Un poco de Color y Vida (Cap 22)

Shaka ha llegado a Londres y ha decidido regresar a su segunda familia, mientras que Saga ha ido a buscar resolver su situación con sus padres. ¿Qué es lo que les espera a ambos al final del camino? ¿El río llegara al mar? ¿O las circunstancias los obligara a alejarse?

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Temas: Yaoi, lemon, romance, Universo Alterno
Personajes: Shaka, Saga, Afrodita, Mu, Kanon, Aioria, Aioros
Resumen: Shaka Espica es un conocido decorador de Interiores que he citado y contratado por el abogado Saga Leda. Sin embargo, al parecer sus servicios de decoración y rehabilitación de espacio tomaran tintes más personales.

Shaka ha llegado a Londres y ha decidido regresar a su segunda familia, mientras que Saga ha ido a buscar resolver su situación con sus padres. ¿Qué es lo que les espera a ambos al final del camino? ¿El río llegara al mar? ¿O las circunstancias los obligara a alejarse?

Capitulo 22: En brazos de Hogar

Tenerlo frente a él, tan alto, tan decidido, brillante; no podía negarlo, más cuando esas pupilas azules centellaban en medio de la palidez del pasillo y le regalaba, en cada palpitar, miles de agradecimientos.

Esos ojos azules que al conocer estaban apagados.

El anciano no pudo evitarlo, evitar recordar el cómo se encontró al muchacho en aquella panadería del barrio pobre, empeñado y peleando contra la grasa y suciedad que estaba sobre el vidrio. Lo había observado por unos días de forma prudencial, reparando en el elegante pantalón negro que estaba arrastrado, sucio, totalmente inservible. En contraste, unas franelas baratas eran las que cubrían su torso y una coleta desordenada, sostenía y mal cortado cabello dorado, pálido, sin brillo alguno.

Al verlo supo que no era de allí, supo que ese no era su lugar, y que ese no era su oficio.

Como hombre que había vivido varias décadas, podía saber mucho. Cuidaba de su nieto y la hija de un buen amigo, cuando su hijo y aquel junto a sus parejas perecieron en un mortal accidente. Se había tomado el papel y la responsabilidad de volver a ser padre y realmente le había ido bien. Buenos chicos, reparó con tiempo, habían logrado hacerle entender que agradecía cada año de esfuerzo y trabajo para levantarlos solo, luego que su mujer muriese y quedara, con solo ellos, en Londres. Pensó en varios momentos que era buena idea regresar a China, pero se detuvo considerando que para sus nietos tendrían mejores opciones en ese país que en su natal.

Y varias veces visitaba esa panadería notando el mismo cuadro, todos los viernes el mismo muchacho peleando contra la grasa en la noche. No necesitaba sabiduría de décadas para darse cuenta que esas manos no estaban acostumbrada al trabajo sucio, y que esos ojos destilaban más que necesidad y hambre. Había orgullo, arraigado, casi enfermo, tatuado en cada fina línea que adornaba su iris. Y él lo había detectado. Sobre todo, al ver de qué forma peleaba contra el vidrio intentando, vez tras vez, que quedara tan limpio como un cristal.

—No sé porque lo hace—recordó que le dijo aquella mujer detrás de la caja registradora, taiwanesa y de considerable peso—. Sólo le digo que limpie. Sé que no quedara como nuevo pero, es terco el chico.

Terco, inteligente y además, decidido.

Valía acotar, sólo y abandonado.

Se acercó entonces un día con gesto condescendiente, mientras aquellas pupilas azules miraban aquella mancha de grasa que quizás tendría años y con dificultad quitaría, al menos no con sólo agua y jabón.

—Usa limón y vinagre—le recomendó el anciano, con ojos verdes llenos de una insondable ternura y admiración. El rubio subió su vista para verlo y el anciano, con dolor, pudo ver la más vasta soledad y aflicción encadenada en una cadena de orgullo. Un príncipe no solo caído, sino herido hasta la medula.

No cruzaron más palabras. Sólo el muchacho se levantó y pidió esos implementes a la encargada, lo que renegó por unos minutos. Pronto el rubio la hizo cambiar de opinión y se acercó al anciano. Su mirada le dijo algo claro; le dijo enséñame, y fue suficiente para darse cuenta que el muchacho no aspiraba quedarse así, limpiando vidrio.

No, el príncipe pensaba crearse su propio reino.

Obedeció las instrucciones y aplicó. Al notar cómo iba cediendo la mancha, pudo percibir en los ojos del rubio un brillo, un brillo genuino. Y una sonrisa enmarcó aquellos pálidos labios blancos.

Se había demostrado a si mismo que si podía… eso fue lo que leyó de ese gesto, y lo que interpretó del pequeño apagón en sus pupilas fue un “¿Cómo demostrárselo a él?” Allí entonces decidió, acogerlo, y mostrarle al menos, la ruta al camino.

—Dohko—el anciano volvió a su presente, viendo a ese muchacho, a ese mismo príncipe ahora de pie, con el orgullo más arraigado y con un brillo propio… sin embargo, también lo vio, por dentro, cansado y lleno de preguntas—. Es bueno verte de nuevo, viejo Dohko—el muchacho se acercó y el viejo sólo atino a subir la mirada, verlo de nuevo y cubrir la mejilla blanca con su arrugada mano. Era mucho más alto que él, considerando que siempre incluso siendo joven, lo habría sido y que justamente su encorvada postura no le ayudaba—. Lo he extrañado.

—También te he extrañado, hijo mío—con su mano le hizo un gesto para que el rubio se inclinara hacía él. Apartó el flequillo y besó su frente, con ternura—. Me alegra tanto que hayas venido a visitarnos. ¿Has comido?—el muchacho renegó con su rostro.

—Y tengo un incomodo antojos de Tallarines, no es lo mismo ni haciéndolo yo mismo.

—¡Ahora mismo lo preparo! Shiryu, ¡encárgate de Moise!

Las cosas se movieron muy rápido para Shaka, quien apenas podía controlar las emociones diversas que se agolpaban bajo su pecho. En un segundo ya Shiryu lo había hecho sentar en uno de los almohadones de la sala de estar, con el bebé en brazos y jalándole sin misericordia uno de los mechones dorados, mientras el anciano se sentaba frente a él, con ese gesto condescendiente. Se sentía incomodo con el niño en brazos, quien no dejaba de verlo con esos dos grandes ojos y expresivos del color del ébano.

—¿No es hermoso?—comentó el anciano, con una amplia sonrisa—. Me hace recordar a cuando tenía Shiryu de ese tamaño—Shaka le sonrió, comprendiendo el sentimiento, mientras guerreaba para que el infante no siguiera tomándose de su cabellera—. La vida es un eterno ciclo al que vemos rodar, incesantemente.

—Debe sentirse muy orgulloso de su bisnieto—miró con sus ojos azules los del pequeño, y luego de guiñarle el ojo el infante sonrió—. Es el sueño del hombre ¿no? En común, tener hijos, familia…

—No necesariamente, Shaka—el anciano tomó al niño entre sus brazos, haciendo algunas muecas que el bebe vio graciosas y soltó una risilla infantil contagiosa—. Muchos hombres han conseguido su satisfacción personal lejos de los placeres de tener familia. Muchos de ellos han logrado alcanzar su felicidad sin seguir el camino común—el anciano lo miró de forma penetrante—. Desde el inicio, supe que tú eres de esa clase de hombres.

—Dohko…

—Dime muchacho, ¿qué te ha traído hasta aquí?—el rubio desvió la mirada—. Siento que por fin el río ha llegado al delta…

Un delta… el lugar donde el rio deja sus sedimentos para desembocar al mar. No pudo ser más acertado. Los ojos azules le miraron entre el asombro y la comprensión. Entonces estaba más que claro, su encuentro con el mar era inevitable y él mismo lo sabía… lo supo desde siempre.

En cambio, en su anterior hogar, Saga discutía con su madre por la labor de lavar los platos usados en la cena, pidiendo que le permitiera hacerlo para que ella por fin pudiera descansar. En ningún momento había preguntado por Kanon, ni él mencionado nada al respecto. Por momentos se sentía realmente incomodo de pensar que su hermano pudiera ser tan cabezadura como para dar vista gorda a lo que estaba ocurriendo en su casa aunque, una parte de él, quería seguirle dando la razón.

Por fin la convenció, sentándola a ella en el comedor para poder tener libertad en ejecutar su tarea. Notó la mirada de su madre, fija y penetrante hacía él y un montón de ideas se anidaron en su mente. ¿Qué pensaría ella de él? ¿Estaría contenta con su presencia? ¿Incomoda? ¿Pensaría en lo que ella esperaba de él? ¿Estaría orgullosa? Era extraño, un tanto doloroso, sentir esa mirada escudriñándolo sin saber qué clase de pensamientos le despertaba a su progenitora. Todo hijo busca, de alguna forma, aprobación, aunque algunos están condenados a nunca obtenerla. ¿Pero no es la naturaleza tan maravillosa que es capaz de abrir los grandes asfaltos y cemento para generar vida?

El humano incluso puede sobrevivir a ello…

—Marin esta tan reluciente como cuando nos la trajiste a presentárnosla—el abogado se detuvo un momento, saliendo de todos sus pensamientos para prestar atención a las palabras de su madre—. Su compañía fue muy importante, fue muy amable a pesar de lo ocurrido—entrecerró sus ojos con cierto dolor, siguiendo con su labor—. Le pedí perdón, a ella, de tu parte Saga.

—¿Perdón? ¿De mi parte?—volteó escandalizado, un tanto molesto también pero intentando aplacarlo. La mirada cansada de su madre, esos ojos verdes que él y su hermano heredaron, lo miraron como si le suplicaran comprensión.

—Pensé que ella podría guardarte rencor por como terminó su relación. Aunque sé que dijeron mutuo acuerdo, soy mujer y pude ver en ella aún ese sentimiento de amor por ti—los ojos del hijo permanecían sobre ella, la mujer que le dio a luz, la que lo crió… una mujer silenciosa, siempre obediente a su esposo, con el cabello recogido hacía atrás, desordenadamente—. Pero me sorprendí cuando me dijo que no tenía nada que perdonar… que lo que habías hecho por ella era el mayor acto de amor y respecto, que ella te agradecía tu sinceridad…

—Madre…

—No digas nada, no digas nada…—era evidente… las palabras sobraban. La mujer bajó su mirada apretando su mano contra su pecho.

Fueron pesados minutos. Pesados minutos que se ahogaban en el respirar de ambos, en la forma en que su madre se protegía, encorvándose en el asiento, derramando sus lágrimas… comprendiendo. Pesados minutos mientras el abogado se sentía imbuido por una oscura faz dentro de él, con aquel nudo en su garganta, esas lágrimas que no se atrevía a derramar… y si, un tanto de vergüenza, una vergüenza tal imposible de eludir. No pudo mirarla, tuvo que mirar otro punto, sintiendo el jabón escurrirse de sus puños húmedos, golpear con cada gota el suelo de cerámica.

Fueron pesados minutos que se convirtieron en una media hora.

—Saga… ¿en qué me equivoque?

Y sintió que literalmente lo habían partido en miles de pedazos.

¿En que se equivoco? ¿Acaso es necesario buscar culpables? En ese momento Saga prefería olvidar que era un abogado…

En ese mismo momento, Shaka presenciaba la cena que se había armado en aquella casa. Pese a que ya habían comido, se sirvieron de nuevo un pequeño platillo para que no fuera él el único que comía. Fue inevitable no recordar las veces que habían compartido una cena más, muchos más jóvenes, Shiryu y Sunrey de tan solo trece años, hablando de la escuela, de cómo el muchacho la cuidaba de los que se le acercaba a la chica. Decía que quería ser abogado y justamente, en ese momento se encontraba estudiando la carrera, al tiempo que ayudaba a su abuelo en la administración de su carpintería Espica. El rubio sonreía probando de nuevo los tallarines, recordando el calor de hogar que había abandonado al ir a Grecia. Realizaba bromas a los jóvenes, y el varón se sonrojaba mientras la joven y esposa se reía tímidamente. Disfrutaba, realmente disfrutaba de ese ambiente.

Ciertamente en su hogar las cenas jamás fueron de esa forma, pero aún entre la elegancia y el protocolo, eran sumamente esperadas. Siempre se llamaba a la siete de la noche y bajaba las escaleras para encontrarse con su padre luego de un día de trabajo. Él a la izquierda, su madre a la derecha, compartían primero la comida en silencio al menos que su padre, aunque no era muy a menudo, hiciera una pregunta. Las conversaciones por lo general se empezaban luego de haber ingerido los alimentos y acompañados de un caliente Té de tilo. Allí, su madre empezaba la faena de contar su día, hablando de bordados, de algunas llamadas, asuntos del hogar y la lectura de un buen libro. Luego era Radamanthys quien le daba la palabra a su hijo, y allí Shaka aprovechaba para comentar lo hecho en su día, en la universidad, los trabajos, los profesores y las prácticas deportivas.

Era en esos minutos donde tenía la total y absorta atención de sus padres… y eran en esos minutos, durante su relación con Simmons, cuando lamentaba esconderse. Sentía que les mentía y ofendía a su confianza, un lado de él también anhelaba poderles contar lo feliz que era con ese hombre, lo que aprendía, lo que vivía. Tragarlo se le hacía pesado… y recordó, entonces, que esas horas de cena se le hicieron agobiante.

Su padre… ¿cómo estaría? ¿Tendrían esas cenas aún? ¿Como siempre, sin él en la mesa, hablarían de todo como si él nunca hubiera estado allí? Siempre se lo preguntó, admitió mientras llevaba otro bocado a sus labios; cada vez que llegaba la hora de la cena y estaba sólo en su casa, miraba los demás asientos del comedor y se preguntaba qué sería de ellos. En algunos, incluso, buscó que el horario coincidiera con las siete de la noche en Londres y se sentaba en el lado izquierdo de la mesa, hablaba de todo lo que había hecho en el día sin que nadie le respondiera, y en su debilidad, sintiéndose como un imbécil, terminaba ocultando su rostro entre sus brazos para que nada de esa casa, a excepción de la madera de la mesa, lo viera llorar.

Así fue su primer año… luego, todo pareció ser indiferente… todo dejó de tener significado, más que la única convicción de que debía seguir adelante y superar cada reto hasta brillar, con el peso de una estrella, su propia estrella: Espica.

Luego de haber dado gracias por los alimentos siguió sentado oyendo toda la explicación de cómo Shiryu y Sunrey terminaron casados y con el bello bebe en sus brazos. El rubio se había dado cuenta que existía la atracción, pero entre el carácter correcto y reservado del uno con la timidez e introversión de la joven las cosas no fueron tan dinámicas. Mientras escuchaba la historia se permitió bajar la mirada hasta su móvil, recordando el mensaje de Saga, las llamadas que le hizo cuando decidía salir. Entrecerró ligeramente sus ojos escuchando de nuevo el mensaje en su mente, una y otra vez, sin cesar, sin dejarlo disfrutar por completó el ambiente.

Memoraba la conversación que tuvieron en el mirador, lo que le dijo de su familia, su hermano, su crianza, su miedo… lo enlazaba con la situación y entonces, se preguntaba, si estaba bien. No se notaba bien cuando dejó el mensaje…

Miró de nuevo a la sonrisa de Sunrey con su bebe en brazos, Shiryu con su seriedad tatuada al lado de Dohko, con aquella sonrisa conmovida y feliz, hablándole, comentándole, haciéndolo sentir parte de una familia. ¿Habrá sido igual para él? ¿Pese a la situación de su padre? Quizás por la crisis se unieran, quizás todo lo demás fuera dejado de lado… quizás…

—Necesito hacer una llamada

Salió siendo más de las diez de la noche y notando el frio de la brisa nocturna en Londres. El ambiente, el aire, todo era diferente y lo hacía sentir un tanto nostálgico, en la línea entre la melancolía y el desosiego. Shiryu decidió acompañarlo, para que no tuviera ningún percance, y mientras lo hacía le preguntaba qué tal le había ido en Grecia. Contestó con lo cortes que ameritaba el momento, aunque por cada paso dado en el asfalto húmedo, sentía un inmenso nerviosismo. Había acabado de llover y extrañaba las constantes lluvias de su ciudad.

Llegaron luego de caminar indiferentes del tiempo y la distancia, al menos unas tres manzanas. Por fin consiguieron un teléfono público y Shaka se encerró dentro de la cabina, viendo a su acompañante friccionar sus manos por un poco del frio que empañaba el ambiente. Tomó su celular y marcó el móvil del abogado, sintiéndose nervioso, muy nervioso, incluso el aparato le temblaba en las manos. Terminó desconectando la llamada antes de que empezara la comunicación, e intentó respirar buscando primero las palabras y luego la voz. ¿Estaría bien lo que estaba a punto de hacer? ¿No se arriesgaría? Saga le había mostrado contantemente y desde el inicio que quería hacerlo parte de su vida, aunque en esa cena no fue sino algo circunstancial. Pero era evidente, que siempre, le había dejado la puerta de su casa abierta y él tenía miedo de entrar, de entrar por completo, de encontrarse luego encerrado en ella.

En ningún momento Shaka le abrió su puerta a él, pero seguía viendo la puerta hacía Saga, abierta y en espera de que aceptara su invitación.

Esa puerta seguía tentándolo, incluso estando ya a cientos de kilómetros lejos de él.

Para cuando se dio cuenta, sus dedos ya habían marcado el número y puesto la bocina en su oído. Ante cada sonido del tono él por dentro pedía que no contestara, que si no lo hacía luego del siguiente, cortaría, que al menos lo iba a intentar una vez, que sólo preguntará y luego…

—¿Alo?—le escuchó y todas sus excusas cayeron. Le escuchó y nada más tuvo sentido.

Lo oyó y se dio cuenta que ya estaba preso.

—¿Quién habla?—de nuevo habló y Shaka sintió que las palabras se le escapaban de su aliento turbio, buscando ordenar las silabas. Pasó su mano por su cabello y resopló con dificultad. Cerró sus ojos y sosteniéndose al aparato, con la frente en la fría textura del metal, dejó que simplemente fuera su corazón el que hablara.

—Saga…—tragó grueso—. Soy yo, Shaka.

No había necesidad de que dijera su nombre, no para Saga que al escucharlo pronunciado por esa voz sintió que perdía las fuerzas. Estaba en su habitación, una hora después de lo ocurrido en la cocina, una hora después de que su madre sin decirle más palabra y sin recibir respuesta a su pregunta, subió a su alcoba, con su rostro enrojecido de lágrimas. Una hora preguntándose en que debió responder, sentado al filo de su cama, de lo que fue su habitación, tan vacía…

—Shaka…—y sintió que lo que contenía le quebraba—. Shaka…—el nombre pronunciado con trémulas lágrimas.

Después de su nombre, a continuación sólo se escuchó el respirar y los sollozos, ahogados, contenidos. Lo que escuchó, fue el llanto sofocado y amarrado, profundo, severo, desgarrador hasta en los tuétanos. Entonces, comprendió que se había condenado.

¿Cómo pensar en huir de él cuando en ese momento deseaba tenerlo entre sus brazos?

Y él ya estaba en Londres, a punto de enfrentar también lo que había dejado atrás… No había vuelta a atrás aún…

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