Relatos KaniMu (1era Parte)

Humor y romance, conjunto de cortas historias sobre el amor de ellos.

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Temas: Yaoi, romance, drama
Personajes: Kanon, Mu y varios
Resumen: Humor y romance, conjunto de cortas historias sobre el amor de ellos.
Dedicatoria: A Karin y Antares10, por su apoyo y comentarios. Sé que aman esta pareja y yo estoy tratando de alimentarla. Karin, aqui ves muchas ideaitas por todo los KaniMu que no escribí antes ^^

Apoyar el evento: ..·..LIBRE ALBEDRÍO..·..

Comentarios adicionales: Son drabbles y Oneshots que he hecho de esta pareja, al ser cortos, los qhe dejado en un solo tema

Terror en el Campamento

Los pequeños infantes de siete años miraban con los ojos grandotes en medio de la fogata al mayor que con una linterna iluminaba su propio rostro. Kanon había hecho una pausa deliberada para ver los rostros de espantos de los niños que estaban cuidando en ese campamento donde Saga lo obligó a ir. Saboreó cada uno de los reflejos, el curioso y absorto de Milo, el pequeño escorpión que se la pasaba molestando al francés que estaba de brazos cruzados en un duelo a ver si lograban asustarlo. Miro los grandes ojos de Mu medio llorosos ya por esa parte del relato y los de Aioria que ya asustado buscaba a su hermano para ver donde estaba. Aldebaran que era el más grandecito de ellos estaba ya con sus piernas tomadas del miedo y los dos grandecito, Afrodita y Angelo estaban riéndose a lo bajo a un lado. Shura, como siempre, no mostraba nada ¿y Shaka?. Esa era la cara que más quería ver, tenía pinta de llorar a la mínima provocación pero casi lanzaba un suspiro de decepción cuando lo vio durmiendo en los brazos de Saga. Vaya, ahora sí que no se asustaría.

Volvió a enfocar la mirada en Milo y en Camus que eran los que estaban más atentos y sonrío con la malicia impresa. Si todo salía como lo tenían planeado, Aioros saldría con una trampa que pondría a todos los chiquillos a correr. Claro, eso no lo sabía Saga, o empezaba con su perorata de hacer las cosas bien, de la responsabilidad y el respeto y todo aquello que a él le fastidiaba. Lo bueno es que teniendo al rubio en brazos no le daría suficiente tiempo para atender a todos cuando salgan a correr.

—Entonces—con voz ronca y grave prosiguió el relato—, la mujer salió del campamento a buscar agua. La necesitaba, tenía mucha sed, ya sentía sus labios agrietados por la falta de humedad. Así que tomó una bata y una linterna y se adentró al bosque…—hizo otra pausa dramática, detallando todo el escenario—. Estaba oscuro… y sonaba los sonidos de la noche… todos sonaban al mismo tiempo…

Y como si fuese una grabación los grillos empezaron a vibrar sus extensiones con mayor vehemencia, aumentando así su sonido, más el de algún búho a lo lejos. La fogata se agitó por una leve brisa y los muchachos sin excepción alguna se le crisparon sus infantiles vellos. Escuchó a Ángelo mascullando un: “no tengo miedo”, mientras se apretaba a sí mismo como si intentara contenerse. Afrodita le había tomado la camisa que llevaba puesta por la impresión. A Mu ya no se le cerraban los ojos, y Aioria mordió sus labios intentando hacerse fuerte. Milo en cambio le agarró la pierna a Aldebarán y en ese momento Aldebaran hecho un grito que los hizo a todos gritar. Kanon tuvo que aguantarse las ganas de reírse mientras hasta el mismo Shura había dejado escapar un gritico ante el inesperado arranque del brasileño. Cuando enfocó la vista hacía aquellos ojos que lo escrutaban con severidad, vio a Saga mirándolo con reproche y al rubio niño en sus brazos tallándose los ojos con pereza

Si las cosas estaban así a esa altura del relato, cuando Aioros hiciera aparición los niños darían vueltas por todo el campamento llamando a sus mamás.

—Calma, calma…—les dijo condescendiente. Vio a Mu tragar grueso y a Milo acercándose a Camus para tomarle una manita de apoyo. El rubio que se acaba de levantar fijó su mirada en él y Kanon, por mera curiosidad le sacó la lengua, a lo que el rubio, indignado, le estrujó el puntico en la frente. Saga resopló fastidiado—. Quédense tranquilo, estamos Papá Kanon y… Saga—dijo lo último con desgano—, para protegerlos.

—¡Pero Saga sólo carga a Milo y Shaka!—reclamó Aioria molesto y hasta un tanto celoso.

—Cállate gato, ¡tú tienes a tu hermano para que te cargue! —respondió el pequeño escorpión sacándole la lengua. Aioria respondió con un gesto igual, y Camus sólo lanzó un suspiro aburrido.

—Bueno, bueno, ¡sigamos con la historia!—respondió Kanon para recuperar la atención.

—¿Qué le paso a la mujer?—preguntó Mu con esa vocecilla de ovejita tierna y los dos grandes ojos verdes expectante. Bah, si Saga tenía sus favoritos, él también tenía a uno y ese era el corderito lila, como le pareció apodarlo.

—Bueno Mu—y enfatizó su nombre en un largo murmullo medio pícaro. Saga carraspeó y de nuevo le miró de forma amenazante. Ya sabían que era hijo del jefe, así que no le iba a hacer nada, al menos lo tenía lo suficiente cerca como que para cuando echen a correr del miedo atajarlo y evitar que se golpeara contra cualquier árbol o piedra—, la mujer salió al bosque y camino… escuchando a todos los animales hacer ruidos, gruñir entre ellos, en medio de las sombras—de nuevo hubo silencio y todos viéndolo, hasta el pequeño Shaka que despertó y era cargado en las piernas de Saga—. Llegó al arrollo, entonces se agachó para buscar agua—y aquella pausa, los ojos viéndolo él con la linterna enfocando sus ojos—, vio su reflejo en las aguas…

Entonces Kanon lo vio, a Aioros con la sábana puesta y la máscara de lobo acercándose por detrás de todos los niños. Notó que Shaka, al estar más lejos notó la entrada del mayor, y cuando iba decir algo Saga le tapó la boca y le hizo señal de guardar silencio. Al final de cuenta Saga avalaba un poco lo que iban a hacer. Sonrío maliciosamente relamiéndose los dientes, enfocó la vista primero en Milo, luego en Aldebaran, en Aioria y al final en Mu, quien lo veía sin poder pestañar. Entonces…

—Y detrás de ella había…

—¡WARRRRRRRGHHHHHH!—el gruñido que Aioros hizo por medio de la máscara y la forma en que Kanon apagó la luz en el instante fue suficiente.

—¡¡¡KYAAAAAAAAAA!!!

Todos los niños gritaron buscando donde esconderse. Milo tropezó con Aldebarán cayéndole encima y echándose a llorar. Camus lo empujaron Afrodita y Ángelo cuando intentaban huir, Aioria salió gritando llamando a Aioros y Shura simplemente se quedó estático y con los ojos bien abierto. Muerto de la risa Aioros se quitó la máscara y Kanon encendió la linterna para reírse a carcajada de los pobres infantes, mientras que Saga se levantaba de su asiento dejando a Shaka en la silla con una leve caricia en la cabeza; de seguro para retomar el control del lugar.

Luego de superar el ataque de risa que había agarrado fue que buscó con su vista a Mu, quien no se movió de su sitio y en cambio estaba con dos gruesos lagrimones del susto. La imagen le dio una ternura inexplicable, imaginándoselo inmovilizado por el temor. Buscó acercarse pero apenas se acercó y el niño se puso de pie le dio una pisada que hizo que el grito de Kanon se oyera en todo el bosque.

—¡¡¡ERES UN TONTO!!!—gritó rojo de ira y con las lagrimas rondándole en las mejillas blanca.

Y allí estaba su recompensa…

Pronto el control fue recuperado por Saga, y logró hacer que todos los niños se durmieron en el campamento después de haberles curados algunos raspones y asegurado que nadie le haría nada.Ya Kanon estaba a punto de agarrar sueño en la hamaca de afuera cuando sintió que alguien lo balanceaba. Abrió un ojo medio desganado y sólo sintió cuando una cabecita lila se le metió por el espacio entre su brazo y pecho, acomodándose con una frazada violeta. Kanon frunció su ceño, viendo hacia donde estaba las hamacas de los otros dos mayores quienes dormían tranquilos.

—Mu…

—Tengo miedo y es tu culpa—se justificó el niño decidido a no irse.

—Ah mierda…—respondió el quinceañero, lo suficientemente cansado como para no querer pelear—, sólo era la leyenda de los hombres lobos, no seas cobarde—miró los ojitos verdes del menor temblando de miedo—. Si yo fuera hombre lobo, primero me buscaría una ovejita como tú.

Y empezó a puyarlo con uno de sus dedos en la costillas, provocando en el pequeño una carcajada mientras se removía en la hamaca. De pronto sintió el zapato que Saga le tiró para que lo dejaran dormir y Kanon y Mu se miraron divertido, al darse cuenta que no había reparado en la presencia del muchacho fuera de la carpa. Se sonrieron cómplice y se fueron a dormir, allí, acurrucados, y escuchando a lo lejos un perro aullarle a la luna.

Nuevo Destino

Había escuchado la voz asomarse por el altavoz del lugar. Cientos de personas rozándole y pasando de un lado a otro, todas absortas a su vida y sus propios objetivos y motivaciones, moviéndose a su destino de la misma forma que él. Había tomado una decisión dura y difícil, no era sencillo, pero era lo que necesitaba hacer. Su abuelo una vez le habló del destino de las estrellas, Mu iba a tomarse ahora de dicho destino, él que había escogido, él que su corazón deseaba.

Fue caminando en paso firme viendo a las personas transitar por su lado, los distintos idiomas, las maletas rodando y las voces en el altavoz anunciando los próximos eventos que debían tener al pendiente aquellos que esperaban. Un oficial le pidió su documentación, y éste se la entregó, pasándole su pequeño maletín de mano para que le hicieran las experticias necesarias. Lo miraron y le preguntaron en ingles algunas otras cosas que el muchacho respondió con algo de dificultad. Al terminar, le permitieron seguir, entregándole su equipaje.

Sonrió, saludando en su lengua madre y despidiéndose con amabilidad, viendo todo lo que estaba a su alrededor: la enorme pizarra con los anuncios de vuelo y el cómo iban cambiando la información de ella. Algunos niños corriendo por su lado, las personas que hablaban y conversaban junto a otras que caminaban apresuradas como si intentaran robarle segundo al tiempo. Todo lo estaba observando, y grabándoselo en la memoria, porque cada una de esas imágenes sería parte del día donde tomó una importante decisión en su vida, una en la que esperaba no arrepentirse.

No fue fácil declinar el compromiso que sus padres le habían tenido asignado por años desde niño. No fue sencillo dejarlos con la esperanza de que algún día aceptaran su verdad y lo recibieran de nuevo como un hijo. No fue nada sencillo, pero la vida estaba llena de sacrificio, y usando la heredad que su abuelo le había entregado: dejó todo, para ir a buscar a aquel que le había abierto los ojos. Suspiró expectante siguiendo rodando sus ojos a través de la multitud, caminando sin rumbo fijo, sólo observando rostros, expresiones, ropas, algunas acciones interesantes como el de una anciana tomándole la mano a su nieta o un hombre sacudiendo el periódico entre las suyas.

Siguió haciendo esa inspección hasta que, de improvisto, unos brazos le rodearon por el cuello y una nariz se clavó de inmediato sobre su cabeza. El aroma lo detectó, al instante, y de súbito un escalofrío manó por todo su sistema nervioso. Recordó esa sensación tan placentera, el de un cuerpo abrazando al suyo, él de esa fuerza y esa especie de dulzura que brotaba de él de forma inocente y pura. Respiró su olor y echo su cabeza hacia atrás donde el mayor aprovechó para depositarlo un beso en la coronilla.

—Kanon…

—Te amo—susurró apretándolo con más fuerza, incluso con emoción—. No pensé… cuando recibí la carta…

—Te dije que lo haría…

Volteó y lo miró fijamente a sus ojos, verdes como los de él, pero más atrapante, juguetones, uno que le hacía sentir la adrenalina de saltar al vacío a su lado con la única garantía de un paracaídas. Le sonrío, y Kanon hizo lo mismo, abrazándolo de nuevo, llevándose un beso de sus labios.

—Haré que haya valido la pena…

Mu sabía que fuera como fuera el final de esa, su nueva historia, habría valido la pena.

Aquel sólo era el comienzo.

Sabor a Chocolate

Emocionado el niño había ido con el dinero que le había pedido al heladero que pasaba tranquilamente en el parque. Estaban cerca de su casa,, vivían bastante cerca, y pese a lo que su hermano pudiera creer a Kanon le agradaba estar con el jovencito de trece años para arriba y para abajo. Saga lo llamaba degenerado, él sólo decía que le daba risa la forma en que sus puntos se movían a cada mueca y que lo protegía de los más grandes del vecindario, quienes aprovechando su condición de extranjero pudieran intentar molestarlo.

¿Es que acaso Kanon no podía ser un buen samaritano?

Ahora que Mu mientras caminaba por el parque distraído en ese día de otoño, se le había ocurrido la idea de probar el nuevo helado que se ofrecía por las propagandas de televisión. Conocía dicha publicidad, de una mujer que lo comía con toda la sensualidad y lentitud del mundo mientras todo a su alrededor chocaba, se destruía y demás, saliendo la leyenda que al comer el helado todo lo demás no importaba. Era gracioso para él, estudiante de publicidad, lo que era capaz de hacer una simple imagen.

—¡Gracias Kanon!—susurró el menor al llegar a su lado y sentarse en la banca, con un jean desteñido de tantas lavadas, una franela que parecía ser de su hermano mayor, un rubio también con dos puntos y una gorra pintoresca que dejaba escapar algunos mechones violetas de ella sobre su rostro.

Observó con ternura el esfuerzo que hizo el muchacho para abrir el envoltorio y luego cuando con fascinación observo aquella paleta forrada de chocolate con almendras. Saboreo primero sus labios y lengua antes de decidirse dar un mordisco en la punta, crujiendo así la corteza achocolatada y brotando el mantecado de adentro.

—Mmmm…—murmuró el chico con sus parpados cerrados y terminando el mordisco.

Kanon de repente sintió calor. ¿Era que el maldito efecto del helado era ese? ¿O era Mu comiéndolo con tanto gusto y sensualidad? Lo cierto es que el mayor sintió una punzada en cierta zona sur que maldijo al instante y cerró las piernas como si de una parada militar se tratase. Intentó enfocar la vista en otra cosa, en el pájaro que le pasó por el frente, los autos que rodeaban la placita o las casas que estaban del otro lado de la carretera, peor el “crunch” del chocolate y el “mmm” de Mu lo tenía pasando tragos gruesos de saliva y con gotas gordas de sudor bajándole por la nuca. Empezaba a darle la razón a su hermano, ¡sólo un pervertido se sentiría así por ver a un nene de trece años comiendo chocolate!

—¿Quieres?—ofreció el chico y Kanon volteó al verlo. La vista no se enfocó en la paleta a medio comer, sino en la forma en que esa lengua pequeña y rosada saboreaba los deditos delgados del índice y pulgar lleno de chocolate y mantecado.

Kanon maldigo sus adentros. ¡Esa noche tendría sueños húmedos con un chiquillo de trece años! Asintió con vergüenza, esperando que el calor no delatara su estado por medio de un incomodo sonrojo y como pudo mordisqueo casi toda la paleta.

—¡Ey! ¡No todo!—reclamó el menor estrujando sus punticos.

¡Y dioses! Ahora recordaba porque adoraba molestarlo, ¡es que era simplemente excepcional!

Casi por la risa que quiso brotar de su garganta se iba ahogando con el bocado de chocolate, almendras y mantecado que tenía en la boca, tosió un poco golpeando se el pecho y luego sintió las palmaditas en su espalda del jovencito que también intentaba ayudarlo. Sonriéndose un poco con la boca llena, Kanon le hizo señas a Mu que ya, ya había pasado el peligro y estaba vivo “gracias a él” a lo que Mu contestó con una hermosa sonrisa. Un hilillo de mantecado corrió por su comisura derecha y antes de que pudiera hacer algo para limpiarlo fue Mu quien acerco sus dedos para borrarlo y luego los relamió inocentemente.

Ya Kanon estaba en las nubes.

—¡No se debe desperdiciar!—comentó el niño como si no tuviera una soberana idea de que estaba haciendo, mientras que Kanon paralizado sentía el frio en la punta del dedo gordo del pie.

Pronto acabaron de comerse el helado juntos, Mu le pasaba un poco y el trataba de morder solo las esquinas, riéndose por ver como el chocolate lo tenía regado como un bigote debajo de la nariz y parte de las mejillas. Le pasó un pañuelo para que se limpiara y se burló de él con el objetivo de verle el sonrojo tierno de sus dos mejillas hinchadas de bochorno. Una hoja café cayó sobre su gorra, y otras más brillantes entre ellos dos, con la brisa otoñal, tan suave y fría, fresca, del momento que estaban conviviendo y que años después ambos recordarían, como una de esas cosas que se vivieron juntos y les hace esbozar una sonrisa de nostalgia en sus labios.

Como una de sus primeras salidas.

—Vamos, ya va a oscurecer, es hora de llevarte a tu casa—el muchacho asintió, limpiándose las manos con el pañuelo y levantándose mientras se sacudía algunas hojas secas de su cabeza.

—¡Tienes hojas en tu cabeza, Kanon!—exclamó el menor con una sonrisa divertida y Kanon se sacudió la cabeza haciendo caer unas tres de su alborotado cabello—¡Mira, tienes montones pegadas!.

—Cielos, ¡casi me hacían un nido de pájaro en la cabeza!—y Mu rió divertido.

Pronto vinieron las bromas, los juegos, risas entre ellos mientras el menor tomaba las manos del adulto y caminaban hacía la residencia donde vivía. El mayor le miraba con ternura, le contaba chistes y le decía que cuando cobrara lo iba a invitar con su hermano y Saga a un parque, de diversiones que habían armado a unas cuadras de la zona, emocionando así al tibetano. Caminaron atados de manos, sintiendo lo pegajoso de sus dedos del uno sobre el otro y gravando un instante que para ambos, al recordarlo, sabría a chocolate.

Me gustas

Respuesta…

—¡Me gustan tus ojos!—exclamó sin saber porque en ese momento veía a dos pares y no uno, pero no le importaba, aquellas esmeraldas verdes eran preciosas y le gustaban porque eran… verde. ¿Necesitaba más explicación? El creía que no, él solo era feliz con verlos.

—Kanon, en serio ya…

—Y tu voz, me gusta. Suena… ¡deliciosa!—para Mu en cambio las cosas no podían ser más vergonzosa, estaban en la puerta de su casa más allá de la medianoche con un rubio que ignoraba de quién era y Saga tratando de levantar a su hermano. Además que no sabía cómo tomar el adjetivo delicioso.

—Si, Kanon, ya basta, ¡vámonos a casa!—fue Saga quien habló, jalándolo un tanto molesto.

—No espera, ¡no le he dicho que me gustan sus puntos!

—Kanon, ¿hablamos mañana si?—intentó convencer el tibetano, pasando la mano por el cabello alborotado. Eso fue suficiente para que Kanon se soltara del agarre de Saga y se le enganchara al muchacho de cabello malva.

—Me gustas mucho, ¡deja de ver a mi hermano!—para ese punto Saga abrió los ojos como platos y Mu se puso todo colorado. En cambió el hindú, que veía todo de lejos, enarcó una ceja con molestia.

—Saga, mejor tomaré un taxi—replicó el rubio dando la espalda.

—No, Shaka, ¡espera!

—¡A mí me gustas, Mu!—gritó a todo pulmón devolviendo su atención en él. El tibetano suspiró cansado, viendo condescendiente al otro gemelo que veía como el rubio ya se adelantaba a la carretera para irse por su cuenta.

—Déjamelo Saga—le dijo comprensivo—. Me encargaré de Kanon—y Saga lo vio como si le salvara la vida.

—Prometo venir por él más tarde—y sin más salió buscando alcanzar al otro.

Mu inhaló profundo, aunque era más el alcohol que se respiraba gracias a Kanon que seguía enganchado a él restregando su cabeza contra su hombro. Casi a arrastrada logró ingresarlo dentro de su pequeña casa y lo empujó para que aquel se pusiera de pie. Vaya, cuando hizo aquella pregunta no esperó que las cosas terminara de esa manera; ahora veía los ojos verdes de Kanon enrojecidos de alcohol y observándolo como el niño que ha sido regañado y no sabe muy bien porque.

—Kanon, estás borracho—lo miró con sus templadas esmeralda, severamente.

—Me gustas…—repitió y fue asaltado por los labios del menor, en un beso rápido, violento y cargado de pasión.

—Lo sé… lo sé, pero hablamos mañana. Ahora te tienes que echar un baño.

Pregunta…

Estaba en casa de él, días antes de aquella reunión donde Saga lo había invitado a ir porque pensaba que al salir con él el muchacho que estaba cortejando y aún no sabía de sus intenciones, no se asustaría. Se suponía que era algo como una salida casual entre compañeros de trabajos a un bar, o algo así; sinceramente Kanon no estaba muy al pendiente de ello.

—Kanon, ¿sabes que Saga me mostró ayer una carta?—y aquello había sido suficiente para asustarle.

Para él no era nada desconocido lo que Mu sentía por Saga hace años, cuando eran apenas un adolescente. Se había prácticamente criado junto, y siempre había tenido celos de ver como Mu elogiaba a su hermano mientras él a duras penas le prestaba atención. El asunto es que ni Saga se mostró interesado ni Mu hizo algo para cambiarlo, por lo tanto se veían, supuestamente, como amigos.

Le daba celos pensar en las veces que se quedaban hablando en una reunión, en las veces que Mu lo buscaba para contarle sus problemas… en todas donde el pensamiento del joven fuera hacía su hermano y no hacía él.

—¿Ah sí?—fingió cierto desgano, muy mal simulado.

—Sí, parece que por fin se le va a confesar al asistente de su trabajo.

—Sí, me dijo que lo acompañara al bar donde lo invitó—miró de reojo al tibetano que ingresaba unas masa de pan a la hornilla—. ¿Y qué tal? ¿Le salió lo Naruda?

—¡Es Neruda!—replicó con una risa. Claro que sabía cuál era, el asunto era hacerlo reír: porque le gustaba. Ver esos ojos verdes brillando: porque le gustaba. Ver ese carmín en sus mejillas hinchadas: porque le gustaba.

¿Por qué le costaba simplemente confesarlo?

—Ah Kanon…—suspiró el tibetano dándole la espalda—. Me pregunto si a alguien le gustaré así…

Días después tendría su respuesta.

Examenes

Odiaba admitirlo pero Saga tenía razón. Y cuando eso pasaba prefería quedarse fuera de casa durante días que ver a su correcto hermano mirarlo con cara de te lo dije cada vez que las esmeraldas iguales se encontraban.

Bueno, no era que sólo Saga se lo había dicho, se lo había dicho su amigo Milo, compañero del gimnasio y la pareja de él, Camus, nutricionista en el mismo lugar; pero como Kanon era terco como una mula jamás iba admitir que algo no estaba bien con tantos resfriados seguidos.

Vamos, ¿quién podría creer que el cuerpo de un fisicoculturista de casi dos metros pudiera tener las defensas bajas? Y bueno, no es que haya cuidado su dieta últimamente y que además se le olvidaba tomar sus vitaminas, pero con tanto ejercicio y viendo hermosos traseros todos los días en el gimnasio no podía creer que simplemente a su cuerpo se le antojara enfermarse. Y claro, se le ocurrió desmayarse precisamente frente al candidato número uno a ser pareja de su hermano, un bioanalista que estaba tomando por fin una inscripción algimnasio luego que él mismo prometió (y casi firmó un contrato con su hermano) cuidarlo de acosadores.

¿Y cuál es la peor combinación? Un Shaka diciéndole cada cinco segundos: “déjame hacerte un examen” con su hermano mirándolo con cara de: “Te lo dije”. Pero bueno, había huido del consultorio de su casi cuñado —si el plan que andaba preparando su hermano funcionaba en esa noche— para tomar otro camino lejos del rubio, porque estaba seguro que le iba a sacar la historia de vida y a enfermar a punta de dietas, vitaminas, pastillas y menos sexo…

¡Menos sexo, no!

En fin, ya estaba frente al centro de Diagnostico Médico: “Colinas de Jamir” y creía que era el lugar indicado, al otro lado de la ciudad y con un niño pelirrojo con dos gracioso puntos saliendo con un chupetón del tamaño de la palma de su mano. ¡Sí! ¡Ese era el lugar! ¡Él adoraba esas chupetas!

Entró como niño que estaba seguro le darían un premio y lo primero que vio fue la consolidación de sus pensamientos. ¡Estaba en el cielo o un ángel había caído! El doctor que lo esperaba en bata blanca era un poco más bajo que él, quizás del tamaño de Shaka, pero con el cabello lila y dos hermosas esmeraldas cálidas. ¡Y unas piernas mandadas a hacer para él!

Y decidió, le iba a gustar hacerse el enfermo.

Sonriéndole le puso el brazo, apretó el puño y ni siquiera vio el momento en que la aguja tomó la muestra de sangre, pendiente más de los puntos y la forma que dos mechones lilas rozaban su blanca frente.

—Vuelva mañana por la mañana para el resultado—fue la voz dulce del muchacho y Kanon, que no le gustaba madrugar, estaba paradito a las siete de la mañana en el consultorio al día siguiente, como florecita en el jardín esperando puntual por su doctor estrella.

—¿Estoy muy grave doctor?—dramatizó con la cara que solía ponerle a su padre cuando terminaba echándole la culpa de sus travesuras a su no tan noble hermano mayor.

Y el menor estrujó los punticos con seriedad.

—Me temo que deberíamos tomar otras muestras de sangre—y Kanon intentó no sonreír, aunque debería más bien preocuparse—. No debe ser nada grave, es sólo… gajes del oficio

Y si con esa sonrisa el doctor avisaba la muerte del paciente, sinceramente creería que va directo al paraíso.

Semanas, entre tomas de sangre, de orina, de heces, medición de índices hormonales y otro tipos de variables. Y chupetas, chupetas que recibía cada vez que se iba del centromédico acompañadas por una sonrisa. Tomó las vitaminas que el doctor le recomendó y también empezó a sentirse mucho mejor, dejar de marearse y recuperar de a poco el apetito común. ¿Qué tenía? Aún no lo sabía, más que siempre terminaba yendo por las tardes al consultorio, poniendo su brazo para que le tomaran otra muestra de sangre y ya sin siquiera preguntar para que era, ni el doctor decir nada al respecto.

Kanon apretaba los puños, Mu ingresaba la aguja, y mientras la sangre pasaba al tubo de la inyectadora las dos miradas se miraban fijamente, se sonreían.

Hasta que llegó el día.

—Creo que estoy empeorando, doctor—le dijo el entrenador del gimnasio esa tarde, con una sonrisa en el rostro. El doctor le subió las esmeraldas y acomodó sus manos debajo de la barbilla.

—¿Síntomas?

—Pienso en usted todos los días, me encanta ahora que me inyecten para tomarme la sangre y cuando estoy con usted quiero comérmelo a besos, pero cuando no estoy con usted me siento como… decaído y distraído pensando en usted. ¿Entiende?

—Eso es grave—comentó con el tono de todo un especialista—, y quizás no tiene una cura.

—¿Ah sí?

—Sí, pero hay que hacerle un examen más… exhaustivo—Kanon sonrió—. Quítese toda la ropa y espéreme dentro del laboratorio—el doctor se acercó con paso lento, se puso frente a él, sonriéndole—, estoy casi seguro que su enfermedad es amor y no tiene cura.

—¿Eso es malo?

—Eso depende… de si es correspondido—el mayor asaltó los labios que hablaban, humedeciendo, humectando, marcando—… creo que no es tan malo.

—No, no lo es…

Caminaron, se encerraron.

Se besaron, desnudaron.

El doctor tocó e hizo diagnostico.

Todo fluido pasó por sus labios y boca.

Y luego se dejó devorar.

—¿Tengo cura?

—Yo no quiero curarte.

—Bien dicho…—abrazó, besó—. Bien dicho…

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