Tormenta en el mar

Milo, el duque de Antares, necesita encontrarse con un ser mágico en medio del mar y para ello buscará la ayuda del pirata a su servicio.

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Temas:Yaoi, fantasía, romance, Universo Alterno.
Personajes: Camus, Milo
Resumen: Milo, el duque de Antares, necesita encontrarse con un ser mágico en medio del mar y para ello buscará la ayuda del pirata a su servicio.
Dedicatoria: A Hator, Neomina, Ayameblack, Marioon, Aquarius_no_kari, Darkbastet… en fin, a todos los amantes de la pareja Camus x Milo ^^
Comentarios adicionales: Secuela de  Guerra de poder ~MiloShaka~

Tormenta en el mar

El cielo se agitaba tempestuoso a su alrededor. La madera crujía, las nubes oscuras gobernaban el firmamento con furia y violencia, conforme los rayos y truenos se pasaban una a la otra y luego atacaban indecorosamente a las crispadas crestas marinas que eran formadas por las olas. Caía lluvia, una fuerte lluvia que humedecía sus cabellos y la capa negra que le cubría los hombros hasta los pies. Enmudecido sólo dejaba resonar los truenos  y sentía como el barco que lo trasladaba gemía ante cada golpe certero de las aguas endemoniadas.

—¡Estamos cerca!—escuchó a uno de los marineros, quien junto a otros empujaba incesante la liana que amarraba una de las velas.

Chasqueó la lengua, y con el andar prepotente seguía caminando hasta donde se observaba el mástil principal de la embarcación y allí, arriba, la figura del capitán que con su fuerza sostenía el timón que gobernaba la dirección de toda la nave.

—¡A estribor!—escuchó otro grito, y el barco gimió en un ronco aullido de madera ante el movimiento donde era enviado con fuerza. Las aguas seguían golpeando con verdadera violencia, y ya Milo empezaba a temer que fuera tal como para que el barco sufriera peores daños. No era que le temiera a la muerte, pero ya había experimentado una vez el ahogo y no era una experiencia que quisiera apreciar de nuevo.

Claro, él no moriría, después de todo, era el único vampiro de la embarcación.

Sacudió la capa con fastidio quitándose las frías gotas de lluvia de su vestimenta. La piel pálida por el beso de la muerte y la inmortalidad  se sentía helada, más no era nada comparado al helado hielo de su pecho, ese que no palpitaba, ni sentía, desde que le arrebataron a su hermana dos años atrás. De nueva cuenta subió su mirada hacía la parte más alta del navío, observando cómo entre el viento y las fuertes olas se veía imponente el cabello rojo danzante y húmedo, la chaqueta de cuero negro que caía hasta el suelo y el sombrero de alas puntuadas que lo engalanaban como el capitán, el pirata… el de cabellos de fuego. La antorcha del mar.

Recordó que lo había conocido años atrás, cuando tan sólo era un niño. Su padre le había comentado que aquella familia de piratas le debía la vida y por lo tanto, le servían sin titubear. El cabello rojo del chico le había llamado la atención al joven, pero mayor fue la impresión que le causó sus modales y conocimientos. Creía que todos los piratas eran iguales: maleducados, groseros, sucios… ni el chico, ni su padre caía en esa descripción.

—Les di la oportunidad de vivir ayudándolos en un pacto con uno de los mayores espíritus del mar—relató su padre en aquel tiempo, mientras le pasaba una copa de caliente sangre recién drenada de una de las vírgenes victimas—, para ello, deben convertir a uno de sus hijos en pirata, navegante del mar, obligado a navegar por siete años antes de pisar tierra una sola noche, al menos que transporten con ellos a un vampiro.

—¿Son tus sirvientes?—preguntó el joven, en ese tiempo, mientras sorbía con gusto la sangre fresca.

—Y serán los tuyos, mientras sigan siendo humanos.

Mientras sigan siendo humanos…

Eso le hacía un terrible ruido, porque, algo estaba pasando con él con respecto a ese humano.

—¡Llegamos!—se escuchó la voz de la mano derecha del capitán, saltando hasta llegar al nivel del vampiro, y agitando la pañoleta negra que agitaba su cabello dorado, a la altura de los hombros, y el parche en su ojo—. El capitán lo llama.

Suspiró profundo antes de sentir ese algo apretándole su pecho muerto. Con las manos en los bolsillos dio un salto altísimo que en medio de los vientos le hizo caer justo en la zona principal de la navegación. Desde allí la vista del mar enfurecido era aún más terrorífica: largos brazos encrespados de agua y espuma negra golpeando contra ellos, truenos plateados clavándose contra las aguas en poderosos gritos de poder, las nubes sobre ellos como una manta oscura que le cubría de todo rastro de guía, cualquier estrella o de la luna y allí, frente a ellos, un remolino de agua que empezaba a agitarse, gigantesco, espeluznante. Vio también como un torbellino de aire empezaba a crecer en diferente dirección sobre el mismo eje.

—Eso…

—Es allí donde esta él…—susurró el pirata, con la vista firme, el cuello tenso junto a los músculos de brazos y piernas que mantenían la dirección de la enorme embarcación—. ¿Está seguro, My Lord?

Ante esa pregunta, Milo sólo frunció un poco su ceño y desvió la mirada hacía él, hacía el cabello rojo y húmedo que se apegaba a su piel tan blanca, tan apetitosa…

Evocó entonces como había empezado esa cruzada. La noche que el pirata desembarcaba por primera vez como capitán del navío, Milo, el duque de Antares, le había esperado en su carruaje jalado por corceles en el puerto. Los ojos azules le miraron fijamente en aquella noche de luna nueva, el navío ya estaba anclado y la mirada fija de las avellanas del navegante se cruzó con las heladas celestes del vampiro. No hubo intercambio de palabras, el capitán del barco entró al carruaje donde el duque se había trasladado, escuchando la orden del vampiro y dirigiéndose solemnemente ambos hasta la mansión donde convivía el muerto viviente.

Llegaron al fin y con el gruñir de los caballos y el sonido de los cascos golpeando el camino de piedra, la puerta del transporte fue abierta y Camus esperó hasta que Milo bajara para entonces él descender del lugar. La enorme mansión victoriana se alzaba a lo alto en las penumbras de la noche y el vampiro caminó entre los jardines y estatuas de mármol hasta penetrar en la enorme puerta de cedro. No hubieron conversaciones en todo el camino que el capitán seguía al ser de vida inmortal; ni siquiera se deleitó con la extravagante decoración de los enormes y largos pasillos, sólo camino con la vista fija en el movimiento de aquella melena ensortijada y brillante, tan contradictorio al pálido color de su piel. Pronto llegaron a una enorme puerta labrada, que abrió, para mostrar lo que era su despacho.

—Viajaré—dijo sin más, abriendo una botella de lo que Camus detectó como sangre encapsulada. Su mirada se mantuvo gélida, mientras pasaba sus ojos oscuros hacía los ojos del vampiro—, necesito conocer al espíritu de las muertes marinas.

—Quiere que lo lleve—lo afirmó más que preguntarlo. Una media sonrisa dibujó el vampiro denotando uno de sus filosos colmillos.

—Así es, así que tendrás de adecuar a tu barco una habitación para que yo pueda estar cómodo y seguro.

—Así será—el pelirrojo no parecía incomodo ni curioso al respecto.

En ese momento Milo se permitió observar los ajustados pantalones de cuero marrón que forraba sus piernas, las botas alta que llegaba a su rodilla, la camisa de tela beige que cubría su torso y se tejía solemnemente en su pecho, junto al cinturón de cuero, la vaina de su espada y el revólver a su izquierda. Unos cinco collares de cuencas y piedras cubrían su pecho, junto a los dos mechones rojos que caían lánguidamente sobre sus hombros, adornadas por cuencas de maderas. Sus ojos delineados con un negro reforzaba más el hielo de su mirada café. Las uñas pintadas de color rojo brillante, el cuero negro y decorado con plata y aluminio en sus bordes que caía hasta el suelo, con un largo cuello que enmarcaba su rostro de porcelana. Al final, el sombrero de alas le daba la vista que si, estaba al frente de un pirata, un pirata que pese a todo tenía el aire de un aristócrata. Extraño, sumamente extraño… atractivo.

—¿No preguntarás que haré con encontrarme con él?—preguntó Milo, más intrigado por conocer las razones de su falta de pregunta. Aquel ni se inmuto al verlo saborear la sangre con tanto esmero.

—No me interesa saberlo.

Esa parecía ser muy válida.

El cielo arreció en una poderosa ventisca conforme el navío se acercaba al centro del colapso. Milo volteó volviendo en sí, recordando el sabor del agua fría mojando su rostro para observar levemente impresionado la forma en que el agua subía en una columna húmeda y acuosa hasta encontrarse con el torbellino de viento. Se escucharon varios gritos de los marineros y piratas ante lo que ocurrían frente a ello, pero una sola orden de Camus fue capaz de apaciguarlos. Resguardaron así las velas, soportaban con tesón los embates del viento que con fuerza se agitaba entre ellos y el vampiro, más bien se acercó hasta la baranda de madera y observó con estupor el brillo que se elevaba entre ellos.

—Si lo haces, no habrá vuelta atrás—escuchó decir a sus espaldas y Milo volteó, para ver el ceño fruncido del pirata capitán del navío al que llamaban Ganimedes.

—Tengo que hacerlo, lo sabes.

—El sentimentalismo sólo te llevaran a la derrota—asestó aquel con esa mirada de hielo frío que le ardía en la garganta. Milo quiso responder con sarcasmo, pero era la ironía de la situación, aún más absurda que el panorama que observaba frente a él, lo que le hizo callar.

El sentimentalismo… justo se sentía atado por ese maldito humano por algo tan nimio como aquello.

¿Cómo comenzó? Fue difícil para él poderlo definir en ese instante donde el viento y las aguas hacían un pacto equivalente al que haría él con aquel espíritu. Lo único claro de todo es que, contrario a  todos sus pensamientos, fue él el acorralado.

Tal como lo había pedido, Camus había acondicionado uno de los mejores camarotes exclusivamente para la estadía del vampiro. Gruesas y amplias cortinas cortaban toda entrada de luz al lugar, las mejores sábanas y almohadones, junto a una decena de hermosas mujeres secuestradas que servirían de alimento para el vampiro mientras estuviera en alta mar. El servicio pese a ser por una flota de piratas no tenía nada que envidiar a los de cualquier posada de alta alcurnia, y así lo comprobó el heleno, quien subió la noche siguiente al contrato a aquella nave de madera.

Le impresionó conocer el recorrido del barco por medio del mismo capitán luego que Camus dejara las instrucciones a su segundo almirante, por así decirlo. No imaginó ver una biblioteca espaciosa en el centro de la nave, ni el confort que lo esperaba en su propia habitación, la misma que era del pirata y había sido cedida para cumplir el capricho del vampiro. Todo ese recorrido por la noche había terminado con Milo bebiendo un poco de vino tinto en lo alto del barandal mientras la brisa fría del mar golpeaba contra su cabello encrespado y Camus, concentrado en su labor de mantener el rumbo del navío en la dirección correcta. La brújula que tenía en mano no apuntaba al norte, sino a un punto mágico que suponía el lugar donde estaba su objetivo. Pasó y reparó varias veces en la blanca piel del capitán comparada a los largos y rojos cabellos vivos, en las cejas y las pestañas con ese color de fuego. La antorcha del mar, no le quedaba mal el nombre; de seguro a la luz del día esas hebras doradas se encenderían cuan fuego en medio de la luz solar.

El rojo de esos cabellos también le recordaba al rojo de la sangre de aquel ángel que le robó a lo que más amaba, por ello sus emociones con respecto a la cercanía a ese capitán pirata eran tan disgregadas. Por un lado se sentía atraído y curioso en la velada calma y carácter que parecía tener, en la forma que con silencio y una mirada todos los demás le obedecían. Por otro… el rojo, ese rojo, le repudiaba… le hacía recordar que debía verlo a él como otro animal presa que podría sustentarle la sangre para alimentarse… más Camus no sólo despertaba en él ese tipo de hambre.

—¿Ocurre algo?—recordó esa pregunta por parte del pelirrojo, aquella noche que luego de dar las instrucciones se había quedando leyendo un libro en la proa de la embarcación. Ya Milo, aburrido, había ido hasta allá y se había quedado observando la forma en que su cabello rojo se mecía al ritmo de las aguas.

—Nada en especial, sólo estoy aburrido—y ansioso, y curioso y peleando por estar así, le faltó acotar. En realidad había querido encontrarse con él, conversar de nuevo y deleitarse en su conocimiento, los varios idiomas que hablaba, lo mucho que sabía, lo…—. Supongo que aquí en alta mar no hay nada mejor para hacer que leer—comentó con fastidio y consiguió lo que buscaba, la atención del capitán.

—El placer de leer para mí solo es comparado con el buen sexo—y antes esas palabras el vampiro desvió su mirada, algo incomodo con el comentario—, y de eso también tengo mucho aquí, solo hay uno dentro de esta nave que no ha pasado por mis sábanas.

Recordar esas palabras, esa mirada, esa voz en susurros casi placenteros como si hubiera sido siseada a su oído. Recordar… no pudo recordar más cuando por fin el remolino de agua en medio de la tormenta tomó forma humana. La piel morena, el cabello  corto y peinado hacia atrás en blancas hebras electrizadas, una mirada de desolación y muerte, un rostro contorsionado por el sadismo. Supo identificarlo. Se trataba de él, el monstruo que devoraba los rostros del mar, la puerta al abismo.

—¡Milo!—exclamó el pirata sosteniendo con fuerza, casi con violencia, el timón del barco—. ¿Estás seguro de esto? Sabes lo que desencadenaras cuando este pacto termine.

Lo sabía, una guerra inminente entre vampiros y lobos, la fecha a ser pactada, el daño a toda la humanidad. Lo sabía, mas no le importaba… no mientras Camus quedara fuera de todo ello.

El único humano que le interesaba… para no decir amarlo.

Aquella noche una semana atrás se sentía ya azorado entre los recuerdos vistos por medio de la pesadilla y el deseo de tener a alguien a su lado. Las mujeres secuestradas ya no eran suficientes, el sabor de su sangre no le apetecía. Se sentía mareado entre aquellas emociones que, de existir, harían latir a su muerto corazón. Pero no, Milo no sentía, estaba muerto en vida, condenado a la oscuridad, había nacido así… estaba bien así. El problema fue encontrarse a veces, a la hora del crepúsculo, mirando de lejos y protegiéndose del sol a la roja cabellera de Camus brillando a lo alto frente al timón, encontrarse deseando estar con él allá, sentir el sol en su piel como aquel.

Y besarle, y abrazarle, y hundir su nariz a esos rojos cabellos, su boca a ese blanco cuello, sus colmillos a esa roja sangre…

Pero no, desfallecido ante sus propios sentimientos se dejaba caer en la oscuridad de su cama, recordando que ese hombre sólo era un esclavo, que él era un vampiro, los vampiros no podían dejarse llevar por emociones tan asquerosas como esas, por mucho que ansiara más de esa mirada, más de ese acercamiento, más de aquel…

Incluso pensó en convertirlo en uno de los suyos, más desechó la idea al instante… condenarlo a una vida sin luz, para él, era incluso peor. Algo en lo que lo ataba a él le hacía preferir la separación que su cercanía a costo de la luz del sol que hacían brillar esas hebras rojas.

Esa noche salió molesto buscando alguna forma de escapar de sus propios pensamientos y necesidad. Luego se convenció que no podía caer tan bajo, que debía matar a ese humano y dejar de sentir aquello cuando no tenía corazón en donde alojarlo. Fastidiado fue hasta la habitación donde Camus descansaba, encontrándolo desnudo, dentro de una tina de agua caliente recién preparada. Quedó totalmente descolocado, sintiendo un instinto dentro de él bullir al ver los cabellos de fuego apegados húmedos en la espalda blanca, el filo de los glúteos y el vértice que formaban aquellas dos piernas. Ante la interrupción apenas Camus volteó, mirándolo de reojo, tan gélido como siempre.

—Cierra la puerta—pidió y casi de inmediato el vampiro obedeció mecánicamente, quedándose él adentro. Lo tenía allí, estaba vulnerable a él, sólo debía acercarse, sacar sus colmillos, morder…

Y condenarlo, como él, a las sombras… Se halló dispuesto a evitar tal destino.

—¿Qué sucede?—preguntó de nuevo el pirata ya cerca, demasiado cerca. El olor a la sal marina embistió poderosamente contra sus pulmones y cuando intentó separarse más, se encontró contra la pared de madera del camarote—. ¿Me deseas?—el escalofrío que lo gobernó, lo ató, lo doblegó—. Sé que me deseas…

—Aléjate…

—¿Por qué debería?—un paso más, sus piernas temblando y amenazando con soltar todo el soporte de su peso—. Podría cumplir los deseos de My Lord—Milo entrecerró sus ojos, apretó sus puños, mordió sus labios.

—Sólo lo harías por eso…

—En realidad no—le interrumpió el pirata con la mirada férrea—, pero puedes usarlo de excusa—usando sus manos en el proceso, desatando el nudo de su camisa, tocando su pecho—. La motivación es irrelevante—rosando su nariz, sus labios, su cuello—. Déjame hacerte creer que si tienes corazón…

Y lo hizo, al ritmo de caricias que desnudaron su cuerpo, a ritmo de besos que desnudaron su alma: cayó desfallecido en la mullida cama donde el navegante se hincó sobre él y le hizo conocer el mayor de los placeres carnales. Había tenido sexo antes, más no había sentido nada similar a aquello. Había devorado muchos cuerpos, pero no él de un hombre como él, un amante como él. Con dedos expertos aquel que tomaba el timón de un enorme navío ahora tomaba su sexo y le trabajaba con vehemencia, asestándole corriente de energías jamás sentidas. Gimió poseído por un fuego de vida que nunca había experimentado, desbordado por la sensación más placentera y sublime jamás tocada. Camus lo tomó, lo marcó, a él, un vampiro, tomado por un humano… en otras circunstancias podría sonar blasfema, incluso, humillante para el ser inmortal. Pero para Milo, todo le supo a gloria.

De allí compartieron el lecho el resto del viaje, se deleitó en él, y se dejó tomar con él, controlando sus impulsos de morder el cuello cuando sentía la febril sangre borbotear dentro de aquellas venas…

El impulso de matarlo para darle vida eterna.

El gemir de las maderas del barco lo abstrajo de nuevo de sus cavilaciones. Se sostuvo con fuerza de las barandas al ver como el barco había entrado por fin al punto del encuentro. Aquella presencia con fuerza los quería tragar ante el ojo de su anillo marino, pero Camus controlaba la nave con fiereza, mientras sus piratas tomaban todo para mantener el barco a flote.

—¡ES HORA!—gritó el pelirrojo llamando la atención al vampiro. El inmortal le miró una última vez, preguntándose en cómo llamar a aquello que le hacía desear permanecer a su lado y olvidar una venganza… pero que no podía hacerlo, que al mismo tiempo lo alejaba para no condenarlo. En tal caso, no era el momento de pensarlo.

Milo sacó sus alas nocturnas, aquella forma no humana que no había mostrado ante nadie, para atravesar el cielo y dirigirse donde aquel ser lo esperaba. Los truenos rugieron sobre su cabeza, las olas ahora golpeaban y les supera en altura. Una de ellas arrojó a varios de los tripulantes hasta la otra baranda y la madera de toda la embarcación amenazaba con romperse. Camus recibió aquella ola que golpeó con fuerza contra su humanidad, pero tensó su mandíbula, se aferró al timón y se enfrentó al mar con gallardía, recordando, también recordando.

Decir que amaba al vampiro era un hecho; en un mes, tan solo un mes, había sido suficiente para crear en ambos un lazo imperturbable.

Decir que podría detenerlo, o seguirlo, era algo que no iba en él. Estaba condenado por una maldición generacional. Sólo Milo podría sacarlo… si lo deseaba tener a su lado.

La única forma en que se rompería el hechizo, es convirtiéndose un vampiro.

Una de las tantas tardes que retozaron juntos, Milo se había quedado dormido en su pecho. Suspiró cansado, pasando una mano en su frente y tratando de convencerse que lo que estaba pasando no tendría futuro y deseoso de saber que era lo que tenía a Milo tan decidido de conocer a ese ser que los había maldecido generaciones atrás y condenado al mar… que buscaba.

Entre tantos pensamientos se quedó dormido por unos minutos, suficientes para verlo. Vio la noche oscura, vio el bosque, el agua de un arrollo cerca de un pueblo. Vio entonces la luna llena enorme y… dos alas de blancas plumas, cabellos dorados como cascadas, el cuerpo de un ángel y un vampiro… un vampiro mujer sufriendo contorsiones y convulsiones que la golpeaban al ritmo de un ritual de magia. Reconoció el grito de Milo detrás de él… reconoció la agonía de su voz llamando a su hermana. Tembló, al ver como el cuerpo caía convirtiéndose en cenizas de plata. Tembló, cuando sintió de repente tras él la figura de aquel ángel, rodeando sus hombros, asfixiándolo con el afrodisiaco olor de su sangre roja brotando de uno de los brazos. El dorado cabello que danzaba tras él, el palpitar dentro de su pecho que con instinto le instaba a beber de esa sangre… y al verlo, de reojo, el color aquel de los cielos cristalino.

Un ángel…

Despertó asfixiado, atolondrado. Vio a su lado y comprendió por el sudor que corría en la frente del vampiro que ese había sido, no un sueño, sino un recuerdo. El mismo que lo había llevado a ese punto.

Quiso acompañarlo, pero sabía que fuera del mar él no podría hacer nada.

La potencia de otra ola lo trajo de nuevo a su realidad, aferrándose con fuerza al timón que ya empezaba a perder el control. Las fuerzas endemoniadas se agitaban frente a ellos, mientras el barco se dejaba seducir hacía el centro de gravedad de aquel remolino que significaba las puertas de su abismo. Camus tomó de nuevo el timón y con un grito ejerció presión para moverlo a la dirección contraria de donde el mar los absorbía, intentando salir de aquella manifestación natural que amenazaba con matarlos. El agua caía sobre su cuerpo, sobre su frente, apenas una pañoleta amarraba a sus cabellos pese al viento que los agitaba y se había llevado a su sombrero lejos de allí dejando a las gotas que humedecieran a su piel. Dio otra orden, y los marineros afianzaron su posición, cargaron los cañones de uno de los lados de la embarcación, dispararon… usarían la fuerza de ellos y del impulso para salir del remolino.

Largos minutos pasaron peleando contra la tempestad hasta que esta se diluyó en el tiempo. Los brazos de olas que antes golpeaban contra el navío se replegaron y calmaron, el cielo antes negro y sombrío se fue despejando mostrando una luna menguante y algunas estrellas entre los cúmulos de nubes que se disipaban. Camus agitó la pañoleta al aire secándola de todo el agua que los había cubierto y viendo hacía atrás para comprobar que su tripulación estaba bien. Mostró apenas una leve sonrisa que pasó desapercibida para el común, más no para aquel que sobrevoló por las velas hasta posarse en el filo de la baranda frente al timón.

—Entonces si sonríes—acotó el vampiro tomando su forma humana, sosteniendo en sus manos y con una uña carmesí en el índice de su derecha.

—¿Obtuviste lo que querías?

—La clave para quitarle la divinidad al ángel es más difícil de lo que pensé—murmuró caminando en la cubierta, mostró con una sonrisa lasciva la punta de su índice—. Pero me dio un poder que podría ayudarme.

Milo borró su sonrisa al notar la profundidad de la mirada de Camus, aquella confesión velada, aquel deseo mudo… Tragó grueso, desviando la mirada. Era lo inevitable, el viaje había acabado.

—Regresemos a casa…

En silencio se dio el viaje de regreso. Siguieron durmiendo juntos mas ninguno hablaba de más. Milo sentía la mirada de Camus en espera de algo que él no estaba dispuesto a dar. Se descubrió enamorado, lo suficiente, como para evitarle la tortura de una vida eterna con sed de sangre. Además… hacerlo vampiro sería meterlo en una guerra cuando él estaría a salvo en alta mar. El silencio mutuo fue su nuevo acompañante entre roces, caricias, besos y sábanas, entre gemidos, entre suspiros… entre un pedido que jamás fue concretado… hasta que de nuevo Ganimedes tocó tierra, más nadie podía bajar, sólo el vampiro.

Milo tomó su equipaje y pensaba caminar sin decir nada más, aún cuando dentro de su pecho sentía que algo le era clavado como una estaca de plata. Si eso era amor, tenía que matarlo, no había de otra…

—Entonces estás dispuesto a empezar una guerra contra el cielo por venganza—las palabras del navegante, la mirada que volteó para observar el cabello rojo que serpenteaba entre la brisa y las velas grises del navío. Sólo asintió en respuesta y el pirata le miró con su rostro reflexivo, ausente—. Llorar en la tumba de un cadáver, ¿qué sentido hay en eso?

“Que sentido si con ello rechazas el calor del amor humano…”Eso fue lo que pudo percibir en el tono fúnebre de su interlocutor y ante aquello el vampiro entrecerró sus ojos, se clavo el puñal a sí mismo.

—Sólo eres un esclavo de los nuestros—el reproche en ojos almendrados—. Hasta dentro de siete años, Camus, antorcha del mar.

Bajó hasta el puerto, con el temblor en su cuerpo, con el dolor clavado en su garganta…

—Tu sentimentalismo te destruirá, Milo—con esas palabras—. ¡Eleven Ancla!—y esa orden… la partida.

Vio al navío movilizarse, mientras las velas se alzaban, se abrían, usaban al viento como impulso. Vio por última vez el largo cabello rojo danzando en el aire… vio y recordó las palabras del ente marino al que se enfrentó.

“El punto débil de cualquier ser, sea demonio o ángel, lobo o vampiro, es el mismo…”

Tocándose su pecho, donde no hallaba corazón, pero si un sentimiento parecido a aquello.

“Amar a un humano…”

—Yo no seré débil…

“Su fuerza será equivalente a la mortalidad del ser que amen…”

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