una última vez en el firmamento. Despidiéndose de él torció sus uñas en el sucio mármol que le había visto partir una última vez.

Su sol se había ido, apagado eternamente. Lo había dejado solo en las sombras frías de aquel templo que no era nada si no estaba él allí. Se dejó caer adolorido, con una mirada que hervía de furia y absorto dolor. Si tan solo fuera lo suficiente fuerte de ir para vengarle, si al menos sus puños fueran tan poderosos como los de él…

La sola idea atravesó por su médula, acorralando sus pensamientos para llevarlos a un solo punto. Salir a pelear, aún si no tenía armadura, aún si sus nudillos ásperos eran sus únicas armas. Proteger a géminis con manos desnudas.

—Defteros…

Reconoció su voz, lo haría aún si hubieran pasado siglos. El gemelo subió su mirada para ver frente a él el cuerpo de su hermano, de pie, ensangrentado y mostrando un profundo golpe en su pecho, un agujero que había traspasado la hermosa armadura dorada y quebrantado su cuerpo hasta golpear su corazón.

El menor no pudo dar crédito a lo que veía. Su hermano, su hermano estaba manchado de sangre… No, ¡su hermano estaba frente a él! Defteros no pensó en nada más, se agarró de las piernas de su hermano, lo aprisionó entre sus brazos, llorando amargamente en lo que parecía ser el espíritu que se negaba a abandonar a la tierra. Si era lógico o no lo que veía no importaba, el dolor le cegaba a ese punto.

—Escapa Defteros…

No entendía el porqué de su petición. Tampoco le importaba. Si lo único que quedaba de Aspros era el remanente de su esencia en géminis él quería quedarse pegado a ella hasta que se desvaneciera. Y no habría algo que pudiera impedírselo, ni siquiera su sosegada voz. Defteros estaba allí, llorando ante el alma, se sentía condenado a la tristeza y a la desolación. Porqué perderlo a él era equivalente a eso. No solo perdía a su hermano, no solo a su mitad. Estaba perdiendo el significado de su existencia.

—Aspros, porqué hermano…—sollozó el menor sin hacer mayor caso. Apretó sus piernas con sus uñas heridas y llenas de tierra, las mismas que había arrastrado del suelo.

—Escapa Defteros… escapa de las espinas…—no, no quería… no quería oír.

Defteros entonces sintió aquellas manos ensangrentada posarse en sus hombros, haciéndolo subir su mirada y ver, espantado, el rostro de clamor de su hermano mayor.

Por primera vez tuvo miedo… tuvo miedo de él y de sus ojos de sangre.

—¡Escapa de mi Defteros! ¡Escapa de las espinas!

No lo entendía, no lo comprendía hasta que lo vio. Justo una gran enramada de espinas empezó a gobernar al templo de géminis, grandes, siniestras, con afiladas espinas que amenazaban con perforarlo por completo. Defteros cayó hacia atrás, asustado, no entendiendo lo que estaba pasando. Aquello era inverosímil… ¿de dónde habían salido?

—¡¡Huye Defteros!!

No tuvo tiempo de pensarlo, tragó grueso al oír aquel grito autoritario que le daba su hermano, y en el acto, escapó del lugar, corriendo en dirección hacía cáncer. Las enramadas secas de espinas empezaron a retorcijarse en cada columna de mármol, con fuerza, con fiereza, haciendo ceder la dureza de la infraestructura y partiéndola ante su presión. El calor pronto empezó a perseguirlo en su espalda. Cuando se dio cuenta, al voltear un poco hacía atrás, observó con espanto como un lago de magma empezaba a acorralarlo.

Defteros no lo entendía, pero su sentido de sobrevivencia le gritaba que corriera, que corriera tan fuerte como sus piernas se lo permitiera y escapara de ese siniestro lugar en el que se había convertido su hogar. Sin embargo, igual como antes, la salida de su templo estaba inaccesible. No podía alcanzarla.

Como si ahora el mismo fuera la victima del laberinto de su hermano.

Pasillos blancos y negros parpadeaban sobre él y él estaba desesperado buscando el modo de salir. El sudor brotaba de sus poros. El ardor del esfuerzo físico cansaba a sus músculos y la amenaza más latente parecía comerse en grandes espacios las posibilidades de sobrevivir. Y él solo podía correr, correr todo lo que su cuerpo le permitía.

Su voz se atoró en su garganta, las lágrimas ya no tenían permiso de salir. Extendió sus brazos y piernas lo más que podía intentando escapar de un enemigo que pronto empezó a rodearlo. Corrió, intentando escapar. Cerró sus ojos asustado dejándose llevar por la total incertidumbre. Si golpeaba la pared o no ya no importaba. Solo tenía que salir, en este momento, ahora…

Quería sobrevivir y sus acciones así lo decían, pero ese monstruoso adversario lo había acorralado, justo cuando por fin había pisado la salida. Se enroscó contra sus brazos y sus piernas, clavó sus gruesas espinas dentro de su piel abriendo la carne.

Defteros se contuvo de gritar y aplastó sus pies sobre la tierra. Se sujetó de una de las columnas de la salida de su templo, observando aquella noche despejada, de luna llena, que brillaba de un color dorado semejante al oro. Sintió que la presión lo estaba arrastrando hacía aquel lugar que se había convertido en su maldición, mientras él buscaba desesperadamente existir. Las espinas pronto desgarraron su franela, dejando profundas heridas en su piel. El fuego amenazaba, se acercaba lentamente y planeaba devorarlo entre su manto de rojo vivo. El forcejeo continuó, el gemelo se negaba a morir aunque era arrastrado, irremediablemente… No iba a dejarse vencer. No.

Allí pudo sentirlo, sintió como un cosmos dorado brillaba en la cima, a tres templos por encima de él y lo supo reconocer. Debía ser él y con ese conocimiento comprendió que no lo había perdido todo… quizás estaba condenado a la oscuridad ahora que su hermano se había ido, llevándose con él la luz del día, aquella que le hacía sonreír y tener la esperanza de ser libre. Pero le quedaba algo. Su luna… una luna dorada que brillaba humildemente entre las sombras de la noche, que acobijaba, que lo acompañaba en silencio, haciendo más llevadera su soledad.

Decidió sobrevivir, no desperdiciar el deseo de su hermano al querer protegerlo. Defteros luchó contra las espinas, extendiendo sus manos hacía el sexto templo, semejante a un preso que ansía la libertad a través de la tenue luz de los barrotes. Lo alcanzaría… y conforme lo creía, las espinas empezaban a ceder ante su poder. Logró poner un brazo sobre los escalones, y siguió aferrándose a su determinación, haciéndola más inconmovible que la de una montaña. Subió escalón por escalón, primeramente arrastrándose mientras se les resbalaba a las espinas que lo amenazaban.

Cuando pensó que ya no podría esforzarse más, logró ser libre. En el instante y sin perder tiempo se apresuró a subir los escalones para encontrarse con él único que le quedaba. Corrió hacía él, llorando sin saber cuál era el sentimiento que más lo agobiaba: si era el dolor de su hermano o la esperanza de que aún le quedaba algo, algo que debía proteger, algo que debía cubrir con todas sus fuerzas. Porqué lo que venía de Géminis seguro lo seguiría y si llegaba templos más arriba, le quitaría lo único que le quedaba.

Pronto sintió que el fuego empezó a invadir el santuario. Los enemigos del cual logró escapar en géminis seguían de cerca sus pasos, como lo había presagiado, primero dominando la casa de cáncer hasta devorarla por completo. Pero Defteros no miraría para atrás… Nada había allí, nada de él ni de su hermano, nada por lo cual volver. Tenía que ir hacia adelante y huir de la muerte que se había forrado de espinas negras.

Finalmente, llegó a la entrada del templo de Virgo, que muy contrario a lo que el recordaba, lucia totalmente distinto. Pudo ver a su protector, envestido por el oro de su armadura y sentado en esa posición sempiterna, mirando hacia el norte. Frente a él estaba un gran ventanal que permitía ver toda una colina y algunos pueblos a lo lejos. La brisa que se escurría en el lugar era refrescante, húmeda, un tanto nostálgica. Defteros quedó embargado de una sensación de desconcierto al sentir que estaba en otro lugar.

Giró su rostro hacía atrás, buscando algún rastro de la amenaza de la cual huía. No halló absolutamente nada, parecía que todo aquello había sido tragado fruto de su trastornada muerte que tras la muerte de su hermano le castigaba con aún más angustioso dolor. Pero el lugar tampoco era el templo de Virgo. No recordaba las estatuas, tampoco las alfombras. No había rastros del lugar que había sido usado como su escondite durante mucho tiempo. ¿Sería fruto de una ilusión de Asmita?

—Asmita…

El murmullo pareció no haber alcanzado al rubio, quien solo levantaba su cosmos, cálido, confortable en todo su alrededor. Defteros no hizo más… de seguro estaban en un lugar muy lejos donde la guerra no podría alcanzarlo. Seguramente alguna puerta como Cáncer que en vez de llevar a los infiernos llevaba a un sitio que solo evocaba la calma de espíritu. Así que confiado, se sentó detrás de él, dejó caer su cabeza en la fría textura del oro que cubría la espalda del dorado, mientras sentía las leves caricias que las hebras doradas le regalaban al moverse en el viento.

Y allí… allí se deshizo como un frasco de cristal al caer de una gran altura, desmoronándose entre lágrimas y sollozos por la pérdida de su hermano.

No pidió ninguna palabra del dorado, solo se dejó ir tras el cálido cosmos que lo rodeaba y el sosiego que lo consolaba en ese lugar, tan alejado del santuario, del temor, de lo que lo perseguía. Entre lágrimas y sus ojos inflamados, escondiendo su nariz contra el cuello del joven dorado, podía visualizar algunas luces lejanas que intuyó serían de alguna aldea. Sonrió con pesar pensando en que si no hacía algo, Hades también arrasaría con ella. Con todo lo que su hermano había muerto por proteger.

Quizás necesitaba fuerzas, pero en ese momento no podía hacer más que regodearse en el dolor de la perdida. Aspros dolía, se sentía arrancado no en dos sino en mil pedazos a su vez. El ardor de sus espinas en los brazos y piernas no podía mitigar el que sentía por dentro. Pero al menos, en ese lugar, se permitía con seguridad poder dedicarle a su hermano un llanto de despedida y de agradecimiento por haberle avisado, en su último aliento, sobre el peligro que estaba por acorralarlo y a su vez, por haberle salvado.

Porqué ya estaba a salvo. O eso creyó.

El gemelo levantó su mirada espantada luego que un fuerte azote de cosmos lo arrojó hacía la puerta, alejándolo del santo de forma imprevista. El golpe fue suficiente para arrancarle el grito de su garganta y la sangre volvió a brotar en borbotones por los huecos dejados en su piel. Abrió sus ojos y cuando prestó atención, observó como el cosmos de Asmita empezó a mostrar halos de luz, conforme iba acrecentándose paulatinamente, de forma violenta, hacía un sentido más allá del séptimo.

No lo entendía, pero la fuerza de ese cosmos era devastadora no importara como lo viera, y reconocía que de seguir quemando su cosmos de esa manera, sería devorado por la esencia de ese universo que se estaba desbordando dentro de él. Apresuradamente se acercó a Asmita de nuevo. Intentó acercarse pero su cosmos ardía como fuego divino que quemaba toda impureza a su alrededor. Quemaba, quemaba como el sol de su hermano, vehementemente, sin misericordia. Defteros se desesperó ante el escenario, sintiendo además que detrás de él, el crujir de las espina y el fuego ígneo del magma se acercaba y golpeaba contra la puerta.

—¡Detente Asmita!–gritó angustiado el gemelo, conforme buscaba tocar al dorado que era iluminado por un resplandor—. ¡No! ¡¡No lo hagas!!

Una explosión de cosmos rodeó el lugar, arrojando a Defteros a una de las paredes de aquella habitación que se estremeció ante el brillo intenso del cosmos dorado y se extendió, partiendo las columnas y destrozando el techo hasta liberarlo de las paredes físicas. Un estallido del mismo universo que superaba incluso el de la técnica de su hermano. Una supernova… ardiente, cálida, poderosa, potente… divina…

Aunque Defteros no pudiera abrir los ojos por el fulgor del que había sido testigo, no era necesario. Lo sabía, su cuerpo, su alma ya lo sabía. No quedaría nada… no hallaría nada cuando sus parpados abrieran.

Las lágrimas pronto recorrieron sus mejillas, quien en el suelo, no daba crédito a lo que había presenciado. La máscara, debido al golpe, cayó al suelo partida en dos aunque no era eso lo que lo atormentaba… era el cosmos de Asmita que se escapaba como el olor del incienso hacía el cielo. Y aunque era agradable la brisa que golpeaba contra sus pómulos húmedos, sus ojos pronto no pudieron ver por las lágrimas que los agobiaba.

Lo poco que tenía se había ido.

—Defteros…—escuchó el susurro acogedor de esa voz llamándolo.

Defteros levantó su rostro y observó, embargado de un dolor pulsante, los brillantes ojos de Asmita quien con una sonrisa parecía dispersarse en el aire. Unos ojos que nunca habían visto luz parecían posicionarse en él, grabándolo en la memoria de su cosmos, en medio del danzar de su cabello al infinito. Por primera vez, frente a ojos de esmeralda que parecían reconocerlo.

El intento por sostener por última vez esa mano se vio frustrado; aunque la alcanzó se esparció de entre sus dedos, se escurrió como fragancia en el ambiente. Su luna, su luna se había ido de su lado. Su sol se había apagado… había quedado atrapado totalmente en la oscuridad.

Solo, totalmente solo, Defteros no hizo el mínimo reparo a las espinas y el magma que finalmente lo rodeó. No valía la pena…

—Defteros. ¡Defteros!–escuchó una voz que lo llamaba de forma consistente.

Al abrir sus ojos luego de constantes zamarreos a sus hombros, Defteros sintió la fina textura de su sabana cubriéndolo y las lágrimas que inconsciente habían rodado sobre su rostro. Reconoció el lugar, la cama donde estaba, la mesa de pulida madera con los libros que su hermano estudiaba, incluso la capa que estaba puesta contra a la silla, perfectamente doblada.

Estaba en donde siempre, en su habitación.

—Defteros, despierta, ¿qué te pasa?

—Aspros…—murmuró el gemelo entendiendo que todo había sido un sueño y sintiendo un incontenible alivio gracias a esa idea. Rodó su rostro hacía él, buscándolo con necesidad. Cuando lo vio, no pudo contenerlo—.  ¡Hermano!

Defteros se reincorporó rápidamente al ver a su hermano visiblemente molesto y somnoliento, restregándose sus parpados con pereza. Sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo y la felicidad emotiva le embargó por completo provocando que sus músculos le costaran entablar un movimiento certero.

—¿Qué te pasa? No me has dejado dormir con tantas patadas…—susurró el mayor poniendo su mano sobre la cabeza de su gemelo, como si intentara verificar que estaba bien y no era fiebre lo que tenía.

Sin dar tiempo, el menor se abalanzó en un abrazo hacia su hermano mayor, rodeándolo por la cintura y poniendo su rostro enrojecido, entre tristeza y alegría, en el pecho de aquella persona que había pensado perdida. Aspros allí entendió que algo no estaba bien. Respondió el abrazo preocupado, afianzándolo hacia él y colocando su rostro al lado del oído del menor, para susurrarle. Le había sobrecogido la manera en que busca de su contacto, y se sintió absurdamente feliz de que Defteros lo buscara de esa manera. No lo pensó para prensarlo entre sus brazos y hacerle sentir que estaba allí. Estaban allí juntos.

—¿Qué paso? ¿Por qué estas así?

—Pensé… pensé que te había perdido…—apenas Defteros era capaz de hacer sentir con sus palabras las imágenes que aún golpeaban contra sus parpados y su mente—. La guerra… fuego… y sangre… estabas manchado de sangre… —los murmullos de Defteros, entre sollozos y respirar ahogado, conmovieron a su hermano, quien se dio cuenta que todo era producto de una pesadilla. Acarició con suavidad su cabellera, y soltó el aire dándole tiempo a que pudiera soltar la angustia que le había dejado el mal dormir.

—Tranquilo, tranquilo… todo está bien. Yo estoy aquí ¿ves? Aún falta mucho para la guerra. Estoy aquí Defteros. Cálmate..

Las palabras entrecortadas entre lágrimas cesaron al poco tiempo, mientras recibía el consuelo de su hermano y su corazón entendía que todo había sido una terrible pesadilla. Lo tenía allí, su sol no se había ido… aún estaba allí, al alcance de un abrazo, de un toque, de unas palabras.

Sin embargo, no escatimó nada para tomarlo aún más y hacerse sentir de forma caprichosa que él no se iba a alejar. No pensaba soltarlo, no esa noche y no avanzada la mañana. Pensaría que era egoísta y quizás Aspros le reprendería después su debilidad, pero lo necesitaba. Pese a que había dejado de llorar, no dejó de aferrarse al cuerpo de su hermano hasta que el sol griego les había obligado separarse.

Cuando amaneció, el día se sentía igual, un día de verano, caluroso como era costumbre en el santuario. Su hermano salió a su rutinaria tarea de supervisar los entrenamientos junto a Aldebaran, y Defteros se quedó pensativo en su habitación, recordando aquellos eventos que había robado la tranquilidad de su sueño. Todo había sido tan vivido que al momento de encontrarse a solas había buscado a través del espejo las heridas de las espinas en su piel. No encontró nada, más que las cicatrices habituales. No había rastros de ellas, ni de su carrera ni de guerra. El santuario lucía pacífico y todo había quedado encajonado en su cabeza.

Lo que si le había quedado en claro a Defteros era que no estaba lo suficiente preparado para la guerra, ni era lo suficiente fuerte aún. Aquella nota mental había sido suficiente para programar lo que debía hacer para solventar esas carencias encontradas. Lo segundo, era que definitivamente ahora sus lazos se habían vuelto más fuerte y su apego era tan descriptible que le había quebrantado la posibilidad de perderlos en el sueño. Sí, Aspros era su sol, él lo sabía desde hace tiempo, desde siempre, desde su nacimiento. Pero… ¿Asmita?

Ya él solía enterrarse en las sombras de ese templo que siempre brillaba gracias al cosmos silencioso de su guardián. Habían conversado algunas veces, se sentía en paz al estar allí pero… ¿Hasta ese punto? Le había sobrecogido el haberlo perdido, y había notado su ansiedad por protegerle. Sabía que Asmita bien podría cuidarse solo pese a su edad pero, le nacía hacerlo. Aunque jamás lo había vislumbrado tan necesario como en el sueño.

Intentando buscar respuesta, decidió ir hacía allá. Cuidó sus pasos para no toparse con ningún santo y al acercarse su corazón comenzó a acelerar sus latidos. No sabía si era el sueño reciente o la certeza de que al estar frente a él encontraría la razón. Lo único cierto es que debía llegar.

Entró al sexto templo con cautela, divisando en las profundidades de la sala aquel cuerpo que inclemente seguía su rutina de la meditación. Como pasó al despertar en Géminis, el templo se mostraba como antes, rodeado de columnas, en la oscuridad, sin estatuas ni alfombras; sin ventanales y mucho menos viento. Asmita dejaba que su cosmos se esparciera y perfumara de paz toda su morada al final de la sala, frente a la flor de loto que se dibujaba en su espalda. Parecía deslizarse entre lumbreras y las columnas de su templo solitario.

Apenas lo vio, sintió un retumbar en su corazón.  Habría corroborado que justo antes estaba en la oscuridad perfecta de la soledad, pero ahora en medio de esa oscuridad brillaba una luz, su luna, una luna dorada que engalanaba y acompañaba la soledad. Asmita había sabido estar cuando Aspros no, aunque fuera poco lo que podría darle a él. Ahora que entendía tan sencillo sentir, Defteros había comprendido porqué su inconsciente lo había involucrado en el sueño.

Dejó que su respirar se apaciguara conforme su corazón hallaba calma y aquel miedo que lo había acorralado desde ese sueño se alejaba de él. Allí estaban, su sol y su luna seguían brillando como siempre, para él… solo para él. No estaba solo.

¿Sería mucho pedir que estas siguieran brillando eternamente? ¿Sería egoísta de su parte pensar en que nunca lo dejarían? Defteros no supo si habría respuesta a esas preguntas, pero con solo verlo desde lejos, brillar acogedoramente, había sido suficiente… Sintió que con eso había saciado sus ansias y podría regresar en paz. Asmita parecía meditar concentrado y lo que menos deseaba era afectar su estado de reflexión. Defteros se dispuso a abandonar el templo antes de que Asmita regresara.

—¿Defteros?–escuchó el murmullo del dorado, deliciosamente suave, dócil, dulce.

Defteros volteó, enternecido, viendo como Asmita había abandonado su posición hasta quedar de pie frente a él. El rostro dorado se dirigía a él desconcertado, extrañado de seguro porque el gemelo no buscó quedarse a su lado como solía hacerlo. Las palabras de él se ahogaron en su garganta y sin decir nada, se acercó hacía el cuerpo dorado, joven, delgado, que poco a poco se iba compenetrando a la figura de su armadura. Los años no estaban pasando en vano, pronto aquella armadura que en ese momento parecía holgada, se ceñiría perfectamente a su cuerpo
.
—¿Qué te sucede? Estás muy callado…—murmuro Asmita con una sonrisa, sin entender que ya habían lagrimas que estaban rodando detrás de la máscara del gemelo.

Su voz le había hecho recordar el sueño, la calidez de su mirada azul esfumándose entre las cortinas del infinito.

Sin decir nada, Defteros rodeó entre sus brazos al dorado, dejándolo en silencio, absorto ante el repentino agarre del visitante. El mayor nunca había mostrado ese tipo de gestos para con él. Si habían cruzado palabras y si habían rozado sus manos, pero nada parecido a lo que ahora estaba sintiendo. Asmita se quedó totalmente descolocado ante la nueva información, siendo más impresionado aún cuando escuchó los murmullos de Defteros en su oído, inentendibles, pero solitarios.

Lo escuchó llorar.

Prefirió dejar las explicaciones, las razones o las causas para después, y entonces correspondió a su abrazo, rodeándolo de ese cálido cosmos que lo arrulló, quien sabe por cuánto tiempo. Para lo que sea que Defteros necesitaba él iba a estar allí, aunque fuera solo un remanente de su alma…

4 thoughts on “Sol y Luna

  1. Ahhhhh suspiro de ternura. Otro fic atesorable, sumamente cálido. Defteros es la cosa más abrazable del mundo, me gusta asi y me gusta demonio, me gusta en sus dos antagónicas facetas. Me gusto este fic, muy poético y arrastrante, la pesadilla realmente era desesperante, hace sentir algo como un ahogo al leer, ademas de penita por Defteros T__T como sufre sin su sol y su luna. Mori con Aspros, además al estar esbozado desde la mirada del gemelo menor se muestra en todo el esplendor con que este lo concibe al geme mayor, es como un sol realmente y me gusta, me gusta el lado deslumbrante de Aspros. Luego tenemos la luna dorada, ahhhh toda la escena y las descripciones de el desvaneciendo estuvo tan bello, muy poétco realmente y el final delicioso y con ese toque AI encantador en forma de abrazo. Estupenda redacción e historia. Felicitaciones!!! tus trabajos siguen siendo adictivos y teniendo un sello particular que hace a cada uno especial ^^ se disfruta leer.
    Besos!!!!!
    PD: JAJAJA las pataditas en la cama

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