La nieve es… (Milo x ??)

Milo ha tenido tres encuentros con la nieve, atado a tres personas de sumo valor para él.

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Temas: Yaoi,  romance
Personajes: Shaka, Saga, Milo, Camus
Resumen: Milo ha tenido tres encuentros con la nieve, atado a tres personas de sumo valor para él.
Dedicatoria: A todos los que amen a Milo y las tres parejas potenciales Saga x Milo, Camus x Milo y Milo x Shaka
Comentarios adicionales: Es un conjunto de tres oneshot de un promedio de mil palabras cada uno. Como era algo corto preferí colgarlo en un solo tema dentro del blog. Espero les guste ^^

La Blanca Nieve

Aquella mañana en el coliseo su voz se escuchó audible para que todos no pudieran justificarse al respecto. Milo cumplía años y con el orgullo griego arraigado se había levantado en uno de los asientos del enorme lugar y exclamado a todo pulmón que él ya cumpliría. Se sentía el menor de todos—que lo era, claro— porque hasta Shaka ya tenía un añito más en sus cuentas y él seguía siendo el pequeño Milo. Por esa razón ante semejante acontecimiento—aunque dicho evento de su edad seguiría ocurriendo todos los años—, el pequeño se veía en la necesidad de hacerles saber que ya no sería el más pequeño de los aprendices.

Vio a Aioros sonreír y Aioria se rascó la cabeza como si aún no captara. Shaka como siempre estaba más entretenido meditando debajo de unas palmas que en lo que acababa de decir. Aldebarán en cambio saltó y aplaudió al aire emocionado, diciendo que pensaría en un buen regalo para el pequeño. Camus apenas le miró, Afrodita y DM sonrieron con sorna burlándose de él y Saga, en quien en ese momento sostenía su vista, apenas le correspondía con una mirada igual de dedicada, con la diferencia que el mayor pareciera que estuviera pensando en miles de cosas al mismo tiempo.

El silencio lo cortó al final el hombre de la novena casa, que con una idea en mente empezó a planificar algo corto y sencillo para celebrar un nuevo año al lado de ellos, como lo merecían, emocionándose Aioria ante la idea de juegos, y Aldebarán ante la idea de un pastel.

Para la noche y luego del improvisado festejo, se sorprendió de sentir que le tocaban la puerta en la habitación que compartía con el pequeño Shaka en las barracas. Aún no habían tomado posesión de sus armaduras, por lo tanto no podían permanecer en los templos pero dando cuenta a la hora era sumamente extraño recibir visitas. Se asomó entonces a la puerta todo incrédulo, y sus ojos turquesas se abrieron más en cuanto vio a la persona que esperaba detrás de ella, cubierto con abrigos gruesos y otro un poco más pequeño en mano. Emocionado buscó un pantalón (estaba con una bata puesta) y sus sandalias para atender a quien había ido a verle.

—¡Saga!—exclamó el pequeño apenas abrió la puerta y se tapó la boca cuando el mayor le hizo señal de silencio y apunto hacía la otra cama donde el hindú dormía en un rollito de pieles.

—Vamos—dijo el dorado sin más, extendiéndole la mano y mostrando una hermosa sonrisa. El menor la tomó emocionado, sintiéndose importante ante el hecho de que Saga lo hubiese ido a buscar a él y sólo a él.

Caminaron juntos viendo hacía todos lados como si jugaran al escondite. Milo estaba realmente agitado, todo era extraño pero una ola de excitación hacia lo que venía le azotaba su infantil mente. ¿Saga le daría acaso un regalo? Eso podría ser la explicación lógica, y lo haría alejado de los otros niños para que no tuvieran celos. El hecho es que ya Milo se estaba creyendo aquella explicación que sonaba certera.

Al final llegaron tras unos muros que delimitaban el santuario y Saga le extendió su pequeño abrigo, el mismo que el pequeño observó expectante.

—Póntelo y dame la mano—ordenó el mayor con una media sonrisa ya dibujada en el rostro.

—Sí—asintió Milo colocándose rápidamente el abrigo encima para luego tomarle la mano extendida—. ¿A dónde vamos?—Géminis sonrió, mientras el espacio debajo de sus pies se difuminaba y empezaba a tergiversarse entre ellos.

—Confía en mí.

Los ojos claros se abrieron estupefactos cuando de la pared donde estaban se abrió la dimensión, un plano de dimensiones jamás vistas, planetas, elementos, energía que era transferida cósmicamente por el mayor, quien sujetándole la mano le instó a caminar y traspasar la pared como si fuesen un ente del tiempo y espacio. No lo creía; siempre había querido hacer eso, moverse entre dimensiones como sabía que Géminis, Virgo y Aries podían, ver fascinado el poder de trasgredir las barreras del tiempo y espacio para estar en otro lugar en tan sólo segundos. No pudo contener el “Wao” que salió en un hondo y largo sonido de su voz, con las mejillas rojas del deleite y la euforia, agarrándose fuertemente de la mano de Saga para no perderse.

—¡Es genial!—mitió de nuevo cuando pudo darle palabras a todo lo que sentía, esa alegría naciente de la boca de su estomago y que se convertía en brillo en sus ojos.

—¿Te gusta?—sonrió Saga con una mirada fraternal—. Me dijiste una vez que querías hacerlo.

—Vi que una vez trajiste a Shaka así y no es justo, ¡Shaka también puede hacerlo!

—Sí, pero Shaka no puede traer a más personas como yo—se jactó el mayor con supremacía y Milo lanzo una carcajada infantil.

—¡¡Es que tu eres más fuerte!!

Pronto se quedaron quietos, Saga esperando una señal del pequeño, y el niño admirado viendo todas las formas astrales que lo rodeaban en ese fragmento límite entre todos y ningún espacio.

—¿Listo para tu regalo?

—¿Hay más?—gritó aún más animado el pequeño, casi saltando de la misma alegría. Saga medio sonrió y casi como si un velo fuera quitado de sus ojos, Milo vio como las negras paredes que lo rodeaban se convirtieron en blancas… blanca nieve.

Abrió ojos y boca del mismo impacto apenas sintió la brisa fría tocar sus mejillas y la sensación húmeda tras sus sandalias. Viró sus ojos a todas direcciones consiguiendo montañas, colinas blancas y brillantes como estrellas y luego, aquel copo que cayó a su nariz y se derritió lánguidamente hasta mojar sus labios.

—¡¡NIEVE!!

Prácticamente se soltó de su mano y empezó a corretear dando vueltas mientras atajaba a cuantos copos de cristales blancos caían sobre él, con una risa juguetona, incluso contagiosa, lo suficiente para que el mayor ampliara la suya propia. La escena fue grabada en su memoria, convirtiéndose ese momento, ese instante, en una de los recuerdos más importante del joven aprendiz Milo de Escorpio: donde la nieve era blanca.

La nieve fría

Caminaban desganados por la costa del mar Egeo, aquella tarde ya cerca del anochecer que habían decidido compartir juntos. Sabía lo que estaba por ocurrir; Camus tendría que partir a Siberia, el patriarca le había dado la orden de entrenar al futuro Santo de Cisne en aquel lugar apartado y helado. Milo le gustaría acompañarlo… pensó que como amigo era ese su deber, además de esa opresión en el pecho que quería evitar.

Poco más de catorce años, dos adolescentes, el mar a su diestra, el cielo sobre su cabeza, la arena debajo de sus pies… una despedida.

—No estarás en mi cumpleaños—comentó el escorpión pateando una concha de la arena hasta las aguas, con fastidio. El francés lo miró con ese rostro inflexible que ya era su marca.

Demasiado tiempo juntos, demasiado cosas juntos. Milo se sentía de alguna forma afligido ante la idea no de que no estuviera en su cumpleaños, sino por tanto tiempo. De subir a su templo y hallarlo vacio, pensar que ya no tendría a alguien que escucharan atentamente sus pensamientos, sus ideas, que no le interrumpieran, le hicieran sentir comprendido…  que…

Desvió su mirada hacía el cabello aguamarina del galo a su lado, con la vista fija en el horizonte donde el cielo con el mar se unían y besaban amigablemente. Las nubes tomaban colores de fuego a lo lejos, el sol se iba escondiendo y la brisa fría de aquel momento se le hizo fúnebre.

—No importa…—balbuceó intentando no verse afectado—. Somos Santos de Oros, un cumpleaños no es importante. Solo debemos estar preparado para defender a nuestra diosa y acudir al llamado del patriarca y…

—Milo…

—No me hará falta celebrar cumpleaños. Shaka no los celebra, ¡ni siquiera sabemos cuándo cumple!

—¿Quieres que te de un regalo por adelantado?

El aludido volteó para mirarlo de reojo, observar el rostro serio de Camus que jamás se inmutaba, muy pocas veces lograba cambiar ese semblante, más sabía que sólo él tenía la llave para hacerlo. Que era único, que Camus sólo mostraba calidez a su lado. Sonrío de lado, pensando en que quizás era infantil, pero que no podía comprender desde cuando aquello que brotaba en su pecho sólo le sabía y le pronunciaba ese nombre.

—Que me darás, ¿un helado?—se jugó, con una sonrisa melancólica.

Lo que él realmente quería era que no partiera…

—¿Te acuerdas que hace años alguien te llevó a un lugar frío?

Y Milo no pudo evitar ensanchar la sonrisa al recordarlo, evocar el momento en que Saga lo había sacado de su habitación para llevarlo con su técnica hasta algún lugar cubierto de nieve. Tanta fue su euforia que no preguntó dónde estaba y sí, había pasado todo el resto de los días siguientes contando la anécdota, orgulloso, mientras que Aioria decía no creerle y Afrodita se burlaba.

—Ese día, me puse celoso—admitió Camus, sacando a Milo de su cavilaciones para enfocar de nuevo la vista en su perfil, en la forma que el cielo y las luces dibujaban contornos en su figura dorada y en su piel de nácar—. No sabía que te gustaba tanto la nieve, de haberlo sabido…

—¿Me hubieras lanzado un polvo de diamantes?—interrumpió el heleno con una sonrisa cómplice, emocionada…

Enamorada, aunque esa palabra aún no era capaz de confesarla.

Camus le miró, una leve curva levantó sus labios por la comisura derecha, con el brillo de esos ojos gélidos, brillo que sólo él poseía…

Y de repente, el milagro…

Copos de nieves empezaron a caer a su alrededor, cristales blandos revolotearon con la brisa, con el atardecer… Debajo del sol de Grecia empezó a nevar. Una lluvia de pequeños blancos y helados cayó sobre su cabello, resbalaron por su armadura dorada como una lánguida lágrima, al tiempo que se iban descongelando por la temperatura del lugar… el cual poco a poco, descendía.

Y allí estaba él, con una mano extendida, con el cabello aguamarina danzando en el viento, con los copos blancos y fríos que asemejando a su piel engalanaba la figura.

Un mago del hielo…

—Te hubiera traído la nieve hasta aquí—dijo con autosuficiencia, complacido con el rostro de sorpresa y regocijo de Milo—. ¿No es mejor?—y la sonrisa de Milo se convirtió en una hermosa carcajada, con los ojos turquesas brillando de lágrimas contenidas.

—¡Eres el mejor!—exclamó extendiendo los brazos de la emoción—. ¡Sin duda el mago del hielo!

Apenas una corta risa por parte del galo, una que le supo a lo mejor de la coral. El griego entonces sólo se detuvo a grabar ese momento en su alma, sentir el oleaje del mar Egeo en verano, con la nieve que no dejaba de caer y cubrir las costas de aquel lugar. Un paraíso blanco y frío solo para él, nada más para él.

Lo miró en ese instante por un momento, supo entonces que eso era lo que Camus representaba para sí mismo: el paraíso helado y frio donde refrescaba a su alma; cálido, donde apoyarse…

Amigo, hermano, compañeros… ¿podían ser algo más?

Cerró sus ojos, levantó su semblante para que los copos de nieve cayeran en su rostro y le besaran con su helada textura, le enviaran cosquillas o ese hormigueo excitante debajo de su piel. Concentrado, tan concentrado que no se dio cuenta de los pasos con los que Camus apartó la distancia, le abrazó arropando su cabeza contra su cabello enroscado, susurrándole en el oído…

Con su aliento frió, su olor a menta…

— Joyeux anniversaire…

Sonrío, abrazó…

—Es el mejor de todos…—afirmó…

Pasaron el resto de la noche hablando de todo, en aquella costa, mientras la nieve se derretía entre sus dedos que sin saber porque habían decidido mantener enlazados, con el frió que sentía sobre la piel… con el calor debajo de sus pechos. Rieron juntos, recordaron juntos, a veces Milo le echaba un poco de nieve en la cara de Camus, o era el francés quien la volvía a congelar a pedido de Milo. Compartieron, se unieron en un lazo que aún desconocía cuál era su profundidad…

Al final, Milo había comprendido… la nieve era blanca… la nieve también era fría… con Camus, ese frío era lo más delicioso en la vida.

La nieve brillante

Ocho de noviembre, su cumpleaños. Quizás semanas atrás hubiera pensado en ese día como el más fúnebre y cruel. La habría pasado encerrado en su habitación, con sus recuerdos, con el dolor en el alma, con todo aquello que lo mantenía atascado al momento donde dejó ir a Cisne y permitió que se enfrentara contra Camus: matándolo. Quizás semanas atrás ese día sabría a lágrimas, a ausencia, a soledad y a frustraciones… quizás…

Más no era así, una taza de té lo había cambiado todo: sus perspectivas, sus razones y motivos…

Athenea tenía razón, ellos habían sido honrados con el placer de seguir viviendo y la mejor forma de vivir con el recuerdo de las personas que amaban era siendo felices. Milo lo había comprendido y por eso se había dado la oportunidad: la de acercarse al único que de entre los sobrevivientes no sólo se detuvo a observarlo, sino que le dijo las palabras claves sin juzgarlo: sólo comprendiendo. Una persona que podía entender su dolor pero que al igual que él, había decidido darse una oportunidad…

Quería darse una oportunidad con él.

Esa tarde Milo se arregló preocupado por su presentación. Se había convertido en una hermosa rutina bajar al templo de la virgen y compartir aquella taza de porcelana con té de diversos sabores y olores, caliente y tibio, que alentaba a su alma. Esperaba por esa hora donde se sentaba en el sexto templo, se intercambiaba las tazas, hablaban de cosas, cualquier cosa. A veces salían ellos en la conversación y sonreían, sentía que sanaban heridas, que se superaban etapas, se surgía de las cenizas y el hedor de una tumba marcada, para seguir viviendo. Incluso fueron juntos a dejarles unas rosas que tomaron del jardín de Afrodita, a todos les entregaron su respeto.

Para Shaka ellos eran héroes… para Milo eran hombres de honor. Pese a todo, habían entendido y habían aprendido a perdonar.

Pensó que estaba todo muy bien con él, nada podía fallar: confiaba en su belleza y también en su espontaneidad. Veía que Shaka le había abierto puertas que a nadie más de los que quedaba, eso era buena señal. Se sentía feliz y comprendido… incluso hasta aceptado. Desde que vio los azules de Shaka en aquella tarde de Té, Milo supo que había conseguido un nuevo tesoro que proteger…

¡Ni pensar que cuando niños le tenía celos, lo rasguñaba mientras meditaba y se burlaba de aquel punto que después supo era un tilak! Una carcajada brotó de su alma al recordarlo, resplandeciéndole de nuevo sus turquesas como pensó que no brillarían más. Sonrío confiado y se dedicó a bajar los escalones que lo separaban de quien al principio vio como un nuevo amigo, pero conforme se fueron acercando sintió que podía ser aún más.

Al llegar al templo de Shaka, llamó a todo pulmón a su propietario sin resultado alguno. Caminó entre las columnas, intrigado y hasta divertido, pensando en que Shaka quería sorprenderlo o que quizás estaría en el jardín que ya había visitado y donde por primera vez al tomarle la mano sintió esa corriente especial con alguien ajeno a Camus. Esbozó una sonrisa por el recuerdo, al tiempo que iba caminando llamando a Shaka y esperando verlo en algún lugar.

—Shaka, ¿quieres que te encuentre?—preguntó en tono pícaro, hasta excitado con la idea de no sólo encontrarlo sino, porque no, acorralarlo y hasta besarlo.

¿Qué mejor regalo de cumpleaños que eso?

—Shaka, cuando te encuentre…—murmuraba jocoso… antes de quedar mudo.

Todo el mármol, toda la piedra, todo el templo se cubrió de blanco, desapareciendo en un manto brillante y absurdamente hermoso con el cielo negro atestado de estrellas, con aquella alfombra debajo de sus pies… con aquellos cristales cayendo…

Nieve…

Abrió la boca absortó, no lo podía creer… pese a que estaba en aquel lugar y podía sentir la brisa sobre su piel, la textura fría de los copos de nieves cayendo sobre su rostro y la humedad que fría inundaba a su cabello; superaba su entendimiento. Extendió su mano atrapando a uno que se derritió sobre la cobertura de oro, lo llevó a sus labios intentando saborear, sintiendo el sabor, la temperatura… pero al mismo la nada…

—Es una ilusión…—escuchó a su lado, esa voz melodiosa y dulce.

La voz de Shaka…

Su corazón retumbó… de alegría, de nostalgia, de melancolía, de esperanzas…

—Recuerdo, que antes de tomar la armadura te paraste en lo alto del coliseo y gritaste que era tu cumpleaños. Siempre me pregunté porque celebrar un año más; pensé que era una vanidad, mas envidié que para ti significara tanto vivir cuando para mí la vida con sufrimientos aún no tenía sentido…—volteó hacía él. Lo vio allí, de pie a un lado, con su presencia elegante, una mano extendida  a la altura de su rostro, atrapando uno de los copos—. Al día siguiente llegaste contando como Saga te llevó aquel sitio… me dio celos, lo admito—sonrió… esa sonrisa dulce y relajada que sólo Shaka tenía, de añoranza—, creo que hasta él se dio cuenta porque llegó diciéndome que no hay nada de malo en querer regalarle algo especial a alguien a quien quieres…

Una lágrima, sólo una lágrima rodó por su mejilla derecha, emocionado, lleno de memorias que se agitaron con esas palabras, recordando… Recordó la sonrisa de Saga cuando niñoen medio del manto blanco, recordó la expresión de seguridad y satisfacción de Camus entre los copos helados… lo que vivió, lo que amó… lo que amaba.

—Quizás no tenga el poder de llev arte a un sitio donde nieve, ni de hacer aparecer una verdadera nevada en este lugar; pero al menos, puedo hacerte creer que hay nieve aquí…

Nieve, brillante nieve, brillante como la piel de Shaka, como el cabello de Shaka…

—Shaka, abre los ojos…

Como los ojos de Shaka… que al abrirse eran dos fulgentes gemas azules que hacían palidecer lo que fuera. Su corazón palpitó violentamente contra su tórax, lleno de felicidad.

Sonrió, se acercó, le abrazó con su cuerpo, atravesó con su mano la nuca dorada, con su otro brazo la cintura de oro… bebió en su respirar su aroma a canela… el té del día.

—Para mí es real…

Lo que sentía en su pecho, lo que estaba experimentando, lo que sentía por él…

Lo que Shaka le había mostrado como una salida a su duelo, lo que había encontrado en él, lo que había vivido en esas horas de té…

Esa sonrisa que jamás pensó que dibujaría, esos ojos azules que muy pocos habían visto, la calidez, la inocencia, la entrega, la bondad, la fidelidad…

—Todo es muy real…

Los mejores recuerdos de su vida, estaban marcado por la nieve…

Si, la nieve que era blanca… blanca como la sonrisa de Saga.

Fría, como el aliento de Camus…

Y brillante, como los ojos de Shaka.

Los ojos que ahora él protegería…

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