Jazmines (Asprita)

Luego de un sueño y en un día especial, Aspros se siente contrariado respecto a sus propios pensamientos. ¿Será que encontrará respuestas o más preguntas al enfrentarse a Asmita?

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Temas: Yaoi,  romance
Personajes: Aspros, Asmita
Resumen: Luego de un sueño y en un día especial, Aspros se siente contrariado respecto a sus propios pensamientos. ¿Será que encontrará respuestas o más preguntas al enfrentarse a Asmita?
Dedicatoria: A Karin, jajaja aqui va mi cuarto trabajo y con esto me quedan seis. Bueno, me gustó la sensación que me dejó este, quizás viene apoyada con lo que hablabamos de como era Aspros antes de la gota y que hubiera sido de él. ¿Será que lo estoy reinvicando? Me gustó trabajarlo de esta manera y que pese a lo que se pud ver en el recuerdo de Defteros, se comprenda que Aspros era un buen hombre que fue contaminado desde hacía año y ya luchaba contras sus propios pensamientos. Espero te guste ^^
Comentarios adicionales: Basado en el Universo Canon. Meses antes de la reunión dorada. Ya era hora que el gemelo le ganara una xD

Jazmines

Era su día, un día especial y a la vez conflictivo para él. Un año más.

Aquella mañana Aspros salió primero hacía el coliseo observando a todos entrenar. Vio de lejos al discípulo de Dohko entrenando solo, su maestro se encontraba en alguna misión y por ello se apoyaba entre los demás aprendices. Constató en el joven que había un cosmos especial en él, se admiró de su fuerza y del entero empuje del joven para entrenar sólo sin tutor.  De seguro sería un gran santo.

De alguna manera dicha imagen lo levó a pensar en su hermano, quien también cumplía ese día como él, un año más de existencias que para él, sin embargo, era totalmente vacía. Bajo esa mascara, era solo cumplir un año más de sentencia y él, un año más de la promesa sin cumplir. Por eso su cumpleaños tenían ese sabor, despiadado y cruel, amargo al ponerse a pensar que aun no había llegado la hora, el tiempo se extendía, la imagen parecía escurrírsele de sus manos. Frunció su ceño con malestar… no podía felicitar a su hermano cuando por dentro se sentía que le había fallado y algo a su vez, al mismo tiempo, le agitaba en pensar de que Defteros se iría… no lo soportaría…

Quedaría solo… Pensar en que al final todo su esfuerzo fuera en vano de seguro le haría perder la cabeza.

Agitó esos pensamientos de su mente, distrayéndose en los entrenamientos, los comentarios de Aldebaran, en Kardia que por allí andaba fastidiando a alguno de los aprendices y retándolos para comprobar su fuerza. Se sentó en las gradas tratando de enfocarse en que ya faltaba poco, que cada año significaba medio espacio en el camino, que llegaría el cumpleaños en que podría decirle a su hermano que ya era libre de esa maldición y…

La imagen de Asmita le parpadeó en la memoria en ese instante.

¿Por qué razón? Quizás porque Asmita desde que se conocían jamás le había felicitado en un día como ese… en realidad, las pocas veces que se dirigían las palabras terminaban en un duelo de voluntades que ambos dejaban de lado por el mero orgullo.

Quizás porque soñó con él y jazmines en la noche.

Se levantó de las gradas frustrado, dejando todo aquello de lado para volver a su templo. Defteros de seguro estaría por allí vagando, jamás se quedaba quieto y de alguna forma lo agradecía. Al menos ese día no quería verlo para recordarse lo mismo una vez más y sentía que necesitaba la soledad, la de alejarse de lo demás y dejar de ser el perfecto Aspros de Géminis, tener la paz para ser simplemente un hombre que tenía sueños, que amaba y que se sentía a veces defraudado por lo que tardaba en hacerse realidad. No, él no tenía esos ánimos siempre risueños de Sisyphus, ni podía escudar todo con una sonrisa. Él necesitaba esconderse en los laberintos de su mente y ocultarse de forma tal que sus pensamientos ni hicieran mella en su imagen. Una media sonrisa y el rostro serio, muy pocos podían ver detrás de él.

Tenía la esperanza de que Asmita si pudiera, pero eso lo veía cada vez más difícil. O temía más bien, que lo que vio de él fuera lo que lo mantuviera alejado.

Subió los escalones de Aries luego de saludar al guardián sin mucho interés. Caminó la casa de tauro sabiendo que estaba sin dueño y empezó a visualizar las escalinatas de géminis como si por fin consiguiera descanso. Se adentró a ella, solo por un momento, pero la oscuridad más bien fue un detonante para su agobió y terminó buscando la luz, una vez más. Ni solo, ni acompañado, ese día Aspros no se sentía del todo bien, su hermano no estaba en el templo tampoco y ni ánimos de regresar al coliseo. Prefirió quedarse como guarda en la entrada de los gemelos, con el casco en la mano, pensando en múltiples cosas…

El sueño de nuevo lo había asaltado.

El recuerdo de ese sueño que lo tenía desvariando.

Había soñado con él, con Asmita de Virgo. Lo había visto a su lado, a su derecha como un aliado. Pero no… no solo vio eso… vio que lo llamó por su nombre, vio que aquel le regaló una tenue sonrisa… vio como después de acabar a los espectros con una ráfaga de ilusiones masivas dignas de su signo, se encontraron de nuevo, se acercaron. El viento movía esos cabellos de oros, provocaba que algunos mechones ocultaran sus mejillas y labios. Se vio a sí mismo, entonces, extendiendo la mano, apartando alguno de ellos, observarlo…

Y el olor a jazmines lo embargó.

Con hambre, con deseos, con ganas, con necesidad…

Lo sintió también de él, sintió el fuego que les gangrenaba en los pies, el entumecimiento de sus piernas. Un frio caló en su espalda, contradictorio al calor que se aplastó contra su pecho y al burbujeo dentro de su estomago. Las capas revoloteó en el aire, el atardecer —porque era un atardecer— se desdibujaba entre las formas que creaban los rubios cabellos de Asmita en el aire. Aspros no veía nada más, sólo a él, a la forma ovalada de su rostro, a las líneas que dibujan sus labios, a las espesas pestañas doradas y los parpados blancos que resguardaban miles de secretos. Sintió esa fuerza magnética atraerlo hacía él y al sentir el suspiró profundo de parte del dorado de la sexta casa, él lo entendió como un permiso.

Por eso en el sueño se agarró de esa fina cintura para atraerlo, se acercó a esos labios para besarlo, reforzó con su aliento caliente el deseo que le embotaba y sintió que todo había perdido y obtenido al mismo tiempo el sentido apenas lo contuvo entre sus dedos. Besó, lento y profundo; su lengua rozó con delicadeza el paladar, delineó sus dientes y luego danzó con la otra creándole corrientes erógenas en la garganta en la nuca, en el vientre. Escuchó el ruido de sus armaduras al chocar entre sí y por allí lejano el del viento que se mecía en medio de ellos y los rodeaba de aquel aroma a jazmines que el hindú desprendía; pero no abandonó sus labios, no hasta hallarse saciado.

El sueño… sólo recordarlo le creaba la misma reacción con la que despertó atolondrado esa madrugada. La sangre que caliente le manaba por las venas y el animal deseo de ser cumplido, de recibir una realidad a la que había soñado. Por supuesto, el llamado a su sexo, tal como en esa noche que tuvo que salir de la cama, lejos de su hermano, para buscar desahogo. Todo eso se repitió justo en ese instante que revivió la imagen y sus sensaciones.

Cerró sus ojos, buscando calmarse y contra su voluntad se halló buscando con su cosmos al sexto santo dorado, dándose cuenta que al menos no estaba meditando. La idea de ir a visitarle en algún momento también entró, pero la desechó al instante. Los desplantes de Asmita no era, a su ver, el regalo que quería y por mucho, mucho que deseara —por una razón que temía darle nombre—un beso de él no lo buscaría…

No lo haría… o eso pensó.

Su mente le estaba haciendo una jugada, fue lo que primero pasó por su cabeza, cuando vio salir de la casa de tauro esa figura. Luego pensó que sería demasiado tiempo al sol, que estaría con fiebre o en tal caso, que era una ilusión que se estaba haciendo a sí mismo. Lo cierto es que su corazón se agitó de inmediato, no estaba muy seguro si sólo por las imágenes del sueño o por la idea de que realmente estaba ocurriendo aquello: Asmita de Virgo al parecer había salido de su templo y ahora caminaba hacía su dirección.

El sol del mediodía, agotador, caía sobre ellos sin misericordia en ese instante; cada rayo se encargó de hacer aún más brillante el cabello y la armadura dorada. La seriedad de Virgo: imperturbable, permanecía tatuada en su gesto inflexible, mientras adelantaba el paso con la elegancia que solo él, de entre los doce, sostenía. Llevaba el casco a su lado, al parecer ya asfixiado por el calor de aquella hora y llevaba en sus manos unos jazmines que imaginó había tomado de las cercanía del santuario.

Pronto supo que no se trataba ni de imaginación, ni de una jugada de su mente o una ilusión. El aroma de Asmita penetró a sus pulmones cuando la leve brisa agitó los alrededores y lo llevó a la punta de su nariz. Supo entonces que si estaba allí, que si caminaba hacía él y que… sí, quería probar esos labios, quería hacerlo aunque luego tuvieran que caer en la misma jugada, en el mismo duelo, aunque nunca admitiera la razón del porque ansiaba probarlos.

Quería tenerlos.

—Pido permiso para pasar por tu templo, Aspros de Géminis—preguntó el rubio por mera cortesía.

En ese instante Aspros se preguntó cuantas veces había ocurrido ese dialogo. No muchas, estaba seguro de ello, Asmita no era de salir de su templo y cuando lo hacía era dirigiéndose templos arriba por el llamado del patriarca. Esa era una oportunidad, única, y hasta pensó que si era el mismo destino que se la tendía no iba ignorarla.

Notó entonces que se estaba tardando en responder, dado el rostro de molestia o impaciencia que Asmita dibujó con su semblante. Estaba paranoico, o era el sol o simplemente más sensible porque era su cumpleaños, pero ese gesto se le hizo delicioso.

—Te lo daré, después de algo.

Para ese punto el rubio alzó la ceja derecha, intrigado. No entendía a que se debía el cambio de protocolo ni que buscaba Aspros en ese momento. Suficiente tenían con sus anteriores encuentros como para saber cuál era su opinión con respecto a su presencia y si… tampoco quería estar muy cerca de ese hombre que por querer imponérsele no tenía reparo alguno en hacerse notar y de alguna manera, lograr llamar su atención.

Sintió los pasos acercarse y no se movió. Más bien volteó, colocó el casco a un lado de su cintura y esperó expectante lo que viniera a decir. Ya lo imaginaba, quizás alguna de sus llamadas de atención, de sus palabras buscando lo que no le pensaba entregar, averiguando quizás que haría que se moviera de su templo o molestarlo por los jazmines. Definitivamente Asmita esperaba algo como eso para empezar a entablar de nuevo esas discusiones que terminaban siempre de la misma forma; a decir verdad, se encontraba preparado para ellas, pero mayor fue su sorpresa cuando eso no ocurrió.

Los pasos siguieron y cuando invadieron su espacio personal se sintió turbado. Al denotar el silencio, demasiado profundo, frunció su ceño copiosamente. No, se convenció de inmediato que lo que Aspros buscaba era intimidarlo, estaba en plena entrada del templo, a la vista de cualquiera que decidiera subir las doce casa, las doncellas…  pero se estaba acercando, demasiado. Inconscientemente dio un paso atrás, luego un segundo…

—Tengo prisa…—masculló intentando acelerar las cosas, que lo dejaran salir, preguntándose más bien el porqué permanecía allí y no dejaba de lado todo el asunto protocolar.

Lo lamentable es que él se consideraba hacedor de las normas, al menos tácitas, como la de pedir permiso en un templo cuando el santo estaba de guardia.

Ante el pedido, sin embargo, logró lo que buscaba de cierta forma. Los pasos de Aspros aceleraron tan vertiginosamente que Asmita de instinto dio dos pasos más hacía atrás hasta chocar contra la columna. De inmediato se alejó de la columna con un paso, manteniéndose firme por el mero orgullo y denotando que Aspros, pese a todo, no había acercado sus manos a él. Eso le daba cierta tranquilidad.

—¿Y bien?—preguntó desafiante, ya intranquilo ante todo el panorama y la absurda situación que se encontraba por un permiso.

De haber podido ver, se hubiera dado cuenta que los ojos de Aspros permanecieron en el movimiento de los labios cuando comentó esa pregunta. Aún así, pudo notarlo cuando un leve cosquilleó le erizó los vellos de su nuca. La mirada era demasiado táctil, demasiado sugestiva… la podía sentir drenándole por los poros y acariciándole con solo el aliento de su nariz. No pudo evitar sentirse incomodado, o excitado, cuando reparó la manera en que sus labios eran observados y que de forma intermitente luego eran sus parpados, sellados, y recibiendo detrás de ellos el hormigueo.

Sabía a qué se debía la inspección, más su orgullo no le iba a permitir mostrarse cohibido a ella. Alzó su rostro prepotente, dispuesto a mostrarle que pese a lo que sintiera su cuerpo él no era alguien que se intimidara por algo tan nimio como eso. Esbozó una ligera sonrisa de burla con el ceño profundamente contraído para mostrar en su máxima dimensión la molestia.

—¿Cuánto más pretendes hacerme perder el tiempo, Aspros…?

No pudo continuar… ni Aspros esperar. Con decisión acortó el espacio y extendió su mano para asirlo de la cintura, provocando que el casco de Virgo cayera a un lado, junto al de Géminis, ambos rodando hasta golpearse a un metro de ellos. Los labios gruesos atraparon los delgados con determinación y arrobo, se abrió espacio decidido pese a lo que pudiera dictar en ese momento su mente. Asmita siquiera se movió, la impresión por el arrebato lo había dejado desarmado por un segundo y el fuego le contagió las entrañas. Al poco tiempo se encontró respondiéndolo. Los labios se dedicaron entre ellos, mientras un brazo guiaba la cintura dorada hacía su cuerpo, los otros dos se quedaron suspendido sin movimiento alguno, solo de sus cuerpos eran los labios y luego las lenguas las que ejecutaban el movimiento.

El olor a jazmines los embriaga, a ambos, como acompañante.

Por un momento, Asmita empezó a sentir algo diferente a través de ese ósculo, algo que le agitó muy dentro. Una especie de sentimiento, le costó traslucir de cual se trataba, parecía ser transmitido en cuánto esa boca degustaba de la suya con esmero e incluso pasión. El calor del mediodía insudaba sus cuerpos, a plena luz del día, en frente del templo de los gemelos y a expensa de que cualquiera pudiera verlos. No sabía porque estaba ocurriendo, por lo general cuando Aspros le robaba los besos era luego de una lucha verbal y luego un sometimiento físico, pero simplemente se decidió a lanzarse de esa forma tan extraña y con una amalgama de sensaciones tan discordantes que sí, debió admitir que doblegó a su orgullo por la curiosidad de saber que era lo que ocurría, por pensar que si seguía atado a esos labios lograría encontrar algo escondido en el tercer santo.

Aún así, el beso cedió, cuando los pulmones necesitaron aires y sus rostros se separaron para buscarlo. Asmita se quedó en silencio, inseguro, cuando de repente sintió que Aspros simplemente dio la media vuelta y caminó, tranquilo, hasta el sitió donde se encontraba al inicio. Escuchaba el latir acelerado de él, así como también había percibido el aumento de su temperatura y de la ansiedad con la que había sido besado; sin embargo esas últimas variables lo habían confundido.

Y lo que vino no lo había esperado…

—Ya te puedes ir.

Expandió sus cejas primero con sorpresa… y luego las contrajo con una rabia que le hervía dentro de sus intestinos. Burlado, sí, por primera vez se sintió burlado por él y eso había sido suficiente para recriminarse por su necedad de haber permitido aquel beso y hasta consentido creyendo que había algo más… cuando no, evidentemente no existió. Aplacó de inmediato su ira gracias a sus creencias, pero eso no le quitó el malestar y mucho menos la indignación de la que fue presa al sentirse burlado.

—Ya era hora—asestó el rubio, dispuesto a hacerle creer que él en realidad no esperó nada más, cuando era realmente lo contrario.

Tomó de nuevo su yelmo y caminó, solemnemente, hasta la salida del templo de los gemelos. Aspros lo sintió alejarse por el cosmos, sin volverlo a ver, con el cosquilleo en sus labios y el sol golpeándole en la cara.

La verdad es que se inquietó… lo que estaba sintiendo lo inquietó. Todo había comenzado por buscar su aprobación y admiración, todo había iniciado para tenerlo de aliado cuando lograra su cometido… ¿En qué momento empezó a desearlo de esa forma?

Mientras lo pensaba tendría vivo, al menos por unos minutos más, ese beso con olor a jazmines.

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