Lienzo de Guerra (Gaiden 03)

POV de Kardia. ¿cómo fue que logró despertar el odio de Shaka? ¿De qué forma despertó asi el fuego de venganza de Auva?

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Temas: Yaoi, Romance, Angst, Violencia, Guerra, Tragedia, Suspenso, Intriga, Muerte de personaje, Universo Alterno.
Personajes: Defteros, Asmita , Aspros, Aldebaran, Kardia, Degel, Milo, Death Mask, Manigoldo, Afrodita, Saga, Kanon, Mu, Shion, Shura, Aioros, Cid, Sisyphus, Regulus, Aioria, Youma, entre otros…
Resumen: El reino Alhenas ha invadido al reino de Auva, donde Asmita de 20 años y Shaka de 5 años son príncipes. Defteros como príncipe de Alhenas ha conquistado el lugar, matando a los reyes y los príncipes en la huida fueron atrapados por el general Aldebaran del reino de Alhenas. Como esclavos de guerra son enviados hasta la capital de Alhenas, donde Aspros, el rey, toma a Asmita como esclavo real y viendo el estilo de vida que debía soportar, ayuda a sacar a Shaka del lugar. Veinte años más tarde, luego de 5 años de una revuelta que destronó a los verdaderos reyes y donde Youma de Mefis se hizo cargo del reino, después de ser invadido por el Rey Aioros del Rukbat; Shaka ahora lidera una revolución en busca de devolverle el trono al verdadero heredero, Saga, hijo de Aspros, de quien se desconoce su paradero desde la revuelta. Por ello el pueblo lo aclama, diciendo que Asmita ha regresado para devolverle la paz al pueblo de Alhenas. ¿Qué sucedió en esos veinte años? ¿Por qué Shaka esta peleando por restaurar el reino que destruyó el propio? ¿Y que fue de la vida de Asmita como esclavo real?

POV de Kardia. ¿cómo fue que logró despertar el odio de Shaka? ¿De qué forma despertó asi el fuego de venganza de Auva?

Gaiden 03: Alimentando el Odio (Kardia x Shaka)

El mundo y la historia… son cosas que nunca pueden ser planas. Todo tiene un punto de encuentro final, y lo veo, justamente en este momento, la unión de una de los vértices del plano con otro lejano que hace ver que todo es parte de una esfera que rueda, rueda, rueda.  Y te veo, y lo recuerdo también a él. Son como parte de un mismo espejo, una misma alma que me encargué de mancillar, años atrás, por mi propio objetivo.

El pueblo te aclama, reclama su victoria, te vitorean con el mismo frenesí que sólo había visto en el ejército de Alhenas cuando tomábamos un reino, cuando era Defteros nuestro máximo líder. Y te veo, a ti, tan peligroso como el fuego que yo terminé de encender. Por fin lo reconozco, puedo verlo, por fin, la figura que estaba esperando desde que te empecé a seguir hace cinco años: la más clara ambición con la venganza, el odio arraigado que está teñido con una esperanza, una luz amorfa y ligeramente fétida que se escurre por el olor nauseabundo de las piedras humedecidas, del moho de estas catatumbas. La esperanza de tu venganza.

Me sonrío, cuando veo tus ojos azules observando la multitud que se ha levantado a gritar tu triunfo sobre el príncipe Saga. Me sonrío al ver el rostro perplejo del mismo heredero observando todo. Cayeron en mi trampa, lo que estaba esperando, la forma de condensar el odio y terminar de ver por fin, frente a mí, la misma imagen. De alguna manera lo siento, siento el mismo ambiente de hace veinte años, en la arena de Alhenas, en la tierra amarilla del coliseo del palacio, cuando Asmita se enfrentó a Aldebaran, cuando lo mató con su espada en venganza por sus ojos.

Si, la misma forma en la que tu cuello blanco muestra las marcas de las venas latiendo por el éxtasis, por el sadismo, por el sabor de la sangre y tu victoria sin un solo ápice de duda. Y para confirmarlo, para confirmar a quien ahora le debo mi obediencia, a la manifestación del fuego dorado que está a punto de abatir a Alhenas, esta maldita tierra que nos traicionó y con ellos a los de Rukbat que nos han sometido; ante ti, el enviado de Asmita, me arrodillo ante tus pies, con la lanza de Scorpius, como te lo prometí… cinco años atrás.

¿Me ves Shaka?

Si, tus ojos destilando la mayor furia jamás guardada me ven y me hacen recordar, tu amenaza.

Ayer, hablando con Dohko, le dije que sólo había una forma de desestabilizarte. Contándole lo único que no te conté, lo que Saga podría contarte con mayor propiedad. Al hacerlo, al decirle que con ello te desmoronarían, cortándote la concentración el tiempo suficiente: recordé… recordé el día que había empezado todo, Shaka.

La noche oscura, la lluvia había cesado, el duelo también. Nos habíamos encontrado en medio de esos cadáveres y tú, como si fueses el mismo demonio del averno, apareciste frente a mí con el manto negro cubriendo tu identidad y la figura de tu hermano detrás de ti. Oh si, el miedo que se filtró por cada poro de mi piel humedecida, el frio que acarició como garra en mi cuello, la forma en que esos ojos azules veían como si fuese la misma retribución de justicia y venganza… sí… Sé que Asmita me pidió antes de dejarme ir, que sólo buscara justicia… pero esa palabra no existía ni existirá en mi vocabulario. ¿Qué esperaba? Soy sólo un sanguinario en busca del mejor trofeo para destrozar, un hombre de guerra, no de paz. Siempre me había incomodado la quietud de los diez años de gobierno durante los que Asmita fue consorte. No soy ese tipo de hombre. La paz y la serenidad no van conmigo. Igual que con ninguno de los que nos criamos bajo la espada de Defteros, pero estábamos allí jugando al reino pacifico, y por ese maldito juego los leones nos cogieron como perra herida, defecando sobre nuestro hocico y humillándonos. Alhenas no es reino de paz, Asmita. Alhenas no es como la antigua Auva que quisiste reproducir. Así que, estaba convencido, que la única forma de levantarnos contra los leones era recuperando nuestra verdadera esencia: el sadismo salvaje con el que tomábamos todos nuestros objetivos, la mayor brutalidad asesina, nuestro orgullo de guerreros y verdugos.

Para eso, debía reproducir en ti, Shaka, al Asmita que conocí en la arena de Alhenas. A aquel, que con una sonrisa era capaz de producirme el mayor éxtasis primitivo, por la lujuriosa forma de mover su espada y el fuego lacerante que manaba por su paso con solo una sola meta: la venganza, vil y siniestra, a cualquier costo.

Pensé mucho en ello durante el tiempo que duramos en Polux, no demasiado, apenas fueron tres días antes de decidir que era hora de partir. Durante esas noches sólo me perseguías mientras desesperado seguía llenándome la mano de sangre y cadáveres buscando al único que me interesaba y que logró tranquilizar mis ansías de sangre durante los malditos diez años de paz: Degel. No le hallé, no hallé más que cadáveres y cadáveres de uno que otro conocido, de soldados, de esclavos, de aquellos que no tuvieron o no quisieron salir huyendo de los leones de Rukbat.

Y conforme pasaban las noches imaginando el destino de Degel y viendo frustrado que no podía, tan siquiera, darle una sepultura en caso de haber muerto, imaginando si acaso el maldito príncipe Aioria fascinado por su belleza lo hubiera capturado; yo, Kardia de Scorpius, me llenaba de un odio que sólo podía ser mitigado por uno mayor.

Decidimos el último día partir de Polux y desde las cumbres de la montaña Castor, del inactivo volcán, vimos el fuego que se levantó en la plaza mayor del centro de nuestra capital. Vimos la cruz de fuego que se alzó, dando por fin final a lo que fue la toma de Alhenas. El odio corría por mi sangre, borboteaba con la ira misma y la impotencia de ver lo que éramos ser quemado con el fuego y comprender, que de alguna forma, nosotros hicimos lo mismo con otros. Pero no esperaran que me sintiera castigado, ¿o sí? Yo entonces, recibía este castigo con los ánimos de hacerme merecedor de aún más. Con los deseos de hacerle sentir a Rukbat la misma humillación.

Lo peor de todo es que tenía a mi cuidado a la razón por la cual la toma de Alhenas fue inminente. Saber por tus propios labios que estaba en el castillo y Asmita sabía de ti, por mucho que dijeras que te negó, me había molestado. Si te hubiéramos entregado al príncipe Aioria, en estos momentos estaría en mi casa, con Degel, viviendo calmadamente… estaríamos libre, como lo éramos días atrás. Asmita te antepuso antes que la libertad de Alhenas. Asmita no te entregó, y en ese momento comprendí, fuiste lo único que había mantenido a Asmita unido al rey, aunque después se haya desarrollado otro lazo. No me quedaba duda, Asmita debía saber mucho antes que fueras a buscarlo, que seguías con vida en Polux.

Tú habías detenido de esa forma la venganza de Asmita.

Tú entonces te convertirías ahora en el verdugo de estas tierras.

El fuego se levantaba en la madera donde consumía el cuerpo del antiguo consorte. Tú te acercaste al acantilado, dejaste que el manto negro se moviera por la frialdad de la brisa y la niebla que empezaba a caer desde las alturas. Una lágrima marcó tu mejilla izquierda, más otras que tragabas en tu garganta. Vi debilidad… y me asqueó. Vi debilidad, y sentí deseos de destruirla. No, en ese momento no veía al Asmita que se enfrentó al ejercito… vi sólo un muchacho herido, dolido, lleno de odio sí, pero más tristeza, más desesperación. ¿Cómo pretendías llevar de esa forma una venganza? Era obvio que no podrías, tu odio debía ser mayor, debía alimentarlo.

No quedaba otra forma… la cuestión era ¿cómo?

—Kardia…—escuché tu voz, trémula, débil. De nuevo supe que debía quitarte esa debilidad que te haría vulnerable. Debía endurecerte, a tal punto, que el recuerdo de tu hermano no fuera capaz de tumbarte—. Cuando regresé, para cumplir la promesa de mi hermano, quiero fuego… ¡quiero este mismo fuego!

Hice una mueca de ironía, porque en ese momento pensaba que ese fuego debíamos imitarlo a nuestro regreso. Pero, ese fuego tenías que crearlo tú, Shaka. Yo debía ver la forma de hacerlo.

Fuimos entonces a Leda, sólo porque en mi otra mansión quería recuperar algunas armas que nos sirviera. Me preocupaba el estado de Milo en Polux, pero no podía hacer nada para acercarme, mientras la ciudad estuviera totalmente tomada. Esperaba que Milo se mantuviera con vida, sorpresa mayor cuando, hace un año, apareció frente a nosotros buscando al enviado de Asmita. Mi primo, un muchacho tan iluso y lleno de esperanzas superfluas, aún así mana dentro de él la sangre de un sanguinario. Dejaré que esta despierte a su tiempo, cuando estemos en el campo de batalla y vea que esto no es como los campos de entrenamiento en el castillo que tenía con Dohko y Asmita. Lo cierto es que, para ese momento, yo sólo esperaba que se quedara quieto y no hiciera una locura que despedazara su cabeza.

Cuando llegamos a ese lugar, fue rápida la invasión. Tú matabas, lo hacías, pero había algo de piedad aún tatuada en tus pupilas. Cosas como esas me hacían ver que para ser el enviado de Asmita no estabas aún preparado. Debías estar no solo acostumbrado a la sangre, debías llamarla, saborearla, disfrutarla tanto como yo lo hacía por cada vez que el filo de mi espada golpeaba contra la piel y la derramaba a mi paso. Tú debías ansiarla tanto como yo Shaka, y eso se lograba con odio, el más puro y certero odio.

Luego de tomar algunas armas y sobretodo recuperar mí lanza de Scorpius, salimos y nos escudamos en uno de los pueblos aledaños a Leda, ocultándonos en los bares, para luego invadir los establos en busca de un lugar donde dormir. Ambos bebíamos hasta caer dormidos, de alguna forma para mitigar el dolor y la rabia que nos brotaba por los poros de la vergüenza y la perdida. Al menos, tú sabías que tu hermano había muerto, ¿pero que quedaba de mí? Pensar que Degel pudiera estar con vida o muerto en cualquier acera me tenía mal… pero ya no podía hacer nada, tampoco resignarme. Sólo esto se me quitaría en cuanto viera el cuerpo del príncipe Aioria cubierto de sangre.

—Kardia…—me susurraste esa noche, una de tantas luego de largas semanas en esta rutina de beber y caer hasta que no diéramos más. Tus ojos azules seguían quebrados, moribundos mirando la nada, inseguro de que hacer, por donde comenzar. Ni hablar de mencionar una revuelta contigo en ese estado, sería como si pusiera mi cabeza en bandeja de plata para que Aioria me metiera su pene en la boca.

—¿Qué quieres? ¿Tienes hambre? Por allí quedó pan…—mascullé molesto y hasta impotente. ¿Cómo rayos sacar de ti al verdadero verdugo, a Asmita de Auva?

—Háblame de mi hermano…

El pedido me había llegado de sorpresa, recuerdo. Estaba más distraído en el filo que tenía mi lanza ya desacostumbrada a la sangre, como para detectar en ti ese rostro forrado de preguntas. No me había dado cuenta que durante esas semanas le estabas dando vuelta una y otra vez a las motivaciones de tu hermano.

Estábamos en un establo lleno de cajas, pajas y algunos espejos rotos en las paredes. Había sido abandonado, quizás la familia al saber la invasión de inmediato corrió para mantenerse al menos libres. Llovía afuera y algunas gotas caían incesantes alrededor, golpeando la madera. Te miré entonces, seriamente, advirtiendo en tus ojos un tipo de debilidad y fragilidad que desteté en ese instante.

¿Ese era el enviado? Asmita de Auva, ¿en él depositaste tu justicia? Sí, en él podía ver aún entre tanto odio una forma de bondad que cobraría fuerza si alguien la alimentaba. Él podía ser sanado más fácilmente y lo comprendí, comprendí que el odio que viene de sólo pensar o imaginar no es, ni siquiera, lo suficiente fuerte. Puedes odiar Shaka, odiabas era la imagen que tu mente te creaba de lo que pudo vivir tu hermano. Pero no la viviste, no la sentías, tu odio era tan frágil como la paja que nos separaba de la tierra.

Y comprendí entonces el pedido… Claro, el corazón de Shaka era lo suficiente puro aún como para pensar en una venganza en su totalidad, una clase de bondad que nunca vi en ti en ese primer año. Una clase de bondad que sólo vi después, cuando te enfrentaste al ejército, cuando protegiste al rey de Defteros.

Amor…

Debía matar todo ese amor…

—Dime, ¿el rey lo trataba bien? ¿Le amó?—te escuchaba, y comprendí que Asmita al parecer no habló mucho contigo—. ¿Por qué prefirió quedarse en el castillo que venir conmigo? ¿Por qué prefirió quedarse a su lado?

Sonreí… al darme cuenta que Asmita había dejado a su hermano en las manos equivocadas. Si hay algo que a nosotros los de Alhenas nos fascinaban mancillar era esa clase de ingenuidad ficticia. Entonces, Asmita no te había dicho de su amor al rey, de su amor al príncipe, no te había dicho que defendió estas tierras por ti y luego… luego ese lazo lo ató al rey y a todo lo que representaba estas tierras.

Vi entonces, mi oportunidad.

—Shaka, ¿tu hermano no te dijo nada?—renegaste y una especie de gozo maligno se agolpaba en mi pecho—. ¿No le preguntaste?

—Sólo me dijo que no era importante… me hizo pelear contra él noche tras noches buscando una respuesta. Cada vez que ganaba, tenía el deber de responder una. Evadió estas… sólo me contestó que amaba a Alhenas, y que había criado al príncipe Saga para que fuera un rey como él lo hubiera sido en Auva.

Y vi… la forma de crear el Asmita que quería en ti.

—Ciertamente, si lo crío… y muchos de los cambios de Alhenas fueron propuesto por él. Supongo, que en medio de su locura, no le quedaba más que tratar de crear un espacio de lo que perdió aquí—los ojos, tus ojos, se abrieron confundidos—. Para mí, Asmita sólo estaba loco. La locura que lo llevó a atarse a lo único que medio le daba placer.

—¿Loco?—murmuraste asustado. Sonreí, seguro de que este era el camino.

Me acerqué a ti hasta colocarte contra de una de las columnas de madera. Había algunas cuerdas y cadenas alrededor, telas y espejos detrás. Veía las cadenas, veía las cuerdas, veía la forma de hacerte sentir lo que Asmita debió sentir.

—Dime, ¿recuerdas que fue lo que pasó cuando Asmita intentó matarte?—bajaste la mirada, cerraste los puños con dolor y rabia. Asentiste—. ¿Cómo fue?

—Estaba herido… tenía heridas en todo el cuerpo…—no me mirabas y yo ya tomaba una de las cuerdas entre mis dedos, acariciándola, casi como si con ello la sedujera a cumplir mi capricho—, sus ojos enrojecidos… su cuerpo ensangrentado y sus manos, frías, sobre mi cuello. Es, es lo que recuerdo. Habían mordidas… golpes…

—Oh si, había quedado muy mal…—murmuré con una baja risa. Me miraste con indignación—. ¿Te habló de que ocurrió esa noche? ¿Te dijo que fue lo que pasó capaz de hacerlo tomar esa decisión?—desaté mi cabello de la cinta negra que lo ataba en la altura, dejé que los bucles cayeran a uno de mis hombros.

Yo, claro, un hombre de treinta y cinco años… tú un veinteañero Shaka. Yo un hombre de guerra, tú, apenas cortas experiencia en combate, apenas joven, demasiado delgado, acostumbrado más a la siembra.

No había manera de que pudieras someterme… al menos que me demostraras el más insano odio…

—¿Quieres que te diga, que fue lo que pasó esa noche?—tus ojos mirándome con miedo… podías verlo, estoy seguro, el sadismo que en ese momento emanaba de mis ojos—. Escuché muchas veces lo que ocurrió, no estuve allí, pero vi otras parecidas, así que puedo decirte con bastante certeza que fue lo que sucedió esa noche que Asmita decidió matarte.

Tu pecho empezó a acelerar el movimiento, agitado. Temblaste ante la posibilidad de conocer la verdad y yo me acercaba, dispuesto, a hacértela conocer en carne propia. Cuando pudiste reaccionar, ya era tarde… me había lanzado ante ti con la sangre quemándome las venas y la más férrea intención de hacerte despertar tu más grandioso odio. Caí sobre ti y apresé tus muñecas, sosteniendo en una de mis manos la cinta negra y en otras, las cuerdas que ya antes había acariciado. Me miraste sin comprender y yo lamí mis labios con lascivia.

Además, siendo sincero, tanto tiempo sin sexo me tenía deprimido.

—¿QUÉ ESTÁS HACIENDO KARDIA?—gritaste cuando volviste en ti, y te diste cuenta que yo estaba sobre tu cuerpo y mirándote con evidentes deseos de comerte. Te removiste, intentaste salir de mi agarre pero te superaba en fuerza. Me reí,  enarcando las cejas y moviendo mi cabeza para que mi cabello no se apegara a mis mejillas sudadas.

—Te contaré lo sucedido…—fui llevando tus manos sobre tu cabeza y disfrutando de la forma en que tus ojos azules me veían confundidos. Tan ingenuo eras Shaka, tan frágil en ese momento… tanto que no viste venir lo que yo iba a hacerte.

Confiaste en mí, supongo, confiaste en que juré protegerte, en que estaba atado a la promesa a tu hermano. Pero si te iba a proteger, aunque mis métodos fueran algo… ortodoxos.

Me sonreí y sin darte oportunidad, en un rápido movimiento rodeé tus muñecas con la cuerda y fue en ese instante que te diste cuenta de lo que pretendía. La confusión se evaporó de tus ojos dando paso al más puro terror. Lo saboreé Shaka, recordando mis años de gloria, cuando era solo un vil asesino de reinos junto a Defteros, cuando matábamos por mero placer. Me carcajeé cuando sentí tu cuerpo intentar sobreponerse a mi fuerza, apreté el nudo con el que había apresado tus manos y las aplasté contra la paja y la madera.

La lluvia se intensificaba, el otoño estaba sobre nosotros con más fuerza. Te miraba grabándome tus facciones pasando un dedo por tu mandíbula y recordando que en algún momento esto deseé hacérselo a Asmita. Sí, en ese primer año, muchas veces deseé violarlo por lo que le hacía al ejército. Vencerle en combate para tener su cuerpo tal como prometía el rey, y metérselo hasta que escupiera mi semen por la boca.

—Esa noche, hubo una fiesta de las que le gustaba al Rey Aspros. Había mucha comida y bebidas, la música en estruendos y los nobles festejando con los esclavos del reino—me miraste, intentabas advertirme con la mirada… una advertencia tan pobre, tan… rompible Más que odio había temor Shaka, y esa mirada nunca asustaría a alguien como yo—. Entonces, imagina ahora, ese escenario, llegando tu hermano, un príncipe ante ellos, ciego, con la sangre corriendo por su cuerpo, herido por los golpes que ya le habían propinado los soldados en la captura—de un movimiento, te puse boca abajo antes que pudieras hacer algo. Moviste tus piernas, intentaste patear pero no te lo permití, en cambio, sólo jalé de la cuerda para tensar tus brazos sobre tu cabeza y producirte un terrible dolor, el suficiente para agotar cualquier intento de escape.

—¡SUELTAME KARDIA! ¡SUELTAME! ¿QUÉ PIENSAS HACER, MALDITO?

Seguías intentando escapar, superarme aunque fuera inútil. Golpeé tu rostro con mi codo, para dejarte por un momento aturdido y así tener tiempo de vendar tus ojos con la cinta que ataba mi cabello. Gritaste entonces y los truenos ahogaron el sonido de tu alarido de ayuda y el de mi carcajada en respuesta.

Y es que estabas más paralizado por el miedo Shaka, y así, ¿así como podías defenderte?

—Shhh…—siseé en tu oído—, cálmate Shaka… sólo te haré sentir lo que tu hermano vivió esa noche—el temblor en tu cuerpo me hizo comprender que entendías, perfectamente, lo que venía—, ciego, adolorido, sangre… Entonces… ¡arrancaron su ropa!—y con un sólo jalón de mi izquierda su franela se abrió en un rasgado y ahora sí, empezaste a patear y a maldecir. Golpeé de nuevo tu cabeza contra la madera y jalé con mayor fuerza tus brazos para provocarte un alarido. Te removías, asustado, indignado—. Entonces, lo pusieron en una de las mesas, lo ataron de piernas y manos, boca arriba, con las piernas separadas—sigo relatándote, mientras en medio de tu esfuerzo iba metiendo mi mano en tu pantalón, rozando con pasmosa lentitud la falla de tus glúteos, blancos, como la piel descubierta; temblorosos, como todo tu cuerpo. Hallé tu ano, me saboreé los labios con eso—. Entonces el rey se acercó a la mesa, tomó sus caderas y… ¡penetró!

—¡ARGHHHHHH!—El dedo medio de mi mano izquierda entró sin mayor presentación, completo, arrancándote así un grito a ti, entonces víctima.

Y como la muestra no iba a ser suficiente con el grosor de mi dedo, salí, sólo para darme tiempo de bajar mi pantalón y el tuyo. Allí sí que enfurecido buscaste liberarte, me pateaste y yo, molesto y deseando obtener de nuevo el control te pateé tres veces tu entrepierna, dejándote con un alarido del dolor que sólo podía ser acallado por los truenos que nos azotaban en el cielo. Si, las nubes caerían sobre nosotros y si, el odio de ti sobre mí.

Pero soy Kardia de Scorpius… puedo sobrevivir a eso.

Y apenas tuve el momento, penetré y me hice espacio en tu cuerpo tenso y asustado. Gritaste y golpeaste con tu frente la paja, luego mordiste con todas tus fuerzas tus labios, hasta hacerlos sangrar. Volví a jalar tus brazos como si fueran meras rienda de una yegua, y jalé luego tu cabello dorado, cortó a la altura de tu barbilla. Puse tú oído a las cercanías de mis labios y soplé un poco de mi aire caliente viéndote estremecer.

—Penetró, una… y otra… ¡vez!—dije en medio de cada embestida mientras jalaba tus brazos, tu cabello y luego golpeaba con todo tu cabeza al suelo. Pronto la sangre de tu cuerpo fue lo único que envolvía mi hombría, saboreándola como si estuviera en mi misma boca. Ese calor… ¡tan excitante!—. Lo hizo, Shaka, ¡imagínalo! Y tu hermano, sin poderlo ver, justo como estás ahora… ¡sin poder ver el rostro de quien te toma!

Y pronto tus gritos cesaron… más no el pavor… mucho menos el calor que sentí emanar de tu piel…

—Lo hizo… tres veces, ¡y te juró! Puedo certificarlo…—me reí al recordarlo—, ¡que el del rey debía ser tan grande como el de mi príncipe!—y asestaba con más fuerza, con ímpetu, desgarré así la carne de tu interior.

La sangre corría, la lluvia caía y el odio… tu odio, se alimentaba.

—Entonces, Shaka, el rey eyaculó dentro de tu hermano tres veces—y en ese momento, sentía que ya me iba a venir, más me contuve, hasta el final. Levanté tu rostro, quité tu venda y lo dirigí a uno de los espejos. Tú y yo, verdugo y victima—. Alhenas sometiendo a Auva, por enésima vez…—susurré a tu oído y sentí los escalofríos de tu cuerpo, el shock de tus ojos—. Cuando el rey terminó, le dio permiso a todos los nobles para hacer lo mismo sobre lo que quedaba de su cuerpo…—mordí tu cuello. Ya no te movías, sólo mirabas el espejo, te veías y de seguro… en ti veías a tu hermano—. ¿Sabes cuantos fueron?—y lágrimas, esta vez lágrimas del más terrible odio que corría en tu pecho, se hicieron parte de tu rostro rodando por tus mejillas.

Era una violación a toda regla… física, emocional, verbal, mental.

—Fueron quince, Shaka—y acomodé de nuevo mi pene dentro de tu cuerpo, apreté con más fuerza la cuerda de tus brazos y ahora, así, sentado sobre mí, volví a enterrarme con mayor fuerza. Sólo mordiste tus labios, observando, mientras que tu cuerpo no reaccionaba a ninguno de mis embastes— Quince, como este, de distintos tamaños—jadeaba en tu oído, te hice caer de nuevo a tierra con la cabeza fija en el espejo—, quince, mientras que otras manos tomaban su cuerpo, apretaban sus testículos—y apreté para enseñarte el miserable dolor que guardaste en un grito que jamás salió de tu garganta enrojecida.

Tus ojos, se enrojecían cuan rubí… como la sangre.

—… apretaban su pene, lo rasguñaban, mordían sus telillas, sus costillas, su cuello—y mordía yo, y manoseaba con mi mano libre mientras sostenía con fuerza tus brazos a la cuerda. Te hacía sentir, en carne propia, su suplicio—. Y sabes, Shaka, cuando estaba así, como lo estás tú, abrumado del dolor y la rabia, perdido dentro de sí, echaban sobre su cara agua con vinagre y limón, para que las heridas le dolieran. Tu hermano maldijo en todas las lenguas, hasta que no quedó más voz en su garganta, mientras era penetrado una y otra vez ¡al punto que su ano tenía el tamaño del grosor de mi lanza!

Y tus ojos sólo miraban, sin sentir, sin parpadear. Las lágrimas cubrían tus rostros, pero no las sentías, siquiera sentías mi pene clavándose hasta el fondo ni mis testículos golpeando incesantemente tus glúteos. No Shaka, en ese momento estabas era dentro de él y en ese momento, pude ver, que algo se gestaba en ti, algo tan fuerte y tan peligroso que por un momento me hizo sopesar si ya era suficiente,

Pero solo fue un segundo que logré olvidar.

Así que me seguía clavando, seguía marcando con mis manos tu cuerpo semidesnudo, apretaba tu intimidad y ya los gritos desgarraban sólo tu interior mientras temblabas conteniendo la ira que manaba en tu pecho. Entonces, vi necesario, terminar de alimentar tu odio Shaka.

—Ahora… al menos aquí y ahora, mientras te violo, sólo piensas en mí y en el deseo de matarme quizás—sonreí burlonamente, metiendo mi lengua en tu oído y sintiendo tu piel vibrar del asco—, pero tu hermano, ¿sabes en que debía pensar en ese tiempo? En ti Shaka…

Tus ojos que se abrieron, de nuevo dándome indicios de que estabas en ese lugar conmigo.

—Sí, pensaba en que si él moría victima de esos maltratos, que claro, esa era la idea; tú quedarías encerrado en el castillo y serías tú el juguete de todos ellos—y tus ojos lloraron de verdadero sentimiento. Mordiste tus labios, cerraste tus parpados—. ¿Lo comprendes Shaka?—gemiste de dolor—. Tu hermano no murió, pensando en que si lo hacía tú serías esa víctima, sentirías, día a día, un pene como este atravesándote…—y eyaculé… sintiendo que por fin había logrado mi objetivo—, sentirías la espesa semilla de Alhenas quemándote por dentro, justo como ahora—sonreía, por el mero orgasmo que me debilitó por unos minutos. Tu cuerpo temblando… tus ojos llorando—. Por eso… fue a matarte… por eso… ¡TOMÓ TU LUGAR! Porque tú, Shaka, ¡ERAS QUIEN DEBÍA SER EL ESCLAVO DEL REY!

Y allí, el grito, tus gritos que habías guardado en todo ese tiempo, quebró el sonido de la lluvia. Me empujaste con una fuerza inhumana, lastimando mi pene por la forma abrupta que salió de ti y caí atolondrado al suelo, aún con la fuerza del orgasmo que me había arrasado. Subí mi mirada y te vi  arrodillado, sobre el espejo, mirándote con ira. Logré subir mi pantalón, sacudiendo la tierra y la paja que me había caído por el impulso y esperando ver que reacción además de lamentarte pude crear en ti.

Pronto lo supe.

Tan rápido fue que no tuve tiempo de evadirte, cuando habías caído sobre mí a golpearme, con todas tus fuerzas. Me defendía, sí, pero no lo suficiente para evitar que dejaras moretones en mis brazos, hombros y rostro, mientras seguías golpeando, golpeando enloquecido y gritabas maldiciones. Te pateé varias veces para alejarte de mí pero era más el tiempo que tardaba yo en hacerlo, que él que tu tardabas en abalanzarte como un verdadero demonio.

Comprendí… había despertado a un demonio.

Tus manos por fin pudieron entonces enredarse en mi cuello. Presionaron, me cortaron el aire, Intenté quitarte de encima, golpeaba con fuerza tus costillas, tu espalda, ¡pero nada te movió de encima de mí! Y entonces, lo vi, vi la sonrisa que dibujaste cuando mi rostro tomo el color rojo, vi la mueca del sadismo más puro, la carcajada que brotó de tu alma y cortó el sonido de los truenos sobre nosotros.

El odio de Asmita, en su estado más puro… la sonrisa con la que me enfrentó en la arena de Alhenas, la forma en la que se deleitó de cada herida que me hacía en medio de ese duelo. Lo que más me fascinó de su persona, la venganza tatuada en cada vena. Te reconocí…

Tus manos soltaron mi cuello antes de que pudiera dejar de respirar. Tosí, echándome hacía atrás, aunque era más el esfuerzo por no soltar una carcajada que demostrara mi honda satisfacción. Te vi entonces sentado, observándome, con el odio manando por cada uno de tus poros. No entendí en el momento porque no seguiste al final, pero tú, de inmediato, me sacaste toda duda.

—No es suficiente…—susurraste, nivelando tu respiración—. Con matarte, no es suficiente—ladeaste tu rostro, no había más que una ruin determinación—. Por eso mi hermano no mató al rey teniéndolo en las sábanas. Su muerte no era suficiente—y sacaste tus propias intenciones—, por ello… debía hacer más… molestar a los nobles quitándole los privilegios, seduciendo al rey quitándole el poder…

Oh dioses, ahora que lo pienso, en ese momento me sentí como un vil manipulador. No era necesario hacerte saber que amó a estas tierras por ti, que las quiso, porque tú estabas con vida, que amó al rey, a los príncipes. Los amó y se entregó porque era lo que más deseaba.

—Y en los príncipes… ahora entiendo, porque dijo que le hacía recordar a mí… proteger y criarlos a ellos como compensación de no haberme podido criar a mí…—eso tenía sentido, debía admitirlo—. Pero aún… aún hay cosas que no comprendo de él…

Lo curioso, es que parecía que no acabaras de ser violado.

—Kardia—enarqué una ceja al oírte mi nombre. Vi entonces, la mayor muestra de venganza—, sabes… ¿quiénes fueron?

—Lo sé…—te aseguré, aunque conocía sólo algunos… otros… otros los rellenaría con cualquier malnacido que me haya hecho la vida imposible—, sé quiénes eran.

—Perfecto… entonces me conviene tenerte con vida…—volteaste y con mi lanza cortaste las cuerdas que aún ataban mi mano. Corría sangre por tus piernas, la camisa había caído por el desgarre, pero tú, inconmovible, me miraste con ojos de fuego—. Sólo, porque tu fuerza me hace falta, te dejo con vida.

Te quitaste lo que te quedaba de ropa, sonreíste al verte en el espejo las marcas de mi agresión.

—Ahora, puedo comprenderlo un poco más…—susurraste y entendí que comprendiste lo que buscaba—. Ahora, no habrá alma en Alhenas y Rukbat que no tiemble ante mi odio…—me miraste, caminaste hacía mi con paso lento y yo me puse de pie dispuesto a todo si llegabas a atacarme de nuevo—, mataré a todos esos nobles y luego llevaré a Alhenas a su liberación con un sacrificio de sangre, hasta Rukbat. Tú me seguirás, ¿no?

—Te seguiré, en efecto…

—Arrodíllate entonces.

—No, no lo haré. No hasta que me demuestres que vale la pena hacerlo—me miraste con ira y yo afilé también mi mirada. Mocoso, aún no estabas listo para recibir mi pleitesía.

—Te lo demostraré, Kardia. Te demostraré que no ha habido peor demonio que el que Alhenas y Rukbat ha creado en mí. Siquiera tu adorado príncipe se comparará ante mí—ante eso, admito, que casi me carcajeaba de la burla.

Hoy me doy cuenta que cumpliste fielmente el objetivo.

—Y más vale que mueras, Kardia de Scorpius, en medio de la guerra que abriré—me susurraste cerca de mis labios, pasaste un dedo por el filo de mi mandíbula—, porque si llegas a sobrevivir, lamentaras este día que has despertado mi odio.

Y tú amenaza…

—Te mataré con mis propias manos luego de violarte como lo has hecho hoy.

Ahora, cinco años después, arrodillado observó como tomas la cabellera del príncipe y te alzas en medio de la multitud con voz de mando. Ahora puedo ver por fin el fruto, sabía que no habría manera de derrumbarte, porque yo mismo convertí el recuerdo del sufrimiento de tu hermano en tu mayor arma Shaka, en tu mejor combustible. Te veo reclamar tu victoria, de nuevo asir tu triunfo, tomar las riendas de esta revolución que promete sangre para ambos y sí, aunque aún Delio está contigo con tus hermanos, todavía, no son suficiente para mitigar tu odio. No valen lo que debiste valer tú para Asmita.

Y me conviene, sinceramente, que así sea. Mientras no tengas aún algo capaz de domarte Shaka, tu fuego se seguirá extendiendo por nuestras tierras hasta alcanzar tu objetivo: la venganza. Está claro, es claro, que nosotros tenemos la victoria agarrada en nuestras manos de la misma forma que tienes el cabello del heredero en la tuya. Está claro, que contigo no queda más que un camino de muerte.

¿Lo ves Dohko? ¿A que me refiero? ¿Crees que este hombre se entregaría a Rukbat? ¿Crees que iría a cumplir el destino de Asmita? Claro que no, y es que nuestra humillación y el sufrimiento que hemos guardado por tanto tiempo no se verá resuelto en un tratado de paz, de la misma forma que el del príncipe Aioria no lo fue. Esto se resuelve con sangre.

¿Lo ves Dohko? Sí, me estás mirando y puedo leer en tus labios lo mismo que veo yo.

La fuerza avasallante de Defteros… movido con el fuego de odio de Asmita.

Eso eres Shaka… por el odio que yo alimenté.

¡Y eso hora de desatarlo en toda Alhenas!

2 thoughts on “Lienzo de Guerra (Gaiden 03)

  1. Oh por dioooooooooooooooooooooooooooooos

    Que crudo que fue, quede con los ojos así: O.O

    Fue tremendo rape, este Kardia ya está más allá del bien y el mal y da para preguntarse si el rubio complicará su promesa, sobre todo cuando descubra cuanta manipulación hubo enl la versión de Kardia sobre los sentimientos de Asmita.

    Tremendo!!!!!!!!!

    1. Jajajaja te dije que era algo crudo y fuerte esta escena, peor necesaria. Los gaiden para mi son partes que están redactada de forma más completa que bien podría entrar dentro del libro completo. Me alegra que te gustara y que hayas podido entender porque el cambio de Shaka y como llegó a esos extremos

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