Un Poco de Color y Vida (Gaiden 02)

Simmons Whorther, alias Hades, no imaginó que su regreso a Londres le traería más de una razón para volver a la vida, en los brazos de su propio ahijado.

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Temas: Yaoi, lemon, romance, Universo Alterno
Personajes: Shaka, Saga, Afrodita, Mu, Kanon, Aioria, Aioros
Resumen: Shaka Espica es un conocido decorador de Interiores que he citado y contratado por el abogado Saga Leda. Sin embargo, al parecer sus servicios de decoración y rehabilitación de espacio tomaran tintes más personales.

Simmons Whorther, alias Hades, no imaginó que su regreso a Londres le traería más de una razón para volver a la vida, en los brazos de su propio ahijado.

Gaiden 02: En el fondo de la laguna (Hades x Shaka)

Estaba viendo la ventanilla de su asiento, escuchando de lejos las instrucciones de las aeromozas a cada uno de los pasajeros para mejorar su estadía en el avión. Ya él se las sabía toda y de diferentes idiomas: había viajado la mayor parte del tiempo, su fama así lo había exigido. Estaba seguro que le quedaba muy poco interesante que conocer y que su vida estaba en buen camino. Aunque, al final del día, en la soledad de la habitación que alquilaba para descansar; se encontraba viendo la nada, la quietud de la nada.

Era una laguna, una dulce laguna escondida en los parajes inciertos de algún bosque espeso. Una laguna que veía los colores dibujarse por las copas de la arboles, chispeando sobre su quieta superficie algunos rayos de sol, en espera que algún animal fuera a beber de sus aguas, y la moviera un poco. Mientras tanto, seguiría quieta, hasta que alguna lluvia cayera sobre ella, algún animal del bosque se bañara en ella, algún fenómeno natural la sacara de su calma por unos segundos. Y cuando estas se fueran… él volvería a estar en calma.

Realmente nadie se quedaba mucho tiempo con él… nadie, a excepción de los gemelos que resguardaban sus horarios y concertabas sus planes, nadie más se quedaba con él. Su esposa Pandora había decidido la estabilidad, y tomando en cuenta su labor, viajar de tanto en tanto no la daba. Existía la suficiente confianza como para dejarlo ir, no le había sido infiel, más que con su carrera. Sus palabras habían sido claras, si su trabajo en la UCL era estable tal como se esperaba, entonces ella se establecería con él en Inglaterra. Agradeció ello, tampoco quería quitarle la estabilidad que ya gozaba en espera de su hijo en Francia.

Volvió a mirar el cielo azul, las nubes a su lado, recordando ese día, el 19 de Septiembre, casi diecinueve años atrás. Había pasado poco de su cumpleaños veintiuno, cuando recibió esa madrugada la llamada de su mejor amigo, Radamanthys, dándole la noticia. Había nacido, un varón, un hermoso varón, según sus palabras, tan pequeño que le daba miedo cargarlo, también le dijo. ¿Su nombre? Shaka, decidió llamarlo Shaka, por pedido de su esposa.

La última vez que lo había visto tenía nueve años, y había jugado en la copa infantil en uno de los mayores equipos de soccer del país. Era bueno, no quizás toda una estrella, pero se defendía muy bien y era veloz. Evocó que aquella última vez logró marcar un gol, los niños corrieron para felicitarlo, mientras el rubio no tuvo reparo de saltar para demostrar la felicidad del logro. Entonces el viró la vista hacía el padre, su amigo, notando las amarillas pupilas brillando de orgullo. Desvió sus ojos, reconoció que el hijo lo estaba viendo, buscando la aprobación, la que encontró con sólo una mirada. Y allí, como su padrino, se había tomado la última fotografía con ellos, la cual fue con una franela que Shaka había coloreado con pintura, y la copa que habían ganado gracias a la jugada del rubio. Esa fotografía la llevaba siempre en su maletín.

Estaba feliz, ciertamente sí. Estaba feliz por su amigo, porque Radamanthys, como lo había deseado, había logrado conseguir todo lo que se había propuesto. Una familia, con su hijo heredero, una corporación en alza, lo tenía todo. Él fue el único que no mostró despreció cuando supo, comprobado por sí mismo, que tenía atracción también hacía el mismo sexo; aunque le aseguró que prefería a las mujeres.

Ciertamente así era, al menos para Simmons, se había convencido que era justamente eso. Se había enamorado de su esposa, le había dado un hijo, con una carrera en alza y los hombres, los posibles amantes ocasionales que tenía era solo eso, ocasiones que sus aguas vibraban y se movían someramente en la superficie.

Así la sociedad se lo exigía, y una manera de terminar asumiéndolo era negándoselo a él mismo.

Cuando pisó el aeropuerto de Londres, de inmediato, escuchó el sonido de un riachuelo en la punta de su oído. Buscó con su mirada el origen de dicho asonancia, más no encontró sino personas pasándole al lado, más los gemelos que lo seguían sin perderle la vista. Siguió su camino, olvidando dicho sonido, pensando que debió ser el timbre de algún móvil, o en tal caso, su imaginación.

No le fue difícil convencer a sus asistentes que le permitieran ir solo a visitar a un amigo. Vistiendo de negro como acostumbraba, pidió un taxi que lo llevara a la elegante urbanización donde la mansión de los Wimbert se erigía al final de la colina, siendo la de mayor renombre en la zona, con toda la majestuosidad que Radamanthys respiraba por su descendencia. Había pasado mucho tiempo, demasiado a decir verdad y lo único que esperaba con sinceridad era conversar con un buen amigo de su juventud, que lo escuchara sin titubear y siempre correcto para emitir cualquier opinión. Era mayor que él por tan sólo dos años, pero le admiraba, quizás con la misma fuerza que Radamanthys a él y esos años de separación sólo teniendo cuantiosas conversaciones por teléfono había creado aún mayor admiración entre ambos. Ya no eran los jóvenes soñadores que hablaron algún día de su utopía, eran hombres adultos y al menos para Simmons, bastante complacido con sus logros alcanzados.

Fue atendido con rapidez en cuanto llegó a la mansión. La servidumbre le entregó té para amenizar la charla, y el hombre a quien tenía años sin ver le atendió con la misma efusividad. Incluso, en algún momento creyó perderse en los laberintos del tiempo y echar los años hacia atrás, cuando eran jóvenes, sin responsabilidades; cuando lo más importante de sus conversaciones eran el resultado del futbol. En ese instante, lo que relataban con mayor interés eran el alza de la bolsa, las prestaciones, impuesto y acciones. Los tema habían cambiado, los años pasando, pero su amistad se mantenía intacta.

—Lamento mucho tener que dejarte por unas horas, Simmons—dijo el empresario con cierta desazón en su voz—. Me han llamado, un negocio importante, tendré que atender el contrato urgentemente.

—No te preocupes, podemos reunirnos en otro momento—“la lluvia”, pensó dentro de sí el psicólogo, la lluvia de Londres caía sobre ellos, fuera de la enorme mansión. La lluvia y la oscuridad, cierta melancolía. No comprendía que era lo que le faltaba a su carrera, su vida, para dejar de sentir que estaba virtualmente solo.

—No tardaré—contestó el otro, sin inmutarse—. Te pediré que me esperes, llamaré a Shaka, así podrás hablar con él.

—No creo que pueda entretenerlo mucho—consintió el alemán volteando tan solo un poco para mirarlo de reojo—. Ya es todo un jovenzuelo. Lo que pueda conversarle no creo que sea de su interés.

—No lo subestimes—y su voz pareció grave, incluso a un reclamo—. Shaka no es como cualquier joven, él está por encima de aquello—sus palabras denotaban un orgullo tal difícil de evadir. Sonrío el doctor con cierta melancolía; la opinión de un padre, no podía pedirle mucha objetividad—. Quiere estudiar Piscología, sigue tus libros—aquello le llamó la atención—, estoy seguro que tendrá con que entretenerte hasta que regrese.

Simplemente encogió los hombros, sin esperar nada del encuentro. Se mostró totalmente indiferente, sin saber lo que ocurriría. El rio de Radamanthys, aquel de tempestuoso caudal, había dejado que uno de sus brazos se acercara a la enorme laguna que representaba su esencia, sin imaginar que la laguna querría más de aquel riachuelo.

El hombre abandonó la estancia, y a los pocos minutos regresó, avisándole que ya su hijo se estaba preparando. No pasó mucho tiempo para verlo, y fue de inmediato el golpe directo en sus aguas, fue en el mismo segundo que supo que quería atraparlo. Los ojos azules le miraron, y con ello veía los colores de un verdadero arcoíris brillando en la oscuridad. No era el niño de 9 años que dejó atrás, era un joven con una fuerza de carácter visible en los zafiros, tan claros como el arroyo de un río, pero potente como en lo que se convertiría ese caudal si seguía su cauce, aguas abajo.

Extendió su mano, aquel la suya, la tomaron en un apretón ligero ausente de familiaridad. Se miraron… y las ondas que movieron la superficie de la laguna, agitó al arroyo, presionándolos hasta lo inevitable.

¿Cuántas veces lucho contra eso? ¿Cuántas más buscó auto convencerse de lo contrario? En aquellas cenas con varios amigos de Radamanthys, Simmons iba viendo de reojo a su hijo, sentado a su derecha, escuchando todo con increíble elegancia para luego soltar conclusiones que callaban a cualquiera. Inteligente, en demasía, tenía un don para hacerse escuchar que debía ser considerado más bien un talento innato. El joven podía observar directamente cualquier situación y desmarañarla a su favor, los comentarios entre los mismos señores de negocios que acompañaban a Wimbert siempre era lo mismo, orgullo y la posibilidad que una de sus hijas pudiera ser capaz de conquistar el corazón del joven aristócrata.

Radamanthys no quería hablar aún de uniones civiles y boda, Shaka en cambio bajaba la mirada con un discreto asentimiento. Hades observaba todo. Hades empezaba a desear que ninguna jovencita lo lograse… comenzó a mirarlo con ojos no digno para un padre ni para el amigo.

Entonces se encontraba, en la oscuridad de su habitación, con el cabello negro serpenteando en las sábanas blancas de su cama, pensando en él, en sus gestos, en las miradas de fulgente azul, en el dorado de su cabello que llegaba al hombro, y en las veces, que aquel estremecimiento que había olvidado sentir, se apoderaba de su cuerpo navegando en las turbias superficies de sus aguas y dejando marcadas ondas de deleite en todo su cuerpo: la conmoción que sentía cuando sus miradas por un segundo se encontraban.

Su laguna vibraba ante su presencia, su magnetismo, la fuerza que se encontraba atrapada en su alma joven. Shaka parecía envolverlo en un hechizo prohibido y cada vez se encontraba con menos fuerzas, para oponérsele.

Entonces notó, en una de las reuniones de los viernes, que Shaka había cambiado su corte de cabello. A la altura de su oreja, el lacio de su cabello dorado apenas rozaba su frente y sus orejas. Iba abandonando, además, los colores que usaba al vestir, quedándose en el blanco y el negro, con algunos grises asiduos, como su padre. Comprendió que en Shaka se estaba gestando algo y el joven buscaba desesperado matizarlo.

Reparó la forma que le evadía las miradas en cuanto cruzaban, y en ocasiones se quedó observándolo discretamente, en el silencio de la mesa, denotando de inmediato como el rubio intentaba escapar de la trampa invisible que le estaba tendiendo. Cuando era Simmons quien hablaba, Shaka le atendía, Shaka le observaba, Shaka parecía pelear por no hundirse en él. Y allí, lo supo, esa noche en que luego de minutos atravesando miradas, el joven pidió permiso y abandonó la mesa. Pudo leerlo, pudo comprenderlo…

—Entonces, te cortaste el cabello para convencerte—inquirió al seguirlo, luego de fingir que iba a responder una llamada y encontrarlo en el baño, con las manos en el filo del lavamano, después de haberse echado agua a la cara—. Al igual que los colores que antes usaba, cada vez usas menos.

Pantalón negro, de marca italiana. Un fino suéter de cuello alto, color gris, los lentes de montura negro, la altura cada vez mayor, la esbelta figura de un cuerpo joven y atlético, acostumbrado al ejercicio, los ojos de un psicólogo y de un artista; lo veía, reprimido.

—Padrino…—y esas palabras que volvía a colocar el valle que los separaba. Shaka aún eran aguas que corrían en el tempestuoso caudal de Radamanthys, siguiendo su cauce y él, él solo era un lago que justo estaba viéndolos pasar por su lado.

—Llámame Simmons, creo que ya estás bastante mayor jovencito—el aludido le miró, con esos zafiros que ahora, más que miedo, mostraba una determinación para no ahogarse en él—. No, no te molestes, Shaka.

—No intenté usar la psicología conmigo.

—Es inevitable, soy, como tú, psicólogo del alma—un paso más, menos distancia. Un segundo paso, vio el escalofrío del rubio, vio sus propias fuerzas para reprimirse faltarle.

¿Cómo no podría desear que esas caudalosas aguas, un poco de ellas, lo alcanzaran? ¿Cómo pelear contras los deseos que aquellas aguas que significaban Shaka no se hundieran en el abismo de sus experiencias? Lo separaban una generación entera, más de dos décadas, y… sólo cinco pasos, luego cuatro… después tres…

—Deténgase—pidió el menor, sintiéndose acorralado.

Lagunas, dos lagunas de verde sombrío que le engatusaban, le hipnotizaban, como siempre, desde el mismo momento que regresó y lo vio en el despachó de su padre. En el mismo instante que cruzó sus manos y sintió que algo los había amarrado. Una laguna que había agitado sus propias aguas, una laguna que le instaba abandonar el cauce de su padre, salir de la rivera de ese río para formar otro, uno donde desembocara en esa laguna que se le antojaba un mar.

—¿Desde cuándo?—preguntó el mayor, colocando al fin una mano en el filo del lavamano, acorralándolo—, ¿desde cuándo te estás negando a tu sexualidad, Shaka?

De la conmoción a la vergüenza, de ella a la ira. Simmons observó como Shaka mutó el color y la fuerza de sus ojos en cortos tres segundos, recibiendo antes de que pudiera evitarlo un empujón que lo alejó, al menos, a diez pasos de él pero que sin embargo lo había acercado más de lo que ambos serían capaces de soportar.

—¿Qué estás diciendo? ¿Qué intentas decirme?—preguntas que salían con dificultad de su garganta, enrojecido, quizás por las tres emociones antes descritas. El psicólogo lo observaba, lo leía, parecía atravesarlo con la facilidad de un libro.

—De ti, de tus gustos e inclinaciones, Shaka—no se inmutó, siguió—. Sé que es difícil. Al menos antes lo era un poco más; pero la sociedad ha cambiado, no tienes porque reprimirte.

—Sé claro.

—Eres homosexual—la mirada aturdida, los puños cerrados, la negación a su propia condición—. ¿Cuánto más pretendes ocultártelo?

—No es cierto…—masculló, intentando escapar. Aquellos ojos verdes, ojos de profundidades, de historias y experiencias parecían querer tragarlo con él dentro—. No lo soy… yo soy normal…

—¿Normal?—enarcó una ceja el alemán, visiblemente impresionado—. ¿Acaso crees que no son normales?—el menor reclinó la mirada, asustado ante su propio reflejo—. Sabes que el homosexualismo dejó de estar en la lista de patologías en la psicología hace años, Shaka.

Claro que lo sabía. Shaka lo sabía, estaba informado de ello, tal como de los últimos temas de política y de la fluctuación en la bolsa de Tokyo. Shaka sabía que el homosexualismo había dejado de ser un problema psicológico, una enfermedad clínica; pero eso no lo hacía aceptable, ni natural, ¿o sí? Shaka sólo podía ver la imagen de la espalda y de los ojos dorados de su padre, del orgullo y sonrisa de su madre, y ante eso… ante todo ello, su condición, sus gustos, no dejaban de sonar enfermos y anormales.

Bajó su mirada, tratando de escapar del escrutinio de ese hombre que sí, participó en una parte de su niñez, podría conocerlo bien, admiraba y, sí, le atraía, tanto que prefería salir corriendo de allí mismo antes de que su propio cuerpo reaccionara de modo contrario a sus deseos.

Entonces, una mano del psicólogo se acercó a su mandíbula, rozando lánguidamente el filo del rostro nacarado, fino. Los parpados de Shaka se cerraron con fuerza, como si buscara de esa manera desaparecer por arte de magia de aquel lugar, de su presencia, de lo que sentía. Los dedos rozaron su mentón, acarició deliberadamente la tersura del labio inferior y ante ese contacto, los zafiros se abrieron, lo miraron atestado del fuego de un deseo que no iba a dejar correr. Las lagunas de Simmons lo grabaron, apresaron, subyugaron. Los labios del alemán de inmediato, se enjugaron entre ellos, con el corazón que parecía haber recobrado la vida dentro de su pecho, palpitando trepidante dentro de sus músculos, obligándolo a romper las últimas barreras del joven.

Su ahijado, el hijo de su amigo, un adolescente, joven, un estudiante, veinte años de diferencia… todo eso se repetía conforme iba acercando su rostro, subía el del menor con la ayuda de sus dedos, acariciando con ternura la piel blanca, el sabor y el olor del cuerpo juvenil excitado y asustado, como si aquello fuera suficiente para acelerar sus propios deseos.

Antes de tocarlo, Shaka se apartó, corrió, abandonó el lugar. Lo dejó con los deseos a flor de piel.

Sin poderlo controlar, los deseos con su ahijado se fueron incrementado, cada noche, cada noche en que se imaginaba como debía sentirse esos labios debajo de los suyos, que se sentiría terminar de desbaratar todas las defensas que Shaka se creaba en contra de sí mismo, justificándola, como una forma de hacerle aceptar su condición, sus gustos, su propio ser. Justificación estúpida, al final, cuando lo que buscaba era ocultar la atracción sexual que sentía por el hijo de su amigo.

Sin poderlo combatir, Shaka seguía guerreando contra sus instintos, contra sus manos, contra su cuerpo, cayendo infructuosamente en la concupiscencia de su mente, provocando imágenes que lo aceleraban, ocultándose debajo de las sábanas para primero sentir el éxtasis y luego morder la almohada por la vergüenza y la idea de que su padre, aquel hombre que se jactaba de tener a su varón, lo encontrara en esa condición, precisamente por su padrino.

Sin saberlo, Radamanthys seguía obligándoles a encontrarse, invitándolos a ambos a beber una copa de Coñac o Whiskies en un bar, o a comer mariscos en un restaurant. Insistiéndole a Shaka que Simmons podría ayudarlo a prepararse para el examen de admisión de la UCL, donde optaría por una plaza en psicología; preguntándole a Simmons, él que ya se había dado a conocer como el Hades de la facultad, que le hablara de su experiencia en el ramo.

La admiración de Radamanthys a su amigo, el orgullo hacía su hijo, no le permitió ver la tensión existente entre ambos.

Y el día había llegado. Shaka, sin pedir ayuda directamente a ese hombre en un esfuerzo por seguirlo evitando, logró entrar a la facultad. Simmons logró verlo entre la multitud de ese anfiteatro, donde le daban la bienvenida a los nuevos ingresos, donde pudo distinguirlo aún de lejos. Los ojos clavados uno sobre el otro, la mirada que ya no podía ser desviada.

Las aguas que se iban acercando a la laguna, la laguna que la llamaba, en los pasillos cuando se veían caminando entre la multitud, en las salidas con su padre y amigo, en las cenas con la familia Wimbert, donde su madre Fler hablaba de conocer a la heredera de la familia Kido, o compartir una comida con la hija de la familia García. Simmons hablando de sus libros, de su carrera, de lo que había ocurrido en Grecia que le creo aversión a esas tierras, luego de un conflicto bastante acalorado con varios psicólogos del país. Shaka escuchando y fascinándose más por el conocimiento, la experiencia, lo que tanto podía hablar, transmitir, enseñar.

Enamorándose, saliendo del cauce de su padre, creando el suyo propio… dirigiéndose a él.

Y diecinueve años, cumplidos. Mayor de edad, con las mejores calificaciones de su curso, con los mejores comentarios de sus profesores. De nuevo, los ojos de Radamanthys brillando con el orgullo, en medio del brindis de celebración: su hijo varón.

La sonrisa de Shaka, entre la frustración y el nerviosismo. La mirada de Simmons, que se desvió a un lado, entrecerrando sus ojos, impotente. El peso que podía ser una sola palabra sobre el futuro del muchacho.

—Hay algo que quiero informar—prosiguió de nuevo el inglés, alzando su copa de vino francés, al lado de su esposa. Puso su mano sobre el hombro derecho de su hijo, un contacto extraño, fuerte y seguro. Un contacto que su padre no solía tener con él.

Radamanthys jamás había sido hombre de contacto, pero tanto Shaka como Simmons comprendían, que cuando este se daba, era la muestra máxima de una profunda y sincera emoción.

—Me llamaron ayer de la facultad de la UCL, al parecer Simmons había pedido a un estudiante para adiestrar personalmente y que le sirviera de ayuda para la preparación de su nuevo libro, aquí en Inglaterra, bajo el apoyo de la universidad—Shaka abrió sus ojos, asustado, con el corazón desbocándose ante la posibilidad. Sus ojos azules lo buscaron, se tropezaron con la profunda laguna, viéndolo, fijamente.

Sus labios se entreabrieron, en evidente conmoción; le temblaron, con turbación. El agarre en sus hombros se hizo fuerte, el orgullo de su padre más palpable, el temor ante lo que lo atraía casi tangible, latente. Su corazón despavorido latía, y el miedo de ser escuchado por todos los presentes que lo observaban tiñó sus ojos claros de un rojo de dolor.

—Mi hijo ha sido escogido por su desempeño. No creo poder dejar a mi hijo en mejores manos.

Simmons vio el rostro de su amigo levantando la copa, señalando así la victoria de su hijo, su propia alegría. Sin saber que entregaba a sus hijos en las manos equivocadas, que Simmons quería enseñarle más de su experiencia, más que libros, más que psicología; quería enseñarle a vivir, quería enseñarle a amar. Quería ser el primero… quería beber de él todo…

Y con el descaro que solo se aprende con la edad, Simmons subió la copa, brindó, sonriéndole a la ironía y al temor que destilaban los zafiros.

—¿Qué diablos pretendes?—entonces la pregunta, fuera de la fiesta, en uno de los pasillos de la mansión de los Wimbert. El alemán observándole con tranquilidad, como si todo lo que estuviese ocurriendo, como si la trampa invisible que le había tendido, no fuera obra más que del destino. El muchacho lo miraba con la furia tatuada en sus ojos, con los puños cerrados y colocando una notable distancia entre ambos.

Distancia que el psicólogo quebró, con cortos pasos, con la mirada fija, con sus opaco verde esmeraldino, de agua de laguna, apagando la fuerza de los zafiros. Un paso, Shaka trastabilló con dos hasta estar contra la pared.

—No pretendo nada, Shaka—la respuesta, con la seriedad y el profesionalismo, con esa clase, con la elegancia. Un dios entre los muertos, esa mirada capaz de verlo todo, degollarlo todo en la paz impasible de un juicio al que no podría escapar.

Y Shaka se sentía indefenso ante el poder de su aura divina, y tan fría como el helado tacto de la muerte en los labios. ¿Cómo huir de él? ¿Cómo soportar su excitación si lo tenía justo allí, haciéndole sentir hombre, humano, solo carne ante su edad, sus años, su experiencia, su sobriedad?

—Sólo quiero que seas mi más cercano, y enseñarte…—un leve movimiento en sus cejas negras, los labios delgados del joven que se entreabrieron deseando aspirar ese frio que calaba en sus huesos—, todo lo que sé.

Atándole…

El segundo período de su carrera, Simmons fue uno de los tutores. Ya no sólo en los pasillos, ahora sus miradas se encontraban en el salón de clase, en medio de las explicaciones, en medio de las exposiciones. No sólo en el salón de clases, pronto en la cafetería mientras hablaban de los libros, Simmons le mostraba el borrador de sus ideas para el nuevo ejemplar, Shaka los leía, le escuchaba, seguía combatiendo…

Y cediendo terreno.

Hasta que fue imposible… hasta que un beso se dio, impulsado por el psicólogo, entre su cuerpo y el pizarrón acrílico en su espalda. Un beso que terminó haciendo mella contra todo argumento de Shaka. De allí, caricias, tan tímidas como solo la de sus manos rozándose, tan etéreas y ardientes, mientras buscaban enfocarse las miradas, mientras evadían, e insistían. Para cuando ambos se dieron cuenta lo que se había cocinado entre ellos no tenía modo de ir hacia atrás.

Con la excusa del trabajo fueron a su apartamento. Fuera de la mirada de todos, intentaron comportarse como padrino e hijastro, maestro y alumno… Con la excitación evidente, perdieron.

Entre los documentos impresos, los libros, la laptop, los móviles apagados; sobre el mueble de cuero negro, frente a una ventana que daba a la inmensidad de Londres… Con el temblor y cuidado de trémulas manos blancas intentando acariciar más, con la pericia de largos dedos de nácar enmarcando y dibujando.

—Tengo miedo…—el alumno temblando, deseoso, inseguro… implorando

—No lo tengas, yo te enseñaré—el maestro dando clases, experimentando, notando… escudriñando.

Deshizo argumentos, los quebró. Asentó su teoría, la comprobó. Entre el vaivén de sus manos y cuerpos, Shaka se derritió convirtiéndose sólo en esencia. El cabello dorado cayendo con delicadeza entre el cuero, las manos del joven clavándose sin miedo a rastrillar la espalda del mayor, y la necesidad de besos, cada vez más apasionados, entregados.

La experiencia se vio prendida de la juventud, la necesidad.

Shaka movía su laguna, la hacía vibrar de forma que jamás pensó. Y Simmons por primera vez en su vida creyó ser mar, sintió como si un suave oleaje se iba arrastrando en su orilla, tomando la tierra, arrastrándola hasta sí. Creyó tener espuma, creyó tener sal… lo que Shaka le hacía crear, aquel movimiento que empezaba a desbocarlo, apretarlo, atorándolo, hasta salir en un gutural sonido con su nombre labrado.

De allí, amantes…

—¿Qué haces?—preguntó el mayor, una de esas tardes que se habían convertido en el lecho de un amor que no debía salir a la luz. Shaka estaba desnudo, recostado a su lado, boca abajo, moviendo sus pies de arriba abajo, mientras mordía un bolígrafo con sus labios y leía algunos de los documentos.

—Leo lo que has escrito. ¿Cómo piensas llamar este libro?—indago el menor mirándole con sus ojos enamorados—. ¿Me darás una edición especial?

—Especial, autografiada, brindada con champagne si lo deseas—se le acercó, acarició su espalda, apartó el cabello que ya caía por sus hombros, besando sus hombros, su nuca—. “Frente al espejo”, pienso llamarlo—respiró su aroma—. Me gusta más tu cabello largo, Shaka.

Un beso, una caricia… al diablo la edad y los prejuicios.

—Pensaba en estos días, cuando vi un programa de decoración con mi madre, que cada persona es como una casa—le atendió—. Cada casa es especial, tiene una estructura que la hace única. No es la casa en sí, sino la historia que esconde en ella…—los besos que se extendían—. Simmons, no me estás prestando atención.

—Te estoy escuchando—sonrío, como había olvidado hacerlo en muchos años; ante la juventud, la fuerza, el riachuelo que caía sobre él—, hablas de casas y personas, una buena analogía.

—Imagina que cada casa hablara de su dueño, del tipo de vida que vive, de su experiencia—correspondió su abrazo, le miró directo a los ojos—. Casa abandonadas, otras solitarias, algunas medio caídas. ¿No sería esa la muestra del interior de las personas…?

Lo que marcaría, lo que quedaría…

Ausentes a lo que vendría, la tormenta, el terremoto, las aguas furiosas de un rio que ahogaría a la laguna, buscando a su hijo.

—Quizás, los mismo pasos que incurrimos nosotros para reconstruir y recuperar esas casas, son los que deberíamos seguir para reconstruir nuestra vida.

—Suena muy acertado—consintió, dejándose ir detrás de esos azules zafiros llenos de colores. Verdes, rosas, violeta, blanco, negro, rojo, gris, amarillo, celeste… El artista.

—Simmons…

Le miró, le deseó. Shaka lo miraba viendo futuro. Para Simmons solo era presente

—¿Te parecería, que remodeláramos juntos esas vidas?

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