Creo en Usted

Luego de la muerte de Saga de Geminis, Virgo no ha podido meditar. ¿Qué es lo que tiene tan pensativo al sexto guardián?

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Temas: Yaoi, romance, angst
Personajes: Shaka, Saga
Resumen: Luego de la muerte de Saga de Geminis, Virgo no ha podido meditar. ¿Qué es lo que tiene tan pensativo al sexto guardián?
Serie: Sólo Santos
Dedicatoria: A Karin, Athena_Arianna, Ale_Chan, Kimee, Lola, Sahasara y todas las miembros del club Santísimo Pecado Geminis x Virgo. Material por el Torneo de Pareja Saga de Geminis, duelo contra Kanon
Inspiración: Ni idea, simplemente la idea brotó y la arme rápidamente en la cabeza.

Creo en Usted

Dos zafiros abrieron paso detrás de parpados inmaculados. Hacía frio, una leve llovizna cobijaba el silencio del santuario, vacío, sin vida. Sólo cinco dorados custodiaban sus templos, sólo cincos quedaron luego de la entrada de Athenea. Era ilógico pensar, que lejos de traer paz y armonía, la llegada de la diosa en el santuario sólo trajo soledad y división. Virgo pensaba en ello, con parpados abiertos al techo de mármol, escuchando la caída tranquila del agua… meditando… como lo ha hecho desde esa semana.

Un resoplo de aire, sordo, mudo, vacío. Luego el paso de saliva que se abría espacio por su garganta. Volvió a guardar sus iris azules, escuchando latir a su corazón, lentamente, pesadamente… inerte… en un maremoto de emociones y pensamientos que azoraban su mente y alma, su corazón permanecía ausente.

Un instante de duda…

Sólo un mísero instante de duda fue lo que desvió la balanza de victoria hacía ellos.

Un instante de duda…

¿Por qué tuvo que llegar justo en esa batalla con fénix? ¿Por qué su duda no incurrió antes por su mente? ¿Por qué razón no dudo antes?

¡Maldita sea la gracia!

De nuevo los parpados se abrieron… iris azules turbulentas. No la mirada de un dios, no la mirada de la reencarnación de un hombre… era la mirada de un hombre golpeado, inseguro, perdido en el espacio y tiempo que dejó aquel con su muerte. Sin darle oportunidad siquiera de decirle nada, de preguntar, de pedir, de suplicar… de besarle… una última vez. Antes de su propio juicio auto impuesto.

Emociones que no debían ser visibles al ojo humano.

Él era la reencarnación de Buda, él más cercano a los dioses…

Y empezó a odiar el titulo… Era de esa forma que él lo llamaba…

Recordar… ¿cuán horrible era el proceso de revivir memorias añejas en su mente?

—Shaka…—su voz ronca, gruesa, camuflada detrás la máscara que ocultaba sus facciones—. ¿Crees en mí?

Shaka había perdido la cuenta de cuantas veces le habían hecho esa pregunta. De rodillas, como siempre a sus pies, su cabello dorado caía con gracia y dóciles a la lisa y suave superficie luminosa del mármol. La armadura dorada destellaba gloriosa aquella mañana, había escuchado sus últimas órdenes, Milo atacaría a la isla Andrómeda, los plateados habían sido enviados para buscar matar a los traidores. Y él seguía a sus pies, esperando el momento de salir y demostrar su poder para protegerle.

—Su excelencia, creo en usted, y en su juicio.

Los pasos que se escucharon en el salón, no propios. El sonido de la manta celestial escurriéndose entre las losas de mármol, el eco de sus pies, su propio corazón latiendo. Una mano que se escurrió por sus hebras doradas, dibujó senderos ficticios sobre su piel, reptó por su perfil, lentamente. Una mirada profunda que lo analizaba, lo poseía con esa magnética sensación. Y él quieto, dejándose hacer, dejándose sentir por él, dejándose ir por él…

El más cercano a los dioses, se convertía en un hombre al paso de sus dedos.

La encarnación de Buda, sólo era hijo de vientre de mujer cuando él lo adoraba.

El más fiel de los doce, se convertía en amante con sus besos

—Cree en mí—otra vez su voz, que penetraba con fuerza por sus tímpanos, mostraba feroz su deseo, su necesidad, su orden.

—Creo en usted.

Un mantra…

¿Cuántas veces Shaka se repitió lo mismo cuando escuchaba acciones un tanto violentas?

¿Cuántas veces no se dijo las mismas palabras una y otra vez justificando sus acciones?

No hay justicia ni maldad perfecta… esa habían sido sus palabras.

Pero en el interior del patriarca, había hallado justicia.

Para el Saga era justicia, aunque para ese tiempo su justicia, no tenía nombre…

Tuvo nombre, tras su muerte…

Se levantó con su elegancia acostumbrada, no digna para la pesadez de su corazón cansada de armarse conjeturas, de recordar, de pensar en lo que había sucedido. La discusión que tuvo con Mu la noche anterior lo había dejado descolocado. Ambos se dijeron cosas que no pensaron en algún momento sacar a relucir. Ya habría tiempo de arreglarlo. Se alistó entonces vistiendo su armadura dorada, caminando hasta el centro de la flor de loto, preparándose para de nuevo, meditar… Más bien recordar, había dejado de meditar desde su muerte.

Otra vez los recuerdos volvieron a  tomar forma en su mente. Como si se tratara de un espejismo, Shaka sintió de nuevo el roce en su mejilla, bajar sinuosamente por su barbilla, caminar con lentitud sobre su cuello…

—¿Le perdonaste la vida?—escuchó el susurró ronco en su oído. Los dedos que buscaban espacio debajo de su dorada armadura, luego de regresar de la isla de la reina muerte, haber perdonado la vida del santo de fénix.

—Así es, su santidad.

El roce cesó, apartó sus dedos con cierto malestar y Virgo supo identificarlo. Inclinado aún sobre el piso de mármol, se preparaba para recibir una reprimenda por su decisión. Pero no pudo hacerlo, vio algo en el fénix que siempre había visto en su patriarca. Esa bondad no pudo, por ningún motivo, evadirla ni ignorarla. Esa bondad detrás de una máscara de falsa violencia. Por ello, le perdonó la vida…

—¿A qué se debió tal acto de misericordia, Shaka de Virgo?—le preguntó aquel, su señor, con su andar que se dirigía al trono, luego de haberlo recibido con esas caricias al entrar a su estrado. Virgo levantó su cuerpo, manteniendo su rostro inclinado, con todo el respeto y devoción que le debía.

—Hallé bondad en el interior de su corazón—sintió la mirada que le perforaba y parecía leer todos sus pensamientos.

Anheló por un momento un poco de su contacto. Entendía que estuviese molesto por haber fallado a su promesa, pero también creía que había hecho lo correcto. ¿Quién iba a pensar que era ese santo a quien le perdono la vida en ese volcán, quien lo sacaría de su templo para permitirles a los demás santos de bronces avanzar? ¿Que sería el mismo fénix quien le sembrara la duda? Ese mismo que en cuanto le preguntó porque no podía ver la maldad del sumo sacerdote, el porqué le seguía si tenía todo el poder, Shaka no supo responder de inmediato esas preguntas.

Segundos o tal vez minutos de silencios se hicieron dueño de ese mortal combate donde el fénix peleaba por esperanza y Shaka, por amor y devoción… pero en ese momento, donde la pregunta del santo del fuego renaciente retumbo sus adentros, no supo decir, a ciencia cierta, porque le seguía… ¿era por deber? ¿Era por amor? Debía escudarlo de una forma… Shaka era alguien racional. No podía permitir que fuera solo los sentimientos quien dictara su forma de actuar… Y así surgió la respuesta idónea… por justicia.

—¿Bondad dices?—las palabras del sumo pontífice, repitiendo esas últimas palabras.

—Así es, Señor…

—¿Bondad en el interior de su corazón?—inquirió de nuevo el máximo gobernante, poniéndose de pie, acercándose con soltura—. ¿Ahora analizas a tus enemigos, Shaka? ¿Desde cuándo los analizas por encima de obedecer?—el evidente reclamo, tapizado por el movimiento de su gruesa mano de guerra la cual tomó un mechón dorado, enredándolo entre sus dedos para luego llevárselo hasta su máscara y olfatearlo.

—Siempre lo he hecho, su excelencia—respondió en tono respetuoso, midiendo sus cuerdas vocales, con su voz aterciopelada, sumisa ante él.

—Hace siete años, me confesaste no tener la suficiente madurez para detectar la bondad o maldad—recordó su maestro, su señor, el hombre a quien veneraba, con cierto tono de melancolía camuflada. Las hebras doradas seguían meciéndose sobre sus dedos, tomadas con innegable adoración—. Veo que ahora no es así…—un soplo de aire, un quizás halito de dolor.

Shaka se quedó en silencio, sin comprender de que manera tomar esas respuestas. Ahora que veía la escena en retrospectivas, Virgo se daba cuenta que había sido realmente ciego, al no darse cuenta la profundidad de esas palabras de Saga, a sólo días del trágico encuentro con Athenea. Saga le hablaba con un aire de pesadez y sufrimiento interno, como si con las respuestas de Virgo el pudiera descansar un poco.

—Si desea, puedo regresar y matarlo—le dijo, como buscando acomodar lo que aún así, no le parecía un error. Pero de alguna manera quería hacerle ver que por él era capaz de ir, aún en contra de su propia decisión, que por él era capaz de asesinarlo.

Sin embargo, al mencionar esas palabras, fue la mano izquierda del sumo sacerdote la que buscó espacio tras su cintura, en su espalda, echándolo un poco hacía él, en un abrazo que no esperó, ni supo como tomar. Virgo fue llevado hasta su pecho, sintiendo en sus mejillas la textura de las túnicas papales, la mano que a pesar de estar puesta sobre su armadura, le quemaba directamente a su piel. El suspiro sordo tras su oído, y los dedos que aún jugueteaban con su cabellera dorada.

—No… no es necesario.

—Gran patriarca…

—El más cercano a los dioses…—murmuró respirando su aroma—, a pesar de ello, tienes algo que los dioses no poseen—la mano que dejó los cabellos rubios, subió hasta tentar su mejilla de nuevo—: Misericordia.

Se mantuvo en silencio, dejándose llevar por la caricia de esas manos sobre su piel en el rostro, sobre la armadura dorada. Era imposible en ese momento dudar de él… era imposible dudar cuando estaba frente a la verdad de su esencia. Era la bondad encarnada, cada caricia, cada palabra, dichas con tanta humanidad, con tanta calma, con tanta protección y adoración. Era imposible no creer en él. En ese momento el patriarca lo tocaba con una ternura inadmisible, y Virgo, se sentía desarmado ante ella.

—Tú, como dios sobre el cielo y la tierra, has decidido perdonarle la vida—le susurró, sobre sus labios. Ya su mano no tentaba su mejilla, pero el respirar ahora lo sentía en su rostro. La máscara ya no estaba.

—Lamento haberle desobedecido…—replicó aún así, sintiéndose no merecedor del trato luego de no haber cumplido su orden.

Su respuesta fue silenciada. Un beso, como pocos de los que sentía de él, no era necesitado ni lleno de un deseo sexual desenfrenado. No estaba buscando satisfacerse de sus propios placeres a los cuales, aún así, Virgo se sometía sin dudar. Ese beso, ese beso era distinto, estaba lleno de un amor inmensurable, de un deseo irrevocable de hacerle sentir que era especial, que agradecía su compañía, sus años de fidelidad, su simple presencia.

Le siguió… sin importar nada más. El beso se reforzó de forma pausada, sus labios se buscaban con dedicación. No había prisa, ni siquiera estaba la necesidad inmediata de quitarse las ropas y llevarlos al encuentro carnal que ya sostenían durante años. Era distinto, Shaka lo sentía, en ese momento ese beso era diferente. Y con él se sentía amado, se sentía aceptado, sentía estar en el lugar correcto, al lado de la persona correcta…

El beso de alguna forma… le recordó muy lejos a Saga…

La misma sensación, entre ternura y devoción, que le prodigo en ese casto beso de niños.

No supo cómo, sus manos se abrazaron al cuerpo del otro, se buscaron, como si apenas se reconocieran. Los besos se intensificaron, la pasión con la que era besado, a pesar de ser igual de arrebatadora, sabía distinto, muy distinto. Los labios se encontraban con frenesí, se saludaban, se prendían, se aclamaban el uno al otro y con fuerza, la estrecha cintura ceñida por el oro del hindú, tuvo contacto con el poderoso cuerpo cubierto con la túnica patriarcal.

Y besos, besos que lo llevaron a la locura misma, mientras se aferraba con sus manos. Besos, inalcanzables y efímeros, desbordantes, íntimos. Los besos viajaban por el cuello del rubio. Shaka dejaba caer hacía atrás su cabeza, susurrando a su máxima autoridad, aquella que lo tomaba con la devoción de un siervo a su dios. Y esos besos, más que placer, pedían amor…

Shaka no podía negárselo…

Shaka lo amaba…

Los besos se detuvieron sólo un tanto para subir hasta su rostro, respirar el aroma de sus cuerpos que se aclamaban, tentar de nuevo con sus dedos la mejilla encendida del menor.

—Si es así… si puedes ver tanto el bien, como el mal…—palabras dichas al oído… palabras llenas de un intenso pesar—, ¿qué has visto en mí para seguirme?—de nuevo la misma pregunta—. ¿Para serme fiel?

—Creo en usted—de nuevo el sortilegio con el cual se ataba a él—. Usted es mi justicia…

El abrazo que se concreto con más fuerza, más deseos, más necesidad. Las manos de aquel hombre que tomaba sus cabellos dorados, los acariciaba, esa caricia, esa forma de tocar su cabella… se le parecía. Más Shaka adjudicó al parecido al sentimiento y no a la persona. Quizás Saga lo amaba como lo amaba ahora su maestro.

—Seme fiel, Shaka—el susurró de sus labios contra el oído—. Cree en mí…

La petición, de nuevo, más anhelante de respuesta. El rubio para hacerle saber que eso era algo que no necesitaba pedir, que ya aquella fidelidad le había entregado desde hace mucho tiempo, sin tregua buscó los labios con los suyos, apresó su espalda cubierta con sus manos, le dio el sí con un beso.

Sus labios que se encontraron de nuevo, esta vez sin querer detenerse. De alguna forma, más que reprendido, Shaka se sentía felicitado por la decisión que tomó para con el fénix. Cómo si esa misericordia era la que esperaba para el mismo.

Y de esa forma, lo llevó a sus aposentos.

Shaka mientras meditaba sentía de nuevo el paso de aquellas caricias furtivas, de aquellos besos anhelados. Shaka de nuevo veía el cielo tras sus parpados, rememorando la forma que lo tomó aquella tarde, una de las últimas. Como lo desvistió con parsimonia, parecía que fuera la primera vez que tenía su cuerpo frente a él. El trato que le entregó no era el contacto al que estaba acostumbrado. Y adoró, adoró esos besos que se escurrieron a los largo de su piel, despertaron cada zona erógena, le transmitieron un fuego inmenso que acabó con todo rastro de cordura. Se entregó sin demora a cada caricia, recibió de él cada beso, toda la rendición atestiguaba por solo una frase: Cree en mí.

Y creería en él, hasta el fin de sus días. Creería en él que era su sacerdote, su maestro, el líder a que por siempre seguiría. Conforme las caricias se intensificaron en la espalda, y sus manos blancas estrujaron con fuerza y deseos las sábanas patriarcales, el hombre de siglos lo veneró con una tranquilidad imperturbable, se dio tiempo, probó cada milímetro de su piel como si fuese la primera vez. Y tibias gotas cayeron en su espalda. Shaka de Virgo intentó buscar el rostro de su protector al sentir esas lágrimas que habían descendido a su piel. Pero no, en ese momento mismo la poderosa espada de siglos se clavó hasta el último recoveco de su alma, haciéndole perder la fuerza, caer desfallecido por la implacable intromisión.

—Mi Señor…

—Shhh…—escuchó en su oído, mientras pegó su rostro al cuello, acarició sus caderas, esperó que su cuerpo se adaptare a la nueva anatomía. Shaka estaba contrariado con las lágrimas, sintiéndose desarmado, con deseos de entender el porqué de ellas—. Sólo cree en mí…

El mantra pronunciado por sus labios, el hechizo…

No había forma de pensar en lo contrario.

Shaka asumió entonces que las lágrimas eran por tener que enviar a los santos a matar a los traidores. Se convenció que el patriarca lloraba porque el ejército de Athena, el que él protegía, se estaba dividiendo por un grupo de desobedientes. Y que con esas palabras, él quería creer que jamás le fallaría. Si… él mismo creyó en esa justificación, y tomándola como verdad, no preguntó más. Se dejó ir antes las embestidas que comenzaron profundas y lentas. En las caricias que eran destinadas entre su espalda y pecho… en la forma que aceleraban… en la manera en que lo poseía.

Y los gemidos comenzaron, el canto celestial de ambos se acrecentó conforme sus cuerpos se acercaron al orgasmo. Y más que placer, Shaka sintió que su maestro buscaba la necesidad de no sentirse solo, de saber que contaba con él, que no lo abandonaría. Con ello, Virgo se sintió plenamente convencido que no habría forma de negarle algo a su maestro, que lo protegería, que lo apoyaría hasta el final.

La lluvia seguía cayendo. Shaka abrió sus ojos a la oscuridad de la noche que había arropado de nuevo al santuario. Su garganta estaba totalmente trabada por un nudo que no daba paso a lágrimas. Sus ojos azules ya no sentían necesidad de permanecer guardados… por ello le había negado a la única persona a quien le hubiera gustado ver directamente, el privilegio de verlos.

Suspiró, agotado mentalmente.

Como ya era costumbre esa semana, no pudo meditar, sólo recordar.

Se puso de pie, cerrando sus ojos de nuevo, acercándose a la salida de su templo, subiendo su rostro hasta la sala patriarcal. Estiró su mano cubierta de oro y tomó un poco de las gotas que caían en tierra, desde el cielo, de esa suave lluvia que caía sobre ellos. Llevó un poco de aquella agua y enjugó sus labios. Imperceptiblemente se sonrió… No estuvo tan equivocado…

Yo siempre creeré en ti…

Y salió de su templo, se dejó cubrir por la lluvia que caía, como aquella vez que junto a él, siendo niños, cuando aún no tenía su armadura.

—Ahora comprendo…—se dijo a sí mismo, como si hubiera encajado por fin una pieza que había pensado durante mucho tiempo—. Aquella vez, fuiste sólo Saga. El Saga que lloraba por sus pecados, que buscaba que alguien viera más allá, para que se dieran cuenta de tu bondad, esa que estaba encerrada por tu maldición. Te sentiste identificado con el Fénix en ese momento… querías que yo… yo aún sabiendo tus pecados, te perdonará como lo hice con él—subió su rostro, dejó que las aguas sin tregua acariciaran su piel—. Yo te perdono Saga… yo creo en ti… aún a pesar de todo lo que sucedió, a pesar que tú mismo no pudiste perdonarte, yo, Shaka, quien te sirvió hasta el final… yo sigo creyendo en ti…

Susurró al vacío… espero que esas palabras fueran llevadas de alguna forma hasta su alma.

Que le dijeran a Saga, en donde estuviere, que su fidelidad seguía intacta.

Creía en él…

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