Nada Oculto (Cap 03)

Saga y Shaka han demostrado sus sentimientos pero el compromiso sigue en pie. ¿Qué ocurrirá entre ellos? ¿Podrá ser más fuerte la corona? ¿Cuánto tiempo se mantendrán ocultos?

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Temas: Yaoi, lemon, romance, drama, Universo Alterno
Personajes: Shaka, Saga, Aspros, Asmita, Defteros, Kanon, Mu, Fler.
Resumen: El reino de Espica y Pólux deciden realizar una alianza estratégica uniendo en matrimonio a sus dos hijos, ¿sin embargo que ocurrirá si el príncipe de Polux se enamora de la persona equivocada?
Dedicatoria: A Karin, Athena_Arianna, Ale_Chan, Kimee, Lola, Sahasara y todas las miembros del club Santísimo Pecado Geminis x Virgo. Material para el subforo (SaSha)

Saga y Shaka han demostrado sus sentimientos pero el compromiso sigue en pie. ¿Qué ocurrirá entre ellos? ¿Podrá ser más fuerte la corona? ¿Cuánto tiempo se mantendrán ocultos?

Capitulo 03: La unión Contraria

Defteros

Te veo… te veo y sé que mueres Asmita.

Puedo ver el espíritu de muerte que te rodea y se emociona sabiendo que dentro de poca tus carnes se convertirán en parte de su festín. El hilo blanco que une tu alma al cuerpo terrenal y amenaza con perderse.

Y yo estoy condenado a la eternidad…

A una eternidad sin ti, Asmita…

Y añoro entonces volver a ser un mortal… volver a tener una vida perecedera para poder irme a tu lado, ponerle fin en el justo momento que tengas que partir… porque no me queda nada si no estás a mi lado.

Nada en lo absoluto…

Más que la soledad palpable y venenosa que consumiría mis únicas esperanzas convirtiéndome en lo que soy.

Un demonio…

Y me sonríes de nuevo, me llamas con tus manos, delineas mi rostro caliente en tus dedos cremoso, que de fríos, parecen que pronto se desharán por mi calor infernal.

—Asmita… ¿Qué te entristece?—te preguntó, sobre tus labios. Veo el cambio de tu expresión—. No puedes mentirme… veo, veo en ti una mala hierba que agita tu pecho.

Esa que quiero arrancar con mis manos… esa misma que tiene tu vida consumiéndola mientras el aire te falta en los pulmones… Quisiera tener el poder de liberarte de la angustia, de sanar tu enfermedad… de hacerte inmortal conmigo.

—Defteros… sabes que en estos momentos mis hijos deben estar en Pólux—me relatas, apartando los desordenados cabellos de mi frente—. Eso significa que mi hija, quizás el día de mañana, esté contrayendo matrimonio con el heredero al trono.

—Te dije que no era necesario hacerlo…

—No quiero irme dejando una deuda…—refutas bajando la mirada—. No quiero dejarle una deuda que pagar a mi hijo, pero…

—¿Pero…?

—No sé qué pasó… para que mi hijo se fuera con un inmenso dolor e impotencia en su pecho.

Olfateo tu mejilla. Lamo tu cuello, provocando un estremecimiento en tu piel. Busco tu oído, te abrazo para que te acoples a mi cuerpo desnudo… Beso de nuevo tus labios con sabor a sangre, a hierbas, a enfermedad… Beso y quisiera absorber de ti el halo de muerte que quiere arrancarte de mis brazos.

—¿Cómo cuando pensaste que ibas a perderme?—susurro en tu oído. Siento tus manos aplastando la piel de mi espalda, buscando mi calor…

—Exactamente…

Te recuesto en la cama real de nuevo. Aparto tus dorados cabellos de mi paso. Toses de nuevo, te reincorporas a horcajadas, sosteniendo tu vientre, tosiendo con fuerza… El olor a sangre vuelve…

La amenaza latente me invade.

Y sólo puedo besar tu espalda y calmar con mi calor el dolor de tus pulmones… morder mis labios ante la impotencia de ver aquello que te mata y no poder extirparlo, defenderte de ello…

¿De qué me sirve la inmortalidad si estoy condenado a estar lejos de ti?

Se calma entonces tu dolor por un instante. Atrapas con fuerza tus sábanas, apretando los nudillos, con imperiosa impotencia.

—Defteros… siento que mi decisión al final, fue incorrecta…

Shaka Zandillat

Tal como me lo pediste, te espero aquí, en este mirador donde me tomaste por primera vez. El frío de la noche me invade, y trato de conseguir calor del abrigo de pieles que me diste en la tarde.

Suspiro profundo.

Mañana ya te entregaras en brazos de mi hermana. Mañana yo debo tomar el lugar de mi padre y entregarte la mano de mi hermana, la princesa de Espica, para que tú, príncipe Saga, la hagas feliz y tengas con ella la descendencia real de esta tu nación.

¿Y yo?

Yo sólo seré un monarca más a tu nivel, en mi tierra, donde buscaré también una doncella, tendré mi descendencia… Seguiré mi destino, tú seguirás el tuyo. Y a pesar de que hace un año fue que hicimos ese pacto de mantenernos al anonimato, siento que ya hemos llegado a un tiempo límite. No podremos seguir escapando…

—Shaka.

Escucho mi nombre y volteo buscándote. Me miras con esas mismas esmeraldas enamoradas tal como hace un año, aquí frente a tu reino, con la enorme luna llena de testigo de esto que queremos preservar y es prohibido. Tu cabello azul danza por el viento frio que nos rodea, tus ojos como dos pozos mágicos me arrastran al magnetismo de tu mirada, férrea y decidida, amante y apasionada. Te acercas a paso lento, amarrando las riendas de tu caballo blanco con el mantón esmeralda sobre él, asegurando así que el caballo no escapase.

—Príncipe Saga…

—No me llaméis con el título…

—A partir de mañana será la única forma en que pueda llamaros.

—No digáis eso.

—Mañana os casaréis con mi hermana. Debéis entender que lo nuestro debería llegar…

—No… me hago un ignorante de las normas, de las reglas, de lo moral.

—Príncipe Saga, por favor no juguéis con lo que intento deciros.

—No… soy sordo a vuestras negativas…—te acercas a mí, besas mis labios—. Prefiero oír vuestra voz cantando ese mantra legendario, Shaka.

—Observad que estamos incurriendo en un delito ante la corona y lo natural… Comprended…

—Soy ciego a ello—callas mi voz con otro beso húmedo, abrazando mis caderas, apegando mi cuerpo al tuyo. Tu lengua experta lentamente se escurre entre mis labios, se abren espacio en mi boca, provoca un imperceptible gemido que deja su rastro en el aire. Y me desarmas—. Prefiero ver el carmín de vuestras mejillas dándome la bienvenida a vuestro cuerpo… Shaka.

—No lo hagáis más difícil, príncipe… No es a vuestro hermano a quien traicionáis…—y robas mis palabras… y te haces dueño de mis pensamientos al paso de tus labios que atraviesan mi cuello. Pierdo el norte…

—Si tuviera que traicionar a mi hermano por vuestra belleza, lo haría mil veces, a él que es no sólo mi sangre sino mi semejanza—desabotonas mi camisa de lino mientras me atraes a la espesura del bosque. Un árbol a mi espalda, tu cuerpo frente a mí, tus esmeraldas sumergiéndome al delirio de tu fuego—. No temáis a esto que sentimos, Shaka. Seamos libres, como el viento, quien no debe dar razones para moverse entre los reinos e irrumpir fronteras.

—No somos viento…

—Entonces seamos como el agua, que atraviesa y toma lo que le pertenece sin tratados políticos.

—Saga…

—Sí… sólo Saga… sólo Shaka… sólo amor…

Y de nuevo me dejas sin argumento. ¿Cómo pelear contra ti y este deseo que me arrasa a la más pura de las fantasías? Y si… siento que ya soy de ti, que este año cosechando esto prohibido sólo ha avivado lo indetenible. Estoy atado a ti… Y por primera vez odio a mi corona, a nuestros destinos que necios intentan separarse cuando nuestros cuerpos quieren permanecer, justo como ahora, fusionados.

Ahora desnudos sobre el pasto de nuevo, frente al lienzo estrellado de esta noche fría, tomas con tus besos mi cuerpo, tengo entre mis manos tu espada. Jadeamos juntos, nos sonreímos y nos burlamos de los parlamentos burocráticos, del futuro, del pasado, de nuestras simientes, nuestra naturaleza. Nos entregamos de nuevo al vaivén de nuestros dos cuerpos teñidos por el sudor, friccionando entre sí. Tus manos sosteniendo mi cabeza y pecho, llenándose de tierra negra y húmeda; mis falanges aprisionando tu espada. Nuestros gemidos, audibles, las voces animales y primitivas que nos alebrestan en un caldo de emociones jamás sentidas.

Viviendo en tus brazos…

Muriendo al saber que te entregaré en otros…

Aunque sean los de mi hermana…

Hasta que viendo la vía láctea sobre nosotros, como un torrente de influjos pasionales nos contorsionamos convirtiéndonos en uno, en un solo sentir, una sola voz que se apaga entre la bruma que nos rodean. Y tus manos de nuevo delinean mi rostro… y nuestras respiración buscan alcanzar el ritmo normal, tomar aire… descansar en la belleza de nuestra entrega.

Una lágrima que secas…

Una lágrima que con frustración dejé salir en el último segundo…

La bebes de tu dedo… tus ojos esmeraldas vuelven a someterme en un hechizo de antaño.

—Te amo, Shaka.

—No quiero entregaros…—te confieso en un hilo helado de voz. Tus cejas se contraen un poco, veo tristeza en tus esmeraldas—. No quiero hacerlo…

—No lo haréis…

—Saga…

—Aunque me aten con juramento de hombre, mi corazón os pertenece. No me entregaréis… seré vuestro Shaka. Siempre vuestro.

¿Puedo creer en ese conjuro?

¿Puedo sostenerme de esa hermosa falacia?

—Cree en mí…

Creeré en ti… creeré en esto que nos une.

Saga Geminidas

Por fin ha llegado el día… el día que hubiera querido que nunca llegara, pero que, irremediable aparecería para seguir dando espacio a lo protocolarmente correcto. Eso que atenta contra lo que mi corazón reclama.

Lo correcto para mi es ser tuyo Shaka, hasta la muerte…

Y leo de nuevo los votos que he de pronunciar frente a todos mis nobles, mi padre, mi hermano, mi futura esposa, frente a ti Shaka.

Cree que estás palabras las he escrito para ti.

Mi hermano llega entonces, vestido en un traje real, azul marino, con incrustaciones de piedras preciosas e hilos de oro, creado por los mejores artesanos del reino. Su cabello atado en una media cola sostiene en su cabeza la corona del segundo príncipe del reino, de oro y con incrustaciones de esmeraldas. Me saluda, ayudándome a colocar la gruesa capa de terciopelo vino tinto con plumaje blanco de nuestras aves más hermosas, cerrando así mi vestuario para la noche donde desposare a mí reina.

—¿Vistes al chico con dos extraños puntos en su frente?—me pregunta Kanon, viéndome tras el espejo. Mi traje azul con zafiros, esmeraldas y diamantes cae vaporoso hasta mis pies. La corona de Oro y piedras se alza en mi cabello recogido en la nuca por una cinta bordada con hilo plata y oro. Recuerdo la imagen y sí, lo vi, es el escogido para servir a la joven princesa, mi prometida y quien ahora vivirá en el castillo para cuidar de ella.

—Lo vi. ¿Qué ocurre con él?—indago viéndolo fijamente. Reconozco esa mirada en mi hermano, lasciva y siniestra, intimidante y llena de perversas intenciones—. ¡No te acerques a él!

—¿Por qué no he de hacerlo?—se sienta en mi cama, tomando unas uvas del platón dorado sobre mi mesa. Atrapa dos en sus labios con suma tranquilidad, despreocupado, mientras me mira con ese rostro lleno de desafío—. Según escuché estará aquí con tu reina. Podríamos convertirnos en muy… buenos amigos—acota con cierto dejo provocativo en su voz.

—Ese muchacho pertenece a un grupo de donceles que han jurado resguardar su cuerpo al servicio de la corona. No lo toques. ¡No lo ofendas!

—¿Al servicio de la corona, dices?—repite con ese brillo impertinente en sus orbes verdes, mis mismos ojos, mi mismo rostro… igual a mí—. Eso suena interesante…

—¡KANON!

—No haré nada que él no quiera… hermanito—me sisea con malicia, tomando ahora una manzana para arrancar un pedazo con sus dientes.

—Más te vale…

El sonido de la puerta al abrirse nos alerta, volteando ambos para ver a nuestro padre, enfundado con un traje dorado. El pantalón blanco debajo de la chaqueta bordada de oro y diamantes, con botones de orfebrería y cadenas de oro que atraviesan su pecho. La enorme capa real color vino tinto cae espesamente al suelo. Su cabello azul, idéntico al nuestro, salvaje, se sujeta en una media cola y la corona real, de oro con incrustaciones de piedras y diamante, hermosa, enorme y pesada; se alza vanidosa sobre su cabeza, con cristales que cuelgan de cada uno de los listones de oro. Un bastón de oro está en sus manos, un cetro hermoso que había sido entregado como regalo por parte de los príncipes de Zandillat.

—Veo que ya estás listo, hijo mío. El reino te espera.

Y siento el palpitar moribundo de mi corazón que se niega a atarse a juramentos vánales que no representan mis verdaderos sentimientos. Esta necesidad astral de desvanecerme y no ser un insulso participante de algo tan falso como este compromiso. Una atadura…

Asiento entonces resignado ante mi padre. Sintiendo como sus manos me entregan ahora el anillo real que debo tener en el dedo índice de mi mano derecha, una pieza de orfebrería antiquísima que ha sido heredada por siglos. Miro entonces sus ojos y me observan fijamente, orbes azules índigo como la espesura del mar, tan misterioso como esas profundidades. Jamás podría ser capaz de entender las intenciones ocultas en su mirada.

Me voltea para quedar detrás de mí y acomodar los últimos detalles de la capa, verificando que todo esté en orden. Mi padre el rey, siempre atento con nosotros, siempre ha guardado algo que no sabríamos definir.

—Vine a buscarte anoche—me susurra con voz ronca en el oído. Tiemblo al oír sus palabras. ¡No puede ser! Anoche yo estaba contigo en aquel lugar… amándonos… Mi padre no debe saberlo.

—¿Puedo saber para qué?

—Concertar ciertos asuntos ahora que tendrás tu reina. ¿Dónde estabas?

Mi corazón palpita con fuerza, viéndome atravesado por esos índigos azules hechizante de una forma tan potente. Me paraliza. La mirada profunda de mi padre es capaz de obstaculizar mis nervios. Trago grueso, intentando no verme nervioso, no delatarme ante él.

—Sólo fui a tomar un poco de aire fresco en mi caballo—respondo con seriedad—. Los nervios, necesitaba liberarme de ellos.

—Ya veo…—siseó soltando el plumaje del cuello de mi capa—, casualmente el príncipe Zandillat también necesitó tomar aire.

Palidezco…

Su rostro sigue inmutable.

Se aleja… sale de la habitación… no sé qué pensar…

Pero no hay tiempo… minutos después de su salida me avisan de que ya es hora. Me escoltan hasta el salón principal, decorado por orquídeas blancas y lilas. La nobleza de nuestro reino sentada para ver el momento en que yo tomaré mi reina. Todo decorado con cristales y plata, cada uno de los rostros de nuestros nobles me observan. Las palabras de mi padre no me abandonan, permanecen en mi mente quitándome la calma. ¿Se habrá dado cuenta de lo nuestro? ¿Tan evidente hemos sido? No puedo permitir que mi padre se entere de lo que hay entre tú y yo, Shaka.

Y empiezo a sudar frio, ante la posibilidad.

Y miro su rostro como siempre serio, sin rastro de debilidad.

Esos orbes azules turbios, esos orbes azules que ocultan…

¿Qué ocultan?

De improvisto, todas las miradas van hacía el fondo de la estancia. Enfoco mi mirada…

Quedo sin aliento.

Al final, el enorme vestido blanco brillante, con destellos diamantinos y un velo que oculta el rostro de mi esposa, vaporoso, hermoso, decorado su cabello, manos y cuellos con orquídeas blancas de nuestro reino. Y a su lado… Tú… mi Shaka…

Al igual que mi padre, tu traje bordado de oro y plata esculpe tu perfecto cuerpo. Tu cabello sujeto hacía la nuca, con un lazo dorado que sostiene cada hebra de oro, un prendedor de zafiro en la derecha de tu pecho. Guantes blancos, botas del mismo color hasta las rodillas, una lágrima de zafiro en tu frente.

Hermoso…

Mi unicornio de plata con un manto de oro, alzas tu cuerno zafiro con orgullo, la doncella camina a tu lado, más yo admiro es tu belleza inmaculada, etérea, divina… una creatura mágica. La celestial aparición con la que quiero escapar y gobernar los cielos, hasta el firmamento, donde las estrellas dejan de ser polvos y se convierten en bolas de fuego incandescentes. Contigo quiero escapar, Shaka.

Y tus zafiros me miran llenos del mismo sentimiento…

Caminas entonces a su lado, al compás de la marcha nupcial. Y cada paso es una sentencia en nuestro destino. Cada paso es una confirmación de este teatro absurdo que busca alejarnos.

Pero no podrá…

Pelearé aunque sea contra los designios de la vida, del destino que no conoce lo que desea nuestros corazones, contra lo natural y lo correcto, contra lo que planea escribir nuestros títulos sobre el futuro que sólo nos compete a nosotros tramar.

Y tu Shaka… tú estarás conmigo, en pensamiento, en alma, en cada pálpito de este corazón, en cada lágrima, en cada hilo de voz, en cada gemido, en cada jadeo, será tu nombre camuflado el que se esparza en la atmosfera. Será mi deseo escondido el que se revelara tras mis pupilas. Tomaré a tu hermana… pero es a ti a quien deseo.

Sé que lo sabes…

Y aún cuando te has detenido frente a mí, mirándome con esos atrayentes pozos celestes donde quiero bañar mi alma; me extiendes la mano de tu hermana…

Me la entregas… Cuando sé que lo que quieres entregarme es tu vida entera a mí…

Y la tomo… cuando lo que más anhelo tomar ahora es tu cuerpo…

—Yo, príncipe Shaka Zandillat, heredero al trono del reino de Espica, os entrego la mano de mi hermana, la princesa Fler Zandillat, en espera que con vuestro cuidado consiga la felicidad.

El voto…

—Yo, príncipe Saga Geminidas, heredero al trono del reino de Pólux, acepto a la joven princesa Fler Zandillat, vuestra hermana, para respetarla y amarla, convirtiéndola en la reina de Pólux.

El voto que no podré cumplir por ti…

Porque no podré amarla…

Tus orbes celestes que intentan mantenerse fuerte ante lo evidente…

No me mires como si fuese está la separación, Shaka…

—Os exijo…—un hilo de voz… que me corta el aliento.

El aire que tatúa un te amo entre nosotros… imperceptible…

Y das media vuelta, bajas del estrado… te posicionas al lado de mi padre para ser testigo de esta unión…

Siento el quiebre…

Y me niego a aceptarlo…

Mas la mano de tu hermana toma la mía y me mira tímidamente detrás de los velos virginales que la cubren.

Y siento deseo de escapar a tu lado…

Correr para salvar lo nuestro…

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