Amor y Libertad (Cap 01)

Saga Andreatos es un joven empresario dueño de una cadena de comida rápida más grande en Grecia. Sin embargo termina encontrando una flor de lotos que querrá obtener, sin importar que tan costoso sea el precio.

Anuncios

Temas: Yaoi, drama, Angst, romance,  Universo Alterno.
Personajes: Shaka, Saga, Natasha (Madre de Hyoga), Violette, Aiacos, Hades, Pandora, Kanon, Sigfried
Resumen: Saga Andreatos es un joven empresario dueño de una cadena de comida rápida más grande en Grecia. Sin embargo termina encontrando una flor de lotos que querrá obtener, sin importar que tan costoso sea el precio.
Dedicatoria: A Karin, Athena_Arianna, Ale_Chan, Kimee, Luribel, Olgamar, Itzeldeleo, Shaka121, Lestath, Maiza Herlo, Lislee, lightless_cynth, Lola, Sahasara, Jaelinna, Haydeets y todas las miembros del club Santísimo Pecado Geminis x Virgo

Capitulo 01: Atracción

Saga Andreatos. Nacido de familia humilde en Grecia, su padre lo levanto a él y al hermano Gemelo, Kanon, con puño y sangre. Lidiando con la enfermedad de la madre, con los gastos de estudios de los jóvenes, con la crisis propia del país, el hombre trabajaba hasta 17 horas diarias para darle una vida más cómoda a sus hijos, y poder mantener a su madre mayor tiempo con vida. Sin embargo, la muerte les visito de improvisto…

Trabajando como taxista, el hombre fue asesinado cuando ambos hijos tenían catorce años. La mujer, desolada, entonces salió a buscar trabajo por sus hijos, haciendo caso omiso de la enfermedad que la aquejaba. Aún así, los gemelos, admirados durante años por el esfuerzo de su padre de darles una vida justa en base del trabajo duro, frente a su tumba juraron cuidar a su madre y salir de la pobreza. Una promesa entre ambos, donde juraron que juntos le regalarían a su madre un mejor lugar para vivir y la medicina que necesitaba para sobrevivir. Así fue, que con tan sólo catorce años, los jóvenes entraron a la venta de comida rápida, desde abajo, primero haciendo las limpiezas de mesas y baños y escalando conforme avanzaba el tiempo. Dejaron sus estudios e invertían parte del dinero en mantener el dinero y su casa, y lo que quedaba, era ahorrado en un fondo común en mira a cumplir su promesa.

Fueron años, años de esfuerzo… años donde ambos gemelos trabajaban en dos horarios distintos en dos entidades. Luego, armaron una venta de comida rápida en su propia casa, aplicando lo que habían conocido a través de esos empleos. Llegando ahora a trabajar las noches en vez de descansar. La salud de su madre empeoraba y los gemelos se esforzaban para poder ayudarla y pagar los medicamentos que necesitaba. Sin embargo, la muerte no hace tratados de paz con la vida… a los dieciocho años, la mujer murió cuando sus hijos por fin pudieron levantar un local.

De eso ya había pasado diez años. Con el recuerdo de sus padres que les enseño del valor de la vida y del trabajo duro, de cómo es más importante proteger a lo que amaban por sobre el dinero y la vanidad; ambos lograron levantar una cadena de comida rápida que al poco tiempo se volvió franquicia y que para esos momentos estaña en vísperas de abrir locales en el extranjero, siendo los principales puntos vistos por los griegos Francia, Suiza, Italia e Inglaterra. Justamente, para ese momento Saga estaba caminando por el centro de abordaje del aeropuerto de Londres, donde iría a afinar meros detalles de la transacción legal con la cual empezaría a multiplicarse su franquicia en ese país. La humedad del ambiente le sentaba bien, mientras caminaba por los pasillos atestados del edificio y escuchaba en diferentes idiomas la voz que guiaba a los pasajeros a sus diferentes destino.

Tal como había pedido, un chofer contratado lo esperaba a las afueras del lugar, listo para comenzar varios recorridos. Desde centro de comercio mercantil, aduanas y embajadas, Saga pasó el día entero realizando diligencias pertinentes y viendo de nuevo el medallón que colgaba en su cuello, con la foto de su madre y padre, las dos personas que más amaba y admiraba. ¿De tener familia? Aún saga no la tenía. Había conocido un sin número de mujeres pero las que de verdad le llamaban la atención no estaba n dispuesto a tolerar su lema de vida: trabajo y más trabajo. Y él era un hombre que no gastaba más de lo necesario mucho menos en un capricho. Podía ser detallista, si, pero no significaba que iba a destinar una fortuna en un par de zapatillas o en una cadena de oro con diamantes. Incluso, su forma de vestir sin dejar de ser elegante y sobria, no era portentosa ni demasiado costosa. Valía lo justo para él, tomando en cuenta la calidad y buen gusto, sin terminar dejando una fortuna por ello. Saga no creía en banalidades como la marca ni se regía por lo que dictaminara la moda. Demasiado reservado y en exceso ahorrador.

Pensando en muchas cosas veía como el anochecer caía sobre la ciudad, con un hermoso trabajado de acuarela en el cielo entre los grandes edificios vanguardistas y algunas edificaciones de arquitectura renacentista y barroca. Ciertamente necesitaba un poco de relajo, y no se trataba del tipo que se obtiene durmiendo en una cómoda cama con un buen vino al lado y música clásica de fondo. Necesitaba sexo.

Más sin embargo, Saga sabía perfectamente que cuando necesitaba descargar pasiones no era para nada sano buscarse cualquier mujer en la calle y pagar por unas horas, además, que no era todo lo que buscaba. Quería una mujer con la cual poder hablar durante largas horas, que lo hiciera sentir comprendido, y que luego, desplazaran los términos de la discusión y debate mental debajo de las sábanas. No había algo más efectivo para mantener la atención de Saga totalmente centrada que un buen conversador que tuviera dominio de infinidades de temas. Y si bien, Saga no contaba con un titulo, si contaba con conocimiento adquirido por ser un ferviente lector y devorador de documentales varios. En su departamento en Grecia contaba con una gigantesca biblioteca de distintos libros, material multimedia y colección de revistas documental y científica que se encargaba de leer como una religión todos los días. Incluso, en su maletín llevaba un libro que estaba leyendo dispuesto a ser devorado esa noche, luego de haber suplido sus intimas necesidades.

—¿Conoce un buen lugar donde se pueda conseguir damas de compañías?—preguntó en su idioma al chofer, que lo vio de reojo por el retrovisor con una expresión como si buscara la información. Duraron al menos diez minutos en silencio.

—He escuchado de un sitio que tiene buena trayectoria, un poco costoso, pero a todos los que he llevado allí han regresado bastante satisfecho. Se llama Parajes del Nirvana, tiene quizás unos 25 años trabajando y no se le ha escuchado un solo rumor o problema de ninguna índole.

—Tiene buena referencia entonces.

—Así es, está situado en una mansión a las afueras de Londres, un paraje arreglado como si estuvieran en la aristocracia. Hombres y mujeres puede encontrar por igual. Recuerdo que un embajador japonés me comentó que era lo más cercano a la cultura de las geisha que había conseguido en el occidente—en ese punto el empresario frunció un tanto el ceño—. Ya sabe, esas mujeres que cantaban para entretener a sus clientes.

—Y que no se acostaban con ellos al menos que ellas lo decidieran y con un alto costo…—completó el griego con visible contrariedad.

—Mmm… si es así entonces debieron conseguir más que buen sexo para venir tan complacidos. Le digo, he llevado a varios, desde empresarios de los Estados Unidos, futbolistas Europeos, adinerados de África y Asia. Todos han regresado con una visible satisfacción—le comentaba el chofer viendo a su cliente por el retrovisor—. Incluso… ahora que recuerdo bien. Una buena parte llegaban hablando de la maravillosa Flor de Lotos.

—¿Flor de lotos?—repitió interesado.

—Así es, parece ser algo sumamente especial. Decían que no había conoció algo más misterioso y excitante como ello. Desconozco de que se tratará.

—Llévame, ya me dio curiosidad.

Sin más que hablar, el griego regresó a la comodidad del asiento en el auto, mirando la ventanilla mientras la ciudad era dejada atrás y ahora se veía la gran autopista que los llevaría a su nuevo destino. Si bien, lo que buscaba además de conversación era buen sexo, quizás la opción de un lugar que un japonés catalogo lo más cercano a la cultura de las Geisha no era del todo el más idóneo. Pero esa venita curiosa fue tocada con los comentarios y quería saber que era la tan afamada flor de lotos que tanto hablaban.

Al cabo de una hora por fin el automóvil dejo de moverse siempre en línea recta para cruzar a la derecha. Una mansión lujosa y amplia, con capos de golf, a lo largo, un jardín gigantesco y enrejado de hierro forjado lo esperaba, notándose la construcción al final, al menos unos quinientos metros de distancia, cerca de una espaciosa fuente con figuras en mármol de ángeles. El lugar en exceso emanaba lujos y ya Saga empezaba a sentirse un tanto incomodo. Aún así, no hizo caso de ellos sino que se dedicó a esperar que le tenía deparado el destino en esa noche.

El auto se estacionó en la entrada y el chofer se comprometió a estar en la salida a las dos de la mañana. Con una propina de adelanto, el griego bajó del vehículo vislumbrado la suntuosidad que decoraba toda la mansión. Con dos columnas que erigían en la entrada, unos arbustos perfectamente podados y una puerta de caoba labrada con precisión, un joven vestido elegantemente le dio la bienvenida con una leve inclinación. La puerta se abrió, presentando un enorme salón con alfombra roja y gigantescas lámparas de lagrimas de cristal a las alturas. Una escalera en forma de espiral iba hacía lo que debía ser las habitaciones privadas. Todo perfectamente detallado, una decoración renacentista plagada de lujos, y la música en el lugar, una hermosa sinfonía de arpa y flauta que era interpretada a otro lado del salón. Una mujer de enorme belleza lo atendió. Vestía un exuberante traje negro con escote pronunciado, el cabello negro le llegaba por debajo de la cintura, con un danzar sensual al extremo, y sus pupilas tan negra como sus hebras de noche le incitaban a las más perdidas pasiones.

—Buenas noches, bienvenido a Parajes del Nirvana. Mi nombre es Pandora, ¿en qué puedo servirle?—le susurró lo último de forma sensual, con una voz melodiosa y lúdica, pasaje definitivo de sensaciones placenteras.

—Quiero buen vino, buena compañía y buen sexo, ¿dónde puedo tener todo eso?—una coqueta sonrisa enmarco los labios de la dama, teñido de un violeta brillante, misterioso.

—Aquí le aseguramos eso y más, Señor…

—Saga, Saga Andreatos—tomó la mano de la mujer para besarla caballerosamente—. Un placer, Pandora.

—El placer es nuestro, My Lord. Acompáñeme…

E iría a donde le dijera. Si había visto mujeres hermosas la que tenía ahora al lado tomada de su brazo era simplemente una joya. Saga no dejaba de ver las sinuosas curvas que no tenía pudor de mostrar, mientras escuchaba como la joven mujer le hablaba sobre los múltiples servicios que ofrecía el local. No sólo de noche, de día también podía ir y gozar de buena compañía en las áreas recreativas. La piscina, campo de golf, futbol, tenis, un parque ambientalista y un pequeño observatorio planetario. Tenía todo lo necesario para olvidarse del mundo y embeberse en el lago del placer. El nombre realmente no le sentaba mal.

Al abrir la puerta del salón principal, los lujos lo impresionaron. Las mesas de madera fina con almohadones de pieles eran las que esperaba a los invitados, junto a toda clase de jóvenes, tanto hombre como mujeres, con belleza exuberante, demasiado idílico. Se veían personalidades que incluso Saga había visto alguna vez en la televisión. Estrellas de cine, músicos, deportistas, políticos, todo tipo de personas estaban allí atendidos muy bien por uno de los que Pandora denominó, flores. Cada una tenía un nombre específico, excepto ella, que era más bien la nodriza o cuidadora de cada una de ellas. Impresionado se dejó llevar por la dama que lo ubicó en uno de los asientos, y era los gustos del nuevo cliente llamó a una joven doncella, de cabello dorados y ojos azules como cristal, con facciones que relataban de venir de un lugar helado, quizás los Alpes de Siberia. Jazmín, como se hizo llamar, no tuvo problema en hablarle griego, tomando el pedido de un buen vino tinto para comenzar.

El griego no dejaba de ver todo el lugar, asombrado y ya un poco cohibido por los lujos. No pediría mucho, no estaba seguro de cuáles serían los precios que estaría costando cada uno de los servicios. Se dedico más bien a pasar sus ojos de un lado a otro observando con admiración. Mujeres de cuerpos hermosos y aún así, damas de alta clase, elegantes, recatadas, coquetas sin ser regalada. Los trajes cubrían gran parte de su piel, sin esconder sus curvas, creando esa idílica sensación de tener que imaginarse que es lo que escondían las sinuosas sedas. Simplemente maravillado, veía a cada una de ellas con respeto pero aún así, devoción. Cada una de ellas al encontrarse con sus esmeraldas le regalaba una sonrisa discreta y se retiraban con ese aire de misticismo que lo dejaba embriagado. Como Geishas, se hacían de desear, no se ofrendaban, se mostraba como desafíos.

Curioso y deseoso de saber más, llamó a la que se hizo llamar Jazmín, quien vestía un vestido de seda gris claro, brillante, con corte sirena en la falda y prudente escote, las manga caían como alas hasta sus muñecas. La presencia de ella era como la de una diosa del hielo.

—Disculpe, Jazmín. Quien me recomendó el lugar me habló de la flor de lotos, ¿me podría decir quién es?—la mujer le sonrío con dulzura. Saga no supo porque razón se vio en la necesidad de aclarar que no pensaba cambiar de flor, quizás esa es la impresión que daría su pedido—. No quiere decir que la cambiaré por…

—No se preocupe—le interrumpió primero con un leve movimiento de su rostro y luego con una brillante mirada—. Acompáñeme Señor Andreatos—le extendió su mano. Al sentir el contacto de esa piel tan suave y sedosa, Saga no pudo evitar el morderse los labios de anticipación. Si así era esa mano, no tenía idea la gloria que sería besar cada paraje de ese cuerpo—. La flor de Lotos es la más buscada cuando se viene a este lugar. Todos nosotros la admiramos, es simplemente algo más allá de la imaginación—le comentaba, mientras caminaban recorriendo el salón.

Saga escuchaba curioso toda la explicación. No parecía haber competencia. Pensó que al mencionar otra flor quizás, se sentiría algo intimidad o amenazada de perder a su cliente, pero no, la veía en tal confianza. ¿Por qué sería? Sin darse cuenta habían salido del salón principal y entrado a otro, con una decoración totalmente distinta. Esta vez todo era de corte dorado y vino tinto, pieles, tejidos de procedencia Hindu colgaban de un lado a otro. Figuras de porcelana, bronce y arcilla adornaba el lugar, con colgantes de enramadas naturales en las paredes. Unas fuentes dividían cada uno de los espacios del nuevo lugar y la luz era mucho más discreta, un tono rojo que le daba ese aire de peligro y éxtasis. Simplemente le abrumó el cambio repentino.

—Este es el salón donde atiende la flor de lotos.

Escuchó y al mismo tiempo no. Estaba demasiado distraído viendo la decoración y constatando que no habían mesas y sillas como en el anterior y descubriendo que al final, entre las enramadas colgantes, cortinas de piedras y cristales y algunos cortinales de seda, se veía una mesa redonda baja, donde los clientes estaban sentados en almohadones hindúes, con sus piernas cerradas y disfrutando cómodamente.

Al subir la mirada, quedó helado…

Cabellos de oro… miles de ello serpenteaban por la mesa de caoba adornada con un discreto mantel de seda vino tinto bordeada de hilo de oro. El cabello largo ondulaba sobre la superficie mientras aquel cuerpo cubierto en su totalidad en un traje asiático de color vino tinto y ocre, con incrustaciones de diferentes piedras; no permitían ver absolutamente nada de esa piel y músculos que resguardaba. Una gargantilla de oro y piedras colgantes adornaba su cuello. Un zafiro engalanaba su frente, entre sus cejas doradas y delgadas perfectamente delineadas. Y sus ojos… dos zafiros incluso más brillantes y místicos que aquella gema en su frente.

Allí estaba la flor de lotos…

Posición acostada en la mesa, sosteniendo uno de sus codos con un almohadón, pasaba a sus labios delgados y con cierto brillo nácar, una uva que engullía con una sensualidad apabullante. La sonrisa que se dibujaba aún teniendo el fruto en sus labios era avasalladora, el movimiento grácil de sus dedos limpiando el hilo de jugo de la vid de su comisura, embriagador. Jamás Saga había visto semejante aparición. Nunca en su vida se había encontrado con algo parecido…

Era como una divinidad…

Un ángel de la lujuria que había bajado a la tierra para complacer sus más tórridos caprichos. Una celestial aparición que lo había dejado sin habla, sin aliento… sin alma… Estaba atado… con sólo estar allí frente aquello había quedado capturado en esos dos zafiros que justo en ese momento le miraban.

Y esa mirada lo tenía encadenado al suelo, anclado, casi enraizado sin posibilidades de moverse.

Hasta que lo vio levantarse de la mesa, con el cabello que como cortina de oro se movía al compás de cada movimiento. Un flequillo dorado caía de forma provocativa entre sus ojos, enmarcando, de forma delictiva el contorno de sus ojos ya maquillados con sólo un delineador negro. No necesitaba más maquillaje… su sola naturalidad era excelsa.

La flor de lotos se levantó, y Saga tembló de pies a cabeza. Con elegancia se puso de pie, dejando que todos los mantos cayeran al suelo, cubriéndole hasta los pies, mientras caminaba a su dirección. La corriente nerviosa invadió cada espacio del griego, mientras veía esos zafiros marcándolo suyo para siempre, esos ojos azules magnéticos que lo había acorralado con sólo mirarlo una vez. Sacó una de sus manos de la manga, descubriendo esa piel de nácar, blanca, dedos largos y delgados con un punto rojo en su muñeca izquierda. Pasó la yema de su índice derecho sobre el círculo, todo conforme caminaba hacía él y no dejaba de mirarlo. Al estar a sólo un paso, esmeraldas y zafiros se observaron, atraídas. Una atracción más allá de lo terrenal. Una discreta sonrisa y el dedo índice tocó la frente del griego, evidenciado el leve temblor del mayor con tan nimio contacto. Los zafiros le brillaron una última vez, antes de seguir su camino.

Había sido demasiado. Saga estaba en colapso al verse tan seducido, vilmente encendido por aquello que no le dejó ni decir un hola turbio. Volteó buscándolo con la mirada y notó que alguien de traje negro, algo bajo, cabello negro, de ascendencia japonesa; lo esperaba.

—Es el Sr. Garuda—le dijo la joven desde atrás, mientras Saga veía como el hombre se llevaba a la flor de lotos hacía las escaleras que daba a las habitaciones—. Es él uno de los pocos capaces de pagar los servicios de la flor de lotos.

Y Saga en ese momento decidió que él sería parte de ese exclusivo circulo sin importar que.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s