Reflejos (Cap 01)

Afrodita era una orgullosa rosa roja que mostraba sus espinas. ¿Que puede asemejarlo con la paz de la flor de lotos?

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Temas: Yaoi, romance, amistad
Personajes: Afrodita, Shaka
Resumen: Afrodita era una orgullosa rosa roja que mostraba sus espinas. ¿Que puede asemejarlo con la paz de la flor de lotos?
Dedicatoria: Hekate, Cassandra de Piscis, Madagaskar y todos los que amen al pisciano y esta pareja ^^

Comentarios adicionales: Se supone que tenía pensado era hacer un Aforidta x Saga, pero no se que pasó que cuando desperté el domingo visualicé este fic. Ya esta casi listo, solo serán dos capitulos cortos pero intento mostrar en eloos algo que me gusta de esta combinación. Espero poderlo lograr.

Me baso en acontecimietons del manga, intentando en lo posible no trasgredir la historia original.

Capitulo 01: Diferencias

¡Eran tan diferentes! Pensó él: “¡Somos tan diferentes!” Jamás lo comprendería, no, su forma de ser y de vivir era un total misterio para él. Jamás comprendería el porqué de sus meditaciones y de sus reflexivos silencios, mucho menos de sus acostumbrados modales y del extraño orgullo que tejía a su paso. Él también era orgulloso, por supuesto que sí. ¿Obstinado? Claro, también lo era. No era de rendir pleitesía a cualquiera y se sentía muy a gusto con su puesto por sobre los demás. Él era fuerte, él era temible, su belleza era sólo un espejismo de su verdadero poder…

Pero aquel también, y aún así ¡eran tan diferentes!

Muchas veces se encontraba pensando en eso más de lo que debía. Incluso, llegó a molestarle que fuera esa clase de cavilaciones las que gobernara su mente en los tiempos donde estaba en ocio y veía sin mayor atención a los pétalos de su jardín de rosas ser sacudidos por los vientos de Grecia. No entendía porque algo le inclinaba a comprenderlo, y mucho menos que era lo que sentía al tenerlo cerca. No podría llamarlo atracción, al menos no de índole sexual, aunque no descartaba que si se ofrecía la tomaría con gusto porque, pese a todo, Shaka debía tener conocimientos interesantes en el área…

Justo pensando en eso removió sus bucles y sacudió su cabeza riéndose internamente de sí mismo. ¿Pero qué diablos era lo que le pasaba en la cabeza? A veces tenía demasiado tiempo para pensar, el suficiente como para ponerlo a divagar en cuestiones banales y con cero sentido productivo. Bufó contrariado, recargado a una de las columnas de su templo y con vista fija a algún punto de la enorme alfombra roja que se dirigía a la cámara del patriarca. Y sin embargo, pese a la enorme cantidad de perfume de rosa que era aspirado en el ambiente, Afrodita no podía dejar de percibir el delicado perfume de Lotos que Shaka había dejado a su paso horas atrás.

Pocas horas antes, juntos habían estado frente al patriarca. Se hablaban de los posibles movimientos de los traidores y cada uno había sido enviado a una isla distinta. Afrodita no lo entendía; es decir, una misión parecida para personas tan diferentes, ¿por qué no escoger por ejemplo a DeathMask? Tampoco entendía la extraña manera que tenía el patriarca de involucrar a Virgo en sus planes cuando este no sabía de su identidad.

Ni mucho menos como Virgo podía ser ciego a ella si se supone conocedor del universo.

Al menos si la misión hubiese sido con Cancer, se sentiría un poco más cómodo. Eran sus asesinos, junto a Shura, aunque este último presentara razones diferentes. Pero con virgo… no dejaba de sonarle no extraño, sino de alguna manera inquietante al punto que no había dejado de darle vuelta una y otra vez al mismo evento. Suspiró obstinado con su propia cabeza que buscaba encajar una y otra vez piezas que parecían estar destinadas a permanecer separadas. Algo en Virgo simplemente le provocaba sensaciones internas. Quizás en alguna parte de sí mismo encontraba algo en él que le creaba inquietud pero la cuestión era ¿qué? No había nada en Shaka que pudiera hacerlo sentir que eran parecidos, nada en virgo que pudiera asemejarse en él…

Al menos que claro, dejaran de lado su extrema belleza y peligroso poder.

Pero Camus también era algo como eso, ¿no?

Presuroso decidió internarse en su templo y prepararse para salir a cumplir su misión, tal como se lo había ordenado. Fechas especificas, movimientos orquestados, con Saga no había una ficha que no estuviera en el sitio que él hubiera pronunciado antes. Admiraba eso de él, sabía perfectamente en quien confiar, en quien no. Sabía que su forma de gobierno era adecuada para seguir manteniendo la paz que habían gozado durante esos trece años. Nada debía fallar, ¿no?

¿Y si Virgo fallaba?

De ser así le gustaría, pensó, ser su verdugo.

Recordó entonces aquella tarde de verano, que fastidiado había decidido caminar por los alrededores. ¡Todo era tan simple y tan fácil de leer! Muchos podían creerlo superficial y vanidoso por su belleza y su orgullo, pero lo que lo mantenía realmente alejado de los demás era una clase de sensibilidad que le hacía entender a todos ellos y entonces dejar de encontrarle fascinación. Al único que no podía leer por completo era al santo de Géminis, pero hasta Sagitario le parecía aburrido. No era la clase de misterios que le gustaría poder desenterrar. Despues de todo, Piscis buscaba una clase de belleza que fuera más allá de la superficialidad de los colores y la forma. Para él, la belleza debía tener un profundo estado incomprensible y revelador, una exótica forma de ser representada incluso sobre lo que podría ser ante los ojos de todos como antiestético. La belleza, para él era un término tan abstracto como tratar de describir el sabor del agua, y algo que sólo le daba un poco de aire filosófico.

A veces se burlaba de sí mismo, al encontrarse divagando sobre cuestiones como esas. Quizás el aire de Grecia le afectaba.

Memoró entonces que caminando vio al pequeño niño de la India, en espera de tomar posesión para la armadura de Virgo. El cabello dorado al nivel de sus hombros caía delicadamente sobre los medallones que sostenían su túnica malva en la blanquecina piel, limpísima. Un niño delgado, y extraño además; con una belleza detectable pero, que mostraba aún más. Había escuchado de él, ¡pero los rumores le parecían tan exagerados! Eso de ser el más cercano a los dioses era como un epíteto que le quedaba demasiado grande para lo que tenía en ese momento ante sus ojos.

Lo observó con cierto desinterés, notando el punto que se alzaba entre sus cejas y que de vez en cuando era acariciado por el mechón rubio que caía en su frente. Advirtió una especie de paz de la que era difícil de describir, una especie de ensoñación capaz de hacer que todos sus sentidos simplemente se desactivaran y permaneciera inerte ante su presencia. El pequeño virgo meditaba, en su posición de lotos, debajo de una palmera y totalmente ausente al calor, la tierra y el hilo de hormigas que pasaba al lado de su rodilla izquierda. Tampoco prestó atención a la mariposa que se posó por un segundo en su cabeza ni a la avispa que caminó por un instante por el brazo derecho. Era uno con la naturaleza, plantado allí como una flor.

No podía compararlo con una rosa, porque esta además de su belleza tenía a su vista el riesgo de las espinas si se acercase. Shaka en cambio no destilaba eso, no había señal de peligro a su alrededor; por el contrario, te invitaba a acercarse lentamente a sus terrenos, como si fueses bienvenido a sus prados. Te seducía a un estado de paz que podría ser más bien ficticio, pero no por ello desagradable.

Lo cierto es que se dejó engañar por esa atmosfera serena y, emulando a los insectos anteriores, el joven santo de piscis se acerco al niño que meditaba en silencio, extendiendo su mano derecha y buscando rozar, más llevado por la curiosidad, el punto de la ascendencia hindú. Pensó que pasaría desapercibido tal como los otros, más sin embargo mayor sorpresa se llevó cuando, a pocos centímetro de tocarlo, la izquierda del rubio asió su dedo y un fuerte viento agitó al mismo tiempo todo el lugar, llevándose hojas secas a su paso y dejando que una se enredara en sus bucles. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, y antes de darse cuenta el rostro irreflexivo del menor estaba dirigido hacía él, con sus parpados cerrados, pero completamente concentrado en observarle dentro de algún nivel espiritual. La atmosfera entonces estaba turbia en el lugar y de alguna manera se sintió preso de una telaraña finísima puesta exclusivamente para él.

El mentón del hindú se alzó orgulloso y sus cejas doradas, delgadas como todo él, se fruncieron ligeramente denotando una especie de reflexión profunda sobre lo que había capturado. No entendía porque no pudo moverse en ese momento, que lo detuvo de soltar ese ligero agarre que en ningún instante había aplicado mayor fuerza. Los dedos de virgo, tan pequeños y sedosos, eran más bien como una caricia a su mano casi adolescente. Todo el ambiente le parecía incluso cronometrado a la respiración y el palpitar del corazón del infante.

Fueron largos minutos en silencio, en observación, en un sustancioso análisis. Durante todo aquel lapso piscis seguía medio inclinado y tomado por un dedo, sintiendo como leves corrientes de energía corriéndole por el brazo. Llegó a pensar que era una clase de entumecimiento y pronto el asunto le pareció extenuante. Una ligera sensación de peligro activó sus alarmas aunque no lo suficiente para hacerlo soltar el agarre.

—Huele a rosas—aquel pensamiento trastabilló en su cabeza, pero no con su voz, sino en otra sinuosamente infantil, clara y aguda. Por un momento le adjudicó ese pensamiento a su propia cabeza, pero casi en el mismo instante lo desechó cuando notó el movimiento de los labios del joven rubio.

Algo había en él, algo en la maldita aura que lo tenía totalmente perdido.

—En efecto—escupió las palabras, sintiéndose de alguna forma indignado—. Soy el Santo de la doceava casa, Piscis. Afrodita de Piscis.

—¿Es de allí que viene el perfume de rosa que rodea el santuario?—la pregunta, como le pareció una muestra de su ignorancia, provocó una leve risa interna dentro del sueco. Enarcó una ceja con algo de supremacía y pronunció con evidente refuerzo sus palabras.

—Así es, yo soy el dueño de las rosas más bellas y venenosas del santuario

Virgo en cambio, permaneció inamovible.

De un instante a otro, fue la palma derecha de virgo la que se extendió hacía el pecho del dorado y otra vez, aquella especie de vibración sacudió todas sus fibras.

—Estás en la búsqueda de algo—los ojos expresivos de Afrodita se abrieron ante sus palabras—, la soledad, te es cómoda pero es producto de tu búsqueda.

—¡Que extraño eres, chiquillo!—masculló sintiéndose leído de una forma que le irritó. Intentó zafarse, pero el delicado roce de los dedos de Shaka se convirtió literalmente en una prisión. El niño levantó más su rostro y una especie de sonrisa teñida de ironía surco los delgados e infantiles labios.

Aquella expresión era más aterradora que la nueva colección de DeathMask.

—Tus espinas no son capaces de dañarme—una ceja del sueco se levantó ligeramente—, porque, muy dentro, quieres que me acerque.

Sí, eso fue muy cierto. Por ello, Afrodita se mantenía lo más alejado precisamente de él. No era cuestión de respeto por su poder o por la cercanía que pudiera tener a los dioses; lo que realmente le aturdía era sentirse desnudo ante él, tan fácil de leer como aquellos a los que él terminaba detestando. No, no sólo era ser leído, sino tener aquel palpitar con aquellas ganas de susurrarle un: acércate.

Shaka no lo haría por sí mismo, al menos, que tuviera algo que comprobar. Recordar ese momento le incomodaba a límites indecibles. ¿Desde cuándo era tan frágil ante él? ¿Quién se creía él? ¿Con sus sermones filosóficos del cosmos y el corazón de las personas acaso planeaba aplicar justicia? ¿Tan incrédulo era? Siguiendo a un hombre que él conocía como la misma personalización del caos, que aplicaba orden tras el peso del poder. Siguiéndolo por…

—Bondad…

Aquella palabra trastabilló en su mente una y otra vez, junto con la brisa que de nuevo había llevado el aroma a lotos a sus fosas nasales. Odiaba esa fragancia, la misma con el que se aromatizaba la sala principal del patriarca cuando él iba, el mismo que dejaba como un perfume sutil por su camino en descenso hasta la sexta casa. Camus un día había elogiado esa propiedad, Milo decía que a veces le provocaba alergia. Shura, como siempre, nunca opinaba nada.

Lo cierto que ese día, al encontrarse en las escaleras que llevaban hacía piscis, esa respuesta había agitado sus fibras. Él le seguía porque era su representación de justicia; además que había algo en Saga que jamás entendió, y creyó no entendería, por muy cerca que estuviera de él. Aún así, la respuesta de Shaka no sólo pecaba de inocente, sino hasta de ridícula.

—¿Bondad?—repitió el sueco escrutándolo con los celestes, claros como el cielo—. ¡Pensé que dirías algo más interesante!—bufó decepcionado, imaginando que la cercanía se debía a que ya había descubierto la identidad de Saga, por lo que decidió encararlo tal como DeathMask lo había hecho con él años atrás. Había ocurrido mucho tiempo de aquello.

—¿Qué es más interesante que la verdadera esencia del ser humano, Afrodita?—contestó aquel y aquella interrogante pareció desmembrar toda burla, convirtiéndola en más bien una evidencia de la más profunda ignorancia. Piscis le miró de nuevo, incomodo al sentirse otra vez envuelto en esa maldita aura divina que Shaka desprendía a su paso, con olor a lotos.

—Suenas a que estuvieras más allá del ser humano.

La respuesta a esa acotación fue una minúscula mueca de supremacía, que podía hacerse pasar por una sonrisa.

—Las rosas…—susurró de repente, desviando la afirmación—, las rosas ya no son tus únicas amigas—los celestes se abrieron, lo miraron, temblaron—. Pero sigues más cómodo en la soledad, igual que yo en la mía, y en la oscuridad de mis parpados.

—¡Deja de hablar como si me conocieras de siglos!—reclamó el sueco, molesto, indignado al sentir que esas palabras le tocaba de alguna forma que le provocaba cubrirse, como si el velo no fuera suficiente ante él.

No, Shaka no se detenía por las espinas.

Y eso los hacia tan diferentes… porque mientras Shaka seducía a la cercanía, sabiendo que por mucho que se acercara siempre estarían lejos de él; para Piscis, ver los acercamiento significaba abrirse en algo que no le provocaba entender.

Eran dos tipos de soledad: diferentes.

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