Deseos de Someter (Asprita)

Aspros ha decidido caminar para descansar de sus labores diarias en el santuario, pero recibe una información que no piensa desaprovechar y que podría estar a la línea de sus deseos.

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Temas: Yaoi, Romance, Angst
Personajes: Aspros, Asmita, Aldebaran
Resumen: Aspros ha decidido caminar para descansar de sus labores diarias en el santuario, pero recibe una información que no piensa desaprovechar y que podría estar a la línea de sus deseos.
Dedicatoria: A Karin, Athena_Arianna, Akito-virgus, Kimee, Lola, Sahasrara y todos los miembros del club Santísimo Pecado Geminis x Virgo
Comentarios adicionales: Basado en el Universo Canon de LC  ^^.

Deseos de Someter

El aire frío de la noche sacudió su hermosa cabellera añil, dejando que los bucles desordenados golpearan sin orden alguno la espesa capa blanca y la armadura dorada que cubría su cuerpo. Pensaba ir hacía cualquier lugar del santuario, despejarse un tanto, luego de las labores que le había tocado supervisar a lo largo del día, mientras que Sisyphus y el patriarca se avocaban a hacer más sencilla la adaptación de la joven Athenea en el santuario. Pocas semanas habían pasado de su llegada y la niña parecía costarle encarnar su nuevo papel. Pero él no se preocupaba por ello, Aspros de Géminis no dependía de si su diosa aceptaba su identidad como Athenea o no, al mismo tiempo que creía en las palabras de Hasgard: sólo es cuestión de tiempo.

Más sin embargo para esa noche se sentía en demasía inquieto. Su hermano Defteros tenía días sin salir a sus acostumbrados recorridos y se la pasaba más pensativo que de costumbre. No hallaba forma de hacerle desenterrar el porqué, aunque asumía que quizás la presencia de Athenea en el santuario le incomodaba. Prefirió por ello en vez de quedarse en su templo, el bajar e ir a cualquier sitio donde pudiera ver las estrellas y recordar por enésima vez su promesa…

Debía faltarle poco…

Creía en ello…

Y estaba seguro que él saldría como el escogido por el patriarca. No había forma de fallar. Su preparación de años y la fama que se había gestado siendo él quien supervisaba todo en el santuario le daban fe de ello. Aldebaran mismo se lo decía, era él quien debía seguir en el puesto de la máxima autoridad y así mismo se veía. No había forma de que las cosas terminaran de otra manera. Pero aún así, a pesar de haber ganado la aceptación de otros, sólo una le faltaba por tomar…

Asmita de Virgo…

El santo que fue llamado para la llegada de Athena para recibirla… el mismo que era conocido en el santuario por su reservada forma de ser, gran poder y extrañas convicciones y creencias. El mismo Aldebaran no lo veía con buenos ojos…

—Gran noche, ¿no Aspros?—distraído estaba que no se percató que ya caminaba en el salón principal de Tauro. El alto hombre enfundado en su coraza dorada, le miraba de forma confiada, con una sonrisa de compañerismo dibujada en labios.

—Así es, buena para caminar un rato—afirmó el tercer guardián con una cortesía ya acostumbrada. El dueño del templo rio divertido caminando junto a la visita hasta la entrada de las escalinatas que llevarían hasta Aries.

—Como que no fuiste el único que le dio por caminar—acotó el hombre y Aspros le prestó atención, intrigado. ¿Quién más iría? No recordaba haber dado permiso a nadie para que pasara por su templo—. Asmita de Virgo también decidió caminar. Como que recordó que las piernas le sirven para algo—el comentario un tanto cruel no fue lo que lo impresionó, sino el sólo hecho de que Virgo haya abandonado su templo.

—¿Asmita de Virgo?—repitió aún incrédulo.

—Tal parece, a ver si el caminar le recuerda los modales—Aspros sólo sonrió un rato antes de despedirse. Ahora sabía que hacer…

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El viento mecía las olas de la costa. La espuma del mar desprendía ese olor tan conocido que abrumaba sus sentidos. Cristales de sal llevados por el viento se apegaron en su perfil etéreo, blanco inmaculado de su piel que muy pocas veces resentía los rayos del sol. El cabello dorado se movía insinuante entre las brisas del mar, jugueteaba con ella, le danzaba mientras los pensamientos de Virgo se diluían al paso del vals que las olas cantaban, acariciando la arena, seduciéndola. Abrió sus labios un tanto para saborear el sabor salado de la brisa marina, su lengua tocó y remojó levemente sus labios resecos, consiguiendo la salina sensación. Sentidos, leves señales que le permitían estar al tanto del lugar que lo rodeaba, del sitio donde se encontraba, de los elementos, el universo embebido en la naturaleza del cosmos.

Asmita de Virgo meditaba…

Sin estar en su eterna posición, sólo de pie mientras su cabello y la capa blanca de su armadura se dejaban llevar por los fuertes brazos de vientos costeros; reflexionaba… su armadura recibía el baño de luz de luna y resplandecía con brillo esplendoroso, su piel sin saberlo mostraba al igual un resplandor plateado, luciendo así cuidada, limpia… virgen…

Y no estaba solo…

No necesitó verlo, ni oírlo. El cosmos le fue reconocido. Sintió que se le acercó con pisadas decididas, desde su espalda, sólo con un paso de separación al quedar lado y lado, a su derecha. El olor lo reconocía. Era muy distinto al de aquel que lo visitaba en cuanto podía a su templo. El olor de la estrella más brillante de Géminis era muy diferente, impreso de una gloriosa presencia que pedía a gritos ser admirado, apreciado, incluso idolatrado.

Más él no caería… mucho menos ahora…

Mucho menos ahora que su espíritu guerreaba dentro de sí mismo buscando respuesta para hallarle sentido a la obligada fidelidad que su puesto le debía a su diosa. El encuentro con ella y su última visita había sido capaz de enervar los pensamientos y antiguas dudas del santo dorado, joven aún, pero con una férrea convicción inquebrantable en busca de la verdad… la absoluta verdad.

Y no la encontraba…

Pensó en ello al mismo tiempo que escuchó el hondo suspiro del mayor a su lado, con el palpitar lento y pausado, tranquilo, que denotaba que no había nada más que dos hombres en la orilla de la playa conectados por algo que ninguno de los dos asumía o quería admitir, al mismo tiempo que ni siquiera buscaron.

Los ojos de Aspros giraron hasta anclarse en la cabeza dorada del menor, con el casco en su brazo izquierdo apegado a su cintura, esa forma de presentarse tan prepotente y distante, elegante… seductora incluso le pareció. No supo identificar si le parecía tan provocativa por el hecho de saber que simplemente el dorado no permitiría un acercamiento, o por imaginar el tener que doblegar fuerza y cosmos para someterlo a sus caprichos. Lo cierto es que sus ojos permanecieron clavados sobre la figura del rubio, que con un leve movimiento de sus cejas le mostró el desagrado que sentía de verse tan estudiado. Una sonrisa irónica surcó los gruesos labios del mayor, cada vez más seducido por la idea de quebrantar la impenetrable muralla que el dorado levantaba ante él.

—Es extraño verte fuera de tu templo, Santo de Virgo—le habló con sus pupilas hundidas ahora en el desliz de su nariz hasta sus labios, viéndolos entreabiertos… quizás invitándolo.

—Supongo que Aldebarán sigue siendo tan comunicativo—una risilla de géminis fue su respuesta—. Y bien, ¿a qué has venido?

—¿Acaso no puedo venir al mar, Asmita de Virgo?—el joven se mantuvo en silencio, con su semblante severo, incorruptible—. Vine a ver qué haría que el más cercano a los dioses abandonara su templo después de meses, para no decir años, sin hacerlo.

El rostro del joven se inclinó un tanto hacía él, estudiando quizás sus motivaciones. El ángulo que había creado su semblante ante él le entregaba una vista por demás sensual. El flequillo le danzaba indolente sobre su nariz y enmarcaba los parpados siempre cerrados, el punto le engalanaba su frente y se escondía juguetonamente detrás de los mechones dorados. Cejas doradas, delgadas, la nariz pequeña y punteada. Labios delgados, provocativos… ovalados su rostro, perfecto…

Y accesible…

Atravesó el pensamiento en su cabeza. Si por un momento quiso aprovechar la oportunidad para de nuevo mostrarle su valía y ganar su respeto como los demás santo dorado, de inmediato dejó de lado la idea. No le importó en ese momento el hecho de querer sentir la aprobación de virgo para sus propósitos… quería sentir era la calidez y sabor de esos labios prohibidos. Se sintió con sed del sabor que sólo virgo podría prodigarle.

Acortó pasos de distancias, se le enfrentó. Virgo frunció su ceño al sentir la cercanía más no se alejó ni hizo ademán de querer hacerlo. Aspros veía como siempre el gesto imperturbable del dorado que se negaba a rendir pleitesía a sólo puestos de poder y mucho menos mostrarse contrariado ante la autoridad que cualquiera pudiera profesarle. Al mismo tiempo lo veía completamente dispuesto a mostrarle con orgullo que no le temía a cualquiera que fueran sus intenciones. Con esa clara señal inamovible, Aspros dio un segundo paso, sintió el espeso aire que manaba de su nariz y el cómo su corazón se aceleró en tan sólo instantes. Vio la perturbación del menor al notar de inmediato los cambios corporales que estaban acaeciendo en su cuerpo y antes de que Asmita pudiera imponer la distancia, Aspros lo tomó por el antebrazo derecho, empujó hacía él, sometió la mano que quiso separarlo…

Capturó sus labios…

Sin derecho a réplica el de Géminis se hizo dueño de los labios que le hipnotizaron segundos atrás. Doblegó la fuerza con la que Asmita intentó separarse usando su mano aferrada, mientras comprobó que pese a lo que llegó a creer, Virgo no soltó su casco y por lo tanto no buscó separarse con toda intención. Se abrió espacio confiado, resbaló su mano izquierda por la afilada cintura dorada y provocó que el roce hiciera escurrir el caso dorado hasta la arena.

Los labios gruesos lentamente degustaron los delgados. Se permitió entonces cerrar sus ojos y dejarse ir por la marejada de deseos que le pugnaban desde el pecho. Comprobó lo que había ocurrido eso meses, desde que le tocó velar por el joven dorado luego de su recaída de salud. Desde que lo vio atacando con fuerza en medio de alucinaciones… comprobó que fue lo que se había levantado en él como una necesidad imperiosa de hacerse notar de aquel, de hacerse reconocer, de que aquel le dirigiera la atención… lo comprendió… la enferma forma en que pensaba obtener su aprobación para su camino hacia el patriarcado, sólo había sido la manera de ocultar la fascinación que le había creado virgo desde aquel episodio.

Y no encontró resistencia alguna…

Emocionado como en mucho tiempo no se había sentido, siguió explorando la cavidad, besó, suspiró, y volvió a apresar con pasión. Su lengua rugosa delineó los labios del dorado y se atrevió a penetrar. Sentía su pecho contraerse y dilatarse con rapidez, oía el chirriar de sus armaduras doradas friccionando en su pecho y si… podía percibirlo… el calor que empezaba a agolpar las mejillas nacaradas del santo del templo de la virgen… la forma en que lo sometía…

El fuego que lo quemaba desde los tuétanos…

Seguro de sí mismo, de lo que le estaba provocando, desvió sus labios besando la comisura izquierda, resbaló su lengua sintiendo el temblar de la piel hindú, descendió hasta hallar el oído… suspirarle… extasiado…

Respiraban ambos… sofocados… embebidos en una nebulosa de placer…

—¿Crees que así ganarás mi aprobación?—preguntó el joven al oído de Aspros. El gemelo sintió un leve estremecimiento que pudo doblegar a la perfección.

—No opones ninguna resistencia—asestó el tercer guardián apresando con fuerza el cuerpo contra sí, no dispuesto a perder un solo milímetro del terreno ganado. Asmita sonrió, autosuficiente, con el orgullo arraigado hasta la médula.

—Porque lo que hagas aquí y ahora no cambiará las cosas, Aspros de Géminis—separó un poco su rostro, para rozar de forma insinuante la nariz rugosa del mayor—. No las cambiará—siseó finalmente, golpeando con su aliento caliente el rostro de Aspros.

Los ojos azules lo grababan desconcertados, entre la línea del deseo de querer hacer lo que justamente le insinuaba, tomarlo sin importarle si al final aceptaría o no su lugar en el santuario; y el orgullo que lacerante le pedía no dejarse manipular por las palabras que aparentemente virgo le soltaba para hacerlo caer justo donde quería. En algún momento sintió que había caído en la enorme telaraña de plata que eran las intenciones de Asmita y que el mínimo movimiento lo haría desplomar irremediablemente en sus garras y a merced de sus indicios.

Y él era Aspros de Géminis…

Aspros de Géminis no perdería su orgullo.

—¿Y que es, lo que según tú, me hace falta para merecer tu aprobación?—preguntó cortantemente, decidido a no caer en el aura seductora que Asmita ahora manaba a su paso, en el éxtasis divino que parecía garantizar con cada gesto. No se separaron… el orgullo les exigía no dar un paso atrás.

—Pides algo que no le he entregado a nadie en el santuario-susurró contra sus labios, la expresión altiva, indeleble en su semblante. Parpados que cerrados resguardaban un tesoro vacio. Aspros saboreó el aliento de esa boca, contuvo los deseos de volver a besarlo.

—Entonces, Aldebaran no está tan equivocado en su apreciación sobre ti—Virgo sonrió con un detestable aire de superioridad. La acción crispó la piel de Géminis, seducido ante tanta entereza—. Tu prioridad no es la diosa Athenea—casi balbuceó, quemándose por dentro, escupiendo casi las palabras de su boca que ya quería volver a saborear aquellos labios ajenos.

—Sería de necios pensar que todos los que estamos aquí es sólo por la diosa, Aspros—con el uso de su telequinesis, Asmita llamó a su mano libre el casco que había caído a tierra—. Seamos sinceros, tenemos otras motivaciones—sonrió triunfante al final. Le hizo entender a Géminis que el duelo había acabado, por los momentos…

—Algún día, Asmita, no tendrás otra opción que darme tu aprobación—amenazó afianzando el agarre del antebrazo que mantenía aprisionado. La sonrisa, maldita sonrisa de autosuficiencia de virgo le dio la respuesta… Asmita lo sabía.

—Estoy consciente de que llegará el día en que al final tengamos que tomar decisiones—un dejo de dudas, de culpas, de inseguridad que fue cubierto por el orgullo dorado asfixiante—. Pero ese no es hoy.

El cuerpo de virgo empezó a desvanecerse en un aura dorada, diáfana. Se escurría de sus manos, de nuevo, como lo ha estado haciendo desde entonces, dejándole esa sensación que le instaba a seguirle, perseguirle, doblegarle… Aspros siguió la asombrosa forma en que el cuerpo blanco se desvanecía en esencia cósmica, eróticamente rozando debajo de la coraza de sus brazos la piel.

—Esperaré ese día ansiosamente—confirmó, ya imaginando el momento de que tomara el poder del patriarcado y Asmita no tuviera otra opción más que bajar su cabeza ante él.

—Hasta entonces…—siseó ya como una brisa divina de bruma dorada, que terminó acariciando sus labios antes de desaparecer por completo.

Y ciertamente, el día llegaría…

El día en que cuando Aspros fuera a tomar lo que por derecho le correspondía, Asmita aparecería para cortarle el paso.

El día de las decisiones… el día en que sus destinos quedarían enredados para siempre…

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