Tiempos… (Aioria x Shaka)

Hay tiempo para todo, para reir, para llorar, tiempo de guerra, tiempo de paz. Shaka tendrá que atravesar por varios tiempos, Aioria tendrá que aprender a comprenderlo, y esperar su tiempo para darse una oportunidad.

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Temas: Yaoi, drama, angst, romance, Universo Alterno.
Personajes: Aioria, Shaka, Aioros, Kanon
Resumen: Hay tiempo para todo, para reir, para llorar, tiempo de guerra, tiempo de paz. Shaka tendrá que atravesar por varios tiempos… Aioria tendrá que aprender a comprenderlo, y esperar su tiempo para darse una oportunidad.
Dedicatoria: Akito-Virgus, Karin porque son las dos personas que han estado más cercana a mis ciclos y los amantes de esta pareja.
Comentarios adicionales: Este fic es largo… si, incluso pensé que debía dividirlo en cuatro capítulos (que por cierto, así lo hice) pero no, lo posteo todo como un enorme Oneshot.

Decir de donde me vino la idea es complicado. Quizás un poco la influencia de un fic SaSha llamado Cicatriz que leí hace poco, las palabras que conversé con Karin sobre lo que era un duelo y los tiempos de duelo de cada persona. Tal vez mientras iba a la puerta del baño vino a la mente las palabras cuando Karin me confesó, que luego de hablar conmigo sobre la muerte de una persona querida por ella, ella termino, por asi decirlo, de enterrarlo. Quizás porque yo aún tengo mis duelos…

Y es que cuando me refiero a duelo no me refiero a sólo la desaparición fisica de una persona, sino a los finales de ciclos, ciclos de la vida a los que nos adaptamos y no queremos cortar, no queremos darle un punto y final, no queremos darnos la oportunidad de comenzar uno nuevo. Duelos diverso como la perdida de algún trabajo, el final de una relación, el cambio de situación familiar y sí, la muerte de un ser que amamos. Duelos donde a veces, dependiendo de nuestro grado de compenetración a dichos ciclos, nos aferramos a los recuerdos y a las memorias. Sólo sé que me nació decir algo, y esta idea me vino cuando realmente no pensaba escribir de la pareja, porque ya lo había intentado una vez queriendo apoyar y simplemente el resultado no me había gustado. Pero he encontrado la historia, no se si la única o no; y aqui esta, de todo corazón, para aquellos que se tomen el tiempo de leerme.

Tiempos…

… de Duelo

No pudo olvidar esa escena, ni ese instante.

Había ido con su hermano a un entierro de un compañero de trabajo, sólo estaba allí para apoyar, no conocía a nadie y ciertamente el ambiente del duelo le abrumaba en extrema. La idea de una perdida era algo que siempre taladraba en su mente joven durante años. Le huía, y le aborrecía pensar en que un día alguien tan importante como su hermano o como su madre se despidiera de ese mundo para jamás volver. Era una posibilidad y lo sabía, más eso no quitaba el terrible peso en la consciencia que le significaba pensar no decir suficientes te amo para hacerle saber a esa persona antes de partir que era importante.

Quizás pensaba un poco de más o quizás su corazón noble no estaría preparado para ello. Lo cierto es que, pese a toda la propia aversión que Aioria había desarrollado a ese ambiente capaz de desestabilizarlo emocionalmente; estaba allí, en aquel cementerio, vestido de negro, viendo como las últimas flores caían en aquel hueco donde era depositado un féretro, un cuerpo.

—Era muy bueno en lo que hacía…—escuchó a su hermano murmurar, con las manos en los bolsillos, la mirada perdida en algún punto de la nada—, sólo que ni él confiaba en sí mismo la mayoría de las veces.

El tono de la voz de su hermano Aioros le llevó a los recuerdos, a las veces que su hermano mencionaba ese nombre con admiración. Saga Andreatos, uno de sus compañeros de trabajo, prácticamente su adversario en la oficina,pero Aioros le admiraba por su tenacidad y fuerza de liderazgo que él mismo carecía. Aunque era bien sabido que ambos eran los mejores en el ramo, era el carisma y la afabilidad de Aioros lo que pasaban las fichas a su favor, mas siempre su hermano acotaba que no quería liderazgo,y ciertamente no era la fama lo que le quitase el sueño…

A Saga le quitó más que eso…

Con pesar detalló también en la entonación turbia de esa voz, en los ojos enrojecidos y firmes que buscaban mantenerse tranquilo en un ambiente que para él significaba una perdida que no esperaba. Muy joven, apenas treinta años, otro más víctima de un paro cardiaco que se lleva a miles en todo el mundo. Uno más en las estadísticas, podría decir indiferente, pero cuando ese nuevo punto porcentual pertenece a algo muy tuyo la perspectiva es diferente.

En silencio metió las manos en los bolsillos y tuvo la necesidad de apretar el móvil que tenía atrapado en uno de ellos. Su mirada verde algo apagada pro el momento empezó a rodear, a buscar si había alguna madre llorando su hijo, algún padre, hermanos, esposa… no vio mucho, todos los que estaban allí aparentaba no tener más lazo que el de algún conocido o un colega de trabajo. Le dio tristeza,pensar, que realmente ese hombre hubiera muerto sin nadie.

—¿Y su familia?—preguntó en un hilillo de voz, tan imperceptible como la suave brisa que agitó los pétalos de aquellas flores que serían ya sepultadas. Aioros entonces tomó aire y entreabrió sus labios algo agrietados por la falta de agua, para emitir sus palabras.

—Era huérfano y los tíos que los criaron lo despreciaron en cuanto supieron su condición sexual. Su hermano gemelo está en los barcos, no sé si lograron avisarle pero ten por seguro que habrá sentido…—Aioria bufó conteniendo el pesar… que su hermano muriera y él estuviera lejos como para acompañarlo antes de… no, era sumamente triste pensar en algo como eso—. Y su pareja, está allí, es el rubio que está al frente—la mirada del más joven se dirigió hasta aquel punto—. Según sé, tenían dos años viviendo juntos y…

Aioria no escuchó más. Sus ojos verdes sólo pudieron contemplar la faz de ese joven, con el cabello dorado atado en una cola a nivel de la nuca, unos lentes negros que ocultaban sus ojos, de pie y firme, con las manos entrelazadas a un ramo de claveles rojo. El perfil delicado, unos labios delgados que vibraban imperceptiblemente para el ojo de cualquiera, menos para él, un fotógrafo que tenía la capacidad de ver lo que muy pocos veían. A su lado un griego de cabello ondulado sostenía uno de sus hombros con fuerza, infundiéndole seguro animo.

Las manos blancas, un tanto temblorosas se levantaron al nivel de su cintura, extendió las manos al vacío de aquel agujero de tierra a sus pies. No pudo perder movimiento alguno; como si se tratase de una visión en cámara lenta, Aioria vio caer el ramo hacía la tumba, vio el cómo esas manos temblorosas no pudieron contenerlo más, sintió en su alma el dolor ajeno de aquel que aún así se negaba a derrumbarse… aunque lo hacía… lo hizo en la figura de ese ramo de claveles que dejó caer en aquel abismo. Observó aquellas manos vacías en el aire, vacías… sintió que por dentro era partido en miles de pedazos cuando lo vio mirar sus manos vacías, temblar… un, dos… quizás tres segundos. Para cuando abrió sus labios de la conmoción, el rubio había acercado sus brazos, la mano derecha cubrió su rostro, el brazo izquierdo le abrazó a sí mismo.

Y lloró… en un mudo llanto.

El rostro de alabastro enrojecido, la mano de aquel griego cubriéndolo y dándole su hombro, mientras aquel lloró, ocultándose de todos, convulsionando dentro de sí mismo, ahogándose con sus lágrimas…

—Parece que ya reaccionó…—las palabras de su hermano… la comprensión de todo el gesto que había observado.

Y una lágrima de su parte, para acompañarlo en aquella pérdida.

No sabía a ciencia cierta cuanto tiempo había pasado desde aquella vez; quizás un año. Lo cierto es que jamás esperó que las vueltas de la vida le entregara la oportunidad de volver a ver a ese hombre que para él había representado la personalización del dolor, el terror de la muerte de un ser querido. Cuando lo vio entrar a la prensa, sintió algo en su pecho que no supo definir; era como un revoloteo extraño, junto a la pesadez, la enorme pesadez de un recuerdo que en las noches siguientes de ese entierro le había perseguido. Tenía su cabello atado a una cola negra, a lo alto, hasta sus hombros; una chaqueta de cuadro azul y unos vaqueros completaban su vestuario. Los lentes de montura negra y delgada, enmarcaban lo que él por fin pudo definir como ojos azules, un azul tan glorioso que jamás pensó conocer. El asunto es que ante esa primera impresión no podía dejar de pensar en que esos hermosos irises celestes debieron quedar enrojecidos, luego de llorar amargamente durante el resto del entierro.

El nerviosismo le hizo una mala jugada cuando el jefe de redacción los presentó a ambos. La mirada celestina era como un bloque de hielo impenetrable, no parecía haber emoción en él, ni mucho menos en cualquier línea de su semblante. En cambio parecía existir una férrea convicción de seguir respirando mecánicamente el aire hasta esperar que algo le detuviera en dicha empresa. Al menos, esa fue la impresión que recibió cuando tratando de limpiar el sudor de sus manos nerviosas, le extendió la mano e intentó apartar la imagen de aquella escena para poder dibujar la sonrisa más sincera posible.

—Es un placer, mi nombre es Aioria, Aioria Kantzas—el rubio lo miró, alzando un poco sus cejas, en un movimiento parecido a un tic nervioso. Bajó la vista a su mano y con una tenue inclinación de su entrecejo extendió la suya, en lo que sintió un desgano evidente.

—Shaka Shajani.

Y tan rápido como acabo ese apretón de mano el rubio salió de su vista, dejándolo con una extraña sensación.

Fue imposible no verle el día siguiente, y el siguiente, y el siguiente. La oficina asignada para el rubio, un pequeño cubículo para él como redactor de la revista dominical, siempre estaba en su camino hacia el salón de revelado.  Todos los días Aioria lo veía sentado en frente del computador, con un bolígrafo atado en su oreja izquierda, los lentes y el cabello a la altura de sus hombros. Se lo había cortado, pensó, porque bien recordaba que en aquel entierro esa cortina dorada le llegaba al menos a la cintura. También notó los colores opacos de su vestir, celestes casi grises, gris, blanco y negro, eso era lo que más estaba en su guardarropa, o al menos, lo que él usaba para ir a trabajar.

Para cuando se dio cuenta estaba muy al pendiente de cada mínimo detalle del escritor Shaka Shajani. Notaba que, como si se tratase de una rutina, los colores estaba designado por días: un gris para el lunes, un celeste claro para el martes, blanco para el miércoles, negro para el jueves, celeste para el viernes. Que a la altura de las nueve de la mañana se levantaba de su puesto de trabajo hacía el otro lado del piso, donde se servía café, siendo que había una cafetera mucho más cerca. También del movimiento de sus manos diestras en el teclado, de los ojos clavados en el monitor y que a veces traía unas galletas horneadas que se comía a la altura de las diez de la mañana. Sin reparar en ello, Aioria empezaba a involucrarse en el mundo del extraño escritor —como mucho le llamaban— que prefería el silencio y la soledad y no solía conversar con muchos. Algunos hasta se burlaban y decían que debía ser de esos que no habían tenido a nadie en su vida; pero él sabía que no era así, sabía que ese hombre si había amado y que quizás, esa actitud, esa indiferencia: era simplemente el duelo que aún llevaba en el silencio.

Muchas veces lo defendió de los comentarios de sus propios compañeros de departamentos. Enfurecido incluso había levantado la voz amenazando con golpear a uno si se atrevía a de nuevo difamarlo. Nadie conocía el rostro de dolor de Shaka… sólo él lo había visto y quizás por ello le comprendía. Sólo él…

—¿Espera algo, Aioria?—preguntó la pasante que hacía café del otro lado del piso, con una sonrisa jovial, aquellos cabellos rojos que llamaban la atención de muchos en la oficina.

No podía entender que hacía allí, quince minutos antes de las nueve y esperando café en el lugar más alejado del piso. Sólo sabía que llevaba dos tazas que se había traído de la casa y el bochorno evidente en un mínimo movimiento.

—Vine por café—susurró virando sus ojos a cualquier punto lejos de la jovencita que sonrió divertida, tomando las dos tazas y llenándolas del liquido caliente de café con un poco de leche—. Eh, uno… uno es para el redactor Shaka Shajani—agregó metiendo sus manos en los bolsillos y tratando de lucir indiferente. La jovencita al escucharlo le echó a una de las tazas un poco más de café y dos cucharadas de azúcar.

—Aquí está—respondió la chica con una sonrisa. Luego de darle las gracias y tomar las tazas, Aioria marchó hasta el lugar de encuentro.

¿Qué le diría? Resultaba difícil pensar en entablar una conversación cuando durante esos tres meses que tenían trabajando muchos apenas eran unas miserias palabras la que habían cruzado y más aún si siempre terminaba asociándolo a él con lo vivido en aquella fúnebre tarde. Más sin embargo había decidido—aunque él mismo dudaba de en qué momento—, que se acercaría a él e intentaría integrarlo al resto del grupo. Esa era su única motivación, ¿cierto? Prefirió no ahondarle más el asunto y tocar la puerta de madera siempre abierta del penúltimo cubículo de redacciones.

—¡Buenos días!—saludó efusivo, con el aroma a café con leche y ya los pronto colores que inundarían el otoño. El rubio apenas y viró el rostro, mirándolo de reojo, con lo que dejó salir un murmullo que quizás eran sus buenos días.

Si bien ese había sido un desaire para la corta película que él mismo se creó camino al cubículo; el griego sólo suspiró, entrando pese a no haber sido invitado y dejándole la taza de café a un lado del teclado donde el joven redactaba una nota sobre los padres de hijos con discapacidades. El hindú observó la taza y desde el lugar donde estaba Aioria, tan cerca y a sus espaldas, vio la expresión de sorpresa.

—Me di cuenta que siempre vas a la última cafetera a tomar café y bueno… ya que yo siempre paso por allí—en realidad, él nunca pasaba por allí—, se me ocurrió ahorrarte el viaje—el muchacho de ojos celestes subió un tanto su rostro observándolo con suspicacia. Esos ojos azules aunque apagados eran capaz de destruir cualquier cosa con su belleza.

¿Cuán hermoso serían si estos brillaran?

Los pensamientos de Aioria al respecto se disgregaron cuando Shaka tomó la taza entre sus manos y saboreó el café, mostrando de nuevo una expresión de asombro.

—Eh… la chica—se justificó, echando la mirada a un lado—. Cuando le dije que eras tú supo cómo prepararlo.

—Ya veo…—suspiró el rubio,  probando otro sorbo sin dirigirle  la mirada. Aioria, ya resignado de que quizás no podría adelantar más en ese día, probó un poco de su café y constató el porqué la manía del rubio de ir hasta ese lugar: simplemente era el mejor del piso. Así que era amante de las cosas buenas, por mucho que eso significara un esfuerzo mayor prefería buscarlas a ellas que quedarse con lo más cercano.

Sin evitarlo rodeó en silencio con sus ojos a la pequeña oficina, mientras el rubio escribía, tomando de vez en vez sorbos de café. Notó entonces que lo único que había y podría definir que ese espacio le pertenecía a él era un porta retrato, de él y su antigua pareja.

Un nudo se le hizo en el estomago al verlo. Observaba el paisaje de Otoño donde se habían retratado, en la banca de un parque, los dos sentados, el mayor pasándole un brazo sobre los hombros, sonriendo…

Los azules de Shaka brillaban como dos estrellas del Ártico, tan límpido, tan gloriosas… ¿Acaso aún sonreía así? ¿Acaso fuera de la oficina, él permitía quitarse la seriedad laboral y le brillarían los ojos de esa forma? ¿Podría él ser testigo de ello?

Una mirada pulsante lo sacó de sus cavilaciones. Cuando giró sus ojos, se dio cuenta que era Shaka quien le sostenía la mirada, fija e imponente, un alto, un límite quizás. Se sintió desarmado ante ella, con su lengua enredada en su paladar, buscando palabras, algo que decir… con que quizás despejar la imagen de su mente, del instante… ¿Pero que podría decir él a su favor? No podía simplemente preguntar por él cuando sabía, para ambos, que conocían cuál era el destino actual de ese hombre. Al encontrarse sin nada que decir, simplemente se despidió y salió con algo trabado en su garganta.

Un duelo, ¿qué tanto duraba un duelo? Se encontró preguntando sobre ello en la soledad de su habitación. ¿Cuánto se tarda en decirle adiós a alguien que ha significado tanto para uno? ¿Cuán difícil es tener que replantear tu vida sin esa presencia, sus palabras, su compañía? ¿Shaka vivía aún en el departamento que compartieron juntos? ¿Cuántas veces lo recordaba? ¿Tendría aún los hábitos de cuándo él estaba con vida?

Y mientras más lo filosofaba, más lo pensaba… al hacerlo, más desesperado se encontraba. El recordarlo era evocar la imagen frente a la tumba, era comparar el brillo de esos celestes en un antes y después que lo tuvo toda la noche dando vueltas en la cama, con el corazón azorado, angustiado por no encontrar forma de acercarse. Amaneciendo así el día siguiente.

Se encontró de nuevo frente aquella cafetera y la pelirroja. Las dos tazas, el mismo pedido. Caminó otra vez hacía el cubículo, dudó en si debía entrar… se arriesgó, saludando ya no tan efusivo como el día anterior, recibiendo la misma mirada y viendo al lado la taza del día anterior vacía y limpia. Caminó hacía ella cambiando con la nueva y volviendo a provocar en el rostro de Shaka esa ligera sorpresa que le sobresalto el pecho. Latía, tan, tan rápido y tan fuerte, que temió que el rubio lo descubriera, lo oyera y se diera cuenta de esa reacción que él no terminaba de entender.

—El café que ella hace… es bueno—murmuró en un vano intento de justificarse… aunque él mismo ya se daba todas las de perder y esperaba recibir el silencio de respuesta, convencido que no le sacaría conversación.

—Es el mejor—susurró el rubio, llevándose un sorbo de café antes de volver a su trabajo.

Aioria dio un último vistazo al rubio, a la fotografía, a la cabeza dorada con la camisa blanca y salió, con su taza.

Dejó a Shaka y su recuerdo atrás…

… De Resignación

Pronto se convirtió una rutina silenciosa. Cada vez que Aioria llegaba con la taza llena de café, la de día anterior estaba limpia esperando a la derecha del rubio. Ya no había el gesto de sorpresa, pero si un silencio cómplice y la atmosfera ya no se sentía tan triste como en los primeros días. No pasaron muchos días antes de que Aioria, más seguro de sí mismo, le comentara de su trabajo como fotógrafo, de lo último que había retratado.

Al principio, tuvo que conformarse con hablar con la espalda del rubio, mientras este seguía tecleando. Consecutivamente, el rubio empezó a lanzar algunas preguntas haciéndole sentir que al menos le prestaba atención. Las horas de café, para Aioria, se le hicieron necesarias e irrepetibles.

Hasta que llegó aquel día que por un número especial de aniversario, se quedaron todos o la gran mayoría trabajando hasta tarde. Se encontró con Shaka en la salida del edificio, cansado visiblemente, y viendo con fastidio a la lluvia otoñal que caía sobre la ciudad. Aioria tomaba su impermeable amarillo y paraguas para cuando lo observó, de pie y frotándose las manos con esmero, titiritando de frio y con el maletín entre sus piernas. No pudo evitar acercarse, pese a que había notado que últimamente hacerlo le creaba una enorme necesidad en la boca del estomago, una ansiedad que él no se sentía capaz de ponerse a analizar.

—Zeus hoy está molesto—comentó al aire, llamando la atención del rubio quien lo miró de reojo. El griego observó que Shaka no llevaba ni sombrilla, ni impermeable—. ¿Cómo te irás?

—Estoy esperando que escampe—respondió sin querer decir otra palabra. Aioria, sin mediarlo, se quitó el impermeable y se lo puso sobre los hombros, pasándole la capucha antes de que Shaka emitiera algún reclamo.

—Yo te llevo, mi auto no está muy lejos.

—No es necesario—respondió con un ademán de quitarse el impermeable de encima. En respuesta, el griego se puso frente a  él y le tomó de los brazos, firmemente, mirándolo con decisión.

—Te vienes conmigo. Si te mojas, te enfermas…—los ojos azules se levantaron viéndolo con profundidad.

Aioria calló… tuvo que hacerlo… Los irises celestes habían sido capaces de dejarlo sin aliento, un cielo celeste y despejado, opacado por la niebla gris. Y su corazón retumbó al verse reflejado sobre ellos, nítidamente, fiel y palpable, por primera vez. No supo cuanto tiempo fue, sólo vio cuando el rubio bajó su mirada, esquivándolo; dio un paso atrás, soltándose del agarre que se había visto tan frágil como su propio temple. Luego tomó el maletín y musitó un: ¿Dónde está? Que lo volvió a su realidad. Con el pecho desbordándole de emociones diversas, asintió, señalándole la izquierda. Usó el paraguas, mientras acompañado por el rubio con el impermeable amarillo,llegaron al auto de segunda mano.

Abrió la puerta del copiloto tan rápido como pudo pese a que los nervios lo traicionaban; luego corrió apresurado hasta la del conductor y entró, un poco mojado por el fuerte viento que había llevado las gotas de lluvia a su chaleco beige y sus vaqueros desteñido. Entró sacudiéndose un poco sus bucles cafés y miró al hindu quien sostenía la mirada a la ventana. Le preguntó, entonces, hacía donde dirigirse, y le respondió con el nombre de un centro comercial.

—¿Vives cerca del Mall?—preguntó, mientras mirando hacia atrás se abría espacio en retroceso.

—No, pero… necesito hacer unas compras para la casa—contestó el rubio, con el mismo tono tranquilo—. Estaré bien si me dejas allí, de allí puedo tomar taxi.

—Ni lo digas, dije que a tu casa y es a tu casa—Shaka pareció querer discutir pero no salió nada de su boca cuando miró el rostro de decisión que formaba esas cejas espesas castañas. Bufó dándose por vencido, y pensando que entonces tendría que dejar las compras para después.

—Entonces, mejor dirígete a la 54 Kapodistriou…

—No, Shaka, no entiendes—le interrumpió el griego con una sonrisa—. Iremos al Mall, compraras lo que necesites y te llevo a casa—miró al rubio querer decir algo que al final calló, con un resoplo de aire intranquilo. Luego se abrazó a sí mismo y sólo se entretuvo viendo las luces de los autos perdiéndose en el vidrio.

El viaje fue en silencio, como ya Aioria se había acostumbrado a convivir con él. Sin cruce de mayores palabras llegaron al establecimiento y bajaron para ir al supermercado que aún estaba abierto. Caminaron sin decir palabras, el rubio tomó un carrito de compra y fue moviéndose en el lugar como si ya supiera el sitio donde iba cada cosa. Aioria notó la dosis de galletas que iba metiendo en el carro de compras, gelatinas, pasta, salsa de diverso sabores, lo que parecía ser la comida como por al menos dos personas.

Y una pedrada en el pecho, o en la boca del estomago, o dentro de los pulmones… no supo definir en donde al sentir la idea, aquella ínfima posibilidad de que ya el rubio no estuviese solo, que quizás habría otra persona con él. ¿No debería alegrarse de ello? La parte racional le instaba que sí, que debía alegrarse de ello… ¿Por qué no lo hacía? Por qué se sentía de repente tan…. ¿Triste?

—¡O recibirás visita o comes mucho!—comentó al aire, tratando de concentrarse en el paquete de cereal que estaba a su derecha para no ver como el rubio escogía entre algunas barras dietéticas.

—En realidad, es una visita—y por alguna razón Aioria no se sentía cómodo sabiendo la naturaleza de esa compra—. Viene mañana.

—¿Algún familiar?—inquirió el griego apenas viéndolo de reojo, intentando no mostrar en su rostro la desolación que sentía en su pecho. Si él negaba aquello entonces…

—Podría decirse que sí.

Como la brisa suave de una playa, aquella dulce que penetraba en los pulmones y limpiaba toda inseguridad, todo mal de ellos para permitir una respiración profunda y feliz: así se sintió Aioria ante ese nuevo rayo de esperanza. Sonrió viendo las cajas de cereal que el rubio agregó a sus compras y le siguió con las manos en los bolsillos, con una sonrisa en el rostro y sintiendo de repente que era dueño del mundo.

—¡Un familiar! Es Genial, mi hermano y yo adoramos recibir visitas siempre. Mamá suele hacer un estofado delicioso cuando vienen algunos primos del centro—comentaba con una alegría inusitable viendo apenas de vez en vez al hindú que estaba a su lado—. ¿Y tu familiar? ¿Es hermano? O quizás algún primo, tío…

—Es el hermano de mi antigua pareja.

Y callado, atravesado por un rayo, rasgado de raíz… Sus ojos verdes se abrieron aún más para demostrar a través de ellos que… que el asunto simplemente iba así. Hermanos gemelos, recordó lo que le dijo su hermano; no estuvo en el entierro, quizás no le pudieron avisar a tiempo. ¿Cómo habrá sido tras su llegada? ¿Qué dramático cuadro pudo haber ocurrido? ¿Cuántas preguntas le tocó responder?

—Trabaja en los barcos, sólo desembarca tres veces al año—relató el rubio, asaltado de repente por alguna necesidad de hablar que Aioria maldijo justo en ese momento—. Se solía quedar con nosotros en ese tiempo, pero siempre debo tener una dosis de azúcar de más cuando él viene; simplemente arrasa con todo lo que hay en la lacena, sobre todo cuando llega después de visitar algún bar.

Un hombre igual al hombre que amó, en su casa, por un mes. Atendiéndolo… ¿Acaso no era eso ya lo suficientemente doloroso? ¿Hasta qué punto Shaka quizás no estaría haciendo con él lo que no terminó de hacer con quien amaba? Alguna relación de esas complicadas y dolorosas, ¿esas asociaciones humanas como una oda a la angustia?

El silencio entonces lo tomó de rehén y no le dejó hablar sueltamente todo el resto del viaje. Apenas Shaka había hablado otras cosas más de ese Kanon y parecía hacerlo con una cierta efusividad que no le había notado en todo el tiempo que habían estado trabajando mucho. ¿Cuánto había pasado? quizás unos cuatro meses, desde que se conocían, quizás tan cerca de un año y medio de la perdida y aún así… sólo hablar algo relacionado a ese hombre hacía brillar, tenuemente, esos zafiros.

¿Cómo se habrán conocido? ¿Qué tanto vivieron juntos? ¿Qué aprendió a su lado? ¿Lo amaba tanto? La imagen del cementerio se revolcó con sus pensamientos matando esa última pregunta.

Era evidente, lo amaba con locura…

Era pasado, ¿no?

—Es aquí, Aioria—su mente dejó de pensar al oir esa voz y detener en un frenazo audible por la fricción de los cauchos al pavimento, al auto donde se movilizaba—. ¡Aioria! ¿Qué pasa?—reclamó el hindú colocando sus manos extendida contra el parabrisas.

—Lo… lo siento—masculló disculpándose, sin mirarle directamente… Escuchar su nombre a través de esa voz, escucharle había sido una sensación inexplicable dentro de su estomago… tan fuerte como la presión contra su pecho. Lo sintió soltar su cinturón, vio que la lluvia había cedido… y tuvo frío, el frío de una soledad que hasta ese momento le era palpable.

—No te preocupes. Agradezco tu generosidad, muchas gracias—lo escuchaba desde tan lejos… tan distantes, inalcanzable… ¿como pelear contra un recuerdo?

¿Por qué quería hacerlo?

—¿Puedes abrir la cajuela?

El castaño subió su mirada, su rostro contristo hacía el hombre que empezaba a crearle un sinfín de emociones que chocaban entre si, en constante dicotomía, amenazando con romperle el pecho de un solo tajo con tal de liberarse de salir. Esa opresión nauseabunda en la garganta, la presión no sabía si por querer gritar, si por querer llorar o tan sólo, tan sólo tener las agallas de tomarlo a los hombros y darle un ósculo de vida que lo sacara del abismo de la muerte cavado meses atrás, el de la ausencia vacía la existencia torpe de un duelo que se extendía… el de la falta de ese brillo celestes que se fue, con aquel…

Asintió con pesar, saliendo del auto y marcando pasos lentos y fúnebres que asemejaban al de un funeral, con esa imagen tras sus parpados, ese perfil blanco que vio sus manos vacías en el aire; en ese segundo donde se dio cuenta que sí, estaba solo, se había ido, ya no oiría su voz en las mañanas, ya no sentiría su calor en las noches, ya no, ya no más memorias por hacer, planes por armar, promesas que cumplir. Ya no, se les acabó el tiempo… y parecía que Shaka seguía penando por algo tan irremediable como eso.

Al abrir la cajuela del auto, ayudó a bajar las bolsas de compras y en silencio él mismo decidió tomar algunas para ayudarlo a subir. El rubio sólo asintió en señal de agradecimiento y se encargó de cargar algunas pocas, junto a su maletín y las llaves del centro de departamentos. Caminaron por un extenso pasillo de luz blanca y paredes celestes, casi como si fuese el de algún hospital; hasta alcanzar el ascensor donde el rubio presionó el número tres. Subieron, salieron, caminaron de nuevo donde se veían varias puertas de maderas con números y letras hasta detenerse en el apartamento 3-F, el último del pasillo. Se abrió la puerta, Shaka encendió el interruptor y la luz cubrió el pequeño lugar, de colores pasteles y cálidos, unas cortinas entre naranja y mostaza, colores brillantes de otoño, muebles de mimbre, acogedor. No imaginó que así sería su apartamento.

—Si puedes dejar las bolsas aquí te lo agradecería—le escuchó, y vio el mesón de cemento que se alzaba a mitad de pared, cubierto de cerámica, el espejo que cubría el mesón del lado que era visible en la sala, un solo espacio sin mayor división que esa. Del mesón se desprendía lo que era un pequeño comedor de cuatro puestos, sillas de bar de madera y toda la cocina empotrada—. ¿Quieres algo de beber?

—Sólo agua…—contestó, dejando las bolsas en su sitio y admirando el resto de la decoración, algunas espigas decorando al lado del mueble de tres plazas, un librero y… fotografías.

De nuevo esa sensación de ahogo, de ansiedad… de todo.

Él estaba allí, aún seguía allí, aún vivía allí… él estaba plagado en cada pared de aquel lugar donde Shaka pasaba sus tiempos de descansos. Él estaba allí en cada sitio donde esos ojos azules miraran… Allí estaba su reflejo, la línea de expresión de su frente, su largo cabello rebelde, el verde de esas pupilas dominante, su altura, su temple… él allí junto a Shaka en su graduación, allí abrazándolo y declarándolo suyo, allí en aquel viaje en un catamarán, burlándose del mar que estaba bajo ellos; él allí en una banca del parque, allí a su lado y… su hermano, con el traje de la marina, en el puerto.

Y se sintió mareado, enfermo, asqueado de tener celos de un cadáver que ya habría dejado de ser solo huesos, comidos y bebido por los microbios, aquellos gusanos regordetes que salieron de sus vísceras. Se sintió abstraído, dominado, herido… lacerado.

—¿Aioria?

Su voz, como un hechizo que lo envolvió en tenues alas de plata, como una seda que acarició su oído y penetró suavemente hasta su cerebro, degollándolo, devorándolo como un cáncer enfermizo desde adentro que le sabía a la sensación más agridulce jamás sentida. Allí, al lado del comedor, con el vaso de vidrio extendido con lo que había pedido… agua… agua… vida… luz.

Quiso gritarle que ya él estaba muerto, que ya había desaparecido, que de él no quedaba más que recuerdos y que vivir en base a ellos es la peor forma de invertir su oportunidad de vida. Quiso decirle que ya era suficiente duelo, que ya no debía penarlo más, ¡que no tenía sentido alguno! Que él, que él quería llenar esos brazos vacíos que…

Abrió sus ojos, con su vista en él, su vista en esos ojos azules que lo miraban con extrañeza, como si no entendiera en ese justo momento lo que le pasaba por su cabeza. Esa necesidad animal que le brotaba de los intestino de correr, de abrazarle, de besarle y arrancar aquel nombre de sus labios para que ya… ya no fuera el de un muerto el que los acompañara sino el suyo.

Y comprendió…

—Debo irme…—que se había enamorado.

Corrió, prácticamente corrió de aquel lugar que era aún un altar para aquella presencia, corrió huyendo de sus propios pensamientos y tratando de escapar de sus propias lágrimas que quería engancharse en sus parpados y rodar por las mejillas; de desazón, de quizás abatimiento, de angustia e impotencia por tener que tragarse una a una esas palabras que taladraban en su faringe. Al final las lágrimas le alcanzaron y molesto consigo mismo secó dos de ellas con el dorso de su brazo, cansado de pensar, de ver de nuevo la imagen de Shaka en ese cementerio, de haber tenido que tener esa impresión de él. ¿Por qué no pudo conocerlo en otras circunstancias? Quizás ya en el trabajo, o en un café, en una fiesta, o por un amigo… ¿por qué no pudo ser simplemente normal? ¿Por qué tenía que ser así? Porqué tuvo que llegar en ese justo momento, grabarse esa expresión, ese rostro enrojecido, esa mirada azul brillante que no volvió a brillar más desde ese día, esas palabras de su hermano…

Cuando se dio cuenta estaba llorando con su cabeza metida en el volante, frente a su propia casa. Su hermano Aioros había salido al notar que tenía al menos veinte minutos de haber estacionado y aún no salía del auto. Lo contempló y tocó el vidrió del parabrisas,para ver el rostro derrotado de su hermano menor, por los recuerdos que no eran siquiera suyos. Salió del auto y se quedaron recostados sobre él en silencio, observando la luna menguante y las estrellas luego de que hubiera despejado la noche.

Y ante la compañía de Aioros, Aioria dejó soltar todo, lo que sentía, lo que pensaba, todo sobre Shaka, todo lo que tenía atorado en la garganta y no pudo decirle de frente. Su hermano mayor lo escuchó en un silencio acogedor, sin interrumpirlo, incluso se tragó algunas maldiciones que espetaba aquel por el dolor y el sentirse de manos atadas, por tener ese sentimiento y sentir que no tenía salida.

—Me siento idiota…—masculló al fin, con sus manos en los bolsillos, la mirada hacía sus pies—. Ahora que me doy cuenta el porqué me acerqué a él, porque lo buscaba, le hablaba, intentaba llamar su atención… me siento idiota.

—Estás enamorado…—susurró el mayor con una sonrisa en labios—. Eso es ser un orgulloso idiota—el menor lo miró en un fingido reclamo—. Aioria, mira las estrellas en el cielo.

—No empieces con tus fabulas y metáforas—la risa de su hermano mayor parecía ser ese aire, esa brisa de fortaleza que necesitaba justamente en ese momento. Lo admiraba, porque pese a la edad Aioros no perdía ese dejo de inocencia, de bondad, aquella mirada límpida hacía el mundo, un idealista de esperanzas.

—Míralas, Aioria—insistió—. Muchas de las que están brillando aquí, ya murieron, quizás hace muchos años y lo que vemos es sólo el resplandor que dejaron cuando estaban con vida, el resplandor que aún llega hasta aquí. A su vez, debe haber nuevas estrellas que brillan y aún no hemos vislumbrado su resplandor. Así somos las personas, Aioria. Cuando perdemos algo, puede que ya haya dejado de resplandecer, pero su brillo queda vivo durante un tiempo. ¿Cuánto? Es difícil saberlo, el tiempo de duelo de cada persona varía por muchas razones pero… el brillo se tiene que desvanecer.

—Entonces, ¿tengo que esperar a que ese brillo se desvanezca?—preguntó, con el tono resignado, incluso desesperanzado. ¿Qué le aseguraba que eso ocurriría?

—Claro que no Aioria, la estrella nueva sigue brillando sin estar pendiente de si alguna murió o no, de si aún hay el brillo de un recuerdo o no… Ella simplemente brilla y un día, se verán hasta aquí… puede que cuando lo haga aún el brillo de la estrella muerta este visible… pero mientras la nueva se fortalece, la muerta se irá desvaneciendo. Eso no quiere decir que la muerta quedara como si nunca hubiese existido—acotó—, existió y firmó una historia en el cielo, fue y ahora es energía que se mueve en el universo… pero solo energía, mientras que tú seguirás brillando.

… De Superación

Hubo silencio… un silencio tan necesario como el proceso de aspirar aire, llevarlo a los pulmones y lanzarlo en un leve resoplo pausado.

—Recuerdo una vez—siguió Aioros y el menor sonrió un tanto viendo que a su hermano siempre le gustaba hablar de más; conversador de todo, necesitaba siempre ventilar sus ideas—, que después de un aumento varios compañeros fuimos a un bar, fue unos meses antes de su muerte—prestó atención—. Bebimos celebrando el aumento, y la mayoría se fueron despidiendo, quedándome yo con él, porque Saga se había pasado con la bebida. Parecía de alguna forma abatido y bueno, no podía dejarlo en esas condiciones, aunque yo andaba un poco mareado, aún podía contar los dedos en mi frente—rio un tanto, con nostalgia—. Intenté evitar que pidiera otro trago pero fu imposible. Terco como él solo, cuándo decía algo simplemente no se detenía hasta obtenerlo. Sin embargo, allí bebido, me dijo cosas que jamás pensé oírle a él. Me dijo que me envidiaba… Fue, como decirlo, duro escucharlo de él; criticando que a veces era un tanto olvidadizo y que en otras algo desordenado, que él sentía que su trabajo era más eficaz que el mío pero… por ser yo, por mi, digamos, carisma, siempre recibía mejores incentivos. Por eso se esforzaba de más, trabajaba más, se estresaba más…

—Aioros…

—Le pregunté entonces, ¿por qué? ¿Qué era lo que lo tenía en esa carrera? La empresa no le exigía más, estaba totalmente conforme con su trabajo, entonces, ¿por qué? Me dijo que lo hacía por él; no porque se lo pidiera, sino porque quería darle lo mejor, quería llenarlo de lujos, cumplirle la promesa de viajar a Hungría… Shaka abandonó a su familia por él, quería hacerle sentir que todo valió la pena.

Aioros se apartó un poco del auto, dándole suficiente tiempo a su hermano de sopesar las ideas, ordenarlas, darse un nuevo panorama de lo que estaba ocurriendo en él y en Shaka, que lo que estaba sintiendo no era malo… tampoco lo que Shaka sentía lo era.

—Según me dijeron, Saga murió en un restaurant cenando con él. Estaba comiendo cuando recibió la llamada de que un proyecto al que tenía meses trabajando se cayó… tuvo un paro cardiaco… murió en sus brazos—el mayor enfocó sus ojos en el menor, lo miró como si buscara infundirle comprensión—. Quizás Saga se equivocó, ¿pero podemos juzgarlo? Simplemente lo amaba…

Y de la misma manera tampoco podía juzgar el duelo de Shaka.

—Yo no quiero ser un sustituto…

—Ninguna estrella nace para sustituir a una que murió, ni ningún niño para sustituir la vida de un anciano. Simplemente estaban destinados a vivir, y todos tenemos la misma oportunidad…

Y esperanzas…

—No dejes de brillar, Aioria.

Y decisión…

Al otro día volvió a la oficina, a la misma hora buscó la taza de café. Fue hasta su oficina, lo saludó, tomó la taza vacía, colocó la nueva llena, observó el retrato, miró el cómo los labios delgados del rubio probó su propio café…

—Gracias…—le escuchó las primeras gracias luego de un café—. Gracias por siempre quedarte unos minutos de más—y sintió que valía la pena brillar y esperar hasta que su brillo alcanzara el cielo de Shaka.

Los encuentros prosiguieron, los café se seguían compartiendo. A veces Aioria traía alguna de sus mejores fotografías, Shaka le mostraba extractos de algunos de sus artículos personales que quería publicar en otras revistas, le hablaba de que le gustaría hacer una reseña periodística interesante… Ya Aioria no hablaba con la espalda del rubio: por esos veinte minutos que tomaban, Shaka le daba la espalda al computador, hablaba, le escuchaba, le interpelaba. Él, Shaka y el retrato en medio de ellos.

Semanas después enfermó de un resfriado y notó que su ausencia no pasó desapercibida, que Shaka se había preocupado por no haberlo visto. Se sintió observado, su brillo no estaba pasando desapercibido… poco a poco se estaba haciendo notar.

Algunas salidas de almuerzos, con otros compañeros, integrándolo al equipo—lo cual supuestamente era su primer objetivo—. Pesé a un poco de la introversión que tenía Shaka; los acompañó, los escuchó en silencio, dio algunos comentarios, pareció cómodo. Y entonces se acercó el día de su cumpleaños. Aioria azorado buscó que podía regalarle, de qué forma podía hacerle saber lo que sentía sin ser demasiado efusivo o evidente, de qué manera…

Entonces la vio, una camisa de finas líneas azules y esmeraldas, brillante, viva, con luz. Una que se imaginó sobre el rubio como una hermosa pieza de colección, una que gritaba lo que él veía en él. Pagó por ella, por el envoltorio, por el lazo que la asistente decoró con una sonrisa coqueta en labios. Lo tomó entre sus manos seguro de lo que estaba a punto de hacer, seguro de que el camino que había tomado era el correcto.

Shaka no esperó, por su parte, el agasajo que en la oficina le hicieron por su cumpleaños. Aioria se había encargado de correr la voz; y entre secretarias, fotógrafos, redactores y editores formaron una pequeña fiesta en la hora de almuerzo, trayendo tortas, entremeses y bebidas para celebrar entre todos. El griego no había esperado semejante respuesta, pero se sonrió al ver que pese a su silencio, Shaka se había ganado el apreció de aquellos, aunque reservado en las salidas, siempre atento para escuchar. Le hicieron una cartelera donde todos pegaron una cantidad de cosas, algunas demasiado pasadas de mano que otra, unas pocas capaces de hacerlo enrojecer con lo que decían.

Fue la primera vez que lo vio sonreír, tenuemente. Y sonrío, con el corazón desbordado de sentimientos hacía él, al comprender cada día más porque sentía esas profundas sensaciones hacía Shaka, porque empezaba a amar cada gesto, a querer desenterrar más y más de ese hombre que parecía querer tragarlo todo, con esa fuerza pero al mismo tiempo, esa entrega, esa luz dulce que es capaz de dejarte ciego de un estallido, o guiarte a los más dulces pastos. Una suave calidez que pensó no sentir.

Y a veces sentía que Shaka también lo miraba, con emociones encontradas, aunque la mayor parte del tiempo adjudicaba que era de seguro jugadas de su propia mente.

—Shaka—lo alcanzó entonces ya al final del día de su cumpleaños, en la salida del edificio. Vio los azules mirarlos y se sintió presa de ese delicioso nerviosismo—. Ten, esto… lo compré, pero no quise entregártelo entre tantas personas presentes—extendió la caja de regalo, con una sonrisa emocionada—. Lo vi y… me acordé de ti.

El rubio se quedó sin habla, con la mirada fija en él y un leve carmín que tiñó sus mejillas blancas. Tomó con sus manos la caja y con cuidado buscó el filo del papel de regalo para irlo separando con una delicadeza y meticulosidad que Aioria pensó era casi religiosa. Eso, esos detalles de Shaka, esa perfección cuasi divina que él emanaba, la delgadez de sus manos, la elegancia de sus nudillos, sus uñas de su muñeca fina. Sus gestos, sus rostro, la fina forma en que fueron delineados sus labios delgados y la manera tan sutil de haber modelado su nariz, las espesas pestañas doradas, sus cejas peinadas y cuidadas… esos ojos azules que se alzaron a verlo y lo dejaron sin aliento.

Abrió su boca para decir algo, más no halló que decir ante esa mirada entre sorpresa y regocijo que Shaka le había enviado. Y luego una sonrisa, tan sincera, tan cálida, tan real: que azotó contra su mente como una lluvia de emociones que atestaron hasta su cabeza.

—Muchas Gracias Aioria…

¿Cuánto tiempo pasó? Aioria podría jurar que desde aquella taza de café habían pasado años por la cantidad de recuerdos que ahora albergaba de Shaka, por lo que aprendía de él, por el cómo le conocía. Desde aquella oportunidad, cuando por primera vez rompió su rutina para ir con su camisa puesta él sintió que su brillo se acentuaba, que sus sentimientos estaban llegando a Shaka y despejando la niebla de una ausencia. Que estaba generando nueva luz, una distinta, no necesariamente mejor o peor, simplemente era una nueva luz, una necesaria, una reconfortante, una que tenía la oportunidad de brillar y no pensaba desaprovechar.

Por eso cuando Shaka empezó a hablarle algunas veces de ese hombre, pesé a la pulsada de celos que le torcía los intestinos: lo escuchó, lo dejó hablar. Eran simples menciones, inevitables, de recuerdos, de años, de vivencias que aún Shaka guardaba en él. Se sentía por un lado afortunado de que Shaka quisiera compartir algo de tan apreciado valor emocional con él, pero se preguntaba si acaso eso no significada que la niebla más bien se espesaba, con ánimos de no dejarlo brillar con fuerzas.

Entonces llegó Diciembre y por un consejo de su hermano decidió invitar a Shaka a pasar navidad en su casa, con su madre y Kanon, que en ese tiempo estaba desembarcado y por petición del rubio tuvo que aceptar. Por esa razón,en aquella noche, con sillas en el patio de su casa, una hielera con algunas cervezas, un poco de música y las carcajadas de Aioros y Kanon: pasaron la velada, Aioros contando chistes de su infancia y Kanon de sus viajes alrededor del mundo en los barcos.

—¡Era en serio! ¡Estábamos todo el batallón en proa alimentando a los peces luego de esa intoxicación!—exclamó Kanon con una carcajada que contagio a los demás. Ya se imaginaban a los fuertes marinos en esas circunstancias poco heroicas. Shaka había evitado beber demasiado, aunque Kanon parecía no querer prestara atención a eso.

—¡Debió ser un pésimo brindis de noche buena!—consintió Aioros con otra risa alegre, amenizando el momento.

—Sí, sí, sí que lo fue. ¡Pero cada vez que lo recordamos en el barco es para reírnos de las caras que teníamos! ¡Menos mal que no estábamos en guerra!

Entre carcajadas y carcajadas la noche pasó, los chistes menguaron y ya Kanon veía el reloj.

—Tengo que irme, me esperan unos compañeros para una parranda marinera—Shaka también miró su reloj—. ¿Te  puedes quedar si quieres, Shaka?

—No, tampoco quiero abusar, creo que yo también debo retirarme.

—Yo los llevó—de inmediato se ofreció Aioria—, no es bueno pedir taxi en esta temporada—y ambos asintieron.

Dejó primero a Kanon en el bar donde se reuniría con sus compañeros,diciéndole a Shaka que cerrara todo, ya que él tenía sus llaves. Con ese último pedido el griego partió con el rubio al lado, hasta el edificio de departamentos, como otras tantas veces en esos meses. Hubo silencio, mutuo, ambos al parecer abstraídos en sus propios pensamientos. Como si quisieran decir mucho, y al mismo tiempo no se atreviera. Aioria pensaba en que ocurriría en cuanto Shaka entrara a ese apartamento, de nuevo se viera encerrado en ese lugar donde ocurrieron tantas cosas, en esa época, en ese lugar…

—¿Quieres pasar?—y como las aves que salen despavoridas de sus nidos en medio de la noche, todo pensamiento fue desgranado ante esa petición. El nerviosismo se acumuló en la punta de sus dedos y sus labios se entreabrieron para musitar un sí casi sin aire.

Si al principio, en aquella primera vez que recorrió esas paredes de los pasillos se sentía totalmente perdido, en ese momento los nervios apenas le permitían caminar. Subió al ascensor con él, y ante cada aviso del aparato sobre su posición, Aioria se sentía con las expectativas a flor de piel, azorado, nervioso, emocionado incluso, esperanzado de que quizás las cosas pudieran avanzar más, aunque la idea de estar con él en aquel lugar donde vivió con su pareja no le era nada cómoda. Aún así entró a la casa cuando Shaka se lo pidió y se sentó en el comedor justo como el rubio le convidó.

Lo vio calentar en una taza un poco de chocolate, batir leche, sacar unas galletas horneadas y una torta negra con frutillas de la nevera. Sirvió el chocolate caliente, las galletas en un platón de vidrio en el centro y algunas rodajas de la torta, todo con una vajilla navideña que parecía tener guardada. Aioria ya no sabía que esperar, sólo estaba seguro que al paso que iba lo tomaría del cuello y lo besaría hasta dejarlo sin aire: al sentirse así, tan atendido y bienvenido en ese lugar donde…

Si, aún estaban fotografías de él…

—Has sido lo mejor que me ha pasado en este año, Aioria—y esas palabras lo atrajeron irremediablemente—. Creo que esta navidad no pensé que la pasaría acompañado, el año pasado me había quedado viendo algunas películas. No soy de ir a los lugares que suele visitar Kanon—y enormes deseos, sí, de besarlo—. Pero gracias a ti he pasado una amena noche, en compañía. Extrañaba eso—de abrazarlo, de decirle cuanto lo…—. Eres un gran amigo, Aioria.

Todo aplastado por ganas de llorar…

Aioria medio sonrió, sintiéndose estúpido, queriendo reírse de sí mismo, de sus expectativas, de creer que avanzaba cuando sentía que más bien daba vueltas, una y otra vez, sin adelantar, ni retroceder, solo amando más y doliéndole más, sólo esperando más, obteniendo más y siendo esto aún insuficiente. Enamorado, idiotamente y felizmente enamorado.

Tomó una rodaja y la comió, tratando de endulzar lo que sentía, su dolor, su necesidad insatisfecha. Lo vio comer unas galletas, murmurando lo rica que estaban, llenándose las mejillas hasta que estas se inflaran graciosas. ¿Cómo estar así si tenía la oportunidad de estar con él, seguir con él, acercarse a él?

¿Si la niebla se estaba espesando, no debía él brillar más?

—Shaka, háblame de él—el rubio levantó la mirada sorprendido con el pedido—. Cuéntame, ósea, ¿cómo lo conociste? Digamos que no parece ser del tipo que se consiguen en una biblioteca.

—Es una historia larga y puede que sea algo aburrida—se disculpó, sonriéndose con esa ternura que evocaba a viejos recuerdos.

—Vamos Shaka, me encantaría saber. Es decir, mi hermano habla muy bien de él—los azules lo miraron con una congestión dentro de ellos—, siempre habla como alguien admirable, fuerte…

—Y noble…—susurró el hindú, colocando la taza en la mesa—. Saga era un hombre complicado, pero en lo complicado de él, era tierno y era bondadoso. Pese a que sus ideales pudieran sonar egoísta, el trasfondo de ellos era una utopía pensando en los demás. Esa contraposición me dio curiosidad, parecía a veces tan inalcanzable y sin embargo, algo de él llamaba, como si necesitara una seguridad, algo por lo cual luchar o lo cual proteger—suspiró—. El siempre decía que yo era su calma y para mi él era mi fortaleza. No sé en que momento terminé enamorado de él, cuando la línea de respeto y admiración dejaron de ser suficiente; sólo sé, que cuando me di cuenta ya estaba dentro de su enorme laberinto y no quería salir—hubo una pausa, mientras Shaka tomaba un sorbo del chocolate y luego un bocado de la torta—. Cuando estudiaba en la universidad, tuve un trabajo de medio tiempo en un restaurant como mesero. Debíamos llevar un clavel rojo dentro del bolsillo de nuestra chaqueta negra, siempre lo recuerdo… en una de las veces él me quitó el clavel rojo. La primera vez que lo vi fue…

Una larga historia… sólo en eso pudo pensar Aioria conforme lo escuchaba. Una larga y sincera historia, una larga e intensa historia. Una historia llena de todo: de vaivenes, de altibajos, de duelo de orgullos, de atracción, de amor y de pasión, de un torbellino que los enredaba, los separaba, los unía, chocando y estallando al ritmo de los átomos, en constante movimiento, en constante colisión, colisión que parecía unirlos, aferrarlos, convertirlos en un solo ente, en un solo sentir. Y mientras Shaka relataba aquellas páginas de su pasado, dejaba caer y deslizar el hilo de ese carrete del ayer; su voz se entorpecía, su voz se enturbiaban, sus manos vibraban y los zafiros de sus ojos amenazaron con romperse.

Pronto las palabras costaban salir de su garanta… pronto lo vio pelear por no derrumbarse y él, ya llorando, traspasado por las lágrimas y por la historia, por el brillo de aquella estrella que se había extinguido hace tanto: lo abrazó, le regaló su pecho. Y Shaka lloró en él.

¿Había hecho bien? ¿Estuvo bien hacerle esa pregunta? ¿Confrontarle con el recuerdo? No lo sabía, en ese momento sólo se sentía preso del cumulo de emociones que azotaban a su pecho, contra su tórax, descarnando violentamente su temple y sus fuerzas, sintiéndose pequeño ante todo lo que había escuchado y representado Saga Andreatos en su vida.

Su huella era tan irremediable como su ausencia…

—Cuando estaba en el suelo, en mis brazos…—prosiguió Shaka, luego de largos minutos sólo respirando, tratando de recuperar el aliento, sintiendo una tenue caricia de Aioria sobre su oreja, peinando sus cabellos dorados—, su mirada… su mirada fue tal… fue como si quisiera lanzar un grito, como si me suplicara que no lo dejara ir. Me tomó la mano con fuerza… y al final… vi arrepentimiento, él más crudo y cruel arrepentimiento… cuando sus ojos se apagaban, cuando sus parpados se cerraron… Yo… yo no supe que hacer—Aioria tragó grueso, reforzando su abrazo, ahogado en palabras que sabía no tendrían efecto y en las sensaciones, las cuales ninguna de ellas ni siquiera junta a las otras lograrían compararse en intensidad lo que Shaka sentía en ese segundo—. De allí, todo fue confuso. Sólo sé que me llevaban de un lado a otro. Milo me decía que me vistiera, que me arreglara, que él haría las llamadas… Escuchaba a personas llamarme, veía rostros de conocidos y algunos que no, no los conocían. Era todo tan extraño… hasta que lancé el ramo de claveles que le pedí a Milo en una de mis abstracciones… cuando me vi con las manos vacías…—y comprendiendo… el gesto, de aquella imagen, aquella primera imagen que lo había golpeado de lleno—, cuando me di cuenta que ya no estaba en mis brazos… que ya no lo abrazaba, ¡que se me había ido, Aioria! Yo… ¡sentí que me había ido con él!

—Debió ser duro…—musitó, conteniendo su espíritu, siendo paciente, intentando serlo…

—Lo fue…—pegó su frente contra el hombro de Aioria, aferrándose a él como si en ese momento necesitara no encontrarse solo—. Me sentí culpable…—y aquello lo había lastimado más que su propia visión de lo que sentía comparado a esos recuerdos—, me deprimí, pensé en que pude haber cuidado mejor de él. Que quizás si no le hubiera dicho de mis ideas de visitar a Hungría…

—No, no Shaka, escúchame—apartó el rostro blanco de su pecho, para mirarlo fijamente, para perderse en las tempestuosas aguas azules que representaban su mirada—. Shaka, mi hermano cada vez que me habla de él, dice que no lo había visto tan feliz y tranquilo desde que te conoció. Sí, quería darte todo, se esforzó de más, pero era porque sentía que no te daba suficiente felicidad…

—¿Pero que más quería? Yo lo amaba a él así, tal cual, no… no era necesario…

—Yo también creería lo mismo­…—hubo silencio… un silencio donde Aioria trataba de contener los deseos de decirle lo que sentía en ese momento, de ahogarlo con todo lo que guardaba para él—. Shaka, la felicidad que debiste crearle para él debió ser tan grande que, aun sabiendo que se le había agotado el tiempo, no quería partir. El luchó por verte tan feliz como le hacías sentir a él y si, quizás no era necesario, quizás se equivocó… Pero es que tú… tu eres simplemente especial… yo también haría locuras por proteger la sonrisa de ese porta retrato que está en la oficina y en todas las fotografías que tienes aquí…

Las miradas permanecieron una sobre la otra, uno diluyendo las palabras, el otro conteniendo las propias que querían salir atropelladas en un beso a esos labios húmedos de lágrimas. Mas Aioria mordió sus labios y Shaka cerró sus ojos, escondiendo de nuevo su cabeza en el pecho del compañero, buscando de nuevo el refugio de esos brazos, el calor… Los consiguió y se tomó de él, respiró de él, se dejó sumir en la placentera pradera que él representaba.

… De comienzos

¿Cuántas horas pasaron?, no lo supo. Fue difícil saberlo, aunque suponía que el tiempo suficiente como para amanecer al día siguiente con tortícolis y sentir una de sus piernas acalambradas. Se movió un poco y allí fue que se dio cuenta que pese a la mala posición, Shaka se había quedado dormido en sus brazos. No quiso despertarlo y no le fue difícil cargarlo para llevarlo al mueble cercano. No sabía qué hacer, si dejarlo dormido allí o buscar donde quedaba su habitación con el riesgo de… de encontrarse con el fantasma de ese hombre atado aún a la sombra de Shaka.

Se quedó sentado en el otro mueble, acariciando su cuello, no queriendo dejarlo solo tampoco aunque corría el riesgo de que al Shaka levantarse le diría que no había sido necesario. Se tomó el atrevimiento de buscar agua, y bebió lo suficiente,para bajar un poco el ardor de su garganta por tantas cosas que faltaban por decir, que le quiso expresar. Caminó un poco más algo fatigado, envuelto en miles de pensamientos, replanteándose si lo que hizo fue más bien hacer aún más espeso, tangible y palpable el recuerdo de Saga Andreatos en ese lugar. Inevitablemente terminó observando las fotografías, de nuevo, esta vez con un sentimiento distinto al de la primera vez.

Lo miró y ya no lo veía como adversario… Se dio cuenta; ese hombre había logrado mucho en Shaka, ese hombre fue una parte importante para él, lo amó, y le hizo sentir amado, en mínimo gestos, quizás no con demasiadas palabras pero si en la compañía, si en la fuerza, en las motivaciones. ¿Importaba el cómo se expresara el amor? No, mientras esa persona lograra entrever en cada acción el amor que le era profesado. Shaka lo vio, lo notó, lo supo y le siguió, estuvo a su lado, fielmente en una relación que tuvo cuatro años, dos estando juntos bajo un mismo techo. No podía verlo como un enemigo… sino como un aliado, uno que dejó una base, dejó cimientos, dejó una huella en acciones y palabras expresadas para una sola misión, la que él quería continuar: la felicidad de Shaka.

—Déjame brillar—le susurró al reflejo de esa fotografía, la de graduación, ante la mirada y pequeña sonrisa que en su seriedad y seguridad Saga Andreatos regalaba en el momento de gloria de Shaka; observando al mismo tiempo el brillo con el que centellaba los ojos del rubio, la sonrisa, la felicidad evidente en su rostro—, yo también quiero cuidarlo. Prometo hacerlo.

Un pedido… una alianza… un pacto…

Pocas horas después Kanon los encontró, el uno durmiendo en el mueble, el otro en el sofá continuo con algunas galletas en la mesita de vidrio y un vaso de vidrio vacío. Con una media sonrisa, aunque había bebido demasiado, tenía la suficiente fuerza como para acercarse a Aioria y tocarle el hombro, despertándolo. El joven se sobresaltó, entre la vergüenza y la desubicación, viendo hacía todos lados, encontrando a Shaka dormido y a la imagen de aquel hombre que tan solo era el hermano gemelo.

—¿Te lo tiraste?—preguntó Kanon sin más, y el rubor le subió a Aioria hasta las orejas. Luego vino una ronca risa, mientras caminaba hasta la heladera y buscaba tomar algo de agua—. Fuiste lento ¿eh? Tienen cara de haber hecho nada…

—¿Te hubiera molestado?—inquirió un tanto desafiante. No pudo evitarlo, ¿qué interés podría tener ese hombre sobre la actual vida sexual de Shaka?

—En realidad, me molesta que no lo hayas hecho—respondió tragándose toda el agua directamente de la jarra, se limpió con el dorso de su brazo y sonrío con algo de descaro—. No le digas a Shaka o se enfurecerá si sabe que hice esto—el joven se levantó del asiento, sintiendo que sí, ya tendría al otro día un fuerte dolor de cuello—. Ya veo porque mi hermano se sentía tan amenazado con el tuyo, el condenado parece sacado de un cuento o algo así—sintió en la voz la nostalgia, los recuerdos. Observó como guió sus ojos al rubio que dormía en el mueble—. Sé que mi hermano fue un tonto, si no se hubiese puesto como idiota tras ese proyecto, aún estaríamos aquí, los dos bebiendo mientras Shaka dormía en su cuarto—tomó otro poco de agua con algo de desesperación—. Simplemente no terminó de entender que ni Shaka, ni yo exigíamos nada más de él. Que para ambos él, así como era, era como nuestro héroe. Que éramos sus fans número uno, ¿entiendes? Pero a veces hay personas que nacen con mejor estrella. Tu hermano es una de esas pocas destinadas a brillar donde ponga su maldito trasero.

—Oye…

—No me malentiendas… sólo estoy algo borracho y nostálgico, también…—aquellos ojos, fuertes si, unos verdes desafiantes, estaban apagados y opacos observando el rubio de esos cabellos. Era mayor… y esa experiencia era tan visible en Kanon como en los ojos de Saga—. Siempre me he preocupado por él. Es decir, cuando pude venir a tierra ya mi hermano estaba a tres metros debajo de mis pies desde hacía semanas. No me dijeron sino hasta que llegué, fue un golpe algo difícil de digerir… creo que caí en cuenta que realmente había muerto cuando me harté de cerveza y Milo me fue a recoger luego de que los dueños llamaran porque estaba vomitándoles la barra—rió roncamente, casi ahogándose con su propia saliva. Aioria lo observaba con pesar… un duelo, Shaka no era el único que aún llevaba un duelo—. Pero yo iba a partir, estaría en la mar, distraído viendo otras cosas, estando con otra gente… dolió si… pero no era yo quien compartía con él, no era yo quien lo veía todos los días. Le dije varias veces que se mudara de departamento pero no quiso… lo tiene igual de decorado, incluso aún hay pertenencias de Saga en la mesa de noche que le tocaba, a la izquierda.

—Él tiene una fotografía de ellos en su oficina…

—Tardó en reaccionar… tarda igual en resignarse…—murmuró con pesadez—. Si de algo estoy seguro en este maldito y revolcado mundo, es que mi hermano lo quiso con todo y Shaka le correspondió igual. Los dos se amaban como unos estúpidos, admito que hasta les tenía envidia. Lo mío con Milo nunca pudo ser algo así con mis viajes, pero tampoco estaba desesperado por esa estabilidad y mírame ahora… ya que no tengo hermano, tú te llevaras al rubio… con quien pasaré las próximas navidades ¿eh?—ante el silencio fúnebre del muchacho, el mayor esbozó una sonrisa incrédula. Se despegó del mesón, caminando firmemente por su lado hasta llegar al mueble, cargar a Shaka en sus brazos—. Al menos podré irme tranquilo al mar sabiendo que él no está solo, pero tendrás que ser paciente.

Caminó hacía el pasillo, mirándolo de reojo.

—Puedes irte, me encargaré de lo demás.

Y Aioria obedeció.

Por cuestión de días de asueto, Shaka no estuvo trabajando dos semanas esas navidades. Fueron dos semanas que no se vieron, junto a las dos semanas de Aioria que empezaron junto a la entrada de Shaka. Fue un mes, un mes entero sin verlo seguidamente, a veces realizando una llamada preguntando si estaba bien, si ya Kanon había embarcado, si estaba aprovechando los días libres. No estaba seguro de si ir al apartamento, de si buscarlo e invitarlo a salir, pese a que sentía que todo apuntaba a acercarse, el recuerdo de aquella noche, de aquella historia lo hacía sentir totalmente desarmado. No estaba seguro hasta que punto avanzar demasiado iba a ser contra producente, pese a que Shaka parecía estar cómodo con sus llamadas y mensajes.

Para cuando por fin volvieron a recuperar la rutina, se sorprendió con ver a Shaka con una camisa roja, una que de alguna manera le imprimía color a sus mejillas. En la oficina solo se hablaba que de un día a otro, empezó a cambiar a camisas de colores vivos y que al preguntarle si había usado el bono navideño para comprar ropa, dijo que en cierta parte sí, pero que también estaba sacando algunas que tenía guardadas. Sentía que de alguna forma eso había sido buena señal; por eso cuando volvió a tocar la puerta y notó el brillo de esos celestes dándole la bienvenida, su corazón retumbó de lleno dentro de su pecho. Shaka recibió su taza de café, extrañamente animado, muy distinto al que era el año pasado.

—Con Kanon fuimos a un centro de beneficencia, llevamos mucha ropa, aún tenía mucha ropa de Saga guardada y en buen estado, igual que alguna mía y él también sacó alguna suya porque, según él, había pasado de moda—rio con dulzura, pareciendo rememorar algo—. Creo que fue una agradable actividad, me sentí muy bien, cuando fuimos a la cárcel con el club de beneficencia a llevar lo que traíamos, muchos se emocionaron. No pensé que podría servirle de apoyo a alguien más, a veces nos abstraemos tanto en nosotros que nos olvidamos del prójimo.

—Me alegro que lo hayas disfrutados. En casa solemos hacerlo pero a los orfanatos, recolectamos ropas de los niños en el vecindario y la llevamos. Papá había empezado la tradición, luego Aioros se hizo cargo de ella. De haber sabido, te habría invitado.

—Está bien, no tenía nada de niño que compartir—encogió sus hombros como si no tuviese importancia—. Pero quizás el próximo año si pueda acompañarlos—y allí Aioria sintió que ese palpito emocionado en su pecho. ¿Acaso eso significaba que Shaka esperaba compartir con él lo suficiente como para hablar de ello? ¿De las próximas navidades?—. Debe ser especial ver las caras de los niños antes los obsequios.

—Lo es, realmente lo es…—no pudo completar la frase al darse cuenta; darse cuenta que en el porta retrato, el antiguo porta retrato: había otra fotografía. Era Shaka, con varias personas en lo que parecía ser la entrada del centro de beneficencia.

—Me la tomó Kanon—dijo el rubio viendo hacía donde la mirada de Aioria se había fijado, donde el castaño observaba con mayor emoción, si esta era posible, que Shaka llevaba puesta la camisa que le regaló—, así que decidí traérmela en la oficina y recordar así que hice una buena obra este fin de año.

—Pero la foto que estaba allí…

—La guardé—respondió el rubio con tranquilidad, viendo aún la foto, con una sonrisa—. Después de hablar contigo, me sentí liberado. Fue como si, pudiera respirar más tranquilamente luego de tiempo con asma, por así explicarlo—su corazón retumbando… sus ojos brillando, sus labios ansiando besarlo por eso, por ser simplemente así, por brillar así aunque no fuera solo para él­—, así que hablé mucho con Kanon, fue algo liberador para ambos hablar tantas cosas que nos callamos quizás por respeto mutuo, o por pensar que podíamos con ello. Al final, creo que será un excelente año—lo miró, con aquella sonrisa que parecía iluminarlo todo—, para mí es como, un nuevo capítulo.

De haber sabido que Shaka necesitaba hablar de él, lo hubiera hecho, meses atrás.

El tiempo pasó con la misma velocidad con la que los días pasaban sobre el reloj, el calendario se iba degastando. Pronto la primavera anunciaba que era hora de partir y en todo ese tiempo, sus encuentro por el café se hacía persistente, jovial y esperado, las salidas de almuerzos con otros compañeros ahora se había acoplado a salidas en las tardes y fines de semana a algún restaurant, a comer pizza, centros de entretenimiento y cine. Shaka se compenetró a ellos con facilidad, los comentarios a veces sarcásticos y crueles del rubio aunque al principio fueron una sorpresa para todos, pronto fueron una de las cosas que más gustaron de él: esa innata capacidad de destrozar todo con palabras tan certeras y sin perder un atisbo de lo que muchos llamaban falsa inocencia. Aioria descubría más de un Shaka escondido, un Shaka que no había visto, pero que lo enamoraba más. Un Shaka complejo, algo abstraído pero calculador, analítico, un poco amante de las buenas cosas, consciente de quién era y porque. Un Shaka seguro, pero al mismo tiempo entregado… y con ello comprendió porque ese hombre había sido capaz de entregar todo con tal de mantenerlo a su lado.

Shaka era divino, era prohibido, era un hombre y tan perfecto en sus imperfecciones como una semi deidad, era belleza, pero también era erotismo… eso, eso que no había visto, eso que empezaba ya a enamorarlo, enloquecerlo, gestos, palabras, acciones, miradas… ¿Shaka era consciente de lo que estaba creando en él? Noches entonces se encontró acalorado, excitado, pensando en él… días entonces que Shaka a veces le rozaba una mano, le hacía un comentario medio sugerente sobre su vestuario… La mirada brillante que le vio en aquella fotografía era incluso más fulminante de lo que llegó a pensar… acaso, ¿así lo miraba también a aquel?

—No deberías pensar en eso—le comentó su hermano en aquel café donde lo invitó a salir, ese fin de semana. Se sentía azorado, preocupado, era como si…—. ¿Ahora eres tú el que andas recordando a Saga?—si, justo era eso…

—Suena idiota…

—Es i-di-o-ta—parafraseó su hermano con una falsa seriedad que luego mudó a una sonrisa—. Si lo miró o lo trató, o lo sedujo así, ¿qué más da, Aioria?—el menor bajó la cabeza, tomándose aquella manteada—. Piensa de que si fue así, es porque significas para él tanto como lo que llegó a significar Saga.

—Eso no me alivia, no quiero ser susti…

—No lo estás sustituyendo, tonto—y le alcanzó extender un brazo para despeinar los bucles de su hermano—. Te lo dije, nadie sustituye a nadie, tu no podrás cambiar lo que Shaka ya vivió, pero tienes la oportunidad de vivir con Shaka cosas que él quizás no ha vivido, no con, digamos, tu estilo—Aioria levantó su mirada—. Si amas a Shaka, tendrás que aceptarlo con todo y su pasado, y su recuerdo y lo que para él significó su primer amor. Lo demás… lo demás tú te encargaras de crearlo con él.

Con esas palabras Aioria adquirió más fuerza, con esa convicción empezó la otra semana también enviándoles señales certeras, respondiendo a su mirada y sonriéndole con descaro a cada sutil comentario atrayente que le era emitido. De esa forma una noche decidió ofrecerle a comer por fuera, se detuvieron en una pizzería del centro, hablaron de muchas cosas, el roce de mano se fortaleció en una leve tomada, las miradas discretas y picaras en una fija y profunda, en una aceptación, en una compenetración. Química quizás.

La primera noche al dejarlo al apartamento, atraído por su mirada se acercó, pidió permiso ya estando cerca, pegando con su aliento la piel blanca, mirando a sus ojos azules en búsqueda de algún alto que jamás encontró. Finalmente Shaka fue quien recortó el espacio y el beso se extendió, por largos minutos en una danza tortuosa y profunda. Labio a labio reconociéndose y saboreándose, los dedos gruesos y bronceados atravesando el cabello dorado para sostener el cuello e intensificar el ósculo que los unía, la mano blanca afirmando la otra mano entre sus dedos, entregándose… por completo.

Cuando Aioria abrió sus ojos, en un segundo donde buscó aire para respirar; la visión lo desbordó del más infinito placer y sentimiento que podría llamar felicidad. Los parpados cerrados y vibrando, aquellas pestañas doradas temblando junto al carmín leve que rodeaba sus mejillas, la forma en que las fosas nasales ventilaba el aire que llegaba a los pulmones. Toda la expresión, en rojo de sus labios, todo, lo llenó de hambre.

Para la segunda, para la tercera… los besos se iban intensificando en el automóvil al llegar al departamento, las caricias sobre la ropa creaba un fuego que necesitaba levantarse. Lo ansiaba, sí, Aioria ya ansiaba tomar el cuerpo de Shaka, ansiaba ya demostrarle de otra forma, de la más silenciosa pero vibrante que conocía lo mucho que le provocaba, más que en el corazón y el alma, a la superficie de su febril cuerpo que ardía por él. Lo buscó, ahogado en un caldo de sensaciones, en un estado parecido a la fiebre, ansioso, desesperado…

Para la cuarta fue inevitable…

A tropezones llegaron hasta el apartamento. Apenas cerraron la puerta notó que Shaka simplemente avanzó en paso lento y coordinado hacía el pasillo, mirándolo con esos ojos zafiros que le invitaban a adentrarse. ¿Era así que jugaba con aquel? Le enseñaría que con él se tenían otro tipo de juego. Divertido empezó a correr y atajarlo antes de que pudiera avanzar un poco más, dejándolo contra la pared, mordiendo su oreja con esmero.

—¡Oye!—reclamó el rubio con una leve risa, intentando apartarlo aunque el dedo que estuvo más cercano a su rostro fue atrapado por los dientes del griego ansioso.

—Tendrás que correr—el rubio enarcó una ceja con presunción—. Tengo hambre—y volvió a mordisquear el dedo capturado.

Shaka sólo rio divertido de ver el cambio de panorama. Forcejeó un tanto para despejarse y correr hasta la puerta de la habitación donde Aioria volvió a acorralarlo y buscar mordisquear su oreja mientras hacía unos graciosos gruñidos. La puerta abrió por fin, los dos cuerpos se abalanzaron el uno sobre el otro en una guerra de labios, lenguas y dientes que no esperaban pactar ninguna tregua, ambos querían vencer, y ambos pelearían hasta obtener su victoria. Cayeron así en la cama, Shaka interponiendo su pierna para hacer espacio y mirarlo decidido mientras se desbotonaba su camisa con ansias. Aioria en cambio aprovechó la vista y mordisqueó el dedo aún sobre la media, sacándosela con los dientes, notando precisamente que la higiene de Shaka era simplemente uno de los mejores manjares.

Pronto ambas camisas se alejaron, apenas y los cinturones se aflojaron cuando ambos estaban sobre aquella cama besándose y entregándose a una danza donde Aioria sabía que Shaka tenía experiencia, y que no pretendía quedarse detrás por ello. Desbordados por la pasión, los besos fueron descendiendo, fueron explorando; los labios gruesos del moreno se encargaba de buscar aquellos puntos de mayor susceptibilidad y al encontrarlos enviarle señales de placer intermitentes, deseando disfrutar de todo: de ese momento, de ese compartir, de la cena que para él representaba como ofrenda de una virgen, cuya virginidad no era más que el pacto divino.

Sus labios se profesaron un pacto con el nombre del otro teñido en gemido casi inaudible cuando la excitación tomó partida y el aire escaseaba en sus pulmones. Incitado por cada caricia obscena marcada con esas uñas en su espalda, por cada beso, por cada lamida que el rubio dejaba sobre sus labios, Aioria ya totalmente desnudo se encargaba de observar a Shaka, allí debajo de él, sonrojado por él, entregado a él.

Se sintió dueño del mundo, dueño de todo, al tenerlo justamente así.

¿Qué había quedado del duelo? No quiso preguntárselo en ese momento, o más bien no pudo coordinar palabra cuando el rubio promulgó un movimiento en su cuerpo que le quitó todo pensamiento de su cabeza. Entró en él con la firmeza y delicadeza que apenas el momento apelaba, vio cuando Shaka sostenía sus manos contra las sábanas celestes, jadeaba poseídamente mientras relajaba sus músculos para facilitar la nueva intromisión. Entró y no encontró mayor resistencia; se quedó entonces quieto, sobre él, admirando el azul de esos ojos, embebiéndose en ellos…

—Shaka…

—Tienes hermosos ojos, Aioria—se adelantó el rubio, perdido también en aquellas dos irises verdes y brillantes de placer—. Son claros, sencillos, hay nobleza y es visible aún de lejos.

—Los tuyos no son tan sencillos, son… agua y aire. Son capaces de matar si los miras fijamente—el rubio rio por lo bajo, con la ternura impresa en su rostro, luciendo como Aioria había soñado: sencillamente enamorado. Entrelazó los brazos blancos alrededor del cuello, lo llevó hacía él, en un abrazo semejante al de un dios a un simple mortal que recibía su mayor beneficio.

—Estoy feliz por haberte encontrado—le susurró al oído, con la voz ahogada—. La vida me ha demostrado que nada termina hasta que mi corazón deje de latir. Quiero seguir viviendo…—un susurro, tan erógeno que fue capaz de destrozar cualquier presa de paciencia—. Te amo, Aioria.

—¡Ha!, ¡Shaka!—y embistió en respuesta—. Te amo, ¡te amo!—y estocó con esa palabra en labios, en los tiempos en que no eran profanados por los hindúes, mientras los bucles eran jalados con vehemencia—. ¡Ha! Shaka, ¡te amo!—un alarido… un grito, un jadeo, un murmullo.

Un, dos, diez, cien, miles de sonidos…

El orgasmo los abrazo a ambos en un torbellino de fuerza y placer. Aioria mordió el hombro de Shaka al llegar a las cúspides más allá de Himalaya, sintiendo la calurosa presencia del semen del rubio estrellándose contra su vientre, el grito de gloria que Shaka emitió con su nombre, el tensar de su piel, el vibrar, la forma en que los cabellos dorados y sudados danzaron y se estrellaron contras las sabanas y su piel antes de caer…

La hermosa mueca de placer que Shaka dibujó en el éxtasis…

—Entonces, ¿hoy irán?—le preguntó su hermano, frente la puerta de su cuarto. Había pasado tres meses desde que pudieron decir que eran, ya, pareja.

—Así es, vamos a visitar la tumba, Shaka quiere que lo acompañe.

Cabello largo de nuevo, su sonrisa de nuevo; Shaka había vuelto a vivir, había superado una etapa…

¿Había olvidado? No… era imposible que las cosas se olvidaran, simplemente era un nuevo ciclo y lo que había aprendido del primero, lo estaba aprovechando en el segundo, esperando que fuera más extenso.

—Me alegro, ¿y lo del apartamento?

—Parece que hoy fueron unos posibles compradores. Me comentara ahora—acomodó su chaqueta, se sonrió—. Ya no me siento celoso de él, ya no me siento inseguro. Quiero ir y decirle que estoy de su lado, en el equipo de las persona que queremos ver a Shaka sonreír.

—Creo que en unos días debería ir también, que mal amigo he sido—sonrió el mayor efusivamente, contento de ver a su hermano ser feliz—. ¿Viste?, al final todo era cuestión de tiempos.

De tiempo, y de paciencia…

Muchas veces las personas necesitamos el espacio del duelo, de los recuerdos, de las memorias que queremos revivir: pero no podemos quedarnos allí. Entonces es en ese punto donde con ayuda de las personas para quienes le somos preciado logramos abrir el corazón y terminar de sacar todo aquello que de alguna manera no nos permite ver al frente y nos obliga a estar constantemente mirando hacía atrás, contemplando lo que se perdió. Cuando aquello que nos hace estar en deuda con el pasado, se disuelve, es posible de nuevo observar el futuro y decidir caminar de nuevo.

—Saga, he venido a traer tus claveles—susurró Shaka al llegar frente a la tumba, con Aioria atrás. Él había aprendido de ello, la vida se había encargado de colocar frente a él a una nueva persona, la llave para la apertura de un nuevo ciclo.

Y mientras los verdes de Aioria veía el nombre labrado, escuchaba a Shaka comentarle a la esencia del pasado sus nuevos planes, el viento soplaba, la tierra giraba… el mundo seguía.

El tiempo seguía deshilando la historia escrita por los humanos…

El sonido de su teléfono le avisó de un nuevo mensaje multimedia entrante. El marino quien había desembocado en un puerto de la India por sus vacaciones, miró el contenido con una sonrisa dibujada, observando la fotografía que Aioria le había tomado a Shaka, mientras se comía un helado de vainilla. Escribió un texto, y envió esperando que le fuera entregada la respuesta aún pese a la distancia.

Siguió caminando entre los tendedores comerciales y artistas de la zona, deleitándose con la cultura, decidiendo él también pasar sus vacaciones en algo más que sexo y parranda, ¿quizás encontrarse a sí mismo? La India parecía buen lugar para eso. Claro, de todo ese viaje debía pensar en traer un regalo para Shaka por lo cual empezó a ver la orfebrería que estaban en venta: el oro, las piedras, quizás alguna esclava interesante para que el hindú se sintiera conectado a sus raíces.

—¿Le gusta algo señor?—sintió que le tomaron el antebrazo y de inmediato se alejó, con perspicacia. Era bien sabido también de la habilidad de niños y ancianos para robarles a los turistas. Sin embargo aquellos ojos claros, el cabello rojo, los dos puntos graciosos le hicieron pensar que quizás no debía ser tan desconfiado-. Mi primo es el mejor de tooodo el lugar.

—¿Ah sí?

—Sí, sígame, ¡es a tres puestos!

Recibió entonces respuesta a su mensaje y viendo de reojo al niño que lo guiaba, lo leyó con rapidez, manteniéndolo luego en el bolsillo de su camisa.

“Ya te llegara el tiempo. Abre bien los ojos y verás”

—Mi primo Mu es el mejor artesano de la zona…

Escuchaba al pequeño hablar, el tumulto pasarle por al lado, los puestos diluyéndose, la mirada verde perderse en el cielo celestes sobre su cabeza, el que compartía con miles de millones de humanos más…

—Vamos Buda o como te llames. Si estoy ciego al menos ponme lentes—se jugó, hablando a la nada…

Y todo era cuestión de tiempos…

~Fin~

2 thoughts on “Tiempos… (Aioria x Shaka)

  1. ¿No he dejado un comentario? ¿Con lo que adoro este fic? ¿Con la cantidad de veces que lo he releído?

    Eres, fácil, una de las mejores escritoras de AU que he visto y créeme que leo mucho (al punto que es casi un vicio). Tus personajes son perfectamente reconocibles, no son simplemente las cáscaras que conservan sus nombres y aspectos físicos por obligación, si no que puedes detectar fácilmente, el montón de guiños tomados directamente de la serie original.

    Tu fic es, fácil, uno de los más bellos que he leído sobre el par Shaka/Aioria. Me gusta no sólo por la pareja, es el tema en sí: como tratas, muy hábilmente, el tema de los duelos, sobre cómo vivirlos, cómo no quedarse en el pasado y ver lo hermoso que depara el presente y futuro.

    De verdad que es fácil ponerse en los zapatos de Virgo y sentir el dolor desgarrador que debe ser perder a alguien tan, tan cercano, darse cuenta que no volverá a estar contigo nunca más. Es fácil sentir la desesperación de Aioria, la incertidumbre de si logrará llegar a alguna parte.

    El final no puede ser más bienvenido. En serio que a esas alturas, sólo quieres volver a ver reír a Shaka junto a Aioria.

    Amé la sabiduría de Aioros.

    Un placer leerte.

    Saludos

    1. Leer este comentario me alegro el día, ¿sabes? Este fic es muy especial pata mi y tus palabras me halagan sobradamente.

      Me siento muy feliz de leer y releerte porque en verdad me haces sentir que valió la pena las horas que invertí en este fic.
      Este fic tiene mucho desde que lo escribí y no fue especialmente bienvenido. Pero debo decir que es uno de los que más amo pese a no ser de mi par de cabecera. Creo que el tema de los duelos es la principal razón y durante los dos días en los que casi no dormí para escribirlos, aprendí a amar a Aioria y a Aioros que para ese tiempo no los terminaba de asimilar en fic.

      Gracias por tus bellas palabras, me esfuerzo en retratar a todos los personajes como lo que son y por ello hago los guiños necesarios para que se vean que esto puede ser una paralela vida de ellos. Que son ellos pero en otras circunstancias. Siento que logro el cometido.

      Yo visualice el fic y comencé a trabajarlo. Debo admitir que lloré mucho con la imagen inicial de Shaka dejando ir al cuerpo como también lloré cada vez que Aioria sentía que estaba remando en aguas turbias. Pero el final, lo disfruté. Incluso tengo un pequeño spinoff que no he publicado sobre el duelo de Kanon. Quizás lo publique en estos días.

      Muchas gracias de verdad. Espero leer pronto otro comentario de tu parte.

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