No Tengas Miedo (Manigoldo x Shion)

Shion busca a Manigoldo porque necesita algo en especial luego de una visita inesperada

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Temas: Yaoi,  romance, drama
Personajes: Manigoldo, Shion
Resumen: Shion busca a Manigoldo porque necesita algo en especial luego de una visita inesperada
Dedicatoria: A Karin, Epsiilion y todos a quienes les guste tanto esta pareja ^^
Comentarios adicionales: Basado en el Canon de Lost Canvas. Lo escribí hace meses pero no lo había publicado aquí.

No tengas Miedo (Manigoldo x Shion)

El desespero de sus besos era evidente, tanto que no podía siquiera pelear contra ellos. La fuerza de su agarre en sus hombros forrados de oro lo hizo jadear ansioso, queriendo sentir aún más esos dedos que se querían clavar como clavos de fuego en su piel sudorosa. Se buscaban, entre las columnas del templo del carnero, Shion lo estrujaba en su contra, le imploraba mayor fuerza, que le ayudara a olvidar… olvidar.

La vergüenza, la humillación…

La sentencia.

Labios del italiano que se desviaban por su cuello, apartando los cabellos con sus manos, lamiendo y poseyendo con locura esa piel blanca. El fuego de sus hebras doradas que lo calcinaban al leve contacto lo ponía a hervir, lentamente, en una caldera de pasión erógena que despertaba en su cuerpo con pasión inaudita, burbujas de fuego que le explotaban debajo del vientre cuando esos labios se abrían para él, y le pedían. Más y más, más fuego, más hambre y entre todo…

Agua… mucha agua…

Y Manigoldo lo sentía, deseaba cumplir su pedido. Shion quería que le apagara el fuego de su rabia, de su ira e impotencia al son de besos húmedos que solo él podría profesarle. Buscar a Dohko no era una opción. Entre la tempestad furiosa de Libra, y el fuego incandescente de Aries, de seguro, solo agitarían las mismos brasas del infierno.

Y el carnero necesitaba agua, agua, agua…

—Mani… ¡hmmm!—con pericia el cangrejo desvistió el torso dorado descubriendo la piel debajo de la coraza, y llenándola de besos húmedos, llenos de su humedad, de su agua, de su saliva, del licor del que era totalmente víctima, vez tras vez, aunque la culpa lo acorralara, aunque a veces sintiera que era incorrecto. ¿Qué importaba? Lo necesitaba…—Mani, por fa…—y era callado, de nuevo, por esos acuosos labios.

Las aguas caían sobre él con la misma velocidad que sus besos, que sus caricias. Abría sus piernas con un apresuramiento irritable. No quería preludio, deseaba el fuego, deseaba el calor, deseaba que el agua hirviera hasta un punto donde solo quedara una cortina de vapor que lo encegueciera de la realidad… que no le permitiera ver el cielo que de un minuto a otro se había llenado de ángeles.

Las manos entonces se tomaron de los gruesos muslos, quitaron el faldón, que pesadamente callo al filo del piso de mármol. Entre el calor de sus cuerpos y el sudor que los enjugaba, ambos seguían besándose con desenfreno, moviéndose cada vez más rápido, sintiendo como el fuego iba calentando el agua, que hervía, hervía, ¡a punto de entrar a ebullición!

Al tiempo que las manos del italiano despejaban la tela de su pantalón, sus labios descendían dejando un rio de jugoso néctar en su pecho, besando sus tetillas, irguiéndolas al paso de su boca ya caliente. Sentía que todo en él hervía y el vapor de la excitación le nublaba la razón, los deseos, las ansía y sobretodo…

El miedo…

Miedo al Hades, miedo a la muerte, miedo a la destrucción, a la desesperanza, el miedo más brutal que jamás en su joven vida había sentido. Ya no estaría leyendo las historias de aquellos que murieron creyendo en la esperanza, ahora el mismo escribiría su historia y le aterraba, le aterraba pensar que no pudiera hacer lo suficiente, que no llegara al estándar adecuado, que su vida no fuera más que basura ante los designios de los dioses. Le horrorizaba pensar que otro entonces leería su vida a través de la armadura de Aries y quizás, lo juzgue, conforme a como debió ser. Quería sentirse fuerte, necesitaba avivar su fuego que se apagaba por el hedor aún de los que habían muerto en sus manos, y el temblor de sus piernas, ahora de éxtasis, pero que minutos antes había sido del más primitivo pavor.

Y Shion temía, realmente temía sobre todo al fracaso. A no ser suficientemente bueno para enfrentarse a la guerra y dejar una huella indeleble. Le temía a una muerte en vano. Y lo que llevaba de guerra, esas horas, sólo le había sabido a fracaso y más fracaso. ¿Qué había hecho él? Vio morir a Albafica con honor y solo pudo proteger lo que él protegió con su vida. Horas después vio partir a Asmita para no regresar más, dejando un legado que jamás, aunque quisiera en ese momento, alcanzaría a imitar. Estuvo frente al despertar de hades y no hizo nada, se quedó inmóvil, para volver a quedar, de nuevo, como estatua de sal, impotente viendo como Hades mismo irrumpió en el santuario y secuestro con él a la diosa y al patriarca.

¿Y qué había hecho Shion de Aries?

Nada, nada, nada, ¡NADA!

Y para apagar su fuego sólo necesitaba unas gotas de agua.

Los labios de Manigoldo poseyeron su hombría e iban encendiendo aún más en su cuerpo. El sudor pegado a su dermis parecía evaporarse al paso de las corrientes lascivas, mientras clavaba sus dedos en aquel cabello alborotado, y gemía abandonadamente, cerrando sus ojos, pidiendo más, más, aún más. Empujaba la cabeza en contra de su intimidad y le retorcía con los muslos sobre sus hombros, pegando las botas doradas tras su espalda, gimiendo cada vez más sin miedo a ser oído, sin importarle siquiera importarle serlo.

Y entonces, entre el intenso calor, el ardor de sus ojos cubierto del sopor, el del fuego en su vientre, el temblor en sus manos, se tensó tanto que su cabeza golpeó secamente la pared de mármol de su templo, creando un arco con su espalda antes de eyacular, velozmente, al paso de disparos calientes de semen que fueron tomados por la boca experta del italiano.

Se dejó caer y abrazar por el cuarto guardián, sin decir nada, aún convulsionando a causa del orgasmo. Lo apretó contra su cuerpo, lo besó de nuevo en su cuello, por su mejilla gruesa, hasta tomar una vez más sus labios.

Se besaron…

—Manigoldo…—le susurró entre labios, observando esos ojos azul índigo que lo miraban fieramente.

—¿Mejor corderito?—el rubio asintió, avergonzado, colgándose de nuevo de su cuello.

—Siempre lo haces… siempre logras apagar mi ira…

Y el miedo… pero eso no se lo diría.

Aunque sentía que Manigoldo ya lo sabía.

—Y tú me pones caliente. Ahora vamos a tu cama para terminar lo que empezamos, ¡me siento como la vieja tetera del anciano cuando hace té!—el ariano sonrío, dejándose llevar por él.

Mientras Manigoldo estuviera con él, podría tener fuerzas. Fuerza para seguir, fuerzas para continuar… fuerzas…

Había escuchado que fue designado para cuidar de Pegaso. No debía ser una misión difícil, o eso pensaba, hasta que una estrella fugaz atravesó los cielos en dirección al templo del patriarca. Abandonó su lugar en Aries y se quedó por un momento en Cáncer luego de sentir esa sensación sombría en su pecho, un mal presentimiento.

En ese momento lo vio… reluciente como siempre, sonriente, con el casco del patriarca en sus manos y la armadura destrozada.

Las palabras fueron suficientes:

—Entrégale esto a tu maestro de parte de mi viejo maestro—dijo, desvaneciéndose como vapor de agua, una bruma que se deslizaba suavemente por los aire, color dorado—. Les encargamos el resto.

—Tu…—su voz se quedó trabada por la sensación de esa bruma tocando sus labios.

No tengas miedo… y vive

Y seguiría apagando su miedo, desde el infinito, con un leve roce de labios…

Lo seguiría haciendo por doscientos años…

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