Un poco de Color y Vida (Cap 26)

Shaka y su padre han tenido un dificil encuentro mientras que en Grecia Saga se entera de la salida de Shaka de Grecia y su relación con Aphrodite. ¿De qué forma esto afectara el rumbo de sus vidas?

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Temas: Yaoi, lemon, romance, Universo Alterno
Personajes: Shaka, Saga, Afrodita, Mu, Kanon, Aioria, Aioros
Resumen: Shaka Espica es un conocido decorador de Interiores que es citado y contratado por el abogado Saga Leda. Sin embargo, al parecer sus servicios de decoración y rehabilitación de espacio tomaran tintes más personales.

Shaka y su padre han tenido un dificil encuentro mientras que en Grecia Saga se entera de la salida de Shaka de Grecia y su relación con Aphrodite. ¿De qué forma esto afectara el rumbo de sus vidas?

 

Capitulo 26: Escombros

 

La lluvia arreciaba sobre Londres, de nuevo, como era el clima común de la ciudad. Las frías gotas de agua humedecieron el cabello rubio del señor de los Wimberts cuando salió del auto y sin esperar que la servidumbre fuera a acogerlo con una sombrilla se internara hacía su casa. No dijo nada, no quiso decir nada cuando aún frente a sus pupilas podía ver era la imagen de su hijo, de las palabras y de ese grito que le había desgarrado el alma:

¡Escúchame papá!

Hizo caso omiso de las preguntas que la ama de casa y nana Eli le destinó al verlo llegar tan contrariado; pidió que aún no avisaran a su esposa de su llegada y se encerró en el despacho, temblando ligeramente, con las pupilas doradas colisionadas en sus cuencas. Pasó ambas manos por su rostro sintiendo con ellas la humedad de las gotas frías de Londres, recordando el reciente altercado, las palabras dichas, las miradas proferidas y ese golpe…

Él jamás le había levantado una mano a su hijo… no hasta aquella noche… y lo había repetido… de nuevo.

Miró nuevamente su puño izquierdo, temblando con la presión de miles de cosas contenidas. Cerró sus parpados, pasando saliva cuando sintió el toque de su esposa que en contra de sus órdenes había sido avisada de su llegada y actitud. El contacto en la puerta por parte de su mujer le aturdió, sintiendo que en poco tiempo se desboronaría si seguía aguantando dentro de él tantas cosas.

No era tan fácil… no… no él que sabía el alcance de lo que había significado. Lo que ocurrió esa noche, del engaño, de la burla y la decepción. Su propio hijo… con su mejor amigo… a quien consideró un hermano…

¿Y que significaron todo el tiempo que destinaba a saber de él? ¿A dejarle hablar? ¿De qué valió toda la confianza que él mismo deposito? ¿Todo lo que había asegurado para qué su hijo pudiera verlo a él e ir por él cuando requiriera guía?

Y si… la culpa lo ahogaba, desde hace seis años, pensando en todas las oportunidades que los obligó a verse, a quedarse a solas, que le hablaba de Simmons a su hijo, de su hijo a Simmons, el cómo los enlazaba sin saber… sin saber que su hijo sería enfermado por aquel.

Porque para Radamanthys, Simmons enfermó a su muchacho.

Memoró aquella tarde cuando en la universidad donde ambos estudiaban diferente carreras, lo encontró en una habitación del internado con Minos, estudiante de leyes, después de haber compartido la cama. Simmons temió su reacción, temió su opinión, y se había quedado en silencio todo el tiempo que se tomó en mirarlo, ver a su amante, y ver el desorden de su cama testigo de su encuentro. No dijo nada tampoco, sólo cerró la puerta y habló de lo que había ido a decir.

—¿No me dirás nada?—preguntó algo contrariado el alemán, sin saber que opinar al respecto.

—No, no te juzgaré. Te conozco, sé que no harías nada que estuviera en contra de ti mismo.

Hubo entonces un incomodo silencio, mientras Radamanthys metía sus manos en los bolsillos y miraba fijamente la pared. Simmons resopló con cansancio, esperando alguna respuesta, queja, o algo parecido para lo que había ocurrido, para tan importante y desconcertante descubrimiento.

—No significa que lo apoye—finalmente dijo el inglés.

—No es necesario.

—Pero tampoco que dejaré de ser tu amigo—el alemán sonrío levemente.

—No esperaba nada menos de alguien tan fiel con su palabra, Radamanthys—el rubio lo miró con severidad—. Además, digamos que es mi segunda opción, sigo prefiriendo a las mujeres.

—Bien.

Y no hubo más palabras.

¿Cómo podía siquiera darle valor a lo que pudo haber existido entre Simmons y su hijo cuando sabía, cuándo sabía que para Simmons ese tipo de relaciones no era más que una vía de escape? Desde jóvenes él sabía que Simmons jugaba en ambos bandos, desde joven lo respetó y toleró sus gustos, no le importó acercarlo a su hijo porque para él, Simmons era un hermano y su hijo…. Su hijo no era como aquellos…

Y resultó estar equivocado…

Lo peor es que su propio hijo prefirió creerle a ese hombre que a él… y prefirió… quedarse en la calle que regresar y pedir ayuda… en la calle sobreviviendo… bajo quien sabe cuales condiciones.

Lo buscó, sí, durante largas noches prefirió no usar la policía y rodar con su auto por toda Londres en busca de una señal. Luego, desistió y obligó a su esposa a renunciar, más superado por la frustración y el orgullo que por los gritos que como padre su corazón vociferaba dentro de su pecho. Las lluvias caían sobre la ciudad y por las noches tenía pesadillas, imágenes de su hijo en los barrios bajos, vendiéndose… prostituyéndose quizás victima de la burla a la que Simmons le había ahogado, al saberse dejado y usado y al no tener lugar a donde ir, ni titulo… ni nada con que mantenerse solo en la calle.

Conforme pasaron las semanas, su corazón se escudaba de orgullo como una pared de concreto dispuesta a no dejar pasar sus aguas más allá, una presa que contenía todo impulso de llamar a la policía y ubicar un equipo de búsqueda para recuperarlo. Si su hijo admitía que se había equivocado… regresaría… No había forma que pudiera ser lo contrario… estaba enfermo y de seguro podrían curarlo, podrían…

Mas no regresó… y entre el llanto de su mujer en el cuarto de su hijo y las suplicas por volverlo a ver, entre el silencio de toda la UCL por lo ocurrido, el de su propio amigo; Radamanthys se hundía, se hundía imaginando el cuerpo de su amigo corrompiendo a su muchacho, provocándole esos gemidos que atestiguó en la UCL por esa videograbadora, aquello que había terminado por hacerle entender que esta vez se había equivocado.

Porque por supuesto, las palabras de ese directivo jamás las hubiera creído de no ser por haber escuchado la propia voz de su hijo llamando a Simmons en medio de sonoros jadeos.

¿Le gemiría así a otros por unas cuantas libras? La desesperación lo ahorcó a un punto que lo llevó a la locura, empezando al cabo de seis meses a frecuentar los barrios bajos de la ciudad, ver a los prostitutos, algunos vestidos de mujer, ofreciendo sus servicios, dejándolos entrar al auto, para luego en el hotel golpearlos, golpearlos cegado por la ira como si intentara con ello acabar la plaga que se había llevado a su único hijo… su varón.

Y cuando resultaba ser un rubio, su ira se incrementaba, al punto de dejarlos moribundo… hasta que no lo soportó.

¿Qué pasaría si a quien encontrara dentro de aquellas oscuras habitaciones esperando por satisfacer su apetito fuera su propio hijo?

—Eso fue arriesgado…—le dijo Minos, su amigo y antiguo amante de Simmons, juez de la ciudad y quien escudó y limpió su expediente luego de que fuera encontrado, inmóvil frente al cuerpo herido de aquel rubio homosexual que había caído en sus manos—. Está bien, tu hijo se dejó coger por Simmons, pero si él ha decidido ese estilo de vida, ¿Qué harás? ¿Matarlo en cuanto lo encuentres?

Radamanthys estaba ya siendo liberado de la celda, mientras maquillaban su estadía como una simple multa de transito. Su esposa lo esperaba afuera, más tranquila.

—Sólo pensar que estuve a punto de…—cerró sus puños—. Maldita sea… maldita sea, me volveré loco…

—Si llegó a encontrarlo en uno de mi “escapes nocturnos”—puso la mano en su hombro, le tranquilizó—, te avisaré. Pero de antemano dudo que lo encontremos, si se prostituye no sería tan estúpido como para hacerlo aquí donde podríamos encontrarlo—afiló sus ojos en los dorados del empresario—. Pero ya deja de estar golpeando y casi matando a rubios.

Dejó de hacerlo, pagó todos los gastos para la recuperación de su victima… pero eso no calmó las pesadillas durante largas noches. Eso no detuvo su mente cuando en las noches que salía tarde de la empresa veía en la calle a los que se plegaban en las esquinas más llamativas y ofrecían sus cuerpos por unas horas; cuando su misma mente le jugaba la cruel broma de ver a su hijo en cada uno de esos rostros y asquearse…

Terapias psicológicas, iglesias, ayuda religiosa, libros, ya no sabía qué hacer más que olvidar y enterrar, enterrar que tuvo un hijo… enterrarlo como dijo que lo haría.

Se auto convenció que Shaka había muerto en cuánto cruzó esa puerta.

Siguió rodando él, como otro tempestuoso río, arrastrando los juguetes, las cunas, los recuerdos: de la infancia de su único varón…

Al abrir sus ojos un rayo desgarró los cielos sobre él, parpadeando luz de plata por los espejos del vitral de la oficina. Sintiéndose ahogado, volvió a pasar una de sus manos hacía su rostro constatando a dos lágrimas que furtivas corrieron por sus mejillas, gruesas y frías. Las limpió, caminando con pasos fúnebres hasta el pequeño bar y sirviéndose entre el temblor de su mano y la mirada enrojecida un poco de Whiskies y luego bebió de un solo tragó caliente que le quemó todo el tracto digestivo, tal como lo necesitaba. Otro trueno golpeó de lleno los cielos de Londres y el inglés se dejó caer en el asiento de su escritorio, llenando otro vaso más, dispuesto a beber, a beber hasta olvidar que el fantasma de su hijo había aparecido frente a él.

Olvidar… ojala fuera fácil olvidar.

Para Saga al menos no lo era, ahora que había quedado solo en lo que debería ser su hogar y se había convertido en una cárcel de recuerdos que quisiera arrancar de tajos; de rostros, de sonrisas y gestos, de miradas, expresiones… de él, de Shaka y todo lo que había significado para él en esas cortas semanas de contrato.

Fue inevitable memorar al cruzar la cocina para buscar hielo el momento que en su primera excursión en esa antigua casa, Shaka tropezó con la madera del piso y él sostuvo su delgado cuerpo entre sus brazos. Toda aquella sensación, la sensibilidad de su piel a ese contacto, la corriente y el sobresalto… el rápido pensamiento que mató en ese momento… él que le hizo imaginar lo que sería tener ese cuerpo abrazado mientras asaltaba sus labios.

Mordió sus labios, frustrado mientras evocaba las palabras de Afrodita, las últimas con la cual él simplemente sacó el bolígrafo, firmó el cheque y le dijo que se mantuviera lo más lejos posible… que no volviera a asomarse en su vida frente a él.

—Shaka y yo éramos amantes, Sr. Leda. Es obvio, que lo que haya podido sentir por mí no se asemeja ni lo que sintió por ese hombre ni lo que usted haya querido provocarle. Lo cierto es que no importa cuánto crea que lo tenga, Shaka no se ata a nadie y de la misma forma que decidió dejarme de lado para seguir su camino lo hará con usted y con cualquier otro que atente con el estilo de vida que él escogió—y la mirada celeste que lo veía ya con lastima, cuando el abogado simplemente estaba desmoronándose entre la rabia y el dolor, el pulsante dolor de sentirse engañado, burlado…—. Quizás sus intenciones eran diferentes…—recordó—, pero Shaka ha dejado de creer en las buenas intenciones y en las promesas.

Me dejó…

Se fue, me dejó… siquiera le importó lo que me estaba pasando…

Pensamientos, miles de ellos eran los que agolpaban su mente cuando se sirvió la botella de Vodka que estaba en el bar que le habían dejado. Había llamado a su hermano para que fuera a buscarlo porque estaba seguro que no podría dormir, no en ese lugar, lleno de él… tan lleno de Shaka.

—Él dijo que acabaría algo antes de…—le dijo a Aphrodite antes de verlo partir con el cheque. El sueco sólo le miró con pena, resoplando con cierta pesadez.

—Quizás, lo dijo para que al enterarse lo golpeara más… suelen ser, la clase de golpes bajos que hace cuando quiere quitarse a alguien de encima.

Un golpe bajo…un engaño… una venganza. Saga sólo se tomó aquel trago con rapidez, sintiendo que iba a colapsar, que iba a perder lo poco que había logrado recuperar de sí mismo, lo que había aprendido por el libro… Sentía que volvía a caer a un abismo más profundo, llenándose del lodo que se creaba al paso de sus lágrimas atragantadas y las memorias de esos días… las imágenes de Shaka que golpeaban, su voz, el toque de sus manos cuando logró tener un contacto cercano, sus miradas de cielo azul…

¿Hubiera sido mejor no intervenir? ¿Hubiera sido mejor no hacer todo lo que hizo? Quizás tendría más oportunidades… quizás inventaría nuevas escusas para frecuentarlo… le hubiera dado el tiempo… el tiempo que…

Yo no tuve que usar esos métodos para que Shaka me abriera su pasado—si… con esas palabras Aprhodite le había señalado su mayor equivocación—, sólo me quedé a su lado hasta que él decidiera hablar.

Y la paciencia no era lo suyo…

Por ello perdió su oportunidad… perdió al intentar agradar a su padre, seguir la sociedad. Y al intentar ser él mismo, hizo huir a lo que empezaba a querer como nunca pensó podría hacerlo.

La idea del fracaso entonces agitó más sus olas, golpeando toda seguridad. Y los deseos… los enfermos deseos de perseguirlo para una última oportunidad…

¿Debía pensar en rendirse? ¿Debía pensar en continuar? ¿Debía pensar en olvidar? Cambiar la estrategia y…

No… él era mar… el mar no pierde terrenos y al hacerlo golpea, una y otra vez aquello que lo separa de su tierra, hasta hacerlo erosionar. El mar es así de terco, de inconstante, de poderoso e inestable. Y Shaka no era luna para domarlo… Shaka era río condenado a caer en sus aguas y ligarse con las de él. Durante mucho quiso ser una calmada laguna, durante mucho tiempo ocultó su oleaje para no llamar la atención… demasiado, demasiado tiempo.

Y Shaka lo había desatado.

Se levantó y tomó su teléfono, marcando su única ficha. Lo obligaría a enfrentarlo, a decirle en su propia cara que no quería que lo siguiera, que no quería abrirse a él, que lo odiaba. Le obligaría a decirle entonces, frente a frente, que lo que sentía por él no era lo suficiente fuerte.

—Shura, soy yo… Saga—cumpliría también su amenaza hasta que el caso estuviera cerrado—. Necesito un nuevo favor.

La lluvia seguía cayendo con fuerza y la sangre había dejado de brotar de sus labios. Le costó recuperar el aire luego del golpe que lo hizo caer de rodillas al pavimento y más el intentar zafarse de los brazos de esos cuatro vigilantes que sin ningún tipo de reparo lo habían detenido. Escuchó, cuando intentó acercarse a la casilla de vigilancia, que su padre había dado la orden de llamar a la policía si seguía allí. Comprendió.

Shaka supo que había perdido su oportunidad, que su padre no le daría el tiempo necesario para hablarle y decirle lo que sentía. Le agradeció la lluvia que ocultó las dos lágrimas que cayeron cuando grito con su alma ese clamor, agradeció el frío de la ciudad que le hacía olvidar el helado aire que carcomía a sus entrañas. Con su rostro humedecido por la lluvia dio una última mirada a lo que era su hogar, antes de dar media vuelta e intentar regresar a su único refugio.

—¡Estás loco!—ese grito por parte del tibetano alarmó a los dos gemelos, cuando salió del comedor luego de escuchar lo que el abogado pretendía hacer con la partida del decorador—. ¿Piensas ir hasta Italia a buscarlo? ¡Estás loco! ¡Lo único que harás es hacer que te odie!

—Eso quiero…—respondió el abogado replegado en el mueble. El tiempo que tomó entre la llamada a Shura y la llegada de su hermano con su pareja había sido suficiente para calmar sus aguas. El terremoto se suscitó en las profundidades… las olas empezaban a replegarse pero… quería que su tsunami tuviera un solo destino—. Quiero que si se va alejar de mí sea porque me odie y no porque me ame.

—Yo estoy totalmente de acuerdo—secundó Kanon mordiendo la manzana sumamente relajado—. Si quiere jugar por las malas, que se juegue por las malas.

—Esto no tiene sentido, ¡te dije que una de las opciones era que él simplemente siguiera su camino y los ignorara a ambos!

—Tal vez… pero soy un necio. Ya que está empeñado a compararme con todos los que se le han atravesado, le daré razones para ponerme en una nueva clasificación—Mu lo veía entre asombrado y asustado ante la locura que escuchaba.

—¿Y qué harás al verlo? ¿Cuándo lo veas en Italia, quizás con ese italiano que el decorador te dijo…?

—Lo que debí hacer esa noche en su apartamento—puso el vaso de vidrio en la mesa, lo miró fijamente—. Tomaré su cuerpo como me lo había ofrecido, lo amaré toda la noche, lo marcaré hasta que no pueda quitar mi nombre de su voz y me iré en la mañana…

La gruesa ola de tsunami que amenazaba con caer y arrasar con todo.

—O me ama y me sigue hasta acá… o me odia y no lo vuelvo a ver más. Culpable o inocente.

Sin saber que el río había desviado el curso hacía otros rumbos al último segundo. Que el río llegaba a su segundo hogar sin estar seguro de qué camino seguir.

Sunrey abrió la puerta sin imaginar lo que tendría en frente. Shaka había regresado, con el golpe visible en el rostro que había inflamado toda la mejilla derecha, su nariz y labios, provocando que su ojo derecho estuviera medio cerrado debido a la hinchazón. Shiryu permaneció en silencio luego de cerrar la puerta e invitarle a entrar, ayudándole a tomar el abrigo mientras Sunrey le pasaba una toalla para que se secara. Shaka tampoco dijo nada, y con el mismo silencio entró a su habitación.

Apenas la oscuridad de aquel cuarto lo embargó, sintió que toda fuerza se había diluido. Sólo fue necesaria la soledad para dejar ir toda su frustración. En el silencio de aquel pequeño lugar, Shaka se sentó al filo de la casa, ocultando su rostro entre sus rodillas y dejando que las lágrimas corrieran por su rostro, en un llanto mudo.

No quiso atender por los momentos a la voz de Dohko que lo llamaba en la puerta, ni recordar lo que había dejado en Grecia o lo que habría de empezar en Italia. Para él, nada de eso valía la pena. Para él se había acabado el camino.

No era reconocido por su padre como era… tampoco se permitía amar y aceptar a aquel hombre.

Entonces, Shaka, ¿qué diablos vas a hacer con tu vida?

Una pregunta a la que no supo cómo responder en esa noche.

2 thoughts on “Un poco de Color y Vida (Cap 26)

  1. OMG!! Un maremotoooooooooooooooooooooooooo …. Vamos, que llevo desde el capitulo 5 esperando a que se genere un desastre natural de proporciones cósmicas XDDDDDDD Y cuando llegue, sabe la ODA, lo que lo voy a disfrutar jajajajaja

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