Sanando la tierra (Manigoldo x Asmita)

Asmita recibe la inesperada visita del alumno del patriarca Sage después de haber intervenido en el plan para probar al próximo patriarca. ¿Qué es lo que le espera en ese encuentro?

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Temas: Yaoi, romance, drama
Personajes: Manigoldo, Asmita
Resumen: Asmita recibe la inesperada visita del alumno del patriarca Sage después de haber intervenido en el plan para probar al próximo patriarca. ¿Qué es lo que le espera en ese encuentro?
Dedicatoria:A Goddesniquel y todo el club del Angel y el demonio junto que le gusta tanto esta pareja
Comentarios adicionales: Esta basado en el universo Canon. Si no has leído a partir del tomo 18 de Lost Canvas, puede que no conozcas uque ocurrió con el patriarca, los signos de los gemelos y Asmita de Virgo.

Sanando la Tierra

El viaje había sido extenuante y el resultado, por lo más, desgarrador. Un bufido de aire presuroso y profundo salió de sus labios secos, delgados…

Extrañaba un beso… Y tal parecía que no vendría, no.

Con pesadez descanso sus piernas de la postura de Flor de Loto, con la misma elegancia que había aplicado por años. Sobre sus pies, se levantó sintiendo por un momento algo de mareo. Respiró profundo y forzó su caminar unos tres pasos más, tocando su cabeza con la mano derecha, notando que ya era avanzada la noche. El aroma de las rosas de Albafica perfumaba su estancia principal y de alguna forma, le agradecía eso. Le agradecía que con ese aroma pudiera no sentirse solo.

Aunque lo estaba… o eso pensó.

Volteó hacía una de las columnas, con el ceño fruncido. En ese momento con sinceridad, no estaba para soportar bromas de mal gusto ni afrenta. No tenía la paciencia necesario justo en ese momento.

—¿Qué haces aquí?—preguntó, con tono severo, volviendo su paso hacía el frente, dándole la espalda.

De la columna entonces salió el invitado, sonriente, con una mirada que le escrutaba hasta los huesos. La capa blanca se ondeó, danzando en el aire, al ritmo de sus pasos desenfadados con el cual se puso en evidencia en la mitad del templo de la virgen. Luego dejó libre una mano, y con un movimiento sinuoso de muñecas, aparecieron allí almas, almas que brillaban cuan luciérnagas en la noche oscura.

—Tardaste más de lo que sueles hacerlo en detectar mi presencia—concluyó, con un tono bastante jovial, no acostumbrado en él.

—No estoy para tus juegos…

—¿Y cuándo lo estás? Nunca hablas con nadie, no conversas con nadie al menos que el ratón de biblioteca te obligue a prestarle atención—la acusación le molestó, en demasía. Dio un paso más, dispuesto a abandonar la estancia y dejarlo con las palabras en la boca hasta que las almas, aquellas luces bailarinas le danzaron frente a él, deteniendo su paso.

—Es asqueroso esto que haces—reprochó, alejando con un ademán las luces que giraban frente a él.

—Mmm… yo lo veo como una especia de arte oscuro—comentó jocoso, acercándose con pocos pasos—. Y tú estás de pésimo humor, en otro momento me responderías con sarcasmo—se acercó poniéndose frente a él, con movimientos calculados.

—Dije que no estoy para tus juegos, Manigoldo.

—Tus labios están resecos, Asmita. No has bebido mucha agua últimamente—se sentía el cosmos dorado de virgo tomando terreno en el lugar—. Calma, Calma rubia, ¡no vine a hacerte el favor tampoco!—se rió el cuarto guardián, jocoso.

—¿Qué es lo que has venido a hacer? ¿Burlarte de mi?

—¿Para qué? Suficiente tienes con todo lo que piensas a diario—aquello había sido más que una ofensa. Virgo no pensaba permitirlo—. ¿Qué sucede Asmita? Tanto deseaste que el viento de ellos te tocara, ¿pero no esperaste un huracán?

Esas palabras fueron suficientes para desarmar todos los ánimos del sexto guardián, que perplejo, se quedo en silencio y permitió que su cosmos se diluyera como la arena. Manigoldo sólo lo miró fijamente, dio un paso hacía al frente con sus manos en la cintura, su mirar indagador, serio como muy pocas veces se le veía.

—Admito, que te tenía rencor. Odiaba todo el aura divina que destilabas a tu paso Asmita. ¿Sabes por qué? Porque odio a los dioses, a todos aquellos que piensan que somos sólo basura y tú, tú me dabas esa sensación. Pero, desde lo ocurrido con Aspros, he notado que no es así, que lo que hubo aquí siempre fue un hombre—su mirada se ablandó, mientras que aparecían nuevas luces, almas revoloteando entre ellos—. ¿Tú también los oyes verdad? Oyes el sufrimiento encerrado de las almas que aún viven, no somos tan diferentes. Por eso lo oíste a él…

El corazón de Asmita latió lento, muy lento. No tenía siquiera fuerzas como para negar esas palabras ni mucho menos para evadir la sensación de esas almas danzando alrededor de él. Se concentró en esos movimientos, en esas luces que no veía pero sentía que rozaban su piel debajo de la armadura, le susurraba un canto mortífero que no lograba comprender pero le helaba, hasta el último poro de su piel.

—La fuerza de su viento fue tan grande para tu tierra, que ha quedado herida y seca—susurró de nuevo el italiano, dando otro paso—. Mi maestro ha estado muy preocupado por ti.

—¿Por eso has venido?

—Él también quería salvarlos…

—Pudimos haberlo hecho…—murmuró con la voz, por primera vez, muy baja—. Estoy seguro que pudo haber otra forma… otra manera de…

La carcajada que irrumpió el silencio fue sorpresiva y un insulto además para él y su alma. El poder de su cosmos avivado por la ira, provocó que las luces de las almas se alejaran de él de forma violenta, asustadas de seguro, ante el poder de la divinidad. Manigoldo lo miró de nuevo con sus ojos fríos, viendo al santo que aún se cubría en su capa de divinidad, que no admitía, que no quería…

—Tú sabes qué hiciste lo correcto—dio un paso más, de nuevo el cosmos vacilaba—. Tú lo sabes, y yo no sólo lo sé, lo siento.

—De haber hecho lo correcto, las cosas no hubieran terminado de esta forma—argumentó Asmita, con su cabello dorado que danzaba por el viento cósmico que lo rodeaba.

—Entonces, porque terminó así, ¿estás equivocado?—dio otro paso, acercándose—. ¿Y qué si era el destino? ¿Qué esto acabara de esta manera? ¿Qué los hermanos se mataran entre ellos?

—¡¡No es lógico!!—volteó su rostro, mostrando por primera vez dolor, errando sus puños con fuerza—. No tiene lógica eso que dices… me niego a creer que no había otro camino…

—Pues yo siento que no lo había. El camino que ellos se trazaron estaba escrito, cuando sus vientos se encontraran, por la diferente que eran, se condenarían a crear una fuerza tal que golpearía, con todo, a la tierra—Virgo subió de nuevo su rostro, encontró que sólo un paso lo dividía de Cáncer—. Yo lo siento, al igual que siento que tú por dentro, lo sabes. Sabes que no había otra forma, sabes qué hiciste lo correcto, sabes que no podías salvarlo.

Hubo silencio, un mortal silencio. Asmita de nuevo sintió esas almas revoloteando por su rostro, tocándole con timidez sus labios, sus mejillas, llevadas por él, por aquel hombre capaz de dominarlas de jugar con ellas, de entenderlas. Luego un roce, hubo un roce físico que le envió un escalofrío y no esperó, el roce del índice áspero del italiano, dibujando la silueta de su mandíbula, subiendo por su mejillas.

Y no lo rechazó… necesitaba… al menos una caricia tan nimia como esa, la necesitaba… Era como si un poco de agua por fin hubiera tocado sus áridas tierras y le permitieran tomar fuerza, fuerza para volver a tomar vida, fuerza para volver a surgir. Necesitaba agua… necesitaba agua…

Por ello tampoco rechazó lo que vino luego. No rechazó ese beso que humedeció sus labios, ni esas manos que se tomaron por su cintura para afianzar el contacto. No lo rechazó, no quiso hacerlo… Percibió como las almas revoloteaban entre ellos, los acompañaban como testigos mudos de lo que iba a pasar.

Ciertamente, él lo sabía. Dentro de él sabía que había hecho lo correcto y que, por más que hubiera querido, salvarlo a ambos era imposible. Sabía que el patriarca también hubiera deseado que las cosas terminaran de forma distinta, sabía que al aceptar esa misión debía estar preparado para alguna o ambas muertes. Lo sabía. Pero saberlo no hacía que dejara de doler, que dejara de sentir esa mirada incriminatoria de uno, la forma en que el cosmos del otro se fue apagando, con la mayor fuerza del odio llevándose su alma, perdiéndose. No dejaba de desgarrarle aún en la mente los gritos en la mente del uno, la forma en que llamaba a su hermano… ¿debía acabar así? Y él sabía que había hecho lo correcto…

Pero saberlo no era suficiente… necesitaba sentirlo… y esos besos por parte del discípulo del patriarca, del cuarto guardián, le aliviaba, le reconfortaba. Asió con sus manos ambos brazos y se dejó guiar por ellos, correspondiéndole.

Alguien había ido para algo más que preguntar porque dejaron que las cosas terminaran así, o para juzgarle, e incluso acusarle de la caída de Aspros. Alguien había ido para confortarlo, porque comprendía que ni para él, ni para el patriarca, había sido una decisión fácil.

Se separó de los labios, cuando sintió que el aire le faltaba a los pulmones. Sentía su mejillas sonrojadas, su respiración agitada, y la de él, igual, exactamente igual.

—No somos tan diferentes—murmuró el italiano, sorprendido el mismo de lo que estaba haciendo, algo que no había planeado cuando decidió subir al sexto templo, algo fuera de su cálculo, pero casi llevado, atraído por el santo de la virgen, seducido sin saber ni el cómo ni el cuándo—, pero me he dado cuenta ahora que ya no andas con ese maldito aire de:”soy el más cercano a los dioses”.

—Sólo soy un hombre que busca la verdad—intentó separarse, pero los brazos del compañero lo mantuvieron cerca—. Agradezco tus palabras, Manigoldo, pero…

—Aún tus labios están resecos—comentó pasando sus dedos por el inferior, ahora rosados, como pétalos de lotos que se han abierto ante la luz. Sonrío como si hablara de una travesura y Virgo, comprendiendo lo que buscaba, sólo sonrío en respuesta.

—Entonces no has hecho bien tu trabajo…—y fue callado por otro beso que se deslizó por su comisura, su mejilla, hasta llegar a su oído, abrazándolo con fuerza.

Un beso que parecía curarlo todo… hacerlo comprender que ahora, a la tierra, sólo le tocaba intentar y volver a florecer.

—Agradezco, que pese a tus creencias sobre Athena, hayas protegido a mi maestro—le susurró y Virgo tuvo un respingo por el impacto de sus palabras. Intentó alejarse, encararlo, y sintiendo el forcejeo, Manigoldo sólo silbó divertido apretándolo con más fuerza—. Te dije, somos más parecidos de lo que cualquiera podría creer—Asmita no dijo nada—. No te trataré de traidor, porque no lo eres. Tú como yo estamos metidos en dos misiones con dos viejos locos que quieren igualar a los dioses, ¿no te parece gracioso?

—Veo que sabes más de lo que me gustaría—murmuró.

—No tanto, no sé qué mierda vas a hacer tú, pero yo me estoy preparando para patearle el trasero a un dios—Asmita rio quedamente.

—Digamos que lo mío es más táctico, pero será atacar a Hades en su misma casa y sin poder defenderse—Manigoldo silbó con mayor asombro para luego soltar una carcajada sonora. Deshizo el abrazo y le dio espacio al santo de la virgen, mientras él se imaginaba el escenario, divertido.

—En sus propias narices ¿eh? ¡Digno de ti!—Asmita sonrío autosuficiente—. ¡En esta era los dioses cagaran en sus mantos divinos por nosotros!

Se sonrieron, como si de repente hubieran descubierto que tenían más en común de lo que pensaban, de lo que pudieran haber creído antes. El viento susurraba entre ellos, se deslizaba entre sus pieles y el frio de la noche daba evidencia de las altas horas. Pronto amanecería, de seguro.

—Gracias, Manidolgo, por tus palabras—el italiano lo miró incrédulo—. Las necesitaba.

—¿Ya dejaras de darle vuelta a la misma mierda día y noche?—el rubio enarcó una ceja.

—Al menos a uno de los asuntos, queda otros por responder.

—Bueno, ya va a amanecer y no creo que nadie vea de buena manera que me haya quedado en tu templo a hasta esta hora—Asmita sonrió de forma condescendiente—. Así que te dejo para que tomes agua al menos una maldita vez al día—la sonrisa fue aún más efusiva.

—Lo tomaré en cuenta—Manigoldo iba saliendo, con andar desinteresado, las dos manos sobre su cuello—. Y dile al viento ese, que no debería dejarte mucho tiempo solo—Asmita mostró asombro en su rostro nacarado—. Si no, yo bien podría aprovechar—el cangrejo terminó sus palabras con un guiño de su ojo izquierdo. El rubio respondió con un gesto de picardía.

Escuchó los pasos alejarse, al tiempo que una sensación de paz susurraba en su alma. De improvisto, una de esas almas rozó de nuevo sus labios y se retiró como una traviesa luciérnaga hasta desaparecer en la oscuridad. Sonrío de nuevo, más tranquilo, más calmado, con mayor fuerza.

Un huracán había golpeado y herido sus tierras, destruyendo todo lo que por años había creído, pensado. Pero después de semejante tempestad, una suave lluvia había bajado para consolarla.

Así de hermosa era la naturaleza, así de increíble el ciclo, el destino. Asmita comprobó que con ese húmedo consuelo podría de nuevo hacer brotar flores de lotos

3 thoughts on “Sanando la tierra (Manigoldo x Asmita)

  1. Me gusto mucho, la parte en que Manigoldo le dice ” Y dile al viento ese, que no debería dejarte mucho tiempo solo” ah me mato, jejeje. muy buen fics.

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