Entregame tu Corazón (Cap 03)

Kanon por fin se ha presentado ante ellos aunque ha mostrado un evidente interes en Milo. ¿Podrá Milo tolerarlo? ¿Camus mantenerse al margen por mucho tiempo?

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Temas: Yaoi, lemon, romance, angst, Universo Alterno.
Personajes: Camus, Milo, Kanon, Saga, Shaka
Resumen: Milo Antzas y Camus Vial vuelven a Grecia para obtener una exclusiva por el regreso del antiguo campeón de circuitos motorizados Kanon Vryzas. ¿Cuál fue lo que motivó a Kanon dejar las pistas? ¿Cuál será la decisión de Milo cuando se vea seducido por el antiguo Dragon de las carreras? ¿Y que hará Camus al respecto?

Kanon por fin se ha presentado ante ellos aunque ha mostrado un evidente interes en Milo. ¿Podrá Milo tolerarlo? ¿Camus mantenerse al margen por mucho tiempo?

Capitulo 03: Curva de Celos

El almuerzo había sido un verdadero infierno, al menos para Milo, que entre las coquetas miradas de Kanon y la molestia evidente de Camus, se encontraba literalmente en la espada y la pared. ¿Qué era lo que estaba pasando? Evidentemente al motociclista le había agradado de más, y para mayor complicación, todavía le hacía sentir cosas como si fuera un adolescente, pero estaba Camus, su pareja, el hombre que amaba desde hace dos años y justamente por el tuvo la exclusiva. No, no podía tan siquiera pensar en permitir que aquel hombre, por muy seductor que fuera, por mucho que lo excitara…

¿Excitara?

El heleno enjuagó de nuevo su rostro luego de pedir permiso para ir al baño, apenas cuando habían llegado los platillos del almuerzo. Lo peor es que conociendo lo intuitivo que era Camus, estaba seguro que las cosas no se iban a quedar en un simple consentimiento silencioso. No sabía que tan buena idea había sido dejarlos a los dos solos en la mesa y no quería imaginarse el escenario. Masculló una maldición mientras volvió a echar agua a su rostro, buscando calmarse y pensar con la cabeza fría.

—¡Está tardando mucho tiempo!

Exclamó el griego en la mesa mientras miraba el reloj de su muñeca y la entrada al baño de caballeros y para, de alguna manera, cortar el ambiente de mortal silencio que ahora gobernaba la mesa. Volvió la mirada al francés, quien no había probada de su plato de mariscos esperando que su compañero llegara y en ese momento pasaba dos pastillas blancas a su boca, para ser ingerida con un vaso de agua. Se miraban y Kanon había detectado el malestar del galo ante sus astutas indirectas.

—Creo que deberíamos ir a ver si no le pasó nada—la mirada del periodista se enfocaron directamente a los ojos del mayor.

—Ya debe estar por venir—susurró, cruzando las manos bajo su mentón—. ¿Le atrae?—inquirió el extranjero, dejando al griego por el momento asombrado. No esperó un ataque directo—. Es evidente que le atrae mi pareja—y los términos en la mesa.

—Ah, ¡se trata de eso!—sonrío efusivamente el dragón de las pistas, divertido por el escenario—. Si estás seguro de lo que tienes no deberías estar…

—Y no lo estoy—aseguró el francés, tomando la copa con agua para beber un sorbo pausado y determinado, mientras le enviaba una mirada totalmente férrea—. Sólo quiero aclarar desde este momento, porque Milo es un profesional y le tiene mucha admiración. No quiero que termine lamentándose por enterarse que usted está intentando algo más.

—Supongo entonces que aceptaría que la exclusiva fuera en mi habitación como sugiero y con él a solas—propuso con una media sonrisa.

—Lamento informarle que alguien debe encargarse de hacer los cambios de ángulo y controlar el sonido e iluminación mientras habla, Sr. Vryzas—coronó el comentario con otro sorbo, notando el leve tic en las cejas del mayor, quien no terminaba de borrar su sonrisa—. Aún sin eso, conozco a Milo, sé el alcance de su ética y voluntad.

Se quedaron en silencio cuando notaron que Milo ya iba en camino para sentarse, con una sonrisa con la que intentaba amenizar el momento. El francés lo miró condescendiente, instándole a que se tranquilizara, mientras el deportista solo desvió la mirada un tanto incomoda.

—¿Unos periodista para una exclusiva de Kanon?—indagó el rubio entrando a la limosina, luego de quitarse la bata blanca y sostenerla en uno de sus antebrazos. Se sentó en el cómodo asiento, esperando que su pareja ingresara y se sentara a su lado—. ¿Tiene que ver por casualidad con el francés que te visitó en estos días?—y frunció su ceño copiosamente. El mayor sólo sonrió cerrando la puerta del automóvil y dando aviso para que lo llevaran a un restaurant a comer antes de tomar vuelo a Tesalónica—. Saga, debo buscar ropa y…

—No te preocupes por eso, ya pedí a un almacén en Tesalónica para que te apartaron unos trajes de tu talle—el hindú se notó en desacuerdo—. Despreocúpate, ¿sí?

—Sabes que no me gustan los gastos innecesarios y esa ropa debe ser en exceso costosa—de nuevo el mismo reclamo—. ¿Tienes idea de a cuantos niños se le puede dar de…?—el mayor fue quien envió una mirada severa, callando el discurso del hindú.

—Ya me has dicho centenares de veces las cifras y las manejo, como todo buen hombre de negocio—puso sus manos cruzadas entre sus piernas abiertas, inclinándose para verlo fijamente—. Y si yo quiero regalarle algo al hombre que amo, es con plena conciencia de lo que vale. Te agradezco dejes tus querellas al respecto y aceptes mi obsequio.

El rubio cruzó las piernas y brazos como señal de no tener nada más que decir pero en total desacuerdo con lo hablado. Tratando de aplacar la molestia en el hindú, el griego se acercó, sentándose a su lado y no frente a frente como se encontraban y buscando su hombro para obligarlo a recostarse sobre él. Halló el espacio de su nuca descubierta, por la cola de caballo que sujetaba su cabello dorado y la acarició, tenuemente mientras de a poco empujaba para hacerlo caer en su hombro.

—Acepté a esos reporteros porque reconocieron a Mu—ante esa declaración, el rubio viró su mirada hacía el empresario, mirándolo con asombro detectable—. Pensé que ya habiendo pasado tres años de aquel terrible incidente y como no era en ese tiempo tan conocido, nadie se acordaría de él. Cuando vi que el francés lo recordó, no sé qué decirte de cómo me sentí.

—Aunque la mayoría este ciego del trabajo que hacemos, hay gente que nos observa, Saga—con esas palabras, el griego observó el pequeño brillo filtrado en las potentes gemas azules que aquel hombre tenía por ojos—. Me alegró que aún hoy alguien de otro continente recuerde el trabajo de Mu, lo que hizo durante el tiempo que estuvo en el cargo—el rubio sonrío discretamente—. Me da curiosidad saber que tanto recuerda ese francés de Mu.

—Pues precisamente hacía allá vamos, deben estar ya con Kanon. Después de comer tomaremos un avión a Tesalónica, allí ya está esperando el auto con el que iremos a Serres—intento acercarse, besarle—. Además, quería estar más tiempo contigo antes de…

Sonó el teléfono. El hindú buscó apartarse para contestar sintiéndose impedido por el fuerte brazo del griego que no le permitió movimiento alguno. A duras penas logró contestar la llamada, respondiendo en japonés al notar la extensión del número. Saga bufó incomodo, tratando de comprender y de convencerse a sí mismo por enésima vez que nada podía hacer contra eso. Lo oyó discutiendo algunas cosas en japonés antes de colgar, marcar otro número y comenzar una conversación ahora en francés.

Si, ese era el hombre de quien se enamoró, hace seis años. El mismo, hijo de familia privilegiada en Londres, un príncipe, que como Buda, abandonó todos sus bienes heredados para buscar su camino a la iluminación, ese mismo que era revelado a través de un sueño humanitario, una utopía, la misma por la cual murió Mu años atrás. El hombre que desde pequeño había sido criado para ser el heredero de uno de los mayores bancos financieros del mundo, pero decidió ser médico y no contento con eso, decidió ejercer la medicina gratuita.

—¿Está bien eso?—recordó con su hermano le increpó, casi un año atrás, cuando él apenas sopesaba de nuevo la opción de volver a las carreras—. Ya no está contento con las jornadas de operaciones gratuitas, ahora va a los lugares donde ocurre desastre naturales en Asia y según le oí ayer, estaba preocupado por la situación en Pakistan.

Como si él pudiera detenerlo…

—Pero ya ves que atacaron a una caravana de ayuda humanitaria cuando iban llegando a la ciudad, desapareció dos periodistas, mataron a los dos médicos que habían ido de voluntarios—y lo sabía. Cuando oyó la noticia sólo había mordido los labios y visto el rostro del rubio, indignado, agachado, cerrando los ojos a la realidad para no perder las fuerzas…

El humano que es tan ingrato…

La vida que parece ser tan injusta…

—Sería terrible si él termina como…

—La esperanza de uno es la condena de otro—respondió esa tarde en la oficina, donde su hermano lo había ido a visitar para hablarle de aquello—. En este caso, la esperanza de esos muchos es nuestra condena. Ambos sabemos que jamás será suficiente y que cada vez que parte a una de esas cruzadas es corriendo peligro de morir por un ataque armado, por una enfermedad… por… cualquier cosa—pasó su mirada al ventanal, veía la inmensidad del paisaje, sólo una fracción diminuta del mundo—. Pero no puedo quitarle las alas, sólo verlo volar y esperar que regrese con bien.

Y allí de nuevo estaba, con celos, celos por la humanidad que siempre captaba su mayor atención. Celos de aquellos que le roban la sonrisa más dulce, de esos niños de piel de color que le sonríen con el hambre y la enfermedad, pero con la esperanza que ven cuando una de esas comisiones van a verlos y se acuerdan que existen, que los necesita y van a ayudarlos.

¿Cómo pedirle que Shaka le entregara por completo su corazón cuando la mayor parte estaba totalmente dedicado a la humanidad?

Vio que cortó la llamada y entró otra, a lo que el mayor tomó con decisión el móvil y contestó.

—Shaka Timal se comunicará con ustedes a partir de mañana al mediodía—en fluido inglés, voz ronca, imponente—. Que tenga buenas tardes.

Apagó el móvil frente a sus ojos y el rubio de inmediato protestó.

—¿Qué diablos te pasa? ¡Dame el teléfono!

—No, te quiero por veinticuatro horas totalmente desconectado de tu trabajo, de las labores comunitarias…

—Ya hemos hablado de esto, Saga Vryzas Tebas—espetó molesto, notable por haberlo llamado por nombre y apellido completo—. No quiero tener otra discusión por lo mismo.

—No la tendremos, yo no pienso discutir—guardó el móvil en su bolsillo, sin un ápice de deseos de ceder—. Por veinticuatro horas que no los atienda el mundo no se va a acabar, ellos pueden valerse de cualquiera otra persona.

—¡Puede ser una emergencia!

—Aquí hay una emergencia—y la esmeraldas lo miraron demandante, notando el sonrojo de ira contenida en las mejillas del rubio, ese gesto amenazante que presagiaba la peor de las tormentas que él sabía muy bien calmar—. Veinticuatro horas Shaka, sólo mísera veinticuatro horas de tu vida es lo que te pido. ¿Puedes dejar de ser la reencarnación de buda por veinticuatro horas para mí?

El rubio no dijo palabra alguna, sólo se reincorporó derecho, con la molestia manándole por los poros y cerrando sus parpados, repitiendo algún mantra ancestral para calmarse.

El almuerzo en Serres transcurrió mucho más cómodo. Kanon evitó hacer los comentarios directos, Milo habló directamente de algunas de las cosas que quería conocer con respecto a su carrera al inicio, que aspiraba en cuanto a su regreso y cuáles eran las metas para su carrera por el momento. Camus entre tanto le conversó de lo que había quedado de acuerdo con el promotor y hermano mayor, sobre el tiempo de la entrevista, los ítems que pensaba trasbordar y la magnitud de la difusión de ella en la televisora. Aprovechó y habló de la trayectoria con la que ya Milo contaba como periodista en el medio y del cariño que se había ganado en Francia.

En medio de todas las conversaciones, Kanon notó las veces que Milo le preguntaba a Camus que tan bien sabía el platillo que le había servido y terminaba tomando un poco del mismo para probar, ante el pequeño reclamo del francés y una sonrisilla cómplice del menor. Era evidente que no sólo eran pareja, sino una muy estable además que Milo podía ser una verdadera caja de sorpresa. De admiración a seriedad, de profesionalismo a libertad, era juventud, era honor, era un matiz entre la pasión de su sueño, el joven enamorado y un profesional con ética.

Por un momento le recordó a Shaka, sólo que el segundo no tenía ni la sonrisa jovial ni las libertades que se daba este, pero ambos compartían un detalle: eran entregados en lo que hacían.

—¿Entonces decidiste ser periodista de deporte desde niño?—indagó curioso el griego, fascinado a la vez—. ¿Por qué no deportista? Tiene cuerpo de haber sido uno muy bueno en cualquier disciplina—la mirada del francés subió seriamente y Milo tomó de nuevo otro sorbo de agua, tratando de no sentirse cohibido por la acotación de su físico.

—Los deportes que me hubiera gustado practicar siempre fueron muy “peligrosos” para mi madre—acotó el griego menor, mostrándose lo más relajado posible—. Así que para complacerla y no preocuparla de más, preferí hacer lo más cercano. Aunque no niego que me fascinaría correr en la pista algún día, ¡aunque sea en práctica!—las esmeraldas del mayor brillaron interesadas.

—Eso podríamos hacerlo—siseó cruzando las manos sobre la mesa y enviando una mirada netamente seductora.

—El problema es que nunca he manejado una moto—se excuso el periodista buscando desviar la idea.

—No es ningún inconveniente—enarcó una ceja para verse relajado, mientras subía una mano en el aire para darle peso a sus palabras—. Yo puedo enseñarte—y Camus fue quien enarcó la ceja, visiblemente incomodo por el repentino coqueteó directo luego de que, al parecer, las cosas habían quedado en claro.

—Bueno… ¿Qué dices Camus?—Kanon frunció el ceño molesto, Camus apenas y movió un tanto su comisura derecha para elevarla con autosuficiencia—. Sería interesante si aprendemos a manejar en motocicleta aprovechando la oportunidad.

—Tienes razón, será muy excitante aprender del Sr. Vryzas que tan amablemente se ha ofrecido—el deportista le destinó una mirada visiblemente enemiga. Las heladas pupilas del galo no se vieron intimidadas—. Si cuenta con tiempo y terminamos nuestro trabajo podríamos aprovecharla.

—Por supuesto—y tomó el desafío—, puedo enseñarles a ambos y será entretenido el trío—Milo volteó esta vez pasmado, mientras el francés frunció el cejo copiosamente—, un trío excitante a decir verdad—subió la copa al aire, invitándolos a brindar—. Creo que tendríamos mucha aceptación—elogió con una media sonrisa sarcástica.

—Bien—y Camus tomó su copa de vino tinto, alzándola también—, por el buen trío—aludió y Milo lo miró sin comprender en qué momento la conversación dio giros tan oscuros—. Ya que el dúo por si sólo es excitante, estoy seguro que la incorporación de un tercero sólo lo fortalecerá.

Y había un claro duelo en la mesa, donde Milo sólo pudo mirar a ambos lados y fruncir su ceño, realmente incomodo con el ambiente que se había gestado. Se levantó de la mesa con el mirar orgulloso, dispuesto a poner en evidencia su opinión al respecto, mirando severamente al motociclista, sin mostrar un ápice de nerviosismo. Se sentía por un lado subestimado, y por otro burlado, ambas sensaciones no eran en nada de su agrado.

—He venido a trabajar en una exclusiva que para mi carrera es muy importante—afiló la mirada, como si se tratara del aguijón de un escorpión—. Si usted tiene en tan mala estima a los periodista, yo también tengo mis reservas de aquellos deportista que creen que sólo crean un charco de baba por donde pasan—Kanon abrió los ojos seriamente, escuchando atentamente—. Espero usted no sea de ese tipo—remarcó el periodista con una leve sonrisa cínica—, y no me de problemas para cumplir con mi oficio—agregó subiendo su mentón.

Kanon lo había entendido. No era como cualquiera que pudiera simplemente hacer caer por la atracción que existía. Con sigilo bajó la copa para tomar un sorbo y dejarla reposando en la mesa. Camus hizo lo mismo, entre satisfecho por la intervención de su pareja y contrariado porque sabía que al salir del restaurant de seguro Milo le reclamaría lo ocurrido en la mesa.

—Ya aclarado los términos—se sentó de nuevo el griego menor, con una sonrisilla de victoria que delataba  el haber tomado el control de la situación—, estoy de acuerdo en que sea en su habitación. Camus irá conmigo para ayudarme con los arreglos del equipo, además que de seguro esta noche debe venir nuestro camarógrafo, ¿no  Camus?—el francés asintió tomando el resto del vino que quedaba con parsimonia—. Es joven, peor muy bueno en su trabajo, el mismo Camus estuvo supervisando sus pasantías, y salió muy bien evaluado.

—Interesante…—masculló el motociclista desviando la mirada, sintiéndose aburrido porque había terminado el virtual duelo de voluntades—. Entonces, ¿para cuándo?—agravó su mirada para mostrar su descontento—. También soy un hombre muy ocupado—Camus subió la mirada, con la misma seriedad.

—No ocuparemos mucho tiempo. Nuestro camarógrafo debe llegar esta noche, así que mañana en la mañana me parece buen momento—el motociclista se encogió de hombros, como si le diera igual lo que decidieran—. Bien, creo que a las ocho de la mañana estará bien.

—A esa hora estaré en la pista—aclaró el griego mayor—. Pero a las diez podemos regresar a mi habitación y tener la exclusiva.

—Entonces, sería bueno que Camus y Hyoga estén arreglando el lugar mientras yo tomo algunos datos de tu entrenador—planificaba el periodista con ojos ilusionados. Kanon no perdió detalle del cambio, ¡qué rápido pasaba de la seriedad a la espontaneidad! No dejaba de parecerle un caso curioso.

—Le dejaré las llaves a mi entrenador para que se las facilite en cuanto lleguen al circuito. Bien—se levantó el deportista de la mesa, mirándolos a ambos con autosuficiencia—, de mi parte ya todo está listo. Debo ir a alistarme para recibir a mi hermano, ¿me pueden dar el número de su habitación? Él quiere que cenen con nosotros esta noche y no creo que sea correcto que lo rechacen—determinó de inmediato, colocando los términos de la invitación obligada.

Camus sacó una tarjeta de presentación suya y anotó detrás el hotel, el número de la habitación y el número de teléfono, extendiéndosela con seguridad.

—Estaremos allí. Sólo llámenos y díganos en donde y la hora—el motociclista asintió mirando de forma fugaz al periodista de la misma nacionalidad.

—Nos veremos en la noche. Ocupen sus mejores trajes, conociendo a mi hermano lo necesitaran. Con permiso.

Y el griego abandonó el restaurant, con las manos en los bolsillos, sin mirar atrás. Apenas salió de su vista el deportista, Milo volteó para mirar con el ceño fruncido, una mueca de enojo y los ojos azules escrutadores.

—¿Qué fue eso, Camus?—el galo volteó la mirada tratando de ocultar la sonrisa que quería dibujársele forzosamente en los labios—. ¿Celos? ¿Camus celoso?—la sonrisa del griego era evidente—. El irreprensible e inmutable Camus Vial celoso?—indagó divertido, puyando con su índice la costilla de su compañero.

—Te estabas portando como adolescente—se excusó, deteniendo el ataque armado del compañero—. ¡Milo!

—¡Nunca te había visto celoso!

El griego se sonrío, chocando la copa de su compañero que posaba en la mesa, como si brindara por el extraño incidente y a su vez por la exclusiva que tendría, comentándole que era tal cual como lo recordaba, medio arrogante pero divertido, vanidoso pero agradable, extraño a su manera pero sin poder quitarle la vista de encima. En fin… era todavía el hombre que admiraba.

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