Nevadas de Memorias (Cap 03)

Shaka sigue recordando el pasado, al igual que Saga ¿Por qué las cosas tenían que terminar?

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Temas: Yaoi, lemon, romance, drama, Universo Alterno
Personajes: Shaka, Saga, Afrodita, Kanon
Resumen: Saga y Shaka dan por terminada una relación de seis años. ¿Pero cuantas heridas quedaran de esa separación? ¿Será que no hay esperanzas?

Shaka sigue recordando el pasado, al igual que Saga ¿Por qué las cosas tenían que terminar?

Capitulo 03: El Padrino

El hielo crujió en el vaso de vidrio sobre la mesa de caoba, resintiendo el cambio de temperatura. La calefacción había sido aumentada, debido a los embates tormentosos de la nevada. Saga seguía, ahora con un tercer cigarro en sus labios, absorbiéndolo con dolor, con rabia, con desconcierto. El sobre con la carta de divorcio estaba sobre la mesa, lo había abierto para releer las líneas del documento. “Conflictos de intereses” que tan adecuada sonaba la maldita frase. Con una mueca irónica y dos toques esparció la polilla ceniza del cigarro en el cenicero de su mesa. ¿Desde cuándo esos conflictos habían sido razón para una separación tan abrupta? No estaba del todo seguro… incluso, estaba llegando a pensar que dicha razón era totalmente invalida…

Conflictos… siempre ellos habían tenido conflictos… ambos eran distintas caras de una misma moneda. Chocaban en muchos aspectos… Shaka era raciocinio, él era instinto. Shaka era la tranquilidad y seguridad, Saga la mutabilidad y la aventura. Shaka pensaba, luego actuaba, Saga actuaba para pensar. Sus métodos siempre fueron distintos, sus argumentos, contrastantes, siempre habían tenido puntos de encuentros conflictivos… algunas discusiones verdaderamente fuerte, donde el rubio prefería dormir en el mueble antes que con él.

Shaka era precaución, Saga riesgo…

Shaka era orden, Saga improvisación…

Shaka era silencios, Saga una avalancha de información…

Shaka meditaba, Saga planeaba…

Shaka analizaba, Saga sintetizaba…

Shaka detallaba, Saga generalizaba…

Ambos eran una contraparte condenada a chocarse en constante armonía… ¿Cómo era eso posible? ¿Y cómo no amar eso? Entre constantes vaivenes, idas y venidas, discusiones y reconciliaciones. Entre palabras hirientes y perdones, entre sosiegos y verdaderas tormentas, ambos habían aprendido a amarse… Sabían que estaban condenados a hacerlo… Por mucho que a lo largo de esos seis años ambos habían pensado que no podrían continuar, que el  choque de caracteres era constante y certero, al final… terminaban enredados, buscándose el uno al otro… metiéndose entre sábanas…

Quizás una adicción… Tan insana y peligrosa… excitante y desbordante, misteriosa, ambivalente… completa…

Y él había pensado en todo eso antes de enredarse con el rubio hindú que desde esa noche de nevada le había llamado la atención. Recordó entonces aquella noche que luego de pedir el chocolate caliente, el joven agradeció, algo apenado y terminó dándole de pago el resto de la bolsa de galleta que había abierto. En mutuo silencio ambos comieron sus meriendas, Saga dejando a un lado el licor, sólo observándolo. No podía pasar por alto la belleza del joven hindú. Sus mejillas sonrojadas por el frio, finas y limpias como porcelana, ni un solo rastros de acné. La nariz pequeña y cincelada, un botoncito de rosa le parecía a su vista, los labios delgados por sus finas contexturas lucían apetitoso, sobre todo cuando eran enjugados entre sí al paso del chocolate. Y zafiros… dos refulgentes zafiros brillantes, resguardado por una cámara de doradas pestañas, dos cejas lisas, delgadas… un tatuaje en su frente.

—Es una tilak—habló el hindú al aire, con sus parpados cerrados, sintiendo la penetrante mirada del mayor en ese punto que había llevado a incomodarlo. Normalmente su flequillo ocultaba muy bien esa marca hereditaria.

—Sé lo que es, pero no había visto uno de tan cerca—respondió el griego, reclinando su rostro en su mano derecha con una ligera sonrisa enmarcada, más como si sintiese el pase de lo prohibido y el misticismo guardado con tanta reserva por parte del rubio. De alguna forma esa actitud orgullosa, algo pedante, pero al mismo tiempo silente, envolvente en un halo de secretos, despertó algo en su curiosa facetas de géminis—. ¿Te avergüenza de tu credo?—preguntó, sin reparo alguno, provocando que el hindú entreabriera un poco sus parpados, una señal de que estaba tocando algo que él no permitiría ahondar y que además, no le había dado la confianza de dirigirle tan tranquilamente una conversación—. Porque lo ocultas con tu cabello.

—No me avergüenzo—ladeó un poco su rostro para hacerle sentir escuchado y al mismo tiempo ignorado. De medio lado, con su vista a cualquier punto lejos de él, como si hablase con la sombra en vez de la persona—. Me incomodan los curiosos—resaltó, con cierto deje de acusación. El gemelo fijo una mirada penetrante en el más joven, intrigado, realmente intrigado por ese muchacho.

—¿Qué edad tienes muchacho?

—¿Cree que por ofrecerme esta taza de chocolate caliente tiene derecho de ahondar sobre mi vida?

La mirada severa del de ojos azules había sido clara. No quería hablar, no le provocaba en lo mínimo intercambiar datos personales con ese hombre y hasta de seguro estaba pensando en pagar esa taza de chocolate aunque tuviera que gastar todo lo que había vendido, sólo para no tener que deberle nada.

Y así fue, apenas se tomó el chocolate caliente sacó su billetera y dejó la totalidad de lo que debía la taza, caminando para retirarse. El gemelo lo observó de reojo, verdaderamente excitado ante la idea de atravesar la enorme barrera que el joven colocaba. Se permitió en ese momento observarlo detalladamente, notando la altura, la contextura, al menos veinte años debía tener, él tenía veinticinco, realmente no era tan mala la diferencia de edad. Y sus formas de responder delataba que no hablaba con un jovencito, sino con un verdadero hombre en su actuar. Si, esa noche había quedado prendido de la atmosfera hindú.

Tanto fue su impresión aquella noche que no dudó en seguirlo. Su hermano al darse cuenta en aquella tarde como esperaban estacionado viendo al hindú vendiendo las galletas, le había dicho que era una locura, que estaba paranoico, y que no podía creer que cayera al nivel de ponerse a perseguir al jovenzuelo. Pero Saga sonreía, veía a su presa, la estudiaba todas las noches cuando después de las ocho se dirigía al metro. Le siguió en la siguiente para ver en que parada se quedaba. La noche consecutiva lo esperó en aquella parada y vio como caminaba cinco cuadras hasta llegar al humilde hogar, en un edificio bastante antiguo. No le costó, a partir de allí, saber el número del apartamento.

Kanon seguía recriminando, diciendo que era una verdadera locura.

Saga en cambio, por cada hora que pasaba sentía más deseos. Planificaba, maquinaba la manera en la que se acercaría a los padres de ese rubio, sin que él lo notare. La bolsa de las galletas siempre estaba en sus manos desde esa noche…

Tal vez era una obsesión… ¿pero entonces necesitaba llegar a los últimos términos para curarse de ella no?

Ahora en el restaurant se daba cuenta que esa obsesión quizás, mutó violentamente a un interés sincero… luego a amor… El rubio había logrado transgredir sus barreras antes que el mismo se hubiese dado cuenta. Y es que en ese momento que lanzaba otra larga bocanada de humo al aire, Saga recordaba la cara de espanto con la que Shaka lo vio al llegar a su casa y verlo sentado comiendo galletas de chocolate con sus padres, un mes exacto luego del encuentro. El rubio subió la ceja denotando desconfianza y miraba de reojo en cuando pudo, hasta cruzar al pasillo que llamaba a su habitación.

—Mira Shaka—comenzó la mujer, una hermosa hindú de piel canela cabellos largos y lacios, tan lacios como los de él, rasgos tan finos como los de él—. Buda nos ha traído un buen samaritano—. La expresión de Shaka era de todo menos de confianza.

—Ha estado visitando nuestra tienda de tejidos desde hace unas semanas, se ha vuelto nuestro nuevo mayorista y además, nos consiguió un préstamo para poder extender nuestro productos—hablaba el padre, visiblemente emocionado. Una sonrisa de medio lado adornó los labios gruesos del mayor, al ver lo bien que había logrado manipular a los dos mayores y detallar, esa mirada escrutadora con la que el menor lo observaba—. Incluso, se ofreció a ayudarte…

—Me niego.

Dos palabras, media vuelta y la peor indiferencia, antes de cerrar su habitación. Lo demás fue un verdadero escándalo, el padre de Shaka golpeando reiteradamente la puerta para hacerlo entrar en razón, la madre reclinándose frente al griego pidiendo que lo disculpe, mientras este último reía a sus adentros. Su reacción había sido inesperada y sorpresivamente orgásmica. Le daba deseos de seguir golpeando hasta traspasar la fría barrera con la que se escudaba.

Para él fue una verdadera sorpresa encontrarse con que ese hombre en realidad apenas era un joven de diecisietes años, las galletas era la forma de recolectar el dinero necesario para ir una academia, su sueño era trabajar en una prestigiosa universidad como docente,  pero necesitaba dinero. Saga para ese tiempo contaba con una muy buena reserva. Se convirtió en el padrino del muchacho, ante los gloriosos clamores a buda de sus padres y la mirada penetrante del menor, que por ser menor de edad, no tuvo otra opción más que aceptar.

¿Quién iba a pensar que ese mismo hombre terminaría llevándoselo de la casa? ¿Qué ese mismo hombre que lo llamaba enviado de buda, terminaría maldiciéndolo por enfermar a su muchacho? ¿Qué la mujer lloraría porque engatusó a su pequeño hijo? ¿Qué Shaka, con el dolor de su alma, dejaría a sus padres por seguirle? Y habían pasado seis años desde eso, Shaka no volvió a comunicarse con sus padres, cualquier intento terminaba con su madre siendo llevada a la clínica por una baja de presión… Shaka se había quedado sin nadie.

Y allí estaba él, quien lo sacó de su cuna, lo llevó tras él, lo envolvió en la gravedad de su mirada, se dejó encerrar en las prisiones de agua que significaban esos orbes azules. Allí estaba con el sobre en mano con el cual lo dejaría irremediablemente solo. ¿Qué haría Shaka ahora que lo dejaría libre? ¿Volvería con sus padres? No, Shaka no era hombre de retroceder, ni mucho menos de lamentarse. Ese hombre sólo sabía mirara hacía adelante, dejar de lado sentimientos, caminar con el fin de armarse su propia seguridad. Shaka no era un hombre de remordimientos…

Si fuese Shaka quien estuviera en su lugar, ya esa carta estaría firmada…

Si fuese Shaka quien lo cortara, con la mayor frialdad posible hubiera colocado su anillo de bodas en la mesa, con la carta, se hubiera marchado con la frente en alto, sin mirarlo…

Pero él no era Shaka, ni poseía esa frialdad, esa forma casi innata de esconder sus emociones al máximo, actuar sin darle mayor importancia a los sentimientos de los demás.

El mismo decía que no había sido dotado de mucha misericordia… Saga estaba al tanto de ello.

Cada crítica emitida de sus labios era certera, mordaz, hasta cínica. Cada desplante, severo, cortante, decidido. Mientras más se acercaba a él, más probaba el amargo y excitante sabor de la derrota… temporal. Pero él estaba decidido, de alguna manera el hindú era un imán que saboreaba con extremo placer premeditado aún de lejos. Lo seguía, lo rodeaba como el puma a su presa y esta, permanecía inmóvil, vigilante, al pendiente del mínimo movimiento, para escurrirse de sus brazos, dejarle con las ansías, adornadas de una sonrisa controladora con la que el hindú adivinaba sus intenciones.

Fueron seis meses, aprovechando su calidad de “padrino” del muchacho, como sus mismos padres le dijeron, para ayudarle a estudiar en la universidad que quería, pagándole él la matricula, aunque el rubio, una tarde otoñal, había sido bien firme.

Aún lo recordaba, como en una plaza donde el pidió que lo llevaran, se detuvieron viendo los frondosas arboles dejando ir las hojas secas, coloreadas de carmín y naranja, colores de fuego. Para ese momento, ya Saga se replanteaba que estaba haciendo. Un conocido ingeniero en su campo, con una carrera en alza, pronto le entregaría un cargo gerencial y estaba detrás de un jovencito que acababa de cumplir sus 18 años, que no tenía reparo de hacerle ver que no tenía interés alguno, pero que cada no… le sabía un si silente, un desafío… un reto.

¿Y era sólo eso?

¿No era más?

Esa tarde respondió esa pregunta…

—Y bien…—comenzó el joven, enredando su cabello con uno de sus largos dedos, de forma circular, movimiento que no pasaba desapercibido a los ojos del mayor—, ¿cuando viene tu propuesta sexual?—preguntó directamente.

Saga volteó tan rápido como pudo, con sus jades desbordadas, impresionadas ante tan cruda y nefasta sinceridad. Si bien era cierto que en sus inicios sólo le interesaba acostarse con él, se dio cuenta que conforme pasaba el tiempo había más, había mucho más… No quería sólo el cuerpo del hindú, quería esa alma que era un acertijo de sensaciones desde rutinarias hasta asombrosas, ese oasis paradisiaco tranquilo y al mismo tiempo fascinante. No quería sólo su cuerpo… lo quería a él por entero, corazón, alma, mente, cuerpo… pensamientos… voz…

—Ya no sólo es sexual—respondió con la misma franqueza. El hindú entrecerró su ceño, ladeando un poco su mirada para mirarlo desde abajo, con zafiros analizadores.

—¿Me va a decir que ahora estoy frente a un hombre de buen corazón?—El cinismo con el que lo dijo hizo esbozar una ligera sonrisa maliciosa en el griego.

—No… estás frente a tu padrino—el rubio enarcó una ceja curioso—, que busca con el tiempo convertirse en tu todo…

Y lo logró… para la desgracia de aquel…

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