Un Poco de Color y Vida (Cap 21)

Después de la llamada de Saga, Shaka ha tomado una decisión: regresar a Londres. ¿Pero que es lo que le espera a su regreso? ¿Habra oportunidad de recobrar lo perdido?

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Temas: Yaoi, lemon, romance, Universo Alterno
Personajes: Shaka, Saga, Afrodita, Mu, Kanon, Aioria, Aioros
Resumen: Shaka Espica es un conocido decorador de Interiores que he citado y contratado por el abogado Saga Leda. Sin embargo, al parecer sus servicios de decoración y rehabilitación de espacio tomaran tintes más personales.

Después de la llamada de Saga, Shaka ha tomado una decisión: regresar a Londres. ¿Pero que es lo que le espera a su regreso? ¿Habra oportunidad de recobrar lo perdido?

Capitulo 21: En las raíces

Todo fue obedecer un impulso, arraigado, humano, tan potente que no pudo más que escupir prácticamente el nuevo destino, esperar impaciente el aviso del avión, entrar al equipo… salir… verse allí.

Un impulso tan violento como su mismo caudal, una bajada siniestra y brutal que no le dio más tiempo que seguir adelante y a la cual, no sopesó, sino hasta que estuvo de nuevo en ese aeropuerto de donde partió cuatro años atrás.

Y si ya su corazón latía fuerte y violento cuando iba en camino, en ese momento era un verdadero arsenal de guerra, el golpe de los cascos de cientos de caballos en plena ladera. Ruin, siniestro, doloroso incluso, cada pálpito era una pregunta y una respuesta.

Ser él quien retrocediera y bajara su orgullo para entablar a su padre no había sido, en ningún momento una opción. Hacerlo significaba para él que estaba equivocado, hacerlo de alguna manera le obligaría a disculparse por lo ocurrido, por su decisión, dar su brazo torcer. Shaka no era ese tipo de hombre y por lo tanto la sola idea le causaba una repugnancia tal difícil de evadir. Se trataba de orgullo, sí, pero también honor. Regresar para ser tratado como un enfermo no le apetecía en lo más mínimo, pero luego de haber escuchado lo que Saga le habló por el teléfono, la sola idea de que fuese muy tarde, que regresara cuando no había nada más que hacer: lo llenaba de un pesar inconmensurable, difícil de explicar.

Si bien odiaba equivocarse, más odiaba arrepentirse. Y en algo tan importante para él como su familia, eso no era precisamente una opción. Jamás se arrepentiría de haber abandonado su hogar en ese momento, de haber buscado pelear por proteger el quien era, y por demostrar… pero, era muy distinto si hubiera tenido la oportunidad de recobrar algo perdido y la desaprovechara, por orgullo.

Quizás debía intentarlo.

Con sus tres grandes maletas en mano, el corazón desbocado, la vista en la salida del aeropuerto para tocar por fin su tierra, la tierra de sus padres, su legado: Shaka Espica, al cruzar el umbral, sintió de nuevo que su apellido era Wimbert.

La ciudad no había cambiado, no al menos tanto como se esperaba. Sin embargo, se sentía totalmente ajeno a ella. Sostuvo con fuerza las asas de los dos maletines de rueda mientras un bolso de medio lado cruzaba tras su espalda. Echo un vistazo de este a oeste en la carretera donde automóviles seguían su trayecto. Algunas señales habían cambiados, la enorme valla de promoción de la Coca Cola había sido sustituida por una del nuevo perfume de Dior. El tiempo como se esperaba, también había pasado sobre ella, sobre sus padres, sobre su hogar, su vida… y hasta ese tiempo se daba cuenta que ya no era el muchacho de veintidós años que se fue, con titulo y su orgullo, con la única esperanza de hacerse de un nombre y buscar un lugar donde correr libremente y ser como es. No, ya no lo era, era un hombre de veintiséis años que encontró lo que buscaba, descubriendo que no era suficiente, y eso, en especial, le hacía sentir como un completo estúpido.

Debía admitirlo, ahora además de titulo, orgullo, traía un poco de fama y mucha soledad.

¿Y por dónde empezar?

Se encontraba perdido en su propio pasado, su propia historia. ¿Por dónde comenzar a buscar la fuente de los daños? Era sabido, y él lo conocía como el profesional que era, que lo primero que debía hacer era ir a las bases. Pero, ¿su padre viviría en el mismo lugar? ¿Habría cambiado de residencia? Quizás lo habrían hecho, ¿para qué quedarse en un lugar donde en cada pared, cada pasamano, cada umbral había un recuerdo del hijo al que consideraron un enfermo? Y si fue así, si se mudaron, ¿Cómo conseguirlo? Y si no fue así, ¿él mismo tendría el suficiente valor de asomarse a ver las puertas de lo que había sido su hogar?

Si bien en el aeropuerto de Athenas ya sentía una leve punzada, una leve vocecilla traviesa diciéndole en la mente que estaba cometiendo una endiablada locura, ahora era mucho más audible. Tenía ya planes trazados; hacía donde iría, con quien hablaría, como comenzaría en Italia. Los había pensado durante los últimos arreglos de aquella casa, los había planificado con detallismo enfermo y ¿ahora? Se había lanzado hacía las raíces de su propia vida sin siquiera una mínima idea de que hacer y por donde comenzar.

Irritado empezó a golpear indolente el asfalto bajo sus pies con las suelas de sus zapatos de marca. Chasqueó la lengua, y meneó la cabeza considerablemente mientras acariciaba la sien izquierda, auto reclamándose. Había sido un estúpido, sí, obedeció un impulso como un infante y ahora se sentía como Alicia en el país de la maravilla que había despertado en el lugar equivocado, con la brutal diferencia de que ese era su hogar.

Bien, no podía hacer nada más que afrontar el error de cálculo y terminar de afrontar el asunto de una vez. Ya estaba allí, le tocaba salir adelante, no saldría huyendo de su ciudad sólo por un ataque de pánico premeditado. Lo pensó por una decima vez mientras leía los avisos con las rutas sobre la avenida, en su idioma. Sonrío. Estaba en casa, ciertamente si lo estaba.

Aspiró fuertemente el aire húmedo de Londres y pudo detectar en él los tés ingleses y los panecillos de la hora de la merienda que se solía comer en su hogar. Armándose de valor, decidió que era hora de enfrentarlo, o al menos, intentarlo.

Para Saga, las cosas no fueron muy diferentes. En la noche en lo que fue su hogar, miraba algunas fotografías familiares que su madre le hizo ver, recogidas y guardadas en enormes albúmenes familiares que había olvidado que existían. Recorrió cada fotografía con un extraño sentimiento manando por su interior, pensando en si sería necesario en algún momento mostrarle a su padre esas fotos para que él recordara que era su familia, y cuanto pasaría para que eso ocurriera. Se rió con nostalgia cuando se vio en esa obra navideña donde a él, por ser él, le había tocado hacer de San José, mientras que su hermano era uno de los tres reyes magos. Obviamente, con dificultad repararían en que eran gemelos sin Kanon tenía más manto que una cortesana árabe y la enorme barba blanca. Tendrían quizás ocho años en ese tiempo.

Ciertamente no tuvo tan mala infancia, pese a todo. Tampoco sus padres fueron malos, de ninguna forma. Su creencia y sus ideas fue lo que chocó entre ellos, quizás no lograrían jamás llenar el molde que él se había creado de lo que sería sus hijos… quizás, y debía admitirlo, él pensaba que para esa altura estaría ya lleno de nietos correteando por la casa…

No podía culpar a su padre por desearlo, ni tampoco al padre de Shaka por habérselo dicho tal como el rubio le comentó. No podía hacerlo, después de todo, era: lo natural.

Y ni Kanon y ni él le había traído un solo nieto a casa, él uno porque nunca tuvo intención, él particularmente por miedo ante el tener esa carga, el ser también él una huella imborrable en ese hijo. ¿Qué haría él si su hijo fuera algo totalmente distinto a lo que había pensado? Reconoció, para su fatiga personal, que haría lo imposible para tratar de decirle cual era el mejor camino. Ciertamente eso fue lo que aquel hombre intentó hacer con Shaka, lo que su padre intentó hacer con Kanon… Si, fueron padres, aquellos que no reciben cursos en ninguna academia, ni tiene el titulo de ninguna carrera que les enseñen como serlo. Humanos que se fundan fantasías en el futuro basado en la simiente de su sangre, creando y construyendo castillos de arenas y esperando, ilusionados, que sus hijos estén tan de acuerdo con ellos para que los vean cumplidos. Y eso no podía juzgarlo. Shaka también lo sabía. Shaka lo dijo claramente en el monte ese atardecer. Habría resumido en pocas palabras lo que era, en su mayoría, los padres. Personas excelentes, que cometen errores… pero tal como Shaka estaba seguro de que sus padres lo amaron, él mismo sabía que los suyos también y quería creer que Kanon, pese a su primera acción al enterarse de la noticia, también lo sabía. Pese a que su padre no pudiera soportarlo, a pesar que jamás lo habían buscado porque para él era consentir el pecado, él siempre había tenido lugar en sus oraciones.

Se pregunto de qué manera el padre de Shaka lo habrá mantenido dentro de él.

Echó su cabeza hacia atrás con una media sonrisa. Debía admitirlo, no podía sacárselo de su cabeza, ni sus palabras, mucho menos su cuerpo semidesnudo. Se sentía un tanto ruin al tener que evocarlo en la habitación donde había dormido en su juventud. ¿No era eso una cruel ironía? ¿Y cómo soportar dicha tentación? Shaka se cuidaba muy bien, demasiado, debía admitirlo. Con esa vida solitaria, se debía dar tiempo para mimarse, por así decirlo. Le había comentado lo de hacer yoga en las mañanas y ciertamente había notado la flexibilidad y suavidad de su piel al tacto, esa forma de moverse debajo de él para quitarle la alarma que le despertaron al sentirse vil y brutalmente seducido. El olor a leche y miel que Aioria aquella vez comentó lo embruteció a niveles exorbitante cuando lo olió en la piel desnuda.

Debía hacer más que yoga, pensó para sí; esas piernas debían mantenerse con algún otro ejercicio. Quizás trotaba, tomando en cuenta que antes había sido deportista, de seguro mantenía sus ejercicios cardiovasculares. Y no, podría cuidarse, podría ser bastante quisquilloso al vestirse, usar cualquier color sin vergüenza alguna de no ser los típicos azules, grises y negros que se esperan de un hombre pero; nada delicado. El leve dolor que aún sentía al medio sonreírse era una evidencia marcada que tenía fuerza, agallas para lanzar un golpe sin pestañar.

Además, lo había visto trabajando con la madera, con el yeso, con diversos materiales. Llenarse de cal, de tierra, de madera y aserrín. Si, no era tampoco de los cobardes que por evitar ensuciarse preferían trabajos más limpios. Siendo sincero, él mismo no era, muy a su pesar, hombre de gustar ensuciarse. Shaka podía tener una mancha de pintura, rastros de polvorín, cal, madera en su piel y estar tranquilo, con una leve capa de sudor y trabajando afanoso en la casa. Recordó entonces cuando lo hizo pasar en la habitación, todo sucio, lleno de polvo después de haber trabajado durante horas y sonreírle, satisfecho porque había cubierto a tiempo su primer paso.

Se echó a un lado en la cama, tirando el álbum a un lado y mirando el móvil. ¿Sería Shaka tan desconsiderado como para hacer de lado el hecho de que su padre está enfermo y llamarlo? ¿Al menos algunas palabras de aliento? Bueno, él estaba consciente que para Shaka era transgredir de nuevo los terrenos de una relación laboral y no estaba my seguro de que quisiera arriesgarse de nuevo después de lo ocurrido.

También estaba muy consciente que no era que necesitara consuelo. Eran cosas que pasaban, y afortunadamente lo había sabido a tiempo como para estar allí y apoyar a su madre. Su padre estaba vivo aún, aún había tiempo, poco sí, pero había, y eso para él que era un buen hombre de ley era simplemente una variable valiosa. Toda oportunidad en un juicio debe ser aprovechada sí, por muy ruin que sonara, había usado también la enfermedad de su padre para buscar de nuevo un acercamiento con Shaka.

Debía admitirlo, Shaka tuvo razón cuando dijo que era un maldito. ¿Pero qué podía hacer? Al ver el mar en la costa cerca de su casa, recordó el porqué era tan testarudo. Lo fue cuando intentó adaptarse a las normas, testarudo consigo mismo. Lo es en cada juicio que tomaba, no se daba por vencido, no, hasta agotar todas sus fichas y convertir las evidencias en su contra en fortalezas. Y sí, terco se había descubierto justo en ese momento, cuando por más señales de evidente rechazo del decorador él seguía, obstinado, persiguiéndolo. ¿Hasta qué punto llegaría? Sintió por un momento una especie de curiosidad infantil por descubrirlo.

Tal como supuso, Shaka no contestó sus llamadas y mucho menos la devolvió. Intentó llamarlo después pero apareció fuera de servicio, quiso creer que era algún problema de la red. Frunció el ceño lanzando ahora su móvil a otro lado del colchón y mirando la pared a su lado, pegada a un costado de la cama. Cerró sus parpados y pensó en muchas cosas: las palabras de Marin, las de su madre, las de su padre al verlo, regañándolo porque se había dejado crecer el cabello. Recordó también a su hermano y a esa expresión cuando dijo lo de estrenarse. No es que nunca hubiera estado con un hombre, si lo había hecho, tanto como recuerda cuanto se había arrepentido después de cada encuentro. Pero luego del divorcio y asumir por fin su inclinación sexual, no tenía ánimos de buscar a cualquiera y satisfacerse.

Tenía que ser distinto. Tenía que haber algo más. No necesariamente amor, por así decirlo, pero si una especie de química o algo que le hiciera sentir que no era otras de esas veces que salía por las noches como si fuese un vampiro a buscar como liberar ansías y probar ese fruto prohibido para él mismo.

Tenía que ser especial y hasta se había hecho la idea que con Shaka sería simplemente lo mejor. Había más que atracción, sí, y algo más que química también. Él quería sentirse no sólo deseado, sino necesitado, amado si se podía. ¿Era mucho pedir? Sí, Saga lo que realmente deseaba era encontrar algo tan fuerte como lo que Kanon encontró con Mu. Por mucho tiempo, uno de los argumentos que él mismo se construyó para pelear consigo mismo, era la idea de que esa clase de hombre no amaban, solo deseaban el placer sexual. Que dos hombre no podían amar como se aman un hombre y una mujer. Con su hermano comprobó que no era así y con Shaka… con él no sólo había comprobado que si se podía amar sino también destruir tanto como en una relación de hombre y mujer.

Al fin y al cabo son humanos. Y los humanos aman y traicionan, sufren y perdonan, se levantan, recuerdan y tienen remordimientos. Amar a un igual no cambiaba las cosas.

Se levantó cuando escuchó el toque en su puerta. Su madre lo llamaba para cenar y se sonrío, algo incrédulo, de recordar nuevamente que estaba en casa y que cenaría, con ella y su padre como años tenía sin hacerlo.

¿Cuánto anhelaría Shaka un momento igual?

En ese mismo instante, en Londres, pese a lo avanzada de la noche y al frio que albergaba por la temporada, el hombre de la casa se extrañó al sentir el toque seguro en la puerta. Le hizo una seña a su esposa, una mujer de rasgos chinos, orientales, un cabello negro que caía trenzado tras su espalda, para que ella se quedara en su lugar mientras verificaba por sí mismo. Un muchacho alto, de cabello negro y sujeto en una cola baja, y ojos azules con los mismos rasgos de su mujer. Se acercó a la ventana y corrió un tanto la persiana para notar la visita. Sus pupilas brillaron de sorpresa por un momento y luego de la más pura emoción.

—Sunrey, ¡llama a abuelo!—logró decir mientras buscaba las llaves para abrir el seguro. La mujer lo miró extrañada, levantándose del mueble mientras sostenía en sus brazos un bebe en brazos—. ¡Es Shaka!

—¿Shaka? ¡Shaka ha regresado!

Y el rubio a pesar de no haber entrado aún, podía sentirlo, entre las voces excitadas por la emoción y los pasos dando de un lado a otro. Ese bullicio hogareño, de ese lugar que fue su hogar durante dos años. Sonrió, como si hubiera reencontrado algo que creyó perdido, ese algo encerrado y que, en ese segundo, admitió había extrañado.

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