Guerra de Poderes (Shaka x Milo)

Dos vampiros van en busca de la fuente de poder que protege una aldea, encontrándose con un sacerdote y una horda de hombres lobos, sin saber que la peor amenaza de ellos estaba en aquel joven de cabellos dorados.

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Temas:Yaoi, fantasía, Universo Alterno.
Personajes: Shayna, Milo, Shaka
Resumen: Dos vampiros van en busca de la fuente de poder que protege una aldea, encontrándose con un sacerdote y una horda de hombres lobos, sin saber que la peor amenaza de ellos estaba en aquel joven de cabellos dorados.
Dedicatoria: Apoyar el evento: Happy Halloween!
Comentarios adicionales: Usé los dos trajes por los dos clubes, a Milo de Vampiro por el Club Ardiente Inocencia y Shaka Angel por el club Bad Romance

Guerra de poder (Milo x Shaka)

Estaba cerca del lugar de origen, lo sabía, y estaba empezando a acercarse a él. La fuerza mágica que rodeaba ya el lugar desde kilómetros atrás empezaba a robar parte de sus fuerzas, lo cual había sido suficiente para poderle dar crédito a los rumores; que había un fuerte mago en aquella aldea e impedía que los monstruos se acercasen. Le daba curiosidad saber quien tenía tanto poder. Por ello se había dirigido a aquel lugar.

Olfateó con cuidado el aroma a muerte que emanaba por los alrededores intuyendo lo más probable; de seguro algún hombre lobo molesto estaba por allí buscando que comer. Pensó en que la carnada podría ser esta, y que definitivamente era mejor mantenerse al margen y esperar a ver que sucedía. Bajó a una de las copas de los arboles protegiéndose con las enramadas y tomando por fin su forma humana. El cabello ensortijado cayó sobre su capa negra, el traje de gala se abrió paso ante lo que era la figura de un murciélago gigante. Relamió sus colmillos y sintió a su lado a su hermana menor, Shayna, quien también había adoptado la forma humana de una mujer.

—Es aquí…—siseó ella relamiendo sus colmillos ante el olor a sangre que estaba en el aire. El vampiro la miró condescendiente. Sabía que había hambre, y ciertamente él también tenía, pero moverse en esos terrenos sin saber con quién se enfrentaba era algo peligroso.

—Así es, pero necesitamos primero cerciorarnos.

—Milo…

El vampiro la observó de nuevo, con ternura, rozando con uno de sus dedos la fina curva de su rostro blanco. Era su hermana, y la amaba, ciertamente la amaba y por lo tanto la cuidaría. Ella había sido prácticamente una madre para él.

—No te preocupes, estaré bien.

Dicho eso, bajó del árbol y cambio su traje vampírico por un disfraz de un joven pastor de ovejas. No le costó mucho hacerlo, y ya cambiado y con un poco de tierra en la cara y en los brazos, daba la apariencia de ser un simple pastor de ovejas de las cercanías. Acto seguido, se echó a correr.

El viento golpeaba contra su rostro, el aire atestado a sangre trataba de desconcentrarlo de su objetivo. Simplemente corrió, internándose más y más al bosque, pendiente de cualquier sonido que pudiera significar que alguien lo perseguía. Siguió el recorrido hasta el arrollo, donde por fin percibió el olor a sangre. Era un humano, que estaba siendo atendido por otro de aspecto impresionante. Quien lo curaba tenía los parpados cerrados y el cabello rubio que caía como cascada sobre sus hombros. Vestía una túnica color beige sujetada a los hombros por dos medallones de oro, y una vara de olivo estaba a un lado, con algunos colgantes de piedras. Supo identificarlo, se trataba del sacerdote de aquel lugar.

No necesitó mucho para encontrarlo.

De repente ante el movimiento certero, Milo logró esquivar a tiempo el zarpazo de aquella bestia que había ido a encararlo. Un hombre lobo, maldijo, más aún no podía mostrar sus poderes menos mientras estuviera el sacerdote tan cerca.

—Diablos…—masculló corriendo hacía el arrollo y de esa forma a la vista de los dos humanos que estaban allí. De inmediato la mujer herida gritó y el rubio frunció su ceño en cuanto las patas del enorme animal tomaron de nuevo el piso.

Un hombre lobo, intuyó el vampiro, posiblemente recién convertido. Eso justificaría el poco control que tenía sobre su cuerpo.

—Tomad—le escuchó al sacerdote quitándose una de las prendas doradas que colgaban de su cuello—esto os protegerá de los demonios, corred al pueblo y decid que oren al cielo, porque los demonios están aquí. Os protegeré.

Fue sólo un segundo de distracción, pero Milo al estar pendiente de las palabras del sacerdote no vio cuando la bestia había ido en busca de su cuello. Cerró sus ojos, pero de repente una ráfaga de aire tan fuerte había arrojado a la bestia al agua. Al abrir sus turquesas lo vio, vio la mano extendida del rubio, vio su expresión decidida.

—¡Huid!—definitivamente iba a hacerlo, pero para poder observar de donde provenía ese poder…

Era magia, lo detecto, pero magia divina. Y no todos podían usarla en semejante nivel. Corrió de nuevo y esperó estar lo suficiente alejado para escudarse en los árboles y transformarse. No le fue necesario hacer mucho esfuerzo, de repente un verdadero arsenal de energía benigna se agitaba hacía el arrollo y la bestia gruñía enfurecida en alaridos endemoniados. Milo se detuvo de su trote sólo para sacar sus alas y volver al respaldo de una de las copas de los arboles. Se acercaba sigiloso hasta conseguir de nuevo estar en el escenario, ocultó entre las sombras para ver lo que estaba ocurriendo. La bestia intentaba abalanzarse ante el rubio que con un poder portentoso lo seguía impulsando con el aire, haciéndolo trastabillar a varios metros del lugar. De repente y de un lugar que él mismo no había percibido, otro hombre lobo, uno de mayor experiencia, había salido a atacar al rubio por la espalda, defendiéndose este con otro ataque de magia. Eran dos bestias de la oscuridad contra un humano con poderes mágicos, Milo veía que no podría con ello y al oler la sangre, detectó, que se trataba del mismo que hace poso se estaba haciendo pasar por mujer.

—Una trampa…—susurró para sí, divertido—. ¡Qué interesante!

Era obvio que los lobos también estaban interesados en tomar aquella aldea.

De nuevo la batalla empezó y entre golpes mágicos y poderes el sacerdote logró mantener a raya a los dos pese a los violentos ataques y las enormes zarpadas que lanzaban al aire. Sin embargo, era evidente que no podría seguir así por mucho tiempo, menos cuando salió un tercero saltando hacía su yugular.

Lo siguiente que vio lo dejó sin palabras.

Dos enormes alas de plumas blancas se alzaron en la espalda del rubio y empujaron de un aleteo al lobo que había intentado morderlo de espalda. Acto seguido, sobrevoló sobre la cabeza de los otros dos que aullaron y le siguieron en tierra decidió a matarlos.

—Un ángel…

Y de nuevo un resplandor tal que hirió sus ojos, las tres bestias fueron lanzadas al mismo tiempo al arrollo con una increíble fuerza y las alas del rubio se batían en el aire con una belleza incluso inusual. El cabello dorado danzaba sobre el aire con algunas gotas del agua que había caído sobre él, creando una visión divina que rozaba a la lujuria. Milo lo observaba y detecto aquel hilo de sangre que brotó de uno de sus brazos, deslizándose lentamente por la piel de nácar.

Y la sangre… el olor de la sangre más deliciosa encendió sus sentidos.

—Bestias de la oscuridad, han venido a mí en búsqueda de la salvación—y ante esas palabras la vara de olivo tocó con su punta el agua del arrollo. La luna llena se reflejaba sobre la piel del rubio, dibujaba senderos de plata en su dermis, de oro en su cabello. Las alas se abrieron vaporosas al viento—. Dejadme mostrarle el camino que han dejado de ver. Dejadme hacerles ver la verdad del universo.

Pronto aullidos infernales establecieron una coral blasfema.

Los lobos salieron casi poseídos de las aguas como si estás le quemasen y en efecto así era. El olor a carne quemada llegó a la nariz del vampiro y le hizo arrugar su ceño, observando como el menor de los lobos casi cojeando intentó huir. No fue mucho lo que pudo hacer; apenas emprendió carrera las alas del ángel batieron en el aire y voló tan rápido que el mismo vampiro le costó verlo, cuando ya estaba frente al lobo y enviándolo de un impulso de aire de nuevo hacía la laguna y esta vez por entero. Otro aullido resonó en el aire en lo que era una cacería de la luz a las sombras y en donde el lobo no pudo sobrevivir a ese embate. Aprovechando la distracción, los otros dos salieron corriendo en busca de huir hacía la otra dirección del bosque, pero el ángel ya había ido tras ellos.

Milo no supo qué hacer. Su juventud le instaba a seguir al ángel y ver que haría, no podía creer simplemente que ese joven de quizás su edad —unos dieciséis años—fuera capaz de enfrentarse a tres lobos. Y además, su sangre, esa sangre preciosa que brotaba y era secada por la tierra de aquella minúscula herida lo seducía, le instaba a seguir, a ir, a buscarlo.

Se dejó guiar por su instinto y ese aroma, para decidir perseguirlo. La sangre le invitaba, le atraía a niveles que jamás pensó. Había probado mucha, de jóvenes vírgenes, de jóvenes muchachos sanos, de niños, de ancianos, pero ninguna olía como aquella, ninguna tenía ese dulce olor mareándolo. Lo siguió, sin meditarlo, olvidando las enseñanzas de su padre sobre la verdad de los ángeles, el poder cósmico y la rareza que representaba ver a uno. Lo siguió hasta encontrarlo al final de una gran colina, donde había una cueva rocosa a un lado, y donde se podía ver, pastaban las ovejas por el olor a aquella sangre. La luna llena brillaba sobre ella de forma gloriosa y los rubios cabellos danzaban en medio de la brisa. Era un ángel, sin dudarlo, y el ángel ahora tenía los cuellos de los dos lobos atados a un rosario de perlas que se iban oscureciendo al ritmo de los alaridos animales.

Se iba acercar más, pero antes de ello un brazo lo tomó del propio y lo empujó para alejarse del lugar. Milo volteó la mirada y notó que era su hermana Shayna, que en su forma vampírica lo había tomado.

—¡Hay que huir!—gritó quien consideraba su madre, con el rojo de sus ojos brotando vehementemente—. La luz, ¡atraerá la luz!

Y aquella voz melodiosa, resonó en los cielos. Un llamado y con él una gigantesca bola de energía blanca emergió de la nada y se extendió por varios metros del lugar, cubriendo la colina. Los gritos embravecidos de los dos hombres lobos se hicieron eco que se perdieron en medio de la nada, hasta que con la disipación de la luz también menguó toda existencia de aquellos demonios de la noche.

Detuvieron su vuelo sobre los aires, con la luna a sus espaldas. Shayna se veía agitada y Milo totalmente confundido no había notado que estaba herida por una de sus alas…

—¿Qué paso?

—Nada…—gruñó la vampiro viéndose la herida. La había ocasionado cuando desesperada por salvar a su hermano alzó vuelo y no le importó lo que las ramas le hicieran a sus alas.

—Te heriste por mi culpa…

Y la sombra de dos enormes alas cortó la luz de la luna. Cuando ambos vampiros voltearon pudieron ver al sacerdote sobrevolando entre las nubes, flotando de pie con sus ojos cerrados y el cabello moviéndose en una danza divina.

—¿Bestias de la noche, acaso piensan evadir su salvación?—Shayna gruñó mostrando sus colmillos ante la amenaza, pero fue Milo quien se puso frente a ella en busca de protegerla.

—¡No, Milo!—gritó la mujer al tiempo que el vampiro se abalanzó contra su víctima.

Otro duelo comenzó esta vez en los aires, el vampiro buscaba herir al ángel y este le evadía con facilidad, sonriendo con ese rostro de control impreso. Milo no entendía bien que sucedía, pero lo que buscaba era darle tiempo a su hermana de huir, más sin embargo parecía que todo era un plan y que aquella sangre que aún brotaba del brazo del ángel lo estaba mareando, haciéndole desear clavar sus colmillos y beberla hasta hartarse.

Sólo pudo volver en sí cuando su hermana apareció frente a él y ante el ángel atacando rápidamente. Un rayo de luz la arrojó a lo lejos, tan rápido que apenas le dio tiempo de pronunciar su nombre y antes de tan siquiera pensar en voltearse aquella mano marmoleada se encerró en su barbilla. Entonces lo vio… el olor a esa sangre deliciosa embargo todos sus sentidos, estaba allí, frente a él, dos luceros azules llameantes de poder divino observándolo, y era como si el universo mismo lo hiciese.

Milo sintió un escalofrío que recorrió todas sus vertebras, era como si aquellos que estaba sintiendo no lo hubiese experimentado nunca. Era vida, parecía, sentía que estaba viviendo y latiendo en ese justo instante que aquel ángel lo tocaba y aleteaba las enormes alas blancas, encerrando el espacio que los confinaba a ellos, solo ellos, en un contacto más allá que prohibido, la luz y la sombra, el ángel y el demonio… aquella luz que quería seducirlo.

—Tu vida ha conseguido la salvación—y esa voz resonaba como si se tratase de una coral, hermosa y melodiosa, desbordante y seductora. Los dedos blancos ya no ejercieron presión, más bien acariciaron el desliz de su mandíbula, y acercó más el rostro de nácar al propio—. Dime, ¿quieres conocer la verdad que te ha sido vedad?

Creía escuchar a lo lejos, pero tan lejano, el grito de su hermana diciéndole que no cayera, que no se dejara seducir; pero dicha advertencia se convirtió en sólo un susurro cuando la mano herida por el ángel fue puesta frente a él, con aquel hilo de sangre que goteaba y resbalaba, tortuosamente, en el rojo más vivo que jamás había visto.

—Lo deseas… ¿cierto?—y aquella voz… domándolo—, quieres su sabor…—le habló al oído, lamió el pabellón… el ángel… ¡el ángel tentándolo!—. Tómala…—y aquella sensación.

Necesidad… la más primitiva… de beberlo, comerlo, hartarse, saciarse de él, tomar los cabellos dorados…

—Tómame…

Besarle…

Y la nariz de nácar deslizó con parsimonia toda su mejilla, una gota de la sangre rodó por la otra mejilla, sintiendo de lejos la textura, el sabor, el olor… Y hambre…. Hambre que activó sus colmillos, enrojeció sus turquesas, lo apresó en su nivel más animal… Entonces aquel, con la máxima elegancia que profesaban cada movimiento, apartó su cabello del cuello, una gota carmín cayó marcando el espacio de su yugular palpitante, y retumbante para él, como si ese pulso lo escuchara en la punta de su oreja, lo embriagara de un placer más allá de la vida.

—Toma la vida…—le escuchó decir, luego de haber apartado el cabello y ahora empujando con una de sus manos el rostro del vampiro, que jadeaba, expectante—. Toma la salvación—murmuró de nuevo, abrazándolo por la cintura y uniendo su cuerpo más allá de lo permitido.

Y Milo, excitado apresó las piernas del ángel que lo seducía y amplió el ancho de su boca para dar la mordida. El calor de lo que pronto saborearía en su garganta le hizo gemir de ansiedad y ya a punto de clavar su colmillo sintió un dulce beso en su propio cuello dado por el ángel que le ofrecía su sangre y…

Un grito, un aullido de tal intensidad que brotó de los más profundo de las vísceras. Pronto una fuerza tal que los había separado. Cuando Milo volvió en sí, fue que puso reconocer que ese alarido era su propia hermana y como si hubiera despertado de algún trance, dándose cuenta de lo que estaba a punto de hacer. Subió entonces su mirada aún enrojecida y excitada, para quedarse paralizado por el pavor. Allí, sobre el reflejo de la luna, su hermana tenía en su boca el brazo con el cual el ángel se escudó de su ataque… goteando sangre, sangre que entró en contacto con su paladar, que la paralizó.

—Has venido tu primero por la salvación…—susurró el ángel agitando de nuevo sus alas.

Y otro alarido… aún mayor que el anterior, interrumpió el sueño de las aves de la noche. Shayna soltó el brazo luego de emitir un grito de pavor y sentir que la sangre como ácido le corroía la garganta. Un dolor tal más allá a lo antes sentido o vivido, un dolor paralizante que le recorría por todos los nervios y sobre todo por su columna. Con sus garras empezó a arañar su propio cuello de la desesperación, como si intentara con ello evitar que la sangre que había tragado llegase a su estomago y la matara… Milo, paralizado, observaba todo…

—La experiencia de la muerte, a un inmortal, debe ser el mayor de los placeres y terrores…—susurró el rubio, acercándose mientras juntaba sus palmas y emitía una oración.

Y ante cada palabra emitida en Arameo, el vampiro se contorsiono en forma inhumanas, encorvándose la columna hacía atrás, tensándose su cuello en un giro de 270 grados, arañándose ella misma con sus garras, maltratando sus ropas y rasgando su pecho. Pronto el color rojo de sus pupilas cambio a gris, y los gritos que emitía dejaron de sonar ante la oración que cada vez más golpeaba en embates mágicos a la vampiresa.

Milo sólo pudo mirar como moría su hermana… su madre…

Lágrimas…. Y el dolor miserable en la boca de estomago cuando en el último alarido Shayna extendió su mano hacía él… pareció querer buscarlo entre la oscuridad.

Lágrimas… a ver a la mujer que amaba desaparecer en cenizas en medio de la noche.

—La luz del día, la vida, lo perecedero puedo enseñarte…

Volvió en sí… con un escalofrío más rodearle la columna, cuando escuchó la voz del ángel detrás de él.

—La mataste…—susurró con otras lágrimas rodando impotente por su rostro, cerrando puños hasta clavarse sus propias garras y hacerlas sangrar.

—La salve…—susurró el ángel enganchándose por su cuello, por detrás, susurrando a su oído. Lamió la carne con sensualidad, mostró la herida de sangre en su brazo, el liquido rojo brotando, el calor y color de la vida—. También puedo salvarte…

—Te odio…—masticó con dolor y rabia, ira y ansias. Aleteó las propias alas oscuras para pronunciar la separación y dirigió sus enrojecidos ojos hacía el ángel que le extendía la mano con el fruto de la verdad… la sangre, ofreciéndose a él como el peor de los pecados carnales—. ¡¡¡TE ODIOOOO!!!

Y aquel gritó fue como un aullido que se extendió por toda la rivera.

—Vendré con un ejército… ¡vendré a destruirte!—extendió sus alas, amenazó alejándose más del olor de sangre.

—Esperaré por ti, hijo del conde—y mordió aún más con rabia al ver que el ángel conocía su descendencia—. Le esperaré con el conocimiento en mi sangre divina, la fuente de su salvación y la luz.

Y el ángel era la perfecta representación de la luz del día, del cielo azul celestes, de los rayos dorados del sol, de la claridad en su piel… el ángel era el día… Milo era la noche… la oscuridad y la muerte…

—Esperaré que tu sangre pierda su poder… ¡Encontraré la forma de quitarte la vida!

Con esa amenaza, el vampiro partió cuando ya casi iba a rayar el alba. El ángel bajó hasta tierra, tomó un poco del agua del arroyo bendecida, y se limpio de sus heridas sanando estas inmediatamente. Cerró sus alas, guardándolas con recelo y limpiándose con todo su cuerpo el cuerpo glorificado, el punto que decían en el pueblo fue el toque de un ángel para decidir su próximo sacerdote, sin pensar que era el mismo ángel quien había nacido en el cuerpo de ese infante.

La luz del sol lo atrapó entre las aguas del arroyo, saliendo y vistiéndose primero, tomando la vara de Olivo, y exprimiendo su cabello dorado. Entonces vio a un joven pastor con sus ovejas acercarse al arrollo, joven como él, de cabellos lavandas. Lo reconoció, como el hijo de uno de los ancianos más respetado en el pueblo.

—Buenos días, santidad—se inclinó aquel, en sumo respeto. Los ojos del ahora sacerdote estaban cerrados.

—Buenos días…

—Se oyeron en las noches los gritos de los demonios, ¿se encuentra usted bien?—preguntó aquel y una imperceptible sonrisa se dibujó en los labios del rubio recordando otra vez su victoria.

—En efecto, el poder divino me protege…—caminó, en dirección al pueblo—. Tened cuidado, no andéis muy lejos y no permaneced más allá del atardecer afuera.

—Cómo diga, su santidad…

Lo dejó, para prepararse a otra noche de combates y peleas en las sombras de la noche.

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