No puedo dejarte de Amar (Aspraka)

Aspros y Shaka tuvieron una relación que ya ha acabado, más sin embargo, Aspros no ha podido dejar de pensar en él.

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Temas: Yaoi, drama, angst.
Personajes: Saga, Shaka, Aspros
Resumen: Aspros y Shaka tuvieron una relación que ya ha acabado, más sin embargo, Aspros no ha podido dejar de pensar en él.
Dedicatoria:En Especial a Akito, que ama a esta pareja y quería que le diera un Aspraka, espero que con esto no te enfermes más *snif*
Obvio que al club Santísimo Pecado Geminis x Virgo .
Comentarios adicionales: Tenía la historia original pero conforme fue escribiendo me vinieron otros detalles y bueno, aquí esta, espero se extienda, es algo complicada.

Kalimba – No Puedo Dejarte De Amar

No puedo dejarte de amar (Aspros x Shaka)

Su mirada era profunda, vehemente. La clase de decisión tomada parecía no tener vuelta atrás. Los ojos azules del menor lo vieron turbados, destrozados, en aquella plaza donde alguna vez le había cortejado, seducido, enamorado y donde en ese momento quitaba cualquier posibilidad futura. Las manos gruesas del mayor se escondieron tenebrosas en su abrigo de piel, en aquel otoño donde las hojas caían perezosas al suelo y alguna rozó indolente una de las hebras doradas que danzaban en movimiento fúnebre en el espacio.

Shaka lo miraba, aún esperanzado. Shaka parecía mirarlo aún esperando una respuesta contraria. Parecía querer desenterrar de él una verdad oculta que no iba a revelar, no era conveniente, no haría que doliera menos. Por ello, buscó ser lo más certero. Era necesario, era necesario.

Frunció su ceño, abrió sus labios y de su boca salió la sentencia. Como navajas de diamantes se clavaron en el corazón del joven virgen y lo marcaron, para siempre.

Y es así como ayer
decías que iba a ser

—Aspros Andreatos, su esposa en la línea dos.

¿Cuánto tiempo había pasado desde aquella vez? Para él parecía que había sido ayer. Se levantó de su asiento, en un cargo gerencial de una mediana empresa,  con los ruidos de teléfonos alrededor, los papeles sacudiéndose en las bandejas de impresión, algunos que otros conversando de los últimos resultados deportivos. Todo parecía ser igual, como lo era siempre, como lo era antes. Nada había cambiado.

Quizás un mejor sueldo, quizás más arrugas, talvez más pesadez. Quizás más años, un poco de artritis en sus manos por las horas de tipeo y de firmas que lubricar, quizás sus ojos cansados ahora con la falta de lentes. Quizás…

¿Cinco años pueden hacer tanto? Llegó a la recepción donde le aguardaba la llamada, la respondió, viendo como la mujer lo ignoró para seguir sus labores. No, ya no levantaba los suspiros que hubo levantado años antes, ya no era atractivo por las jovencitas al menos que mostrara su tarjeta de crédito y le prometiera cumplir sus caprichos. No, ya no era el mismo… aunque todo alrededor era igual.

Escuchó la voz, suspiró, todo seguía igual.

la vida es tan simple
ahora sin tenerte

—Saga está por llegar de Athenas, dijo que lo esperáramos. Viene con esa muchacha, ya sabes, la que se cree dueña del mundo.

—Es casi dueña del mundo, se trata de la señorita Kido—respondió con el cansancio que ya era persistidle en su voz.

—Bueno, supongo que es mejor que el desamor que tuvo hace dos años—el hombre resopló—. Es decir, ni siquiera nos presentó a esa chica, solo sé que es rubia…

No quería hablar de eso… no quería escucharlo.

—Mira, Seraphina, si no hay nada mejor que hablar, tengo que colgar, tengo trabajo que hacer.

—Pero Aspros, si apenas ni hablamos en las noches, apenas nos vemos, en qué momento vamos…

—Adiós Seraphina…

Y sigo así palabras
que me desnudan

Había entrado a su habitación sólo por el pedido de su esposa. No veía razones para hacerlo, su hijo ya era un hombre mayor, hecho y derecho. No creía poder enseñarle nada, no creía tener nada que decirle de la vida. Para él, la vida no había tenido mucho sabor, ninguno tal vez. Desde que su hermano decidiera irse lejos, en busca de aquel hombre. desde que pensó que lo único que podía hacer para mitigar su propio dolor, era pagar con la misma manera.

Desde que se enamoró y dejó ir, traicionó y quebró… él no era un buen hombre, ¿qué podía hacer por su hijo?

Se sentó a su lado, viendo sus propios zapatos de cuero recién limpiados por alguna buena alma que se encontró en la calle a la salida del trabajo. Sus propias canas eran matizadas ya con un poco de tinte, aunque no podía hacer lo mismo con sus líneas de expresión, y mucho menos con su corazón que moribundo seguía latiendo solamente porque así se lo ordenaban. Autómata como él, giraba, caminaba, dormía, comía, tenía sexo, trabajaba, solo obedeciendo órdenes del cerebro de la sociedad mientras que ellos, simples neuronas comunicaban una con la otra esperando que el cuerpo funcionara lo que se podría llamar correctamente.

Suspiró cansado, agotado de pensar, de preguntar, de meditar. Y le vio, a su hijo, cabizbajo con otra botella de coñac a medio acabar, aunque vio que la mayoría estaba en el suelo con dos vasos hechos trizas en algún que otro arranque. Él era su hijo más sensato, pero al mismo tiempo más voluble. Él era capaz de un día estar feliz y en otro sumirse a la más profunda depresión. Un mal con él que tenía que convivir, donde él no tenía espacio, donde no había cura más que medicamentos que, viendo en la mesita, estaban por entero, al menos, en la misma dosis que le dejaron tres días atrás.

—Estoy cansado de escuchar en mi cabeza—le dijo. El padre no hizo más que echar sus brazos hacia atrás, consciente que ni por mucha experiencia que hubiera tenido en su vida pudiera, ni tan siquiera un poco, comprender el grado de conflicto que representaba no tener a uno, sino dos, o tres, quizás más de ti dentro de tu cabeza clamando atención. Si apenas podía consigo mismo, ¿cómo esperar poder con otro más?

—Vamos muchacho, una mujer no debería significar el fin de nuestras vida—eran palabras simples, eran las correctas, al menos dicho por la sociedad, al menos…

—Es un hombre…

Me envuelven tanto las dudas

Hubo silencio, mutuo silencio. Aspros miró la pared de al lado, luego el techo, por último, fijó la mirada en su hijo que parecía buscar en él una respuesta, una repulsión, algún grito de desagrado, quizás condenación.

—Pues, tampoco debería significar el fin—masculló tranquilamente, como si no le diera importancia a ese detalle—. Hombre, mujer, no debería ser el fin.

Aunque esas palabras más bien él tenía años diciéndoselas, tratando, tratando de creérselas, de comprenderlas y convertirlas en el sostén de su actual vida.

—Me alivia ver que no te incomoda…—su hijo bajó la mirada, tomó otro poco del coñac—. Rubio, ojos azules, es bibliotecólogo, lo conocí cuando buscaba algunas noticias referente al caso de…

La historia siempre continua

Uno, dos, tres, cuando se dio cuenta, en el bar ya había tomado una botella, y pedía otra, incapaz de poderse levantar con el dolor del pecho, con el pulsar en sus intestinos, el desgarrar de sus entrañas al recordar las palabras de su hijo, lo que había ocurrido. Tragó una y otra vez, y las lágrimas empezaron a derramarse en su rostro, en su pecho incluso, al mismo tiempo que los restos del alcohol que lograban escapar de su comisura y se diluían por su cuerpo.

Ojos rojos, ojos de lágrimas, ¿de qué forma las cosas habían terminado de esa manera? ¿cómo era posible que el ciclo se hubiera repetido?

¿Y porque de nuevo él volvía a su mente?

Los ojos azules le brillaron en medio de la oscuridad de la noche, aquel cabello dorado pareció brillarle entre las luces de neón cuando caminaba por la calle buscando un taxi, tambaleándose con dificultad luego de ahogarse en litros de alcohol e intentar así matizar el dolor… el dolor palpable

Y no puedo dejarte de amar

Volvió sobre sus pasos, casi al amanecer, hasta la pequeña casa en la esquina de ese boulevard, arrastrándose por la jardinera de la calle, cayéndose y trastabillando mientras los perros se acercaban a él, lamiendo sus zapatos, su mano, oliéndole buscando quizás algo de comer. Vio de nuevo aquel lugar, las barandas de hierros de apenas un metro que separaban a la construcción de la acera, la pequeña casa de color blanco con jardinera, que hace tres años se había convertido en un pequeño café, pero que antes… antes…

Sí, allí lo vio, corriendo en su trote diario una mañana de Enero, con su cabello atado, una franelilla azul, un pantalón deportivo blanco, unas tenis, y una colección de música que sonaba en su oído. Eran las seis de la mañana, y el joven rubio trotaba por el vecindario ignorando su presencia, su mirada afilada, la de un depredador que no imaginó, en algún momento, que sería el cazado.

Le tendió la trampa, se unió al trote. El joven le miró de forma curiosa y el mayor, vestido tan deportivamente como él, sólo sonrió de medio lado, le siguió. Una conversación banal entre dos desconocidos, una conversación de calorías, horas de entrenamientos, alimentación, vitaminas. El rubio le sonreía amablemente, el mayor lo iba llevando al agujero con pericia.

Y así fueron, día tras días, por tres meses.

y no puedo dejar de esperar

No supo en qué momento, pero ya lo tenía entre sus manos. No supo el cómo, pero ya le gemía en su cama. Llevado a unas habitación a  las afueras de la ciudad, de salidas inocentes y citas en biblioteca, lo llevo a un hotel y le enseñó a ciencia cierta los verdaderos placeres de la vida. Lo besó y degustó el sabor dulce de la piel joven. Le tomó, y se sació de la lujuria desprendida de tan solo veinte años. Le penetró, y se sintió vivo como si hubiera rejuvenecido. No era el hombre de cuarenta y ocho años, no era el anciano que todos creían, su miembro y sus fuerzas se incrementaban conforme el joven rubio gemía, el poder de sus músculos se fortalecía al ritmo de cada envestida.

Y la venganza tuvo sabor, un sabor ajeno y distante a lo que jamás pensó degustar. El sabor de la juventud y de un amor pasajero, de sentirse joven y hombre atractivo y deseado. Un sabor prohibido.

Para cuando terminaron, para cuando los cabellos dorados se desparramaron sobre él, cuando sintió ese cuerpo aún con espasmos de placer buscarle y abrazarle… comprendió.

No puedo perderte al final

Vio de nueva cuenta el local, respondió al llamado de la policía. La dueña de aquella cafetería había llamado para qué le recogieran al borracho que se había quedado dormido en su césped y que podría espantarle a sus clientes. Recordó entonces, que ya habían pasado tres años… tres años sin verlo, tres largos años donde de aquel lugar donde él vivía no quedaba nada más que un comercial de café.

Tres años y aún…

Y no te puedo olvidar

Ahora, cinco años después, estaba de nuevo frente a ese lugar, después que lo irónico de la vida ahora le invitara, su propio hijo Saga luego de haber llegado y aceptado el compromiso; ahora invitándolo porque quería hablar con él, de padre a hijo, según dijo. Y justo en ese lugar. Sintió su corazón desfallecer, sintió el temor correrle en las venas. Caminó intentando aplacarlo todo, ya un hombre de más de cincuenta, ¿cómo dejarse aplastar por los recuerdos?

Respiró profundo, sintiendo a su pecho gangrenarse al ritmo de cada pisada en el pavimento, hasta por fin sentir el sonido de la campanilla a la abertura de la puerta. Todo era normal, una cafetería, el olor a café recién hecho, algunas voces por aquí por allá, su hijo sentado en una pequeña mesa en la esquina de dos puestos, con su traje de marca, abogado… su orgullo. De pie, luego de haber sido abandonado y burlado de la misma forma que un día lo hizo él con aquel… Dos años… dos años de eso, cinco años de haberlo dejado ir.

—Ya le dije a Saori, creo que formalizaremos todo en tres meses—y veía a su hijo seguir su propia historia… sabiendo cual era el final: la más desabrida soledad, las más oscura frustración…

El saber que no había escapatoria a la sociedad… el no saberse tan valiente.

No se luchar si no estás

¿Cómo decirle que peleara por sus convicciones? ¿Que fuera lo que quería ser? ¿Que si no la amaba no se atara? ¿Qué no siguiera a la sociedad?

No fue eso, principalmente, ¿su mayor error?

—Aspros, ¿en qué piensas?—se escurrió esa voz en sus memorias, susurrándole al oído, sobre el mueble de aquella casita, esa misma donde veían café.

Pensaba en lo incorrecto. Pensaba en qué momento las cosas cambiaron, en qué momento la venganza dejó de ser venganza, en qué momento el dolor se convirtió en amor y en… miedo.

—En nada, Shaka—se acercó, lo besó.

Buscó que no le viera a los ojos… que no leyera cuan atado ya estaba a él…

Que no viera que sabía que no podían seguir así…

—¿Crees que hago bien?—la voz de su hijo, sacándolo de los recuerdos—. ¿Crees que puedo ser aceptado en la sociedad si simplemente digo… digo lo que de verdad si amo? ¿Qué no fue una mujer la que me destruyó el corazón? ¿Qué fue un hombre?

Su hijo le miró, Aspros le respondió.

—No te aceptaran…

Y es así yo ya no creo en milagros

Condenó a su hijo de la misma forma que se condenó a él. Una sonrisa derrotada surcó sus labios mientras saboreó el café, mientras lo vio allí, en la taza de porcelana, brillando en la aspereza de sus dedos.

Una lágrima trémula de su hijo… una lágrima que se quedó agolpada, hace años, en el interior del ya anciano.

—Aquí solía venir con él—y el golpe certero… los recuerdos innegociables—, decía, que este lugar le traía recuerdos—Aspros que cerró sus ojos, comprendió… la venganza, que trajo más venganza—. Me sonreía y me decía: “siento que te conozco, quizás de otra vida…”

Los ojos del mayor cayeron al suelo. Su corazón fue aplastado… al paso de cada silaba

“Quizás hay un karma… que debamos resolver…”—su hijo le miró de nuevo, le confesó—. Lo peor es que, aún lo amó.

Le hubiera gustado confesarle a su hijo que él también…

Si tú no estás a mi lado

—Aspros, mi hermano Asmita me dice que se encuentra muy feliz. Me ha pedido que lo vaya a visitar, en la isla Kanon, vive en un pequeño pueblo. Dice que su pareja pesca, lo hace muy bien, mientras que él teje algunas mantas para vender a los turistas.

Le escuchó aquella tarde de invierno, cobijado debajo de las sábanas. Un año ya, un año engañándolo, burlándole, aprovechándose de su inocencia.

Atándose, enamorándose, peleando contra su consciencia.

Venganza y amor no compaginaban, jamás podían ser aliados. Y entre el odio por lo que le habían quitado y el amor por lo que había encontrado: Aspros se debatía.

—Estoy ahorrando para ir a visitarlo. Dice que su pareja lo ama, que lo trata muy bien. Quisiera llevarte a conocerlo, es muy parecido a mí mi hermano, sólo que es ciego… sólo que…

—Mmm eso podemos hacerlo después—acarició su cabello dorado, le besó.

—¿Cuándo podremos vivir juntos, Aspros?

—Pronto… pronto… ya los papeles están listos.

No existían dichos papeles… no existían problemas matrimoniales ni divorcios en puertas…

Solo recuerdos, pasados, rabias, irá, venganza y la sensación de que todo se estaba desviando a su contra.

Soy un velero en el mar del pasado
Y sigo así un soñador sin noches

—¡NO PUEDES DEJARME!—gritó desesperado, en la puerta de su habitación, de la que compartía con su hermano, lo que eran… más que hermanos, amantes.

—Ya lo estoy haciendo…—respondió su igual, menor, de piel más oscura.

—NO PUEDES, ¡NO ERES NADA SIN MÍ! ¡ERES UNA MALDITA COPIA, UNA EXTENSIÓN DE MÍ! TE DI TODO, ¡POR MI SALISTE A LA LUZ! ¡POR MI ERES QUIEN ERES! ¡TODO LO QUE HE ENTREGADO, TODA LA FAMA, DEFTEROS!

—¡BASTA YA! NO SOY UNA SOMBRA, NI TU COPIA, ¡NI NADA MALDITA SEA!—le gritó, como nunca pensó oírlo—. Gracias a él he comprendido que no puedo seguir más aquí, ¡que no puedo seguirte más! Te amo como a un hermano, Aspros, ¡SOLO UN HERMANO! Cedí, cedí a muchas cosas que ahora me dan asco, asco de mí mismo, ¡de ti!

—¡NO DIGAS MÁS!—la locura, la desolación, el llanto.

—Él me enseñó que puedo formarme mi propio orgullo. Puedo ser simplemente yo, ¡nadie más que yo!

—Eres mi hermano, eres mío… todo lo que hice, lo que he hecho fue… ¡fue por ti!

—No, fue por ti y tus ansías de que jamás me fuera de tu lado.

La maleta completada, los pasos realizados, la puerta abriéndose.

—Además, yo a él si lo amo.

El corazón destrozado.

Una alma sin destino

—Aquí lo encontré—veía las fotografías, el rostro de su hermano, el de aquel que se lo robó.

Descorazonado, solo, ya sin él único que le hacía esconderse de la sociedad e imposiciones, con el que podía dar rienda sueltas a sus instintos más bajos, atándolo, obligándole a seguirle. Había dejado su luz… había seguido a otro.

—Viven en la isla Kanon, un pueblo pequeño.

Subió la mirada al interlocutor, un hombre de cabello corto, oscuro, una sonrisa socarrona, manos tomadas en su pecho, reclinado con fanfarronería en el asiento. Un sombrero de copa, un traje elegante, algo extravagante, extraño, hilarante incluso… malicioso.

—Pero ese hombre rubio, tiene un hermano, aquí, en Athenas, vive solo… quizás le interese.

La mirada llena de maldad de aquel. La suya propia, que se tiñó, seducido por la gota llamada venganza

Que paga por sus errores

Las noches silenciosas mientras su esposa dormía a su lado, sólo pensaba en él. Las noches en las que dormía resintiendo el calor de su cuerpo, deseaba buscarlo; más el orgullo y el recuerdo de cómo todo empezó hacía mella ante cualquiera intención de dar sus brazos torcer y darse cuenta que si, se estaba enamorando de él, se estaba enamorando de su juventud, de su fuerza y de la inocencia profesada en cada mirada.

Pensaba en la felicidad con la que el rubio le aceptaba en su pequeña casa en la esquina del boulevard, le preparaba té y unos panecillo, le hablaba de cómo su madre le había enseñado, de sus estudios en bibliotecología, de la posibilidad de entrar como pasante pronto en la biblioteca principal de Athenas. Lo hacía participe de sus pequeños logros, luego del fuego de su cuerpo  fuerte y varonil. Le danzaba aprendiendo y devorándole en el fuego de una concupiscencia que ya se sentía débil de evadir.

Y no puedo dejarte de amar

Se encontró entonces, atado, atado a sus brazos, a sus piernas, al fuego de sus labios que devoraban cada rastro de cordura, lo llevaba al infinito del placer jamás invocado.

Y no puedo dejar de esperar

Entonces se sometía a un auto castigo tratando de evadir los pensamientos, tratando de combatir contra su cuerpo, contra las ansías y el corazón que había dejado de estar diseco para palpitar de nuevo, con tanta fuerza, aún más que cuando compartió con su hermano. Entonces esperó que esa fascinación se acabara y le diera lugar a la venganza, creyó que el tiempo la diluiría, se conformó con esperar que enamoramiento terminara…

No puedo perderte al final

Hasta caer victima de su propia trampa, enredado en el recuerdo de aquel joven que trotaba todas las mañanas, antes de ir a trabajar en una librería, estudiar por las noches bibliotecología, acogerlo algunas tardes en su lecho. Hablarle de sus planes futuros de sus deseos, de su meta y en anhelo de compartirlo con él, cuando, la única condición impuesta había sido no comentarle nada aún a su hermano.

Hasta esa tarde de otoño, hasta que todo cayó. Hasta que decidió ponerle fin

Y no te puedo olvidar

La rutina, horrible rutina de regreso a la realidad. Levantarse a las seis de la mañana, desayunar lo que su esposa le preparaba, estar a las siete en el trabajo, las nueve la merienda, las doce el almuerzo, las dos la hora del café, las cuatro la salida, la cinco volver a casa, las seis la cena, las siete las noticias, las ocho el baño, las nueve una película, las diez dormir…

Había muerto, con él. Era lo único que sabía.

No se vivir si no estas

Estaban en aquella plaza, rozando la primavera. Shaka le había llevado porque quería compartir algunos libros de poesía que compró con su nueva quincena. Aspros simplemente le seguía, no decía mayor cosa, más que disfrutar de la vista de los glúteos forrados en ese pantalón blanco deportivo y la franelilla celeste que cubría su torso. El cabello atado en una media cola, dorado, le danzaba al ritmo del aire que parecía estar de acuerdo en hacerlo ver como una autentica reencarnación de un dios. ¿Fue eso lo que su hermano vio? ¿Fue esa paz, esa belleza, esa inocencia lo que lo sedujo?

—Estoy seguro que te gustará—le dijo volteándose, con esa hermosa sonrisa blanca, en labios de durazno, los ojos relampagueando con fulgente azul.

—¿De qué trata?—le siguió hasta sentarse en el pasto, a su lado, escondidos entre los matorrales de la plaza y cerca de una pequeña fuente que serviría de acompañante para aquella tarde. Apenas Shaka lo trataba como si fuera un maestro, un amigo, sin saber que poco a poco Aspros lo iba llevando, lentamente a un sentimiento de mayor fuerza y vigor.

—Es un poeta maldito, así le llaman, pero su poesía lejos de parecerme oscura, me parece muy realista—el mayor lo cubrió entre sus brazos, le habló en el oído.

—Quizás por lo prohibido…

—¿Lo prohibido?

Antes de que pudiera darse cuenta, era la nariz de Shaka la que rozaba la de él. Antes de que pudiera hacer algo, eran esos celestes ojos los que lo seducían. En algún momento se perdió en celestes faros, en algún instante las palabras desaparecieron de su boca y todo el alrededor le pareció lo más impresionante y hermoso que había vivido nunca.

—Shaka…

—¿Yo soy prohibido, Aspros?—el aliento golpeando sus labios, el corazón trastocando su pecho, el respirar: agitado, la carne:  bullendo.

Finalmente sonrío, desviando la mirada y llevando sus dedos al libro.

—Leamos Aspros, leamos y creamos que somos libres.

Pasaron la tarde, leyendo poemas, escuchando su voz, con el palpitar acelerado y su cuerpo absorto en una corriente jamás sentida.

De alguna forma, feliz… disfrutando de cómo todo seguía girando a su alrededor mientras que para ello, esa simple tarde, era eterna.

Contigo aquí
el mundo me abre sus brazos
el tiempo gira despacio

Para cuando la tarde se diluía, su excitación fue mayor. Para cuando la noche caía, olvidándose de su familia, de sus deberes de la razón del porque estaba allí con él, su cuerpo le embaucó. Para cuando se dio cuenta, acerco su boca a la de él y antes de meditarlo, Shaka apresó sus labios contra los suyos. Sin darse cuenta, ambos se estaban besando, sin tan siquiera pensarlo, ambos se estaban abrazando

Y para cuando Aspros se dio cuenta, estaba enamorado.

Soy el guardián del calor
de tus labios

Ahora, cinco años después, revivir todo aquello que una vez vivió no parecía tener ninguna razón válida más que auto recriminarse cuando lo supo, cuando supo por la voz de su propio hijo como sucedió, el cómo embaucó su corazón, el cómo jugó con él. Venganza sobre venganza, ¿estuvo eso bien?

Ya había perdonado a su hermano por el abandono, porque consiguió algo que él mismo logró encontrar bajo la figura de Shaka, consiguió ese amor desinteresado, esa ilusión, esos sentimientos puros que parecían hacer que todo tuviera validez.

Además, tomando en cuenta lo que ocurrió con su hijo, quizás Shaka no lo había olvidado, ¿no era momento ya de ser feliz? No era momento de buscarlo, pedirle perdón y volver a crear en él el joven inocente que él destruyó hace años

Si vuelvo a ti
seré quien guie tu norte

Ya no más errores, ya no más fracasos, ya no más esconderse. Iría a buscarlo a él, para conseguir la fuerza y decirle a su hijo que él también podría seguir su vida y ser quien es sin estar al pendiente de la sociedad y olvidando los prejuicios. Sí, así haría, de esa forma estaba allí, esperando por la noticia del mismo hombre que años atrás consiguió información de su hermano, ahora le traía información del paradero de Shaka. Tomó la dirección y sin más, partió, sin vislumbrar la sonrisa macabra de aquel.

el faro de tus sentidos
que te querrá para siempre

Después de todo, en lo único que podía pensar era en pedirle perdón, pedir una nueva oportunidad, explicarle que había cometido un error y…

Y no puedo dejarte de amar

El avión había llegado al aeropuerto. El taxi seguía su recorrido. Entre los parones de tráficos y los semáforos, Aspros Andreatos esperaba ansioso el momento en que vería de nuevo a Shaka, en que lo tendría entre sus brazos, en que…

—Cuándo me dejó, simplemente me dijo que no podía estar conmigo. Que yo le recordaba a algo muy doloroso. Nunca pude entenderlo padre, nunca pude entender porque simplemente se apareció en esa biblioteca, me invitó a tomar café, como si me estuviera vigilando durante tanto tiempo. Llegué a pensar que me quería, llegué a pensar que…

Claro… lo que ocurrió allí fue el pago de una venganza. Pero era hora de cortarlo, de cortar el posible remordimiento que aún sentía por él, y desenterrar el amor que de seguro sentía aún, como para haber buscado a su hijo y hacerle pagar, en su cuerpo, lo que él le hizo cinco años atrás.

Y no puedo dejar de esperar

Llegó a la zona residencia y vio los edificios con tres apartamentos cada uno, pequeño y cómodo. Niños corrían por todos lados, jugaban futbol al parecer, en lo que sería el estacionamiento comunitario. Aspros bajó con su porte mayor, con sus cincuenta y tres años.

—¿Sabes Aspros?—le dijo, aquella noche luego de su primera entrega, de su primer amor, del como sus ojos azules brillaron enamorados—. Soy el hombre más feliz. Tanto, que creo que contigo puedo superar los prejuicios que esta sociedad impone.

Él, en ese momento, creía lo mismo.

No puedo perderte al final

—Disculpen—llamo a los niños, los cuales le miraron como si fuera una persona muy interesante. Una mujer rubia colgaba unas sábanas y vigilaba de inmediato al darse cuenta el mayor cerca de los niños.

Aspros le sonrió de lejos, tratando de evitar cualquier impresión que diera el que fuera algún secuestrado de menores.

—Chicos—se agachó a la altura de un peli azul que se veía bastante desafiante—. Saben en qué apartamento vive el Sr. Shaka…

—¡Oye Hyoga!—grito el pequeño sin dejarlo terminar—. ¡Están buscando a tu papá!

Y su corazón fue desgarrado de tajo.

Y no te puedo olvidar

—Me prometiste que estaríamos juntos, me prometiste que seríamos felices Aspros. Me dijiste que te divorciarías de ella, que tus hijos ya estaban mayores, que yo era lo más valioso para ti, Aspros por favor, ¡Mírame!

Las hojas de otoño caían sobre ellos. Las hojas de otoño anunciaban la muerte. Aspros estaba cansado, Aspros lo amaba, pero una clase de temor más allá lo había dominado. Lo que la sociedad decía no era suficiente, sino lo que sucedería después. Se dió cuenta que al final, él no era tan fuerte como para imponerse a ella. Quería seguir escondido, quería seguir en las tinieblas que con su hermano una vez jugó. Y Shaka quería más allá.

Además, le estaba robando su alma, su corazón, le estaba de alguna forma seduciendo a dejar todo por lo que había trabajado. Y no, no lo permitiría.

—Shaka, Shaka—le sonrió, con una malicia impresa. Lo dominó, con la expresión de maldad latente. Shaka abrió sus ojos asustados, al darse cuenta de la siniestra expresión que le profesaban—. ¿Sabes el nombre del amante de tu hermano?

—¿De Asmita?—titubeó, confundido. Aspros afiló sus ojos, matando su corazón—. Sí… si lo sé…

—¿Puedes decírmelo?—Shaka no entendía, no entendía que tenía que ver eso con lo que ocurría, con la sentencia. Intentaba entrever en las intenciones de quien fue su amante y le entregó todo una sola razón para pensar que nada de eso tenía que ocurrir, que había esperanzas, esperanzas.

—Defteros…

—Él, él es mi hermano—los azules ojos abriéndose—. Tu hermano me quitó a mi hermano, y mi único amante—ojos azules: quebrándose—. Ahora, ¿lo entiendes? ¿De qué otra manera crees que podría un hombre como yo acercarse a ti?—matándole… violentamente—. Dile a Asmita, que Aspros cumplió su sentencia. Que me lo iba a pagar… que le quitaría y mancharía lo que más ama.

Y marcó… marcó… cinco años atrás…

Shaka fue destrozado.

—¿Saga Andreatos?—el abogado volteó al escuchar su voz, y abrió sus esmeralda al ver al joven a su lado. Vestido formalmente, llevaba una pila de libro al parecer a ser organizado en sus estantes—. Disculpa que lo llame de esta forma, pero, creo que hay algo en usted que me llama, ¿no cree en el destino?

El abogado se levantó para verlo, impresionado por la belleza del joven y por esa mirada, azul, afilada en su semblante. No supo que decir, la pregunta le había parecido inverosímil y aunque había leído al respecto, no tenía idea de porque le preguntaban tan abiertamente.

—Disculpa…

—No, creo que soy yo quien está siendo un poco imprudente—sonrío de medio lado… instándolo a seguirle—, es que tuve la extraña sensación de haberlo conocido en algún otro momento y de que ambos, tenemos un karma que debemos resolver. ¿No ha leído sobre ello? ¿Reencarnaciones, otras vidas para resolver viejas deudas?

Y después de tres años, Shaka consiguió la forma de hacerlo pagar… porque ya el daño estaba hecho ¿qué más podía hacer que hacérselo ver también a él mismo?

—Shaka, no entiendo… no entiendo porque. Después de todo lo que vivimos, después de…

—No tienes que entenderlo, Saga—el rubio llevaba sus maletas, le miró con desdén—. Quizás tu padre si comprenda, con eso de que ha vivido más que nosotros dos—sonrío… una mueca llena de odio arraigado—. Yo debo volver, con mi hijo, mi familia. Después de todo, Saga,…

Una lágrima que Saga no vio correr en la mejilla del rubio, por estar cabizbajo. La misma que Aspros no vio, por dar la media vuelta e irse, hace tres años.

La que Saga derramó hace dos, la que Aspros derramó justo frente a esos niños.

—Los hombres no podemos pelear contra la sociedad…

Para cuando Shaka salió, luego de ser llamado por su pequeño hijo y de preguntarle a su esposa quien colgaba las sábanas sobre quien había ido a buscarlo: Aspros ya no estaba. Aspros se había ido.

Aspros entendió, que lo destruyó todo…

No se luchar, si no estas…

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