Relatos KaniMu (2da Parte)

Angst, historias de dramas y desazón de esta hermosa pareja.

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Temas: Yaoi, romance, drama
Personajes: Kanon, Mu y varios
Resumen: Angst, historias de dramas y desazón de esta hermosa pareja.
Dedicatoria: A Karin y Antares10, por su apoyo y comentarios. Sé que aman esta pareja y yo estoy tratando de alimentarla. Karin, aqui ves muchas ideaitas por todo los KaniMu que no escribí antes ^^

Apoyar el evento: ..·..LIBRE ALBEDRÍO..·..

Comentarios adicionales: Son drabbles y Oneshots que he hecho de esta pareja, al ser cortos, los qhe dejado en un solo tema


Infieles

Se miraron, se amaron.

Y lo demás dejó de importar.

Viernes a viernes se encontraban en el mismo bar, se miraban. En medio del baile: se tocaban. Los labios gruesos marcaban vampiresamente al cuello de nácar, respiraba aroma de jazmines. Las esmeraldas templadas veían las de color hipnótico.

Se devoraba, con sólo mirarse. Se calentaban, con sólo tocarse. Se erosionaban, con friccionarse.

Y en medio de la oscuridad y el respaldo del humo, del cigarro, de la música estridente: se besaban, se tomaban, se acariciaban. Tocando de inicio a fin… poseyéndose hasta caer en sábanas alquiladas. Se entregaban debajo de satenes ajenos, entre cojines que no tenían dueño, en el hotel más cercano, con la misma rutina.

Olvidando sus compromisos, el mayor creaba gemidos de placer en el cuerpo de quien debía considerar su cuñado; el menor se desbocaba en caricias obscenas capaz de encender el cosmos que nadie más le provocaba.

Y las miradas seguían advirtiéndose, atrayéndose, corrompiéndose, noche a noche… todos los viernes.

Bebiéndose, escrutándose, reconociéndose… una y otra vez.

—Te amo, Kanon—le suspiraba en besos.

—Amas es a mi libertad—condenaba.

El menor reprimía lágrimas, el mayor sostenía su orgullo.

Infieles, incluso a sí mismos.

Y para la mañana, Mu regresaba a la casa de su pareja, al hermano de su amante. Kanon volvía a su libre albedrio.

Podrían odiarse, podrían amarse, más no alejarse… no mucho.

—Perdóname por no haberte escogido a tiempo…—la penitencia.

Infieles, culpables y cómplices de su propio delito: víctimas de una pasión blasfema.

Lo haría feliz…

El sonido se le hizo amorfo, la luz medio opaca titilaba a lo lejos. La gente pasaba a su lado, algunos le tropezaron los hombros o las piernas, se escuchaban diversos sonidos, miles de ellos. Un respirar, el sonido de un bolígrafo caer a unos metros, un murmullo… llanto… las paredes blancas y el piso frio… el aire que golpeaba sobre su cabeza a través de uno de los ductos de ventilación. Su corazón… latiendo lento, tan lento que la sangre no llegaba aún a bombear al cerebro, y lo tenía así: ensimismado en todas las sensaciones que le rodeaban más no vivía, saboreando con estupor y desgano el gusto de su propia saliva y siendo consciente de la forma en que sus parpados se cerraban y abrían en lo que debía ser un segundo de pestañeo alargado por su propia irreflexión.

Vio a alguien acercarse a él. También le pareció ver la figura de varios a su alrededor, más no podía gastar tiempo y neuronas en verificar la identidad de cada uno de ellos. Escuchó las palabras, escuchó con lentitud infernal y aquella voz modulada en cámara lenta y por lo tanto vocalizada: cada silaba que era pronunciada leyendo de algún tipo de documento. Vio a uno que cayó con fuerza a una de las sillas, a otro que simplemente pasó sus manos por el rostro, sintió el agarre fuerte en su hombro derecho, algunas palabras que no entendía porque le eran pronunciada, y el frio que penetraba desde las puntas de sus pies, libres sus dedos, recordando que estaba con unas sandalias de cuero, que llevaba un simple pantalón del algodón y una camiseta con una chaqueta que atrapó rápidamente de su casa antes de ir a ese lugar.

Recordó entonces que había olvidado apagar la lamparilla del lado de su cama, que el teléfono cuando iba saliendo estaba sonando. Por la figura de una gota caer frente a sus ojos de su cabello evocó entonces que la carretera estaba húmeda y que había estado lloviendo. Sintió frio entonces y se abrazó a sí mismo en busca de un calor palpable. Otro agarre lo tomó de su hombro izquierdo, lo sacudió con fuerza y decisión, le hablaban de algo que él no terminaba de asimilar. Volvió el rostro a quien le había hablado pero ya se había ido, sólo encontrándose con una espalda blanca que se sumergía a un lugar del largo pasillo donde estaba.

La luz parpadeó, o fue él… era difícil saberlo en ese momento. Sólo escuchaba certeramente a su corazón palpitar, lentamente, como si estuviera siguiendo el sonido del reloj más cercano, el de la mano que tenía a uno de sus hombros, el de los dedos que estrujaban su chaqueta. Sintió entonces el respirar de uno al lado, un murmullo de aire caliente que le erizó la piel y por inercia, respaldó el contacto de esa mano en su izquierda con la propia, como si más bien él intentara consolar…

Consolar… a quien… porque…

El pensamiento trastabilló en su mente al mismo tiempo que la mano a su derecha abandonó su cuerpo. Vio un poco a aquel cabello rubio moverse, lentamente, hasta quedarse frente a otro que sin mediarlo lo abrazó con fuerza y desesperación.

Y hubo un grito… un grito que escuchó a lo lejos, un grito que le supo a sal y que saboreó en la punta de su lengua.

Entonces su nombre apareció en su mente…

Su nombre e imágenes, su nombre y recuerdos. Aquella primera sonrisa, el primer encuentro. La sensación del primer roce de manos, del primer beso. Las risas, la voz de su risa golpeó sobre sus parpados y sintió como si algo se acumulara tras ellos. Tragó grueso y se apretó más. Sintió más frio y un brazo pasar por sus hombros.

Su nombre, evocándolo… evocando la forma de su sonrisa, evocando el cómo susurraba su nombre en medio orgasmo, el cómo le hablaba, le decía, le convencía que era lo que más amaba. Los juegos, la cama, las sonrisas en la cocina mientras preparaban el desayuno, las cosquillas, los descansos, la forma en que a veces corrían y se encerraban para liberarse y luego ser encontrado, y enamorado y dominado…

Allí lo sintió, una frialdad correr por su mejilla derecha hasta llegar a sus labios. Relamió y la encontró salada, una gota salada que había entrado en contacto con su saliva del mismo sabor. Tragó grueso y fue como si hubiera tragado piedras de sal hasta la boca del estomago. Hacía frío, sentía frio, respiraba frío.

Fue en ese momento que vio a alguien más acercarse, por las curvas de su figura una mujer. Le extendió algo que él reconoció como una franela negra, una cajita, una foto… una tarjeta…

La tomó entre sus manos y la mujer volvió a decirle algo que no quiso escuchar. Sintió el agarre fuerte en su espalda, en su hombro, la voz en el oído diciéndole otras palabras que no quería asimilar. Sólo vio la franela negra, vio aquella cajita pequeña y la foto… con sus ojos, con su rostro, con su sonrisa al lado de la suya propia, ambos sonriéndole a la luz, al día, en aquel parque donde se la habían tomado para inmortalizar un momento junto…

En vida…

Y el pecho se achicó… o su corazón se infló. Una presión golpeó contra sus pulmones y le hizo entre abrir los labios. Tembló, antes de que aquellos dos vibraran en busca de aire. Pasó sus dedos sobre la fotografía, pasó y detalló cada facción como si buscara tocarla a ciencia cierta. Y tragó de nuevo… ya no eran piedras… era humedad… otra humedad que rodó hasta entrar a su boca, otra gota salada que saboreó trémulamente.

Con un pálpito entonces vio la tarjeta, vio la figura. Un oso abrazando a otro, algunos globos de colores que se fueron difuminando… algo estaba pasando, pero las líneas ya no eran lizas, ni los colores brillantes, ni las letras, ni los detalles ni el mensaje… ni…

Escuchó a su garganta tomar aire, una vez… en un jadeo. Una segunda, una tercera…

—Lo lamento, Mu…—la voz a su lado…

Y entonces, comprendió… por fin…

“Si mañana llego a morir, lo haría feliz, porque conocí a lo mejor de mi vida”

El mensaje…

—Kanon… ¡tonto!…—pronunció con su voz, quebrada… machacada por las lágrimas…

Tomó aire como si no pudiese respirar… mordió sus labios… por fin escuchó las palabras del doctor que le revoloteaban en la cabeza.

Lo lamento mucho, no pudo resistir…

—Kanon…

Y lloró…

—¡Kanon!

Porque ese fue su último mensaje…

Sabor a Chocolate

Emocionado el niño había ido con el dinero que le había pedido al heladero que pasaba tranquilamente en el parque. Estaban cerca de su casa,, vivían bastante cerca, y pese a lo que su hermano pudiera creer a Kanon le agradaba estar con el jovencito de trece años para arriba y para abajo. Saga lo llamaba degenerado, él sólo decía que le daba risa la forma en que sus puntos se movían a cada mueca y que lo protegía de los más grandes del vecindario, quienes aprovechando su condición de extranjero pudieran intentar molestarlo.

¿Es que acaso Kanon no podía ser un buen samaritano?

Ahora que Mu mientras caminaba por el parque distraído en ese día de otoño, se le había ocurrido la idea de probar el nuevo helado que se ofrecía por las propagandas de televisión. Conocía dicha publicidad, de una mujer que lo comía con toda la sensualidad y lentitud del mundo mientras todo a su alrededor chocaba, se destruía y demás, saliendo la leyenda que al comer el helado todo lo demás no importaba. Era gracioso para él, estudiante de publicidad, lo que era capaz de hacer una simple imagen.

—¡Gracias Kanon!—susurró el menor al llegar a su lado y sentarse en la banca, con un jean desteñido de tantas lavadas, una franela que parecía ser de su hermano mayor, un rubio también con dos puntos y una gorra pintoresca que dejaba escapar algunos mechones violetas de ella sobre su rostro.

Observó con ternura el esfuerzo que hizo el muchacho para abrir el envoltorio y luego cuando con fascinación observo aquella paleta forrada de chocolate con almendras. Saboreo primero sus labios y lengua antes de decidirse dar un mordisco en la punta, crujiendo así la corteza achocolatada y brotando el mantecado de adentro.

—Mmmm…—murmuró el chico con sus parpados cerrados y terminando el mordisco.

Kanon de repente sintió calor. ¿Era que el maldito efecto del helado era ese? ¿O era Mu comiéndolo con tanto gusto y sensualidad? Lo cierto es que el mayor sintió una punzada en cierta zona sur que maldijo al instante y cerró las piernas como si de una parada militar se tratase. Intentó enfocar la vista en otra cosa, en el pájaro que le pasó por el frente, los autos que rodeaban la placita o las casas que estaban del otro lado de la carretera, peor el “crunch” del chocolate y el “mmm” de Mu lo tenía pasando tragos gruesos de saliva y con gotas gordas de sudor bajándole por la nuca. Empezaba a darle la razón a su hermano, ¡sólo un pervertido se sentiría así por ver a un nene de trece años comiendo chocolate!

—¿Quieres?—ofreció el chico y Kanon volteó al verlo. La vista no se enfocó en la paleta a medio comer, sino en la forma en que esa lengua pequeña y rosada saboreaba los deditos delgados del índice y pulgar lleno de chocolate y mantecado.

Kanon maldigo sus adentros. ¡Esa noche tendría sueños húmedos con un chiquillo de trece años! Asintió con vergüenza, esperando que el calor no delatara su estado por medio de un incomodo sonrojo y como pudo mordisqueo casi toda la paleta.

—¡Ey! ¡No todo!—reclamó el menor estrujando sus punticos.

¡Y dioses! Ahora recordaba porque adoraba molestarlo, ¡es que era simplemente excepcional!

Casi por la risa que quiso brotar de su garganta se iba ahogando con el bocado de chocolate, almendras y mantecado que tenía en la boca, tosió un poco golpeando se el pecho y luego sintió las palmaditas en su espalda del jovencito que también intentaba ayudarlo. Sonriéndose un poco con la boca llena, Kanon le hizo señas a Mu que ya, ya había pasado el peligro y estaba vivo “gracias a él” a lo que Mu contestó con una hermosa sonrisa. Un hilillo de mantecado corrió por su comisura derecha y antes de que pudiera hacer algo para limpiarlo fue Mu quien acerco sus dedos para borrarlo y luego los relamió inocentemente.

Ya Kanon estaba en las nubes.

—¡No se debe desperdiciar!—comentó el niño como si no tuviera una soberana idea de que estaba haciendo, mientras que Kanon paralizado sentía el frio en la punta del dedo gordo del pie.

Pronto acabaron de comerse el helado juntos, Mu le pasaba un poco y el trataba de morder solo las esquinas, riéndose por ver como el chocolate lo tenía regado como un bigote debajo de la nariz y parte de las mejillas. Le pasó un pañuelo para que se limpiara y se burló de él con el objetivo de verle el sonrojo tierno de sus dos mejillas hinchadas de bochorno. Una hoja café cayó sobre su gorra, y otras más brillantes entre ellos dos, con la brisa otoñal, tan suave y fría, fresca, del momento que estaban conviviendo y que años después ambos recordarían, como una de esas cosas que se vivieron juntos y les hace esbozar una sonrisa de nostalgia en sus labios.

Como una de sus primeras salidas.

—Vamos, ya va a oscurecer, es hora de llevarte a tu casa—el muchacho asintió, limpiándose las manos con el pañuelo y levantándose mientras se sacudía algunas hojas secas de su cabeza.

—¡Tienes hojas en tu cabeza, Kanon!—exclamó el menor con una sonrisa divertida y Kanon se sacudió la cabeza haciendo caer unas tres de su alborotado cabello—¡Mira, tienes montones pegadas!.

—Cielos, ¡casi me hacían un nido de pájaro en la cabeza!—y Mu rió divertido.

Pronto vinieron las bromas, los juegos, risas entre ellos mientras el menor tomaba las manos del adulto y caminaban hacía la residencia donde vivía. El mayor le miraba con ternura, le contaba chistes y le decía que cuando cobrara lo iba a invitar con su hermano y Saga a un parque, de diversiones que habían armado a unas cuadras de la zona, emocionando así al tibetano. Caminaron atados de manos, sintiendo lo pegajoso de sus dedos del uno sobre el otro y gravando un instante que para ambos, al recordarlo, sabría a chocolate.

Sé…

Le habían avisado de la visita y con desgano había ido a atenderla. Quizás era su hermano, que en algún momento libre y lejos de la vergüenza había decidido acordarse que compartieron espacio dentro del mismo vientre. Quizás su madre tocada por alguna fibra materna que él creía ya olvidada, oxidada o quizás inexistente pero de todos modo añorada: en lo bajo e impenetrable de sus pensamientos.

Lo que sí estaba seguro es que jamás sería su padre.

Cuándo le dieron la señal abrió la puerta gris que dividía el mundo exterior de ese, su mundo, desde hacía cinco años atrás. Los años pesaban, quizás y a veces también sentía la pulsada que le decía haber sido un idiota, dejándose llevar por el deseo, por la infantil niñez, por la juventud. Queriendo bajar estrellas cuando él no era más que sólo un humano intentando vivir sin golpearse mucho en el mundo. Enamorarse tan estúpidamente para terminar encerrado allí y sabiendo que, de seguro, esa persona haría su vida, se olvidaría de él mientras que él aún en la noche soñaba con sus labios tersos y la mirada templada con la que parecía sumergirlo en un mundo de fantasía donde todo lo que hacían era correcto y aprobado por Dios.

Mierda de pensamientos basado en el amor que vuelve ciego y estúpido a la gente.

Lo peor es que, tal como la canción de Arjona, cada minuto vivía y moría estrellándose frente a él y recordándole una vez más lo imbécil que había sido.

“Minutos que al morir formaran el batallón del ayer…”

¿Cuántos cadáveres ya llevaba cargando en tal holocausto?

Bufó cansado de desgranarse a sí mismo con pensamientos infructíferos. Ya no podía hacer más que cumplir la sentencia y esperar a que aquella puerta que estaba abriendo se extendiera para no volver más a esa celda, con ese montón de lacras de la sociedad, con aquella cantidad de personas que si habían ido por hacerle daño a alguien; no cómo él, penando por simplemente amara a un puberte.

Metió sus manos en los bolsillos del ancho pantalón gris, y vio la señal que le hizo el oficial hacia uno de los cubículos. Caminó, con desgano. Sinceramente ya no esperaba nada más de la vida. Sabía cuál iba a ser el final de la historia, tal como el video de Arjona (que lo pasaban mil y una vez en el maldito televisor como si quisieran mostrarle el futuro o convencerlo de que no tenía otra opción), él sería libre algún día y al llegar el chico de quien se enamoró y por quien entregó su libertad estaría cantando las felices pascuas con el pavo y otro u otra a su lado.

Se detuvo en el cubículo y alzó la mirada con prepotencia, al segundo después, sus ojos se abrieron de la conmoción. Labios gruesos que se separaron un tanto para vibrar, las manos que salieron de sus bolsillos como si de repente empezaran a hacer calor… aunque no podía definir que era realmente lo que sentía: había frío en la punta de sus dedos y había fuego en el centro de su estomago, por lo cual a su cerebro sólo llegaba una nube de preguntas sin respuestas que le empañaban totalmente su visión.

Giró su rostro, limpiando con el dorso de su mano la película de sudor que humedeció su frente y volvió a voltear a ese punto, para verificar de nuevo que aquello que veía no era una visión, ni un mal sueño de esos que la mente le entregaba sólo para mofarse de su rabia y frustración cuando despertaba en las mañanas. Pero no… no era eso… él estaba allí. Había ido… él.

Con nerviosismo se sentó en la pequeña silla de metal y vio el auricular. También observó cuando aquella mano blanca tomó el suyo y lo llevó a su rostro, más no era capaz de mirarlo, no a los ojos. Sentíase en ese momento presa de un vendaval de emociones abruptas que golpeaban una sobre otra en su cabeza, totalmente desarmada, como un niño indefenso.

¿Era así? Su corazón golpeaba con tanta fuerza contra su pecho, tanta que se preguntaba si no saldría desgarrado por uno de los huesos de su anatomía. Sólo sentía que estaba derritiéndose al ver el sudor que corría por sus manos y secó con brusquedad con el pantalón. Cerró sus ojos, tomando el auricular y colocándolo cerca del oído, temblando… como si estuviera frente al verdadero final.

—Sé…—le escuchó—, que ha pasado mucho tiempo. No pude escribirte, no me dejaron. Papá me llevó a un colegio religioso, cortaron todo: las cartas, los regalos…—tragó grueso—. También me llevaron a un psicólogo, intentaron convencerme que lo que había pasado no fue porque yo lo quería… que me habías enfermado y habías abusado de mí.

Y sus dientes castañeaban del pavor, del horror, de la impotencia, de la ira… de las lágrimas saboreándolas en la punta de la lengua…

—Querían que te odiara…—prosiguió antes de callar, soltar el aire… relamer sus labios como si estos se hubieran secados—, pero no pudieron…

Kanon levantó por fin su mirada, lo detalló. El rostro blanco ya tenía rastros varoniles, ya no era tan aniñado. El cabello lavanda corría delicadamente por los lados de su mandíbula, los dos puntos en su frente y… esas esmeraldas, observándolo, ¡tan brillantes!

Cu cuerpo tembló, por completo, ante la imagen de él, de los años que habían pasado, de lo que sintió…

Y aún sentía, reconoció.

—Sé, que todo lo que me decías y jurabas era cierto… cada una de tus palabras estaban acompañadas de tu mirada y… tu mirada era sincera. Aprendí a leer en ellas y a comprender, a entenderte Kanon…—se quedó en silencio por largos minutos esperando que el preso dijera algo… pero no, sólo estaba esa mirada fija, ese frio en los huesos y ese calor en la punta de sus labios. Decidió proseguir, apretando el jeans de su pantalón con el puño, recuperando las fuerzas—. Sé que cuando me dijiste que me odiabas, era mentira, querías alejarme. ¿Lo recuerdas? Estaba lloviendo esa tarde, entraste luego de saltar la cerca de mi casa, pensabas que no te seguiría y…

Claro que recordaba, al niño con sus mechones violetas húmedos pegados en la cara, la gorra pintoresca hacia atrás, y una bolsa donde traía su ropa favorita, el bate de beisbol y una dosis se chocolate y galletas. Como lo miró con esos expresivos ojos verdes desarmándolo, diciéndole que sabía que era mentira que lo odiaba y que si sus padres eran el problema él estaba dispuesto a seguirlo.

Atándolo, aún más… terminando por poseer lo último de él en aquel lugar, en el parque, rodeado de arbusto y con la lluvia cayendo sobre ellos, devorándolo y olvidándose de la edad, de los prejuicios de lo ilegal. Lo amaba, era lo único que pasaba por su mente. Y él, se le entregó, con todo.

—¿Lo recuerdas?—preguntó en un hilo de voz y aquello lo había devuelto de su memoria. Se dio cuenta, entonces, de la desdichada lágrima que había resbalado por su mejilla izquierda—. Esa noche, tu y yo…

Y bajó la cabeza… el menor calló.

¡Había tanto que decir! Tanto atrapado en bolas de salivas en su pecho, en su garganta, con el sabor salado, con el corazón latiendo de prisa; como si quisiera advertirle que el tiempo, de nuevo, hacía de las suyas, se estrellaba contra ellos, se resbalaba de sus falanges para no volver, jamás, nunca más.

—Sé que ya no somos los mismo, cinco años no pasan en vano; pero ya soy mayor de edad, y ya no hay nada que pueda detenerme. Mi padre no le gustó, pero no ha podido hacer nada. Amenazó con botarme de la casa, pero mis abuelos me dijeron que podría ir con ellos si lo necesitaba—el preso subió su mirada de nuevo, enrojecida, del mismo tono que las acuosas esmeraldas del menor—. Sé… que aún tienes que pagar algunos años, pero yo, yo no pienso rendirme. Vendré todos los días de visitas, te hablaré de la carrera que empecé a estudiar con ayuda de mis abuelos, de los pastelillos que Kiki hace para el desayuno y de cómo ahora Kiki usa mi uniforme para jugar Beisbol. Vendré, aunque no quieras verme, aunque quizás ya no sientas nada por mi… al menos que… que me digas que yo te hago recordar… momentos dolorosos.

Posó su palma derecha sobre el vidrió que los separaba. Deslizó sus dedos hasta extender su palma, apegar sus dedos al vidrio, sentir como el sudor lo apegaba a la fría textura y sus ojos verdes traspasaban aquella superficie transparente para penetrar en los otros, recorriendo años, masticando años… saboreando años y días y minutos y segundos… y tiempo.

Entonces vio cuando el mayor tragó grueso, temblando un poco su cuello tensado, quizás atragantado de silabas. El enrojecimiento de sus ojos era igual al de su cuello, al de las venas dilatadas y mostrándose como mapa en su piel. Separó sus labios humectados luego por su lengua, dejó salir un ronco y áspero suspiro de aire que le erizó al oírlo. Se quedó esperando expectante por su respuesta.

—Mu…—mencionó… en un susurró casi inaudible—, ¿también sabes que… te amo?

Y con el fluir de una lágrima inclemente dibujó una sonrisa en sus labios, le brillaron los ojos verdes, los puntos rosas se movieron al ritmo de su expresión.

Claro… lo sabía, esos ojos de Kanon tan agresivos y profundos, se lo decían.

—Si… lo sé…

Y sabían también, que lo suyo, incluso superaba la barrera llamada tiempo…

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