Un poco de Color y Vida (Cap 02)

Después de haber cenado para el negocio, ahora Shaka deberá conocer la casa que estará en sus manos para la remodelación, sin embargo empieza a sentir un extraño deseo por remodelar no sólo la casa. ¿Podrán mantenerse los intereses fuera del trabajo?

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Temas: Yaoi, lemon, romance, Universo Alterno
Personajes: Shaka, Saga, Afrodita, Mu, Kanon, Aioria
Resumen: Shaka Espica es un conocido decorador de Interiores que he citado y contratado por el abogado Saga Leda. Sin embargo, al parecer sus servicios de decoración y rehabilitación de espacio tomaran tintes más personales.
Dedicatoria: A Karin, Athena_Arianna, Ale_Chan, Kimee, Lola, Sahasara y todas las miembros del club Santísimo Pecado Geminis x Virgo.

Después de haber cenado para el negocio, ahora Shaka deberá conocer la casa que estará en sus manos para la remodelación, sin embargo empieza a sentir un extraño deseo por remodelar no sólo la casa. ¿Podrán mantenerse los intereses fuera del trabajo?

Capitulo 02: Manos a la Obra

Como todas las mañanas, Saga despertó en el sofá cama de la sala de aquel departamento que ocupa por los momentos. Una cobija de lana y la lamparita de noche al lado era lo que lo acompañaba en aquel lugar, viendo todo a oscuras y revisando el reloj, notando que ya eran las cinco de la mañana. Se levantó con cierta pesadez, tallándose los ojos y encendió la lamparita para poder tener un mejor campo de visión. Resopló con fastidio antes de levantarse por completo, con sólo una bermuda negra hasta sus rodillas, para dirigirse al baño del cuarto principal.

Subió las escaleras en espiral que llevaban al segundo piso, donde estaba la habitación, sin paredes, sólo el balcón que daba vista a la cocina empotrada con madera y aluminio. Mientras subía, comprobó con su oído que la pareja en cuestión no estuviera en sus momentos. Acto seguido, dio vuelta a la puertecilla de hierro forjado y vidrio, hasta verlos a ambos. Se sonrió al ver a Kanon abrazando posesivamente a Mu, un joven oriental que conoció en uno de los talleres de arquitectura. Su gemelo menor era un reconocido arquitecto en la zona e incluso le sugirió hacer el mismo la construcción de su nuevo hogar, pero lo rechazó, prefiriendo irse por algo menos extravagante, conocía los gustos de su hermano. Además, ese departamento era una muestra de ello.

De dos pisos, el departamento tenía por debajo la sala, la cocina y un salón de juegos, en donde había una mesa de Futbolito, una de billar y una diana con juego de dardos. Todos ellos eran las recreaciones favoritas del gemelo. El taller donde trabajaba estaba en la misma habitación, un escritorio espacioso con las fotografías de sus mejores trabajos estaban a la derecha. Luego una enorme KingSize al fondo, decorada con almohadones y el oso de peluche tamaño familiar que su madre le había regalado en su cumpleaños diez. Con él dormía, de la misma forma que tenía en esos momentos a su pareja, abrazado y retozando como un nene.

Con el mayor sigilo entró al baño principal. Un enorme vestier a la derecha resguardaba la ropa de los tres. Saga no quería incomodar mucho, así que la mayoría aún la tenía en sus maletas, por mucho que Mu y Kanon insistieran en acomodarlas en un lugar del closet. Habían sido un gran apoyo para él, ciertamente le fue difícil asimilar que la relación tenía que llegar a su fin y por su culpa. Resoplando de nuevo se quitó la bermuda, no sin antes colocar seguro a la puerta; y tomando la toalla para dejarla cerca se internó en la ducha. El agua corrió sobre él, mientras cerraba sus ojos, se dejaba empapar, recordaba…

No pudo evitar hacerlo…

Ver al decorador lo traslado directamente a hace dos años…

Y recordó, entonces, aquella cena final.

Ella lo miraba dolida, viendo la carta de divorcio en la mitad de la mesa, sin comprender. Por sus ojos azules pudo ver que de seguro se estaba creando millones de posibilidades muy lejos de la realidad. No era que tuviera un amante, no era que fuera una mala mujer, ni mucho menos que no le agradaba. Él la quería y por quererla era mejor liberarla. Por quererla, porque no podía amarla de otra manera…

El lugar había sido el comedor de su departamento, una mesa redonda de vidrio, sostenida por una estatua de ángeles hecha de mármol, escogida, por cierto, por ese rubio. Las palabras en ese momento se habían quedado trabadas, él no sabía por dónde comenzar a explicar… ella no sabía que empezar a preguntar y así ambos se encerraron en un mutismo severo. Las manos blancas y delicadas de ellas temblaron y las llevó a su cabello, ondulado rojo que caía con gracia sobre sus hombros de nácar.

Era hermosa, sumamente hermosa y él lo reconocía. Pero no llegaba a comprender el porqué con ser hermosa no era suficiente… se reprendía a sí mismo por ello.

—¿Por qué…?—musitó finalmente, con labios temblorosos, trémulos.

—Yo… yo he tomado terapia… estos meses… a tus espalda—la mujer lo observaba, sin comprender—. Pensé que era algo anormal… yo, realmente yo no había querido asimilarlo antes, muy a pesar de… de que Kanon lo haya hecho…—la mujer abrió sus ojos, desorbitados.

—Saga…

—Yo… yo soy… como mi hermano, Marin—confesó al fin, bajando su rostro, ocultándolo tras las manos tomadas—. Tuve que admitirlo… y no… no sería justo que tú…

Las palabras ciertamente sobraban…

Abrió sus ojos algo pesado, respirando profundo, comenzando a enjabonarse cada parte de su escultural cuerpo, siempre trabajado, amante del gimnasio. Indudablemente, lo admitió demasiado tarde. Durante años peleando contra eso, auto convenciéndose que no era así, creándose escusa para sus reacciones contrarias, hablando de que si era pecado, si estaba mal, si era antinatural. Para un hombre amante de lo correcto y criado además en seno religioso, era una condición que no pensaba aceptar. Más bien, no comprendía como su hermano salió del closet tan fácilmente. Apenas tuvo la mayoría de edad, se lo dijo a sus padres, lo botaron de la casa pero él mismo buscó la manera de sobrevivir y lo logró. Saga se quedó con ellos, oyendo una y otra vez el castigo divino que recibiría su hermano por tal ofensa.

Ni pensar que al final era igual…

Y se casó entonces, con ella. Una mujer con la que se sentía muy bien, hablaban de todo, era amable y discreta, cuidadosa, muy inteligente. Licenciada de leyes se especializó en la protección de los niños, educadora a su vez. Tenía algo que simplemente le hacía sentir tranquilo y esa amistad creyó confundirla con algo más. No es lo mismo afinidad y confidencialidad que el amor. A veces los límites suelen verse algo difuso. Y así lo comprobó…

Cerró la ducha luego de su baño, secándose y vistiéndose con un mono deportivo negro y una camiseta blanca, una chaqueta de algodón Nike negro con blanco y sus botas. Con una cinta se llevó los mechones de cabello hacía atrás y luego se ató una cola, listo para ir al gimnasio como ya tenía acostumbrado. En su maletín metió entonces el traje negro que usaría para su trabajo, con una camisa aguamarina y una corbata de colores claros, en línea vertical. Con todo listo, salió del baño y vio ya la habitación iluminada, Kanon aún pensando en si pararse o esperar cinco minutos más y el olor a café caliente ya le indicaba que Mu estaba despierto en la cocina.

—Buenos días cuñis—saludó el menor con una tierna sonrisa, vestido con una bermuda de cuadros marrones y una camiseta larga.

—Buenos días, Mu—respondió con una leve sonrisa, mientras buscaba una taza de porcelana para servirse el café—. ¿Amaneciste bien?

—Sí, gracias por preguntar. ¿Kanon aún no se levanta?

—Parece que anda interpelando aún al jurado para que decida.

—¡Dios mío…!—se acercó al comienzo de la escalera para subir con pasos largos, casi saltos—. ¡KANON! ¡LEVANTATE!

—¡DEJA EL ESCANDALO MU! YA VOY ¡¡YA VOY!!

—¡¡TIENES DICIENDO YA VOY DESDE HACE MEDIA HORA!!

Saga escuchaba la discusión marital con una ligera sonrisa, mientras tostaba dos rodajas de pan y bebía otro sorbo de su café.

—¡¡¡MIERDA MU!!! ¡¡NO ME QUITES LAS SÁBANAS!!

—¡¡LEVANTATE POR LAS BUENAS O POR LAS MALAS!!

Untando un poco de mantequilla y dos rodajas de queso, el griego mayor comió rápidamente, revisando el reloj y viendo que ya casi era la hora de salida. Tendría que hacer sólo mediahora de ejercicio porque su decorador llegaría a las ocho de la mañana a la oficina. Apresuró el paso.

—¡¡¡DIABLOS KANON, SUELTAME!!!—Saga subió una ceja con curiosidad.

—¡¡ESO TE MANDA POR QUITARME LA SÁBANA ASI!!

—SUELTAME, ¡¡¡EY!!! ESCUCHAME QUE… ¡¡HMMMM!! TU HERMANO AÚN… ¡¡¡HAAA!!!

Los colores se le subieron a Saga, tragándose casi el bocado que le quedaba y corriendo para salir y dejarlos, a solas. Sí, Kanon nunca respetaba eso de que su hermano estuviera allí y los primeros días lo comprobó…

Prefirió no dar vuelta a su imaginación. No quería tener que arreglar su problema en la calle. Bajando por el ascensor, llegó hasta el estacionamiento y salió directo al gimnasio

Mientras tanto, el rubio en su pequeña sala personal, adornada con Feng Shui, una alfombra en el piso, el reproductor con sonidos de agua corriendo en un riachuelo y el aroma del incienso; estaba sentado con sus piernas flexionadas, comenzando su rutina con un poco de Yoga. Primero su mano derecha en el centro de su pecho y la izquierda en su abdomen, respirando y exhalando con tranquilidad, liberando presiones. Luego las dos manos descansaron sobre su rodilla, en posición de lotos, inhalando… exhalando. Sus manos después empezaron a subir hasta encontrase palma a palma sobre su cabeza, totalmente extendidas. Inhaló, exhaló, cambió de posición. La pierna derecha se extendió a un lado y el rubio llevó su cuerpo entero, con sus manos hasta alcanzar su tobillo. Respiró, dejando de lados sus temores con esa postura e intercambio el proceso, ahora pierna izquierda. Realizó el ejercicio un par de veces más antes de recostarse boca abajo, con sus manos extendidas lado a lado y su cabeza en alto, utilizando ahora la posición de cocodrilo.

Pasó entonces a la posición de cobra. Tensando sus glúteos, llevó sus manos extendidas hasta quedar detrás de los codos, levantó un poco sus piernas al aire y su torso, con su cabeza en alto, mientras inhalaba. Soltaba el aire y volvía de nuevo a recostarse a la alfombra. Repitió el ejercicio. Terminado eso, se sentó sobre sus tobillos, con las rodillas separadas y llevó su cuerpo entero, con brazos extendido, hasta el suelo, practicando la posición de tortuga. Respiró pausadamente, tranquilo, concentrado. Pasó varios minutos así, hasta colocarse de pie, con sus brazos extendidos a su costado y empezó a estirarse hasta buscar tocar sus tobillos, con sus piernas sin flexionar. Lo hizo varias veces y terminó su rutina de yoga con la posición de muerto, boca arriba, brazos extendidos a un lado, con su cabeza ladeada, respirando como si durmiera. Duró varios minutos de esa forma, liberando todo, preparado ahora para comenzar su nuevo día.

Abrió sus parpados, se sonrió, ya estaba listo.

Levantándose de su sitio, se dirigió a su habitación, adornada de blanco y celeste casi pálido. Se extendía sábanas de seda en su cama cubierta de almohadones, una repisa de vidrio y madera blanca guardaba sus fotografías y libros más preciados. Una fuente artificial al lado de su cama le daba ese sonido tan placentero de agua correr que lo llevaba directo al mundo de Morpheo. Una estatua de mármol de una mujer sosteniendo un cántaro adornaba la esquina izquierda de la habitación. Su laptops en el escritorio de mármol y vidrio, el piso alfombrado con recuadros, de Boucle, que eran tan deliciosas para caminar descalzo por el jugueteo de las cerdas en el pie, de blanco y celeste pálido, el mismo de la pared. Un jarrón blanco de cristales, con follaje blanco y amarillo pálido. Estar allí era un ambiente que rememoraba la paz y el descanso.

Abriendo su closet de persianas blancas, empezó a ver que podría ponerse. Se decidió por un pantalón marrón color madera, algo ancho, a la cadera y enormes bolsillos tipo camperos en sus piernas. Un cinturón tejido de un color más claro y una franela blanca tejida, cuello “V” y manga larga, algo ceñida a su cuerpo y de algodón. Recogió su cabello a la altura, se colocó una cadena de cuero con un grabado de su nombre en metal, artesanal. Una boina del mismo color de su correa y estaba listo para partir. Sacó un morral de medio lado color marrón y allí ingresó su block de dibujo, lápiz de grafito, borrador en goma, sacapuntas, su laptop, reproductor MP3, lentes montura marrón y audífonos. Al cruzar la sala recordó el libro, por lo cual lo tomó entre sus manos y hojeó rápidamente sus páginas. Buscó un bolígrafo dorado en su escritorio y le escribió unas palabras en la primera página, antes de guardarlo en su mochila. Salió entonces, con sus lentes de sol, certificando que todo estuviera apagado desconectado.

Tomó un taxi hasta el lugar de referencia. Le parecía haber cruzado varias veces frente a esa construcción, al menos por los locales que quedaban aledaños y el griego uso como punto de ubicación. Vio el reloj de cuero marrón para notar que aún faltaban uno veinte minutos para la hora pautada, tiempo suficiente para darse una idea inicial de los alrededores de la casa.

Cerca de hierro, rustica y antigua, color blanco, algo degastada y oxidada. El pastizales estaba cortado, pero mostraba mala hierba, un árbol rustico a la derecha, de frondosas ramas creaban una acogedora sombra. Un camino derecho de concreto, hasta la entrada de la casa y llevaba un pasillo, visiblemente recién hecho por el color, hacía la puerta a la izquierda. Debía ser la oficina del abogado. Dos ventanas al frente, la oficina se mostraba más frontal que el resto de la casa. Algo pequeña, con un terreno que a lo mínimo tendría unos 150 metros cuadrados, tenía tejados terracota en el techo, pintada de blanco, al menos la habían pintado recientemente porque no mostraba mucha violencia por parte del sol.

El rubio se cruzó de brazos, frente a la reja, observando detenidamente el lugar. Dio un vistazo alrededor y vio una floristería a unos cincuenta metros, un restaurant de comida china, una pequeña oficina del banco estadal, la parada de un autobús a unos cien metros. Detrás de la construcción se levantaban dos edificios, uno de diez pisos y otro de quince, a su izquierda había un pequeño centro comercial de unos veinte locales con al frente dos casas más y un centro de conexiones. Centrado, sólo había que caminar uno quinientos metros para estar en la plaza principal de Athenas, así que para el despacho era una ubicación bastante buena. Debió haber costado la casa su buena cantidad.

Pensando en todo ello volvió su vista ahora a la puerta de la derecha, meditando en el abogado en cuestión, mientras corrían los minutos. Volteó al sentir el auto que se detuvo cerca de él y lo vio bajar, enfundado en su traje negro y haciendo un leve ademán de saludo con la mano. Abrió la cerca, ingresó al vehículo y estacionó su auto debajo del techo de polietileno. El rubio aprovechó que la puerta del garaje estaba abierta para entrar.

Saga se quedó unos minutos en el auto, intentando aplacar la impresión que se llevó al verlo de lejos, cuando cruzó la calle con el automóvil. Ciertamente, la noche anterior por su estado emocional no se detuvo a verlo como tal, pero allí lo observó, resplandeciente y jovial, nadie creería que era un joven con semejante prestigio en su ramo. Cerró sus ojos, respirando profundo y pensando que su relación era netamente laboral y que tampoco se sentía preparado para emerger a otro ámbito luego de su divorcio. Con ello en mente, salió del auto, asegurándolo y activando la alarma. Buscó sus llaves, viéndolo a él de espalda, más entretenido en ver el terreno y la casa que de otra cosa, lo cual agradeció para que no se diera cuenta del virtual nerviosismo que le atacó con el sólo hecho de buscar la bendita llave de la puerta. Abrió la puerta de seguridad de hierro, y luego la de madera, para después buscar con su mirada al hindú que ya regresaba luego de su revisión primaria.

—Buenos días, Sr. Leda.

—Buen día, Sr. Espica. Veo que ya estaba viendo el lugar.

—Bonita construcción, aunque de nada sirve tener un interior bien decorado si la fachada muestra la contrario. ¿Le molestaría si me comunicó con alguien para resolver ese problema?—el griego entró al improvisado despacho, con sus manos en los bolsillos, en silencio. Shaka entró—. Permiso. La persona que tengo en mente es el mejor en el ramo, un gusto exquisito y tal como yo, puntual en su trabajo—dio un vistazo rápido, detallando un escritorio de madera pequeño con un computador, más dos puertas, una a la derecha y otra a la izquierda—… Suele ser un poco excéntrico a veces pero puedo controlarlo.

—Te gustan las cosas bien hechas ¿no?—el rubio se quitó los lentes de sol y los guardó en su morral, buscando los otros.

—Digamos que de nada vale tener una divina masa si el decorado no invita a comer—guiñó el ojo, antes de colocarse sus lentes.

Saga sintió un vació en el estomago al verle el coqueto gesto. Resopló a un lado algo contrariado, dejando su maletín de cuero sobre el escritorio para devolverse y cerrar la puerta, mientras el hindú veía todo el lugar. La primera estancia era cómoda, espaciosa, tres sillas confortables a su izquierda y el escritorio de seguro la secretaria.

—Puedes llamarlo. Confiaré en tu criterio—finalmente dijo el abogado, abriendo la puerta de la derecha—. Ven—el rubio le siguió los pasos, no sin antes dejar su vista por un momento en la puerta de la izquierda—. Esta puerta da al vestíbulo de la casa.

Shaka posó su mirada por todo el lugar, vacío por entero, había el olor a moho y polvo que resultaba algo desagradable. Saga seguía caminando, cerca de él, mientras le comentaba.

—Esta es la sala, de allí a la derecha está la cocina—señaló un umbral sin puerta—. A la izquierda está lo que podría ser una biblioteca o comedor, es de dos habitaciones, dos baños, uno en el principal y otro aquí afuera—el hindú escuchaba todo mientras cruzaba el umbral de la cocina, para inspeccionar el lugar. Saga le siguió—. Ten cuidado, hay ciertas parte del piso de madera que son algo…

No bien había terminado de decirlo cuando el pie izquierdo de Shaka tocó una de las maderas en falso y perdió el equilibrio, siendo sujeto a tiempo por el grueso brazo del abogado en su cintura. La corriente nerviosa fue tal que Shaka abrió sus ojos desorbitados, con la turbación manándole por los poros. Saga se quedó quieto, respirando un tanto acelerado, al sentir aquella pulsada en el pecho con sólo sostener el esbelto cuerpo del joven decorador. Lo soltó de inmediato y metió sus manos en los bolsillos, nervioso, mirando a un lado, mientras Shaka se acomodaba con cierta rapidez.

Minutos de silencio… tortuosos, agonizantes…

—… peligrosas…—murmuró el griego para terminar la frase…

Peligroso… esa es la palabra con la que podría definir su trabajo, que apenas estaba por comenzar.

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