Rayos de Aurora (Cap 02)

Saga y Shaka han empezado a trabajar juntos, aunque el griego comienza sentir algo por su compañero. ¿Acaso Shaka tendrá espacio para él?

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Temas: Yaoi, romance, drama, Universo Alterno.
Personajes: Saga, Shaka, Hilda, Fler, Marin
Resumen: Saga comienza a sentir que le falta algo a su vida desde que conoció a Shaka, compañero de oficina y padre de dos hermosas niñas. ¿Qué es eso que le falta? ¿Podrá tan siquiera ser participe, al menos un testigo mudo de ello?

Saga y Shaka han empezado a trabajar juntos, aunque el griego comienza sentir algo por su compañero. ¿Acaso Shaka tendrá espacio para él?

Capitulo 02: Mi Sonrisa

En ese momento, el vibrar de su móvil al lado lo alertó. Comprendió que eso era lo que le había sacado de la ensoñación, el repentino mover del equipo en las colchas que creaba ese zumbido molesto en su oído. Lo tomó con una de sus manos y apretó el botón para desbloquearlo. La fotografía de fondo fue el rayo de aurora en la oscuridad de su habitación, se sonrío al verla y con esa misma sonrisa abrió el mensaje y leyó. Se sentó en la cama y escribió la respuesta, esperando hasta que el móvil diera aviso de haber sido enviado el mensaje. Suspiró luego, dejando el teléfono a un lado y levantándose al darse cuenta que tenía un poco de hambre.

El dolor de cabeza era mucho menor, la pastilla había empezado a hacer efecto. Así fue como se levantó y en paso perezoso salió hacia la cocina, no sin antes quedarse de pie en la sala y observar el árbol apagado. Decidió acercarse primero y encender aquellas luces, que venían junto a la melodía navideña que prefirió bloquear debido a que el sonido le aturdía un poco; quería un poco de ese ambiente navideño que creyó perdido al entrar.

Ah… la depresión de la que era víctima cuando las pastillas dejaban de surtir efecto. Saga pensaba en ello, en como por unas horas se había sentido virtualmente metido en el hoyo de la soledad y todo se había calmado luego de la pastilla y una pequeña siesta de veinte minutos, según vio. No era que en ese momento se sintiera el hombre más completo sobre la tierra, pero la perspectiva había cambiado dramáticamente, haciéndolo sentir más tranquilo consigo mismo. No podía negarlo, aunque aparentemente su vida había tomado mejor rumbo desde haber conocido a Shaka, muchas veces se preguntaba si no lo terminaría arruinando, como lo hizo con muchas de sus relaciones, como destruyó la comunicación con su hermano. Muchas veces quiso adjudicar aquello a agentes externos, pero siempre terminaba echándose la culpa a sí mismo, a su enfermedad, a lo complicado que era…

Prefirió dejar esos pensamientos de lado. ¡Era navidad! Al menos ese día aunque no fuese noche buena quería darse una tregua consigo mismo, dejar de pensar en lo que había perdido o podría perder y quedarse en silencio y disfrutando, sólo, de la sensación de que no estaba tan mal. Abrió con eso en mente la puerta del refrigerador, y entre varias comidas en frascos de plástico vio una taza con galletas guardadas. Se sonrío, sacándola de la bandeja junto con un litro de leche en cartón recién abierto. Agitó  el líquido dentro del envase mientras cerraba la puerta, para luego buscar un vaso de vidrio y servirse la blanca y refrescante bebida.

Abrió el compartimiento de plástico y vio las graciosas figuras que tenían las galletas, robándole así una sonrisa de ternura. Sacó una de ellas viéndola en el aire, con el trasluz del árbol titilando en colores brillantes, con la sensación de estarle robando las galletas a Santa Claus. Ante el último pensamiento se rio roncamente de sí mismo, llevando la galleta hasta el vaso de leche y humedeciéndola para probar un bocado. Sintió el “crack” de las galletas en su boca, la textura desintegrándose en el paladar y el azúcar de ellas dándole vida a sus papilas gustativas. Sintió el hormigueo… la sensación de hogar.

Así había empezado… las galletas, aquellas que acompañaban a Shaka todas las tardes fue la que comenzó un mayor acercamiento. Ya tenía semanas observándolo comer las galletas en silencio, con la pregunta en la punta de su lengua con la que quería entrever de que eran, que sabor tenían… ¿que se sentía tener a alguien que le cocinara esos detalles para él?

Semanas… tenía semanas también soñándolo. Semanas desde aquella fotografía, largas semanas… ¿quizás habían pasado tres meses? Posiblemente hasta cuatro, desde aquella vez que vislumbró esa sonrisa en el amanecer de esa gabarra. Le hablaba entonces cuando llegaba, le comentaba de todo, de las noticias o de cualquier artículo interesante que leía en internet cuando no habían trabajos que realizar. Shaka le respondía cortésmente pero no lo miraba mucho, ni parecía estar interesado en mostrar acercamiento. Se dijo entonces que estaba siendo un idiota… ¿no había leído alguna vez en el blog gay que lee que lo peor que le puede pasar a un homosexual es enamorarse de un heterosexual? Y allí estaba él, despidiendo a Shaka de un nuevo día de trabajo, viéndolo partir con el cabello dorado siendo lo último que desalojara la oficina y sintiéndose virtualmente herido y anhelante de una mirada más brillante, de una sonrisa como esa sincera para él.

Así quedaba sólo en la oficina, con el olor del café, aún el sonido del crujir de las galletas de las tres, el aroma del perfume de Shaka, el wallpaper que significaba la sentencia para ambos. Muchas veces se levantaba ya avanzada la noche de su puesto y caminaba hacia el de Shaka, sentándose en su asiento y oliendo aún la fragancia de su perfume impresa en el espaldar con la fotografía de ese escritorio virtual. Se imaginaba a Shaka volviendo a casa, con su maletín dejándolo en uno de los muebles mientras aquella mujer de cabello claro lo recibía con un beso en los labios, quizás vestida de forma sencilla: una falda floreada, una camiseta de colores pasteles, pequeños zarcillos como veía en ese retrato. Luego las dos pequeñas correrían hacía él, le tomarían las piernas, de seguro él las levantaría y las besaría a cada una en la frente o la mejilla, ambas vestiditas con esos trajecitos hermosos de cuadros y flores que se veían en la TV. Y allí agregaría la cena hecha en casa, el olor a las galletas horneándose del día siguiente, la mesa de los cuatro puestos, las niñas comiendo en sus platos, hablando todos de su día…

Si, se hacía su propia película, la película de la perfecta vida de Shaka, de esas como las propagandas de los panes Bimbo o de los cereales: las sonrisas en la mesa, la comprensión, la armonía… Vamos, el mismo sabía que quizás no sería tan perfecta, pero no podía evitar pensar en Shaka y pesar en perfección. Shaka destilaba eso en todo lo que hacía: en su trabajo, en su forma de ser, en su hoja de vida (que leyó al llegar de aquel trabajo en la gabarra). Pensó que sólo era un ingeniero, pero había comprendido al final la prepotencia con la que le había recibido. De seguro además de los tan acertados comentarios que debieron darle de lo que significaba trabajar con él, tenía que era un Magister en el área, con experiencia en el campo de investigación del estadal petrolera; definitivamente tenía razones para que desde el primer día se pusiera en igualdad.

Suspiró, de nuevo viendo esa imagen, de nuevo figurándose la vida de Shaka; a esa hora de la noche, quizás ya sus niñas estarían dormidas, él en la cama, con su esposa… La mente no se quedaba quieta, avanzaba en esa película que era tan dolorosa para él, que significaba una condena en vida, un castigo auto infringido de forma consciente, considerándose un masoquista al respecto. Imaginar a Shaka buscando a su mujer en la cama, imaginarlo besando aquel cuello blanco, siendo correspondido con esmero. Siendo ella la que lo satisficiera, la que llenara sus necesidades, la que despertara sus instintos. Ser ella quien logrará formar en Shaka un rostro que él mismo ya se figuraba imposible de ver: el excitado, el enamorado, el atestado de deleite en medio del orgasmo.

Y allí entonces, empezaban sus hipótesis, sus falsas ideas… ¿que sería si fuera él? ¿Si fuera él quien estuviera en su cama a esa hora? ¿Por dónde comenzaría? Cuando su mente dejó ir rienda sueltas a sus instintos, imaginándose el cuerpo, las caricias, los besos: su cuerpo comenzó a reaccionar. Fue imposible proseguir sin ir al baño de la oficina y satisfacerse a sí mismo con las imágenes que su mente ya le creaba. Y no fue la única vez, hubieran varias, incluso, lo había llevado al límite de buscar en los bares gay a alguien con quien simplemente derrochar sus ansias, encontrándose amantes, tomándolos con desesperación y al final regresar a casa, cansado, abrumado, herido ante la idea que en esa cama no estaría él… que en la vida de Shaka él no tenía espacio.

Enamorado y frustrado… vaya manera de cumplir sus 35 años.

Si, así había llegado aquellos días de Junio, ya Saga cansado, harto de tener que ir a los bares, de buscar amantes y de sentir la misma palpitante soledad comiéndoselo vivo muy lentamente; de oír las conversaciones de Shaka a horas del mediodía llamando a sus princesas, de ver en las noches ese wallpaper e imaginarse aquella vida… de quererlo, de querer al menos un día vivir la vida de Shaka y saber que se sentía. Hasta llegó a pensar que había sido idiota no haberse buscado una mujer, tener hijos y seguir metido en el closet. No sería el primero y el último ¿no? Y al menos la alegría de tener a alguien esperándolo parecía mucho más reconfortante que su desabrida libertad.

—Hoy no traje vianda para almorzar—escuchó ese mediodía donde tomaba con cansancio una pastilla para el dolor de cabeza. Lo miró de reojo como buscando alguna razón al comentario, ya que ese día, como ya algunos cuantos, había preferido mantenerse en silencio trabajando y respondiendo lo estrictamente necesario. Se le hizo extraño que Shaka fuera el que intentara iniciar conversación, se le hizo aún más que acotara que no había traído que comer—. ¿Trajiste que comer?—agregó a los minutos donde el griego permaneció en silencio.

—Sabes que no como en la oficina—recriminó, sintiéndose de alguna forma molesto al darse cuenta que al parecer en todo el tiempo que llevaban trabajando Shaka siquiera se había dispuesto a conocer cuáles eran sus costumbres.

—Lo sé…—consintió levantándose de su asiento—. ¿Quieres comer en algún lugar? Yo invito.

Aquello si había superado cualquier expectativa. El griego lo miró asombrado, observando cómo simplemente se enfundaba el suéter tejido marrón ocultando la mayor parte de su camisa con los mismos tonos tierras.

—¿Salir a comer?—repitió aún incrédulo. El rubio volteó y lo observó seriamente.

—Así es… ¿o tienes algún compromiso?—preguntó un tanto contrariado. Saga simplemente no daba crédito, por lo que casi en titubeo decidió despejar aquella fatalista posibilidad.

—No, no, no es eso… pero…

—Entonces no hay problema, pero yo no tengo automóvil así que…—casi como por arte de magia ya Saga estaba sacando las llaves de su camioneta. Shaka sonrió muy levemente, pero aquel gesto había sido más que suficiente para hacerle saber a Saga que el asunto iba en serio. Si lo estaba invitando a almorzar, si saldría con Shaka a otro lugar fuera de la oficina.

—Vamos, conozco un buen lugar cerca del puerto.

La invitación había sido suficiente para cambiarle el estado de ánimo al mayor. Saga por mucho que intentara controlar su emoción, y por mucho que buscara convencerse que eso no sería más que una cita de compañeros de trabajos como las que a veces tenía con algún gerente o ejecutivo vez tres vez, simplemente le resultaba imposible. Las personas de la oficina los observaron marcharse un tanto intrigados; ya adjudicaba ese hecho a que en los meses que llevaban trabajando solo salían juntos cuando había que ir al campo y ambos enfundados en sus implementos de seguridad, sin embargo aquella ocasión parecía especial.

La camioneta era una de cinco puertas, color vino tinto, de año reciente. Con darle clic al botón de su sistema de seguridad, el seguro cedió y Shaka pudo ingresar al lado de copiloto mientras Saga entraba por el conductor. Se sentía emocionado de tenerlo en su propia camioneta, ya que por lo general cuando se trataba de trabajos de campos le asignaban una especial por la empresa.

—Un buen modelo, ¿te costó comprarlo?

—No, digamos que tengo buena suerte con los créditos bancarios.

—Ya veo, yo aún estoy ahorrando para la inicial, pero cuando tengo ya lo suficiente los precios vuelven a subir. La inflación lo hace cada vez más difícil.

—Es verdad…

La conversación había girado en torno a eso, comentarios políticos, cosas del trabajo, algunas películas que hubiesen visto últimamente, resultados deportivos. Fue allí que Saga supo que Shaka también era amante del beisbol y seguidor de su equipo favorito, que compartían el mismo gusto por el pie de Limón y que en algún momento también habían ido al planetario.

—Ya veo que estás más animado—comentó al final el hindú, mientras terminaba de tomar la limonada que había pedido con su filete de Salmón. Saga levantó la mirada notándose contrariado con aquellas palabras—. Pensé que tenías algún problema o algo, te notaba extraño—y allí… su corazón empezó a palpitar con fuerza—. No es normal que estés tan callado en la oficina, Saga…

No sólo fueron sus palabras, fue su mirada de poderoso azul indagándolo, fue la preocupación que vio impresa en su semblante… fue su voz compañera que le arrullaba a pesar de no estarla oyendo en la punta de su oído, de no estar recibiendo un abrazo físico… era saber que en alguna manera le importaba.

—¿Todo está bien?

¿Y cómo decirle que era por él? Que era por ese maldito sentimiento que le estaba gestando en su pecho, que era su mirar, que era su cuerpo, que era su vida la que el ansiaba para acogerse, cobijarse debajo de las sábanas a su lado, pensar que podría tener un compañero tan atento… atento como él estaba siendo en ese momento, atento a su bienestar, a su tranquilidad, a su estabilidad…

¿Cómo decirle que se sentía deprimido por quererlo y saber que era un imposible?

—Saga…—insistió el rubio al verlo callado, mirándolo como si tuviera tanto que decir y no hallaba por donde comenzar—, ¿ocurre algo?

Sí, que quería besarlo…

—No, no—renegó tomando un poco de agua para ordenar sus ideas—. Sólo que no me esperaba esto…

—No quiero ser un impertinente…

—No, para nada Shaka—levantó sus ojos verdes, lo miró como si le suplicara que no lo hiciera, que no se le acercara de esa manera.

Como amigo… sería demasiado doloroso eso.

—Te lo agradezco, pero estoy bien. Es sólo… un poco de estrés—mirándolo a los ojos… buscando no encerrarse en ellos.

—Cualquier cosa que necesites no dudes en que puedes contar conmigo—suplicando no atarse, no más…—. Sé que quizás no he vivido aún tanto como tú, Saga, pero en algo de seguro podría apoyarte—que no le hiciera pedir lo que de verdad necesitaba.

Que lo quisiera, aunque fuera un poco…

El rostro de Saga dibujó un pesar que era indescriptible. Había una soledad tan palpable que estaba seguro eso le había hecho sentir, o al menos lo intuyó por la forma en que el rubio abrió sus ojos celestes y lo observó como si buscara algo. Temió ser demasiado evidente, desvió su mirada…

—Paguemos la cuenta, se hace tarde…

Huyó a esa mirada…

A partir de ese momento las cosas se complicaron para él. Sintió que Shaka se le acercó mucho más, buscaba sacarle conversación, buscaba animarlo y él, miserablemente, aquello le estaba haciendo más peso que la misma indiferencia que Shaka le pudiera tomar. ¿Cuántas veces contuvo las ansías de besarlo? ¿De acorralarlo contra las paredes falsas de la oficina en el área del café y besarlo hasta saciarse? Muchas, muchas veces tuvo que alejarse, salir a caminar por los pasillos, a veces hasta eludirlo por días llegando justo a la hora que se iba… tenía que hacerlo, tenía que huir de los deseos y evitar… evitar hacer una locura.

Lo peor es que cuanto Saga más se alejaba, más Shaka se le acercaba… lo acorralaba, lo dejaba sin salida… justo como aquella tarde que al llegar a la oficina cerrada encontró en su lado del escritorio una taza de plástico con galletas caseras y una nota:

“Mis hijas las hicieron”

Abrió la tapa de plástico, vio las galletas de formas extrañas con chispas de chocolate y frutillas. Las miró, las tocó con sus dedos, las olió percibiendo el olor del horneado en ellas. Se las imaginó a ellas, tan pequeñas, quizás ayudando a su madre a hacer las dichosas galletas para su padre, metiendo sus manitos en la harina, haciéndole formas con moldes de plásticos en colores, preguntando cada tanto si ya las galletas estaban listas… Lloró… lloró al darse cuenta que ese era el día a día de Shaka, que esa era la realidad de Shaka, que lo que los separaba eran mares y mares de argumentos y diferencias…

Comer galletas horneadas en casa, sabor de hogar, con lágrimas en el rostro al no tener uno. Eso si era deprimente.

—¿Te gustaron las galletas?—le había preguntado Shaka al día siguiente, cuando ya estaba por partir, corriendo a aquello que consideraba una utopía.

—Tus hijas tienen manos dulces…—murmuró sin querer mirarlo—, debieron heredarlo de su madre.

—Si, Seraphina tenía muy buena mano para la repostería.

—¿Seraphina?—volteó el mayor atolondrado. No, él no había escuchado ese nombre. ¿Acaso se había divorciado y vuelto a casar?—. Pensé que se llama Marin…

—No, no…—Shaka sonrió sentado en su puesto de trabajo, con sus brazos cruzados—. Marin es una joven que me ayuda a cuidar de mis hijas cuando estoy trabajando. Le pagó los estudios y se queda en el departamento.

—Y entonces…—temía preguntar… temía y al mismo tiempo ansiaba conocer la respuesta—, Seraphina…

—Mi esposa murió hace cuatro años—no sabía de qué forma tomarlo, como recibirlo, de qué manera sentirlo en su pecho—. Ella sufría una enfermedad pulmonar desde niña, no soportó la crisis climática.

—Lo lamento…­

—No te preocupes, Saga… son… cosas que pasan y se aprenden a sobrellevar. La quise mucho, fue una muy buena esposa y en el tiempo que pudo, buena madre…

Aún así, el era heterosexual. Saga intentaba convencerse de eso, convencer a su corazón que latía mil por hora gracias a aquello.

—Así que gracias a Marin he podido criar de mis pequeñas después de su partida. No ha sido fácil, ¿sabes? Criar a dos niñas… A veces me vuelven loco; que si los colores, que si los lazos, nunca he tenido buen gusto para ello…—lo escuchaba, pero sinceramente Saga se preguntaba era porque se abría, porque buscaba hacerle un espacio a él, porque simplemente era así: tan transparente, tan accesible, tan cercano…—, estar pendiente de ellas, de sus gustos, de los cortes de cabellos… es agotador…

—Comprendo…

No hay forma… no le daría a sus hijos otro hombre, él necesitaba a una mujer, era lo que le decía… Una mujer que con sus gustos femeninos pudiera terminar de criar a las pequeñas.

—Supongo que…—se aventuro a preguntar—, que esperas a una buena mujer que te ayude… en esa faena—Shaka rió, su respuesta fue reírse amenamente mientras pasaba su flequillo a un lado.

—Saga, ¿sabes lo difícil que es encontrar ahora a una pareja que me quiera con mis dos hijas?—no sabía cómo tomarlo, como debería sentir al respecto—. A muy pocos les gusta criar a hijos ajenos, además, tampoco quiero que se vea como si fuese una carga, mis hijas son mis tesoros y poco o mucho he aprendido a estar con ellas y darles lo que necesitan.

—Aún así, de seguro necesitaras compañía…

—No te mentiré, como hombre si lo necesito—se quería morir, era lo único que podía pensar: la desesperación que tenía dentro de sí, el retumbar de su corazón en su pecho golpeándolo segundo a segundo, todo eso, todo eso le afectaba de una forma que temía fuera demasiado evidente. Evidente en la forma en que el sudor apareció empañando su frente y sus manos nerviosas temblaban un tanto. Señales que esperaba Shaka no leyera…—. Siempre es necesario tener esa ayuda, una persona con la que pueda sentirme seguro, que me ayude a tomar decisiones sobre el futuro que quiero darle a mis hijas… lo comprendes ¿cierto?

¿Comprenderlo? Él quería que más bien lo comprendiera… comprendiera que se sentía superado por todo.

—Si… lo comprendo…

Saga sentía que las cosas habían cambiado de un momento a otro desde aquella conversación, tanto para Shaka como para él. Por un lado ya en las noches no se imaginaba el cuadro de una mujer al lado de Shaka sino el rubio solo, durmiendo en la cama, cansado y resintiendo de lo mismo que él, la soledad en las sábanas como única compañera. Lo imaginaba llegar y encontrarse solo con una jovencilla intentando criar con eficiencia a dos menores, haciendo el papel de padre y de madre a la vez… No prometía ser nada sencillo y saberlo sólo aumentó la admiración y las razones de peso del porque Shaka era especial, porque enamorarse de él no sonaba mal, era hasta entendible de muchas formas.

Así pasaron varias semanas más, el rubio acercándose a él, en las tardes dándole algunas galletas o dejando alguna en la nevera ejecutiva si Saga no llegaba antes de partir, haciéndole ver de alguna forma que estaba al pendiente, que lo tenía en cuenta… acercándose. Saga simplemente no podía contenerlo más, el fuego que sentía en su pecho, las ansias, el deseo que se entreabría en sus labios y solo tenía su nombre. Ya ni siquiera con buscar amantes, no, ya nada de eso valía, y con tan solo imaginar a Shaka durmiendo solo en una cama era suficiente para encenderlo y llenarlo de deseos de ocupar un lugar al lado de él.

El asunto era que Shaka debía ser heterosexual, solo por ello Saga no se atrevía a dar un paso más allá.

Así habían llegado a esa noche, un trabajo los había mantenido hasta avanzadas horas de la noche dentro de la oficina esperando la llegada de los nuevos registros mientras procesaban los que ya habían entrado en su red. Para ese instante ambos estaban sentados en la mesa central con los registros replegados y indicando con lápiz aquellas zonas de interés dentro del estudio del pozo. Estaban muy cerca, ambos reclinados en la mesa mientras veían el mismo pliegue de papel marcado de una escala y diferentes líneas de colores y formas que parecían darles datos específicos de las condiciones del pozo.

—Creo que en este punto tenemos mucha concentración de agua— apuntó Shaka con el lápiz haciendo un leve circulo de atención. El griego enfocó la mirada hacía esos puntos, para luego asentir con un movimiento de su rostro mientras anotaba los porcentajes que eran mencionados en la gráfica—. ¿Crees que se pueda salvar el pozo?

—Es muy pronto para saberlo, todavía no ha llegado los datos de las otras dos herramientas—el joven se mantuvo en silencio dándole la razón a su superior, mientras tomaba un poco del café que se habían servido para mantenerse despierto entre esperaban los nuevos datos.

El mayor elevó su mirada hasta notar el rostro del rubio, muy entretenido bebiendo el café y suspirando largamente como si buscara despejar el cansancio que tenía encima. Lo vio luego acariciar su sien izquierda con la yema de los dedos, se notaba tenso y lo comprendía, ya eran más de doce horas de trabajo ininterrumpido.

—Deberías descansar—le sugirió, pensando en que más bien le gustaría darle un masaje pero un contacto de ese tipo sería fulminante para él.

—¿Y tú, Saga?—preguntó Shaka mirándole fijamente… tan fijamente que para Saga fue como si le pusieran una soga al cuello.

¿Cuánto tiempo duraron mirándose? Era difícil saberlo, pero la mirada para Saga cada vez era más potente y difícil de evadir o desviar. Los ojos azules permanecieron sobre él, lo miraron con tal profundidad que sintió le penetraban dentro de sus retinas y leía cada pensamiento que pasaba por su cabeza, interceptaba las comunicaciones entre las neuronas para darse cuenta de lo que sentía, del temblor que invadió sus piernas debajo de la mesa, del sudor que corrió desde su nuca a su espalda… de cómo su respirar se agitó…

Y el de Shaka también…

De cómo sus labios se entreabrieron con nerviosismo…

Y los de Shaka también…

De cómo se abrieron y sólo lo observaba, iban de sus ojos a sus labios instintivamente…

Y Shaka también…

Una ola de calor abrazó sus pulmones y se extendió hasta la base de su vientre alojándose finalmente cerca de su entrepierna. No podía dejar de observarlo, no podía dejar de hacerlo a pesar que el mimo se dijera que estaba siendo muy evidente, que debía estar alucinando por el cansancio, el estrés, la hora… prefería pensar en algo como eso antes de ilusionarse con una realidad ficticia, tan inverosímil como el movimiento que hizo Shaka apoyando sus manos a la madera, tan increíble como el acercamiento de ese rostro blanco hacía el propio, tan irremediable como el golpe de su aliento contra su nariz, tan inevitable como el acercamiento de sus labios.

—Shaka…—murmuró antes de que sus labios fueran apresados por los del aludido.

El beso aunque empezó con un leve roce se intensificó en cuestión de segundos. Las ansías acumuladas fueron evidentes en cuanto se encontraron sus labios y la presión cardiaca aumentó. Saga desesperado se aferró con una de sus manos al rostro de Shaka presionando contra su boca con un deseo imposible de ocultar, besándolo con velocidad y profundidad aunque sólo movieran sus labios. El ritmo fue seguido por el menor quien también le hizo saber cuando había deseado ese contacto, al no permitir siquiera alejarse demasiado aún si era para tomar aire Las mano de Saga se dispuso detrás del anuca de Shaka y afirmó más dejando que su lengua se resbalara por los labios antes de que le abrieran el espacio y penetrara con ella a inundar el resto de la cavidad bucal. Lo escuchó gemir y el mismo gimió, azorado, abrumado por las sensaciones que tenían temblando sus piernas y el fuego que se alojaba en su entrepierna.

Para cuando se dio cuenta ambos se besaban con la mesa y los registros en medio de ellos separando sus cuerpos, pero demasiado concentrados en sentir al otro y en hacerles saber cuánto gustaban de lo que estaban sintiendo, detectable por la forma en que se movían y cambiaban de ángulos, chocando ambas narices en el proceso e intercambiando lenguas y dientes para sentir los labios ajenos, mientras el calor los cocinaba sobre ese lugar, los brazos buscaban más contacto pese a tener la madera en medio, levantándose e inclinándose para alcanzar al otro hasta que se hizo más necesario el acercamiento.

Se separó por ello, lo vio de ojos cerrados, con sus parpados vibrando de emociones y el rostro enrojecidos del placer, respirando entre cortadamente y con los labios titiritando por el éxtasis que ya lo desbordaba. No quiso pensar en más, no quiso buscarle lógica a lo que estaba ocurriendo, por lo que tomó una de sus manos aún asentada en la mesa y llamó así la atención de esos celestes que lo miraron atestados de pasiones. Lo empujó entonces, obligándolo a salir del área de la mesa y metiéndose hacía donde estaba la cafetera y habría una media pared que intentaría cubrirlo, donde lo presionó contra su cuerpo. Volvieron así a besarse con las mismas fuerzas que hace unos momentos, rodeando su cuerpo con los brazos y acariciándose violentamente sobre las camisas, con el calor que ya los tenía sudando a ambos e humedeciendo las telas.

Estaban desesperados por sentirse, así lo había sentido, desesperado y ansioso de sentirlo a un punto donde ninguno coordinaba otra cosa que no fuera el de sus manos moviéndose por las ropas y buscando espacio para colarse por sus pieles. Cuando Saga advirtió que fue Shaka quien primero empezó a acariciar la entrepierna por sobre el pantalón de jean sintió que las piernas dejarían de sostenerlo, gimió apenas entrecortadamente conforme los besos le permitían soltar el aire. Sacó desesperado la camisa del rubio metiendo sus manos directamente a su espalda y escuchándolo gemir con tanta devoción que supo que estaba tan entregado como él en ese momento.

Y Saga olvidó, olvidó todo lo demás conforme peleaba con el cinturón del pantalón de su compañero, desatándolo bruscamente y logrando así meter su mano por fin en el interior provocando que Shaka suspirara entrecortado para volver a la batalla campal de besos y lamidas en sus rostros, apenas apartando sus cabellos sudados con las manos libres mientras que las otras se encargaban de masturbarse mutuamente. Ya sabiendo que no podrían continuar así sin concretar, Saga le tomó ambas manos entre las suyas y se terminó arrodillando al piso invitándolo a él hacer lo mismo, a lo que el rubio obedeció sin hacer pregunta reanudando más bien los besos y las caricias. Los pantalones de ambos cayeron por debajo de sus rodillas y aún con camisas puesta y metiendo manos debajo de ellas para incitar las tetillas se siguieron besando, Shaka abriendo sus piernas conforme las rodillas de Saga se metían entre ellas y se sentaba prácticamente al piso.

Supo de inmediato entonces la posición que optarían para culminar, por lo que el rubio se acomodó sentado sobre él, sacando una de sus piernas del zapato y el pantalón para permitirle mayor ángulo de movimiento, todo mientras el mayor acariciaba el rededor del esfinge estimulándolo para recibir la penetración. Se sentó sobre él acariciando la erección potente de un Saga excitado y a punto de culminar, presionó el glande contra su ano y con un poco de esfuerzo empezó a penetrarse, sin dejar de besarse apasionadamente, hasta que logró entrar por completo, pronunciando ambos un jadeo ahogado. Se miraron luego como si buscaras confirmar lo que estaba sucediendo, sin emitir palabras, mientras el cuerpo de Shaka se acostumbraba a la intromisión y Saga buscaba contener sus ansías para no terminar debido a la presión de esas paredes calientes a su miembro.

Durante unos minutos se miraron profundamente y eso fue suficiente, el roce de los dedos de Saga al rostro del compañero, hecho con una dulzura contrastante a toda la pasión que había sido la causante de haber terminado en esa posición y la sonrisa de respuesta de Shaka a ello, fue suficiente para hacerles entender que ambos lo habían deseado.

El movimiento entonces comenzó, un vaivén certero y pausado de ambas caderas, siendo Shaka quien sostuviera el ritmo, con sus manos presionando contra los hombros de Saga mientras el mayor sostenía sus caderas y lo ayudaba a conservar el equilibrio, acariciando también un poco de sus cinturas y desviando sus manos cada tanto a sus axilas y tetillas para acariciarlo por completo aunque ambos llevaran puesta las camisas aún. El contoneo se fue acelerando entre besos y caricias, entre manos en el rostro y en sus cuerpos, entre gemidos y jadeos ahogados hasta que por fin, victimas del más animal destello de placer se movieron frenéticamente golpeándose incesante entre ellos hasta que los testículos del griego golpearon sin misericordia los glúteos del hindú. Shaka mordía sus labios para no emitir un grito que delatara su estado corporal, cerraba sus ojos poseídos, sólo podía sentir los dientes y labios de Saga marcando su cuello y tratando de besar por donde la camisa le daba espacio en su piel mientras su cabeza se encontraba suspendida hacia atrás en el espacio. Las sensaciones lo acorralaron, el orgasmo estalló y para ambos, entre el temblor y espasmos de su cuerpo y su semen manchando sus camisas, había sido la inyección de vida.

Cayeron los dos juntos en el suelo, Shaka sentado sobre su acompañante, exhausto, agotado, estremecido sin poderlo controlar mientras buscaba recuperar el aliento. Saga mientras sentía que la temperatura corporal bajaba y sus pulsaciones recobraban en pálpito normal, a la vez sintió el cúmulo de preguntas cayendo sobre su cabeza al mismo ritmo que los grados de su cuerpo: ¿Qué había significado eso? ¿Cómo llegaron a ese punto? Fue algo  consentido ¿verdad? ¿Producto del estrés? ¿Sólo necesidad? ¿Fue sólo sexo, fue atracción? ¿Había amor por parte de Shaka? ¿Entonces, Shaka también se sentía atraído por él? ¿Era bisexual? Se recriminó a si mismo que su mente fuera tan voluble como para atacarlo con esas preguntas y no dejarlo disfrutar, ampliamente, de lo que había pasado.

—Saga…—escuchó contra su oído y percibió el aliento caliente de su compañero, aún abrazado a él, aún alterado de placer—. ¿Cuándo planeabas decírmelo?—el mayor se quedó con los ojos bien abiertos, totalmente tomado por sorpresa por esas palabras.

—¿Lo sabías?—logró preguntar, acariciando la espalda sobre la camisa húmeda de sudor. El rubio asintió luego de dejarle un beso en el cuello para poner su rostro frente a él y así mirarlo fijamente.

—Desde hace unas semanas—le dijo pasando uno de sus dedos por el filo de la mandíbula.

—Y… ¿entonces?—sabía que podría sonar idiota, pero todo había sido tan repentino que ni él mismo estaba seguro de lo que había significado.

—¿Entonces…?—repitió el menor instándole a continuar la idea.

—Todo ese acercamiento, las galletas, el que me buscaras conversación…

—Vaya que eres lento, Saga—sonrió el rubio de medio lado antes de besarlo lentamente a los labios—. Comprendo si no quieres comprometerte conmigo, pero no te pediré que te hagas cargo también de mis hijas si es eso lo que te ha detenido…—el mayor abrió sus ojos aún más ante esa acotación. No, nada más lejos de la realidad, él no había dicho nada pensando que era heterosexual—. Cómo te había dicho, no busco una madre o padre para mis hijas…—lo calló usando la punta de su pulgar para rozar sus labios, lo miró con seriedad, con profundidad, para hacerle entender lo que quería comunicarle.

—No fue eso, sinceramente Shaka, no fue eso. Pensé que no compartías mis gustos—el rubio lo observó mostrando ineludible sorpresa y desconcierto. Saga le sonrió, le sonrió feliz, como si hubiese conseguido la pieza faltante en su vida—. Afortunadamente en mi experiencia me equivoqué.

En ese momento sonó el teléfono de la oficina. Ambos, viéndose en las condición en que se hallaban, agitados se separaron con un notorio rubor en sus rostros pensando en que, por la locura del momento, habían olvidado el lugar y las razones del porque se encontraban allí. Saga tuvó que quitarse la camisa manchada y cerró la oficina en cuanto pudo mientras trataban de recuperar la compostura, respondiendo la llamada para escuchar que los nuevos datos ya estaban en proceso de entrar a la red. Shaka aprovechó para buscar las mudas de ropa que ambos tenían en la oficina en caso de tener que quedarse más tiempo en ella como acostumbraba.

Siguieron trabajando, cambiados ambos de ropa y usando ambientador para matizar en la oficina el olor a sexo, sintiéndose más relajados, incluso más efectivos en sus acotaciones de los registros. Cuando se reunieron de nuevo en la mesa para ver los apuntes y los datos impreso, se miraban de vez en vez y acariciaban sus manos en variadas oportunidades. Saga lo sintió en ese momento, sintió que estar con Shaka era muy posible, que fuera lo que fuera que había pasado agradecía que hubiese ocurrido y en un momento de descuido por parte del rubio, enfocó su mirada en el wallpaper con la imagen de las tres mujeres que significaba tanto en la vida de él. Dos de ellas, sus hijas…

Por un momento en su pecho un lado paternal despertó. Sabía que querer a Shaka, aunque el mismo rubio intentara decir lo contario, era querer también a aquellas dos pequeñas. Pensó en ello, más no como si fuese una carga, Shaka le había hablado tanto de ellas que realmente quiso conocerlas.

Para cuando se dio cuenta, entre recuerdos y con la misma sonrisa que había conseguido esculpir desde aquella noche, Saga había terminado de comerse las galletas guardadas. Del dolor de cabeza no quedaba absolutamente nada, ahora lo único que podía pensar era en el delicioso sabor del azúcar uniéndose con la leche en su paladar.

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