El Sacrificio del Cordero (Cap 03) Final

Saga ha decidido consumar su recondito deseo. ¿Podrá hacerlo antes de morir por el poder del rosario?

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Temas: Yaoi, Rape, Violencia, Muerte de Personaje, Universo Alterno
Personajes: Shaka, Saga
Resumen: Saga es un vampiro que desde tiempos milenarios está en búsqueda de su mayor presa y de nuevo la ha encontrado, en sacerdote asentado en las calles frías de Londres.

Saga ha decidido consumar su recondito deseo. ¿Podrá hacerlo antes de morir por el poder del rosario?

Capitulo 03: El Sacrificio

El cordero será sin defecto, macho de un año: tomaréis lo de las ovejas ó de las cabras:

La noche de nuevo había arropado la ciudad y el frío otoñal sacudía las largas piernas del rubio. Cubierto con su bata de satén esta vez por el frío había decidido no ir al balcón. Estaba seguro que como en siglos anteriores, luego de un enfrentamiento de tu a tú, el conde Saga no regresaría hasta entrada las semanas. Siempre ocurría lo mismo, él le tentaba, Saga huía, y seguían inmerso en esos juegos en donde ambos eran víctimas y victimados, un teatro absurdo donde ambos se negaban lo que querían y que estaban, condenado a repetirse hasta que eso sucediera.

Ciertamente el también lo deseaba.

Y no se trataba de un hambre de siglo, sino del conocimiento astral en que se convertiría el ser dueño y al mismo tiempo objeto de ese hombre inmortal que guarda dentro de las pupilas sin más vida que la sangre fresca, la sabiduría de milenios. Lo seguía por ello… quería el conocimiento.

Si se podría decir era la avaricia del conocimiento del bien y el mal, el todo… era una oferta que no se podía tentar mas él tampoco quería hacerlo. Simplemente vivir esos últimos instante clavando sus uñas en el cuerpo de siglos y siglos penando y conociendo; para así conocer y alcanzar la última etapa, el paroxismo… el nirvana.

Shaka…

Ese era el nombre que en meditaciones su propia alma se hizo llamar. Nacido de una familia millonaria hindú, decidió buscar lo que le faltaba: conocimiento, la verdad absoluta. Partió y se hizo seguidor de las sanas doctrinas cristianas, más no encontraba lo que buscaba… pronto consiguió la confianza para transgredir documentos de mayor privacidad e importancia de la iglesia y aún así, en ese conocimiento velado, no encontraba lo que buscaba… Y empezó a preguntarse que era. De esa manera terminó buscándola en sí mismo.

Las filosofías judías y romanas dejaron de serle suficiente.  En búsqueda del mayor de los saberes se internó en nuevas filosofías, el budismo, hinduismo, y todas las otras corrientes orientales se hicieron ahora parte de su lectura ávida. Buscaba desesperado algo que le diera respuesta. Reencarnaciones, caminos del medio, almas, ¿Dónde estaba lo que le faltaba? ¿Qué buscaba? Hasta que lo encontró, en profundas meditaciones extremas con su yo, él con él, nada y nadie más, lo llevaron a la respuesta de sus preguntas.

Shaka…

Ese era el nombre de su alma que durante siglos había reencarnado una y otra vez, junto al rosario que le protegía desde niño. Shaka el antiguo budista que se hizo espacio en la iglesia católica que empezaba a sentarse con fuerza en el siglo 4, con un único ideal, buscar la llegada final al paranirvana y condenar a aquellos muertos que atentaba contra el ciclo de la vida terrenal. Todo inicio, tiene su fin.

Usó su belleza para doblegar y seducir a los nómadas de la noche. Con todo su poder de control y manipulación los hacía caer presa del movimiento de sus manos y labios, enredándose en los deseos prohibidos de aquellos, enredándolos y capturándolos en la prisión de oro de sus cabellos para luego condenarlos, a la muerte fría y sin misericordia sellando sus almas finalmente en el rosario.

Nadie podían tocarlo más allá… su cuerpo se mantuvo virgen hasta la muerte y creyó haber cumplido lo que llamó para sí la misión de vida. Sin embargo, sólo un hombre había podido liberarse de él. Sólo uno tenía el orgullo de la muerte tan arraigado que prefería sufrir el hambre de un deseo no concebido que la muerte en sus entrañas.

Saga…

¿De esa forma, como podría matarlo?

Miles de forma buscando embaucarlo fueron totalmente en vano. El hombre se escurría cuan sombra y se negaba a sí mismo a ceder un solo ápice de su sapiencia y poderío ante el fruto de la tentación. La voluntad de aquel empezó a hacer mella en lo que consideraba su misión, para convertirse en la puerta de un deseo inhumano y clandestino que se quedó clavado en su alma y que le ha permitido, y al mismo tiempo condenado, a pesar por siglos enteros y reencarnar hasta haberse sabido satisfecho: lo deseaba. No podía pensar en otra cosa más que en el momento en que sus falanges blancos irrumpieran en aquella nuca, desenredando la larga cabellera negra por la noche, clavándose en los iris carmín para luego ofrecerle voluntariosamente su cuello, su sangre, con sólo un objetivo: convertirse en parte de él.

Pero él también tenía orgullo.

Y no pensaba entregarse por fin a los brazos del deseo prohibido sin que él, al menos entregara un precio equivalente. Shaka quería morir y romper el ciclo de reencarnación que desde el siglo 4 se hizo presente y para hacerlo estaba consciente que sólo había una manera: consumar su deseo… y encontrar la clave al nirvana.

Y habéis de guardarlo hasta el día catorce de este mes; y lo inmolará toda la congregación del pueblo de Israel entre las dos tardes.

Cansado de pensar al respecto decidió simplemente esperar que el día volviera a llegar, seguir con su rutina como siempre. La bata de satén vino tinto se amarraba a su cintura de forma elegante, mientras que el rosario surcaba con sus piedras el labrado pecho descubierto. Bajó las escaleras con una parsimonia suave, moderada, casi como disfrutando de cada paso dado en la alfombra de pelo corto que engalanaba cada escalón, descalzo, dirigiéndose hasta la cocina para tomar un poco de chocolate caliente. El enorme ventana y puerta de vidrió que llevaba al jardín estaba iluminado, algunas pocas cruces engalanaban la decoración occidental y sólo una lámpara al lado del mueble de tres plazas era la que iluminaba la oscuridad de la noche.

De esa forma llegó a la cocina y se sirvió una taza del suculento chocolate caliente que había preparado hace rato. El amargo y a su vez dulce sabor lo inundo de sensaciones placenteras, enjugándose sus labios algo irritados por el frío y disfrutando de la textura espesa cruzar por su garganta. Probaba aquel elixir con verdadero placer, recostándose en el sofá de piel de terciopelo negro, con algunos cojines de color plata y café, dejando que una parte de su bata se resbalara por el suelo y mostrara una de sus esbeltas piernas en perfecta desnudez.

Con lentitud fue probando sorbo a sorbo el delicado y placentero placer del calor del chocolate en su organismo, con aquel olor extremadamente sensual que le erizaba cada vello en su cuerpo, relamiendo sus labios en el proceso, cerrando sus parpados y viviendo, como si fuera él último, cada pase por su tráquea para terminar cayendo al vacío de su estomago.

—Sangre y chocolate… una deliciosa combinación…

La palabras escuchadas en su propia mente hizo que los parpados abrieran paso con rapidez, mostrando la consternación de ese rostro que hasta ese momento se había mantenido neutral y buscando, con su vista el origen aunque estaba ya plenamente convencido de quien era. La voz la reconocía, con ese tono lúgubre lleno de peligro, con ese sabor marcado a lo terrenal y carnal: primitivo. La voz ronca y sensual del único vampiro que aún no había logrado domar. Saga Gemm Idids.

—Siempre ha sido la sangre el elemento común para la paga de pecados en todas las civilizaciones.

De nuevo la voz. El sacerdote dejó la taza vacía en la mesa de la lámpara, que tenía una Biblia cerrada a su lado. Se sentó con orgullo en el sofá, cerrando sus ojos, buscando el lugar donde el vampiro lo esperaba. Una caricia furtiva de aire atravesó toda su médula, erizando cada vello de color dorado que surcaba su virgen cuerpo, virgen de siglos…

—Catorce veces has reencarnado… Catorce veces has venido a interrumpir mi pasajera paz—reclamó con voz airosa al borde de su oído. El sacerdote dibujó una sonrisa llena de satisfacción al sentirlo.

Transmutándose entre los elementos, al paso del poderío arrollador; el vampiro se abrió espacio finalmente entre los ventanales de vidrio frente al mueble, calcinando sin reserva cada elemento religioso que aguardaba la sala, el lugar menos protegido, según él. La sonrisa beatifica se formó en los labios con sabor a chocolate.

—¿Conoces que se hace con un cordero virgen, guardado por catorce días?—preguntó, dando otro paso más y ya sintiendo como el rosario empezaba a activar su poder y robar sus fuerzas.

El fuego se extendió desde la mesita haciendo corto por la lámpara hasta quemar la variada toma de corriente alterna en el lugar. El papel tapiz y la alfombra empezaron a tomar fuego, lenta y tortuosamente, mientras que el párroco se puso de pie y le enfrentó con la mirada.

—“Ninguna cosa comeréis de él cruda, ni cocida en agua, sino asada al fuego…”—susurró el sacerdote con un tono de voz teñido de enfermas expectativas.

—“… su cabeza con sus pies y sus intestinos. Ninguna cosa dejaréis de él hasta la mañana…“

Con velocidad el demonio se encrespó entre sus piernas para luego saltar con furia hasta el sacerdote, que protegido por la reliquia soportaba de pie las olas de energía que amenazaban con matarlo de golpearle directamente. Los ojos azules se encontraban con los carmín, en una lucha tectónica por el dominio de las energías oscuras contra aquellas celestiales que planeaban inmolarlo. Saga estaba decidido a dominar aunque con ello su cuerpo fuera destruido, aquel maldito rosario para tomar, al menos una vez, esa piel tersa entre sus manos, probarla… comerla…

Y el fuego se extendía subiendo por la alfombra de las espaleras. El mueble empezó a agarrar calor, calcinándose primeramente la tela debajo y en contacto con la alfombra, para ir subiendo, y consumiendo, convirtiendo en un verdadero horno todo el lugar. Las energías en choque creaban más fuego a sus alrededores. Las garras que se calcinaban y renovaba al paso de cada centímetro se iba acercando peligrosamente a las cuencas, creando más calor, más fricción.

—Atrápame…

El murmullo convertido en un pedido por parte del celestino… Tomado como orden por parte del vampiro…

Las garras que se abrieron espacio, espantosas, de al menos 5cm de largo y filosas que prometían convertir su piel en jirones de carne y sangre seca esparcida por todo el suelo. Garras que tocaron una de las cuencas y activaron el poder más espantoso del rosario, levantándose este como si levitara en el espacio y esparciendo así con su poder los hilos dorados que formaban un gracioso danzar en la inmaculada nada en que se había convertido el terreno donde ambas fuerzas se enfrentaban.

Y veía el sol de nuevo… Tras esa cabeza de mármol y cabellera de oro, el cabello se esparcía como rayos de sol en el cielo y al infinito, El flequillo se elevaba mostrando el centro iris de sus penitencias, aquel punto místico que quería saborear con su lengua. Y la capa fue calcinada y convertida en polvo. Ante el poder del viento que se movía huracanadamente entre ellos, la bata de vino se elevaba y daba paso a la vista de la desnudez sacerdotal. Zafiros y rubí clavados uno sobre el otro… un pedido… una penitencia… una orden…

—¡¡¡CONDENAME SAGA!!!—el grito de su voz melodiosa teñido de sangre.

Las cuentas se esparcieron como balas de cerámica y arcilla a lo largo y ancho de la habitación, partiéndose el rosario en pedazos al no soportar el choque de energías y dando paso para que aquella garra por fin tocara el fino cuello de cisne y lo estrujara hasta la alfombra rodando un tanto a cada lado, con su poder haciendo reminiscencia y eco entre ellas, buscando de nuevo acomodarse para rodear el cuello del vampiro.

El fuego se extendía, y la sensación suave de ese cuello entre su palma le había creado una corriente de lascivia en su piel, nublando sus sentidos con verdadero deleite. Relamió sus colmillos ya brillantes, imaginándose lo que sentiría al clavarlos en la nívea piel. Con deliberada calma y sin importar que ya las cuentas empezaban a reunirse; la mano en el cuello fue descendiente dejando tres caminos de sangre en forma descendente, creando dolor y placer premeditado, brotando fina sangre carmín que le daba ese olor, delicioso, ante su olfato… bajó hasta el pecho, esta vez uniendo su otra mano en la faena, para arañar con fuerza y sin misericordia ambos pectorales y bajar de esa forma hasta el vientre, dejando ríos… ríos de sangre.

—¡¡¡ARGHHH!!!—se quejó el de dorados cabellos con las piernas abiertas ante el comensal de su propio festín.

Y aquella noche comerán la carne asada al fuego, y panes sin levadura: con hierbas amargas lo comerán.

La lengua tortuosa comenzó a subir desde la base de su ombligo ya delineado con las garras, saboreando la sangre que se escurría a su paso, y gimiendo como animal al por fin tener lo que más deseaba entre sus garras. Con frialdad y deseos fue subiendo lamiendo toda extensión, mientras las garras sin misericordia creaba verdaderos surcos de sangre en la espalda del sacerdote, haciéndolo gritar del horrible dolor sentido, encorvando su espalda, golpeando su cabeza al piso. Y las falanges blancas se internaron en la cabellera negra, apretando, jalando, provocando gruñidos de molestia para ser golpeado por la poca fuerza maligna que aún quedaba encerrada en el cuerpo del inmortal, mientras que el rosario se iba reconstruyendo a su alrededor, uniéndose… formando el circulo del sacrificio.

—¡¡¡HAAA SHAKA!!!—gimió azorado al sentir la dulzura de esa sangre virgen al paso de su garganta, clavando sus colmillos en las clavículas, arañando ahora los glúteos—. Tu sangre… ¡tu sangre!

Su cabeza llevada con ímpetu por el poder de los brazos blancos. Sus labios apresados por el hambre carnal de un escogido por los cielos. La lengua de Shaka se internó indecorosa por los parajes desconocidos de esa cavidad caliente, probando el sabor metálico de su propia sangre. Mientras que en reprimenda sintió como las garras se clavaron sin misericordia, haciéndolo gritar, moviendo su cabeza hacia atrás… mostrando su esbelto cuello con la vena principal palpitando de la excitación.

Y el fuego consumió con el poder del rosario las ropas del vampiro, que desnudo y resintiendo los embates celestiales se abrió espacio violento dentro de las entrañas sacerdotales, de forma animal, placentera, sexual, una cúpula de bien y mal que planeaba destruirlos a su paso.

El fuego consumía los cuadros que caían calcinados al suelo. La piel se convertía y vestía en un manto de brebaje de vida… La bestia bebía lentamente conforme sentía que todas sus fuerzas se desvanecían. Para volver a subir… volver apresar labios… Besar.

Beso de sangre…

Las manos del hombre de cabellos dorados apretaron su espalda con fuerza y seguridad, rodearon cada pliegue, mientras enredaba sus piernas a la cintura de quien lo tomaba, resintiéndose al dolor que aún así, no era nada comparado al hambre de siglo que aquejaba a su alma desde mucho, mucho tiempo. El saber que por fin conseguiría lo que buscaba… que por fin hallaría el descanso, le hacía posible soportar el dolor de aquella embestida animal y convertirlo en el placer del deseo conjurado.

Y la lengua rugosa del vampiro tocaba hasta su garganta, lastimando labios con sus colmillos, mientras las garras ahora se clavaba a las piernas blancas abiertas, con el sexo celestial estrujándose en medio de ambos cuerpos sudorosos y sangrantes. Una de sus manos, que evitando lastimar tan preciosa carne, la manipuló para darle salida a los más primitivos deseos del virgen, queriendo escuchar la coral que daba paso a su ritual.

—¡¡HA!!! ¡¡Saga!! ha… mmm ¡¡ha!!

Mejillas color carmín. Su cabello jalado con violencia por las manos blancas, los zafiro enrojecidos por las lágrimas del dolor que le era perpetrado y el placer que le hacía sentir las endemoniadas caricias, el azul cielo que se desparramada ante él con la lujuria que teñía ya su piel. Y estocó por primera vez desarmando defensas, gimiendo… oyendo los jadeos, arrancando cabellos dorados a sus pasos y viendo la yugular latir con tanta rapidez marcada en la enrojecida piel del cuello a su disposición, esperando ser devorada, comida, hasta el hartazo.

—¡¡HA!! Hmmm Sag… ¡¡Saga!!

Y los delirios de placer arrebataron la cordura del santificado, provocándole una danza meramente carnal, moviendo sus caderas, acariciando y golpeando a diestra y siniestra, al paso de la poderosa espada inmortal que le destruía las entrañas; junto con los gruñidos de un placer más allá del entendimiento que el vampiro había dejado de disfrutar desde hacía siglos y que ahora volvía a sentir, con la plenitud de su juventud, pese a que el rosario se comía todas sus fuerzas divinas.

Cada embestida le enviaba vida… en cada embestida veía luz… luz de los cabellos que se teñían de sangre y el brillo del fuego que consumía las paredes y la alfombra bajo ellos, comenzando a hacer un calor inmensurable. Corrientes de deleite… goce… para Saga: vida. Para Shaka: muerte al paso del nirvana.

El orgasmo que arropó ambos cuerpos arrojándolos al vacío de la nada y la conjunción del todo… orgasmo que fue sellado con la mordida en el cuello con el cual el vampiro empezaría a beber de la sangre caliente y llena de adrenalina, que brotaba a presión, deliciosa, llena de los placeres orgásmicos de un cuerpo sucumbiendo al goce.

Brazos blancos que se clavaban en la espalda blanca… cabellos negros que daban pasó al añil…

La inmortalidad que era sellada… antes de castigar con la muerte por la herejía…

El rosario que ya unido se amarró en ambos cuellos creando fuego divino que terminó llenando sus cuerpos. Aderezado en un grito entre dolor y placer sumergido en la misma materia del cosmos.

Y Shaka vio la luz final del túnel que terminó llevándose su alma, dejando caer sus brazos a los lados, sin vida, con sus parpados azules perdidos en el firmamento y el fuego; la sangre que abandonaba su cuerpo.

Lágrimas del de nuevo mortal que sentía el dolor de las quemaduras en su cuello y la forma en que su alma era sellada por la sangre divina del cordero inmolado que fue necesario para el pago de sus pecados y la purificación antes de la muerte.

La piel antes inmortal que se convertía en polvo de vida y muerte… se deshacía… luego de probar la última gota de sangre.

…y lo que habrá quedado hasta la mañana, habéis de quemarlo en el fuego.

Para el día siguiente, sólo quedaba cenizas de aquella construcción. Un solo cuerpo calcinado… las cuentas del rosario totalmente a salvo, completo… sin mancha…

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