¿Recuerdas?

Entre el fuego de la chimena, mantas y recuerdos, dos amantes pasan una hermosa velada.

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Temas: Yaoi, romance, Universo Alterno.
Personajes: Saga, Shaka
Resumen: Entre el fuego de la chimena, mantas y recuerdos, dos amantes pasan una hermosa velada.
Dedicatoria:Obvio que al club Santísimo Pecado Geminis x Virgo
Comentarios adicionales: Con ese montaje fue imposible no escribirlo, la imagen me evoca.

¿Recuerdas?

Frente a una chimenea rustica, el fuego crepitante. Dos mecedoras de madera ejerciendo un vaivén lento, decidido, entre colchas de lana gruesa y pieles, mientras una nevada azotaba las afueras de la cabaña. De música se escuchaba las voces de dos mujeres dando órdenes a niños para que fueran a dormir, mientras uno se quejaba diciendo que tenía frio, otro que tenía sueño, y un tercero que quería chocolate. Los ruidos se oían, aún a pesar que las paredes los dividían dentro de la misma cabaña. El fuego seguía consumiendo los leños y en un momento, uno de los hombres se levanto, de piel más blanca, hasta la tetera donde reposaba un buen café.

—¿Quieres?

El segundo hombre abandonó la mecedora, levantándose con la taza de café vacía como respuesta. Hubo una sonrisilla cómplice, y ambos se sirvieron, mirándose, entre un cúmulo de nostalgia y fascinación. Él más alto se acercó al compañero, besó su frente, sus pómulos hasta hallar el embriagante aroma del café en sus labios.

—Sentémonos frente a los leños—sugirió el más alto, llevándolo del antebrazo.

Así hicieron. Con un caminar pausado y un poco de empuje, retiraron las mecedoras para dejarse caer cobre la gruesa alfombra de piel en la madera, apoyando sus espaldas al mueble robusto a su derecha. Uno alcanzó las mantas con sus manos y las acomodó sobre ambos, cubriendo sus piernas. El brazo del mayor rodeó el hombro del menor. La cabeza del más joven se recostó sobre el hombro de quien lo cubría, escuchando de cerca los latidos del corazón de su compañero. Ambos llevaron la taza de café sobre sus labios, saborearon el dulce sabor cálido, relamieron sus labios… suspiraron.

—¿Recuerdas la noche en que nos conocimos?—empezó el menor—. Recuerdo que ese día, anhelaba un café caliente en mis labios, una manta gruesa para cubrirme del frio. Tenía dolor, tenía aflicción, impotencia. Pero al mismo tiempo esperanza.

—Esa noche era fría—continuó el otro dejándose envolver por los recuerdos—, nos habían llamado por la emergencia. Mis compañeros y yo corrimos hacía los puestos. Vimos las barcas acercándose, gente llorando, el barco naufragando a kilómetros con otros más que no lograron sobrevivir.

—Sólo con Hyoga en brazo, mi hijo de seis años, en un país en donde no pensaba llegar, sin mi mujer… sentí realmente que las cosas habían acabado, tenía deseos de desmoronarme en miles de pedazos… pero… por él me levanté.

—Por el cabello largo te había confundido por una mujer, temblando de frio, un niño en mano…—dijo con una sonrisa.

—De no haber sido por el frio que calaba en mis huesos, te hubiera golpeado, ¿sabes?—se rieron…

—¿Recuerda que fue lo que te dije esa noche?

—¿Cómo olvidarlo?—acomodó su cabeza en aquel pecho—. Si lo primero que pensé fue: ¿este hombre intenta acaso consolarme?—el mayor lanzó una risilla ronca—. Fue algo como: otros más también han quedado viudo hoy.

—Quería que sintieras que no eras el único.

—Créeme que no necesitaba la acotación dadas las circunstancias.

Otro sorbo de café. La izquierda internándose por los lisos cabellos, acariciando la cabeza de quien reposaba en su pecho.

—¿Recuerdas cuando te invité a mi casa?

—Si… me sentía perdido, avergonzado además. Pero no tenía ningún familiar en Grecia, no conocía a nadie, así que no tuve otra opción más que aceptar. Y allí estaban tus pequeñas, Hylda y Fler.

—Recuerdo a la cara de sorpresa que pusiste cuando viste a Kanon y notaste que éramos gemelos.

—Eso no fue mucha sorpresa en comparación a ver a Kanon con otro hombre—rieron de nuevo—. Me había escandalizado.

—Yo acostumbrado, pero nunca apoyado. Siempre le dije que era antinatural.

Callaron de nuevo, dejando un profundo sonido de alivio con el aire exhalado de sus pulmones. Escucharon la madera crujir, chocar entre el fuego y un poco de ceniza roja esparcirse entre la fogata. El calor de ella era delicioso, pero más lo era el de sus cuerpos juntos, abrazados, dentro de esas gruesas mantas.

—¿Recuerdas cuando te dije que no regresaría?—preguntó de nuevo el menor, con sus parpados cerrados.

—Por supuesto, fue la primera vez que sentí que algo revoloteaba en mi interior después de tantos años. Desde la muerte de mi esposa, pensé que no volvería a sentir igual, pero me asusté, porque me lo hacías sentir tú.

—Yo no quería asumir aún la razón. Simplemente me auto engañé diciendo que no quería separar a Hyoga de lo que parecía ser sus nuevas amiguitas.

—Vaya amiguitas, terminó robándome a mi pequeña Fler—rieron juntos, se buscaron sus labios calientes por el café, se besaron.

Un beso tan lleno de todo… un beso tan lleno de eternidad. Un beso sutil, puro, entregado.

—¿Recuerdas cuándo los llevamos al colegio? Le decías a Hyoga que cuidara a tus hijas de los niños grandes—los dedos del mayor acariciaban su mandíbula—. Siempre, tan celoso.

—¿Recuerdas cuándo te celaba de las maestras que te coqueteaban descaradamente al ir a las reuniones de padres?

—Recuerdo que no sólo me coqueteaban a mí—dijo con una mueca de enojo falso. El más alto se rio roncamente, mirándolo con adoración.

—No, pero porque siempre me he mostrado severo… en cambio tú parecías ser más accesible según ellas—el más bajo enarcó una ceja, intrigado—. Recuerdo cuando me presentaste a esa muchacha con la que empezaste a salir.

—Yo pensaba en darle una madre a Hyoga…

—Yo me estaba muriendo de la desesperación y no sabía porque. Te decía que no era bueno, que podría maltratarlo, que podría dejarte…

—¿En ese tiempo aún no lo entendías?—preguntó recibiendo sin reproche las caricias en su cuello.

—Más que entenderlo, no quería admitirlo—besó sus mejillas, sus labios delgados—. Te confieso que ya soñaba contigo incluso antes de que esa mujer llegara. Pero me decía que estaba mal, me lo negaba.

—Lo negamos por mucho tiempo…

—Necio que éramos…

Se abrazaron con más fuerzas, se acurrucaron uno al lado del otro, observando el fuego. El mayor contemplaba las hermosas luces que brillaba sobre aquel rostro, sobre esos ojos azules, un tanto opacados por la edad, pero tan brillantes y tan místicos como siempre. Pasó de nuevo sus dedos gruesos por la piel, la delineó y le pareció que rejuvenecía dicha imagen mientras más la miraba, encontrando en su lugar al mismo joven de cabellos de oros, mirada azul, piel de nácar, tan fuerte, tan lleno de vida… En realidad seguía siendo el mismo, exactamente el mismo.

Y así mismo pensaba el otro, quien observaba sobre él el mismo rostro fuerte y varonil, las mismas esmeraldas llenas de poder, de decisión. Los mismos mechones de cabello desordenados, esos que cubrían su frente y enmarcaba la mirada llena de seriedad. Le sonrió, podrían pasar los años… las décadas, seguían siendo los mismos.

—¿Recuerdas cada una de nuestras salidas al bar?—continuó el mayor, delineando su rostro, evocando las imágenes—. Íbamos juntos, luego que nuestros hijos se durmieran. Hablábamos de todo y siempre, siempre nos quedábamos en silencio.

—No veíamos…

—Te deseaba…

—Evadía tu mirada…—juntó sus manos, sus dedos—. Me perturbabas, para ese tiempo.

—Yo sentía que me quemabas, pero lo entendía. Era incorrecto, la sociedad, tu hijo varón…

—Y aún así, quería seguir teniéndote a mi lado, encontrarnos en algún bar, conversar de la vida, la crianza, los hijos.

—Comenzó porque éramos tan solos dos hombres viudos encontrados en medio del infortunio.

—Yo lo escudé de esa forma durante mucho tiempo. Pero, creo que mucho antes de darme cuenta ya era más.

Se miraron profundamente. Se hablaron la verdad de sus emociones por medio de sus pupilas. Se amaron…

—¿Recuerdas cuándo encontré a Hyoga con Fler en mi mueble, aquella noche?—el otro sonrió efusivamente, un gesto lleno de luz.

—¿Cómo olvidarlo? Pensé que lo ibas a matar, y aunque estaba molesto también por mi hijo, no podía permitir que lo tocases.

—Nunca te había visto de esa forma, tan amenazante, dispuestos a defender a tu hijo. Hasta los golpes podría revivirlo.

—Nos enfrentamos enloquecidamente luego de enviar a nuestros hijos a dormir. Me golpeaste, te golpeaba, gritábamos fuera de sí en el patio de la casa… hasta que…

—Te empujé al suelo, te besé, sentía que lo que tenía encendido en mi pecho en tantos años me estaba quemando, sin demora.

—Habían sido diez años de habernos conocidos, diez años de haber dejado de amar y en ese momento sentí que nunca había amado, no con esa fuerza.

—Fue un buen beso… caliente, explosivo, sentí que me desintegraba en tu cuerpo y aunque dolía, todos los golpes que recibí de ti dolía, dolió más la forma en la que me apartaste, me miraste, con ese terror…

—Tuve miedo, de mi—lo buscó de nuevo, lo besó—. Si hubiese sido más valiente, más sincero conmigo mismo…

—No, no vale la pena pensar en eso, lo importante es que ahora somos, y seguimos siendo. Estamos juntos, como deseamos siempre.

—Como debió ser desde mucho antes…

—No importa eso—lo abrazó, besó su cabeza con devoción, le amó con tiernas caricias—. No pienses en eso, amor.

Se quedaron en silencio, con el fuego danzando, el frío golpeando la ventana de su habitación, sus respiraciones conectadas. Un ólo latir, juntos. Allí juntos…

—¿Recuerdas la primera carta que te envié?—el mayor trazaba caricias en el cabello a la altura de sus hombros—. Las primeras nunca me las contestaste, ni me hablaste de ellas. Sentí que estaba haciendo el ridículo, pero allí estaba, en mi pequeño escritorio luego de revisar que mis jóvenes hijas regresaron a casa, escribiéndote de nuevo lo que me hacías sentir.

—Las recuerdo… y también recuerdo el cómo me agitaba leerte, leer como decías que me amabas como un hombre amaría a una mujer, y que no te arrepentías aún sabiendo que era otro hombre.

—Era mi verdad, sin tapujos, sin maquillajes.

—Lo sé… pero entonces Hyoga me dijo lo de Fler, el embarazo, mi muchacho apenas tenía diecinueve años. No pude pensar más en lo que sentía por ti.

—Oh, cielos—resoplo con cierta incrédula—, cuando Fler y Hyoga me enfrentaron para decir lo del embarazo, yo sentí que todo se caía encima, que te perdería… que no habría oportunidad si ahora, además de amigos, además de enamorados, seriamos abuelos y consuegro. Además era mi niña, mi pequeña Fler. Una parte de mí quería odiar a tu hijo pero otra… otra me instaba a pensar en ¿cómo? Era tu hijo, tus ojos, tu cabello, tu sangre.

—Lo sé, fue difícil, pero terminamos apoyándolos, ayudándolos y en el matrimonio, no sé quien estaba más nervioso. Sobre todo cuando, en medio de los votos matrimoniales, me miraste de esa forma tan penetrante.

—Estabas hermoso, al lado de tu hijo, serio, con ese traje italiano blanco… ¡Dioses! Aún puedo recordarlo.

—El traje color plomo que llevabas puesto también te sentaba muy bien…

—Sí, fue un buen día, luego que nuestros hijos salieran a su luna de miel y la fiesta terminase, nos quedamos bebiendo.

—Fue la peor resaca que tuve el día siguiente—se sonrió el menor—. De allí jamás recomendé emborracharse con champagne.

—Pero yo recuerdo que sólo así fue que nos besamos, en la mesa donde antes nuestros hijos se tomaron las fotografías matrimoniales, nos besamos, nos acariciamos…

—¿Cómo ahora?—preguntó, sonriéndole con los ojos azules brillando.

—Sí, estas mismas en tus piernas, en tu espalda, en tus hombros.

—Estábamos muy ebrios para concretar y al otro día muy avergonzado como para asumirlo—se acomodó un poco más con él, le abrazó con fuerza—. Eras más que un amigo, Saga. Yo lo sabía, desde hace mucho lo sabía. Pero me asustaba lo que dijera la sociedad, mi hijo… y nuestro nieto que venía en camino.

—Fue un error preocuparnos tanto por ello, pero, Shaka, ¿recuerdas nuestra primera vez?—aparto el flequillo de su paso, acarició la nariz—. Después del primer año, aquella fiesta. Nuestros hijos habían subido a descansar luego de todo el ajetreo.  No podía dormir, no podía cuando en toda la celebración cruzamos la mirada y notaba el deseo escurrirse de tus ojos. Notaba la pelea interna que ya te estaba superando.

—Tantas cosas Saga, ese movimiento a partir de los 80 nos estaba envolviendo a todos. En la oficina sólo se oía de lo descabellado que era amar un hombre y yo, yo te amaba, como nunca pensé que se podría amar. Me sentía perdido, en el tiempo equivocado. Pensaba en que quizás, si hubiese sido después, cuando la sociedad lo asumiera, sería más sencillo, más sencillo corresponderte. Por eso estaba en la cocina, bebiendo whiskies, cansado de pelear contra esto.

—Te diste por vencido, y fui feliz… el hombre más feliz.

Recordaron entonces esa noche, ambos sentados en el mueble de lo que era la casa de sus hijos, bebiendo aquel licor amarillo y caliente. Saga notaba en su amigo una turbación impresionante, una tensión tal que lo asfixiaba. Le decía que se sentía cansado, agotado, y llegó a pensar que tendría deudas o problemas en el trabajo. La crisis golpeaba, sobre todo por los enfrentamientos y el conflicto terrorista entre Estados Unidos y la Unión Sovietica. Entonces le tocó el hombro, presionó con el agarre de un amigo. Quince años, quince años desde que lo conoció, 14 amándolo y conteniéndolo…

Entonces los celestes ojos le miraron, con una aflicción inmensurable y, deseos, un lago de deseos hirviendo. Y antes de que Saga pudiera reaccionar, Shaka se entregó buscando sus labios, con ansías, con pasión, totalmente desbordados. Recordaron entonces las caricias, la forma en que sus cuerpos se buscaban y encontraba. Los besos, cada vez más, más íntimos, más cálidos, ardientes. Los deseos flagelando cada duda y argumento. Por fin, los dos juntos, envolviéndose en el cáliz de su propio sudor, embebiéndose en la majestuosidad de su unión. Más que placer, amor y entrega, la más pura, totalmente sumergidos en ella. Y así Saga lo tuvo, pudo tenerlo, penetrarlo, marcarlo, con sus ropas a medio quitar, mordiendo sus labios para no llamar la atención de sus hijos… se hicieron uno… se tomaron… y declararon derrota.

Reencontraron sus miradas de nuevo, con el brillo del fuego de la chimenea entre ellos, el de sus corazones al revivir esa escena. Se buscaron, se besaron, y se amaron de otra vez.

Fueron extensos minutos… dos horas en solo besos, en caricias tiernas que se entregaban. Ya no eran los mismos, ya sus cuerpos habían envejecido, sus piernas ya no tenían la dureza y firmeza de antes, su piel era más áspera, delgada, arrugas cubrían sus cuerpos, sus rostros. Cumulo de grasa en lugares donde había solo músculos, dolores en espalda, los años pesaban… ya pesaban. No eran el hombre de veintiséis años que perdió a su mujer en el naufragio, ni el hombre de treinta y cuatro que asistió en la jornada como salvavidas. Treinta años habían pasado por sobre ellos, largos treinta años.

Entre besos y caricias sus cuerpos despertaron y recordaron. Entre susurros y sutiles gemidos su carne se excitó. Lograron alcanzarlo, como un estallido, una voluminosa sensación de locura que los corroyó desde dentro hasta que por fin quedó la efervescencia del placer, uno en la mano del otro, uno sobre el otro, temblando, mirándose igual, igual como en aquella vez que se tomaron y decidieron dar rienda suelta a su sentimiento, su amor.

Sonrieron…

Se levantaron de aquella mullida alfombra, desnudos. Dejaron todo allí y se acomodaron en el calor de la cama, enredándose entre las fundas, buscando abrazarse de nuevo. Cabello dorado y plateado, enredándose con el añil más abundante de canas. Se acomodaron tan cercas, que parecían ser solo un cuerpo.

—¿Recuerdas, las veces que aprovechábamos las reuniones familiares para vernos, amarnos?—siguió Shaka, adormitado, con su voz un tanto turbia.

—Sí, eran encuentros fascinantes. Huyendo de nuestros propios hijos, sentía que era un adolescente jugando las escondidas.

—Rejuvenecía, aunque tenía miedo era mayor el anhelo de tenerte en mis brazos, de sentir tus besos. Durante mucho tiempo me había convencido que todo lo que sentía era malo, pero entonces, ¿por qué me hacía tan feliz? ¿Tan lleno?

—Porque es amor, simple y llanamente amor—enmarcó de nuevo el rostro más joven entre su grande y áspera mano—. Por eso, cuando nuestros hijos se dieron cuenta y nos sentaron, pudieron comprenderlo.

—Saga, ¡ese fue el momento más vergonzoso de mi vida!—el mayor sonrío, enternecido—. Ser regañado, ¡por mi propio hijo!

—Sí, también sentí que nos habíamos volteado los papeles pero, ¿no me dirás que al tener su apoyo todo fue más fácil?

—Más que fácil, todo era posible.

Pegaron sus frentes, se relajaron.

—Shaka, te amo­—le susurró, con sólo el sonido del fuego batiendo a la leña—. Recuérdalo, siempre, incluso cuando tenga que partir.

—Recordaré y reviviré cada segundo de estos quince años que hemos estado juntos, de estos treinta a partir de aquel día. A ti, primero mi salvador de las aguas frías, luego mi amigo, compañero, confidente… amante, consuegro y abuelo además. A ti Saga, te amo.

—Mientras tanto, seguiremos yendo a los bares a tomar nuestros vasos de whiskies.

—Y hablaremos, de todo tema, de las notas deportivas y los conflictos políticos. Hasta quedarnos callados.

—Quedarnos viéndonos.

—Amándote…

—Ya no desviando la mirada, sino observándote fijamente, venerándote…

—Y recordando… todo lo bueno, todo lo malo que vivimos. Lo que aprendimos, lo que hicimos, y lo que no pudimos llegar a ser. Sin importar de que pudimos haber compartido más si hubiéramos sido más sinceros… te tengo aquí, a ti, ahora, eso me es más que suficiente…

Suspiraron… entrelazaron sus dedos, sus manos…

—Parece que ya los nietos durmieron…—si, seis nietos…

—Sí, y ya es hora de que durmamos también…

Recordando, reviviendo…

Amando…

No hay años que se pierden, todos estos son parte del vivir. Cada experiencia, cada sentimiento y emoción, bueno o malo, dulce o amargo, nos han formado para ser lo que somos y estar donde estamos. Ellos lo sabían, ellos los comprendían y seguían añadiendo, a sus años, a sus líneas de tiempo formadas en su piel, a cada hebra plateada que tocaba su cabeza; más y más amor…

Hasta que llegara el tiempo donde sólo se podía vivir de los recuerdos del ser amado…

2 thoughts on “¿Recuerdas?

  1. Me encantó la imagen! Igual, me provocó leer el fic con un poco de chocolate caliente…Es esa nostalgia que supiste imprimir de una manera excelente.

    ¿Cuánto tiempo podemos esperar por el amor? ¿Estaríamos dispuestos a dejarlo pasar, por cuestiones como el “que dirán”? ¿Y que tanto podemos negarlo a pesar de tenerlo frente a nosotros?

    Pienso que a veces hace falta valentía para afrontar a nuestro peor enemigo: nosotros mismos. Que bien que Saga y Shaka lograron hacerlo a tiempo.

    1. Jaja esa imagen me pone renostalgica xD Más el final de un libro donde los protagoniostas estaban ancianos y fue: ¡Wala! xD
      Me encantó hacer este fic, pesé a que estan viejitos, el amor no es solo hard lemon ¿verdad? Además que me gusta tocar los prejuicios de decidir amar a otro hombre. Ciertamente lo que primero debemos vencer son nuestros propios paradigmas, luego de ello, vencer el miedo al que diran dependerá de nosotros mismos. Fue tarde, pero bien que pudieron ser valientes y aceptarlo, en vez de decidir morir con el secreto.
      Gracias por comentar, me agrada mucho leerte ^^

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