Nevadas de Memorias (Cap 01)

Saga y Shaka dan por terminada una relación de seis años. ¿Pero cuantas heridas quedaran de esa separación? ¿Será que no hay esperanzas?

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Temas: Yaoi, lemon, romance, drama, Universo Alterno
Personajes: Shaka, Saga, Afrodita, Kanon
Resumen: Saga y Shaka dan por terminada una relación de seis años. ¿Pero cuantas heridas quedaran de esa separación? ¿Será que no hay esperanzas?
Dedicatoria: A Karin, Athena_Arianna, Ale_Chan, Kimee, Lola, Sahasara y todas las miembros del club Santísimo Pecado Geminis x Virgo.
Inspiración: Escuchar tanto Vuelve de Ricky Martin, Se esfuma tu amor de Mark Anthony y My Inmortal de Evanescence

Capitulo 01: El quiebre

La sentencia estaba declarada, firmada y sellada desde hace mucho. Shaka lo sabía y sin embargo, en su temple estoico y orgulloso se negaba a admitir la horrorosa y dolorosa verdad.  Pero ya no había pasos atrás, ni forma de retroceder lo que con el tiempo se había ido marchitando, sin saber si fue culpa de sí mismo, o de él, o de ambos, quizás el destino. Lo cierto es que aquel joven hindú no dejaba de ver los manteles, la cubertería, la platería, todo en cuanto tuviese a la vista para no ver en esos profundos ojos azules la inevitable e ineludible sentencia: la separación.

¿Luchó? Lo hizo, puso todas sus fuerzas y alma tratando de levantar una relación de seis años. Se esforzó con todo su empeño desesperadamente, como el médico que intenta regresar a la vida a una víctima que ya dejó de respirar, usando aquel aparato reiteradamente, contando mientras se espera el resultado, diciendo un: probémoslo una vez más. Pero ya había llegado a su límite de paciencia y entrega. Le había descubierto la infidelidad, y eso, había sido más que suficiente para hacerle entender que todo había llegado, literalmente, a su fin. Le dolía abiertamente aún haber visto esas fotografías que el investigador con pasmosa frialdad le mostró. Pero su orgullo era aún más fuerte que eso.

Por esa razón semanas atrás en una cena discreta en el apartamento que compartía con el hombre a quien amaba, le enfrentó, con el temple insano de una montaña que se niega a ceder ante el mar, impenetrable, las fotografías en el medio, las cosas sobre la mesa, esperando, esperanzado que los años de entregas rindieran sus frutos… fueran más fuertes…

Fue unas semanas de silencios donde su corazón agonizaba, ahogado en las lágrimas que no dejaba salir.

Fue unas semanas de incertidumbre, donde el virgo se laceraba ante centenares de argumentos que lo marcaban eternamente.

Semanas de recuerdos que se removían en su estomago, le hacía sentir repugnado, al darse cuenta que todo, todo lo que había hecho había sido en vano.

¿Y había un culpable? La vil y malsana rutina…

No había más culpables que eso… y definitivamente, si el otro no estaba dispuesto a poner de su parte para ayudar a salvar la relación, ¿De qué valía el esforzarse, cargar solo la terrible y pesada carga? ¿Mientras recibía de aliento los puñales fríos de su mirada? ¿Las ausencias de caricias? ¿El desprecio en la cama?

Y aún así, mantenía esperanzas… esperanzas vanas…

—Sé que esto es incomodo…—murmuró el mayor, su acompañante, su pareja durante seis años. El mismo que lo trataba como desconocido durante esos meses.

Incomodo realmente era poco.

Sentíase a punto de exhalar su último suspiro de vida para lanzarse desesperado a los brazos de la muerte.

Sentíase destruido, lacerado hasta la medula, castrado con un cuchillo oxidado y con la más irreverente y asquerosa parsimonia.

Jalado por sus nervios, quemado por sus venas… con sus cuencas oculares deseando, deseando soltar las lágrimas que abarrotaban su garganta y que, bajo ninguna circunstancias, brotarían.

Y Saga lo leía, leía esa expresión derecha en el asiento, a medio probar los alimentos que habían pedido, con la mirada fija en la nada, con su cabello que cubría estratégicamente sus ojos, sin ánimos de levantarle la mirada. Y le destrozaba, le destrozaba que las cosas hayan llegado a ese punto. Su plato también estaba a medio probar, su garganta estaba muy ocupada tragando palabras como para dejar pasar otro bocado. El pavo se enfriaba, los cubiertos a duras pena se movían de la mesa. Era más bien el vino el que desaparecía sin dejar rastro, intentando así darle la valentía para decirle lo que al final había decidido.

Veía de nueva cuenta el reloj, una hora, pesada y absurda, tenía en esa escena que no veía ni inicio ni fin. Y su otra pareja lo esperaba para comenzar su nueva vida, como le había prometido. Sólo tenía que terminar de matar lo que ya estaba agonizando. Saga sólo tenía que terminar de hundir el puñal hasta el fondo, mantenerlo en su sitio y esperar, tranquilamente, que esa relación que por años gestaron emitiera sus últimos suspiros de vida.

Pero no podía…

Se encontraba desarmado, desarticulado ante la visión de su pareja, ese hombre fuerte, dominante, que no se dejaba golpear, ni se acobardaba; destruido… destrozado… por él…

Era abrumador, ver que esos zafiros se negaban a alzar su vuelo y mirarle fijamente como lo hiciere meses atrás. Escuchar apenas resoplos de aire de esa voz que lo llamaba con amor, con incluso devoción.

Y se descubrió impotente de decir palabra alguna… bajando entonces su mirada, viendo el anillo en su mano izquierda… sólo tenía que quitárselo, dejarle la carta de divorcio e irse… Sólo tenía que hacerlo y todo terminaría… se había imaginado muchas veces en ese instante, en ese momento y cuando lo hacía, sentía que se liberaba de una carga. Pero ahora… ahora justo en ese instante, más bien sentía que se iba arrojar a un abismo en cuanto hiciera esas dos acciones.

Lo había pensando… meditado… muchas veces…

Pensó que su decisión era firme…

Y se encontró no seguro de ello…

—Termina lo que viniste a hacer.

Esa voz, turbia y discordante, con el tono de voz bajo, pero con esa melodiosa voz masculina; lo hizo levantar la mirada. Shaka, con el orgullo arraigado hasta las vísceras, había levantado sus zafiros enrojecidos, dispuesto a no rogar, ni a lanzar una sola lágrima, mucho menos inspirar lastima. Un trago grueso marcó las venas del griego en su cuello y un leve temblar en los cubiertos que yacían aplastados en sus manos dieron evidencia del nerviosismo. Una gota se escurría por el filoso cristal de la copa de vino, cayendo hasta el mantel humedecido, en medio de un ambiente donde apenas y se podía respirar. Esmeraldas y zafiros encontrados, exigiendo el punto final a la tortura en vida que había significado esa cena.

—¿Por qué no hiciste esto mismo en nuestra casa?—el griego intento abrir la boca para decir algo—. ¿O es que pensaste que te armaría una escena?—las cejas doradas se levantaron incrédulas, en un gesto sarcástico, la máscara hipócrita con la que enmascaraba su lacerante sufrimiento.

—Quería cenar una última vez contigo…—lo único que salió de los labios griegos. El hindú le miró con impotencia.

—Última cena…—murmuró ladeando su rostro a la izquierda. Esas palabras fueron dichas de tal forma que era evidente que el sonido de sus cuerdas vocales chocó directamente con sus dientes y sólo fue un leve soplido de ellos lo que salió de sus labios—. Ha sido una pésima cena…—concluyó mordiendo sus labios, apretando la servilleta de tela en sus piernas.

—Perdóname…

El silencio… turbio, tenso y pesado silencio se acomodó a su lado. No parecía haber más palabras para lo inevitable, de alguna manera estas empezaban a sobrar y ya Shaka estaba cansado de seguir la farsa que se había convertido esa noche. Tomó un último sorbo de su vino y de inmediato sacó su billetera, buscando el efectivo necesario para pagar su parte de la cena. El griego observó todo con ligero pesar, sin saber de qué manera actuar viendo que su pareja quería darle fin a la velada fría, más fría que la nevada que caía fuera de la ciudad.

—Shaka…

—Creo que con esto será suficiente—sacó el dinero dejándolo sobre la mesa, al tiempo que se levantaba de su asiento.

—No quería que termináramos de esta manera.

—No hay otra forma de hacerlo, Saga—sentenció el rubio, tomándose de su orgullo, impenetrable orgullo, para mostrarse agresivo antes que dolido—. Odio las vueltas en el asunto. Si vas a terminar con nuestra relación, hazlo de una vez, un golpe seco. Muerte súbita—espetó el hindú con enojo enmascarando el reclamo.

—Amor…

Craso error…

Usar esa palabra cariñosa para llamarlo…

La misma que quizás había estado usando con su amante durante esos meses… la que dejó de escuchar al mismo tiempo… fue suficiente, para enfurecerlo.

Volteándose con una increíble velocidad, tomó la copa de vidrio que aún guardaba un poco de vino y con violencia le lanzó el líquido al traje ostentoso del mayor, provocando que el griego se levantara de su asiento, molesto, abrumado, mirando la mancha de su costosa camisa de seda.

—¡No vuelvas a llamarme así en tu vida, Saga!—le gritó, enrojecido de ira, de lágrimas que ya quería brotar, con sus venas tensadas como varillas de hierro en su piel blanca—. Yo dejé de ser tu amor hace mucho tiempo…

Un suspiro ahogado… reprimido en lo más intimo de su alma golpeada. Una última mirada llena de dolor, enfurecida, indignada.

—¡Estás libre!—exclamó, levantando su rostro en alto, sin darle importancia a los comensales de alrededor que veían la cena con curiosidad—. Puedes irte…

La máscara que se quebrantaba al paso del sonido, al paso de las silabas que conjugaban palabras llenas de dolor y rabia, desesperación misma al saberse impotente de poder retener lo que por tanto había luchado, lo que por años había visto crecer.

No era fácil, nada fácil para Shaka presentarse en esa cena que significaba la ruptura de seis años que para él habían representado la relación más hermosa y fructífera que había vivido, pese a los sinsabores, pese a los vaivenes de caracteres que chocaban y a las discusiones que se armaban y finalmente se arreglaban en la cama.

No era sencillo dejar que el hombre que amaba se fuera a otros brazos, a entregar esos mismos besos que añora, a entregar esas caricias que él desea para sí. Ese cuerpo que sólo había sido suyo durante esos años e imaginar, que quizás, ya lo que recibía en esos últimos meses eran las migajas que le había dejado el otro a probar. La falacia con la cual lo mantenía ciego ante reuniones de trabajos ficticias… La manera que manipuló su mente y cuerpo para no darse cuenta que todo se le estaba escapando de la mano, escurriéndose, como el vino que humedecía ahora el pecho labrado del hombre que tanto había amado, a quien tanto le había entregado y a quien dejaba ir con no parte, sino todo lo que había significado su amor entregado.

La agonía no hay forma de ser descrita, el crujir de un corazón que cae víctima de la gravedad pasmosa de una realidad irreversible.

Engañado, burlado, despreciado, humillado, dejado de lado…

Un soplo de aire con el cual intentaba tomar fuerzas. Las miradas de todos los clientes del lujoso restaurant estaban clavadas en ellos. Saga sin subir la mirada, entendió que en ese caso él era el menos indicado para mostrarse molesto y que lo que acababa de suceder no compensaba en nada la humillación que debió sentir su pareja al descubrir su farsa. Por ello, sólo tomó la servilleta de tela a su lado, intentando limpiar el vino que había caído a su camisa.

—No quería que lo nuestro terminara en estas circunstancias…—agregó el griego, más como una disculpa disimulada de cierto remordimiento. El rubio mordió sus labios, cerrando sus puños impotentes, buscando las palabras correctas para decir algo que le permitiera salir con dignidad y orgullo, lo único que le quedaba, en ese mortal escenario.

—Yo no quería que terminara…—acotó, en un evidente reclamo, una acusación desoladora no sabía si para él o para sí mismo… quizás para ambos…

Haciendo uso de su increíble temple, Shaka lanzó otro suspiro de aire vacio, antes de acomodar su traje color beige, con la camisa de lana azul eléctrico que precisamente, Saga le hubiese regalado hace dos años y a la cual cuidaba con dedicación. Echó algunos de sus mechones dorados hasta su espalda, y una neblina blanca salió de nuevo de sus labios, por el frio del lugar a pesar de la calefacción.

Realmente, se sentía más frio por dentro.

—Esperaré los papeles del divorcio para firmarlos…

Sus últimas palabras, antes de marcharse.

Saga no pudo decir nada al verlo irse, tomar su abrigo de pieles dejado en la recepción, sin mirar atrás. Los papeles del divorcio ya estaban en sus manos, en el bolsillo oculto de su chaqueta y aún así, no tuvo el valor de entregárselo…

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