Lo Nuestro ~Incesante Duda~

−Shaka, abre tus ojos.

El infante de cabellos dorados frunció su ceño. Ya había perdido la cuenta de las veces que el santo Saga de Géminis le hacía esa petición, que aún a su corta edad no pensaba acatar. Debajo de un frondoso árbol, y mientras esperaba el momento para tomar la sagrada armadura de Virgo, Shaka reposaba en su eterna posición, y Saga en cuclillas le hacía de nuevo el pedido. Por primera vez, el menor decidió responder.

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Incesante duda (Estrella Vacía)

−Shaka, abre tus ojos.

El infante de cabellos dorados frunció su ceño. Ya había perdido la cuenta de las veces que el santo Saga de Géminis le hacía esa petición, que aún a su corta edad no pensaba acatar. Debajo de un frondoso árbol, y mientras esperaba el momento para tomar la sagrada armadura de Virgo, Shaka reposaba en su eterna posición, y Saga en cuclillas le hacía de nuevo el pedido. Por primera vez, el menor decidió responder.

−No estoy para cumplir pedidos insustanciales−reprochó con tono severo en esa voz tan melodiosa e infantil.

Saga enarcó una ceja, enternecido. El niño le llamaba la atención y no entendía porque verle ese gesto molesto le parecía gracioso y hermoso a la vez. Shaka era una belleza extranjera, un hindú con misticismo tatuado en la frente, con belleza exorbitante y poder misterioso. Shaka era un acertijo divino.

−¿Por qué debes mantenerlo cerrados? –indagó el mayor, aprovechando que le habían respondido−. ¿Acaso es alguna costumbre de tu tierra?

−Mmm…−resopló meditando la opción de contestar. Tal vez así le dejarían en paz−, prescindir del sentido de la vista me permite concentrar mi cosmos y liberarlo para atacar a mi enemigo. Así que prometí, no abrir los ojos al menos que sea frente a un adversario.

Géminis escuchó la razón con cierto dolor. Tan pequeño y tan determinado, no parecía tener sólo siete años. Decidió desistir, entonces, en su idea de conocer las hermosas pupilas resguardadas tras parpados nacarados. Quizás, eran un tesoro del cielo sólo apto para los pecadores a punto de morir, como una vista de aquel lugar que perdieron por sus injusticias.

−Es una lástima… entonces me perderé de su belleza…

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Ya tenía su armadura, ya era un santo, ya era Virgo. Shaka reposaba en su templo, su nuevo hogar, en su acostumbrada posición de meditación. Y, como ya era rutina, géminis por las tardes lo visitaba a hacerle alguna pregunta sobre la vida, los cielos, el destino, la reencarnación. El menor se limitaba a contestarla con soltura, sin desprenderse de su postura, tratando de entender porque el tercer guardián tenía que preguntarle precisamente a él, distrayéndolo.

Llegada una tarde, estaban los dos allí, Shaka en posición de Lotos, Saga intentando hacer lo mismo aunque terminó con un calambre de piernas que lo obligó a modificar su postura. El menor no pudo evitar dibujar una sonrisa de autosuficiencia que fue vista por el gemelo.

−Entonces, sí sonríes−comentó el mayor con una sonrisa. Shaka se ruborizó un poco antes de cambiar a su expresión neutral−. A veces me pregunto, ¿no te hace falta conversar con los demás? Muchos de nosotros quisiéramos conocer más de ti, Shaka y quizás, puedas aprender también de tus compañeros.

−Converso con Buda−aclaró con su afilada elocuencia−. Él me responde todas las dudas y me enseña el conocimiento del universo.

El griego escuchó la extraña respuesta, pensativo, reflexionando en ello. Duró unos minutos en silencio antes de sonreírse, al tener una idea interesante para descontrolar al santo de Virgo.

−Si hay una pregunta que Buda no pueda responderte, ¿te atreverías a preguntármela a mí?

−Podría ser−aceptó el menor luego de varios minutos meditando−. Usted, o el gran patriarca−Saga sonrió.

Sin mediar palabras, el mayor deshizo el espacio que separaba ambos labios y los juntó en un casto beso, suave, tierno, lleno del amor que se estaba gestando en él por Shaka. El rubio quedó paralizado, sintiendo el roce húmedo de los labios griegos, el calor que se agolpaba en sus mejillas y el vacío en el estomago. Sólo unos segundos, suficientes, para dejar al santo de Virgo con miles de preguntas.

−Pregúntale a Buda porque hice esto−sugirió antes de marcharse.

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Pasaron los años y Shaka no tuvo respuesta a esa pregunta. Buda no aclaraba nada y después de esa tarde, Saga había desaparecido. Por tiempos, el dorado de la sexta casa sentía que la duda había quedado enterrada en el olvido, pero resurgía cuán fénix de las cenizas, anidándose en su mente y resonando con fuerza.

En momentos como esos, el vacío en su alma se hacía palpable. Se hallaba extrañando las veces en que el santo de géminis le importunaba en sus meditaciones, haciéndole cualquier interrogante, hablando de cualquier cosa que en el pasado le parecía banal y ahora se descubría necesitado de ellas. Las meditaciones eran su medio de escape. Aunque eso terminaba hundiéndolo cada vez más al vacío de su cosmos, de su poder, de su fuerza.

Shaka estaba vacío. Solo ante su gran poderío y fama. Apartado de todos con el título del más cercano a los dioses. Enorme poder, increíble cosmos, belleza incomparable y completamente vacío.

Así se halló, solo en medio del templo de géminis, abrumado, siguiendo por primera vez a un instinto añejo que le hizo desear bajar hasta el tercer templo. Oscuridad y vacío, justo como se sentía en su alma. ¿Acaso algo estaba mal?

−¿Dónde estás Saga?

Soltó en el vacío del templo, en el vacío de su corazón… el vacío de su alma.

El eco… sin respuesta.

Su duda… sin solución.

Su corazón… sin Saga.

El rubio volteó, regresando a su templo, encerrándose en sus meditaciones. Quizás, más adelante Buda le respondería esa pregunta. Tal vez, enviaría de nuevo a Saga para contestarle. Sólo debía esperar…

En los aposentos del patriarca, Saga vio con dolor la figura de Virgo desvanecerse de su templo.

Lloró…

“Porqué te amo”

Vacío…

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