Un poco de Color y Vida (Cap 03)

Shaka ha llegado a la casa donde debe prestar sus servicios y en la cual Saga le hace el recorrido. Sin embargo ambos se han dado cuenta que las cosas podrían tomar otro rumbo, ¿lo permitirán?

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Temas: Yaoi, lemon, romance, Universo Alterno
Personajes: Shaka, Saga, Afrodita, Mu, Kanon, Aioria
Resumen: Shaka Espica es un conocido decorador de Interiores que he citado y contratado por el abogado Saga Leda. Sin embargo, al parecer sus servicios de decoración y rehabilitación de espacio tomaran tintes más personales.
Dedicatoria: A Karin, Athena_Arianna, Ale_Chan, Kimee, Lola, Sahasara y todas las miembros del club Santísimo Pecado Geminis x Virgo.

Shaka ha llegado a la casa donde debe prestar sus servicios y en la cual Saga le hace el recorrido. Sin embargo ambos se han dado cuenta que las cosas podrían tomar otro rumbo, ¿lo permitirán?

Capitulo 03: La casa y el dueño

Estúpido…

Esa era la palabra que podría definir mejor el cómo se sentía el decorador luego de ese estúpido paso en falso que propicio ese acercamiento tan extraño y violento.

Estúpido…

Se reclamó mil veces el haber estado más pendiente del estado de la losa de la cocina que de las visibles grietas del piso de madera.

Estúpido…

Luego de reclamarse por largo cinco minutos a sí mismo y colocarse una nota mental de ver el suelo —esperando que esta vez no se diera contra la pared—, Shaka regresó a su compostura anterior, neutral, inmediatamente imponiendo distancia. Suspiró profundo, para tomar la palabra y cortar el incomodo espacio de mutismo que los había acorralado a ambos en esa cocina.

—Gracias, tendré cuidado—respondió, con la mirada fija en algún punto de la pared—. ¿Cuánto tiempo tiene esta casa desde que está desocupada?—el abogado subió su mirada, viendo como el decorador salía de la cocina, dejando el bailar de sus cerdas doradas en el aire.

—Tres años, según me dijo el dueño—le siguió hasta la sala—. Ya envié a revisar todo el sistema eléctrico y de agua, afortunadamente está en buen estado, aunque tuvieron que destaparse algunas cañerías llenas de tierra por el desuso.

—Comprendo—siguió caminando, ahora más pendiente de en donde pisaba. Sacó su Palm del bolso y empezó a realizar anotaciones mientras recorría el lugar—. ¿Gusta de leer?—preguntó sin más, mientras tentaba con la yema de los dedos una de las paredes.

—Sí, soy ávido a la lectura. ¿Eso qué…?

—¿Le gusta beber?—indagó de nuevo, pasando su mano sinuosamente por la superficie. El griego lo miró de forma inquisitiva—. Supongo que sí por lo de anoche—agregó, caminando dos pasos más y repitiendo el movimiento.

—Realmente no soy de beber al menos que esté demasiado presionado… pero…

—¿Pintura? ¿Escultura? ¿Algún tipo de arte?—interrogaba mientras hacía anotaciones.

—Un poco de pintura impresionista quizás… ¿A qué vienen esas preguntas?

—¿Grupo musical favorito? ¿Género musical? ¿60, 70, 80, 90?—el abogado frunció su ceño, algo incomodo con las preguntas, mientras veía el paso de las falanges de nueva cuenta sobre la pared derecha de la sala, cerca de una de las ventanas.

—Nada en especial, tal vez un poco de Rock&Roll y Blues, los 80, me recuerda a mi juventud.

—Bien… para esa década apenas yo andaba en pañales molestando a mis padres—el griego no supo como tomar la acotación, si le decía viejo, o que era demasiado mayor para él, o que no le llamaban la atención sus gustos. De repente empezó a meditar en el porqué le preocupaba que llegara a pensar tales cosas—. Bien, tenemos una pared con filtraciones de agua.

—¿Si? Pero yo…

—Pues no hicieron bien su trabajo—se encogió de hombros, sin dar importancia a lo que podría decir el dueño—. ¿Me permite ver su oficina?—inquirió el menor, con una mirada seria.

—Está algo desordenada…—confesó el mayor ladeando el rostro a un lado, algo apenado.

—¿En serio? No parece ser un hombre desordenado. Igual, quiero verla.

Por gracioso que le pareció al hindú, el griego empezó a ponerse algo reacio para mostrarle la oficina, pidiéndole que la revisara más tarde cuando la acomodara algo, que no se había instalado bien, que podría empezar primero con la casa, en fin, una cantidad de escusas que hizo que el rubio enarcara una ceja, divertido. Debía estar echa un asco para que el hombre estuviera colocando tantos inconvenientes, pero el decorador no dio un solo paso atrás. Resignado y algo incomodo, el griego entró hasta el despacho, abriendo la puerta de la izquierda y encendiendo las luces. El rubio enarcó una ceja al ver el visible desastre en el que estaba convertida la oficina.

Sin esperar a que le dieran el permiso, entró al lugar, esquivando algunas cajas de cartón abiertas por el lugar, y viendo algunos restos de comida en el escritorio, algunos vasos con hielo y envases de comida rápida, montonal de papeles en el escritorio y carpetas, que impedían ver donde estaba el mouse y teclado del computador de mesa. Una repisa a lo alto tenía una foto de él de niño, junto a un igual y sus padres. La analizó con cuidado, junto con la estatuilla de la virgen en otro lado, y un rosario, era lo único acomodado en todo el desorden de la oficina.

—Por eso te decía que era mejor esperar a acomodarla algo…—comentó el abogado, con sus manos en el bolsillo, esquivando su propio vendaval—. Espero perdones el desorden.

—No hay que disculpar—sentenció el rubio, dando un rápido vistazo por el estante de madera, viendo algunos libros de leyes a medio colocar—. Este no es usted—sentenció, ahora pasando su vista por los cajones.

—¿Cómo?—levantó la mirada algo desorientado.

—Que este no es usted…— pasó un dedo sobre la superficie de madera, notando el polvo acumulado. El griego no supo de que manera afrontar eso—. Desorden, suciedad, cosas sin completar, tareas a medio hacer, apatía, desazón…—nombraba el rubio mientras se acercaba a él, con la mirada fija, estudiándolo—. Me dijo que vivía con su hermano. Supongo que por ello debe cuidar el cómo deja las cosas allá, así que su oficina es por ahora su espacio personal—el griego iba a objetar algo a su favor cuando el rubio remató su interpelación—. Es una verdadera lástima…

Saga se quedó absorto, sin saber que decir. Escuchar esas palabras le había molestado, nadie se había atrevido a simplemente echarle en cara algo, mucho menos alguien a quien apenas tenía contadas horas conociéndolo, por mucho que el día anterior lo haya usado para despejar un poco la soledad y contarle como le había ido en el día. La crítica había sido severa e innecesaria. Él había dicho que no ejercía la psicología y él mismo reconocía que tampoco había pedido un psicólogo. Si, Saga se sintió señalado, como quien sabiendo que hay una herida la estruja deliberadamente para recordársela y efectivamente, no pensaba que el rubio tuviera el descaro de hacerlo, cuando ni a su hermano le permitía tal actuación.

Decidido a hacerle saber a ese joven su opinión al respecto, salió del despacho hasta encontrarlo de nuevo en el vestíbulo de la casa, tomando aún nota de los lugares en la Palm, estudiando todo con meticuloso cuidado. Se detuvo a observarlo, denotando los gráciles movimiento que ejecutaba al moverse, la forma en que movía su montura para enfocar mejor la vista, vestido de forma tan casual, muy distinto a como lo había visto en la noche anterior y a quien, por desesperación, le pidió que le regalara unos minutos de su compañía. Frunció su ceño al darse cuenta que había caído en un grave error y dado a ese hombre razones para querer meterse en su vida.

—Creí que no ejercías la psicología—resaltó, en tono férreo. El hindú volteó un poco, dejando caer su flequillo a un lado. Lo podía ver, con sus brazos cruzados, su mirada más dura posible. Cerró la Palm y lo enfrentó con la mirada.

—¿Algún problema, Sr. Leda?—inquirió con sus manos en la cintura, las caderas hacía la derecha y una clara mirada desafiante.

—Te contraté para decorar mi casa, no para que realices un examen psicológico de mi persona y mi estado. Mucho menos que tomes conclusiones de mi persona para juzgarla—el rubio enarcó una ceja—. Ahórrate tus apreciaciones al respecto y abócate a tu trabajo—el rubio frunció su ceño, visiblemente molesto—. Tengo que ir a tribunales, te dejo solo para que realices lo que has venido a hacer: re decorar mi casa—dio media vuelta, determinado a no escuchar más.

—Lo dice el hombre: acompáñame un trago, ¿no?—el abogado se detuvo, sintiendo que le invadía un espacio que no pensaba soltar—. Es fácil tomar las personas como paños de lágrimas y pensar que son desechables.

—Lo que paso anoche fue algo que no debió ocurrir. Ciertamente fue un error de mi parte.

—¿Tanto teme verse en el espejo, Sr. Leda?—la mirada esmeralda se afiló, molesta. Shaka subió su mentón, arrogante, decidido, cruzado de brazos para mostrar que no pensaba dejarse intimidar.

—¡No es tu problema!—espetó levantando la voz, dejando caer sus brazos de lado y lado para cerrar sus puños con furia. Se sentía como si le aplastaran esa yaga que él quería olvidar.

—No lo era hasta que me detuvo por casi una hora a hablarme de su vida, Sr. Leda—siseó con sus ojos zafiros centellantes, desafiantes—. Porque si mal no recuerdo usted era el interesado en “disfrutar”—con sus dedos medio e índice de ambas manos hizo el ademan de las comillas— la velada.

Ambos se miraban… ambos enfurecidos. La atmosfera entre ellos se podía cortar con el filo de cualquier arma, era pesada y abrumadora, desafiante. Esmeralda y zafiros brillaban con furia, no dispuesta a ceder y decididas a imponer por encima del otro su punto de vista. Saga no quería que nadie le juzgara ni le estudiara. Lo menos que buscaba era un psicólogo, mientras que Shaka por impulso no pensaba disculparse por hacer algo para tratar de mostrarle su estado, de forma sincera y desinteresada, cuando sintió que por la velada de la noche anterior el griego se lo imploraba. Además, estudiar a las personas para entender su estilo y gusto era parte de su trabajo.

Conforme ese duelo de mirada ocurría en aquella casa, Kanon iba camino a la oficina de su hermano para llevarle el almuerzo, que había dejado. Se sonrió a sí mismo pensando que quizás por salir tan apurado del departamento para dejarlos a solas lo dejó olvidado. Sí… fue un buen sexo mañanero el que tuvo con su pareja antes de partir. ¿Así como no tener ánimo el resto del día?

Pensó entonces en las palabras de Mu, en la noche anterior, luego de ver a su hermano llegar. Por la expresión, lo había notado decaído pero prefirió no hablar al respecto, sino animándolo mientras le comentaba cualquier tontería que hubiera hecho en el día. Sabía perfectamente que Saga solía ser alguien muy reservado y dado a no permitir que nadie invadiera su espacio personal. Si él decidía hablar, lo escuchaba, sino, simplemente lo dejaba tranquilo.

Aún así, Mu le había comentado que cada vez lo veía más deprimido y que quizás no fuera del todo buena idea que se independizara. Que pese a todo, al menos allí junto a ellos podrían hacerle compañía, divertirlo, desestresarlo y evitar que se sienta tan solo. Que en el estado en el que estaba mucha soledad podría ser contraproducente. Para él, quien siempre había sido el más vivaz de los dos, no entendía el porqué Saga se había dejado arrastrar a ese estado depresivo y se encontraba desarmado al tratar de ayudarlo. Saga era impenetrable.

Resopló fastidiado, cruzando ya la plaza de Athenas para llegar al lugar donde debe estar, ya que se debía encontrar con el decorador según sus palabras, sin imaginar el escenario que se gestaba en el lugar.

—¡Sea como sea, lo ocurrido anoche no te da potestad para estudiarme de esa forma! ¡Abócate a tu trabajo Shaka Espica! Apenas y cruzamos palabras durante dos horas y ¿ya te crees quien para juzgar mi vida y saber quién soy?

—¿Cree que no puedo saberlo con sólo observarlo?—replicó el otro, sin ánimos de verse ofendido—. ¡Déjeme decirle que ahora podría describirlo como si lo hubiera conocido desde hace muchos años!

—¡JA! Supongo que si no ejerce la psicología entonces ¡debe ser un adivino!—espetó con rabia—. Como sea, me importa muy poco lo que pienses de mí. Tengo cosas más importantes que hacer, ¡me retiro!

Saga dio la media vuelta y se integró para salir por el despacho. Shaka, rojo de ira, no pensaba quedarse con las palabras en la boca y mucho menos trabajar para alguien así. Dispuesto a encararlo finalmente y irse él con la última palabra, lo siguió, quedándose en el umbral de la puerta mientras ya el mayor cerraba la puerta de su oficina con el maletín en mano.

Sus miradas de nuevo se encontraron, impenetrables. Sin decir palabras, Shaka sacó el libro de su mochila, guardando la Palm y quitándose los lentes. Los zafiros ahora sin espejuelos lo miraban decidido y Saga no pudo evitar sentir el leve estremecimiento al verse por entero reflejado en esos potentes ojos azules que parecían indagarlo hasta el fondo.

—Hombre férreo—comenzó Shaka a hablar—, amante de las buenas costumbres y las cosas bien hechas. Criado en el seno de una familia religiosa—Saga abrió los ojos desorbitados—. Tiene un hermano gemelo según la fotografía que vi, usted es el mayor, siempre ha buscado protegerlo por sobre todas las cosas, hombre posesivo y protector—dio un paso, el mayor se encontraba con la puerta cerrada a sus espaldas—. Pero ahora… usted está en un verdadero chiquero mental—sentenció, con los zafiros destellantes—. Algo lo abruma, algo le asquea de sí mismo, por lo que dejar la comida o cualquier cosa que se pudra dentro de la oficina le hace sentir que hay más suciedad afuera que dentro.

El golpe… certero… hasta la medula. Saga abrió sus esmeraldas asfixiado, con un latir en su pecho, moribundo, pesado…

—Tantas cosas que ha dejado incompletas… la frustración, Saga Leda. La frustración por no haber cumplido quizás lo que aspiraban de usted, por no ser quien ellos esperaban… ellos, los que tiene en ese altar personal, encima de todo el desorden: la religión, su familia…

El libro que reposó en la madera del escritorio. La mano derecha del rubio que se alojó en el centro del pecho del abogado.

—Y esas cajas a medio desocupar, abiertas… esperando por ser arregladas, representa aquellos asuntos de sí mismo que debe enfrentar, lo sabe, está consciente de ellos pero no encuentra las fuerzas para enfrentarlo. Son asuntos en cola de espera… ¿por cuánto tiempo piensa dejarlo allí? Porque está consciente, que al igual que las cajas en su oficina, esos asuntos entorpecen su caminar diario.

Certero… abrumadoramente certero… Saga estaba sin habla ante tanta verdad dicha sin ningún tipo de problema, por un hombre a quien apenas venía a conocer realmente en la noche anterior. Un hombre que parecía verlo y leerlo como un libro abierto.

Detalló entonces el movimiento de los labios el hindú, la fuerza de su mirada… y recordó… recordó entonces porque dejó a su ex esposa a cargo… porque no pudo reunirse más con el rubio…

Porque empezó a sentir que algo estaba mal con él…

—El hogar es un reflejo de la persona que conviven. Creo en ello y es mi filosofía—siguió hablando—. Y ciertamente, su oficina es un reflejo lastimero de su estado actual, el cual, debo acotar, no es usted.

—¿Cómo puedes asegurarlo?—preguntó entonces, con el latir agitado, respirar azorado… acorralado.

—Sólo lo sé—le siseó, de medio lado, con su mirada fija. El flequillo cayó a un lado, la expresión le pareció provocativa—. Digamos que es el sexto sentido. ¿Le sirve?

Alejó su mano del pecho, acomodó su bolso y sacó los lentes de sol.

—Si quiere que yo realice el trabajo, deberá someterse a una remodelación exhaustiva—acotó, inclinando un poco sus lentes para verlo desde abajo, un ángulo sensual—. No pienso decorar una casa de terror. Si está dispuesto a ello, vuelva a llamarme.

Sin más, se retiró con la misma parsimonia con la que entró, abriendo la puerta y encontrándose en la salida a una copia idéntica, vestido con un jean y una camisa negra desabotonada en el pecho. Una gruesa cadena de oro adornaba su pecho. El rubio lo miró de arriba y abajo, con desdén, antes de seguir su camino. Kanon había quedado sin habla al ver semejante muchacho.

—¡WAO SAGA! ¿Y ese quién es? ¿El decorador?—preguntó Kanon aún viéndolo desde la puerta, mientras el rubio caminaba para la parada—. ¡Vaya que está como quiere!—Volteó con una sonrisa, viendo a su hermano de pie frente la puerta de su oficina, con la vista en un punto ciego, aún alterado—. Oye Saga, ¿qué paso?

Permaneció callado… Tenía muchas cosas que pensar.

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