Armonía del equilibrio

La tierra, tan llena de suciedad, necesita respirar. El aire, tan templado, necesita calor. En el encuentro, la lucha para no herirse y aún asi permanecer juntos en la diminuta línea del equilibrio.

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Temas: Yaoi, drama, angst.
Personajes: Defteros, Asmita
Resumen: La tierra, tan llena de suciedad, necesita respirar. El aire, tan templado, necesita calor. En el encuentro, la lucha para no herirse y aún asi permanecer juntos en la diminuta línea del equilibrio.
Dedicatoria:A Akito-Virgus. Dijo que quería recuperar el amor a esta pareja, bueno, esta es mi visión de ella. Y no sé, me insíré, fue como reencontrarme con ellas, con la pasión, el dolor y la esperanza que tiñe su relación, su historia, la comprensión silenciosa y la seguridad tangible de tenerse ellos, fuera de lo que los demás dijeran o pensaran.
Obvio que al club Santísimo Pecado Geminis x Virgo .
Comentarios adicionales: Basado en el Universo Canon

Armonía del equilibrio

Conectado a la tierra, practico, pacifico, firme. Era él, era tierra. Era hombre, era polvo, era arena, un grano en la multitud espacial del infinito. Un grano a quien trataba como montaña, tan excelso, tan alto, tan imponente, apartado.

Solo…

Ese era él. Escondido en las penumbras de su templo, creían que volaba a lo lejos, en el reino de los elíseos, conversaba con Buda o con otros dioses, se sentaba con ellos a tomar té. Eso decían, al menos, los rumores. Asmita no volaba, Asmita permanecía en tierra. Asmita veía el sufrimiento, el dolor, el hambre.

Asmita meditaba, y pensaba, y contradecía. Asmita se ofuscaba, se irritaba, no comprendía. Asmita deseaba volar alto, olvidarse de aquello mortal, de los dolores, de la frustración… pero no podía. Era demasiada tierra para su alma. No podía ser ciego, aunque viviera en la oscuridad desde su nacimiento. No podía ser ciego a la tortura y desazón del mundo.

Asmita no volaba, Asmita se arrastraba como alma en pena entre la tierra, se hacía lodo, se hacía huella en los pasos enfermizos de habitantes que gemían en lugares oscuros, clamaban misericordia, mataban entre ellos, se amaban, se herían, robaban, mentía, sufrían, y sufrían…

Asmita no entendía.

De nuevo solo, acabó por regresar a su templo y de nuevo solo. Solo ante la ironía que significaba su cargo, su poder y sabiduría; ante la desgracia de su alma que se debatía una vez más. Sólo, y árido, como tierra, se levantó del piso donde reposaba, y caminó con orquestada lentitud, rozando levemente con una de sus manos la liviana capa blanca que perezosa, se dejó arrullar por el frio viento otoñal, teñido de fragancia de rosas. Subió su rosto, en dirección a la estatua de Athena, y permitió que algunos brazos de brisas acariciaran su cabello y besaran su nuca, erizando la piel, blanca como porcelana, encerrada en coraza de oro; el cuerpo mortal en armadura divina.

Viento… Viento que permitiera al grano de arena volar alto, hasta el infinito, una sola vez.

Frunció su ceño cuando sintió que el santo de Libra se acercaba a la puerta de su templo. Se escabulló, como ya tenía acostumbrado, de nuevo resguardándose a las sombras de su palacio, su escondite, su templo, cobijándose en ellas con el afán a veces de fundirse. Dejar de sentir.

Caminó entonces con pasos dolorosos, recordando el clamor de esos niños en algún lugar, el sonido de su estomago pegado al espinazo, las lagrimas por la ulcera que carcomía su vida. Mordió sus labios, posó una mano en la fría columna de mármol, de piedra, de tierra, elemento duro, elemento táctil, elemento firme, se supone…

Arrastró lánguidamente sus dedos por la superficie. Intentó reconocer algo que le diera calor en la fría textura. Intentó imaginar que era el rostro de un niño… quiso convencerse de que esa caricia que le influyó en cosmos le había acariciado el alma, tan tangible, como la que le profesaba a esa insensible columna.

¿Qué hacía él allí? ¿Qué había ido a buscar?

Al transitar de sus pasos la mano resbaló por la helada superficie hasta hallar la nada del espacio oscuro, entre columna y columna del templo. Virgo caminaba, se paseaba entre luces y sombras que jamás había visto, rozando con desinterés no fingido cada masa de mármol, más preocupado por volver a dibujar el espacio de la casa de la Virgen. Luego, su mano se posó en su vientre, subió, delineando cada una de las líneas de su sagrada armadura, en una caricia que podría parecer sexual, pero estaba ausente de libido. Era más bien, como un intento desesperado de hallar, hallar humanidad, hallarse… encontrarse, y entenderse.

Dedos blancos que subían, se apresuraban, al ritmo de su respirar cada vez más exaltado. Aquello lo ahogaba, era una bola de fuego y bilis clavada en su estomago la que le impedía respirar, era la miseria del mundo que había tocado con su alma y le había marcado con sangre y hiel, al punto que en ese momento se preguntaba por enésima vez que hacía allí, porque seguirla a ella, porque dar su vida por ella. Reseguían, ya angustiados, por la abertura de oro en su cuello para por fin tocar carne: que hierve. Subió delineando su mandíbula, su mentón, se curvó en un gesto agónico, subiendo su rostro, cerrando sus parpados con inusitada fuerza.

¿Por qué dolía tanto? ¿Acaso el grano no podía más que seguirse resbalando entre otros, enfermándose, añejándose en tierra? ¿Por qué le asfixiaba?

Abrió labios temblorosos, exhaló aliento turbio, casi un jadeo, primitivo…

—Asmita…

Más que un llamado… fue un mantra soltado en forma de gemido ronco, animal, salvaje…

El rubio volteó con presteza, sintiéndose vigilado y de alguna forma avergonzado, al ser encontrado con la guardia baja, sin siquiera haber reparado en ese cosmos que se le acercaba. O quizás, si lo había notado, y una parte honda de su ser prefirió no dar el aviso para no tener tiempo de escudarse en su máscara de divinidad. Sea cual fuera el caso, el hecho es que el hombre estaba allí, el único que podía crear pálpitos de lava debajo de la tierra.

Y tenía tiempo allí.

A Defteros le había extrañado la falta del calor cósmico de su dueño al estar a la cercanía de su templo. Había previsto con curiosidad el hecho de que Asmita no se encontrara meditando y en algún momento se replanteó el hecho de entrar, ya que bien podría estar descansando, aunque esa era una actividad que Asmita no se permitía muy frecuentemente. Había meditado en ello mientras se ocultaba en las sombras de Leo, imaginando los miles de escenario y construyéndose variadas conjeturas de que podría estar sucediendo. Al final, si algo necesitaba era un poco de paz, y esa solo podía encontrarla en el templo de Virgo, su tierra.

Defteros necesitaba el calor de la tierra fértil, necesitaba tomar su aroma su esencia, los musgos verdes, las flores rojas… el amarillo del girasol de sus cabellos, las gotas de rocío de sus ojos vacios. Lo añoraba, para poder volver a volar lejos, desaparecer a ojos del mundo, deambular por allí y por allá en una libertad traicionera producto de una cárcel que llevaba a rastra. Condenado a que nadie supiera de él, no pudiera tratar con él… se escondiera y pasara entre ellos como brisa que jamás tendría más que el contacto desigual que nunca se le percibía textura.

Contacto… Defteros necesitaba contacto, vida, arena, colores… tacto.

El que solo Asmita sabía darle…

Pero jamás imaginó, en todas sus opciones maquetadas y posibles, verlo de pie, pasando sus propios dedos en su cuello, mostrando en su rostro un signo de dolor tan alto y profundo en el fondo de su garganta seca, mientras que abriera esos labios ávidos de ser tocado, de ser susurrados, besados. Él sólo pudo sentir, sentir que el aire se movía de forma incoherente entre sus piernas, que el pulso se aceleró inusitadamente y que sí, sus propios labios se abrieron en respuesta a ese clamor mudo del sexto guardián, encontrándose con la húmeda textura de su maldición: la máscara.

Tragó grueso, al ver que el dorado había volteado hacía él, percibir en su rostro un algo que lo hacía temer más, aún más, no a la compañía, sino a las consecuencias.

La soledad mutua que se buscaba, la de él, la de aquel, la de ambos… suplicando un minuto de silencio compartido con corazones acompasados. Gemido incierto de quizás un sentimiento que cobraba vida y moría al mismo tiempo.

El dios y demonio, hombres…

La brisa había bajado a tierra… buscaba calor, la tierra libertad… era el momento.

Pasos firmes por parte del de cabellos de oro, pasos que se iban acelerando, pisadas temblorosas que resonaban en el mutismo del silencio, al paso de piernas que fuertes tropezaban entre el deseos, el miedo, el karma… la culpa…

Se encontraron, con la fuerza del viento que levanta la tierra en una ola de colores en el firmamento, con la firmeza del abono fresco y caliente que borbotea vida. Se encontraron, desesperados, el uno de compañía, el otro de seguridad.

Tras la columna de mármol, debajo de las faldas de la sombra, sobre las lozas de la luz; los cuerpos colisionaron, vibraron, se apretaron. Las manos blancas desesperadas se clavaron en sus caderas, lo amararon, pegando su frente blanca sobre el hombro del mayor, saboreó como si fuese el mismo oxigeno el aroma de su sudor, de su cuerpo. Los dedos gruesos se anclaron en su espalda de oro, se enredaron entre los pétalos dorados, los apretaron como la brisa que se los lleva con ellos y los ve danzar al movimiento de su vuelo.

Manos que acariciaron, sobre oro y tela, sobre lo divino y lo material. El aliento del hindú que golpeó húmedamente en el cuello bronceado, caliente. El sonido que trastabilló con la madera de su máscara, regresó a sus labios, como la tan esperada caricia que pedía en el alma, y jamás materializaría… No… debía tomar lo que podía y partir…

El viento entonces se meció sobre la tierra, la rodeó, jugó con ella. El movimiento de falanges ásperas que besaron su cuello de nácar, rodeó sus pómulos, lo delinearon con sus yemas, lo desearon con sus ojos escupiendo fuegos, rogaron perdón con la mordida de sus labios.

Pecaba… y lo ansiaba, enlodarse más, mucho más, en el fragor del cuerpo de marfil que se deshacía en sus caricias, en la fórmula mágica de su piel insudando licor de lotos. Embriagarse, emborracharse con la esencia etérea de su ser, que sólo podía tocar con sus manos, ver con sus ojos… no saborear, no rozar con su nariz porosa. No sentir, no más…

Y cuando estuvo a punto de separarse, quemándose ya en llamas, como si el viento se convirtiera en columna de lava; la tierra lo arrastró, lo sedujo, lo inmovilizó abriendo sus poros y pidiendo que penetrara hasta las profundidades.

Así sintió cuando los labios de rosa palidez se abrieron ante él, en una apertura lujuriosa que clamaba agua, su agua. Cuando los dedos de porcelana le tomaron sus manos, besaron desesperados la piel entre pulgar e índice, y provocaron un gemido que golpeó con la misma velocidad que su cabeza en el mármol, trepidante, derritiéndose con ellos argumentos arraigados, límites que no se podían borrar.

Las manos de oro blanco subieron por su cuello, el aire se quemaba en el tracto, se humedecía y convertía en vapor de agua, luego en rocío de sudor en sus labios encerrados. Las yemas palparon la textura de la máscara, la atadura; ascendieron delineando su forma, buscando la abertura de sus ojos, tocando los parpados de carne, que se cerraron, como si buscara huir de la tierra que ahora absorbía cuan hoyo negro…

Pero si se dejaba atraer… ¿qué quedaría de él?

—Quítate la máscara…—labios que se pegaron a la superficie de la mortandad hecha tangible, la besaron, probando el sabor de cuero y madera en su paladar—. Quítala…

—No…—un murmullo, una súplica…

—Quítala—dedos que se encajaron en su cabello sudado, enredado, lleno de tierra, enlodado. El clamor de la tierra, que la penetrara, que la abriera, que la sacudiera hasta las bases y la partiera lejos, se la llevara con él al cielo, por un momento… lejos…

—No, Asmita—“déjame ir…”, “no quiero dañarte…”,”no quiero quitarte la vida”. El viento no quería erosionarla… no quería arrancar los pastos, ni las flores, no quería sacudir el rocío… no quería dañar.

Quitó aquellas manos de su cabello usando las propias, las tomó entre sus gruesas palmas y las palpó como lo más divino que poseía.

La tierra quería más del aire. El aire no se entregaba por completo…

Al hacerlo, se ahogarían…

Minutos largos se mantuvieron solo de manos tomados, minutos luego sus rostros se encontraron en la abertura del cuello y hombro del mayor, más tarde, torsos, un segundó más las piernas. Cuerpos se acoplaron, tan cercas, tan lejos… respirar que se iba tranquilizando, aliento que se calmaba, y caricias, la del viento que en susurro viajaba por la tierra, la de la arena que se alzaba silenciosa entre las partículas de aire.

Y por fin, la dulce armonía del equilibrio…

Manos tomadas en la cintura del otro… una pregunta…

—¿Qué es lo que no te deja volar?

Lo que nunca respondería…

Tú… Tu sufrimiento teñido de esperanza… Mi máximo enigma, mi mayor ignorancia y mi más dulce conflicto.

—La búsqueda de la verdad sólo puedo hacerla en tierra…

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