La Ruta al Nirvana

Saga Volmuth es un periodista que viaja a la India con su fotógrafo para armar un reportaje sobre los lugares más emblemáticos del budismo y donde conocerá a Shaka, quien los guiara a la ruta del nirvana.

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Temas: Yaoi, lemon, romance, Universo Alterno
Personajes: Shaka, Saga, Afrodita
Resumen: Saga Volmuth es un periodista que viaja a la India con su fotógrafo para armar un reportaje sobre los lugares más emblemáticos del budismo y donde conocerá a Shaka, quien los guiara a la ruta del nirvana.
Dedicatoria: A Karin, Athena_Arianna, Ale_Chan, Kimee, Lola, Sahasara y todas las miembros del club Santísimo Pecado Geminis x Virgo.
Inspiración: Jajaja realmente tenía algo la idea pero al final se construyó sola. Gracias a wikipedia y su valiosa aportación por el bien del yaoi xD

La Ruta al Nirvana

Cuando llegamos al verlo, lo supe. Era lo más bello de la India.

Sus cabellos dorados cuan sol caían lacios hasta sus caderas, una cortina de oro puro que se movía danzante ante cualquier brisa. Su piel blanca, limpísima, se llenaba de pequeños rastros de arena amarilla del inhóspito lugar. Un punto en su frente rebelaba su religión, un mantón vino tinto cubría su cuerpo, con una manta crema que rodeaba uno de sus hombros. Simplemente hermoso… había quedado sin aliento.

—Bienvenidos Señores a la tierra de Buda Siddhārtha—comentó el joven, juntando un puño con su palma a la altura de su pecho, para luego hacer una reverencia. Afrodita, mi fotógrafo y yo, imitamos el saludo—. Soy Shaka Milkad, guía turístico contratado por la editorial Planeta para su reportaje sobre los lugares emblemáticos del budismo. Permítame ponerme a sus servicios.

—¿Ponerte a nuestros servicios?—siseó el sueco enroscando uno de sus mechones. Lo miré severamente esperando que no hiciera uno de sus comentarios—. No deberían decir eso, lindura. ¿Son tan inocentes acaso?

—¡Afrodita!

—Si hay algo que desee satisfacer con gusto le atenderé, dentro de mi roles como guía de esta tierra. Si quieren alguna ramera con la cual satisfacer otros apetitos puedo guiarlos hasta un sitio especializado en ello.

Subí mi mirada pasmado mientras que Afrodita, rojo de vergüenza, desvió su mirada a un lado. A pesar que había una muestra neutral en su rostro, el leve estrujar de su punto por sus delicadas cejas eran muestra de que el comentario le había incomodado. ¡Maldito Sueco!

—Soy Saga Volmuth y mi fotógrafo, Michael Sandralet.

—Afrodita para ti, niño—de nuevo lo miré de reojo. Ya hablaría con él seriamente.

—Un verdadero placer—se inclinó de nuevo antes de voltear—. Permítame guiarlos a su estancia.

Luego de encontrarnos en el aeropuerto, a través de un taxi nos llevamos al hotel, un elegante lugar con decoraciones hindú, cinco estrella, extremadamente hermoso. Allí teníamos reservadas dos habitaciones. Dejamos el equipaje y bajamos a cenar, donde el rubio con elocuencia nos relataba todo el itinerario de los recorridos que haríamos a partir del día siguiente. No pude apartar mi vista del movimiento de sus labios y de sus manos. Era exquisito y por momentos me sentía contrariado. No, yo, Saga jamás inmiscuía camas con el trabajo y además, sabía que sólo estaría cinco días. Era normal pensar que luego no nos veríamos más.

—Entonces dulzura, ¿tienes novio o novia?—abrí mis ojos, desorbitados, viendo como Afrodita miraba al joven con sus celestes pupilas abrillantadas de lujuria.

—¿Tienen alguna pregunta del recorrido?—esquivó el hindú con visible facilidad.

—¿Te gustan los de tu mismo sexo?—preguntó de nuevo Afrodita, con una sonrisa maliciosa.

—¡Afrodita!—reclamé, enojado ya por el atrevimiento.

—Si desean algún otro lugar aparte de los templos que visitar, pueden decirme y acomodamos el itinerario.

—Vamos, preciosura. No te hagas el duro y dime si te gustan o no.

—¡Es suficiente Afrodita! ¡¡Discúlpate con él!!—me levanté, molestó, imponiendo mi autoridad. El sueco me miraba divertido y yo estaba era rojo de la ira.

¿Cómo se atrevía a molestarle? Parecía un ángel, capaz y era uno de aquellos que por su religión resguardaba su integridad y… ¡DIOSES! ¡Si no fuera tan buen fotógrafo lo hubiera despedido! Afrodita entonces resopló fastidiado, como buscando las palabras para cumplir mi orden, y apenado dirigí mi vista a él, quien con una macabra sonrisa dibujada en su rostro me heló por completo. Esos azules cielos centellaban con un dejo sensual que me puso intenso en segundos.

Se levantó entonces de su asiento, con mortal parsimonia, y quitándose su manta crema la enredó de improvisto por el cuello del sueco, ladeó su rostro y si esperar pregunta le beso. Quedé pasmado. Los labios delgados se degustaron con calma e intenso placer cada uno de los brillantes y carnosos labios del sueco y Afrodita estaba tan asombrado que ni siquiera podía responder más que por mero instinto. El beso fue profundo, intenso, y deseé en ese momento poder probar esa boca con la misma intensidad. Delirante… obsesivo… sublime…

Se desligó, con un leve hilo de saliva que conectaba ambas bocas. Le sonrió de medio lado. Afrodita aún tenía su rostro colorado e impresionado. Jamás pensó que el seductor sería el seducido.

—Ya le he dado de probar uno de los besos de mi tierra, espero no busque también una presentación de nuestro arte de defensa—desdeñoso, abrumadoramente sensual… exquisito…—. Ahora, les deseo muy buenas noches. Mañana a la seis de la mañana empieza el recorrido.

Sinuosamente arrastró la tela de su manta con extremo cuidado, dejándola deslizarse por el cuello de mi fotógrafo hasta que estuvo de nuevo en sus manos. Una sonrisa siniestra se dibujó en el rubio antes de salir.

Nos quedamos en silencio, por un largo rato, antes de que Afrodita volviera en sí y me mirara con una mueca de burla.

—¡Con razón aquí se escribió el Kamasutra!

No pude evitarlo. Me reí a carcajadas con su comentario.

Tal como estaba en la planificación, visitamos varios templos budistas. El primero al que conocimos fue el templo de Mahabodhi, para luego parar al santuario de Shaivite que está conformado por un racimo de cuatro templos. La hermosa estructura estaba rodeada por verdes pastizales y sellados por maravillas arquitectónicas, al mismo tiempo de tener varios Samadhis, que son piedras conmemorativas en su comunidad. No lejos de Monasterio Shaivite estaba el templo de Jagannath que se dedica al dios Shiva y tiene la estatua del dios, tallado en piedra negra. Hermosa, simplemente hermosa las imágenes que obteníamos, más las explicaciones de Shaka, quien vestido por un manto azul zafiro y una manta blanca que cubría su cabeza y se enroscaba en el cuello; nos relataba la historia de cada uno de los lugares. Yo grababa todo, escuchándolo luego en la noche, tratando de escribir mi artículo periodístico aunque era más lo que pensaba en su voz que en mi trabajo. Aterciopelada y varonil, seductora y acogedora. Oírlo hablar era un pasaje a los niveles del nirvana. Exquisito… su tono de voz, su apacibilidad, todo era exquisito.

Apenas llevábamos dos días y no había forma de quitarme su imagen de la cabeza. Durante horas me sentaba en la cama tratando de colocar las mil y una razones del porque debería desistir de la idea de besarlo o tan si quiera hacerle sentir la atracción que sentía. Yo, un periodista de renombre en la revista documental Planeta de Grecia, tendría que regresar ya en escasos tres días. ¿De qué valdría?

Pero soñaba con él… lo soñaba con uno de esos mantos, derribado en los pastos de su tierra, con la vista al Bodhgaya. Lo veía sonreírme con esa infame ternura tan sensual que helaría mis sentidos, tumbándome con él, subiendo los mantos, tocando su piel… besándolo… surcar cada pliegue de la tersa dermis con mis labios y lengua. Estremecerlo hasta hacerlo delirar de goce. Encender en sus zafiros el fuego de la pasión más cruda… beber de él, hasta cansarme.

Despertaba entonces con un problema que resolver… Era deprimente… jamás me había pasado algo así con un bendito guía turístico en menos de dos días de verlo.

—¿Te gusta, Saga?—preguntó mi compañero exhalando aire caliente a mi oído, luego de sorprenderme con la guardia baja mirando a Shaka hablar con el taxista—. Se te nota en la mirada que te lo quieres devorar—siseó seductoramente, pasándome uno de sus dedos por mi brazo derecho.

Ambos con camisas de rayas arremangadas y jeans, esperábamos el transporte para dirigirnos al siguiente lugar del recorrido. Afrodita había comprado un manto artesanal que cubría la mitad de su cuerpo, celeste, sólo para coquetear con quienes pasaban por el frente. Era imposible, Afrodita jamás cambiaría.

—Te puedo asegurar que besa como ninguno—volvió a susurrar en mi oído, una oleada placentera surcó mis pieles—. ¿No te gustaría probarlo?

—Sabes que pienso al respecto, Michael—llamarlo con su verdadero nombre denotaba que estaba molesto y él lo sabía. Se alejó con sus brazos cruzados, haciéndome una mueca graciosa de enojo.

—No vuelvas a llamarme así. ¡Soy Afrodita!

—No según tus documentos legales—repliqué, con una media sonrisa. Ver al sueco refunfuñando mientras lanzaba sus bucles celestes de alguna manera me divertía.

—Pronto arreglaré eso, griego. Pero—me miró con sus ojos pulsantes—, es evidente que te mueres por probar pan hindú. ¿No quieres que lo fotografíe de recuerdo?

—Quiero los mejores ángulos—admito, ya resignándome. Sí, me gustaba, nada dolía terminar de aceptarlo y eso no significaba que me acostaría con él… ¿o sí?

—Te daré todo un manjar…

El recorrido fue realizado en una 4×4. La tierra a nuestro alrededor se levantaba con nubes de arena amarilla. Afrodita usaba su manto para proteger su tan cuidado rostro y yo veía fascinado toda la pradera del lugar. India gozaba de un algo místico que envolvía cada una de sus tierras, el aroma, el sol, la arena todo me avocaba a los cuentos de Aladino y sus 40 ladrones. Era imposible no mirarlo de reojo con la vista a nuestro destino, sujetando su mantón ahora violeta, con el traje lila. Por el movimiento pude ver sus tan reservadas pantorrillas, formadas, esbeltas… El deseo corroía en mis venas.

Quería tenerlo.

Me sorprendí a mi mismo pensando en ese deseo… Bajé la mirada, aspirando hondo y tratando de enfocar mis ideas en un solo punto. Estaba trabajando, y él también. Sólo nos unía eso.

Llegamos entonces a un espacioso lugar de verde grama. La imagen de una gigantesca torre circular nos anunció que habíamos llegado a Sarnath, la tierra sagrada del budismo. Shaka nos explicaba que fue allí donde Siddhārtha predicó por primera vez y dio nacimiento al Dharma. Al formarse allí una comunidad nació  el Sangha. La arquitectura es fascinante, los grabados y estatuas, el monasterio, toda esta cultura milenaria se presentaba ante mis ojos como inmortal, aún latente en cada uno de los poros de quienes la custodian.  Veía embelesado una de las escrituras grabadas en una placa de hierro, cuando sentí los delgados dedos tocar mi espalda. Me sobresalté, con el corazón desbocado y volteé para mirarle. En todo el recorrido apenas habíamos estado tan cerca.

Empezaba a meditar dejar mi idea de desligar cama con trabajo…

Me excitaba…

—¿Le gustaría acompañarme?—me susurró, con voz extremadamente sensual, aliento delicioso, los dos zafiros sumergiéndome en un hechizo.

—¿A dónde me llevaras?—esa sonrisa, maliciosa, seductora…

—Si me lo permite, al nirvana.

Caminó con su andar apacible hacía las lejanías del templo. Miré hacia atrás y vi a Afrodita muy entretenido cumpliendo su trabajo. Quise escapar un tiempo del mío y seguirlo. Al final lo que me iba a mostrar era los interiores donde habitan la antigua civilización, el cómo vivían y comían, hablando con voz pausada, metódica, mientras grababa todo en la cinta y mi memoria. Me sonreí de medio lado, al verme vilmente timado por ese hombre. Por un momento había pensado que buscaba algo más, pero sólo estaba cumpliendo su trabajo. Aún así, no quise perder la oportunidad de acercarme, ambos solos en esas ruinas, no había mucha afluencia de turista por la temporada. Siguiendo su trayecto llegamos a un altar de piedras, hermoso, la luz bañaba delicadamente sus formas arruinadas pro el tiempo, las enramadas subían de forma delicada por sus columnas y veíamos la enorme pradera verde extendida. Los árboles… todo…

Y estaba él, con su traje emblemático mirándome con intenso azul. Quizás yo estaba alucinando, pero sentí claramente como si buscaran enredarme en una intensa aura de magia y misterio. Sus ojos envolventes buscaban aferrarme al abismo…

Y quería dejarme llevar…

—Mañana iremos a la ciudad donde murió Siddhārtha, Kushinagar, donde están varios monumentos importantes para el budismo, entre ellos la tumba de Buda. Fue en ese lugar donde alcanzó el para nirvana, o también llamo el nirvana final, el último estado de la consciencia.

—¿A eso te referías con llevarme al nirvana?—comenté, acercándome a pasos firmes a él. Sus zafiros brillaron con cierto dejo de picardía… me seducían.

—¿Esperaba alguna otra cosa?—preguntó, con una expresión sensual. El viento se llevaba a su paso las hebras doradas danzantes a su merced.

—Mmm… creo que conozco miles de forma de llegar al nirvana sin tener que ir a un lugar especifico—capturé una de sus hebras con mis dedos, acariciándola, mirándolo fijamente a los ojos—. Pero supongo que Buda no tenía a alguien como tú cerca—enarcó una ceja, con cierta mueca de interés. Sus labios ligeramente cerrados me tentaba a abrirlos con mi lengua. Si, este hombre me hizo perder el juicio.

—Entonces estoy ante un Buddha—se acercó, acortando espacio, provocándome—. Es una lástima que su ciclo de reencarnación haya terminado. Podríamos encontrarnos a través de las eras eternamente.

—Puedo hacer cualquier cosa mala con tal de estar castigado a semejante suplicio—se rio, con una melodía inmensamente erógena, asfixiantemente sexual. Quería besarlo

—Sigamos con el recorrido, Sr. Saga—se giró, dejando que las hebras capturadas se deslizaran de mis dedos—. Aquí he venido es a trabajar.

Podría decirlo de la boca para afuera, pero ya me ha quedado, bastante claro, que el interés es reciproco.

¡Al diablos la ética!

Lo quiero tener.

El resto del día fue normal, con la diferencia de que ya no me encargaba de disimular lo obvio. Lo miraba fijamente obligándolo a mirarme y él simplemente me esbozaba una ligera sonrisa de autosuficiencia. De esa misma forma corrió la noche y ya se acercaba el último día del viaje.

No fue difícil convencer a Afrodita de permitirme un tiempo a solas con él. El desgraciado entendió muy bien la indirecta y hasta se atrevió a recomendarme posiciones del Kamasutra para hacerle mostrar. No era mala idea. ¿Qué mejor manera de aprender el Kamasutra que con un hindú? Lo tomaría como idea para mi siguiente articulo.

Para la mañana siguiente y luego de horas de viaje llegamos a nuestro destino final, el lugar donde bajo los sales gemelos murió el legendario iluminado, Buda. La mezquita era una hermosa construcción circular donde se guarda la tumba de Buda, aunque es conocido que cuando alcanzó el estado final no quedaron restos algunos. Es más bien algo simbólico.

Los árboles alrededor eran hermosos, la brisa suave y sublime, no era difícil dejarse llevar por el ambiente para disfrutar de esos regalos naturales, extender las manos, aspirar, exhalar, todo se hacía parte de un impresionante ritual para comprender y hacerse uno con el resto de la vida. Por ello cuando lo encontré con la cabeza en alto, sus dos manos tomadas en la espalda y dejando que la brisa se llevara cualquier pensamiento de su mente, no me extrañó. Su estado de paz era tan evidente que me contagió por completo. Afrodita desde donde estábamos tomó varias fotografías de él, no me ha mostrado ninguna, decía que quería darme la sorpresa. Sabía que en cuanto este día termine, no lo volvería a ver pero… simplemente quería vivir ese momento único.

¿Acaso Buda estaría en contra de ello?

Me acerqué entonces a su espalda, lentamente, buscando no despertarlo, no desconectarlo de su estado idílico. Estaba a pocos pasos, podía escuchar su respirar pausado, el pase del viento por sus hebras doradas, oler su aroma a sándalo… respirarlo.

Y un hambre primitiva se abría paso en mi alma.

—Supongo que es así que se siente la gacela cuando escucha al puma que se acerca cazando—habló, con una media sonrisa de lado y sus parpados cerrados. Mi piel se encrespó, seducido… vilmente seducido.

—El instinto de sobrevivencia de la gacela debería ordenar el huir—acorté la distancia un poco más, poniéndome a su espalda, pasando mi nariz por su hombro, sin tocarlo… sólo aspirándolo… respirándolo.

—Quizás Buda destinó que era hora de ser comida—susurró, con sus labios entreabiertos, sonrientes. Abrió sus parpados. Zafiros azules observándome—. ¿Me quiere comer, Saga?—el escalofrío que me llegó hasta la medula. Mis labios que se relamen… me sentí como esa bestia felina, un puma… con una gacela en sus garras.

—Deseo comer…—susurré, roncamente—. ¿Te dejaras cazar?

—No en terrenos sagrados—replicó, con un dejo sensual—. Pero quizás, si en la vulgaridad de la sociedad mundana.

—¿Aunque no me vuelvas a ver?

—La transitoriedad es parte de la vida, Saga. Además… en la vida todo está condenado a repetirse en un largo y tortuoso ciclo—mostró el círculo imaginario en el aire, con su dedo índice… me tenía hechizado—. Si no es en esta, será en otra vida…

—Me gustas…—finalmente confesé, ya queriéndolo derribar—. No mezclo trabajo con placer pero contigo pienso hacer la excepción.

—Supongo que debería sentirme halagado—dibujó una mueca falsa de inocencia—. De todas maneras, fui contratado para ser su guía turístico, ¿tiene algún recorrido en mente?

Zafiros brillantes, llameantes… aniquiladores…

La cordura que terminó cantando su derrota…

—Quiero un recorrido por tu cuerpo—me acerqué tomándolo por la cintura, mordiendo delicadamente su labio superior—, y yo te enseñaré los placeres de mi tierra.

—Creo que yo podría enseñarle más del placer de lo que usted cree…

Esa noche… sería nuestra.

Luego del recorrido nos encerramos en la habitación. Sin tregua y pausa desnudé todo su cuerpo. Ante mi su desnudez dejó por el suelo cualquier otro amante que hubiera podido disfrutar. Era hermoso, divino y soberanamente mío.

Degusté de él hasta el último recoveco de su inmaculada piel. Lamí y besé hasta el último dedo de sus pies. Lo vi estremecerse, encorvarse sus dedos en las sábanas, gemir, arquearse, contorsionarse… danzar. Lo hice mío luego de explorar sus tierras y aprender de él cuales eran los lugares sagrados, los puntos más erógenos, las caricias más indolentes. Aprendí a amarlo.

Y luego me mostró su arsenal de seducción. La biblia del placer atestiguada en cada paso de sus dedos, en cada trazo de su lengua. Hizo y deshizo de mí cuantas veces quiso. Probó conmigo posiciones que jamás había experimentado. Me mostró porque la legendaria obra del placer sexual venía en sus venas, tatuada en su frente.

Y ya rumbo al éxtasis lo tenía allí, sobre mí… sus hebras doradas golpeando sin misericordia mis hombros. Sus brazos anclándose en mi espalda, sus uñas clavadas y su rostro atestado de delirio, con su labios inflamados por los besos, jadeando, quedamente, sin aliento. Sus mejillas que enrojecidas mostraban el calor de su piel, su sudor, el flequillo humedecido y pegado a su frente. Sus piernas rodeando mi cintura. Estocándose… penetrándose… lacerándose…

Mis manos instaban el ritmo… subía, bajaba, salía, entraba y mi sexo inflamado estaba a punto de estallar. Nuestras voces perdieron punto de coherencia.

Sólo gemir… sólo jadear… sólo sentir…

Y el manto blanco se abrió sobre nuestras cabezas. El cielo cuán infinito cosmos se mostró a nuestros ojos. Sonoramente jadeamos, abriendo nuestros parpados a lo inmortal.

Nirvana… el estado final de la consciencia…

El momento donde el hombre se despoja de todos los sufrimientos…

Alcanzado… nuestro…

Orgasmo…

Y me quedé atado a él…

Desde aquella vez.

Regresamos como habíamos planeado. Con su inusitada tranquilidad se despidió, sin decir nada más. No hubo siquiera promesas pero lo vivido había sido demasiado para olvidarlo.

Las fotografías que me entregó Afrodita fueron hermosas. Decenas de momento en donde logró capturar los mejores ángulos de él, ahora las tenía yo, en mi habitación, mi altar personal. Y meses tras meses rememoraba aquella noche e intentaba repetirla… sin resultado alguno.

El nirvana no se abría ante mí…

La iluminación era él…

Decidí.

—¿Entonces harás el reportaje de las raíces del placer hindú?—indagó Afrodita con una sonrisa irónica en sus nacarados labios. Yo sólo me sonreí, de medio lado.

—Será interesante para la revista tener un documental de las raíces del Kamasutra. Como surgió, porque, cuál era el entorno sociopolítico que había en ese entonces, para poder entender su increíble valor.

—No necesito conocer nada de eso para valorarlo, Saga—siseó divertido, enrollando un mechón de su cabello.

Habían pasado seis meses…

—Igual, para otros pueden ser muy interesante…

Y llegamos al aeropuerto… bajamos, le vimos…

Me sonreí de medio lado…

—Bienvenidos Señores a la tierra de Buda Siddhārtha. Soy Shaka Milkad, guía turístico contratado por la editorial Planeta para su reportaje sobre las raíces del Kamasutra. Permítame ponerme a sus servicios.

Zafiros azules que se alzaron, orgullosos, sonrientes… provocativos.

Ciertamente disfrutaré de todos sus servicios y volveré a pedirle un tour a la ruta del nirvana…

One thought on “La Ruta al Nirvana

  1. jaja muy bueno muy sensual mucho sexo
    mi afrodita hermoso dita jaja eso hombres
    tien la hormona asta las cejas
    jaja
    que tengas un buen dia angi como siempre un buen lemon demaciado bueno
    muy interesante e intelignete hace ver el elmon como algo mas digeribel y poetico
    no como una verborrea de palabras sin sentido con solo sexo explícito
    sigue asi te kiero

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