En Luna Llena (KaniMu)

Antes de seguir avanzando la relación, Kanon decide contarle a Mu su secreto.

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Temas: Yaoi, Oscuro ¿?, drama, romance, Universo Alterno.
Personajes: Kanon, Mu
Resumen: Antes de seguir avanzando la relación, Kanon decide contarle a Mu su secreto.
Advertencia: ¿Zoofilia?
Dedicatoria: Apoyar el evento: ..·..LIBRE ALBEDRÍO..·.. y Happy Halloween!
Comentarios adicionales: El hombre lobo, también conocido como licántropo, es una criatura legendaria presente en muchas culturas independientes a lo largo del mundo. Se ha dicho que este es el más universal de todos los mitos (probablemente junto con el del vampiro), y aún hoy, mucha gente cree en la existencia de los hombres lobo o de otras clases de «hombres bestia»

Luna Llena (KaniMu)

Sus ojos verdes estaban abiertos, dos platos blancos con centro de esmeralda se abrían para él, en un espectáculo que no pensó mostrar, a nadie más. No se trataba de cualquier secreto, en tal caso, estaba revelando la verdadera naturaleza de él, el lado que cualquier temería, el monstruo que ya en la aldea se mostraba como el peor de los demonios. Había tenido que huir incontable veces de los conjuros del sacerdote Shaka, pero no… el conjuro en que lo ató aquel pastor de ovejas no pudo evadirlo… ni quiso hacerlo.

Lo había llevado a aquel lugar donde sabría, le traería recuerdos. Aquel lugar que aunque el joven pastor no lo sabía, había sido su primer encuentro. No con el hombre, no, sino con la parte de él más demoniaca y bestial, aquella que a duras penas podía dominar luego de años de forzosos esfuerzos. Mu al notar a donde lo habían llevado lo miró dubitativo, le había contado que en ese lugar no le gustaría regresar, que ese recuerdo le provocaba terribles pesadillas. Pero él debía enseñarle quien era, debía hacerlo.

Había esperado que la luna estuviera a lo alto para salir de la pequeña cueva donde habían permanecido sentados. Mu le decía que era mejor regresar, los sonidos de la noche auguraban el encuentro entre los espíritus y los demonios, y no, no quería estar en ese lugar, tan vulnerables a que otra bestia viniera a asecharlo.

Bestia… oír esa expresión de esa boca, de esa voz, le había herido que cualquier hechizo del sacerdote.

Y allí estaba, en ese momento sintiendo como la sangre le quemaba dentro de las venas y los huesos empezaban a conmoverse dentro de sus músculos. Primeramente el brillo carmín de sus pupilas verdes y el cambio de voz fueron los síntomas de su transformación, para mostrar que él era un licántropo, que su verdadera forma era una bestia que asemejaba los lobos. Mu dio dos pasos atrás, horrorizado; podía oler el miedo, ese miedo que era o fue durante tanto tiempo su afrodisiaco, ahora en ese justo instante lo llenaba de un intenso pesar insaciable. Más no podía detenerse, ya no, el hechizo de la luna llena estaba haciendo efecto en él y por fin su cuerpo tomaba la verdadera forma.

Las verdes irises del menor no podían cerrarse, tan siquiera la tarea de pestañar era en ese momento vedada. Como si le desgarraren por dentro, de la misma forma que aquel pantalón campestre era hecho tirones ante la transformación de aquellos muslos en enormes patas animales; sentía a su corazón desangrase lentamente ante la verdad. Dio otro paso más atascado por el pavor, y cayó, tropezando con una piedra, de espalda, sosteniéndose de su caída con sus manos hacía atrás. No podía dejar de ver, y el miedo como un insulto le corroía la cabeza, le hacía sentir pulsadas cerebrales y que el ardor de las magulladuras de sus manos no fueran nada al de su propio estomago. Arcadas, eso fue lo próximo que ocurrió, una terrible necesidad de vomitar cuando el rostro empezó a desfigurarse y los enormes colmillos tomaban forma dentro de la boca que había besado, un hocico peludo el de su nariz y sus labios, aquella lengua que se alargaba y se oscurecía y la baba que caía cuando lanzó un grito desgarrador hacía la luna.

Se obligó a ver… y a recordar.

Un año, un año atrás Mu había ido hasta ese lugar vestido con sus trajes de pastor y una vara de olivo. Buscaba a una de sus ovejas más redondas, la de la mejor leche y lana, pero esta se había perdido y luego de dejar el rebaño en la seguridad de la casa de su abuelo había salido casi cayendo al atardecer en su búsqueda. Caminó entre el bosque de los almendros y subió la colina escarpada, esperanzado de encontrarla antes de que fuera de noche, ya que decían que en las noches de luna llena los demonios salían en busca de que devorar. Las casas estaban protegidas por un hechizo gracias al sacerdote de la aldea, pero fuera del pueblo quedaba totalmente vulnerable. El muchacho tomó el amuleto que su madre le había entregado al morir y siguió ascendiendo, esperanzado en que nada ocurriría.

Más la noche lo azotó y en una de sus distracciones se tropezó con una rama que se atoró a su manto y cayó de rodilla, clavándose una rama en su carne, a nivel de su pantorrilla. Gimió de dolor y con esfuerzo terminó de subir la empedrada hasta cobijarse en la cueva oscura. Pronto los sonidos de la noche irrumpieron el silencio, una suave brisa agitó entre las piedras húmedas de la cueva y crearon silbidos que asemejaban al de otros seres vivientes. El muchacho se cubrió por completo con la manta, tratando de reprimir el dolor de su herida y tomando con fuerza el amuleto de su madre. Los ojos verdes veían la soledad de la zona y prefirieron resguardarse en sus parpados, quizás y si dormía la noche pasaría pronto y podría regresar.

Más no fue así.

Su oveja baló y el muchacho siguiendo el sonido la vio en la punta de aquella cumbre. Intentó acercarse, pero pronto vio que el animal quiso correr antes de ser empujado de un zarpazo hasta la entrada de la cueva. No tuvo tiempo de reaccionar antes de ver a la enorme fiera, una bestia de más de dos metros de altura, colmillos amarillentos que en ese momento se saciaban de la sangre del cordero y la degollaron sin cuidado alguno. Las garras abrieron entonces el interior del pequeño mamífero, y el hocico se internó arrancando cuantos órganos encontró en él.

El muchacho no pudo gritar, antes las palabras y el sonido se quedaron atascados en su garganta en un trémulo intento de no hacerse notar, más su cuerpo temblaba compulsivamente, viendo a aquella enorme bestia arrancando las patas de su animal y lanzando el hueso desollado a un lado. Mas su esfuerzo fue en vano. En un momento el demonio levantó su hocico y empezó a olfatear el aire. El pastor tembló y en un arranque sobrehumano se puso de pie  aún herido e intentó internarse más en la cueva. Aquella bestia detectó el olor, el miedo, el sonido de un nuevo espécimen que podría calmarle el hambre y así había ido tras él, entrando a la cueva pese a lo angosta que era sus dimensiones y tratando de atraparlo. Un garrada, dos; aquellas enormes uñas de hierro intentaron tomarse del manto del muchacho que había quedado acorralado, en un lugar donde apenas cabía él y donde la bestia no lo alcanzaba. Lloró, pidió y suplicó a los dioses, hasta que la bestia se cansó y lo dejó.

Ahora lo tenía frente a él, viendo como la camisa se hacía jirones ante la protuberancia de la espalda y el largo pelaje negro que salía de ella. El animal entonces se puso en cuatro patas, y el resto del pantalón que quedaba salió del cuerpo cuando se sacudió y dejó mostrar la veleidosa cola peluda a lo alto. Las orejas puntiagudas con un toque blanco en sus puntas se alzaron y sus patas se afincaron en el suelo al tanto que se estiraba, como si reacomodara todo sus huesos en el lugar. El muchacho no perdió detalle, ninguno, de la transformación del hombre al demonio y su cuerpo tembló de terror cuando un aullido infernal a la luna brotó de aquella rasposa garganta.

Las aves que dormían a los lejos despertaron y huyeron… él sabía que también debía huir.

—Kanon…—y por fin, las nauseas, el dolor, la desesperación lo acorraló.

Recordando aquel evento del pasado el joven dejó salir todo lo que aún contenía su estomago, en dolorosas arcadas con la que pretendía así mismo sacar todo lo que le daba vida a su cuerpo. No podía ser, no era posible que se hubiera enamorado de un monstruo como él.

Volvió a vomitar, con lágrimas que caían sin forma por su rostro. Memoró cuando encontró a ese hombre seis meses atrás cerca del arrollo donde llevaba a su rebaño a tomar agua. Estaba desnudo, con una terrible herida en su hombro y pierna derecha, como de quemaduras. Sin mediarlo, decidió ayudarlo.

Lo alojó en su casa, la más alejada de la población, y evitó que alguien del pueblo lo viera porque adjudicaban de mala suerte alojar a un extranjero desnudo. Curó sus heridas, lo atendió  y cuando aquel abrió sus ojos, cuando vio esos irises verdes tan llenos de pesar, no pudo tan siquiera pensar en dejarlo ir. Se quedó con él, día a día, noche a noche, donde tal como él se lo había pedido cerró toda hendidura para que los rayos de luna no los embaucase.

—Tu nombre—le preguntó cuando ya estaba mejor, al menos para sentarse y comer el caldo de ovejo que le había preparado, con un poco de leche de oveja también. Había tejido ropas con la mejor lana que tenía, para protegerlo del frio y no queriendo comentar de más el hecho de haberle cubierto la desnudez.

—Me llaman Kanon—contestó y al encontrarse aquellos ojos con los propios sintió un estremecimiento en su piel—. Juró, que por lo que has hecho, no te haré daño.

¿Cómo imaginar? ¿Cómo tan siquiera pensar? Sintió con pavor cuando las garras iban tomando la tierra, aplastó una piedra en el camino mientras se acercaba. Escuchó que olfateó, y sólo cerró sus ojos, espantado ante lo que podría ocurrir. Ya no era Kanon, esa bestia ya no era Kanon, lo más seguro es que lo mataría, lo devoraría como lo hizo con aquella oveja.

Cayó entonces boca abajo y aplastó la hierba del lugar donde se habían encontrado por primera vez, viendo la cueva, aquel agujero donde se salvó la primera vez pero que no tenía las fuerzas de correr hasta ese refugio.

Evocó entonces cada acercamiento. El cómo entre las curas de heridas se veían, sus pieles llamaba. Aquella noche de lluvia donde se acercaron, se abrazaron con la excusa del frio… con esa misma excusa sus labios entraron en contacto y buscaron calor, sus manos hallaron un movimiento, se encontraron en caricias cálidas. Cuando se dieron cuenta, el pastor estaba totalmente desnudo frente a la fogata y el caldero donde preparaba más caldo para la cena. Las manos del hombre mayor lo acariciaron, olieron el perfume de su cabello lavanda, olfatearon como un pequeño animal antes de hallar el aroma de la sopa y beberlo en sus labios. Se amaron…

Los brazos blancos se tomaron del cuello del anterior herido y se afianzaron a él. Aquellas enormes manos no tuvieron reparo de abrir sus piernas, abrirse espacio entre ellas, mostrar su desnudez y hacerle participe de ella en un acto que podría llamarse animal, pero que para ello significaba otro par de cuestiones como unión o amor.

Gimió entonces Mu, al sentir la intromisión del primer dedo, del segundo, de un tercero, mientras a suave mordida era alabado su pecho, eran tomadas sus tetillas, adorado su cuello, besado sus labios. Jadeó cuando fue la enorme virilidad la que se abrió dentro él y con sus ojos le dijo que eso era justo lo que deseaba. Aquel le miró con ojos verdes brillante, acarició la melena malva, apartó un mechón lila con ternura.

—¿Creerás en mí?—el muchacho frunció sus dos puntos sin comprender—.Pese a lo que llegues a ver de mí, ¿me creerás?

Aquella pregunta revolcó sobre la mente del muchacho justo en ese momento que una de las enormes patas se puso a su lado, a un lado del hombro. La vio, enorme, con garras filosas que podría cortar lo que sea. Sintió la saliva correrle por el cuello y el ronco aullido con el que la bestia se anticipaba a comer.

Era Kanon…

Ese era Kanon…

El Kanon que durante el día a veces lo acompañaba a pastorear ovejas, se reían en el arrollo, se amaron dentro de las aguas. El Kanon que le ayudaba a recolectar la leña y decía temerle a la noche. El que le sonreía en las noches oscuras y lo cubría en sus brazos, él mismo… que le había dicho que ya no podía quedarse más tiempo, que el sacerdote sabría de su existencia… que Shaka era un verdugo para él y Mu, sin comprender… hasta ese justo instante.

La otra pata se poso sobre su espalda, haciéndole gritar de dolor ante el peso que le era ejercido. Con dolor el joven apretó sus puños con fuerza, mordió sus labios, decidió encararlo. Buscar dentro de esa bestia al Kanon que conoció, el Kanon que amó durante ese tiempo. Al Kanon…

Un terrible zarpazo lo golpeó y empujó contra la rugosidad de la piedra en la cueva, provocándole un desgarré en su espalda y un profundo vomito de sangre vertiéndose a tierra. Iba a caer, antes de que una de las garras lo tuviera clavado a la piedra, ahorcara en sus hombros, presionando por sus pulmones y evitándole el respirar. Jadeó… de dolor, de pesar. Intentó tomar con sus manos la enorme pata que lo tenía apretado contra la piedra y que luego lo soltó para dejarlo caer en tierra.

—Kanon… no…—gimió…

Las fauces tomaron parte de la envestidura y con ella lo arrastraron por la tierra, recibiendo aquel aún más dolor si se pudiera. Mu intentó sostenerse de alguna roca, de la hierba, de su esperanza de que reaccionara… de…

Las garras de nuevo se apoyaron en sus hombros. Intentó patear y al herirlo sólo recibió un arañazo que descubrió su pecho y dejó marcas de sangre. Gritó, y la bilis se acumuló en su garganta evitando que más sonido saliera de su boca. Desesperado, cerró sus ojos con horror, sintió el hocico acercarse y olfatearlo, el hedor de su aliento golpeando contra sus fosas nasales y el de las saliva espesa que rodaba por su cuello y hombros. Ya no se movió, como la oveja atrapada en las garras del lobo, se quedó en silencio y en espera de su sentencia. El terror lo acorralaba, sus parpados se cerraron con fuerza y sus puños apretaban la tierra húmeda de saliva animal. Pronto sintió el ardor de una lamida en su pecho herido y el escalofrío gobernarlo hasta la nuca.

Lo estaba probando… como un animal.

—Kanon…—susurró, con lágrimas brotando. Sintió de nuevo su lengua, sintió atravesar y llevarse con ella el resto de tela desmembrada por las garras—. Por favor… Kanon.

Y sintió los dientes cerrarse al derredor de su pantalón, la fina textura del marfil golpeando contra su piel y la saliva meterse entre sus piernas, asqueándolo. Desnudándolo… pensó, como se trasquila a una oveja antes de comérsela. Lo siguiente fue totalmente inesperado, de una lamida todo su sexo fue humedecido por la caliente saliva y el pastor se erizó completamente, lanzando en contra de su voluntad un sonoro gemido. Azorado intento taparse, alejarse, pero las enormes garras aplastaron sus piernas contra las piedras para obligarlo a quedarse.

—No… ¡Ka…!—y otro gemido, más audible, cuando la lengua empezó a moverse en lengüetazo, a rodearla con su caliente musculo su miembro que se iba irguiendo ante la presión sanguíneo—. Bast… ¡hmmm!

Debería asquearse… ¡debería! Pero aquello le estaba gobernando más que cualquier idea de sentir asco ante lo que ocurría. Sabía que ante los dioses el tener un contacto con un animal tan íntimo era abominable, pero ¿cómo poder zafarse de él?. Apenas se reincorporó y trató de usar las manos para alejar ese hocico de su hombría, el animal gruñó, en un alarido atroz que lo ensordeció por momento y amenazando con sus largos colmillos de morderlo. Luego siguió, con la punta de su lengua tentando uno a uno las bolsas gemelas del menor y apretándolas con apenas presión.

—¡No, Buda!—se contrajo ante la corriente de placer, abriendo la boca con éxtasis tratando de tomar aire. De nuevo aquella lengua lamió su pecho herido por las garras, bebió de su sangre, aleteaba sobre ella y el muchacho temblaba presa de un delirio que debía llamar demoniaco—. Ya… ¡¡haaaa!!—la lengua subió hasta su cuello, lamió su oído y la mejilla y luego lanzó aire caliente con un olor que le aborreció.

El joven arrugó su cara intentando desaparecer del lugar, desconectarse del momento, pero no fue suficiente cuando de nuevo lamidas y esta vez más rápidas y rítmicas volvieron hacía la punta de su pene enrojeciéndolo de la tensión. Un concierto de gemidos comenzó por parte del pastor, quien ya superado no dejaba de abrir la boca y clamar el nombre de Kanon, cerrando sus parpados y sintiendo su adolorida espalda arquearse por el goce que lo estaba poseyendo. Pronto las lamidas rodeaban a su miembro erecto, lo movían, jugueteaban con él con lascivia y luego pasaba con su aire caliente que erizaba cada vello de su intimidad, hasta que bajaba por los gemelos, visitaban la estrecha entrada rápidamente. Lamía, todo, todo lo poseía con un animal placer y Mu no podía hacer más que retorcerse y gemir.

Hasta que fue superado por el éxtasis y en un ronco gemido dejó brotar la espesa esencia caliente por sus piernas.

Espasmos de placer lo tuvieron inmovilizado en el pasto. Aquella lengua se tomó su tiempo para limpiar los estragos del encuentro y luego volvió a olfatear, por los cabellos color lila, peinando usando su lengua. Mu usó por fin sus manos y esta vez sin sentir rechazo de la bestia que estaba sobre él, tomando el hocico, dibujándolo entre sus manos y viendo fijamente el color verde de sus ojos, aquellos ojos.

Lo reconoció… la ternura, la libertad, la fuerza de Kanon.

—Kanon…

—No quería asustarte…—le escuchó hablar, y de la impresión sus irises verdes volvieron a abrirse de golpe. Si no hubiera sido por el ronco sonido de esa voz, habría jurado que se trataba de otra cosa. La bestia se sentó a un lado, lamiendo con su lengua la punta de su pata para luego acostarse—. Yo… no puedo controlarlo al principio…

—Entonces…

—Pude haberte comido…

Se quedaron en silencio, un necesario silencio. El pastor sólo se entregó a la nimia tarea de observar el cielo estrellado, titiritando de frio y sin ánimos de moverse. Todo era muy confuso, de la incredulidad pasó al asco, de allí al terror y tan rápido al placer y la serenidad o la calma de un orgasmo recién recibido. Aún así, el descubrimiento lo tenía absorto dentro de sí mismo.

—Fui expulsado de mi manada, ellos deben estar peleando contra los vampiros al norte—el muchacho viró su mirada hacía él, el animal que tenía su cabeza entre sus patas, acostado como cualquier otro perro domesticado— . Me acostumbré a comer ovejas o cualquier animal por allí, pero me encontré con su sacerdote, casi me mata.

—Y te encontré…

—Así es.

—Mu… puedo irme si quieres.

Hubo silencio… de nuevo. El pastor veía al lobo a su lado, observaba todo, tragó grueso al ver esos ojos caninos verlos con dolor, con vergüenza, con pesar.

—Tienes que irte, Kanon…—y el lobo bajó sus orejas en señal de tristeza—, y yo iré contigo.

—Mu…

—Yo ya no puedo quedarme, no si no estás conmigo…—se levantó quedando sentado en la grama—. Además, en cuanto Shaka detecté lo que pasó, de seguro me…

—No…—y ese fue más bien un gruñido hiriente que espanto toda vida cercana. Mu observó la ira en esos verdes, la rabia de tan solo pensarlo…

—Entonces, llévame contigo.

—Prometo cuidarte…—se acercó y lamió su mano, en una señal de promesa.

Y frente aquella luna llena hicieron el compromiso de quedarse juntos, uno al lado de otro, huyendo de su pueblo, desafiando a los dioses.

Simplemente porque se amaban…

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