Mi Éraste (Aspraka)

Aspros es un hombre mayor y banquero que asiste a un lugar en busqueda de una persona capaz de aliviar sus tensiones, sin esperar lo que ocurriría en ese día en especial.

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Temas: Yaoi, romance, Lemon, Universo Alterno.
Personajes: Aspros, Shaka
Resumen: Aspros es un hombre mayor y banquero que asiste a un lugar en busqueda de una persona capaz de aliviar sus tensiones, sin esperar lo que ocurriría en ese día en especial.
Dedicatoria:Para el cumple de mi preciosa amiga Akito-Virgus ~Aleh Chan~.
Comentarios adicionales: Jajajaja no sé como se me ocurrió, pero aqui esta. ^^

Mi Éraste

Había llegado de nuevo, a la misma hora, el mismo lugar. Estacionó el auto en el pequeño estacionamiento al este de la ciudad, donde un edificio modesto de dos pisos le esperaba. En realidad, una persona la esperaba.

Bajó del automóvil sacudiendo su saco de lino fino azul índigo. De nuevo había usado la pastilla de menta para su aliento, había arreglado la corbata en su camisa celeste, se había mirado continuamente y peleado con los mechones rebeldes que se empeñaban en cubrir su frente. Ya algunas canas cubrían su cabellera desordenada, líneas de blancas hebras que parecían atestiguar que no, que por mucho que sintiera las cosquillas de enamorado quinceañero, no era un quinceañero. Era un hombre de cuarenta y ocho años, comportándose como un quinceañero. Se había preocupado tanto por la llamada crisis de los cuarenta, para darse cuenta que no, no tuvo dicha crisis, lo máximo que había hecho es comprarse tres automóviles solo por lujo, de los cuales dos de ellos le termino regalando a sus hijos gemelos.

Resopló sintiéndose como un imbécil. Tanto que le reclamó a su hermano por la idea de mudarse a la india a perseguir a un monje budista y él ahora estaba casi en las mismas circunstancias, con la penosa y nada admirable diferencia que a quien perseguía era un joven mucho menor que sus propios hijos.

—Tiene la edad de Milo—recordó que le dijo Cid cuando fue a invitarlo a tomar unas copas en el bar, noches atrás. El asunto lo superaba, el muchacho no abandonaba su mente por mucho que quisiera evitarlo—. Piensa en eso, imagínate que un viejo verde como tú ande calentándole la oreja a tu hijo, o una mujer, da igual.

Y sólo pensarlo lo enfurecía y… para su pesar… lo hacía sentir más imbécil.

¿Y qué hacía allí entonces?

Veía de nuevo la entrada de aquel sitio y el aviso. El nombre del muchacho tallado en él provocó en su pecho un verdadero rebullicio. La sangre bombeaba con fuerza, casi con violencia, por cada conducto que estaba bajo su piel, palpitando su corazón de forma enfurecida, golpeando con ahínco las paredes de su tórax. Y avisándole las razones del porque estaba allí, estaba aquel maldito dolor de espalda que lo traía aquejado. Se enderezó lo más que pudo —y que el dolor le permitió— para tocar entonces la puerta enrejada que estaba frente a él. Esperó la señal de la secretaria y miró de nueva cuenta el pequeño consultorio.

Un inmobiliario sencillo, de madera, donde en el escritorio descansaba el computador que tenía todas las citas marcadas para ese día. La mujer, con aire desganado, se limaba sus uñas postizas con cierta delicadeza. Lo miró de nuevo de arriba abajo, y le sonrió descaradamente. Alguien como él, con su edad, su experiencia, sabía perfectamente que buscaba. Sólo le sonrió, afilando hermosos dientes de marfil perfectos, una dentadura prodigiosa, con la que la mujer sólo se sonrojo un tanto para mover con cierta coquetería sus amplias pestañas. ¡Oh dioses! ¡Era el descaro en persona! Le andaba coqueteando a la mujer cuando siente que esta quemándose de sólo pensar oír la voz de quien estaba detrás de aquella puerta de madera. Pero vamos, despertar suspiros en una mujer joven era demasiada tentación para dejarla pasar, en el sentido, de aprovecharla. Ese tipo de cosas le hacía sentir que de alguna forma no estaba tan pasado de edad como pensaba.

El sonido de la puerta lo hizo temblar como muchacho de escuela ante la idea que saldría su maestra favorita. Un hombre con notable altura y sobrepeso salió sonriendo, pidiendo una cita para volver a tomar el tratamiento. De nuevo subió su mirada hacía el estante de acero que estaba en una esquina de la pequeña sala con un televisor de diecisietes pulgadas sobre él, con la novela del momento. Al lado del televisor había una foto de la secretaria, otro muchacho y el hombre de quien se había enamorado como un idiota.

¿Podía negárselo?

Allí estaba, recostado indiferente en el escritorio donde ahora la mujer abría la carpeta para la factura del tratamiento, con sus manos en los bolsillos dentro de un jean., una camisa de colores celeste, morado y blanco en líneas verticales y finas cubrían su pecho, con un cinturón negro de cuero. El cabello dorado y totalmente suelto, como nunca lo había visto, estaba cayendo por sobre sus hombros y brazos, lacio, fino, hebras de oro puro para él. Los lentes de montura negra y semi rectangulares agudizaba el brillo de dos potentes zafiros detrás de los cristales. El tilak, como le explicó la primera vez que lo vio, que daba seña de sus raíces hindú, y un flequillo dorado que caía graciosamente acariciando su nariz pequeño.

Dos labios… provocativos, delgados, con la visión de una textura de melocotón. Y hasta le pareció que en un momento se abrían en esa imagen incitándolo a besarlo…

Ya estaba alucinando…

—Señor Aspros Chrysomallis—escuchó a su lado, con esa voz… ¡oh dioses esa voz! Volteó intentando hacer un movimiento lento para verlo, allí, frente a él y en el umbral de la puerta—. Lo estaba esperando, pasé adelante por favor—le pidió, al tiempo que se alejaba del umbral.

Entró a la pequeña oficina sintiéndose asfixiado. De nuevo, sentía que cada vez que lo hacía se iba a quemar en los infiernos budistas o en los círculos del infierno de Dante. Cualquiera de ellos parecía incluso ser más fresco que el calor que le inundaba en su vientre cuando notó que el joven luego de decirle a la secretaria que iba a ser el último a quien atendería, cerró la puerta con llaves.

Sabía cuál era la rutina, pero seguía siendo mortalmente difícil de aplicar. El rubio sólo le señaló con la mano la puertecilla a su derecha, justo al lado de la camilla y la pequeña división en forma de cortina que separaba el consultorio del área de trabajo. Antes de entrar a cambiarse lo miró concentrado y de espalda anotando algunas cosas en una agenda. Adoraba ese gesto que hacía de morder la punta del bolígrafo cuando estaba leyendo plenamente concentrado. Detalles, idiotas quizás, pero que recordaba como un verdadero jovenzuelo mientras se encargaba de maneja el centro bancario más grande de Athenas.

Aspros Chrysomallis era un hombre conocido por su fortuna y su amor al trabajo. Desde joven trabajó duro, junto a su hermano, para criar una fortuna verdaderamente prominente. Se casó con la hija de una anciano millonario de Italia, pero esta murió diez años atrás por cáncer de mamas. Una perdida terrible y si, la amó, reconocía. Aunque quizás no tanto en el primer momento, la mujer había conquistado su corazón y su vida, dejándole de legado tres hijos, par de gemelos y el menor, tan guapos como él. O al menos eso decía ella en vida. Ciertamente sus hijos se habían convertido en su todo.

Saga, el mayor de los gemelos era un conocido abogado financiero y el más parecido a él. Era su viva imagen y lo enorgullecía, gratamente. Su segundo gemelo, Kanon, en cambio prefirió la vida militar, convirtiéndose en parte de la marina. Algo más difícil de controlar, como su hermano Defteros, pero con un buen corazón y sí, cada vez que veía una nueva medalla en el uniforme blanco era su orgullo. El menor de ellos, Milo, acabaría pronto una carrera como licenciado y tenía posibilidades de hacer una especialización en una beca para Francia. No le agradaba la idea, por el hecho de no querer que su retoño salga de casa, pero estaba tan decidido que pensaba, no podría detenerlo.

La voz del joven de nuevo cortó su concentración, pero esta vez hablaba en hindú y al parecer por teléfono. Se oía alegre y el banquero esbozó una sonrisa mientras deslizaba la camisa azul de sus fuertes brazos. Se miró por el reflejo del espejo frente a él y sonrío de nuevo. Todavía era atractivo, claro que lo era, el gimnasio y sus cuidados en la alimentación le habían permitido mantener una buena forma a pesar de su edad. Muchas veces Kanon le bromeaba diciendo que quería estar tan duro como roble como él, cuando fuera a llegar a su edad. Saga era más reservado al respecto. El lunar que estaba en su pectoral derecho, cerca de su tetilla seguía viéndose tan sexy como cuando tenía sus quince años. Oh, cielos, ¿en qué pensaba? ¿En si al doctor que lo esperaba afuera le gustaría ver su cuerpo así, semi desnudo? ¿Le excitaría, como le excitaba a él sólo sentir esas manos en la espalda?

El toque en la puerta le dio indicio de que tenía que apresurarse.

Con rapidez dejó rodar su pantalón de corte italiano, luego de haberse quitado los zapatos y quedado en medias con unas pantuflas de burbujas que al sentirlas en la planta del pie de inmediato lo hizo sentir más relajado. Recordó que Shaka le comentó alguna vez que en los pies existían diversos puntos que al ser estimulado mejoraba el funcionamiento de todo el resto del cuerpo, y por eso, tenía esas pantuflas para los pacientes. Con sólo el bóxer negro se vistió con la bata celeste y salió viendo al rubio frente a él, con su cabello recogido en una cola de caballo, gruesa y abundante. Señaló la camilla y se acostó, boca abajo, como ya sabía que debía hacer.

—¿Ha mejorado el dolor?—el griego asintió, sintiendo las manos tanteando diferentes puntos a través de la columna.

Quiropráctico, el hindú era quiropráctico, no graduado de hace mucho y lo conoció cuando fue a hacerle la suplencia a su antiguo terapeuta. De allí, no dudó en buscar en donde atendía y hacerse su cliente asiduo. Las manos eran delgadas y grandes, con dedos formados, nudillos limpios, delicados, hermosas manos con incluso las uñas perfectamente cortadas y cuidadas.

—Algo, pero he tenido una semana terrible—¿eran ideas suyas o olía el ambiente a chocolate? No, no sólo chocolate, sino canela, vainilla, dulce de leche y nueces. ¡Por los dioses!

—El estrés no lo ayudará—escuchó el leve tono del reclamo, mientras dos puños se aferraban en la parte alta de la espalda—. ¿Como sigue su alimentación? Notó por sus labios que no ha bebido suficiente agua.

El banquero mordió sus labios cuando, al mismo tiempo de aquel comentario sobre su boca, la presión pareció desenredarle un nudo de músculos tensos.

—Mucho frio, poco tiempo para el agua, me declaro culpable—asumió sonriendo cuando los dedos resiguieron en descendente hacía la mitad de su espalda. Adoraba esos movimientos, lentos, calculados y seductores.

—No debería. Creo haberle dado varias recomendaciones para mejorar su salud—y sentirse como regañado por él era otra cosa que lo excitaba, extrañamente—. ¿Muchos problemas en el banco?

—Cambios de políticas, eso significa de normas, de procedimientos, remover algunos cargos… es exasperante—frunció el ceño solo recordando la pila de papeles que aún tenía que revisar. Mordió luego sus labios cuando dos puños se posicionaron en su cadera y presionaron. Un seco sonido de huesos crujiendo sonó en el lugar, acompañado por un quejido.

—Mucho estrés, puedo notar—dijo el especialista con un tonó más condescendiente. Le encantaba la forma en que el muchacho podía mostrar ese aire cómplice aunque su relación no era más que el de un paciente y su terapeuta—. Sujétese fuerte, este será un poco más doloroso—obedeció, cerrando su puño en los dos sujeta brazos que estaban sobre su cabeza.

Pronto sintió aquella presión determinada en la zona lumbar y lanzó un prolongado quejido junto al ruido de huesos acomodándose en su lugar. El dolor, casi mágicamente, mejoró de forma dramática y se permitió entonces exhalar el aire a modo de suspiro de alivio. Abrió sus potentes ojos índigo y lo vio allí, a un lado de él, mientras de nuevo las manos iban ascendiendo la curva de su espalda. El cabello sujeto bailaba sinuosamente tras la bata blanca del rubio. Sus lentes sosteniéndose de la fina nariz brillaban un tanto quizás por la posición en la que se encontraba y la luz de la lamparilla sobre ellos. Notó ese gesto concentrado, mordiendo sus labios de esa forma tan enfermamente erógena que no pudo controlar el respingo que sintió hasta en la medula. De nuevo lo miraba, esas dos dulzuras mordiéndose la una a la otra, humedecidas un tanto por el paso reciente de saliva, constató. Dos pequeñas piezas de melocotón que quisiera saborear, mordisquear, lamer, succionar…

—¡Argh!—su cabeza cayó al asiento luego de haberse levantado víctima del dolor inesperado.

—Lo lamento—susurró el joven, reclinándose un tanto para ejercer de nuevo presión en esa parte hasta haber desatado por completo la tensión.

—No… no es nada…

Y es que no sólo era dolor, sino una oleada de placer que atravesó sus sentidos.

Entonces el joven se posicionó frente a él, en la parte superior de la camilla mientras ejercía ligera presiones entre los hombros hasta un poco más abajo del corazón, y los pulmones. El olor a chocolate se hizo más fuerte, y Aspros literalmente se sentía preso de la lujuria. Allí, sobre su cabeza, estaba esas caderas, esas piernas… ese sexo… ¿Cómo sería? Debía estar enfermo, jamás le había prestado tanta atención a un hombre y allí estaba, pensando en el grosor, la textura, el tamaño… la piel… los vellos…

Se estaba cocinando, a fuego lento, mientras esas manos bajaban de nuevo hasta su zona baja, reclinándose el doctor en el proceso, aún parado en el mismo lugar. Tocaba, presionaba los puños ligeramente, se movía… y él estaba allí, pensando que con mover un poco de su cabeza podría tener la cremallera a su poder y hacer… si, tomar su más oscura fantasía.

Cuando estuvo a punto de sucumbir a su deseo, el doctor se movió, caminando a otro costado y esta vez afianzando codo y antebrazo. Sintió otra opresión y si, el dolor prácticamente había desaparecido y sólo quedaba un verdadero problema, estaba excitado, y hablándolo de forma literal. Caliente y duro como piedra volcánica, el banquero tenía a su miembro erguido atrapado entre su bóxer y al finísima bata. Suspiró un tanto avergonzado, así de ninguna manera podía simplemente pasearse frente a él y vestirse, se daría cuenta de hacia dónde apuntaba sus malévolos pensamientos.

—¿Se siente mejor?—esa dulce voz, melodía… era como el sonido de un saxofón, grueso, pero dulce, casi terciopelo, seductor. Las manos de nuevo subían por su columna pero… era distinto a como se movían antes.

—Bastante mejor…—el aliento caliente en su odio… los dedos que se movían ahora por sus hombros. Aspros abrió los ojos sintiéndose, de un momento a otro, atrapado.

—Me alegro por ello…—esa voz… ¡esa voz tan cerca! Y su aliento, chocolate, dulce de leche, nueces… ¡dioses!—. He notado sus reacciones cuando viene a la consulta—el respingo—. La forma en la que me mira, y hacía donde…—dedos que bajaron dramáticamente y en un solo movimiento hasta la hendidura de su espalda. Un jadeo, inconsciente que pasó sin permiso de su garganta y fue percibido por el especialista—. Ha sido… halagador—y esa voz… ronca ahora, en siseos con leve turbaciones por el acento de la india. Mística, perfecta…

—¿Me estás seduciendo?—se reincorporó un poco para verlo, sonriendo de esa forma descarada y sobre él, un tanto reclinado. Se movió entonces, quedando acostado de lado en la camilla y mirándolo con verdadero fuego en sus pupilas índigo. El niño quería jugar, y él era el experto en la materia.

—Seducir suena demasiado… sutil—la amplia sonrisa del mayor le indicaron comprender perfectamente los términos—. Lo estoy tentando—advirtió el rubio sonriendo con picardía. El banquero se sentó en la camilla, abriendo las piernas desnudas frente a él…

No bien había terminado de decirlo cuando el mayor lo atrajo hacía él de un empujón, atrapando con sus piernas el delgado cuerpo del quiropráctico. Olfateó con deseos su mejilla de nácar, sintiendo su pecho subir y bajar compulsivamente, como si el aire que tomaba no fuese suficiente para respirar. Lo tenía así, justo así, entre sus piernas, entre sus brazos que de inmediato rodearon la espalda, saboreando el aire… el aliento.

—¿Qué es lo que buscas de mi, muchacho?—preguntó con su voz sensual, ronca y potente, en el oído del menor. Este al escuchar la forma en la que se refirió a él tembló de un éxtasis fulminante, primitivo, preparado para tomar todo el placer que aquel cuerpo, sus años, su experiencia, le tenía deparado.

—Señor…—le susurró en esa voz con el tono en que un niño le habla a un mayor, con ese desliz de inocencia falseada que provocó un sonoro jadeó al banquero—, quiero que me enseñe… todo lo que sabe.

Suficiente. Eso había sido más que suficiente.

Sin tregua ni tratados se apoderó de esos labios de terciopelo, y con ello sintió que todo el fuego empezaba a correr por sus venas. Juventud, era como beber de la magia del elixir de vida eterna tener esos labios de melocotón entre los suyos, lamerlos, besarlos, comerlos de forma dulce y lenta mientras probaba su aliento, a chocolate, a canela, a nueces a… ¡dioses! Excitado en extremo, apretó más su cuerpo contra él de él que sin reparo acariciaba la amplia espalda y cuando sintió que su miembro rozó con las caderas del menor, ambos exhalaron un gemido, ahogado. Estaba seguro, se iban a quemar y ambos buscaban precisamente eso.

De nuevo lo besó, ahora más profundo, tomando con una mano la nuca del terapeuta para afianzar el contacto, mientras que la otra mano acariciaba el vientre a través de la camisa, dibujando formas, de arriba abajo. El muchacho jadeó, y sonrió entonces el hombre de casi cinco décadas, convencido que lo llevaría más allá de lo que conocía como nirvana.

Se levantó y atrapó de nuevo al rubio entre sus brazos para besarlo de forma más apasionada. No tuvo reparo alguno de cruzar besos entre mejillas, mandíbula, cuello y volver a subir, escuchando esos gemidos ahogados, ruidillos en su oído que lo alebrestaban a niveles inhumanos. El rubio se alejó por un momento, jadeando, excitado, con el rostro enrojecido por el placer que ya estaba experimentando y le sonrió, colocando un dedos en los labios del banquero el cual tomó, mordió, y luego lamió con lascivia. Shaka tembló al ver esa forma de seguirlo provocando, esa siniestra sonrisa, esos ojos llenos de mucha, mucha experiencia.

—Pondré… música…—jadeó el menor y el mayor esbozó una sonrisa controladora.

Le permitió poner el grabador con música de la nueva era y vio en el escritorio el pedazo de torta de chocolate a medio comer, con lo cual dedujo el origen de ese aroma. Se sonrió, tomo una cucharada del dulce postre y de inmediato acorraló el menor entre la pared para darle de probar la torta. De allí, todo sería demasiado violento, demasiado apasionado, demasiado sensual.

Las manos combatieron para desnudar el cuerpo del otro. Aspros con rapidez casi magistral se deshizo de la bata y la camisa del muchacho antes de que este pudiera hacer algo para resistirse. Devoró vivazmente su cuello y hombros desnudos a beso, mientras lo empujaba al escritorio, ya tocando más allá y escuchando así los jadeos, percibiendo las sacudidas de placer y la temperatura que aumentaba, de forma rápida y sin retrasos. En un segundo él mismo se quitó la bata de encima e instó al hindú a sentarse en el escritorio mientras los besos se seguían generando.

Era mucho, mucho para él. Aspros sentía que le habían entregado una ofrenda a sacrificio y él, bajo ninguna circunstancias, le perdonaría la vida. ¿El muchacho quería ser domado por un semental? Se lo daría, lo tomaría sin el mínimo reparo y al entender que era él mismo joven quien lo había buscado le hacía sentir rejuvenecido. Era como si los años de vida que cargaba encima de sus hombros se fueran diluyendo al paso de esos ósculos divinos con los que él le besaba, esa forma tan ardiente y desesperada con la que acariciaba su espalda, y el cómo jadeaba, se estremecía, se desfloraba para él. Hizo de lado papeles y agenda para recostarlo, quitarle el pantalón, la ropa interior, tenerlo por fin desnudo ante él. Relamió sus labios cuando por fin pude tener frente a él la estructura de su sexo, despierto, ansioso, anhelante y; subió su mirada hacía esos zafiros que lo miraba con una demanda impresa. “Tómame” le decía, y justamente eso haría.

Shaka mordió los labios y se tensó por completo cuando los labios de Aspros empezaron a viajar por su pecho, y los dedos a acariciar la piel interna de su muslo exasperándolo. Arqueó su espalda todas las veces que tomó una de sus tetillas y poseyó con frenesí; y casi grita cuando aquellas manos tomaron sus testículos y acariciaron con delicadeza. Su cabeza ya daba vueltas, su frente sudada tenía pegado el flequillo dorado y sus lentes ya no sabían a dónde habían sido dejados. Sólo podía sentir, saborear, percibir los dedos, los labios, la lengua, los dientes que ahora bajaban mordisqueando su vientre… él se sintió atraído desde aquella primera vez que lo atendió y ciertamente llegó a pensar que un muchacho como él, joven, aún inexperto, pudiera satisfacer a alguien como Aspros.

Tambaleó la madera y el cuerpo cuando los labios apresaron su hombría. Se sujetó con fuerza al filo del escritorio cuando esos labios succionaban, esa lengua lamía, esa boca besaba. Sacudía su cabeza con desespero, buscaba intentar sobreponerse a la oleada del placer, oprimir los alaridos de deleite, mientras que usando sus brazos como palanca empezó a moverse instando un ritmo con su cadera. Ojos índigo subieron para ver a la presa que tomaba, y encontró ojos celestes mirándolo con deseos aún por concretar. Lo llevó a la cumbre, y antes de dejarlo estallar simplemente detuvo la descarga y se rió roncamente cuando el menor ofuscado e insatisfecho estrujó su tilak con las cejas.

—Te he deseado, durante mucho tiempo Shaka—abrió las gavetas con cierta velocidad, buscando algo que ayudara y encontrándose con todo lo necesario. Condones, lubricante… se sonrió divertido y el rubio hizo lo mismo, en respuesta—. También me deseabas.

—Desde que lo vi entrar al consultorio aquella tarde, Aspros.

—¿No hay jóvenes fuertes y robustos que te atiendan?—el rubio rio cortamente con malicia, usando sus antebrazos para levantarse un tanto y mirarle de forma decisiva.

—Soy un hombre en búsqueda del conocimiento—y los dedos fueron enjugados por el frio líquido—. La experiencia, el poder, la madurez—se sentó en el escritorio y el mayor decidió mejor llevarlo al asiento. Se lo llevó con él, sentándolo en sus piernas y tentando el ano de forma persistente, sin empezar a dilatar.

—¿Y cuándo la obtengas por completo?—preguntó jadeando en su oído. El terapeuta encajó sus uñas en los hombros gruesos del banquero, gimiendo al sentir la irrupción de un dedo rítmicamente.

—Para eso… puede ¡hmmm!… pasar varios años ¡haa!—echó su cabeza hacia atrás, el segundo dedo había irrumpido.

—Varios años, ¿eh?—lamió, besó, mordió el cuello donde la yugular palpitaba con fuerza y energía—. ¿Mi amante dices?—lamió hasta su oído, mordió de nuevo, temblando, al sentir que estaba a punto de tomar la gracia bendita de los dioses—. Te doblo la edad, muchacho—le susurró, como si al recordarlo pudiera sentirse aún más excitado—. Tengo un hijo de tu edad esperándome en casa.

—¿Ah sí?—se movía, se agitaba… le danzaba a esa mano que salía y entraba cada vez más—. Eso me gusta…—buscó sus labios, lo besó de forma salvaje—. Me excita… ¡Haaaa!—los labios gruesos sometían su tetilla derecha, con ansías, con fuego. Azorado en extremo Shaka tomó la cabellera de Aspros y lo hizo verle, pegando su frente sobre la de él, uniendo su aliento sobre el de él—. Enséñeme todo lo que sabe—se movía, de forma tal que ambos miembros se rozaran indicando que ya estaba cerca el momento, hinchados, duros, rojos por la sangre acumulada—. Usted está en plena edad de Oro, Aspros. Y yo… quiero ser su “erómeno”[1>.

—Bien has dicho… no te arrepentirás.

Y no fue así… con certeza. El mayor enjugó las manos del rubio con el lubricante, y luego de haberse colocado la protección, instó que el menor fuera quien lo acariciara, preparándolo para la penetración. Totalmente listos, el glande se hizo espacio dentro de Shaka, y este abrió los ojos forzosamente por el placer y el dolor. El lubricante ayudó el movimiento, la forma en que aquel inhestó miembro tomaba terreno de su carne hindú, entrando lenta pero decididamente, hasta tocar fondo, con el cuerpo del rubio temblando y respirando con dificultad, enrojecida toda su piel, las tetillas erectas, su hombría como flecha.

Acto seguido, la locura.

Movimiento ascendente y descendente. Gargantas dilatadas sólo lanzando aire, aire. La fricción de ambas pieles, el sudor que recorría sus dermis, sus manos apretando, pellizcando, sometiendo… el sexo. Ahogadamente Shaka se movía con desesperación, queriendo más, buscando más. Enloquecido, Aspros tomaba las caderas y lo movía al ritmo de sus deseos, gruñendo, dejando salir sonidos guturales ahogados en un mantó de fuego que los embargaba, los destrozaba, los hacía revivir. En algún momento se levantó con el cuerpo de rubio en brazos y de nuevo lo llevó acostándolo contra el escritorio, pasando ambas piernas a un lado de su cadera sosteniéndolas con el brazo derecho, usando el izquierdo como sostén de su cuerpo y empujando, con más fuerza, con más frenesí, con más ardor. El hindú fuera de sí sujetó el filo del escritorio sobre su cabeza y se empujaba, siguiendo las estocadas cada vez más rápida, más violentas, con sus ojos abiertos y jadeando sin voz, sin alma, sólo su ser sintiendo aquella marejada de emociones y sensaciones que lo colmaba más alla de lo imaginable. En otro segundo, Aspros dejó caer ambas piernas a un lado obligándolo a ponerse boca abajo y penetrando, aún más dentro, aún más fuerte.

Le tomó de sus cabellos dorados, como quien tomó las riendas de su mejor semental, soltando por fin la cola de su cabeza para ver la manta de oro puro que cubrió pronto la espalda del rubio. Subía y bajaba el ritmo, lo tenía totalmente a su merced, con una resistencia que Shaka no esperó para alguien de su edad, pero que simplemente le fascinaba. Aquel hombre tenía la fuerza para llevarlo al límite y mantenerlo en el filo de entre la locura y el placer el suficiente tiempo como para terminar desesperándolo.

Pronto un brazo de él llevó su espalda contra el amplio pecho y el otro brazo tomaba la pierna pidiéndole que las subiera contra el escritorio. Sus rodillas era lo único que lo tenía sobre la madera.

—Sujétate—le ordenó, y de nuevo otra embestida casi lo deja en total desequilibrio. Sólo atinó a cruzar sus brazos detrás de las caderas del mayor y permitir que él decidiera el ritmo. Las estocadas eran más certeras y en algún momento alcanzaron aquel punto que lo hizo desarmarse de sensaciones.

—¡Oh Buda!—gimió sin poderlo detener, sintiendo que se deshacía en miles de neuronas y corrientes eléctricas.

—No… Aspros… ¡Aspros!—jadeaba el mayor en su oído, con una sonrisa, sintiéndose el dueño de todo.

—Oh Aspros.., ¡hmmm! ¡Más!

No hubo tiempo de más. El movimiento constante y ondulante pronto superó todas las barreras del hindú quien tensándose como cuerda de violoncelo se dejó ir en las manos del mayor. Aspros escuchó esa exclamación sin aire del rubio, invocando su nombre, y fue suficiente para que él lo siguiera y lo marcara, sin remedio. Ambos cayeron, hincados sobre la madera, agotados y satisfecho.

Eso lo había superado todo.

Largos minutos pasaron sólo recuperando el aliento, con su piel aún vibrando del profundo éxtasis que habían vivido. Shaka no sabía ni cuantas vueltas le había dado, pero aquello había sido más de lo que llegó a imaginar. Había sido perfecto, totalmente perfecto y se sonrío al comprender que había encontrado lo que buscaba. Lo entendió aún más cuando aquel hombre con una delicadeza impensable le acariciaba la espalda y el pecho, dejando besos dulces por la piel descubierta de sus cabellos.

—¿Años dijiste, mi erómeno?—el rubio sonrío, fascinado.

—Décadas si es posible…

—Tal vez no pueda darte décadas, pero te daré mis mejores años.

—Es un gran regalo de cumpleaños—se volteó el rubio, sentándose en el escritorio y buscando sus labios para besarlo. El mayor quedó un tanto desubicado al tiempo que Shaka lanzó una risilla graciosa—. Es mi cumpleaños número veinte.

—Oh, eso lo explica todo—tomó otra cucharada del chocolate que había quedado rezagado y se la llevó a la boca del rubio, para luego besarlo y tomar su parte—. Feliz cumpleaños, Shaka y…—lo miró de forma demandante—, prepárate para no dormir esta noche.

—¿Una fiesta de cumpleaños?—indagó el hindú con gesto provocativo. El mayor mordió su nariz, juguetonamente, antes de besar sus labios y mirarlo fijamente.

—Entre espejos y satenes—y Shaka ya esperaba una velada inolvidable—. Tendré que llamar a mi hijo para avisarle que no dormiré en casa—escuchaba mientras se vestía, se acomodaba, tomaba el último bocado de torta que quedaba—. ¿La secretaria?

—Se iba a ir media hora después de que entraras, así que no hay problema—el mayor se sonrió al notar como el menor había preparado todo. ¿Cazado? Ya Shaka sabría a quien se le ocurrió cazar—. Sería interesante conocer algún día tus hijos, como algo casual.

—Mmm… no—aunque sabía que no le hablaba de algo formal, sólo recordar a su hijo mayor le hacía declinar por el momento la idea—. Conozco a Saga, en cuanto te vea también querrá caerte encima—el hindú rió divertido.

—¿Celoso?

—Posesivo, aunque a mi hijo aún le falta mucho por aprender y alcanzarme—tomó al rubio entre los brazos—. ¿Listo, mi erómeno?

—Siempre, mi éraste.


[1> En la antigua Grecia, era una relación entre un hombre mayor y un joven adolescente. En Atenas el hombre mayor era llamado erastés y se encargaba de educar, proteger, amar y dar ejemplo a su amado. El joven era llamado erómeno y su retribución al amante era su belleza, juventud y compromiso.

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