Festival de Lohri

Acompañando a su hermano para conocer la familia de su pareja, Saga visita la India en plenos festivales de la cosecha sin mayor interes hasta conocer a alguién en particular.

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Temas: Yaoi, romance, Universo Alterno
Personajes: Saga, Shaka
Resumen: Acompañando a su hermano para conocer la familia de su pareja, Saga visita la India en plenos festivales de la cosecha sin mayor interes hasta conocer a alguién en particular.
Dedicatoria: ItzeldeLeo, linda este es tu regalo de navidad, sé que te gustó lo de las vestimenta de shaka asi que te lo regalo a ti, por ser tan linda persona, tan atenta, por siempre tener esos animos y fuerza, de verdad eres una persona preciosa, y me alegro tanto haber compartido contigo en este año. Un beso grandote para ti nena y espero que este años nuevo te traiga mucha pero mucha felicidad! *w*
Apoyar el evento: [AEGV> ~Seamos Familia~ SP&PB
Comentarios adicionales: El festival de Lohri es uno de los festivales más emblemáticos de la India, celebrado a partir del 13 de Enero, fecha en que comienza la primavera segín el calendario Hindu. Solo es celebrado en el estado de Punyab, el mayor estado agricultor dle pais. Alli en las festividades se baila el baile tipico Bhangra, usando atuendos coloridos y siendo este un conjunto de bailes entremezclados de diversas religiones. Esta fiesta de cosecha no tiene origen religioso pero es perfecta para el compartir entre familiares ya que a través de ella todos los extractos sociales se ven unificados por el objetivo de celebrar la ocasión.

Festival de Lohri

Ruido, música, idiomas, gente… Aturdimiento, calor, confusión, hambre fastidio…

Saga podría nombrar en ese momento decenas de adjetivos y sustantivos para describir la situación que vivía excepto alguno que denotara felicidad y alegría. Se suponía debía disfrutarlo, pero quizás se trataba de su total ignorancia de esas fiestas, de estar solo en ese momento, o de tener taladrando en su cabeza el pensamiento de estas haciendo un mal… cuarteto. Sí, porque ya no era un tercio.

Se encontraba en la India, aquel país que era conocido por ser el segundo más poblado del mundo, con la mayor diversidad de religiones, idiomas y procedencias, una cantidad casi incontables de costumbres que no sabían si eran del tibet, hinduista, budistas, o cualquiera otra religión, creencia o credo que terminara en el “ista”. El doceavo en mayor crecimiento económico en el mundo y al mismo tiempo uno de los que presentan mayor nivel de muerte por malnutrición, de hambruna y de alfabetización. India… el pasaje a lo exótico de la sexualidad tantrica, de lo espiritualidad de las verdades del nirvana, del consumismos, de los contrastes… el país donde la verdad solo triunfa.

Con desgano pasaba de nuevo por aquella calle concurrida de vendedores, de comidas y de personas tanto habitantes como turistas que festejaban la extraña costumbre. Se dice que era el tiempo de los cultivos, el momento donde según la tradición: marca el final del mes triste y muy frío de Paush y al día siguiente de Makar Sakranti, marca el comienzo del mes brillante y soleado de Magh, todo esto basado en el Calendario Hindu. Eso significaba que era un adiós a la soledad y un hola a la compañía y alegría.

Eso explicaba en cierta forma todo ese bullicio que tenía su alrededor, almacenes de ventas de comidas de diversa clase que él desconocía y no estaba seguro de probar, jóvenes doncellas con pañuelos amarillos y los hombres vestidos en graciosas túnicas blancas con decoraciones en colores llamativos como azul, violeta o rojo. Le pasaban a un lado y al otro, con la música, con el olor a lo fritura de lo que parecía ser una masa rellena, y el olor a pimientos que atestaba en toda la zona: India de por si era un collage de aroma, colores y sabores que apenas podía tolerar. Era demasiado para él, demasiada cultura, demasiado milenios, demasiada diversidad…

Resopló con fastidio apenas consiguió alivio al sol que estaba empeñado en tostarle la cabeza. ¡Vaya vacaciones decidió darse! Todo había empezado cuando su hermano le apareció de la nada en su departamento con su novio tibetano diciendo que se había casado en Alemania (o Inglaterra o algún otro país que ya tuviera la ley, ni había prestado atención a ello) y luego de pensarlo había decidido ser la familia feliz que aparecía en las revistas de cocina. Le había caído bien el novio de su hermano, era además muy simpático, estaba seguro que de haberlo encontrado por allí quizás se hubiera acostado con él, ¿por qué no? El hecho es que de eso a ser la típica familia de los desayunos de la Tv no creía que fuera posible.

Sin embargo entre tantas y tantas insistencias por parte de su gemelo recordándole la vida que tenía solo y el hecho que no tuviera pareja desde que Afrodita salió de su vida, terminó convencido y envuelto en el próximo escalón de Kanon para tener la tan adorada familia feliz: si ya habían hecho las “pases” —solo en el interior de su cabeza— con su hermano gemelo, ahora había que buscar el hermano menor del tibetano y conocer a toda su familia en el Tíbet tratando de ver de qué forma presentarle a sus abuelos que se había casado con un hombre… vaya que de haber sabido esa parte del cuento no se hubiera montado en el avión .

Afortunadamente, su hermano no había sido tan idiota como se masculló en todo el vuelo. Había escogido la ocasión perfecta para presentarse con el nieto preferido de aquellos ancianos y salir vivo de ello. Aquella festividad al parecer sacaba de la gente lo mejor de sí, era como una navidad, solo que ya no tan comercial… o al menos no era del tipo que aparecía en todos los comerciales imitando la nieve. Lo que si era cierto es que ya estaba cansándose y apenas llevaba dos días en el lugar, el calor era deprimente, la gente, tanta gente le aturdía en demasía. Ya extrañaba su apartamento, su aire acondicionado y su tina.

Bufó contrariado, pagando por una bebida del cual prefirió evitar saber su procedencia. Necesitaba un poco de líquido para mitigar las grandes y gruesas gotas de sudor que ya corría por su espalda. El sol parecía en serio haber decidido salir ese día, si a alguien no le quedaba duda que era el inicio de la primavera era a él, definitivamente. Bebió varios sorbos ininterrumpidos sintiendo que aquel frio líquido le devolvía un poco el ánimo. Además, para acumular un poco más para su mala suerte había perdido a su hermano con su pareja y el recién cuñado nuevo, un pequeño pelirrojo que provocaba era tenerlo amarrado en una silla. ¿Por qué no podía ser como los niños de ahora que con un nintendo DS se entretenía? No, éste era imperativo y quería correr, saltar, encaramarse en los arboles, bailar aquel extraño baile pintoresco… ¡como se veía que a pesar de todo la crianza era de siglos atrás!

De repente con el liquido que bebió se sintió mucho mejor, hasta se animó a comer uno de esos bocados fritos con relleno de verdura dentro; estos tenían una condimentación exquisita, denotando todo eso que era la India, todo ese lugar que parecía ser la bifurcación de distintas culturas y sabores. Si bien había viajado ya a Japón y estado alrededor de tantas personas, el país del sol naciente había perdido mucha de su identidad en el curso de las últimas décadas, algo que parecía tener intacto esa enorme población. Lo que más le llamaba la atención además era que se unan de todo tipo de raza, pieles y lenguaje, se veían a todos danzando en los campos de siembras compartiendo las hortalizas recolectadas, era una fiesta de verdadero frenesí social. Le parecía increíble, algo que pensaba que solo ocurría en navidad, aunque esta no parecía tener algún significado religioso. Sea como sea, eso le permitió a su hermano tener aún la cabeza sobre su cuello.

Empezó a caminar de nuevo pendiente de cualquier cabezota como la de él en la multitud. Debían estar por allí, era lo más seguro, Kanon se había puesto esas vestimentas raras que le hizo reír en cuanto lo vio salir, con aquellos pantalones que se armaban enredándose entre sus piernas y entrepiernas y que él no pensaría usar. Llámenle exquisito, pero Saga no se iba a poner a dar el ridículo, aunque en ese momento pensaba que más bien llamaba más la atención vestido de civil. Aún así no iba a ponerle más pero a las comidas que le ofrecían las doncellas envueltas en velos coloridos ni mucho menos a esas miradas que tras las telas le coqueteaban sugestivamente. Era una lástima que en la India aún las leyes sobre el homosexualismo estuvieran tan  complicadas, en ese momento se le antojaba un bar gay.

—Shaka, please, ¡dance with me!—el notable acento falseado del Ingles le llamó la atención, volteando para ver aquella escena.

Se veía al rubio con aquel mismo traje que ya había visto a varios en el lugar. Un camisón blanco brillante con una túnica de olor azul bordado sobre ella, sin cuello y sin manga. Un collar de piedras gruesas doradas extrañas alrededor de su cuello y un turbante o creyó que así podría llamarlo, asemejando un sombrero con un extraño decorado parecido a un abanico de tela se alzaba sobre su cabeza en un azul brillante que apenas chocaba con el sol lo dejaba literalmente ciego. Parpadeó dos veces más mientras veía de nuevo como el rubio se negaba y se veía a su vez algo sudado y sonrojado por el calor o incluso podría decir vergüenza. Pensó en varias cosas a su vez: muy rubio, muy blanco… no parecía ser del lugar, de seguro eran turistas… ¿una joven pareja? Descartó la idea cuando la joven se acercó a otro hombre mucho más alto, rubio de cabello corto y que si no llevaba más que un traje de civil.

Decidió acercarse luego de un minuto de cavilaciones. Observaba desde su lugar al joven sofocado, agitándose la túnica como si no tolerara el calor y absteniéndose de involucrarse en las danzas del lugar. Algo le había llamado su curiosidad, provocando que su entrecejo se encerrara delicadamente sobre su prominente nariz, afilando la mirada verde y denotando un momento de sumo análisis y meditaciones. Era evidente que no estaba muy a gusto con el traje, ¿porque se lo puso? Para solventar esa hipótesis vio necesario ejecutar su trabajo de campo, cruzando la calle en aquel asoleado mediodía y acercándose para pedir, como quien no lo ha visto, uno de los dulces del kiosko cercano. Sintió que por un momento le dirigió su mirada, pareció haberle hecho un scan rápido antes de desviarla de nuevo e intrigado y más curioso se acercó hacía el joven que parecía querer poner atención a cualquier cosa menos a su presencia.

—Hace un calor del demonio—comentó en nativo Ingles y el joven le miró de medio lado, apenas por encima del hombro.

—Así es, un calor imperdonable—respondió. Saga enarcó una ceja al notar que el acento y entonación de su Ingles era un tanto peculiar.

—¿Turista?

—En realidad, no. Usted es de Grecia ¿cierto?

—¿Tengo el pasaporte en la frente acaso?—se jugó mostrándose sinceramente impresionado por tan atinada percepción. El rubio sonrió apenas, fue algo así como un pestañeo, para luego menear la cabeza tan lentamente que creía poder contar los segundos que se tomaba en cada movimiento.

—Tengo un compañero griego, así que me di cuenta por sus facciones.

—Muy observador.

—Disculpe si lo incomodo.

—Pero también soy tan observador como para saber que no eres de aquí—el rubio levantó la mirada ante esa acotación, momento en el cual Saga pudo ver los ojos azules, brillantes y calmados que estaban tras esos parpados.

Vaya, se había encontrado con una verdadera joya en medio de tanto bullicio.

—¿Por qué lo dice?

—A ver—y levantó el dedo índice de su derecha enmarcando al numeración, con una sonrisa triunfante al haber obtenido su atención—, tiene mucho calor en comparación a los hindues que he visto, su acento es diferente, no se ve muy cómodo con su vestimenta y… tengo cierta intuición—insinuó entrecerrando los ojos ligeramente sensual.

—Ya veo… Pues, su intuición no falla del todo—argumentó el joven cruzándose de brazos—. Soy nativo, pero tengo años sin estar aquí y el lugar donde vivo es mucho más fresco.

—Tienes acento ingles—dedujo rápidamente el griego y ahora fue el menor quien se sintió al descubierto, abriendo un tanto sus parpados para permitirle ver esas gemas azules tan hermosas—. He acertado ¿no?—carraspeó un poco, al notar la mirada ahora insegura del muchacho—. Soy experto en idiomas—aclaró entonces extendiendo la mano—. Saga Kanzas, profesor de idioma de la Universidad de Athenas. ¿Puedo saber el tuyo? Estoy perdido, quizás me venga bien un poco de ayuda.

Primero escrutado a conciencia por esos ojos azules por al menos un minuto, luego observó el otro minuto que se tomó el hindú —al parecer— en meditar sus opciones. Para el tercer minuto ya el calor se estaba haciendo inclemente y su mano extendida parecía recibir la bendición no tan agraciada del sudor pegajoso; así que cuando había decidido devolverla a su cuerpo para limpiarla y ya pensando en que eso era un desaire bien directo y silencioso, aquellos dedos blancos la tomaron con firmeza para luego clavar su mirada decidida a sus ojos verdes.

—Shaka Zadarthy, estudiante de Electrónica Digital en la Universidad de Londres. Tendría que ser muy entretenido, prefiero estar en mi habitación meditando en silencio que alrededor de tanta gente.

—Ya veo, entonces me ocuparé de entretenerlo mientras me guía.

Lo vio quitarse el turbante azul de la cabeza para despejar un poco el calor, hizo luego un movimiento con su rostro que indicaba la derecha para empezar a caminar y el griego obedeció sin mayor problema aquella orden silenciosa. Esperaba que fuera buena compañía, que además se encontrara pronto con su hermano, al menos con que bajara un poco la temperatura sería feliz.

Pronto tuvo lo que se podría llamar: aprende del festival de Lohri en diez pasos. Shaka con elocuencia le habló de los principales alimentos de exportación en el estado de Punyab, sobre las diferencias entre el calendario gregoriano y el hindú, en el porqué de la festividad y las variadas historias que estaban envueltas en ella. En medio del recorrido no tuvieron problema en pasar por varios puestos y probar algunas de las comidas que le ofrecían, incluso detenerse en el centro de la fogata que en una de la plazuela habían levantado y en donde las personas danzaban animadas al ritmo de la música típica del lugar. De repente ya no hacía tanto calor y entre comentarios de la cultura y de sus vidas fuera de ella Saga sintió que el sol se iba ocultando tras él, aunque la melena rubia que brillaba tanto como aquel astro se encontrara a su lado. Además, se había sentido tan bien conversando que el tiempo literalmente se había derretido al ritmo de aquel cepillado que lograron alcanzar en uno de los puestos más occidentales.

La caminata también había ayudado para que el mayor reflexionara mejor sobre su acompañante, respondiendo a la principal pregunta que se instaló en su cabeza en cuanto se sintió en confianza. ¿Era gay? Pronto supo que sí, aunque el hindú no lo comentara; de alguna forma le daba razón a su hermano gemelo cuando decía que habían nacido con cierto detector interno y ciertamente no era de fallar. Cuando aquel lado de su cerebro anotaba la señal gay estaba con el 90% de posibilidades de no fallar y esa en particular le fue bastante clara. Primero comenzó su investigación dejando roces inocentes alegando la multitud, en sus brazos y hombros, luego comentando y haciendo preguntas en tema de estética y moda para verificar su información al respecto. También había notado el movimiento de sus manos, que si bien no era llamativo era al menos para él lo suficiente para indicarle su verdadera inclinación, además que el verlas le creaba un placer afrodisiaco que prefería no pensar.

Estaba seguro que también era de sus gustos.

Pronto se dio cuenta que el tiempo se había escapado de sus manos, en cuanto la brisa fría penetro por entre sus piernas forradas de vaqueros y la luz solar se había apagado dejando paso sólo a las luces de la calle encendida aún por la fiesta. De nuevo habían llegado frente a la fogata donde los hombres vestidos con semejante atuendo realizaban sus danzas, con sus brazos elevados al cielo en señal de recibir dadivas divinas y moviéndose de un lado a otro mientras hacían círculos entre ellos. Curioso se sintió cuando su pie empezó a golpear el suelo arenoso con sus botas siguiendo el ritmo de aquellas danzas y por si fuera poco, como si de verdad hubiera disfrutado de todo el trayecto.

—Entonces su hermano se casó y está aquí con su pareja—comentó el rubio llamando la atención del mayor, quien había estado muy concentrado observando el baile típico del lugar—. Escogieron buena época, se dice que los recién casados que por primera vez celebran Lhori reciben buena fortuna.

—Así parece, fue mucho menos complicado de lo que esperé—ante el comentario el rubio lo miró intrigado, que el mayor estaba más interesado en las danzas Bhangra y moviendo su pie al ritmo del dhol.

—¿Quieres bailar?—preguntó intrigado y el mayor desvió la mirada sintiéndose al descubierto—. Vamos, anímate, yo puedo esperar aquí.

—Oye, no voy a ir a hacerlo solo cuando tú tienes hasta el traje puesto.

—Te presto mi turbante—ofreció divertido el joven hindú al verle los pies traicionarle al griego—. Es interesante, sé que te divertirás.

—No iré solo—insistió el mayor entrecerrando los ojos para luego subir un poco la comisura de sus labios—. Necesito quien me enseñe, lo has bailado ¿no?

—Cuando niño sí.

—Entonces vamos….

—No Saga…—el griego sin ánimos de tener una negativa a su propuesta tomó el turbante y se lo colocó por sobre su cabeza, para luego poner las manos en jarra, entreteniéndose con el semblante de Shaka y el evidente “estás loco” que se veía entre cejas—. Sólo una vuelta—terminó aceptando, viéndose a su vez un tanto abochornado.

Pronto se dirigieron al lugar donde ya las danzas entre hombres y mujeres avanzaban, palmeando en el aire y dando vueltas mientras movían sus piernas abiertas al ritmo del enorme instrumento de percusión hindú llamado dhol. Saga tuvo que esperar a conciencia los varios minutos que tardó Shaka entre decidirse por fin optar la posición y luego moverse, luciendo realmente apenado pero al mismo tiempo interesado en continuar. Para cuando se dieron cuentas ambos habían dejado la vergüenza a un lado, bailando mientras reían tal como aquellos, olvidándose de procedencia, de idiomas y credos, solo disfrutando ese momento simbólico de una fiesta cuyo objetivo era precisamente el compartir: la demolición de los extractos sociales, el olvido de las quejas pasadas y el recibir la nueva época con los brazos abiertos y con alegrías, al ritmo del tambor y con los coloridos trajes brillando alrededor de la fogata.

¿Cuánto tiempo paso en ese lugar? No lo sabía, pero por primera vez desde que estaba en la India había maldecido el hecho de que su hermano lo llamara para ver en donde se había metido. Estaba agitado, jadeando por el esfuerzo físico de la danza, pero riendo al mismo tiempo que dejaba todo de lado y disfrutaba de una velada que ni en sus sueños más placenteros se hubiera imaginado. Agitado decidió alejarse para responder la llamada de su móvil y evitar que tanto ruido no le permitiera establecerse aquella comunicación, pero sin quitar la vista a aquel rubio que también se había detenido al verlo alejarse.

—¿Dónde estás, Saga? ¡Tengo toda la tarde buscándote!—eso se lo creería si se tratara de otra persona menos de Kanon. Podría hasta jurar que fue su pareja quien le recordó que se trajo un hermano en la maleta. Le explicó que estaba en una de las plazas de la ciudad y le tuvo que dar algunos puntos de referencias—. Voy para allá.

—No, Kanon no es…—ya había cortado la llamada y se maldijo a sus adentros. ¡Ahora lo menos que quería era que su hermano llegara a arruinarle la noche!

—¿Te llamó tu hermano?—intuyó el rubio al acercarse por la espalda, agitándose de nuevo la túnica por el calor. El griego asintió pero encogió los hombros denotando que no había nada de qué preocuparse.

Ahora el asunto era que no quería separarse del rubio, que le provocaba bailar con él en otras condiciones menos públicas y que sí, le había gustado de compañía. ¿Cómo decirle que lo acompañara sin que sonara un “quiero acostarme contigo”?

—Bueno, creo que también es hora que regrese a casa—se adelantó el hindú frustrando todo intento del mayor de extender la velada.

Ni modo, al final la suerte no estaba de su lado.

—Oye, pero estaré mañana por aquí aún, así que…

—Yo mañana regresó temprano, tengo que estudiar para el examen final de tres materias. Solo vinimos a festejar la cosecha, lo hacemos todos los años, a pedido de mi abuelo—extendió sus brazos para mostarrle la vestimenta al mayor—. Vestirme asi también es por él.

—Ya veo… es una verdadera pena—bufó contrariado, rascándose la cabeza para darse cuenta que llevaba aún el turbante azul brillante de las túnicas del rubio—. Bueno, creo que te lo devuelvo y…—extendió la pieza con cierto pesar—, si voy a Londres, ¿no me darías un tour también?

De nuevo Shaka comenzó su momento de meditación personal sobre aquella pregunta. Ya Saga lo veía como algo común el que le escrutara con aquellos poderosos azules mientras reflexionaba sobre los pro y contra de su invitación para luego dar una respuesta segura y contundente de su decisión. No estaba seguro de cuánto podría tardarse ese periodo de análisis concienzudo cuando lo que le pida es llevarlo a la cama, pero lo que si estaba plenamente convencido es que en esas circunstancias no le daría mucho espacio para pensar: al menos sus manos no se quedarían quietas. Divagando en ello no se dio cuenta cuando Shaka volvió a acomodarle el turbante sobre su cabello, enfocando aquella mirada celeste con un chispazo de aceptación que le emocionó hasta los huesos, sintiendo por dentro de su pecho un aleteo caliente de premeditación.

—¿Qué quieres de mi, Saga?—preguntó tan directamente que simplemente no se lo esperó. Los ojos verdes se abrieron impresionados al tiempo que intentó no soltar la quijada de la sola sorpresa, al ver que el joven había puesto de inmediato las cartas sobre la mesa. Tuvo que hacer uso de su compostura para aprovechar la ocasión y ser bien claro, tal como se lo pedían.

—Sinceramente se me ocurren muchas cosas, Shaka—susurró con un tono netamente sensual evidente en la forma en que el aludido le miró con una pequeña sonrisa dibujada—. En unos meses tendré mis vacaciones, quizás podría ir a Londres y…

—Espera—le interrumpió el rubio terminando de acomodar la pieza celeste sobre la cabeza del mayor—. Primero hablemos, no me gustan las cosas aceleradas ni siquiera si es para una noche—guardó entonces sus manos y le sonrió, casi en modo sugestivo, enmarcando el ángulo de su mirada con el flequillo dorado—. Guárdalo de recuerdo.

Se fue alejando luego de una despedida bastante informal, perdiéndose en la multitud y no respondiendo el pedido de Saga cuando le dijo como rayos iban a hablar si ni siquiera habían compartido número de teléfono. Ya estaba pensando seriamente buscar la primera laptop con conexión a internet y peinarse todas las redes sociales buscando a un Shaka Zadarthy estudiante de la UCL de Londres, mas no fue necesario: apenas se quitó el turbante al suelo cayó un pequeño papel con su correo electrónico. Se sonrió, el muchacho lo aventajó y ni siquiera se dio cuenta en qué momento; lo cierto es que el dichoso festival, el viaje con su hermano y hasta el baile le había traído una interesante velada.

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