Un Lazo Poderoso

Luego de visitar a Rodorio, Saga se siente de nuevo golpeado por su doble identidad, con su pecado y todo lo que ha perdido. Sin embargo, hay un lazo más fuerte que lo mantiene en pie.

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Temas: Yaoi, romance, drama
Personajes: Saga, Shaka, Shion
Resumen: Luego de visitar a Rodorio, Saga se siente de nuevo golpeado por su doble identidad, con su pecado y todo lo que ha perdido. Sin embargo, hay un lazo más fuerte que lo mantiene en pie.
Dedicatoria: A Karin San. Este es mi regalo de navidad ;o; Verás, sé que amamos el Asprita y si algo adoro de la conexión de ellos es todo lo que se puede scaar con la pareja Saga x Shaka asi que este regalo es para ti. Recuerdo que fuistes tu quien me presentó esta pareja y de no haber sido por ti estoy segura que este y todos los demás fics no existirian, empezando desde Cruce. Fueron tus palabras de animos, tus porras, tu apoyo, tus orgasmeantes review y la hermosa amistad que me ofreciste lo que me permitieron llegar hasta aqui. Eres una amiga super especial y cada vez que conozco algo más de ti me pregunto: ¿no será mi hermana perdida o en la otra vida fuimos hermanas? LOL es que no pueden haber tantas cosas que compartamos o nos complementemos xD De verdad, muchas gracias por acompañarme este año, por estar alli a mi lado, por ser quien eres y espero que podamos compartir mucho más ^^
Comentarios adicionales:Este fic lo quería tener listo para el 25 pero no pude acabarlo a tiempo. Nace cuando pensando en esta pareja y todo lo que sacrifica Saga para ser patriarca me viene a la mente la idea de los lazos rotos. Sé que es dificil ver en ambiente Canon sobre todo dentro de la cronología alguna idea de familias para el evento, pero buscandole por aquellos lazos que perdieron y lo único que queda, llegó a mi mente este fic que a su vez busca enlazar un poco más la idea de relación Karmika Asprita- SaSha. Espero haber logrado el proposito, este fic hace referencias a dos fics Asprita que escribí hace unas semanas atrás, a ver si lo detectan ^^

Un Lazo Poderoso

Dejó caer su capa pesada al piso de mármol, desnudando el esplendor de su cuerpo. Un halito turbio escapó de sus labios en el momento que permitió escurrir las gloriosas telas de su piel, golpeando en un sonido sordo las cuentas de sus collares contra el suelo. Sus pies entonces tocaron la fría textura del mármol y por un momento recorrió con su mirada la extensión de su alberca patriarcal, con aire pensativo, como si meditara de sus dimensiones. Suspiró, con un gesto cansado que desvirtúo la belleza de su rostro.

Llegaba de Rodorio, aquel pueblo aledaño al santuario que siempre esperaba por él. Algunas doncellas le habían entregado de sus mejores joyas, otras ancianas le ofrecieron de sus panes calientes, vio a niños admiradle desde lejos, observando sus trajes, sorprendiéndose de su poder y altura, de aquello que se hablaba de él como leyenda. Estaba acostumbrado a ello, desde joven había sido así: desviaba miradas, recibía alabanzas, observaba la admiración… Nada había cambiado al respecto, sólo que estaba ahora confinado a un cargo que aunque buscó ahora le ahogaba y a una máscara que le causó más de una aflicción, separándolo de lo que amaba, cometiendo decenas de pecados… condenado.

¿De nuevo pensando de más?—se escuchó a sí mismo y arrugó su rostro contristo—. Pensar te hace mal, Saga—agregó con gesto de burla.

El agua tocó sus tobillos y fue cubriendo sus gruesas pantorrillas conforme sus piernas descendían en la alberca. Sus ojos verdes se nublaron al escuchar de nuevo a ese ente parásito que se lo comía en vida. Era una tortura…

No intentes ignorarme Saga, sabes que es imposible.

—Cállate…—murmuró con aire cansado.

Cállame Saga, cállame sí pue…

El sonido de la puerta le alarmó por un momento, pero fue calmado de inmediato al reconocer el cosmos. Su corazón se agitó vehemente al identificar su presencia y un sentimiento muy parecido a paz se instaló en su mente. Cerró sus ojos como sí ordenará sus ideas y caminó por la alberca en pasó lento, esperando que la visita se presentará ante él. Lo había llamado, pero sabiendo que se encontraba meditando no esperó que acudiera tan pronto a su pedido.

Se sumergió dejando que las aguas lo cubriera por completó; se quedó unos segundos dentro de ellas ordenando sus pensamientos y luego emergió con gotas de agua rodando por su piel canela, deslizándose deliciosamente. Acto seguido, se sentó en una de las esquinas del lugar, reposando su cabeza al filo del mármol, todo un proceso hecho a consciencia para tratar de parecer indiferente a aquella presencia.

—Shaka de Virgo—llamó la máxima autoridad, desnudando cada sílaba con su pensamiento, degustando con la punta de su lengua. Tomó un poco de agua con sus manos y la dejó escurrir con pereza de entre sus manos, imaginándose que eran esos cabellos dorados que quería acariciar, suponiendo que era esa piel o esos labios—. Tan puntual, ¿acaso algún día me mostrarás un error?—susurró con un tono muy lejano a reclamó.

El mayor desvió su mirada hacia la entrada de la alberca, donde a unos metros esperaba arrodillado el santo de oro, sumisamente con su rostro bajo. La cortina de oro que engalanaba su cabeza caía con soltura hasta el suelo humedeciéndose un tanto. Su capa blanca caía reverente frente a él, todo él destilaba una sumisión y obediencia tal que no podía dejar de pensar si realmente la merecía.

Shaka de Virgo… era su más cercano y a la vez el más engañado, era su mayor aliado y al mismo tiempo el más afectado… Shaka era su mayor contienda, su complicación, la vista física de su bipolaridad: era bien… y era mal…

—Aquí estoy, su santidad—escuchó su voz aterciopelada en el minuto donde su mente divagó en lo que era y significaba.

Quizás DeathMask y Afrodita conocieran su secreto, tal vez tenía a Shura bajó su control por su poder, pero al único que permitía estar tan cerca de él y a su vez no le seguía por términos ajenos como la fuerza o la victoria, o manipulado por sus habilidades mentales, era él: Shaka de Virgo. El más cercano a los dioses, el más cercano al gran maestro…

Su más cercano…

¿Acaso pensaste en familia, Saga?—escuchó su propia voz en tono de burla que luego se hizo eco en una ronca carcajada mental. Frunció su ceño, hastiado de oírse, de burlarse de sí mismo y molesto al saber que sí… eso había pensando.

Shaka era lo más cercano a su familia.

Sintió el movimiento de la sagrada armadura sobre el mármol y constató que Shaka había decidido moverse. Con pasos pausados y calculados, su cuerpo se movía con eficiencia entre la sala pese a mantener sus parpados cerrados, llegando hasta donde descansaban sus vestiduras y tomándolas con sus cuidadas manos. Las adoraba, las manos finas y elegantes de Shaka era una de las cosas que más amaba, esas manos que eran capaz de llevarlo al infierno cuando tocaba su piel, encendiéndolo en poderosas llamas hasta hacerlo erosionar de placer; las mismas que lo hacían dormir en sueños placentero aún con la maldad gangrenando su temple y la culpa lacerando su alma.

—¿Cómo le fue en su visita a Rodorio?—preguntó el joven acomodando los collares entre sus dedos y quitando las arrugas del manto excelentísimo. Saga cerró sus ojos un momento, exhalando aire por la boca en un turbio movimiento de labios que acomodaba sus palabras. Tenía dolor de cabeza y la voz, la maldita voz de su propio ser hablándole no le ayudaba en lo mínimo.

Abrió de nuevo sus ojos echando un poco de agua sobre su rostro para calmar su propia ansiedad. Sintió tras él los pasos de Virgo y un estremecimiento gobernó sus extremidades a lo largo y ancho de su dermis. Anhelaba el acercamiento, así como también la textura de su piel y el sabor de sus labios. Sabía que la cura para su malestar era tenerlo, besarlo y someterlo para luego dejarse arrullar por su respiración tranquila pero no… en ese momento no quería tomarlo, no aún.

Sintió entonces los largos dedos blancos tocar su frente y acomodar su cabello húmedo, a su vez el cómo el oro golpeó la frialdad del mármol y algunos mechones dorados rozaron su hombro. No vio en Virgo la intención de acompañarlo en el baño y él mismo tampoco la necesidad de ordenarle hacerlo; así como estaban se sentía bien: una compañía muda que entendía perfectamente lo que sentía pese a no conocer la más honda de sus verdades. ¿Cómo era posible que Virgo pudiera estar tan atento de sus laberintos sin conocer que la forma de ellos era su nombre? Tan enfocado a los detalles, era incapaz de ver la enorme pieza que formaba aquel rompecabezas.

—Vi hambre, desazón, soledad…—murmuró el hombre  soltando un poco de aire de entre sus labios—. Vi enfermedad, violencia, inseguridad.

—¿Eso le turba, su excelencia?

—Nuestra misión de vida es protegerlos de todo eso, Shaka. Estamos aquí para proveer la esperanza que nuestra diosa Athena nos ha entregado, permitirles vivir, aunque ellos escojan el dolor como estilo de vida.

—El sufrimiento es parte de la vida según mis enseñanzas—respondió el hindú con soltura—. A través del sufrimiento que causa el deseo y el egoísmo, el hombre se ve en la necesidad de buscar la iluminación.

—El nirvana…—murmuró el hombre con cierto pesar en la voz. Giró su mirada hacia el frio techo del lugar, enfocó con sus verdes las formas y líneas de aquellos grabados como si quisiera en ese momento hallarle un significado, aunque sabía no tenía ninguno y el mismo comprendía que era una forma de enfocar su atención en otra cuestión menos profunda que las palabras de Shaka.

Su nirvana sería tener paz consigo mismo, ser libre de nuevo, logrando el objetivo que se había impuesto sin sentir que estaba sacrificando demasiado y aún faltaba por sacrificar.

Las palabras de Shaka parecía retratar su vida y su sueño… el sufrimiento marcado por su deseo y su egoísmo, ese que se había llevado a su hermano de su lado, asesinado a quien en algún momento fue como un padre, matado a su amigo… condenado a una vida de servidumbre y de mascaras donde era incapaz de siquiera defender lo que creía el tiempo suficiente, amarrado para verse a si mismo destruyendo lo que una vez juró proteger… alejándolo de Shaka y acercándolo bajo la figura amorfa de un ente de siglos que no existía… de un cargo que le pertenecía y lo mantenía al mismo tiempo cautivo.

Su trofeo y su cadena… junto a la esperanza de que todo lo que estaba haciendo fuera para bien.

—¿Hay algo más que le pesa, su santidad?—indagó de nuevo el sexto santo, con una mano que dejó resbalar por el grueso hombro derecho.

La caricia lo agitó y le quemó…

—No…

Se internó de nuevo en las aguas hasta separarse del mármol y hallarse sólo rodeado de ellas. Necesitaba un minuto de soledad pero al mismo tiempo le temía. No era algo que pudiera controlar, ni sus lagrimas, ni la voz haciendo burla de su destino. ¿Qué había hecho en el pasado? ¿Con que antiguo Karma cargaba? Sentía que había cometido la gran equivocación de estar en el camino de algún dios desocupado con ganas de destrozar una vida.

¿El que quiere separar el destino humano de los dioses se cree afectado por uno? Vamos Saga, eso es patético—se escuchó a sí mismo, en un tono que podría leer como una burla.

Frunció el ceño saliendo de nuevo de las aguas, dejando que estas envolvieran su cintura y se escurriera entre sus músculos el agua fresca. Levantó su mano derecha, encerrándola luego en un puño que pronto vio manchado de sangre, recordando fielmente el tacto de atravesar piel, musculo, órganos y huesos, en cómo se sintió arrebatar la vida con sus nudillos y clavarlos en aquel cuerpo que había sobrevivido a una guerra santa pero no a su ambición, a su deseo, a su egoísmo…

Se juró a su mismo levantarlo en su contra y atravesar su propio cuerpo con él si llegaba a levantar de nuevo su mano contra la diosa…

—Mi señor…—la voz se esparció en ondas deliciosas atravesando su oído—, ¿les dio paz?—y esa pregunta… aquella interrogante se deslizó suavemente por sus conductos auditivos y amarró los cientos de argumentos, las culpas… las respuestas de su verdadero pecado.

—El hombre murió en paz—aseguró con una leve sonrisa dibujada, con un sentimiento que empezaba a calmar un poco la enorme tempestad en la que vivía. El rubio asintió con su rostro en señal de aprobación, ¿tenía idea de cuánto podía hacer para él ese simple gesto? ¿El cómo sólo un movimiento de sus manos, rostro o labios era capaz de hacerle sentir en completa paz? Con un dejo de agradecimiento le miró. Sus ojos verdes, claras esmeraldas que por un momento dejaron de parecer tan turbias dibujaron el contorno de cada curva de la armadura dorada y saborearon desde adentro la piel que era resguardada tras ella.

¿Qué era lo que tenía Shaka? ¿Qué era lo que lo seducía y al mismo tiempo acogía? ¿Por qué? ¿Por qué Shion se le ocurrió la idea de ponerlo a él bajo su cargo? ¿Por qué sólo Shaka era capaz de frenar su propia maldad para no buscar lastimarlo?

—La paz que le genera su presencia y su bondad le hizo hallar el descanso eterno. Ha hecho una buena obra.

—No es suficiente…—argumentó el hombre mientras de nuevo retomaba el camino al mármol. Una pierna dejó los territorios acuosos para resentir el aire fresco de la noche y ser la primera que saliera del baño que había decidido tomar para relajar su mente. Luego la otra siguió su destino dejando el cuerpo desnudo en total libertad fuera de la alberca, dejando marcas de sus pasos húmedos en la frialdad de la piedra blanca.

Recogió su cabello largo con una sola mano, exprimiendo el exceso de agua que había quedado impregnado en él. Pronto sintió los pasos firmes y seguros de Virgo al acercarse, con el manto aún en sus manos y los collares, todos listos para envolver de nuevo su cuerpo. Que fuera él quien escogiera ayudarle a tomar la máscara y cubrir de nuevo su identidad le parecía una ironía, una de las más crueles si era posible; pero la más certera, y la más real. Sabía que Shaka jamás buscaría ir más allá de los límites que el mismo impusiera y que aún así, por muy lejos que intentara mantenerlo de su lado… Shaka encontraría la forma de envolverlo entre sus brazos, aunque fuera en espíritu…

De repente sintió como si en verdad hubiera sentido a Virgo en espíritu durante siglos…

—Quizás—aceptó el rubio extendiendo el manto sagrado para cubrir el cuerpo del sumo pontífice—, pero es necesario.

—La maldad del mundo se multiplica, el sufrimiento se hace cada vez más palpable, la guerra Santa también se avecina…

—Podremos con ello—afirmó el sexto guardián, seguro de sus palabras—. Bajo su protección y con su sabiduría, podremos vencerlo.

Saga tomó los collares que quedaban en las manos de Virgo, poniendo su vista a uno especial que sabia no le pertenecía. No hizo caso de ello, aunque sintió un palpito de reconocimiento tan palpable que pensó quizás se tratara de una reliquia especial. Algo le llamaba la atención de él, era como un martilleo conciso y certero que trataba de evocar alguna memoria añeja, perdida en los espacios de su mente. Frunció su ceño manteniendo esa tarea en cola de espera, mientras se acercaba hasta el lugar donde había dejado su casco y su máscara.

Caminó en paso certero hasta las afueras de la alberca y atravesó la sala patriarcal con seguridad. Virgo le seguía en silencio con aquel artefacto aún en sus manos, sin emitir comentario alguno y en espera de seguro de alguna orden o palabra. Lo había llamado para que le acompaña a Star Hill, iba a realizar la lectura de las estrellas y quería tenerlo allí, justo ese momento, justo en ese día en particular que luego de la visita al pueblo necesitaba sentirse acompañado.

Ese día… ese día se cumplía un año más de haber condenado a su hermano a la muerte.

El frío de la noche inundó su cuerpo en cuanto a aquella ráfaga helada penetró debajo de sus túnicas acariciando la piel desnuda. Titiritó unos segundos, entrecerrando sus ojos ante la oscuridad de la noche y la niebla que iba envolviendo el camino hacia el lugar sagrado que sólo el patriarca podía visitar, el camino que llevaba hacía otro de los cadáveres que había dejado, el cuerpo de Shion. Suspiró profundo intentando disipar esas ideas y se dio cuenta que había permanecido demasiado tiempo de pie e inmóvil al notar que el rubio en distancia prudente esperaba el siguiente de sus movimientos.

Volvió a caminar y sintió que pisaba cuerpos mutilados y lago de sangre en vez de piedras. El sonido de sus collares chocando entre ellos sobre su amplio pecho no mitigaban en nada esa sensación: la de caminar por un enorme infierno, la de calcinarse a sí mismo y perder el agua antes de poder saborearla en su garganta seca y llena de yagas. Tragó grueso cerrando sus ojos, luego abriéndolos con impenetrable seguridad tan dura como la máscara, tan frágil como su cordura; cerró sus puños como una forma de contener dentro de sí mismo a la bondad al sentir esos pulsos persistentes en su sien: la señal de que su lado más oscuro quería tomar lugar.

Sufres mucho… puedo hacértelo fácil—le escuchó en sus adentros. Intentó ignorarlo, dejarlo de lado, relegarlo—. La verdad es que deseas tomar ese cuerpo, mancharlo de nuevo, plagarte de sexo para olvidar, Saga. No tienes porque fingir lo que tú y él saben.

Quería compañía… y si, también la intimidad. Pero en ese momento sólo necesitaba el silencio, su silencio…

—Hoy hablé con Buda—escuchó la voz del rubio y volvió en sí, viendo que ya había llegado a la cima del lugar sagrado—. Me habló a través del rosario que me entregó hace años.

Volteó para verlo y recordó entonces de donde venía ese presentimiento de haberlo visto con anterioridad. Shion lo llevaba puesto, lo llevó durante todo el tiempo que estuvo a su lado hasta unos días antes de ser asesinado por su mano. Siempre se preguntó que había pasado con aquello pero no le dio tampoco gran importancia.

—Al momento de recibirlo de su mano, sentí algo especial en él. El rosario de las 108 cuentas, el que tiene el poder de sellar la inmortalidad de los espectros.

Un flash apareció en su cabeza en cuestión de microsegundo. Por un momento estaba inseguro de que se trataba la memoria; aquella se difuminaba entre sus propias vivencias y algunas ajenas que de seguro no se tratarían de las vividas. Pareció ver la dimensión, pareció ver sellos, pareció ver el tiempo, el reloj, la gota, el odio, la amargura, la impotencia, desesperación, ira… el rosario…

Jazmines…

El momento de abstracción luego lo tomó envolviéndolo hasta tiempos no tan lejanos, diez años atrás, justo en ese lugar. Se vio a sí mismo al lado de Shion, el patriarca, que llevaba en su cuello aún aquel ornamento. Recordó que estaba precisamente en ese mismo sitio, luego de haber rechazado con cuidado su pedido de ser él quien se encargara del futuro santo de Virgo. Había algo que ese niño le agitaba desde haberlo visto: era culpa y deseo, y admiración y temor…

—No puedes evitarlo—le explicó el anciano con una sonrisa tras sus canas blancas, mientras acariciaba una de las perlas de aquel rosario—. El lazo que los une es muy poderoso.

—Aioros está entrenando a su hermano Aioria, el futuro santo de Leo. Creo que siendo vecinos de los templos es lo más idóneo para ambos aprendices—ante tan lógico argumento, el anciano sólo dejó brotar una ronca risa de comprensión.

—No, Santo de Géminis, las estrellas así lo han dicho y tu así lo deseas…

—¿Yo lo deseo?—preguntó contrariado ante esa afirmación que no parecía evidente… aunque fuera cierta.

—Y Géminis también—extendió el hombre de siglos sus manos arrugadas por los pliegues del tiempo y delineó con soltura el rostro del casco al lado derecho, dibujando la expresión, sintiendo la textura de oro en sus falanges antiquísimas—. Ella y sus memorias lo desean.

Se sintió atrapado por las almendras de aquel hombre, absorbido por los hilos del tiempo. Se sintió sumergido tras su propia esencia y llevado por las corrientes rápidas que lo enviaba a las profundidades de su propio ser, de su propia alma. Perdido en divagaciones se encontró desnudo ante las memorias, herido por las motivaciones que empezaban a esparcirse en lo ancho del infinito sin forma, sin espacio, sin tiempo, sin nada más que la materia de su propio ser disgregándose en átomos ficticio.

Como si estuviera en el centro de un hoyo negro su cuerpo era difuminado en partículas, era destrozado, vejado y violentado en la velocidad de la luz, viendo las memorias pasar con la misma rapidez, sin dejarle siquiera un segundo para pensar, para entender, para comprender lo que acaecía consigo mismo, preguntándose si se trataba de parte del juego de su otro yo, o era algo más; la locura quizás filtrándose por los poros y volviéndolo un ente sin alma por fin, la maldad quizás consumiendo… temió, temió e intentó gritar aunque la voz no saliera de sus labios. El horror se apoderó de él buscando desesperadamente una ruta de escape; sentía el dolor, la frustración, los deseos que se convirtieron en sueños rotos por la culpa de un ente ajeno a él… el destino… la herida de los dioses, la fortuna de su estrella trastocada por una casualidad…

“¿Acaso no eres el hombre que tiene el poder de aplastar las galaxias?”

El vértigo… la presión… la textura de algo que acariciaba sus manos. Se tomó de ella, la apretó entre sus dedos como si fuera la soga que lo salvaría de hundirse en la arena movediza, su pase a la vida, su salvación…

—¿Patriarca?—la voz… la voz que se diluyó entre los recuerdos, que lo alcanzó en la oscuridad…

Una voz que tenía para él en ese segundo… el sabor de su realidad y de un sueño por fin realizado.

¿Pero cuántos lazos había destruido para ello?

Levantó sus ojos, lo vio observándole con el rostro contraído de la preocupación, con sus finas cejas doradas estrujando el punto de su procedencia, con su mano derecha haciendo la curvatura de su mandíbula forrada por la máscara fría, la que impedía sentir en sus poros directamente el tacto de su piel. Entonces se dio cuenta que había tomado en algún momento el rosario, el mismo que Shaka aún tenía entre sus dedos. La miró, la sintió con la yema, con los poros de su piel; era como si le debiera la vida a ello…

—¿Se encuentra bien?—preguntó el dorado sin dejar de escrutarlo con el cosmos, indagándolo con su presencia acogedora y dejando a su vez manar un poco de su cálida esencia para calmar su perturbación. Era comprensible que Shaka se hubiera preocupado cuando la forma en que tomó el rosario había mostrado una determinación y necesidad tal que de alguna forma le había golpeado hondamente, en algún rincón inhóspito de sus memorias.

—Estoy bien…—soltó con un leve temblor en los labios—. Me decías… que hablaste con Buda.

Pese a que intentó retomar el curso normal de la conversación, notó en Shaka cierta resistencia. Era posible que se debiera al reciente evento, a la turbación que aún su propio cosmos presentaba, a lo que había acaecido. El rubio bajó su rostro con algo de incertidumbre, dirigiéndolo hacia el lugar donde ambas manos atadas al rosario se tomaban. El máximo representante de Athena no solo lo había apretado, se había envuelto en una sola vuelta las cuentas de rosario en su mano afirmando su deseo de sostenerlo. Aún así, el mismo rubio tampoco sentía la necesidad de soltarlo y dejarlo en su poder; algo dentro de él lo llamaba a mantenerlo, a sujetarlo firmemente entre sus yemas.

Despejó sus dudas con facilidad luego de soltar el aire. Saga observó al forma en que el viento se movía y jugueteaba con el flequillo dorado tras el casco de oro, junto a las curvas ya más masculinas que el hindú presentaba en su rostro. No dejaba de ser bello y etéreo; más hombre que niño, más santo que humano.

—Me mostró una imagen—explicó el rubio levantando su rostro—. Aquí, en Star Hill, me vi con usted y el Santo de Géminis.

Y pálpitos… pálpitos iguales en Géminis, en Virgo… un sólo retumbar que había tocado a ambas esencias al mismo tiempo.

Pálpitos… un latir al unísono que se volvió el réquiem que presidía ese momento.

—Usted nos llamaba porque la guerra santa había empezado. El Santo de Géminis y yo nos encontrábamos a su lado, apoyándolo.

—El Santo de Géminis y tú…

—Así es—Virgo sonrió.

Esa sonrisa… creyó haber visto esa sonrisa de seguridad y aceptación en algún momento de su vida.

—Juntos, apoyando su justicia, nuestra justicia.

Virgo… él… Géminis… aunque fueran solo dos entes distintos, el poder los había convertido en tres, tres entidades diferentes… sus ojos verdes le miraron con dolor y malestar, pensando en que pasaría si realmente ese Santo de Géminis que Shaka creía perdido regresaba, que quedaría de ese supuesto lazo que los unía.

Había destrozado muchos lazos… el de su hermano, el del patriarca con su discípulo… el de Aioros con los suyos… ¿Cuántos más?

—Cuando fui a Rodorio miré a las personas del mundo y sus lazos—habló, necesitando mencionar aquello que le empezaba a corroer el alma—. Nosotros como santo de Athenas hemos renunciado a ellos para proteger los de aquellos. Familias, hermanos… incluso amigos… hemos sacrificado en nuestro camino todo aquello para poder tener un lugar divino y estar listos para entregar nuestra vida en pos de la paz, el amor y la esperanza que nuestra diosa desea para este mundo—una pausa… un minuto de largo y angustioso silencio.

Un temblor… una tempestad… un pedido… más bien, una súplica.

—Yo he perdido muchos, Shaka…

—Vivir durante tanto tiempo ha debido ser una carga muy dura…

Mordió su lengua, cerró sus parpados, angustiado, al oír la interpretación de Shaka a sus palabras. Para Shaka él era Shion… el patriarca sobreviviente de la antigua guerra, más de doscientos cincuenta años de edad.

—Si…—murmuró con pesar—. Y tú, junto con la armadura de Virgo, tienen un poderoso lazo con el Santo de Géminis, que aún Buda siendo tu maestro te lo muestra en visiones—apretó aún más el rosario, lo miró demandante aún a través de la textura helada de su artificio—. Mas no sabemos si regresará…

—Ya eso no importa—aseguró el rubio, intentando leer a través del mensaje de su superior mientras sentía que algo muy dentro de él lo llamaban a decir en ese momento las palabras correctas—. Lo protegeré a usted en su lugar, daré mi vida si es necesario—sintió con su espíritu la interrogante que iba a ser deletreada por el mayor. Se adelantó, con una firmeza tal que sentía venía tejida desde el fondo de su alma—, porque en usted he hallado mi justicia.

Y amor, devoción, admiración, comprensión, respeto, pasión…

—Y bondad…—agregó con el aliento que parecía solidificarse entre sus labios—, también bondad. Sí debo sacrificar más lazos por seguirlo, estoy dispuesto a hacerlo.

No hizo falta decir de que estaba tejido su lazo… era demasiado fuerte. Tan fuerte que parecía permanecer incluso en las telarañas del tiempo, inmortal sosteniéndolos con los mismo sentimientos que lo formaban, esa amalgama de sensaciones tan discordantes que lo hacían aún más sólido que cualquier otro. Saga no necesito leer en Shaka la palabra amor, ni el joven hindú el mencionarla, cuando eran sus manos las que seguían acariciando el artefacto de doscientos años.

Tu eres mi única familia… él único lazo que me ata a mi humanidad…

Ese pensamiento se evaporó en el aliento que chocó por última vez sobre la máscara en esa noche.

—Nuestro lazo es poderoso—quitó la máscara, la dejó caer en el piso sagrado de Star Hill—. Eres mi más cercano—enredó la cintura fina con su brazo, acaricio la textura curva de las perlas con sus dedos—, mi diestra—susurró en oído sintiendo el estremecimiento de la piel joven.

Envolvió entre sus dedos la mano blanca del menor, entrelazó uno a uno hasta que el rosario quedó enredado entre sus palmas. Con lentitud rozó usando la punta de su nariz la mejilla aterciopelada, suspiró sobre sus parpados dorados viéndolos temblar, besó el tilak mientras su cuerpo se sentía preso del deseo ardiente y la necesidad febril de tenerlo cerca, seguirlo teniendo cerca, no importaba ya las condiciones. Y se gozó cuando la mano libre de Shaka se alojó en su pecho, tocó su pectoral izquierdo y se quedó allí, como si buscara sentir los pálpitos acelerados de su corazón, buscando al mismo tiempo con su pequeña y afilada nariz el pliegue de sus labios.

Saboreó por un segundo el grueso del superior y degustó en el otro la textura del inferior. Las manos se apretaron marcando la forma esférica de las cuentas en su piel, justo cuando las bocas se turnaban para sentirse mutuamente, dándose tiempo de engalanar con su saliva caliente la contraria, ofrendar su sabor y calor al ajeno. Sus latidos se aceleraron, la calma de su mente era inversamente proporcional al calor y agitación que comenzaba en su cuerpo; pero esa sensación de estar justo donde quería, donde quiso durante tantos años hizo que cualquier sacrificio tuviera un valor, un valor más llevadero.

—Quédate conmigo esta noche…—un pedido, no una orden, dado con un leve mordisqueo en el labio inferior del guardián de la virgen.

—Como lo desee—respondió obediente, persiguiendo sus labios, tomándolo con ahínco.

Haciendole sentir que lo había logrado…

—¿Lo deseas tu, Shaka de Virgo?

—Lo deseo…

Como si hubiera sido siglos de espera…

One thought on “Un Lazo Poderoso

  1. Primero aowwwwwwwwwwwwwwwww *se pega en la pared la dedicatoria para sus días de emocidad*

    Segundo aowwwwwwwwwwwwwwwww: “¿Con que antiguo Karma cargaba? Sentía que había cometido la gran equivocación de estar en el camino de algún dios desocupado con ganas de destrozar una vida.” fue tan bello y canon y poderosa esa frase, el peso de esa frase <3.<3

    3 Es muy angst este fic *estruja a Saga* apoyo a Arles, al menos se habría animado si lo tomaba *¬*

    4 Hay tantos detalles canon que eres como la biblia de SS, no solo SaShista o gemivirguinista mejor dicho jajajaja (?)

    5- Fue muy cinematográfico la descripción de los movimientos de ellos, podía verlos moverse, imaginar los gestos de Shaka, me gustaba su cortesía, su seriedad pero que a la vez dejaba entrever la confianza con su líder.

    6- Me dio mucha tristeza eso de un año desde matar a su hermano y volver a Star hill donde otro cuerpo lo esperaba recordandole su camino de sangre T_T

    7- El final fue ternura total ❤

    8-Sin duda lo mejor del fic y el hilo conductor fue el de los lazos rotos que gana fuerza sobretodo cuando piensa en todos los que rompió

    Gracias por mi regalito ❤ perdón por tardar tanto en comentar xD

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