Curando Heridas 945 palabras

Aquella mañana había sido peculiar. En su camino al sexto templo, el menor de los géminis encontró al joven guardián de rodillas, al lado de uno de los primeros pilares de Virgo, con su túnica blanca, su cabello dorado húmedo, expresión curiosa, estudiando, indagando. El moreno se acercó a paso firme y seguro, curioso, queriendo saber que sería tan interesante para hacer que el santo de Virgo, Asmita, abandonara su eterna costumbre de meditación mañanera. Debía ser un evento impactante, por demás divino, para que precisamente él dejara de realizar su rutina.

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Aquella mañana había sido peculiar. En su camino al sexto templo, el menor de los géminis encontró al joven guardián de rodillas, al lado de uno de los primeros pilares de Virgo, con su túnica blanca, su cabello dorado húmedo, expresión curiosa, estudiando, indagando. El moreno se acercó a paso firme y seguro, curioso, queriendo saber que sería tan interesante para hacer que el santo de Virgo, Asmita, abandonara su eterna costumbre de meditación mañanera. Debía ser un evento impactante, por demás divino, para que precisamente él dejara de realizar su rutina.

Al acercarse un poco más se dio cuenta de aquello que había robado la envidiada atención del dorado. Una paloma herida en su ala derecha, sufriendo en los pisos de mármol, clamando con su sonido agudo, suplicando la muerte o la vida, cualquiera de ellas, pero menos el dolor. Defteros observó la criatura con cierta pena, para subir la mirada hacia el dorado.

−Hay que ayudarla−decidió el adolescente con expresión neutral.

−No es necesario. Va a morir−le dijo el mayor, notando que ya el ave había sangrado considerablemente y las hormigas se agolpaban buscando su alimento.

Virgo frunció su ceño, pasando uno de sus delgados dedos por el pecho del ave, con un poco de su cosmos, consolándola, como si quisiera hacerle llegar de forma dulce a la muerte. Mordió sus labios, pensativo, parecía meditar en que acción tomar con la vida de esa inofensiva criatura. Defteros no entendía que tanto había que reflexionar al respecto. Estaba herida y condenada a muerte. Ese era su destino.

−El hecho de que esté en mi templo debe significar algo−concluyó el dorado determinado. El moreno lo miraba incrédulo.

−Va a morir, Asmita.

−No si puedo hacer algo. Aún vive, hay esperanza.

Decidido, el joven dorado tomó el ave entre sus manos, cobijándola con su cálido cosmos y llevándosela a su habitación. Defteros no dijo más y prefirió dejarlo a solas. Iba a morir y lo sabía. Asmita habría de comprobarlo.

Pasaron los días y el moreno entró al templo, no encontrando a su guardián meditando. Extrañado, caminó revisando el salón y encontrando al santo de cuclillas, en una esquina de la morada y el sonido de una paloma. Levantó una ceja, curioso, acercándose de la misma forma para ver que había pasado. Y allí estaba, Asmita y el ave con su ala vendada, comiendo de a poco restos de frutas en un cajón de madera con telas que había preparado. La herida del ala había sido grave y por cómo se veía, dudaba que el ave volviera a alzar el vuelo.

−La estás salvando sólo para que no vuele más−comentó el mayor, serio. El rubio subió su rostro con gesto severo.

−Le estoy dando la oportunidad de decidir la vida o la muerte−declaró el menor−. Pronto podrá moverse, pero no sé cómo evitar que se vaya lejos−agregó pensativo.

El moreno resopló aire. Ya bien sabía que pese a su edad, Asmita era terco y nada lo detendría hasta comprobar si estuvo en lo cierto. Decidió entonces, darle una mano.

Para la tarde y luego de trabajar duro recolectando pedacitos de madera de los campos de entrenamientos, Defteros logró construir una especie de jaula simulada aunque comprobó que los trabajos manuales no eran de todo su especialidad. Aún así, fue con ella hasta el templo de Virgo y ante el objeto Asmita primero mostró sorpresa, luego incredulidad y al final una sonrisa agradecida, llevando el ave a su nueva casa y vigilándola de nuevo.

Transcurrió otra semana más y Defteros descubrió que tenía compañero a sus visitas vespertina en el templo de Virgo. Mientras Asmita meditaba, el ave dormía, descansando y recuperándose. Parecía que el cuidado y atención del sexto guardián entregaba sus resultados, poco a poco el ave se movía, comía de las frutas que Asmita le dejaba en su improvisada jaula y cantaba en las mañanas.

Pronto las vendas no fueron necesarias, pero el ave aún no podía volar, su ala había quedado lastimada. Por ello, Asmita todas las mañanas tomaba el ala con sus manos, presionaba con sus cosmos, acariciándola, peinando sus plumas, en una costumbre que adoptó con cuidado paternal. El mayor no entendía porque lo hacía, ni el significado que tenía dicha acción. Aún si el ave se curaba, aún si ella volara de nuevo a los cielos, moriría. Era el destino… ¿Para qué retrasarlo?

Al final, una mañana al ir al templo encontró que el ave volaba dentro de la jaula de madera, y Virgo estaba de nuevo de rodilla, reflexionando. Se acercó el mayor, tímidamente, pensando que a lo mejor Asmita se había encariñado tanto con la ave que ahora meditaba en si liberarla. Después de todo, apenas eran un adolescente.

−¿Me acompañas al bosque? –pidió el menor, con voz melodiosa−. Creo que allí será el mejor lugar para liberarla−el mayor asintió−. Entonces, esta tarde bajaré de mi templo.

Así fue. Asmita bajó del templo con la pequeña jaula de madera y el ave que clamaba surcar los cielos. No dijo nada a ninguno de sus compañeros dorados y apresuró su paso elegante hasta llegar al espeso bosque, donde en uno de los árboles, Defteros lo esperaba. Caminaron hacia una laguna oculta entre las frondosas ramas y abrió allí la jaula, liberando la paloma que presurosa voló a los cielos. Se quedaron en silencio, ambos, pensativos.

−El ave con el dolor, pedía vida−dijo el menor meditando−. ¿Por qué los humanos somos diferentes?

Una reflexión. Una duda. Ninguna respuesta. Ante la cruda y tortuosa pregunta, él, la forma del dolor humano, atinó a rodear con sus fuertes brazos al menor, de forma fraternal, sincera.

−Quizás porque nos olvidamos de la esperanza…

2 thoughts on “Curando Heridas 945 palabras

  1. ES MUY BONITO SERIA EL MUNDO DIUFERENTE SI FUERAMOS COMO ASMITA TOMARTE DE UN HILO DE ESPERANZA Y NO DEJARLA ROMPERSE Y VER COMO ESE HILO DELICADO PUEDE VOLVERSE UNA MADEJA FUERTE E IRROMPIBLE

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