Admiración (Asprita)

Camino por las doce casa Aspros se encuentra con Asmita en el templo de Leo. ¿Que puede tener al santo de la Virgen en aquel lugar?

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Temas: Yaoi,  romance, drama
Personajes: Aspros, Asmita
Resumen: Camino por las doce casa Aspros se encuentra con Asmita en el templo de Leo. ¿Que puede tener al santo de la Virgen en aquel lugar?
Dedicatoria: A Karin, añadiendo más info de ello a la línea Defmita, y como parte de mi deuda xD LOL Bueno, yo te habia dicho que escribiría de ellos algún día, creo que Shiori ha determinado que es esta semana (si, Shiori y no Buda xD). Además que e gusta el contraste y tire y afloja que tiene ambos y que se evidencia cuando se enfrentan frente a Sage. Donde ninguno tuvo duda de nada, era como si era el momento para apagar lo que les estaba consumiendo a ambos OMG XD
Comentarios adicionales: Basado en el Canon de Lost Canvas. Lo escribí hace meses pero no lo había publicado aquí.

Admiración

Subía con desganó las escaleras de los templos, tolerando como siempre el pésimo humor del discípulo del patriarca, aquel que no tenía reparo de intentar hacerse el importante desde que ganó la armadura de Cáncer con eso de ser el más cercano al maestro. Apenas le había mirado de reojo y esbozado una sonrisa que por dentro maquillaba los ánimos de demostrarle quien era el más cercano al maestro. Cuando pudiera tomar el cargo, sería su hermano el más cercano y quizás buscaría aliados entre los más poderosos de los dorados. Pesé al poder de Manigoldo, no era a él a quien tenía en mente cuando se trataba de hablar de poder, sino uno que desde que había llegado le llamaba la atención el enorme cosmos que tenía y los comentarios que levantaba.

Conocía tan bien a Aldebaran como para comprender que no lanzaría esas clases de conclusiones a la ligera: debía tener alguna base para creer que Virgo no defendía los ideales de Athenea tal como los demás. Era consciente a su vez que no todos perseguían tan ciegamente a su diosa como Sisyphus y Aldebaran, él incluso tenía motivaciones un tanto más egoístas que la mayoría de ellos pero eso no significaría que declinaría en su contra en algún momento. Eso no pasaba por su mente, sólo quería obtener el lugar digno para sacar a su hermano de las sombras.

Pensando en ello entonces subió las escalinatas finales para entrar al templo de Leo en esa mañana. Hace poco tiempo Sisyphus había llegado con el hijo del antiguo guardián de Leo y de nuevo la armadura reposaba en su lugar; mas sin embargo no esperó aquella otra presencia en el centro del templo, con los rayos de sol que golpeaban contra su figura totalmente dorada mientras el viento mecía los largos cabellos de oro.

La imagen golpeó contra sus retinas, al tiempo que flotaban partículas de colores por el choque de la luz a sus ojos. Frotó sus parpados con cierto malestar, aclarando la visión para ver el cuerpo del dorado de la sexta casa, el viento que hacía danzar tenuemente la capa blanca y los cabellos dorados, el perfil serio y firme hacía el centro de la sala donde reposaba la armadura dorada de Leo. Y recibió otro golpe, en el alma, con millares de preguntas a la vez.

¿Qué hacía Asmita fuera de su templo? ¿Qué hacía allí? ¿Qué hacía mirando esa armadura?

¿Cuánto tiempo tenía sin verlo? ¿En qué momento las piernas se habían alargado tanto? ¿En qué segundo el cuerpo había madurado?

Dio un paso más y llamó la atención de aquel, quien sólo inclinó un poco su rostro a la izquierda, para hacerle saber que sabía estaba allí. El viento jugueteó con el flequillo dorado, quedando pegado un hilillo de oro en medio de sus labios. Se agitó algo dentro de él, que tuvo miedo adjudicarle el nombre. Entrecerró su ceño, mantuvo su temple aferrando su casco a la derecha de su cintura, observando que Asmita tenía el suyo en la misma posición.

Dos pasos más, se acercó quedando a tres pasos de él, en el mismo nivel, frente a la armadura de Leo que resonaba en el fondo de la estancia.

—Según Sisyphus, un gran hombre—comentó por mera diplomacia. Aunque la muerte del guerrero ya era conocida, apenas se le había podido dar los honores con la llegada de la armadura. Llegó a verlo alguna vez, si, pero no significaba mucho para él… le extrañaba que para Asmita sí tomando en cuenta que quizás no lo habría visto demasiado.

—Eso dicen—contestó sin más el de Virgo, con el rostro sin expresión alguna.

Aspros notó en ese momento el perfil de nuevo, la altura… ¿Cuánto tiempo? Pese a que siempre subía a ver al patriarca, al pasar el templo de la virgen por lo general Asmita meditaba. Siempre se había conformado con verlo a lo lejos meditando sobre la flor de lotos de piedra, sin dar mayor saludo, sin ejercer demasiados lazos. Sisyphus lo defendía, Aldebaran lo criticaba… él sólo observaba la forma en la que podía mantener encendido su cosmos durante tanto tiempo sin parecer agotado, en la enorme fuerza cósmica encerrada en ese cuerpo… cuerpo que en ese momento observó con cierta fascinación, el largo de sus brazos, de sus piernas, el blanco de su piel, la elasticidad que debía poseer, la firmeza… el sabor…

—¿No debe seguir su camino, Santo de Géminis?—Aspros subió su mirada de los glúteos que le dio por mirar en el minúsculo instante que la capa danzó dejándolo a la vista. Un tanto desubicado instaló sus ojos en el perfil fruncido del rubio, denotando el pequeño malestar. Se recriminó por haber sido tan evidente.

—Es una noble distracción saber que tiene tan interesado al santo de Virgo como para salir de su casa y estirar las piernas—asestó con velocidad sonriéndose ante la increíble agilidad que tenía de no mostrarse afectado.

—Supongo…—musitó el de Virgo con desgano.

Acto seguido, dio dos pasos largos hacía atrás, volviendo a detenerse, intercambiando el lugar de su casco dorado  para extenderle su mano derecha hacía la salida del templo. El mayor observó todo el gesto hecho con la gracia que se le envidiaría a un cisne pero entrecerrando los ojos al darse cuenta que literalmente le estaba diciendo que era mejor partir, que no era bienvenido, que quería estar solo. De nuevo algo le golpeó en medio del pecho, no supo si era por el desaire, la idea de que Asmita tuviera algo que hacer allí, o de que no le prestara atención a su presencia…

Caminó interponiéndose entre la armadura y el dorado de la sexta casa, quedándose allí de pie, dándole la espalda al tótem para mirar fijamente al joven que tenía frente a él. Le escrutó con la mirada, y notó la seriedad con la que Asmita le mostraba su seguridad de no haber nada más que decir entre ellos. Mas Aspros no creía eso, y ciertamente si quería mantenerse alejado de todos, no lo haría de él. No cuando pensaba que su fuerza era en definitiva un elemento importante para el santuario y que además, el patriarca Sage lo tenía en muy buena estima pese a lo reservado que era. Definitivamente conseguir una buena relación con Asmita no era un capricho, se convenció de ello. Conseguir su admiración no tenía una razón mayor que sus intereses…

—Creo que tu templo se encuentra unos escalones arribas, Asmita de Virgo—acotó, con una media sonrisa. Virgo estrujó un poco más sus cejas, antes de recoger su brazo derecho y dejarlo caer ligeramente al lado de su cuerpo. Decidió acercarse un poco más, uno… dos pasos…

—No estás tan ocupado como debiera si tienes tiempo que perder—golpeó con evidente molestia el de la virgen. Aspros enarcó una ceja.

—¿Por qué a la defensiva?—un paso más—. ¿Te molesta que invadan tu espacio personal?—otro paso…  Virgo esquivó el rostro a un lado, sin moverse de su sitio.

—Entonces, seré yo quien se retire—antes de hacerlo fue Aspros quien se interpuso en el camino de nuevo, quedando a sólo un paso de él.

Algo dentro de él se agitó con vehemencia ante la implacable indiferencia que Virgo le profesaba. Nadie lo hacía, no de esa forma tan abierta y hostil como lo estaba haciendo Asmita. Siquiera Manigoldo se atrevía a tal descaro y eso que era el discípulo del maestro, ¿acaso Asmita se creía más que ello? Y si, la pregunta, la maldita pregunta de qué hacía en ese templo seguía azotándolo sin entender porque…

¿Acaso Asmita llegó a admirar a aquel hombre? ¿Acaso las hazañas de él llegaron a su oído y Asmita si veía razones para admirarlo? ¿A aquel? Porque no admirarlo a él que estaba allí, frente a él, quien era admirado por todos, quien sobresalía… ¿por qué a aquel que se fue del santuario y cuyo único legado era un niñato que ahora Aldebaran debía atender?

—¿Acaso lamentas su muerte?—no pudo evitar mencionarlo y mucho menos en el tono de ligero reclamo. Virgo primero enarcó ambas cejas con evidente sorpresa y luego solo dejó elevada una con escepticismo… a los segundos, un leve movimiento curvó esos labios en la sonrisa más irónica posible.

—Siempre es lamentable la muerte de un gran Santo—Hubo un pequeño tic nervioso en géminis ante el adjetivo del “gran” Santo—. Según escuché de él, tenía costumbres que me hubiera gustado conocer… Su experiencia—y eso fue en un tono deliberadamente sensual—, me es interesante.

Y de repente eso no le supo tan mal al santo de la tercera casa. Una curva se dibujó en sus labios.

—¿Te admiras con la experiencia, cierto?—Asmita le escrutó con el semblante ante el cambio del panorama—. Ya veo, entonces de entre los dorados que hemos quedado, entre los mayores…—subrayó con marcado acento, el rubio enarcó una ceja—. Sisyphus de Sagitario que saldrá a otro viaje, Aldebaran de Tauro y yo—caminó acercándose por la espalda dorada, rozó con el índice la punta del cabello de oro—. Como mayores, tenemos la experiencia que buscas—susurró inclinándose cerca del oído del rubio, respirando en ese momento el aroma a lotos que Asmita desprendía—, y estamos presto a… enseñarte…

La curva de la sonrisa de Asmita se extendió en una mueca por demás irónica. Se alzó la comisura copiosamente hacía la derecha, sus cejas estrujadas con firmeza, el cuerpo totalmente tenso y a la expectativa. El aliento de Aspros golpeó contra su oído y la coraza dorada de su cuerpo, se coló el halito caliente erizando la punta de los poros de su espalda.

Empezó a hacer calor.

—Tienes razón—admitió, sonriendo—. Aún hay experiencia de la cual puedo aprender—, tomó el casco afirmándolo contra su vientre con ambas manos. Levantó su rostro hacia atrás, permitiéndole a Aspros la vista de su rostro, la hendidura de su peto a su pecho desnudo—. Gracias por el consejo, Aspros de Géminis—. Volvió su rostro al frente, caminó un paso, se colocó su casco dorado—. Lo seguiré—agregó, inclinando su rostro para mostrarle esa sonrisa que desprendía millares de advertencia a la vez…

Un gesto tan disparatadamente sensual que todas esas señales de peligros para Aspros no representaban problema alguno, más bien… lo excitaba…

—Quizás esta noche visite el segundo templo—fulminó, volteando.

Y la sonrisa de Aspros fue arrancada de tajo.

Cerró su puño con verdadera ira, crujieron sus muelas con enfado. Había sido una burla, una maldita burla a lo que él le estaba diciendo y decir… preferir a Aldebaran y su experiencia sobre la suya… ¡Eso jamás podría perdonarlo!

Mucho menos ser dejado así, mientras Asmita con pasos pausados abandonaba el quinto templo, con ese andar elegante y el aroma que desprendía su cabello, el cómo el sol golpeó contra su figura dorada embistiéndole de piedras de oro y fulminante ases de plata, el cómo esa endiablada hermosura podía ser parte de su imponente carácter.

Bufó tratando de tranquilizarse… desvió los ojos hasta la armadura viéndola con desgano.

Admiración… Aspros lo que quería ahora era su maldita admiración. Hacer que Asmita deseé tanto de su conocimiento como para hacerlo cumplir cualquier cosa para obtenerlo, una tan estúpidamente ciega que no hubiera forma de que le fuera desleal, de que dejara de creer en él..

Una como la de Defteros…

—Lo lograré…—murmuró, caminando hasta la salida del templo mientras el sol también le dibujaba en aquella mañana—, lograré que me admires—atravesó el sexto templo, vio de reojo con Asmita se acomodaba en la flor de loto, flexionaba sus piernas, ignorándolo como si fuera un insecto el que pasara por su templo—. Pido permiso para pasar por tu casa, Asmita de Virgo—masculló con severidad, aquel ni se movió…

Simplemente entró en meditación y lo dejó a solas…

Mordió sus labios… siguió su camino. Al desaparecer del templo Asmita desvió su rostro hacía la salida del lugar, estrujo sus cejas con malestar.

—Admiración…—susurró—. No pienso dártela…

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