Dulce Protector

Saga decide convocar a una reunión de dorados en vista al peligro de los titanes, pero dicha convocatoria mueve algo en el joven Shaka.

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Temas: Yaoi, Romance, Drama, Lemon
Personajes: Saga, Shaka
Resumen: Saga decide convocar a una reunión de dorados en vista al peligro de los titanes, pero dicha convocatoria mueve algo en el joven Shaka.
Serie: Sólo Santos
Dedicatoria: A Karin, Athena Ariana, Alechan, Sahasrara, Kime y todas las que le guste el Sagashakismo *nueva rama de la religión Defmitiana*
Razon: Luego de leer el capítulo 5 de Episodio G y ver el generoso agujero que Okada nos dejo junto con el comentario de Aldebaran, se me ocurrió llenarlo con un poco de Yaoi. No hago lemon porque para este manga Shaka tendría de unos 13 a 14 años

Dulce Protector

¡Es mi deseo, como el patriarca que soy, que todos los caballeros dorados sean convocados al santuario!

Esa había sido la orden del máximo pontífice, el sumo sacerdote, el hombre a quién él seguía. Esas habían sido sus palabras en StarHill, lugar donde lo siguió para comentar la sensación de cosmos maligno que sintió en el santuario. Conforme las columnas se erguían en el escenario, Shaka, el joven virgo, escuchaba las palabras del hombre a quién escoltaba y admiraba, atentamente, comprobando una vez más la sabiduría que aquel gozaba, el temple, la autoridad que se teñían en cada una de sus palabras y el cómo, sin importar que, obtenía respuesta a sus dudas con él. Shaka veía el sacerdote, Shaka analizaba… Shaka empezaba a sentir un ligero quiebre en los límites de sus sentimientos. Y al escuchar la orden, su corazón tambaleó por completo.

Saga…

La ordenanza había sido dada. Los soldados salieron velozmente a cumplir con su parte, avisando a los santos dorados de una reunión, enviando las invitaciones, comentando que tenían hasta el día de mañana para hacer, si es necesario, su escusa de no asistir. Y mientras eso ocurría, en StarHill permanecían los dos santos… estaba Shaka de Virgo, envuelto en pensamientos y Saga de Géminis, bajo la piel del patriarca impostor.

El falso patriarca entonces decidió devolver su rostro hacía el joven santo dorado. De reojo, se permitió de nuevo dibujar las facciones de su fresco cuerpo ataviado de oro puro, una vez más, como se había descubierto hace tiempo atrás. Saga ya no veía al niño que dejó antes de tomar el trono que según él, por derecho le pertenecía. Ya Shaka no era el niño de siete años que meditaba en la soledad de sus templos. Shaka tenía trece años. Shaka crecía… Shaka no sólo aumentaba en conocimiento, en capacidades, en cosmos… su cuerpo también lo hacía. Y dadas las circunstancias, eran muchas las oportunidades que tenía para admirar ese crecimiento si precisamente él, era su más cercano.

Notarlo pensativo, lo desconcertaba. Intentar penetrar en los pensamientos de virgo era una verdadera odisea para él. Y en medio de ese silencio mientras el viento susurraba a su paso en StarHill, Saga decidió encararle, esperando ver qué era lo que tenía a Shaka perdido en pensamientos.

¿Acaso por fin viste el origen de mi maldad, Shaka?

Era lo que podía preguntarse, temiendo por dentro que esa fuera la razón. Después de todo, él mismo sintió el cosmos maligno manifestarse y fue a informarle de ello. Shaka podía ver entre el bien y el mal y aunque al hacerle la pregunta de si podía sentir el cosmos maligno que intentaba invadir el santuario, Shaka le respondió que no tenía la suficiente madurez para hacerlo; Saga temía que en cualquier momento eso fuera distinto. Que Shaka logrará discernir sobre la maldad que él representaba para Athena.

Si eso ocurre, ¿lo dominaría con el puño demoniaco?

Saga empezaba a sopesar esa opción… si era necesario le obligaría a obedecerle, aunque, por las palabras de Shaka, virgo seguía creyendo ciegamente en él.

“No tengo la suficiente madurez para percibirlo, pero si usted que es la máxima autoridad del santuario la percibe, entonces debe existir”

Recordar esas palabras justo antes de dar su orden, hizo tranquilizar al impostor. Era evidente, Shaka seguía creyendo en él, su actual estado de reflexión no tenía que ver con él directamente. Se debía a otra razón. ¿A qué? Se encontró curioso por saber que podría ser de tanta importancia para que el inmutable santo de virgo dibujara ese rostro… ese gesto de tristeza que intentaba escudar en una máscara de frialdad, que ya hace mucho él había aprendido a descifrar.

—El aviso ha sido enviado. Para mañana estaremos reunidos para actuar sobre el cosmos maligno que nos rodea—informó el sacerdote, dando media vuelta para retomar su camino hacia la sala del patriarca. Virgo lo siguió, en paso lento y solemne, sin emitir palabras.

Caminando en medio de las rocas y el viento, Saga seguía analizando los gestos de Shaka. Definitivamente, ese algo que lo perturbaba lo tenía tan encerrado en sí mismo, que hasta cierto punto lo hacía sentir ignorado. El sacerdote no perdía gesto alguno en su faz, y la impaciencia empezaba a mitigar su temple. ¿Qué le ocurría? Intentó dejar de lado la preocupación, pero nada era capaz de detener a su mente que se encargaba de hacer miles de conjeturas, buscando adivinar, queriendo comprender el divino acertijo que Shaka siempre representaba en él. Ya victima de su propia curiosidad, cuando Saga vio que en el recinto patriarcal Shaka se disponía a regresar a su sagrado templo hasta la hora de la reunión; decidió encararlo directamente.

—¿Qué es lo que te perturba, Shaka de Virgo?

Y ante esa pregunta, el joven sexto dorado sintió un retumbar en su pecho, tratando de acallarlo, ocultarlo. De rodillas ante él, dejó que su cabello tapara la totalidad de su rostro de marfil, escondió la verdad, contestó con lo que creía era lo correcto.

—Sólo pienso en los últimos acontecimientos, su excelencia.

—No es así—sentenció el sacerdote con apacibilidad—. No es eso lo que tendría al Santo de Virgo tan contrariado consigo mismo.

Vulnerable… al descubierto. Shaka en ese momento se sintió como un libro abierto ante esa persona que ya le empezaba a crear emociones adversas. Pensó que sólo era admiración por los años que ha vivido, por ser un sobreviviente de guerra, su poder, su capacidad para gobernar. Llegó a intuir luego que se trataba simplemente del respeto que le debía por ser el sumo sacerdote. Pero últimamente cada vez que dudaba de algo, se dirigía a él. Cada vez que las dudas eran respondidas, la admiración crecía. Cuando eso ocurría, virgo se sentía seguro al estar bajo su mando, y se hallaba, deseoso, de poder obtener un poco de toda esa sapiencia.

Necesidad… ¿Cómo podría Shaka entender a que se debía esa necesidad de recibir respuesta de él? ¿De seguirle? ¿De buscarle? ¿De permanecer a su lado, en silencio si era necesario? Era admiración… se repetía muchas veces… llegó a repetirse justo en el momento que el sacerdote le dijo ver algo que él mismo no podía. Admiración, debía ser eso… ¿o no? Pero su razonamiento con respecto a los sentimientos que albergaba por el patriarca fue interrumpido en cuanto se dio la orden. Algo añejo que pensó perdido se enturbió en su propia alma.

Reunión dorada…

El evento que exigía que todos los santos de oro se reunieran. Un evento de importancia incalculable… un evento que le recordaba que Saga ya no estaba en el santuario, que géminis se fue, que desconocen su paradero y sus motivaciones. Le recordaba que Géminis le dejó una duda… una duda que no había sido capaz de responder… una que tampoco se sentía capaz de preguntar al patriarca en esos momentos. Relamió entonces sus labios, recordando ese leve contacto, lo que sintió… recordando la duda.

—¿Acaso no confías en mí, Shaka?—la pregunta, de nuevo, lo sacó de sus cavilaciones.

Un estremecimiento general gobernó en la piel de virgo… vibración que no pasó desapercibida para el griego. Piel de virgen temblando para él, Saga tuvo que hacer uso de su autocontrol para no cometer una grave equivocación.

—No es eso—se apresuró a asegurar el menor, con su cabeza inclinada, suspirando profundo, buscando las palabras correctas—. Ahora que ha convocado a la reunión dorada, pensaba en aquellos santos que no se encuentran con nosotros.

—Si te refieres a Mu de Aries y Dohko de Libra, en estos momentos se envió una comitiva para hacerles saber lo de la reunión—el silencio del dorado le dio indicios para entender que no era eso lo que le perturbaba—. Shaka.…

—¿Y Géminis?—se aventuró a preguntar. Saga sintió un golpe en su corazón, un golpe fuerte, abrumador, desolador. ¿Era por eso que Shaka estaba tan pensativo? ¿Era por él?—. El santo de Géminis, Saga, desapareció del santuario hace siete años. ¿Podría ser que usted, en su infinito conocimiento, estuviera al tanto del lugar donde se encuentra el santo de Géminis? ¿Recibirá también una invitación?

Está frente a ti…

Pensó el sacerdote, agobiado con las palabras, con su corazón latiendo velozmente. Minutos de silencio gobernó entonces la estancia. Virgo se recriminaba a sí mismo de haber soltado esa pregunta, de haber hecho evidente su deseo de volver a ver a Saga, de preguntarle directamente el porqué lo besó esa tarde, el qué significó ese beso, el porqué se fue luego de ello. Saga meditaba, más no en la respuesta que debía dar, la cual le era evidente, sino en el simple hecho de que Shaka lo mencionara. ¿Lo extrañaba? ¿Anhelaba volverlo a ver? Había pasado mucho tiempo desde su partida… desde ese beso que le robó inocentemente… ¿Shaka deseaba verlo? Su corazón no podía con tantos sentimientos acumulados. Se encontró con manos temblorosas de deseos por estrujarlo entre sus brazos, susurrarle en el oído, volver a profanar labios…

¡Detente! ¡Es sólo un niño!

El pontífice volvió en sí al escuchar su misma voz… aquella voz encerrada en lo más íntimo de su subconsciente, aquello que aún lo mantenía en la cordura, a raya con sus impulsos carnales con respecto a virgo.

—Temo que mi pregunta ha sido innecesaria—cuestionó el dorado, resignado.

—Shaka de Virgo, no hay pregunta de tu parte que me parezca innecesaria—se puso de pie, se acercó a él—. Dime, Shaka. ¿Tú que eres el más cercano a los dioses, viste maldad en el santo de géminis?

La pregunta extrañó al santo, pero se limitó a responderla, poniéndose de pie, aún inclinando su rostro.

—No Señor… no vi maldad en él.

—¿Y ves acaso, maldad en mí?—se arriesgó a preguntar, fijando sus ojos esmeraldas en la cabellera dorada que caía con gracia sobre el oro de su armadura.

—En lo absoluto. Usted es justicia.

Una necesidad… un deseo… con esas palabras, la maldad le dio espacio a la bondad… por un momento, se dejó llevar por su sentimiento.

Extendió su mano hacía la mejilla nácar. El joven tembló. Dio un paso hacia adelante. Virgo no se movió. El respirar del menor se había acelerado imperceptiblemente, buscaba calmar las reacciones extrañas que se anidaban en su cuerpo. Remojó labios inquietos, encontrándose absortó al descubrirse anhelante de tener otro beso, ahora por parte de su patriarca. Sintió la cercanía… el brazo que le cubría la espalda… el momento en que su rostro chocó con la gruesa túnica, la mano que se escurrió en el manto dorado sobre su cabeza.

El abrazo…

Abrazo fraternal… abrazo de padre tal vez. Su primer abrazo. Shaka se consideró afortunado al tener ese contacto tan íntimo con el sumo sacerdote. Shaka se sintió aliviado en su propia soledad. Shaka sintió retumbar su corazón, sintió anidar más dudas… sintió deseos de dejarlas de lado… deseo de disfrutar del contacto.

La mano peinaba hebras doradas. El brazo afianzaba la cercanía. Virgo no respondía el abrazo, creyendo que sería demasiada osadía de su parte. Saga se deleitaba con el intenso olor a lotos que sus cabellos emitían. Deseaba intensificar el encuentro… añorando volver a plantar una semilla de duda en él. De nuevo… conteniéndose…

—Dime Shaka, ¿lo extrañas?—Virgo tembló entre sus brazos. Saga mordió sus labios resecos anhelando acercamiento—. Sé que yo le había asignado la orden de cuidarte al llegar al santuario. No tienes que ocultar…

—Sí, Señor… Lo extraño—Shaka escuchó el pálpito en ese pecho. Saga sintió que no podría tolerarlo más—. Lo consideró como un gran santo de Athena. Su partida me llegó de sorpresa. Ignoró sus razones pero…

—Shaka, te puedo asegurar que donde quiera que esté, de seguro, también te extraña. Siempre me habló maravillas de ti y he tenido el honor de comprobarlas.

El agarre que cesó. El abrazo que terminó. Shaka resintió la liberación de su cuerpo… virgo deseó más de ese contacto y el rubor en sus mejillas, casi inapreciable, era resguardado por su flequillo… no deseando demostrarlo.

Saga regresó entonces al trono, buscando calmar sus emociones, tomar control de sí mismo. Su corazón latía desbocado, miles de emociones se anudaban en su pecho. Si seguía con el cuerpo del santo de la Virgen entre sus brazos se sentía incapaz de dominar sus impulsos por más tiempo. Pero anhelaba… realmente anhelaba en ese momento volver a tenerlo cerca.

Es aún un niño…

—Ven, santo de Virgo. Acércate a mí—pidió, combatiendo con su instinto. Virgo obedeció, llegando hasta el trono, firmemente—. Arrodíllate, Shaka—ordenó y el joven acató, inclinando su cabeza hacía el suelo—. Eres aún joven, Shaka. Ciertamente aún inmaduro, pero con un gran potencial en ti.

La mano que acariciaba con ternura su cabeza. Los dedos que se escurrieron en su mejilla… virgo recibía el trato con burbujas que explotaban en su interior. Tenía soledad, tenía dudas… pero parecía que todo simplemente perdía sentido cuando era merecedor de esos tratos por parte de él. Todo parecía estar en su lugar en ese momento. Él, debajo de su sacerdote, admirándolo, siguiéndole.

En agradecimiento, tomó la mano de su sacerdote, destinándole un beso devoto, un contacto húmedo que hizo palpitar con fuerza al impostor. En respuesta, Saga empujó ese cuerpo hasta obligarlo a recostar su cabeza en su regazo.

Aunque sea como padre… por ahora…

—Cuéntame Shaka. Si deseas, puedes contarme lo que recuerdas de él.

Virgo se permitió el contacto… disfrutó de los dedos que peinaban su cabellera dorada, acomodó sus brazos cubiertos de oro sobre el regazo de su sacerdote, respiró profundo… vivió.

En ese lugar, el temor al cosmos maligno, la duda sobre el paradero de Saga, su soledad… todo era irrelevante.

En ese lecho, virgo se sintió protegido.

En ese regazo, virgo se encontró afortunado…

En brazos de su dulce protector… a ese que seguiría sin titubear…

Ahora comprendía que esa admiración iba mutando…

Respeto, admiración… esas palabras quedaban cortas para representar lo que ocurría en su interior.

Y eso tampoco importaba…

El tiempo pasó. La mirada de Saga estaba en el techo de la estancia, temblando pupilas abrumadas, mordiendo labios resecos. Virgo se había quedado dormido en su regazo y la visión era un delito para él. Verlo descansar reposadamente sobre él, sus parpados cerrados enmarcado por espesas y rubias pestañas, los labios finos y rosados, la mejilla aterciopelada… el manto de oro…

Quiso despertarlo, pero destruir el hermoso cuadro que tenía en sus piernas se convirtió en una opción innegociable. Se movió un poco, notando que el dorado no despertaba y no pudo evitar sonreírse con ternura. Entonces, lo tomó entre sus brazos, cargándolo con su cuerpo y notando que a pesar de estar creciendo, aún era bastante liviano. No se despertó, virgo gozaba de un sueño pesado. Así que, pensando en dejarlo descansar, lo dejó acostado en sus aposentos, notando como al tener contacto con las sábanas, el rubio de inmediato se acomodo plácidamente, sus piernas flexionadas a un lado, sus dos brazos extendidos, el cabello dorado serpenteando en sábanas reales. Pasó sus dedos por el perfil del joven y este movió su cabeza, buscando el contacto aún dormido.

Labios rosados… labios que clamaban…

Se acercó, peleó de nuevo consigo mismo… la maldad volvió a dar paso a la bondad.

Lo besó…

Beso casto, beso amante… beso tierno… beso húmedo…

Beso respondido entre sueños.

Labios que tímidos se movían sobre los gruesos… labios mayores que temblaban al pelear contra su instinto.

El suspiro que salió de la garganta virgen… que hizo retroceder al mayor…

Saga…

Se alejó. Salió. Huyó antes de mancillarlo en su habitación.

En la soledad lloró.

Horas más tarde, Shaka despertó encontrándose confundido. Sabiendo que se encontraba a solas, se permitió abrir sus ojos para ver en donde estaba, ya que lo último que recordaba era haberse recostado en el regazo del sumo sacerdote. Al darse cuenta en donde estaba, el rubor le subió en las mejillas. Inmediatamente, en sus delgados labios se dibujó una sonrisa.

Acomodó su atuendo. Salió, dándose cuenta que faltaba poco para la reunión. Intento entrar al salón principal, pero estaba cerrado. El sacerdote estaba meditando. Respetando ello, se dirigió directamente al recinto sagrado donde se daría la reunión, viendo fijamente el lugar donde el signo de los gemelos se alzaba entre las columnas. El reloj de fuego se encendió. En cualquier momento la reunión comenzaría.

Al cabo de unas horas, escuchó los pasos de Aldebarán de Tauro al entrar. El toro dorado saludó, con su porte noble.

—Salí muy temprano de la casa de Tauro. Pensé que sería el primero—virgo escuchó las palabras sin inmutarse—. Sabes que yo siempre soy el primero en llegar. ¿Querías verme?

Para Shaka, eran claras las intenciones del comentario. Por muchas razones no pensaba revelar lo que había ocurrido, por lo que prefirió simplemente dejarse llevar por la conversación.

—Podría ser Aldebarán…—el toro dorado lanzó una animada carcajada.

—No tienes que mentirme, sé que estabas con el patriarca y ahí recibiste directamente la orden.

Shaka se sintió algo incomodo con la conversación. Por lo que vio necesario desviarla a otros menesteres. Después de todo, reconocía que no había mayor razón para estar tantas horas junto al patriarca, ni sentía que debía dar explicaciones al respecto.

—Aldebarán, ¿ha llegado alguna carta?

—Si… dos santos notificando su ausencia a la reunión. Solicitando las disculpas al caso…

Tauro explicaba… Shaka meditaba…

Pensaba en lo ocurrido, en ese acercamiento, en esas palabras…

Internamente se sonrió.

En efecto, Saga no estaba ya en el santuario… pero ahora tenía a alguien con el cual sobrellevar la soledad, aprender… sentirse resguardado.

Alguien a quien admirar y al mismo tiempo, alguien a quien protegería con su vida.

El sumo sacerdote.

Su dulce protector.

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