Un poco de Color y Vida (Cap 09)

A pesar de la ley de hielo, finalmente Saga y shaka rompieron la barrera, pero tal parece que no todo será sencillo. ¿Aprhodite intervendrá en ellos?

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Temas: Yaoi, lemon, romance, Universo Alterno
Personajes: Shaka, Saga, Afrodita, Mu, Kanon, Aioria, Aioros
Resumen: Shaka Espica es un conocido decorador de Interiores que he citado y contratado por el abogado Saga Leda. Sin embargo, al parecer sus servicios de decoración y rehabilitación de espacio tomaran tintes más personales.

A pesar de la ley de hielo, finalmente Saga y shaka rompieron la barrera, pero tal parece que no todo será sencillo. ¿Aprhodite intervendrá en ellos?

Capitulo 09: Perdidas

Lo conocía bien…

Lo suficientemente bien como para saber que haber aceptado esa salida no era común, que su silencio ahora más asfixiante, junto con esos resoplos de aire contrariados, como buscando que decir; excedía cualquier molde.

Cuando llegó y lo conoció cuatro años atrás, fue el primero que se presentó ante él. Recordó que le costaba el griego, Aphrodite había ido a verlo porque notaba que era alguien que causaría sensación sólo por su belleza, y sin pensarlo, terminaron atándose en una extraña relación que, si era necesario, recurría al sexo. Algo como complicidad tal vez, Shaka tenía algo que simplemente le inspiraba seguirle y rodearle, como la luna seducida por la tierra; mientras que esta está seducida por el sol y en rotaciones antagónicas pero similares se iban moviendo en el mundo de la decoración.

Lo bueno es que Aphrodite era lo suficiente inteligente emocionalmente como para saber hasta que límites podrían mantener su relación. No eran amantes, tampoco amigos, cómplices quizás era el terminó que mejor se acoplaba a ellos y no le molestaba tampoco ser parte de su vida, ni tener algo mayor. Tal como en su estadía laboral, sus visiones se complementaban… Shaka vivía muy dentro encerrado en detalles, él vivía en la libertad del exterior…

Condenados a estar en el mismo lugar bajo diferentes perspectivas.

Sin chocar…

Porque realmente no había punto de encuentro.

De la misma forma que Shaka respetaba sus gustos en el diseño de exteriores, respetaba su estilo de vida.

Del mismo modo, Aphrodite le pagaba con el silencio tan necesario en el interior de sus propias cavilaciones.

Quizás al final de cuenta entre silencios, entre palabras jamás dichas, entre acuerdos concertados en el mutismo y que con leves señales terminaban enredados en la faena de la búsqueda del placer no culposo y sin compromisos; ellos dos, simplemente se veían a ellos mismos.

Tan simple y egoísta como eso.

Ambos lo sabían, y realmente no le importaba.

No había más apego que el necesario cuando la soledad imperaba.

—Vamos Shaka, sé que quieres decirme algo—empujó el hielo de su vaso de vidrio labrado en hermosas figuras frutales, mientras hacía que el agua y el whisky se fusionaran de una forma más homogénea.

El rubio tomó de nueva cuenta la pequeña copa con el Martini servido, frio, con una rodaja de limón decorando la bebida, mientras divagaba en variadas meditaciones. Otro resoplo de aire turbio y el vidrio chocó con los delicados labios hasta tomar un sorbo de la dulce bebida, saborearla con parsimonia y darle paso a la garganta, concentrándose en la nimia sensación del frio recorrer cada vertebra, cerrando sus ojos, viviendo el momento. Ya tenían una semana trabajando juntos en la casa, los arreglos pronto acabarían, le daba una semana y media más según el cronograma. Sin embargo, conforme pasaban los días la pesadez que sentía Shaka en el pecho se hacía más difícil de ocultar, el humor lo delataba. Aioria y Aioros consideraban seriamente que algo pasaba para que su actitud crítica se duplicara, les enviara a rehacer las cosas e incluso a hacerlas él mismo porque los consideraba incompetentes. Era bueno ver que Aioros sabía apagar la ira de su hermano.

Otro sorbo bebido con parca lentitud, y el rostro del rubio se reclinó a un lado siendo soportado por los hombros del sueco. Nimio contacto, considerando que pocas horas atrás habían terminado enredados entre satenes. Pero así estaban acostumbrados, buscando en el otro la salida, para luego despedirse sin promesas. Así estaba bien, al menos para Shaka estaba bien.

Sin embargo era notable que la tormenta mental que sostenía el hindú era de tal intensidad que se permitió por ese momento buscar un apoyo, silencioso y respetuoso que le permitiera seguir ahorcándose en sus propios argumentos sin resentir la falta de privacidad. Aphrodite seguía en silencio, bebiendo el líquido que a pesar de frio al llegar a su garganta quemaba, para perderse en algún recóndito lugar de su organismo. Entendía que algo quería decir y al mismo tiempo no quería hablarlo. Era esa clase de contradicciones a las que se había acostumbrado cuando se trataba de Shaka. Tan orgulloso como para pedir ayuda y admitir que se estaba ahogando en sí mismo

Resopló fastidiado de esperar una respuesta que quizás no vendría, y terminó recargando su rostro sobre la cabeza de aquel, nada intimo, sólo una mera muestra de: “estoy contigo” que ellos dos ya conocían. Vio de nuevo el calendario sobre su cocina decorada en aluminio y hierro, espaciosa, de su costoso Town House donde habían terminado luego de la faena del día. Y si, ya faltaba pocos días.

—¿Este año tampoco?—preguntó al aire, con una leve turbación en su voz.

—Tampoco…

Otra vez el silencio. El 19 de Septiembre se le hacía una fecha tan dulce como amarga, tan liviana como pesada, tan triste… frustrante… faltaba tan sólo dos días para ella. Con fastidio el sueco dejó el vaso en la mesa de vidrio redonda de comedor, levantándose con deliberada lentitud, mientras pasaba un mechón de su cabello por sus largos dedos, enroscándolo con pereza mientras soltaba el aire de sus pulmones.

—Dime Shaka, ¿hasta cuándo permitirás que los años pasen sobre ti sin dejar huellas?—un leve suspiro ahogado por parte del interlocutor—. Los años pasan sobre ti como si estuvieras disecado…

La mirada azul se levantó en evidente señal de alto. Era notable que estaba traspasando los límites que pensaba permitirle. Sin más, Shaka se levantó de la mesa dejando la copa a medio probar, alistando sus cosas, en silencio absoluto. Ya Aphrodite estaba acostumbrado a esa actitud cuando veía al rubio encerrarse en una especie de capsula donde las dudas no molestaban su ideal estilo de vida.

—Gracias por el Martini y la noche—tajante, cortante—. Mañana continuamos con el trabajo, te espero puntual—sin posibilidad ni esperanzas.

Con elegancia se marchó, sin voltear la mirada.

Aphrodite sólo atinó a terminarse de beber ambas bebidas para hacer lo que se hacen con las rosas, podar lo malo.

Los preparativos siguieron marchando. Un conjunto de muchachos jóvenes ayudaban a Aphrodite de los exteriores, creando los jardines, pintando las paredes y arreglando la fachada de la cerca. Eran cinco jóvenes tan contrastante como la variedad de plantas y flores que el sueco había escogido para la decoración. Un chino de largos cabellos negros era quien se encargaba de la fachada principal. Un ruso junto con un japonés de piel tostada y cabello añil preparaban el jardín. El hermano menor del japonés, de cabello verde y hermosos ojos claros sembraba los ornamentos. Otro japonés castaño era el encargado de la pintura. Todos eran muy jóvenes y muchas veces discutían en medio faena, en especial el ruso rubio y el japonés mayor.

El ambiente esos dos días era un tanto pesado, pero Saga quien estaba más en los preparativos de los tribunales no lo notaba. Ahora que estaban terminando los últimos detalles de la primera sala, Aioria y Aioros se ocupaban de la segunda y la cocina, reestructurando el piso de madera; mientras Shaka se internaba en los detalles. El jardín estaba tomando forma y Saga veía al llegar la tarde del tribunal los avances de su hogar, sintiendo que su vida de nuevo tomaba rumbo. Curiosamente, entre Saga parecía brillar al paso de los días, Shaka se oscurecía.

Eso notaba Aphrodite al término de la jornada, con gesto abstraído, sin pensar en involucrarse, No veía necesario hacerlo, porque Shaka simplemente no daba pie a ello. Cuando el hindú estaba así era como si se sumergiera en una especie de barrera donde los demás no tenían forma ni de defenderse de los embates, como tampoco de contrarrestar. Era él y solo él, Shaka no daba espacio a nada más y eso, de alguna manera, estaba pasando factura en ese momento.

¿Era acaso que lo que Shaka estaba sintiendo por ese hombre era mucho más profundo de lo que aparentaba? Ese coqueteo inicial se volvió, de un día a otro en indiferencia por parte de Shaka y Saga estaba muy ocupado en tribunales como para notarlo del todo. El sueco pensaba en ello cuando al final de la jornada del día 18, Shaka ya siendo casi las doce de la noche seguía trabajando casi enloquecido, como si buscara escapar de los pensamientos e internarse en esa labor que le permitiera ocupar su mente en otras cosas. Aioria y Aioros ya estaban muertos de cansancios. Incluso, uno de ellos ya dormía pegando la cabeza al hombro del mayor, como gatito consentido. Los jóvenes que trabajaban con el decorador de exteriores se habían retirado entrada la noche, así que Aphrodite sólo estaba viendo cómo iban adelantando el trabajo.

¿Qué tanto podía hacer por Shaka? Él estaba convencido que nada y ya acostumbrado a eso simplemente se le sentaba a un lado a comentar los pormenores del día en el jardín, mientras que Shaka en silencio trabajaba en los detalles del decorado de la pared del comedor, grabados en dorado sobre base de yeso que había estado trabajando desde la mañana. A duras penas el rubio daba opinión al respeto, pero sabía que de esa forma le haría sentir que no estaba del todo, solo.

—¿No crees que ya es hora de descansar?—preguntó al aire, viendo que ya falta poco para las doce—. O al menos dile a los hermanos maravillas que se vayan a dormir—ironizó divertido al ver que ya el mayor andaba cabeceando, sucio de cal, madera y pintura.

—¿Aún están aquí? Si ya a las diez andan buscando desaparecer del mapa—comentó el decorador mientras aseguraba la nueva pieza de yeso en la pared.

—Están preocupados por ti—la respuesta inmovilizó por un momento las labores del rubio—. Quizás no lo creas, pero todo el tiempo que tienen trabajando juntos les han dado una idea de quién eres y como actúas, por mucho que te encierres en tu propia máquina del tiempo—los ojos azules zafiros buscaron las aguamarinas del sueco, que le hablaba con un semblante serio, jovial—. Saben que no estás en tus mejores momentos. Y creo que tienen idea del porque…

—¿Tan evidente soy?

—Vamos Shaka, el gruñón Shaka se convirtió en el: “me callo todo y ustedes no tienen voz y voto”—se burló con una leve sonrisa, moviendo sus manos al aire—. Es evidente que no estás del todo bien y el abogado como que está muy ocupado para verlo.

—No tiene que verlo…

—Shaka…—el rubio volteó ante el susurró turbio de la voz de su compañero, quien veía fijamente su reloj—. Feliz cumpleaños…

No hubo palabras.

La jornada terminó a casi la una de la madrugada. Shaka regresó al apartamento tan cansado que ni tiempo de pensar tenía y era justamente lo que buscaba. Luego de un baño rápido cayó rendido a la cama hasta el amanecer, donde madrugando como estaba acostumbrado se preparó para la nueva faena. Al otro día estaba parado firme desde la mañana, siguiendo sus labores, sin decir nada.

Así pensaba pasar su cumpleaños.

Entre tanto Saga caminaba con su hermano en los pasillos repletos de personas del centro comercial. Buscaba algo para poderle regalar en recompensa por quedarse con el libro. Y Kanon veía el asunto con una sonrisa. Su hermano había mejorado el humor en esas semanas y hasta se jugaba con él sobre su relación con Mu. Eso le alegraba, que por fin dejara todos los prejuicios a un lado y disfrutara el ser como es. De alguna manera quería ayudarlo a planear esa noche a pesar que no había respuesta de por medio. Pero Saga confiaba en que la respuesta de al menos esa cita sería un sí.

—¡Pero lo vas a aburrir!—replicaba el menor viendo el tríptico donde sólo mencionaban actividades culturales—. Yo me dormiría. ¿Cómo se te ocurre sacarlo a una cita a un teatro, o opera? ¡Eso es de ancianos!

—Sé que tu cita ideal sería un bar o disco para terminar en el primer motel de la calle, Kanon. Pero no, no quiero algo así, quiero algo que lo mantenga tranquilo y me permita compartir con él sus gustos. Es decorador, así que el arte es mi mejor opción.

—Vamos, al menos no sé, ¡llévalo a la playa y báñense desnudos!—Saga se rió animado ante la ocurrencia aunque sinceramente ni mala idea era. Hasta se imaginó el escenario y la sangre se le agolpó a las mejillas—. ¡Pervertido! ¡Ya lo estás pensando!—se jugó el menor burlándose de la cara de su hermano.

—¡Es tu culpa! ¡No me hagas imaginar cosas así!

—Pero vamos, museo, teatro, presentación musical, ¿no puedes planear algo más divertido?

—Dije que no…—se detuvo en una joyería viendo las cadenas de oro—, pensé en regalarle el nuevo libro pero me enteré que mañana viene el autor a una conferencia, debe ser por eso que no irá a trabajar—observaba fijamente un dije de una S escrita como si fuese el trazo de una brocha, de al menos unos 3 cm de alto—. Así que pensaba en otra cosa. Qué te parece ese dije con…—buscó con la vista una gruesa cadena de oro tejida—… esa cadena.

—¿Crees que te acepte algo tan costoso por un libro?

—Me he dado cuenta que le gusta llevar su nombre marcado en el pecho—replicó encogiéndose de hombros.

—¿Tendrá tatuajes quizás?—y la mente del gemelo mayor se complació en imaginar millones de lugares donde se le vería sexy un tatuaje. El rubor de nuevo le subió a la mejilla—. ¡¡ERES PEOR QUE YO!!—lanzó una fuerte carcajada mientras golpeaba en la espada a Saga, luego de verle cambiar el color.

—¡¡¡ES TU CULPA!!!

La risa de ambos, la mirada llena de complicidad, se comprendían perfectamente. Al final, Saga terminó entrando a la joyería pidiendo los dos regalos.

Entre tanto, mientras los griegos castaños se encargaban de terminar los arreglos de la cocina, Shaka yacía en el suelo del comedor con un amplio lienzo de un metro cuadrado y varias pinturas al frio a su lado, dispuestas en tubos de aluminio. Una ancha franela gris visiblemente vieja lo cubría, junto con su cabello dorado que estaba recogido severamente, con sólo algunos mechones cayendo por su rostro. Quería hacer algo impresionista, recordando que fue el tipo de arte que Saga le había comentado que le gustaba, para imprimir algo de color a la estancia seria y elegante del comedor, y así crear el contraste perfecto que necesitaba.

Con premura empezó su tarea, comenzando con los tres colores primarios, usando sólo sus dedos para crear el efecto que quería. De alguna forma, estar sobre el lienzo y con la textura de la pintura espesa y fría en sus manos le rememoró una escena en su pasado, una que en ese momento intentaba con todas sus fuerzas evadir o quitar del medio, pero que irremediablemente volvía a posarse en su memoria. Los dedos se escurrían dejando trazos imperfectos en el lienzo color beige, y su mente trabajaba de más tratando de concentrarse.

Pero era imposible…

Le fue imposible evadir esa sensación de nostalgia cuando se vio haciendo lo que acostumbraba a hacer de niño. La memoria se trasladó de forma incitante en su cerebro y no le dejó otra opción más que la de enfrentarse a ella. Recordar… con lo duro que significaba para él recordar.

Y no tuvo más remedio que dejarse llevar por el caldo de nostalgia y melancolía que ya de por si significaba beber en especial ese día…

Las temperas manchando el fino piso de mármol. Sus manos péquela imprimiendo cientos de huellas digitales sobre un suéter blanco, de deporte, concentrado en la mera actividad de darle vida a su uniforme de futbol. Su madre llegó al verlo pintando y el regaño que le había dado era bastante amplio, pero quedo callada al ver la forma en que empapado de colores, su hijo le sonreía, con su cabello a la altura de sus hombros y ya el flequillo dorado cayéndole graciosamente por su nariz.

Al final, no pudo castigarlo por ello. Con una sonrisa compresiva la mujer de largos cabellos dorados y en bucles se sentó a su lado y lo felicito al ver de qué manera le había dado color a su nueva franela de deporte, ahora que había pasado a la sub 10 de futbol. Su padre estaba orgulloso de él y dentro de poco tendrían un partido. Para Shaka, esa franela de colores sería con la que practicaría, para presentarse en el juego con el uniforme oficial, en Londres.

Sólo nueve años, peor el arte le llamaba. Sentía que los colores le permitía expresar muchas cosas, más que las letras y los números. Los adoraba, y sus padres no tuvieron reparo de comprarles desde oleo hasta pintura en frio, acuarela, cera, tiza y creyones de madera o marcadores de tinta de colores. Y mientras en su tiempo libre en su habitación se dedicaba a llenar hojas de pale y lienzo de cualquier cosa que quería pintar, en las practicas de deporte mejoraba.

Su padre estaba orgulloso de él… era su varón. Y así presentaban antes sus amigos con orgullo todos los trofeos y condecoraciones que Shaka ganaba primero en futbol y luego en atletismo, salto largo y salto alto. El hombre que se veía estoico dibujaba una sonrisa de satisfacción al decirle a la sociedad que su único hijo era todo un varón.

Y él le falló…

Le falló de la forma más ruin y asquerosa posible…

Y perdió… lo perdió todo…

—Shaka, creo que ya terminamos con el jardín del frente y…—la voz del sueco calló al verlo estático frente al lienzo a medio pintar—. ¿Shaka?

Al acercarse, quedó sin palabras al ver el lienzo. Los colores sin forma se conjugaban uno con el otro creando un asqueroso color entre verde, gris, purpura y negro, pantanoso. Shaka frente a él veía fijamente el resultado de su trabajo, con los ojos visiblemente enrojecidos, pero su temple contenido, aguantado, sin señal de debilidad más que el brillo insipiente de su mirada empañada.

—Shaka…

—Es deprimente…—fue el veredicto del diseñador rubio al ver su obra de arte.

—Un artista tiende a liberarse a través de su arte. En estos momentos tienes una tormenta tal que todos tus colores se están fusionando… creando negro…

Unos minutos de silencio… reflexión…

Paso de saliva lenta y tortuosa por su garganta…

Una conclusión…

—Aceptar lo que siento por ese hombre, es enfrentar mi pasado… Enfrentarlo, Aphrodite, es tocar heridas que no han sanado… y que sé no sanarán…

—Tal vez sea el momento de dejar de tapar las grietas de tus paredes tras el papel tapiz—el rubio dibujó una sarcástica sonrisa al escucharlo.

—Buena analogía…

Se levantó, sosteniendo la tormenta dentro de sí, decidido a no mostrarse vulnerable.

—Diles a Aioria y Aioros que boten eso, no sirve. El 21 haré la pintura. Me retiro a casa.

Y así salió, por primera vez en casi tres semanas de trabajo, antes de la hora de salida.

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