Rayos de Aurora (Cap 01)

Saga comienza a sentir que le falta algo a su vida desde que conoció a Shaka, compañero de oficina y padre de dos hermosas niñas. ¿Qué es eso que le falta? ¿Podrá tan siquiera ser participe, al menos un testigo mudo de ello?

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Temas: Yaoi, romance, drama, Universo Alterno.
Personajes: Saga, Shaka, Hilda, Fler, Marin
Resumen: Saga comienza a sentir que le falta algo a su vida desde que conoció a Shaka, compañero de oficina y padre de dos hermosas niñas. ¿Qué es eso que le falta? ¿Podrá tan siquiera ser participe, al menos un testigo mudo de ello?
Dedicatoria: A Akito-virgus y Karin_San, ya les había comentado de esta idea que me gusta, me crea mucha ilusión, espero que puedan disfrutarla, tiene su toque angst (dioses, eso no me lo pueden quitar) pero es linda, en serio ;o;
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Comentarios adicionales: Como es tradición… xD esto era para ser un one y terminó siendo un Multichapter xDD Si, el primero era Drabble y fue One, este one ahora es Multi… no me pregunten que pasa si lo visualizó como multi primero(se convierte en una novela de 72 capitulos asi como esta pasando con Color y Vida que va por 31 .-. ) En este quería mostrar como eran los sentimientos de Saga ante la vida de Shaka con su familia, y sus anhelos de tener una.

Capitulo 01: Tu sonrisa

El seguro de la puerta de madera cedió: un sonido tosco, un murmullo a modo de silbido que siguió al momento de liberar el cerrojo y abrir la puerta. La oscuridad.

Saga recordó en ese momento que debía aceitar las bisagras de la entrada, mas eso sólo le hizo fruncir el ceño aún más, tomando en cuenta que ya tenía jaqueca. Encendió la luz observando con desgano el árbol navideño desconectado, algunas cajas de regalos ya esperando debajo de él y otras decoraciones que no le llamaban demasiado la atención en ese momento. Ni pensar que tan ilusionado había estado armando todo aquellos detalles, pero para esa ocasión el Analista de Registros necesitaba no era ponerse a ver las lucecitas titilando, sino una bien merecida siesta. Apagó el interruptor de la sala principal y se apresuró hasta el pasillo que daba a la habitación, dejando su maletín con la portátil en el mesón de madera del televisor y caminando como si cargara toneladas de concreto encima. Si le preguntara, seguramente diría que en vez de masa cerebral lo que tenía era cemento asentándose dentro de su cráneo, porque aquella migraña no había forma ni manera de llamarle un malestar humano. Sólo a él se le ocurría saltarse las horas de sus tan amadas pastillas.

—Mierda…—farfullo de pronto cuando al abrir la puerta de su habitación tuvo un leve mareo.

A tientas alcanzó el lado derecho de la cama, tirándose como saco humano a ese lado del colchón arreglado con el cubrecama de celestes colores. Frunció aún más su ceño, intentando divisar con sus manos en la oscuridad el pequeño interruptor de la lamparilla de noche. El clic le hizo conocer que lo había logrado, mucho antes de que fuera la luz primero parpadeando en blanco fluorescente la que le avisara del hallazgo. Cerró los parpados con fuerzas para acostumbrarse a la media luz, abrió de nuevo observando con titilantes lucecitas de colores al despertador, unos bolígrafos y el cofre de sus pastillas junto a una botellita de agua mineral a medio tomar. Tomó tres de ellas leyendo de mala gana las instrucciones en el cofre y bebió el agua con el cual las tres capsulas entrarían a su organismo. Listo ello, volvió a tirarse a la cama, apagando la lamparilla.

Suspiró…

Y entre la ensoñación sólo vino un nombre: Shaka…

Odiaba su tratamiento aunque había aprendido a vivir con él. Desde que era adolescente estaba acostumbrado a tomarse sus pastillas, controlar de esa forma un mal que podía hacerlo tan alterable y vulnerable al punto de poder atentar contra sí mismo o cualquiera que estuviera cerca. Al principio no le había dado demasiada importancia pero después se había vuelto un verdadero infierno, infierno al que aprendió a resignarse y a tratar de controlarlo en la medida en que fuera posible. Fue así que con tesón y esfuerzo había logrado no solo el cargo del principal en el equipo de Análisis de Registros Petroleros de la trasnacional, sino a su vez el del menos pasable. Se habían creado tantas cosas a partir de él y su enfermedad que hasta había tenido la desdicha de escuchar en los pasillos un: “Es muy bueno en lo que hace, creo que por eso no lo cambian”

Bueno, tomando en cuenta las terribles discusiones que a veces se suscitaban cuando él estaba a cargo podría —en el momento que estaba más de un lado de sí mismo— dar certeza de aquella aseveración, aunque al pasar a su otro lado —a los nanosegundos— se quejara y vituperaba por ello. Precisamente era eso lo que hacía todo un Karma trabajar con él y por el cual prefería hacerlo en horarios que atentaban al usado por la empresa. Todos se lo agradecían, y él mismo agradecía eso: el hecho de que la empresa le dejara con tranquilidad decidir a qué hora ir a trabajar y amanecer dentro de ella para irse cuando todo ente mortal del común iba entrando. Así no veía a nadie, nadie lo veía a él. Era, de muchas formas, lo mejor.

Hasta que llegó ese día, con olor a café.

No era que los días no olieran a café; en realidad, era su único acompañante en aquellas jornadas nocturnas de trabajo. Sin embargo, en aquella tarde que llegaba a ya avanzadas las tres de la tarde cuando el horario acababa a las cinco; al entrar a su oficina se dio cuenta ya había alguien allí. Frunció el ceño denotando cierta confusión, hasta que recordó aquel correo de algunos días atrás donde le decían de un nuevo analista, joven, que estaría cubriendo el puesto de aquel sueco. El cabello dorado caía reverente por su espalda, cubierto con una chaqueta café y visiblemente concentrado en el computador con algunos registros antiguos. Apenas el joven volteó, hizo una leve inclinación de rostro y volvió a su faena.

No le dio demasiada atención, por lo que entró como solía hacerlo, dejando unas buenas tardes en el aire que se perdieron en el sonido del teclado y la impresora realizando su trabajo. A los pocos minutos de haberse sentado fue que el joven se levantó, tomó lo que la impresora había dejado en su bandeja de salida, y organizó en una carpeta que luego puso a su lado.

—El Sr. Mario me había pedido que hiciera una impresión de los dos últimos registros de ultrasonido sedentario en el poso LA-654. Necesito su firma.

No pudo evitar enarcar sus cejas con sorpresa por dos razones: la primera, que hubiera encontrado los dichosos archivos cuando era su primer día de trabajo y no debió haber nadie que le explicara el cómo se llevaba la oficina. La segunda, el que ni siquiera se haya molestado a presentarse, saludarlo o dar un ligero reproche por la falta de modales de su parte. Cualquiera de las dos, en ese momento, era justificable para sentirse virtualmente intrigado.

—¿Cómo conseguiste los registros?

—Tuve que preguntar quién fue el socio encargado de llevar ese análisis a la empresa cliente, y luego pedirle una copia digital de los archivos que había dejado en la red. Fue algo más complicado, pero aún no conozco el sistema de catalogación que usa la oficina.

—No hay tal…

—Se creará uno entonces—para ese punto, no era la intriga sino una pequeña señal de enfado la que había contraído el rostro del mayor.

—Y supongo que tu lo harás—cruzó sus brazos, puso una expresión seria. El joven pese a todo lo miró con la misma decisión y ecuánime facilidad con la que parecía enfrentar todo.

—Evidentemente. Me encargaré de ello, ya que soy el que trabajo en el horario de oficina, al menos en mi horario habrá orden.

Un golpe, un derechazo a su orgullo, a su honor y por supuesto a su calma. El mayor encerró su puño denotando la ira que no era muy sano que se le incrementase y por mucho que hubiera endurecido su ceño producto de esas palabras, el rubio lo miraba de pie y con esa expresión de no amedrentarse.

—Muy creído para ser tu primer día. ¿Cómo se supone que te llamas?

—En su bandeja de correo se encuentra toda la información de mí y mis estudios, Sr. Saga.

—Eso quiere decir…

—Mis presentaciones fueron realizadas a la oficina desde las siete de la mañana hasta el mediodía.

—Soy el jefe y supervisor de este lugar.

—Con más razón debería estar al corriente de los datos de su nuevo empleado—asestó el otro sin siquiera pensarlo.

Saga prefirió guardarse la cólera antes de sumarle una raya más a su nada agraciada reputación. Masculló una maldición mientras revisaba los documentos de la carpeta verificando que todo estuviera en orden y por dentro esperando algún error para llamarle la atención y tener una excusa más o menos valedera de lanzarle tres gritos. No lo encontró, por lo que resignado firmó, le dejó la carpeta a un lado y se internó a su trabajo en el monitor. Aquel tampoco comentó nada más que un “Gracias” y en eso se llevó su presentación.

Costó, las primeras tres semanas había sido un infierno cada uno de sus encuentros. Shaka organizaba todo lo que Saga dejaba en su escritorio en las noches, para cuando el mayor llegaba entonces se quejaba y gritaba buscando todos los papeles donde había hecho asociaciones y anotaciones que para el hindú no había tenido sentido y las había desechado, o por aquellos registros que había sacado y el rubio en la mañana había vuelto a guardar. Al final entre choques Shaka comprendió que no debía mover nada del escritorio de Saga aunque prácticamente compartieran la enorme oficina llena de computadores y que a su vez el mayor debía dejar instrucciones sino querían que le botaran algún papel en especial. Todo el asunto se arregló con una bandeja donde terminaba aquello que Shaka no debía mover.

Así pasaron el primer y luego el segundo mes… Así Shaka se convirtió en parte de su rutina. Shaka y sus tazas de café con leche y galletas caseras a las tres de la tarde, Shaka y sus llamadas al mediodía, cuando estaba a esas horas en la oficina. Shaka y aquel wallpaper en su equipo, esa imagen de tres mujeres; una hermosa, de cabello claro y mirada celeste, ese rostro afable de una madre y dos niñas, dos pequeñas de sonrisa hermosa y agradable, una rubia de ojos azules, con el cabello ondulado y que usaba diferentes tipos de sobreros y lazos para su abundante cabello. La otra, muy parecida a la que debía ser su madre, de cabello claro y ojos azules gélidos como el hielo, pero un rostro cálido y bondadoso, se veía más refinada y reservada.

Su familia…

—No princesa, tengo que quedarme hoy hasta tarde—escuchó aquella vez que por un pedido debían ir los dos analistas al campo. Saga lo miró de reojo mientras tomaba sus implementos e iba dejando la braga de seguridad que le tocaba al rubio en la mesa—. Dile a Marin que no se preocupen, duerman temprano que yo tengo llaves para entrar—ese debía ser el nombre de su esposa…

¿Desde cuándo había estado tan pendiente de él? Él mismo se lo preguntó en ese momento, al notar que empezaba a prestar más atención a cada movimiento que el joven geofísico ejecutaba, a darse cuenta de las galletas horneadas en la tarde, de las llamadas, del movimiento de sus manos cuando tanteaba a la taza de café y veía a su vez los registros en el otro lado de la mesa.

A su vez, se asombró consigo mismo al no sentirse fastidiado de tener a alguien más en la oficina cuando había sido conocido por casi botar a cada uno de sus compañeros. De alguna u otra forma hasta se había abierto para hablar cualquier cosa en medio de la oficina y esperar alguna respuesta de Shaka, que pese a no interrumpirlo y seguir haciendo sus actividades, le prestaba atención. Si se detenía a pensarlo, se sentía muy cómodo con él, con su silencio, con sus comentarios acertados, con la vida perfecta que él parecía tener…

Esposa, hijas, una casa cálida a donde regresar, sin problemas psicológicos… ¿no era eso lo que él podría llamar una vida feliz?

—Yo también te amo. Cuídense mucho, nos vemos mañana—cortó la llamada y lo vio suspirar con una sonrisa.

—Linda familia—murmuró el griego amarrando su cabello para ponerse el casco de seguridad—. ¿No les da miedo dormir sin el hombre de la casa?

—Creo que me da más miedo a mi dejarlas sin el hombre de la casa—la respuesta había sido la que había esperado. Shaka se veía del tipo de padres que sobreprotegían y buscaban estar atento a todas las necesidades de su familia. De esos padres que podían quizás no ser expresivos en su manera de ser, pero estaban al pendiente del mínimo detalle para satisfacerlo.

“Cómo pareja debe ser muy atento”

Cuando ese pensamiento atravesó sobre su mente, el mayor se sintió desubicado. Una ola de calor de repente invadió la punta de sus pies y se hizo consciente del latir de su corazón, un tanto acelerado, al darse cuenta de esa premisa. Saga lo miró llevándose la braga al otro lado de la oficina donde estaba un separador hacia el cuarto de impresión y donde se cambiaría su vestimenta. Pasó su mano por el cabello algo abrumado, pensando en que era lo que le había hecho pensar en eso, en porque ese pensamiento se filtró de esa forma en su cabeza.

No era que desconociera sus gustos, los sabía. Sabía de su preferencia hacía los hombres y por sobretodos, de sus gustos al respectos. Le atraían mayormente menores a él, de rasgos finos, delgados en preferencia, con buenos glúteos y fuertes piernas estilizadas. Cuidados, le gustaba mucho la limpieza ya que él mismo era enfermo con ella, que fueran atento, inteligentes pero no necesariamente un erudito. Con que supieran llevarle el ritmo de sus conversaciones se daba por satisfecho y si podía sacarle algo espontaneo era simplemente perfecto.

Relaciones anteriores también había tenido, pero no habían llegado a mucho. La vez que se había enamorado locamente él mismo echó a perder su relación por los celos y su pareja no había tenido la paciencia necesaria como para tolerarle los cambios de ánimos. Por eso vivía solo, ni siquiera una mascota era factible dado a sus horarios de trabajo y poca posibilidad de mantenerla y tomando en cuenta lo limpio que era, sólo pensar en todo lo que debía hacer para que su mascota no atentara contra ello le quitaba la idea. Lo más cercano había sido una pecera con unos tres peces al que les dio nombres de dioses griegos y que había pensado interesante cuidar por solo cambiar el agua y echar sus alimentos. Pero en cuanto murieron no pensó en comprar uno más.

“Se siente igual de solo…”

Así es, una pecera, un perro, un loro… nada de eso le quitaría la sensación de soledad y de envejecer solo que tenía. Ni siquiera el sexo esporádico.

—Estoy listo—y al ver a Shaka con su braga azul oscuro y el casco blanco a su lado, se dio cuenta: él tenía todo lo que le faltaba…

Lo peor era que más que envidiarlo, él quería un espacio…

Pensó en ello durante todo el camino hacia el puerto, donde luego los esperaba una lancha para llevarlos hacía la gabarra en la cual harían los estudios de la muestra que llegaría del pozo en el lecho marino. Observó en varias oportunidades el perfil blanco, el cabello dorado que aún en ese flequillo rozaba la nariz delineada, el espesor de los labios cerrados imaginándose de alguna forma la textura de ellos cuando fueran humedecidos por su propia saliva. Se reclamó a su vez, en muchas de ellas, el estar fantaseando cuando iba manejando la camioneta con su compañero de trabajo, quien además, era casado.

Ayudarlo a entrar a la lancha había sido divertido. Tomarle de la mano mientras el hindú, muy inseguro, se metía en la lancha que no parecía nada fiable. Luego ver el cómo se tomaba del chaleco salvavidas como si en cualquier momento la lancha se fuera a volcar le había hecho reír. Notó el rostro molesto del rubio por sentirse de alguna manera burlado, pero el griego lejos de eso, le divertía… le divertía encontrar nuevas rostros en el siempre inmutable Shaka de la oficina: el de terror cuando la barca se movía en el agua, el verlo aferrarse a la madera como si su vida dependiera de ello y espanto cuando las olas se hacían altas y la lancha golpeaba de nuevo la superficie marina.

—Mierda…—le escuchó mascullar cuando el agua le mojó un poco y el temblor se hacía evidente.

—Se supone que deberías saber nadar.

—Sé nadar, pero no es lo mismo una piscina a estar en pleno mar abierto—afiló la mirada el menor, intentando hacerle ver que su temor era serio y totalmente irreprochable. Saga por primera vez en todo el viaje y en el tiempo que llevaba trabajando, sonrío… fue una sonrisa llena de todo, de algo que parecía drenarle fuerzas a través de su pecho.

No quería definirlo, quizás era muy pronto, pero fuera lo que fuere le gustaba sentirlo.

—No te burles—reprochó el rubio mostrándose incomodo, mordiendo sus labios como si se sintiera verdaderamente avergonzado. Se tomó aún más de su asiento cuando de nuevo la barca golpeó contras las olas y se hizo un tanto inestable el movimiento sobre el mar. Saga rio, una carcajada libre salió de su garganta.

¿Cuánto tiempo tenía sin reír así? Lo pensó por un momento, y le pareció que no podía recordar siquiera la última vez.

Cuando llegaron a la gabarra luego de hacer las inspecciones necesarias, el trabajo se realizó sin ningún tipo de inconveniente más que el rostro molesto del Shaka por lo ocurrido en la lancha. Saga no hizo esfuerzo por cambiar eso, y en algún momento por cuestiones de trabajo ambos olvidaron aquello para concentrarse en emitir las respuestas correctas ante las variables arrojadas por los instrumentos que los ingenieros inducían dentro del pozo. Toda la noche la pasaron en vela viendo los documentos, las gráficas que eran enviadas a sus computadores y que ellos pasaban al sistema de computo que se encargaría de formar las líneas marcadas en los registros y de esa forma darles la información necesaria para saber la productividad del pozo.

En varias oportunidades durante esa madrugada Shaka y Saga chocaban en sus apreciaciones, el primero llevado más por la teoría y sus estudios, el segundo por la experiencia en el campo. Luego de varios debates, de miradas fijas buscando que el otro comprendieran el punto y le diera la razón, de a veces ser Saga quien la desviara del rubio… y en otras quien las fijara sin nada más en su mente que el movimiento de los labios, que la espesura de sus pestañas o el desliz de su nariz; finalmente amaneció, y el sol lo encontró a él dormido sobre la mesa en un minuto que decidió cabecear luego de una larga jornada.

El mar estaba quieto, al menos eso atestiguaba el leve vaivén de la gabarra. Cuando Saga abrió los ojos luego de dormir unos cuarenta y cinco minutos se halló solo en la pequeña oficina dentro del lugar. Salió, aún adormilado, restregándose los parpados con pesadez salió de aquel lugar hasta que el sol golpeó de lleno sus pupilas y lo obligó a entrecerrar los ojos. Tuvo que esperar un tiempo mientras su cerebro y retina se acostumbraban a tanta luz solar, pero fue lo suficiente para poder ver en una de las esquinas de la gabarra al rubio, con su braga puesta y el casco de seguridad blanco ocultando la mayor parte de su cabello dorado.

Se acercó curioso hacía él, notando en ese momento la afilada figura, el cuerpo delgado que se escondía detrás de esa gruesa tela y que se imaginaba un tanto sudado. “Es una mujer afortunada” pensó para sí, al evocar la imagen de esa mujer en el wallpaper de su compañero. “Tenerlo a él, todos los días amaneciendo a su lado…” El pensamiento se desligó de su mente en cuanto el clic del flash llamó su atención. Aturdido se acercó aún más observando así que Shaka intentaba tomarse una fotografía de sí mismo por la cámara de su móvil más esto era imposible, parecía que ninguna llenaba sus expectativas. Sonrió para sí al notarlo.

—¿Vanidoso además?—comentó a sus espalda y el rubio apenas le miró de reojo, con algo de molestia.

—Si no fueran por ellas no estaría haciéndolo—“Por ellas…” pensó… esa sensación de nuevo gobernó dentro de sus pulmones.

—Tranquilo, se ve que no eres de esos, así que te creo—concedió buscando no otra discusión—. A ver, déjame ayudarte—una ceja rubia se levantó inseguro—. Vamos, te saldrá mejor la fotografía si te la toma alguien más.

Recordar… recordar aquel momento hizo que el hombre abriera los ojos en la penumbra de esa habitación. Se había quedado dormido, al parecer, o estuvo a punto de hacerlo antes de que un sobresalto lo despertase. Sea cual fuera la razón, evocar esa memoria le había hecho dibujar una corta sonrisa en sus labios gruesos. El nombre de Shaka se diluyó efervescentemente sobre su lengua, provocándole de la misma forma esa sensación de hormigueo debajo de la piel, que luego supo era un calambre de su brazo debido a la posición. Se reacomodó un poco masajeando la extremidad entumecida y con la vista en el techo de la habitación. Aquella mañana fue la primera vez que le vio una sonrisa al rubio, una sonrisa que no era para él, pero que fue, literalmente, como ver un rayo de luz de aurora en el más frio desierto de hielo.

Porque sí, la soledad a Saga se le hacía como estar encerrado en alguno de los polos, con solo la nieve blanca hecha tierra a su alrededor y el manto negro sin estrellas y luna. Al menos para él era la mejor forma de expresar el frio que sentía en su cuerpo cuando se encontraba así: solo, sin nadie a quien abrazar en la cama o con quien conversar en el comedor. Había ido a Groenlandia en dos oportunidades por cuestiones de trabajo, así que podía dar fe que esa misma sensación del frio que te cala los huesos y el aire que quema de helado en los pulmones era la que sentía. Ese el lugar que por mucho que intentara respirar sentía que no era suficiente y al dar dos pasos era como si hubiera caminado kilómetros. El mismo cansancio, la misma carga, era así…

Y por ello enamorarse sonaba tan necesario… para cuando la idea cayó dentro de él ya era demasiado tarde, para cuando el clic de aquel teléfono accionó el sistema y grabó la imagen, ya Saga se encontraba atado.

Esa sonrisa fue el primer rayo de aurora que vería…

El problema fue enamorarse de él…

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