Marcando Huellas

Saga y Shaka llevan seis meses de relación, pero el contacto físico ha sido nulo, al menos hasta esa tarde lluviosa que…

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Temas: Yaoi, lemon, romance, drama, Universo Alterno
Personajes: Shaka, Saga, Mu
Resumen: Saga y Shaka llevan seis meses de relación, pero el contacto físico ha sido nulo, al menos hasta esa tarde lluviosa que…
Dedicatoria: A Karin, Athena_Arianna, Ale_Chan, Kimee, Lola, Sahasara y todas las miembros del club Santísimo Pecado Geminis x Virgo. Materail para el subforo (SaSha)
Inspiración: Me levanté con esta idea, algo altruista, tierno y romántico. Se suponía que debería dormir pero estoy levantada así que aproveché xD

Marcando Huellas

Estaba con él, en la misma habitación, como había anhelado desde ya un año atrás cuando lo conoció. Más sin embargo, la razón para estar en ella no era precisamente un encuentro sexual. Shaka se le antojó reacomodar el mobiliario de su recámara, pintar, darle un nuevo aire. Saga, muy amablemente, se aceptó ayudarlo.

Era una tarde nublada cuando llegó. El compañero del departamento, Mu, había decidido salir con precisamente su hermano gemelo, quien vino conociendo gracias a él y con quien ya habían avanzado en su relación rápidamente. No en vano, Aries era signo de fuego. Pero las cosas entre él y Shaka eran distintas. Fueron seis meses de cortejos, y ahora seis meses como pareja, donde a duras penas se habían tomado de mano. Un géminis como él hubiera desistido de una relación tan utópica. No tenía porque soportar una relación “casta” dado sus términos. Pero Saga tenía razones, razones muy validas para esperar pacientemente que Shaka le diera el permiso de continuar.

—Saga, creo que si movemos el librero un poco más a la derecha—meditaba el rubio de pie, con sus brazos cruzados, su rostro ladeado a un lado y el cabello recogido difícilmente por dos bolígrafos.

El griego frunció su ceño, volviendo a hacer uso de su fuerza para mover el enorme armazón de caoba hacía el lugar que el rubio le decía. Vio de nuevo a su compañero y este seguía pensando, hasta que con la seña le dijo un “rueda un poco más a la izquierda” que el griego obedeció tranquilamente. La sonrisa en esos labios finos le dio indicio de que por fin había hallado lugar para el librero. Una sonrisa que lo enloquecía de deseos y ternura.

—Bien, ahora veamos donde mover la cama.

Saga seguía sus movimientos con detalle, observando el caminar lento y elegante, los mechones dorados que caían desordenados en su rostro, la forma en que ladeaba el rostro y mordía su labio inferior cuando analizaba en que sitio colocar que cosa. Un conjunto de gestos que lo enamoraron, cuando lo conoció en la oficina de seguro.

Recordó esa vez, hace un año. Había tenido un accidente con su auto y el seguro se negaba a cubrir los gastos completos, por lo que tuvo que hacer un reclamo y pronto recibió la llamada del gerente para “negociar las condiciones”. Había ido con todas las intenciones de decir no a cada una de las propuestas, pero al entrar se encontró con un joven rubio, hermoso, con aire amable y conciliador. “Es una trampa” se dijo, “deberían prohibir colocar a semejantes prospectos en puestos donde hay tantos conflictos”, se repetía, ensimismado en el elegante movimiento al levantarse, la sonrisa acogedora y la voz que aterciopelada le saludaba. Saga se sintió derrotado con sólo entrar, preparándose mentalmente para aceptar cualquier propuesta que el rubio le asignase. No obstante, a la hora de la presentación notó algo peculiar. En vez de aceptar el normal apretón de manos, Shaka simplemente se inclinó con sus manos en el pecho, en señal de saludo. Se disculpó diciendo que era budista y de la India, por lo cual guardaba mucho sus costumbres, pero ese hecho más que incomodarlo lo sedujo. Simplemente era perfecto, era misterioso, místico… Quería saber más de él.

—Creo que aquí estará bien la cama. La mesa del computador está en su lugar…—dio un vistazo rápido a todo su alrededor, mientras Saga esperaba el veredicto—, sí, ¡todo está bien!

—Y si no estaba así se quedaba. ¡¡Estoy muerto!!—comentó el griego con un sonrisa y provocando que Shaka se riera efusivamente, con esos dos zafiros brillando con fuerza.

—Agradezco mucho tu ayuda, Saga—el aludido se acercó, lentamente, para tomar la mano derecha de su pareja y destinarle un dulce beso, el contacto más intimo que había podido tener con él en todo ese tiempo. Shaka le sonrió, asintiendo con su cabeza como agradecimiento—. Eres un buen hombre…

—Debo serlo…—las esmeraldas lo miraban, devotas, enamoradas—. Cada vez que te veo y sé que estás conmigo me digo que debo ser un buen hombre para ser tan afortunado.

La sonrisa efusiva de Shaka era su mejor premio. Podría sonar cursi, y a Saga no le importaba eso. Simplemente era lo que él de verdad sentía en su corazón y que a pesar, muy a pesar de su casi nulo contacto físico, Saga se enamoraba cada vez más de Shaka, y se emocionaba cuando lograba conquistar milímetros de su cuerpo a pasos orquestados, pacientes, amables. Valía la pena la espera, eso se decía, lo demás no importaba.

—Gracias…—le contestó, dando media vuelta y jalándolo un poco por el agarre de su mano, hasta sentarse en la cama y convidarlo—. Reposemos un poco, ¿sí?

Pese a que sonaba como una invitación sexual, el reposar era simplemente literal. Shaka y Saga se acostaron en la cama individual, sus piernas fuera de la cama, ambos viendo el pecho, con sus manos recogidas cada uno por su lado, lo único que establecía contacto entre ellos eran su cabello. Ambos miraban la hermosa pintura que Shaka hizo en el techo, una representación del universo, con las constelaciones y las estrellas. Era idílico y ese momento tan relajante era acompañado con el sonido de la lluvia al caer, tranquila, serena, una llovizna.

Estar en ese ambiente hizo que Saga siguiera rememorando. Se sonrió al recordar cómo le pagaba a la secretaria para apartarle citas con el rubio, sin ningún caso que comentar. Shaka parecía ver de forma graciosa los esfuerzos del griego por cortejarlo y se estuvo negando, por un buen tiempo, pero dejándole ese aire de “me gustas y quiero ver que tanto haces para alcanzarme” que simplemente inspiraban al griego a continuar. Pronto todos en la oficina sabían del cortejo al que era víctima el rubio y una oportunidad en especial vino a su mente en ese momento. Fue una de las tardes que luego de tantos desplantes coquetos, Shaka había aceptado por fin una salida. El griego salió con una sonrisa que fue evidente para todos, incluso para aquel ejecutivo de cabellos castaños que lo alcanzó en el ascensor y aprovechó que estaban a solas para comentarle algo singular.

—Veo que ya pudiste avanzar. ¡Te felicito! Pero en cuanto te llegue a aceptar dudo que puedas con sus condiciones—el mayor lo miró despectivamente. Parecía que aquel joven de cabellos ondulados y castaño no tenía intenciones de ser un obstáculo entre él y Shaka, pero no le gustaba el tono usado y por como lo decía tal parece que también estuvo en las mismas incursiones—. No me mal entienda, no pienso interponerme entre ustedes. Yo también lo cortejé y digamos que logré avanzar hasta el punto de pedirle ser mi pareja, pero las condiciones que me impuso no pude aguantarlas por un mes.

—Entonces me permite comentar que sus intenciones para con él no eran del todo firme—espetó el peliazul con molestia. El menor enarcó una ceja con gesto divertido.

—Veo que aún no te lo ha dicho, pero seré bueno y te advertiré antes de que sigas avanzando: No quiere ningún tipo de contacto—las palabras rechinaron hondo en el mayor. ¿A qué se refería con eso?—. Debiste notarlo ya, Shaka se niega a todo contacto físico, incluso un apretón de mano, un golpe en la espalda, todo eso para él es como “pecado”. Supongo que es su religión, aunque es extraño que gustando de hombres no quiera llevarlo al plano físico.

El ascensor se abrió y el menor no pudo continuar con su conversación. Con un fingido “buenas suerte” dejó a Saga ensimismado en sus propios pensamientos. Desde ese día prestó atención a todo y lo comprobó. Elegantemente Shaka despreciaba cada contacto físico, y enmarcaba su posición de no ser tocado con una ferviente mirada zafiro llena de orgullo. Aún así, más que desalentarlo, Saga se vio más animado a continuar. Shaka era un reto, así lo veía y sentía que conforme más avanzaba más valor le veía al premio final. Luego de seis meses pudo conseguirlo… conseguir el sí de Shaka y las condiciones que en ese tiempo Aioria le había comentado.

—¿De qué te sonríes?—preguntó curioso el hindú, viendo a su pareja sonreírse solo mientras mantenía fija su mirada en la constelación de géminis.

—Estoy recordando cuando te pedí que saliéramos formalmente—buscó con su mano la de su compañero, estrechando sus dedos, como una misma entidad—. Creo que fue la mejor decisión que he tomado en mucho tiempo.

—¿Más que la de aceptar el nuevo puesto?—preguntó jocoso el rubio. Saga le sonrió con ternura.

—¡Uff!…—hizo una mueca para acompañar el gesto—, mucho más…

Se quedaron mirando, luego de reírse por un momento. Esmeraldas y zafiros conectados con la melodía de la lluvia caer. Sólo ellos y dos corazones que palpitaban al unísono… amándose, en el silencio, a través de sus miradas entregadas al otro con todo su interior. Pero Saga sintió algo en la mirada de Shaka que lo hizo estremecer. Había un hondo deseo, un anhelo que latía dentro, junto a miedo. Su cuerpo se tensó por entero, temiendo ver una señal ficticia, malinterpretar su mirada, por lo que se llevo la mano tomada de su pareja y le destinó otro beso, devoto, amante, mirándolo fijamente.

—Te amo Shaka…—le susurró, sintiendo que esa mirada se encendía más, había algo más que temía confundir. Su cuerpo sentía burbujas explotándole en toda la piel, reaccionando de sólo pensar en la idea de que ese día podría avanzar, al menos, a besar sus labios.

—Yo también te amo, Saga…—relamió sus labios, bajo su mirada, se notaba inseguro de cómo proseguir—. Has sido muy paciente conmigo—lo calló besando de nuevo su mano, con su corazón desbordado de emociones conjuntas.

—No digas más… yo soy feliz, teniéndote así ya soy muy afortunado.

—Ambos somos afortunados…

Se quedaron en silencio, de nuevo hablándose a través de la mirada. Saga temía leer algo equivocado en ella, por eso la analizaba, veía cada gesto esperando buscar algo que le diera indicio de que todo era un error, que Shaka no lo miraba con deseos, que no le estaba pidiendo aún un avance. Tenía miedo de cometer la misma falla de hace aproximadamente tres meses. Recordó entonces lo ocurrido. Ciertamente las condiciones de Shaka fueron bastante extrañas, el contacto físico estaba anulado hasta que él decidiera y pensó en esperar, pero ya habían pasado dos meses y medio y Saga sentía anhelos de poder, tan siquiera, rozarle las manos. Todo intentó era en vano, los rechazos empezaban a hacerle sentir humillado, detestado, ignorado y Shaka no daba explicaciones del porque las cosas simplemente tenían que seguir así.

Él siempre había tenido que estar medicándose y visitando a su terapeuta, debido a su bipolaridad. Saga podía controlarla y era un tema que aún no se atrevía a comentarle al rubio en ese tiempo, temiendo a lo mejor asustarlo, ya que precisamente cuando Saga tenía recaídas en ese sentido se volvía un hombre extremadamente violento y explosivo. Y fue eso lo que ocurrió aquel viernes en la noche. Una invitación malinterpretada, acciones equivocadas, la reacción. Shaka lo había invitado hasta el departamento para ver una película que había alquilado, en el mueble de la sala. Mu no estaría por lo que para Saga era una clara invitación a intimar. Mayor decepción al constatar que Shaka estaba muy entretenido con la película y no había siquiera rozado sus dedos.

Para Saga, simplemente irse sin intentarlo no podía ser una opción. Con cuidado busco establecer contacto y elegantemente era rechazado una y otra vez. Para la mitad de la película el griego se levantó furioso, reclamando el porqué no le dejaba siquiera besarlo, que lo ansiaba, que lo deseaba y que eran las condiciones más estúpidas que había escuchado. Shaka en su defensa se levantó inconmovible y ante todos los reproches tuvo una sola respuesta: “Eres libre de irte si quieres”. En ese punto, Saga perdió la paciencia, se sintió burlado, herido, humillado ante la inamovible ecuanimidad que Shaka le presentaba en ese momento. El rubio con orgullo se negaba a ceder terreno y Saga se rehusaba a irse sin llevarse algo a cambio. La bipolaridad de Saga salió a relucir, con fuerza lo empujó contra el mueble. Con violencia apretó sus muñecas sobre su cabeza, mordió sus labios, se estrujó sobre él buscando despertarlo así fuera obligado.

Shaka gritaba, enfurecido, realmente furioso. Estaba decidido a no dejarse llevar, su rostro rechazaba el contacto de los labios, mordía lo que tenía a su alcance, luchaba por liberarse. Saga arremetía con fuerza, buscando abrir sus piernas con las suya propia, aún vestido, porque Shaka no le dejaba tregua ni para poder desvestirse. Y en algún momento, el rubio pudo defenderse, pateándolo en el abdomen y luego corriendo hasta la cocina, donde el griego lo siguió más enfurecido aún, hasta tener que retroceder cuando con un cuchillo Shaka lo amenazaba. Entonces, volvió en sí… lo vio… vio su rostro enrojecido, encolerizado al extremo. Sus zafiros quebrados de lágrimas que caían furiosas al piso, ni tiempo daban que estas rodaran por sus mejillas. El estado de Shaka era devastador, el cuadro para Saga fue desconcertante… y más cuando al final lo grito.

—¡NO CREAN QUE ESTA VEZ NO PODRÉ DEFENDERME!

Todo fue confuso… Saga tomó sus cosas y se fue, abrumado y aún airado. Shaka se quedó en el apartamento, temblando de temor y de rabia. Se dejaron de hablar por una semana, donde ya ambos daban por terminado lo suyo.

—Saga… pensé que nadie querría estar conmigo—le confesó el rubio, aún mirándolo mientras reposaban en su cama, en su cuarto.

—Eres especial, Shaka. Talentoso, inteligente, tan sólo tienes veinte y tres años y ya eres un excelente profesional, amable, cocinas como Dios manda—y el rubio sonrió con el comentario—, y me gusta como haces para espantarte las moscas del camino. Ni siquiera tengo que preocuparme mucho de celarte.

—El Dr. Degel me comentó que le sorprendía mucho que tu carácter posesivo no se manifestara tanto.

—No tengo porque. Tú me inspiras confianza. Sé que puedo confiar en ti, aunque, eso no significa que baje la guardia.

Se rieron con el comentario, escuchando la dulce caía de las aguas. Llevaban más o menos una hora así, simplemente así y Saga se descubrió contento con sólo eso. Era extraño pensar que simplemente estar con la persona que quería era suficiente para hacerlo sentir completo. Resentía la falta de contacto físico, no podía negarlo. Pero sólo hasta ahora intentaba sobrellevarlo. Para él ya estar con Shaka, hablando, comentando cualquier cosa era suficiente… Aunque… algo inesperado ocurrió.

De improvisto, Shaka se reincorporó, reclinándose un poco hacía él, mirándolo de frente con sus ojos azules… anhelantes, cada vez podía verlos más ansiosos. El griego no movió un solo músculo, sintió que su corazón se paralizó de golpe y cada una de sus señales nerviosas simplemente gritó un alto. Se quedó así, en silencio, observando esas pupilas azules que brillaban sobre él, mostrando temor… y pasión… una contraposición extraña, abrumadora para él que no sabía de qué forma actuar.

Un acercamiento más intimo. Ambas narices se encontraron en un roce que, de inmediato, puso a temblar al mayor en las sábanas. Sus miradas seguían conectadas, las esmeralda no perdía gesto ni seña de lo que estaba ocurriendo, palpitando con una velocidad tal que sentía que tendría taquicardia y sus labios, esas gruesas carnes, temblaban y pedían con ahincó. El aire que Shaka exhalaba por su nariz golpeaba serenamente por su mejilla griega. Ambas narices se seguían tocando, sinuosamente, era como si Shaka buscara simplemente tentarlo, aunque sabía perfectamente que no era así. No era eso lo que le hacía extender la tortura esperando ese beso.

Y llegó el momento… las pupilas azules centellaron con la decisión. Saga al comprenderlo intentó prepararse, pero ni tiempo dio para eso. Los labios finos se posaron sobre los gruesos. Los parpados cubrieron los dos zafiros y se quedaron, quietos, sólo con ese leve roce inmóvil. Saga sentía hormigas correrle por debajo de la piel, emocionado, controlando los impulsos que le pedía a gritos profundizar el beso, tirarlo a la cama, hacerlo por fin suyo. Se quedó en espera, dando tiempo que el mismo Shaka impusiera la pauta y poco a poco, lo dejara saborear de esos labios.

Un beso tímido… así lo describiría, sintiendo el paso tembloroso de sus carnes delgadas, con la textura del durazno, el sabor a caramelo, el olor a menta. Un beso dulce e inocente, casto y al mismo tiempo enamorado. Los labios de Shaka degustaban uno a uno los griegos, Saga permitía la acción, con sus esmeraldas abiertas, negándose a perder un solo movimiento que ejecutaba, un sólo gesto, mientras entre abría un poco sus labios y dejaba exhalar su aire caliente, ardiendo por la excitación que lo desbordaba. No pudo aguantar mucho. Respondió, apreciando el temblar de su compañero y al mismo tiempo, suplicando que su respuesta no fuese la de alejarse. Por el contrario, ambos se entregaron a ese beso que poco a poco iba perdiendo los rastros de inocencia.

Las dos manos tomadas, Shaka sosteniéndose por sus antebrazos, Saga controlando el ritmo de los besos aún estando debajo. El tiempo transcurría y a pesar que sólo eran sus bocas y sus manos las unidas, ambos estaban viviendo una marejada de emociones. Saga tembló al sentir que Shaka había invitado al juego a su lengua, y sin ningún tipo de reparo, se apresuró a buscarle su acompañante. Ellas ahora danzando de un paladar a otro, los dos sintiendo que algo se calentaba entre ellos, Shaka aprendiendo de él, Saga mostrándole sus conocimientos, entregándose a un beso pasional. Los alientos calientes chocaban entre ellos. Sus parpados ahora cerrados vibraban por la emoción, sus labios se inflamaban, sus lenguas se conjuraba y sus salivas se unían en una mezcla erógena que clamaba ser intensificada. Pero Saga apelaba a su paciencia, a su control… permitiría que Shaka le dijera hasta donde pensaba llegar y gustoso le seguiría.

—Sé que no es mi problema… Pero necesito hablar contigo—recordó las palabras de Mu, cuando fue a buscarlo al departamento justo el día que terminó conociendo a Kanon. Saga estaba aún molesto, negándose a ceder. Quería que fuera el mismo Shaka quien lo fuera a buscar. El orgullo no le permitía ceder por mucho que ese grito se repitiera una y otra vez en su mente, armando mil conjeturas—. Shaka es una persona a quien apreció mucho, tenemos compartiendo apartamento casi seis años y aunque me niegue a decir que paso, tengo una idea de que puede ser.

—Entonces no vienes como su recadero—espetó sarcástico el griego, sentándose en el mueble donde su invitado ya estaba sentado. Kanon fue quien abrió y lo hizo pasar.

—Si Shaka quisiera decirte algo, él mismo te buscaría. Ya deberías saber que no es un hombre de rodeos.

—Para ciertas cosas…—aclaró el mayor, haciendo que el joven visitante levantara su mirada indignada.

—No hables sin saber—Saga estuvo tentado a responder pero el joven continúo—. Lo de Shaka, lo que pasa con él no es algo que él haya querido así. No es un capricho de su parte. Nunca he hecho lo que estoy por hacer, es mi amigo, y me confió este secreto. Pero lo hago porque jamás he visto a Shaka tan decaído, siento que realmente estaba esperanzado con su relación y de alguna forma, para mí tu eres un buen hombre capaz de sobrellevarlo.

Las palabras de Mu esa tarde… lo que lo hizo replantear la situación, meditar… decidir… decidir quedarse con él

Los besos se iban intensificando. Saga agradecía que aún tuvieran las manos entrelazadas porque eso de alguna forma le hacía mitigar las ansias de ya acariciar el cuerpo que tenía sobre él. Por un momento, el beso se detuvo y abrió sus parpados para encontrase con tan hermosa imagen. Sus mejillas ardían, rojas, como dos manzanas deliciosas que provocaba ser mordidas. Sus labios hinchados y rosados, sus esmeralda empapadas de tanto amor, brillando, entregadas, ese ligero temblar en su piel, el sudor que apenas empezaba a empapar su frente. No podía… era demasiado… lo deseaba, lo amaba, ¡quería demostrarle cuanto!

—Shaka…—le susurró, vibrando por la excitación, no perdiendo milímetros de esa bello cuadro frente a él—. Déjame amarte, Shaka…

—Saga…—murmuró, acostándose en su pecho, otro primer contacto íntimo que jamás habían tenido.

Lo sintió temblando, soltándole las manos, sólo recargándose sobre él. Saga dejó que lo hiciera, quitando entonces los dos bolígrafos que sostenían ya con esfuerzo la larga cabellera, permitiendo que esta los arropara a ambos, peinándola, acariciándola con sus dedos. Su cuerpo encendido ahora buscaba ser nivelado, ya resignándose al hecho de que posiblemente, eso era todo lo que podría avanzar por ese día. Aún así, se sonrío, contento de haber podido saborear esos labios con su permiso, en un beso tan delicioso que lo dejó con ánimos de más, mucho más.

—Saga… yo… yo quiero amarte…—esa confesión, ese anhelo convertido en palabras. Saga había perdido la cuenta de las veces que había querido escucharlo—. Hablé con el Dr. Degel. Le dije que quería más acercamiento pero no hallaba… la forma… de hacértelo saber. Entonces me recomendó cambiar el cuarto, ya que, desde que aquello ocurrió, nunca lo había hecho—su voz turbia, aún la escuchaba mientras retenía forzosamente en sus parpados las lágrimas—. Realmente funcionó… siento como si todo fuera nuevo… por eso… te había dicho que me ayudaras… buscaba una ocasión…

—Te amo Shaka…

—Quiero que me ames… aún estoy asustado pero… quiero que me ames.

El griego se levantó, para hacer caer el cuerpo de Shaka sobre las sábanas, dejándolo sobre él, sin tocarlo, sólo mirándolo. Quería cerciorarse de que en verdad se lo estaba pidiendo, que no había duda en él y efectivamente, en esos zafiros podía ver temor, podía ver ansiedad, pero no duda… sino determinación. Le sonrió y Shaka contestó con otra sonrisa, una discreta, una contradicción si se detenía a observar los zafiros quebrados, cohibidos.

—¿Confías en mí?—el joven lo afirmó, moviendo su cabeza, mirándolo con devoción—. No te haré daño.

Saga se levantó, buscó con la vista algo con el cual facilitar lo que venía y divisó una crema que podría ayudar el proceso. La colocó a un lado, viendo fijamente a su pareja, decidido primero a desnudarse frente a él. Lo hizo, sin quitarle la vista a los zafiros que emocionados recorrían cada parte del cuerpo que era descubierta, desde la camisa que despejaba el pecho y los brazos labrados, hasta el pantalón, quedando solo con su bóxer negro, donde ya podía divisarse el bulto en espera. Se incorporó a horcajadas sobre él, sosteniéndose con sus antebrazos. Entonces, vio que Shaka tenía intenciones de desvestirse, aún nervioso y cortó todo intento al tomar sus dos manos y entrelazarlas, para quedarse sólo mirándolo.

—Permíteme hacerlo por ti—le susurró, acercando su nariz, aspirando su aroma. En respuesta, Shaka buscó sus labios, dándole el permiso.

Sin más preámbulos, se besaron.

Labios que se encontraban, alientos que se fusionaban. De nuevo el danzar de sus lenguas en sus bocas empezaba a acelerarlos y aún así, Saga se contenía, no queriendo ser brusco o demasiado rápido, apelando a todo su control. Los besos se intensificaban, los labios de Shaka suspiraban sobre él, sus ojos clamaban por amor, él pensaba responderle con toda su entrega. Las manos abandonaron las blancas, rodando por la muñeca, bajando al mismo ritmo que sus labios buscaban su cuello, besaba, besaba y lamia, no mordía. No quería ser rudo. Quería ser tierno, quería hacerle saber cuánto lo amaba.

Y besando recordaba, como en esa misma noche en compañía de Mu fue a encararlo al departamento. Shaka, hecho una fiera al sentirse traicionado por su amigo, reclamó con ira y no tuvo delicadeza para botarlo de su casa, decirle que no quería verlo, que no necesitaba de su compasión. Pero Saga no pensaba rendirse, sabía, ahora entendía las condiciones, su reserva al contacto físico, las veces que le vio titubear entre acercarse o no, todo tenía sentido y esa forma de escudarse, de evitar verse vulnerable, enmascarándose en el orgullo. Tuvo que ceder esa noche, pero aún así, se enfrentó de nuevo con él el día siguiente, y el consiguiente, aguantando los desplantes, presentándose de nuevo frente a él, viendo como cada noche que pasaba los ojos azules lo miraban colapsando, asustado quizás porque veía en él la más férrea decisión de alcanzarlo, por mucho que él quisiese escapar. Hasta que una noche, luego de semana y media, había podido romper las barreras.

—No pierdas el tiempo—fue lo que le sentenció esa noche, en el balcón del departamento, con sus manos en el bolsillo, su mirada enrojecida por las lágrimas que se negaban a salir—. Pensé que se podría simplemente estar juntos, amar, sin necesidad de llegar a ese punto. Más bien, quien estaba perdiendo el tiempo era yo—concluyó bajando su mirada.

—No es justo que te castigues a ti mismo…

—No se trata de eso…

—¡Que seas tú quien pague los que esos malditos pudieron llegar a hacerte!—exclamó por fin, ya cansado de irse por las buenas, de ser sutil para encarar el tema. Shaka levantó su mirada iracunda, confundida al mismo tiempo—. Vales mucho, Shaka. Mucho para que tengas que cargar con eso tú solo.

El rubio volvió a bajar su mirada. Saga intentó acercarse, abrazarlo, pero como siempre y esta vez sin elegancia, fue apartado. Tragó grueso, ahogado, dolido e impotente.

—Déjame ayudarte…—le suplicó, en un hilo de voz, mientras el viento frio de la noche acurrucaba esos brazos que se quedaron vacios, en espera de poderlo alcanzar, algún día—. Déjame ayudarte, Shaka—el aludido subió de nuevo su mirada, pasándola por varios puntos del panorama antes de posarla de nuevo en sus esmeraldas, intentando mostrarse neutral, cuando él mismo podía ver el nudo en su garganta.

—No te prometo nada…—fue su veredicto…

Y eso había sido casi tres meses atrás. Y ahora sus manos despejaban la franela que tenía puesta, sin quitar sus ojos de encima, pendiente de ver algún tipo de rechazo, algún reproche que lo hiciera detenerse. No fue así, las manos de Shaka en cambio, acariciaban los fuertes brazos, lo miraban entregado a él, queriendo por fin darle fin al horrendo capítulo de su vida, comenzar uno nuevo, al igual que como arreglo su habitación, un nuevo orden para él. Los labios se encontraron de nuevo, las manos griegas ahora bajaban del cuello, acariciando con ternura los músculos, paseando por su pecho, tentando… palpando… amando. Y mientras sus labios se escurrían por la mejilla y se dirigían hasta su oído, recibió con gozo las manos blancas que se afianzaron en su espalda, que reconocían, al mismo que él, las tierras ajenas. Sintiéndose aceptado. Que por fin sus brazos abiertos eran llenados.

—Eres hermoso, Shaka—le susurraba al oído, tentando sus montículos, percibiendo como el cuerpo se contorsionó debajo de él, exhalando un gemido con su nombre—. ¡Dios mío!… te amo, Shaka.

Y nunca sintió que podría amar de esa forma. Para Saga, ese tipo de romances sólo podían existir en los cuentos o telenovelas, en los libros escritos por personas demasiado ilusionista, mentirosas o crédulas. Jamás pensó que podría sentir la necesidad abnegada de proteger y cuidar a alguien, de hacerle sentir bien, por encima de sus necesidades, por encima de sus deseos. Pero, la vida te enseña, la vida te corrige, y Saga en ese momento entendía que si era posible amar de esa forma tan desinteresada, sin garantías, con condiciones que a veces atentaba consigo mismo, pero entregado, por completo, recibiendo como único gesto de agradecimiento esa sonrisa.

Por ello, recordar mientras sus manos buscaban despejar ahora el pantalón de su amado, más que una distracción, era como la respuesta a su espera. Y es que para él le parecía simplemente un sueño que por fin pudiera tenerlo así, cuando todo reinició con un “no prometo nada”. Aquella tarde que lo acompañó al consultorio, era difícil reconocer quien estaba más nervioso. La puerta de la pequeña oficina se abrió y el doctor Degel lo recibió con una sonrisa amigable, enmarcada por el semblante profesional. Ante el ligero roce que el doctor, por costumbre, iba a hacerle en el hombro, Shaka se replegó con desconfianza, mirándolo de forma amenazante. Sin dar tiempo a disculpas, el rubio simplemente volteó y fue en busca de la salida, diciendo un “No puedo hacerlo”. Saga lo siguió, y viendo que Shaka casi se le escurría, ya fuera del edificio, se arriesgó a tomarlo por el antebrazo y de inmediato, el rubio se detuvo cortando el contacto, mirándolo con reclamos en sus ojos.

—Shaka, regresemos. El Dr. Degel es alguien de mi confianza, te puedo asegurar que no…

—Ya conozco esa maldita expresión de “profesional”—espetó el menor con sus ojos enrojecidos—. ¡No quiero entrar a ese lugar y quedarme solo con él!

—¿Quieres que entre contigo?—sus zafiros lo miraron contrariados—. ¿Te sentirás en confianza?—renegó con su rostro.

—Discúlpame, Shaka—la voz del doctor los hizo desviar su mirada. El francés había salido a buscarlos, con su bata blanca puesta, sus lentes en mano—. Entiendo que sientas desconfianza y es esta tu primera vez. Te aseguró que no pienso hacerte daño, al menos déjame escucharte.

—Shaka, al menos inténtalo…—le pidió, casi le suplicó, de nuevo destrozando las defensas del menor—. Si no sirve, sino te sientes cómodo, dejaré de insistir.

Con esas palabras, pareció convencerlo, por lo cual al final entró al consultorio solo con el doctor. A pesar de haber apartado una hora, fueron largas tres horas las que estuvieron dentro. Saga empezaba a impacientarse, deseando tirar la puerta, ver qué pasaba, conforme veía como cada hora era cancelada una cita y el tiempo transcurría. Finalmente, la puerta se abrió y un Degel visiblemente perturbado salió, asustando al griego.

—Deberás esperar a que se tranquilice. Llévalo a casa y tráelo la próxima semana—fue lo único que dijo antes de perderse en los pasillos.

Recordar todo lo que había pasado en esos meses solo le hacía sentir más afortunado. Afortunado de tener en ese momento el cuerpo desnudo de Shaka a su lado, sólo viéndose, uno al lado del otro, dejando que sus manos acariciaran tímidamente el cuerpo del compañero, queriendo que ese momento fuese simplemente especial. Espero de nuevo la señal de Shaka y esta fue clara cuando se acercó, buscando de nuevo sus labios, recibiendo el beso, entrelazando sus cuerpos desnudos y exaltados por el momento. Conforme las caricias se hacían más intimas, el cuerpo de Shaka a veces reaccionaba buscando alejarse, más no lo hacía. En esos instantes, Saga se detenía… esperaba… hasta que de nuevo Shaka le diera permiso, que cuando llegaba era tomado con la dedicación que ameritaba, buscando volver a intimar de una forma más suave, menos posesiva. Y así sus cuerpos iban tomando forma, iban acoplándose entre ellos.

Las manos que viajaban por la espalda del hindú y del griego. Los labios que no dejaban de besarse y decirse entre suspiros te amos ahogados. La mano griega descendía hasta los glúteos, masajeo desviviéndose con el tacto, ahora mudando sus labios al cuello, lamiendo con deseos su barbilla, su cuello, su oído. Escuchándolo gemir con cada vez más goce, percibiendo que disfrutaba de cada una de sus caricias. Sus labios gruesos besaban y poseían sus mejillas, las extensiones de su rostro, mientras la mano que ya bajaba hasta sus muslos, acariciaban extasiadas, disfrutando. Y vio la gloria, cuando las manos de Shaka apretaron con fuerza sus caderas, rasguñando sus glúteos, jadeando su nombre, al mismo tiempo que sus dos miembros, friccionando ante cada acercamiento, les enviaba corrientes avasallantes, quitándole poco a poco la cordura.

Y mientras se desvivía, recordaba… todo el camino que había transitado para llegar a ese punto.

—¿Shaka?—le llamó, con dolor, al verlo hecho un ovillo, con sus brazos abrazando sus piernas, su rostro escondido en sus rodillas. Aún se le oían sollozos. La impotencia tomaba forma en el griego.

¿Y cómo hacerle sentí que estaba allí si todo contacto era una amenaza latente para él? Saga apretó sus puños, hasta palidecerlos por la presión, mordiendo sus labios, maldiciendo, maldiciendo a quienes se le hayan ocurrido hacerle daño, deseando ser la muerte, para simplemente decidir la peor de ellas para aquellos. Cerró sus parpados con fuerza, dejando que su dolor saliera en una bocanada de aire sordo, ahogado, moribundo.

—Saga…—el susurro de esa voz temblorosa. Saga tragó grueso y buscó fuerza de donde no sabía que existían, para mirarle y sonreírle. Los zafiros lo miraban, inflamados de llorar, con su rostro enrojecido… tan vulnerable… tan lastimado…—. Gracias…

Esa fue la primera, de varias citas. Las cosas entre ellos parecían más de amigos que de otra cosa, incluso las palabras que cariñosas habían empezado a decirse, había cedido y en el silencio que en medio de ellos se acentuaban en el camino de regreso al departamento, Saga lo veía, preguntándose si al final podría superarlo, queriendo conocer los detalles, saber cuál era el alcance. Esa misma semana, luego de la tercera cita, Degel se lo hizo saber.

El quejido de dolor lo hizo regresar. Su mano ya tanteaba la entrada, no santa, no pura, porque otros se encargaron de invadirla con violencia, lo habían dejado marcado de por vida. Vio con dolor, con rabia, con impotencia, los ojos enrojecidos de Shaka que ya dejaba caer algunas lágrimas a las sábanas. No puedo evitar sentir el nudo en su garganta.

—Perdóname…—musitó, avergonzado, buscando calmarse. Saga sintió esa palabra como un espadazo en su pecho.

—No tiene que ser hoy…—consintió el griego, secando las lágrimas con sus manos. Shaka renegó, con su mirada determinada.

—Prosigue… por favor…—le pidió, cubriendo con sus manos el rostro del mayor, llamando su atención—. Quiero que sea hoy… quiero que me marques…

Intentando dejar de lado el dolor que le producía verlo de esa forma, tan lastimado, peleando él mismo contra el temor y los recuerdos de tan abominables momentos; Saga entonces volvió a desvivirse en sus labios, deseando que entre besos pudieran dejar de lado todo lo demás. De nuevo, los besos les ayudaron a despejar sus mentes, a concentrarse en las sensaciones de su cuerpo, a permitirse amarse en el lenguaje de las caricias. Con amor se besaron, con amor las manos de Saga volvían a viajar por ese cuerpo, ya conociendo los caminos, buscando de nuevo el lugar que aunque había sido vejado, para él todavía seguía siendo sagrado.

Al primer roce de sus dedos en el anillo, el cuerpo de Shaka tembló de miedo pero se aferró a su espalda, se sostuvo a él como si esperaba un dolor profundo. Entenderlo le dolió, le dolió como si hubieran desgarrado su corazón en dos. Por ello, se permitió sólo palpar, sólo acariciar la intimidad por entero, sin entrar, subiendo hasta las bolsas rugosas, esperando que volviera a relajarse. Untó sus manos con la crema rápidamente y volvió a su oficio, con su mirada fija en él, en esos zafiros que ahora, si, temblaban de miedo.

—Te amo…—le volvió a asegurar, sintiendo que necesitaba hacerlo, que debía decírselo.

—También te amo…—le dijo, tragando grueso, temblando de excitación y miedo mientras sentía esas manos frías acariciar con ternura toda su hombría, sus gemelos, la extensión entera de su virilidad—. Aquellas veces, dolió mucho…—murmuró y vio con desolación como Saga mordió sus labios con visible angustia—. Por eso… por eso yo pensé…

—Dolerá…—le advirtió y los zafiros le brillaron con más temor—, pero, intentaré ser lo más delicado posible… y al final…—le decía con su voz ahogada—. Al final, será distinto… te lo prometo…

Asintió, confiando en él, en ese hombre que simplemente se aferró como a él, no dispuesto a dejarlo ir. Los dedos se escurrían humectados y al sentir la presión, Shaka cerró sus parpados con fuerza, mordiendo sus labios, no queriendo soltar el dolor que le producía sólo esa leve entrada. Saga intentaba ser paciente, sintiendo como el anillo estaba tensó, renuente, de seguro por la tensión general que había en el cuerpo de Shaka. Se quedó entonces quieto, sin presionar más, y buscó sus labios, besándolo a pesar de que estaban mordidos, hasta que Shaka volvió a abrirlos, les permitió el paso. Los besos siguieron, intentando distraerlo entre cada pequeño milímetro que su dedo penetraba, dando leves círculos, muy leves. Y los quejidos de Shaka continuaban, cada vez más sonoros, apretando con fuerza los hombros griegos, moviendo su cabeza de lado a lado.

Y mientras su dedo buscaba el espacio, miraba con dolor como el rubio empezaba a pedirle que saliera, que le dolía, que no lo soportaba. Recordó entonces las palabras de Degel, en aquel consultorio.

—Fueron dos años, Saga. Dos años de abusos—el griego mantenía su cabeza inclinada, sostenida por sus manos, enfurecido con la vida, con el destino, los dioses, lo que fuere, lo que fuere que haya permitido semejante pasado—. Los tres profesores de aquel colegio primero le hicieron involucrarse en diversas actividades extra curriculares. Todo comenzó con roces pero luego, intensificaron los encuentros, lo amenazaron. Según me confesó, se turnaban y llegó a un punto que lo llamaba en medio salón, alegando cualquier excusa. Eso fue a sus catorce y quince años.

Y Shaka reclamaba… y Saga se negaba a detenerse en ese punto, más no porque quisiera saciar sus ansías, sino porque sabía que era una barrera que tendría que enfrentar tarde o temprano. Lo abrazo con fuerza, susurrándole al oído que aguantara, que ya cedería, que ya acababa y de alguna manera eso lo tranquilizaba, lo aliviaba. El primer dedo entró por completo y sus movimientos fueron un poco más rítmicos, al son de sus besos en el cuello y mejilla de su pareja, con el cabello dorado desparramado en toda la cama, y que poco a poco, los quejidos iban mudando el tono, iban transformándose en sordos gemidos.

—Debes ser muy paciente, Saga—recordó las palabras del terapeuta esa tarde—. Permítele que sea él quien paute sus acercamientos, y respeta los límites que te levante. Para él, quienes se acercan buscando contacto es porque quieren utilizarlo, demuéstrale que tú eres diferente.

Así había hecho. Se complacía con sólo acompañarlo a las citas médicas y luego, si estaba de ánimos, comer afuera, visitar algún sitio. Al mes, se sorprendió al sentir el leve roce que Shaka le dejó en su mano libre. Sólo eso, sólo eso había sido capaz de hacer sentir que todo valía la pena, tomando por primera vez su mano. Pasaron tres semanas para poderle permitir que su mano se posara en el hombro, sin mucho acercamiento y dos semanas después, el beso en la mano, el primer contacto de sus labios a esa piel. Fue paulatino, y a veces sentía que tardaría años, en ese ritmo, para llegar a tenerlo por completo. Aunque la sola compañía, la sonrisa de Shaka llena de agradecimiento, la fortuna de ser él el único que podía tocarle la mano, podría besarle los dedos, le fortalecía su decisión. Esperaría hasta que Shaka estuviera dispuesto. Hasta que el considerara el momento.

Y este había llegado.

Los dedos salieron para darle paso a su hombría. Las mejillas rojas, los labios inflamados, la mirada que gritaba te amos, todo era el cuadro que Saga tenía frente a él. El sudor ya los empapaba a ambos y la lluvia seguía cayendo, con un poco más de fuerza, fuera de esa habitación que acababan de acomodar.

—Te amo, Shaka…—le volvió a susurrar, sobre sus labios, con su frente recargada sobre la de él. El cabello azul caía húmedo y desordenado a un lado—. Eres hermoso… te ves hermoso…

—Saga…—murmuró, rodeando su espalda de nuevo con sus manos—. Te amo, Saga… —repitió, besando sus labios de nuevo—. Márcame…

Besos… de nuevo besos que parecían no querer ceder. Besos que acompañaban a la punta de la carne griega que buscaba su espacio en las paredes hindú, reclamando su presencia, su pertenencia, con ánimos de quedarse allí si era posible, eternamente. El dolor volvió, pero Shaka pudo soportarlo con mayor facilidad, al comprender que luego de ese dolor venía el placer que ya los dedos le habían prodigado. Los labios se seguían moviendo, robando y tragando gemidos. La virilidad traspasaba a las fronteras y la espalda del rubio se arqueaba para permitir mayor presión. El proceso llego al punto cumbre, Saga había entrado por completo y sentí el placer corroyendo sus nervios, sintiendo el sudor que corría en su frente, sacudiendo un poco su cabeza para que este no penetrara en sus ojos. Las manos de Shaka entonces se encargaron de secarlo, quedándose quieto, apreciando el palpitar que aquella hombría ejecutaba dentro de sus entrañas, acostumbrándose a ella. Disfrutando de una forma muy distinta lo que él conocía como sexo. Ahora, él estaba siendo amado a través de sus cuerpos… ahora estaba haciendo el amor.

—Sabes…—jadeó Saga, entrelazando de nuevo las manos, afincándolas sobre la cama, sosteniéndose él con sus antebrazos—. ¿Quieres… saber… porque… quise buscar… al rubio… que me hizo… pagar la… mitad… del seguro?—una sonrisa en los labios hindúes, acompañada por la mirada enamorada, le dio respuesta al griego—. Porque… para mi… desde ese día… me pareciste… lo más extraño… que había tenido… en frente.

—Por esa misma… razón ¡hmmm!… permití… que te acercaras… a mí—le confesó, moviendo un poco su cadera—. Te amo, Saga…

—Y yo a ti…

Un brazo que lo tomó por la cadera, rodeando el cuerpo. La mano libre de Shaka se afianzó en la espalda de quien lo tomaba. Las otras quedaron entrelazadas en la almohada. Con sus miradas clavadas en el otro, las primeras embestidas comenzaron, lentas y profundas, un vaivén armonioso que empezaba a descontrolar el delgado cuerpo del hindú, contorsionándolo en las sábanas, lanzando sonoros gemidos de deleite. Saga se mordió los labios ante semejante escena, intentando darse tiempo aunque ya su propio cuerpo no lo toleraba. La excitación era demasiada y la mirada zafiro que lo veía con deleite era una evidente incitación a continuar.

Las estocadas aumentaron su ritmo. Saga tuvo que soltar esa mano para tomar el cuello de Shaka, besar mientras esas carnes caliente aprisionaban y tragaban su hombría dentro de sí, regalándole el placer más avasallador jamás sentido. Las dos manos de Shaka exigían en sus caderas, el propio movimiento sensual que ejecutaba debajo de él le robaba el aliento, las piernas hindúes abriéndose lo más humanamente posible, él arremetiendo con toda su fuerza, encontrando el punto, golpeándolo ahora sin misericordia. Los gemidos dieron pasos a jadeos y alaridos de placer y goce desbocado.

No pudiendo soportar tanta fascinación, se abrazó por entero a ese cuerpo, ya jadeando en el oído de Shaka, diciéndole te amos entrecortados de aire, complaciéndose como, conforme las estocadas se prolongaban, Shaka gemía con tanto ahínco que era imposible negar que lo disfrutaba. La virilidad del hindú se estrujaba, gruesa y caliente entre sus vientres, el golpeteó de las carnes más violento y persistente, la voz de Shaka llamándolo y gritando que lo amaba, la voz de Saga susurrándole respuesta mientras toleraba un poco más, un poco más. Y cuando vio que no podía con la excitación, que la señal se acercaba, que su cuerpo se erosionaba en los brazos de aquel joven que en una seguradora le había robado el aliento; buscó el miembro turgente del menor y empezó a manipularlo al ritmo cadencioso de sus caderas.

¿Había valido la pena la espera? Si…

¿Valió la pena el esfuerzo? Mil veces…

Saga agradecía ahora a todos los entes el haberlos cruzados. Saga se sentía afortunado al tenerlo, presenciando como el orgasmo le había arrebatado toda la cordura, provocándole un movimiento tan absurdamente sensual que lo hizo perder la razón. Se dejó ir, temblando compulsivamente mientras se abrazaba a ese cuerpo, sintiendo la espesa calidez de la semilla de Shaka en su vientre, derramando dentro de sus entrañas su propia esencia ardiendo.

Marcándolo… como suyo…

Y entonces… en la efervescencia del nirvana… en la cúspide del placer… rememoró… ese día que lo conoció…

—¿Le gustaría salir en la noche? Un restaurant o un cine también puede ser—la directa y nada sutil invitación había dibujado en el rubio un gesto de incomodidad. Saga lo veía, segundo a segundo que pasaba se daba cuenta que Shaka era distinto y le causaba una enorme curiosidad.

—No salgo con clientes, mucho menos si estos esperan que el seguro los beneficie más allá de las clausulas.

—Mmm… pero puedo venir de nuevo a verte en la oficina, ¿cierto?—el rubio enarcó una ceja, ya intrigado—. Sin salida, simplemente aquí, hablando de cualquier tema.

—En la oficina solo vengo a trabajar, Sr. Saga.

—Mmm… ¿y si vuelvo a chocar el auto?—el comentario había causado la reacción que buscaba el griego. Shaka hizo un esfuerzo casi inhumano para no reírse, y buscando mostrar el temple inquebrantable, ladeó su cabeza a un lado.

—Me temó que el seguro no cubre daños provocados—siseó, levantando un poco su mirada de una forma que a Saga se le antojó sensual.

—No importa, conseguiré la excusa para apartar citas con usted, Sr. Shaka—le guiñó el ojo, y el rubio lo miraba incrédulo—. Nos veremos, se lo aseguro—se le acercó, y en vez de extenderle la mano para el saludo, le repitió la misma pose que había usado el hindú para saludarlo. Shaka lo miraba impresionado hasta que con un movimiento en la ceja, Saga le instó a terminar el saludo.

—Hasta Luego…—susurró, haciendo el saludo, inclinándose sin perder la mirada, mirada que mantuvo Saga al imitar por entero el movimiento. Reprimió las ganas de reírse de tan irrisorio cliente que mostraba un interés de una forma muy particular.

La risita traviesa de Saga llamó la atención de un cansado Shaka, que reposaba a su lado, aun rodeado en sus brazos, ambos desnudos, escuchando que la lluvia poco a poco perdía fuerza. El rubio, curioso por conocer la razón, levantó su mirada para encontrarse con las esmeraldas soñadoras de Saga.

—¿De qué te ríes?—preguntó y sintió que los brazos de Saga lo abrazaban con más fuerza.

—De lo idiota que debí verme ese día en tu oficina, cuando nos conocimos—Shaka se rio animado, recordando ese momento—. Pero hasta haber hecho el ridículo, valió la pena.

Se miraron y rieron juntos, contentos, emocionados, sintiendo que todo tenía un nuevo sentido. En medio del sereno que iba cayendo, se abrazaron y se besaron, disfrutando de su momento.

Ya las huellas del pasado habían sido enterradas…

Ya se estaba marcando nuevas huellas…

Las huellas de un amor sincero.

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