Rayos de Aurora (Cap 04)

Acercarse a Shaka y a sus hijas se convirtió en una de su prioridades, ¿acaso su integración a la vida de Shaka será sencilla?

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Temas: Yaoi, romance, drama, Universo Alterno.
Personajes:
Saga, Shaka, Hilda, Fler, Marin
Resumen:
Saga comienza a sentir que le falta algo a su vida desde que conoció a Shaka, compañero de oficina y padre de dos hermosas niñas. ¿Qué es eso que le falta? ¿Podrá tan siquiera ser participe, al menos un testigo mudo de ello?

Acercarse a Shaka y a sus hijas se convirtió en una de su prioridades, ¿acaso su integración a la vida de Shaka será sencilla?

Capitulo 04: Aquellas Sonrisas

Después de aquel día de fiestas, la invitación a ser él quien los llevara a casa no pudo ser siquiera objetada. Tanto fue la diversión en la piscina que las niñas ya para las cuatro de las tardes se restregaban sus parpados somnolientos y buscaban la pierna de su padre para decirle que se sentían cansadas. Saga observó todo tocado en la más íntima de sus fibras, aquellas que pensó haber abandonado en algún momento de su vida cuando decidió que prefería seguir sus gustos y dejar de intentar ser un heterosexual.

Por su lado, Fler fue la primera que mostró cansancio y sueño comedido, luego de haber estado horas en la piscina con ellos y en la de niños en cuanto salieron a comer, y por supuesto, después de haberse metido a la piñata, al castillo inflable y cuantos juegos había en el lugar comiendo caramelos y galletas de colores. Para esa hora Shaka vio necesario retirarse, primero bañando a las pequeñas en la ducha mientras lavaba el cabello de cada una de ellas con el champoo que había traído de su casa, para quitarle toda el agua con el cloro, y luego secándolas y vistiéndolas con la muda de ropa, todo con cuidado y vigilando que nadie las viese. Siquiera dejó a Saga acercarse a ayudarlo.

Aún así, viéndose con las dos niñas en brazos ya a punto de dormir, el maletín y la bolsa de ropa mojada no tuvo otra opción más que aceptar la invitación de Saga de llevarlo a su casa en la camioneta, despidiéndose ambos de aquella fiesta y dejando a más de uno con diversas interrogantes.

Eran hermosas, fue lo único que le quedó claro de aquella experiencia, eran dos hermosas princesas que habían despertado en él algo que creyó haber dejado ir o renunciado muchos años atrás en su vida. La idea de que simplemente esas niñas podrían representar todo para él si le daban el espacio para serlo empezó a deslizarse en su mente: él podría cuidarlas, podría protegerlas, escucharlas incluso animarla, sí, el podría ser un buen padre, se halló reflexionando curioso en el camino de regreso antes esos pensamientos.

Durante el viaje, las dos pequeñas ya se quedaron dormidas en el asiento trasero y hasta vio a Shaka cabecear en el copiloto varias veces, visiblemente agotado, por lo que no quiso entablar ninguna conversación. Él mismo sentía que le habían quitado las baterías diarias, había sido en extremo consumidor tratar de seguir el ritmo de las pequeñas, jugar con ellas, oírles sus cuentos infantiles de los juguetes que querían y las películas que veía con sus padres de Disney; por lo menos Fler había resultado tan conversadora que dudaba que eso lo hubiera heredado de su padre, en cambio Hilda tal como Shaka había sabido mantener su boca cerrada y comentar solo lo estrictamente necesario.

Al llegar a casa, Saga se ofreció llevar a la pequeña Fler en brazos mientras Shaka había lo mismo con la mayor, entrando a su vez a aquel edificio residencial por primera vez. Por fin veía el departamento donde su pareja vivía, uno bastante pequeño, mucho en comparación al suyo, modesto, con ambiente familia y no en extremo decorado. Podían ver al lado del televisor algunas muñecas que de seguro las niñas dejaron en uno de sus juegos, lazos y pulseras en el espejo de la sala al lado de las llaves, dibujos pegados en la puerta de la nevera que se podía ver desde la sala y el pequeño pasillo que guiaba a las habitaciones. Había hasta unas medias blancas de vuelo en la alfombra de la sala y otra ropa doblada como en espera de ser llevada al armario. No era lo que imaginaba, se sinceró, de la casa del ordenado Shaka de la oficina aunque era en demasía mucho más organizado de lo que se espera de una casa con dos niños revoloteando por allí.

—Disculpa el desorden—escuchó a su lado y volteó para ver a Shaka acercándose luego de haber dejado a Hylda en su habitación—. Esta mañana estaban insoportable y no me dio tiempo de arreglar todo antes de salir—comentó tomando a la pequeña Fler que estaba en sus brazos para llevarla a la habitación.

La niña se removió en los brazos de su padre para acomodarse mejor, acurrucarse en su pecho y pegando la mejilla sonrojada por todo el sol que habían llevado sobre la camiseta blanca del rubio… No podía evitarlo, la imagen de Shaka con la niña en brazo le golpeó severamente. Era algo que le parecía incluso más poderoso que verlo tan solo desnudo; Shaka adquiría un nuevo brillo estando con sus hijas, era a su vez una imagen del hindú que nunca veía en su oficina. Conocía más de él, se alegó, era eso lo que le provocaba aquel latir desesperado dentro de su pecho y esas ansias de besarlo lentamente mientras dejara que una de sus manos acariciara la mejilla de la pequeña. Lo haría, de seguro lo habría hecho si Shaka no hubiese volteado casi de inmediato a llevar a la pequeña su cuarto, dejándolo de nuevo a solas en la sala. Cerró sus ojos un tanto decepcionado al no poder dar ejecución a esa idea, y se dedicó a buscar ese mueble donde descansaba el televisor y ver algunas fotografías.

—Agradezco tu ayuda, Saga—volvió a escuchar y al voltear apenas alcanzó ver la melena rubia perdiéndose hacía la puerta que parecía llevar a la cocina. Lo vio afanado y solo por ello decidió acercarse y ver que ocurría, porque la prisa y quizás sí, buscar al menos un contacto de pareja antes de irse.

Aún así, cuando lo vio en la cocina pequeña y sencilla, sus ideas se disgregaron al notar como buscaba un poco de bicarbonato y ponía a calentar una pequeña olla con agua.

—¿Paso algo?—preguntó notablemente preocupado y como respuesta Shaka solo meneó su cabeza de forma negativa, buscando en las lacenas los sobre de té—. ¿Seguro?

—Fler tiene dolor de estomago, pero ya prepararé algo.

—Quizás deberíamos llevarla al médico.

—No, no es necesario, fue porque comió demasiado durante el día, debe estar empalagada.

—¿Estás seguro?—interrogó menos convencido aún, pero Shaka parecía estar muy claro.

—Siempre pasa; le he dicho que no coma demasiado, pero cuando está en una fiesta no se resiste y luego termina así. Un té le aliviará y podrá dormir.

Por un momento se sintió un tanto ignorante al respecto. Para él tener un niño enfermo era llevarlo a un hospital, hacer cola para ser atendido, verlo el pediatra, recibir medicamentos o comprarlos… Shaka parecía saltarse varios pasos. Divagaba en eso y si en verdad era bueno o no el actuar del rubio cuando la menor se acercó a la cocina, acariciándose la pancita inflamada y tallándose los parpados, con el cabello mojado y rubio luciendo alborotado.

—Me duele…—simplemente afirmó, dejando caer dos lagrimas por la redondez de su rostro.

—Deberías llevarla a un hospital…—volvió a sugerir, muy seguro de que esa debía ser la acción correcta. Shaka más bien ignoró aquello y decidió cargar la niña en sus brazos y llevarla hasta el mesón al lado de la estufa—. Shaka…

—¿Me darás té?—interrumpió la menor haciendo una mueca de desagrado al ver el agua burbujeando y el sobrerito liberando su aroma y color.

—Eso te aliviara.

—No me gusta el té—arrugó el entrecejo mostrándose muy incómoda con la medicina.

—Lo tomaras—y apagó la llama liberando a la cazuela de la hornilla mientras acercaba la taza donde vertería la pócima—. Está caliente, hay que soplarla.

—¡No quiero!

—Entonces mejor llamo a la Señora Eli para que te inyecte—la pequeña primero mostró espanto y luego resignación al marcar sus deditos en el filo de la madera del mesón.

Saga no le costó mucho imaginar quien sería esa señora, quizás una mujer mayor, de alto peso, posiblemente con conocimiento de medicina y que le habría ya dado algunas inyecciones en alguna enfermedad. Se sonrió un tanto divertido, recordando que su madre alguna vez le había hecho ese leve comentario teñido de amenaza cuando no quería tomar la medicina o cuando no quería quedarse en cama estando resfriado. Al final no era tan diferente, los padres no lo eran y finalmente terminaban ejerciendo las mismas técnicas que funcionaron en su niñez.

A los pocos minutos mientras Shaka soplaba la bebida caliente despejando el humo y la menor observaba el líquido amarillento o verdoso con suspicacia, el hombre observaba el cuadro con un centenar de ideas en la cabeza. ¿Podría Shaka permitirle ayudarlo en la enorme faena de criarla? ¿Podría él ser de ayuda para Shaka o sus repentinos cambios de humor con la hiperactividad de las niñas más bien haría un dolor de cabeza mayor? ¿No sería él otro niño al que Shaka terminaría cuidando? En cuanto la pequeña bebía aquella infusión y observaba con sus grandes ojos claros a su padre podía pensar que le gustaría intentarlo, le gustaría hacerlo, estar con ellas, con él, apoyarlo aunque para la sociedad fuese incorrecto.

—¿Saga se va a quedar en la casa?—de repente la nena preguntó, y el aludido simplemente volvió en sí con una leve impresión. ¿Será que no era el primero en ir a su casa y quedarse? La pregunta de la pequeña hacía ver normal que alguna visita se quedara en casa.

—No, Saga se tiene que ir—persuadió el padre pasando un mechón dorado detrás de la pequeña oreja—, y tú tienes que dormir, ya verás que se te pasará el dolor.

—Pero yo quiero que se quede—volvió a insistir la menor—. Tío Unity se queda— y con ello Saga obtuvo la respuesta a su anterior pregunta.

—Porque es familia—y la otra respuesta…

Era, más bien, la respuesta a todo. La diferencia garrafal que había, la muralla que lo separaba de las niñas y de la imagen de Shaka, uno de esos rostros, que él generaba sólo cuando estaba con ellas: No era familia.

No tenía cabida en ella, no había espacio a ella, Shaka no le había abierto tal espacio. ¿Debería seguir intentando? Por un lado de él le pedía seguir intentando. No podía simplemente dar media vuelta e irse con la desazón de esa respuesta y derrotado pese al esfuerzo que había hecho por ir a esa actividad y obtener aquella ocasión. ¿Tendría que esperar a otra fiesta familiar de la empresa para volver a hacerlo? Él pensó que dadas las circunstancias quizás era hora de crear sus propias oportunidades.

—Leí de una feria infantil en el Mall de la capital—se aventuró, captando la atención de los dueños del lugar. La niña pareció emocionarse ante la idea asomada, iluminando los ojos verdes y dibujando una hermosa sonrisa, muy distinta a la visible advertencia que Shaka le dibujó con su rostro serio—. Podríamos ir mañana, si ya Fler mejoró claro.

—Saga…

—Yo puedo llevarlos—prosiguió, ignorando la voz de su pareja, el semblante con él que le pedía un alto.

—Papi, yo quiero, ¡yo quiero!

Y ante la algarabía de Fler, la insistencia de la pequeña tomándole del brazo y la seguridad con la que Saga le observó informándole con ello que no pensaba declinar la invitación; Shaka accedió…

Y ese fue el primer error.

Aquella salida fue tal como Saga la esperaba. Se había esforzado para agradarles: las había acompañado, las pequeñas sin problema habían soltado las manos de su padre para tomar las de él. Se sentía realmente feliz, realizado: lo llevaban de un lado a otro, le pedían helados y palomitas de maíz, que viera a los payasos de una esquina, o la película de Disney que era promocionada del otro ala, era como si de verdad fuera parte de ellas, lo trataban de una forma tal que no se sintió un desconocido. Se entretuvo tanto con ellas, con las vocecillas que le hablaban cuando las cargabas en sus brazos y se las llevaba en alto para que vieran mejor la feria y ellas le dijeran hacía donde ir; que en un momento olvidó que Shaka estaba con él, que iba caminando detrás de él y se negaba cuando las niñas pedían más dulces, más galletas o le decían de ir a un juego en particular que le pareciera peligroso. Cuando el padre se negaba algo de inmediato él lo contradecía y terminaba ofreciéndole aquello a las pequeñas, sin el menor reparo, sin darse cuenta.

Terminó tomando decisiones y para cuando la feria estaba avanzada y volteó ya Shaka no estaba en el lugar.

Ya para las horas de la tarde las pequeñas tenían peluches que había ganado en algunas de las ferias y parecían que no estaban aún satisfechas. Querían seguir jugando, seguir viendo y sus propias piernas estaban renuentes a caminar un metro más. Se sentó en una de las bancas del local, obligando a las pequeñas a sentarse pese a que ellas estaban reacias de hacerlos. Querían ir a los payasos, al columpio con los otros niños, al castillo inflable… ¿y dónde estaba Shaka? Ya hasta decía que era el turno del padre encargarse de ellas mientras reposaba sus pies, pero siquiera por móvil era capaz de localizarlo. Volvió a intentar una vez, otra, hasta que terminó pensando que había algo muy extraño en todo el asunto. Shaka no era del tipo de hombres que dejarían sus hijas así como así. Lo peor era presentir que al encontrarlo lo que hallaría sería una verdadera tormenta, eso de desaparecer de su vista solo lo había visto cuando Shaka estaba, en extremo, molesto.

Al parecer al final las llamadas surtieron efecto al ver la cabellera rubia acercarse, con sus manos en los bolsillos y un rostro tan neutral que simplemente no mostraba nada más que la más áspera indiferencia.

—¿Ya estás cansado?—preguntó con frialdad, mirándolo por sobre el hombro con esos ojos azules convertidos en puñales.

—Papi, yo quiero ir a ver las payasitas, ¡están pintando la cara!—de inmediato Fler se pegó a la pierna del padre, jalándole el pantalón tierra para llamar su atención. Hilda secundó los pedidos.

—Yo quiero ir a los carritos chocones, ¡ya los encendieron!—la mayor tomó la muñeca descubierta de su padre, buscando su cuota de atención también.

Ambas callaron y se quedaron quietas en cuanto vieron la mirada de su padre, gélida. Había acabado la fiesta, ellas ya la conocían; Saga la conocería en ese momento.

El griego observó como las pequeñas bajaron la cabeza y se quedaron agarradas del pantalón de su padre como si de repente todas las energías que aún tenían acumuladas se las hubieras desconectado de su sistema. Saga veía al rubio visiblemente contrariado; pese a que estaba cansado por todo el recorrido sentía que en ese momento la mirada de Shaka le condenaba por algo, aunque no sabía muy bien porque. Los ojos en esos momentos le recriminaban en un celeste silencio.

—Creo que ya nos vamos—pronunció en algo más parecido a una sentencia—. El Sr. Saga está cansado y se está siendo tarde.

—Shaka…

—Gracias por la salida Saga—agregó, con una frialdad que él pensó jamás le dirigiría—. No te preocupes por llevarnos, ya busqué un taxi y nos espera en la salida. Vamos Fler, Hilda, despídanse de Sr. Saga y agradezcan.

—Gracias Saga…

—Señor Saga—corrigió el padre mirándolas con severidad y logrando que las pequeñas se sintieran reprendidas por algo que no entendían, bajando su rostro afligido. Fler, la menor, dejó deslizar una lagrima de los ojos enrojecidos con un mohín en sus labios.

—Gracias Señor Saga—repitieron en tono bajo, en una coral que asemejaba la de un funeral.

—Adiós Saga—se despidió el rubio sin más, tomando las manos de las niñas.

No entendió que sucedió, que pasó, que fue lo que ocurrió con Shaka para que actuara de esa manera. En otras circunstancias, Saga no hubiera tolerado el desplante. Bajó otras condiciones, él se hubiera levantado, hubiera tomado el brazo de la pareja y hubiera armado una verdadera discusión sin importarle que estuviese en el pasillo, buscando razones, llamándole grosero y otra cantidad de epítetos que le pasaba por la cabeza. Más lo tragó todo, por las pequeñas, tragó todo y lo dejó irse aunque pensaba que Shaka había sido un desconsiderado y él un idiota que intentaba congraciarse con él y sus hijas; lo dejó marcharse pese a aquella vocecilla en su interior que le decía que todo había valido nada.

De allí peleas constantes y choques entre ellos. La primera y detonante de todo fue el día siguiente en la oficina, cuando Saga llegó temprano esperando ver a Shaka y pedir explicaciones, visiblemente de mal humor por la mala noche en la que su cerebro le armó una y mil veces la misma escena en la que quedó como un imbécil solo en la feria, en la que las pequeñas callaron y Fler lloró ante la infantil reacción del padre. A su vez, el rubio estaba demasiado concentrado en su trabajo tecleando quien sabía qué, mientras ignoraba los comentarios sarcásticos de Saga con él que intentaba comenzar una “conversación”.

Por esa razón para avanzadas horas de la tarde el mayor se acercó a la mesa de registros y lo miró con sus ojos fijos, buscando llamar su atención y hastiado de sentir la ley del hielo.

—¿Seguirás ignorándome?—masticó con la punta de su lengua cada silaba, escupiéndolas luego sobre la mesa que estaba en medio de ellos y a la cual Shaka no se había acercado, prefiriendo quedarse de espalda en su asiento—. ¿En vez de disculparte por la idiotez que hiciste en el Mall? Me distraje con tus hijas y dejé de prestarse atención y eso fue suficiente para que actuaras como un niño consentido.

Claro, esa fue la única cosa que vio Saga mal de todo lo que hizo, que dejó de lado a Shaka y quizás eran celos. Él lo estaría si le hubiera pasado en caso contrario.

—No discutiré nuestros asuntos en la oficina—masculló sin voltear el rubio, decidido a seguir trabajando.

—¿Ah no? ¿No meteremos nuestra relación en la oficina?—Shaka permaneció en silencio, concentrado escribiendo en el teclado, golpeándolo cada vez más con más dureza—. Pues creo que eso se te olvido el día que te lanzaste encima…

Error… uno tras otro.

Shaka volteó con tanta velocidad que por un momento Saga pensó que se lastimaría el cuello. Las venas tensadas marcándose en la blanquecina piel ahora enrojecida, los ojos azules pulsantes y llameantes de rabia contenido, el ceño fruncido, la severidad con la que se marcaba cada rasgo de su rostro oriental, todo era señal de su estado de humor. Por un segundo el silencio lleno de expectativa se hizo dueño del escenario, poco después vio como los parpados entrecerraron los celeste y la mirada forrada de orgullo le fue enviada en un gesto que con anterioridad podría haberlo denotado sensual, pero que en ese instante era más bien un signo de advertencia tácita.

—Espero lo hayas disfrutado, no volverá a ocurrir—el mayor abrió los ojos, asombrado… furioso.

Aquello había sido suficiente para alterar su ya trastocada calma. Hasta pudo oír sus propias mandíbulas crujir, la forma en que los tendones de sus dedos se encresparon y el puño se cerró en la mesa para finalmente dejar libre un golpe de frustración en la mesa de madera y salir, sin decir más.

Con aquel sonido del golpe y un sobresalto, Saga despertó de su entresueño, con cansancio y algo de pesadez. Se dio cuenta que estaba soñando, o más bien, recordando entre sueños, y pasando su mano sobre la frente vio el reloj la hora y pensó que quizás había dormido unas dos horas más desde que se había comido las galletas. Las imágenes que le habían regresado en ese momento entre la vigila y el sueño tuvieron la necesidad de ser recordadas, el cómo todo se complicó.

Hubieron muchas discusiones, muchas palabras filosas, mucho daño en cada una de ellas cada vez que intentaban entablar una conversación. Shaka empezó a negar las salidas con él, lucía realmente molesto y determinado a terminar la relación y pese al profundo malestar y decepción que él sentía en ese momento por la actitud asumida del rubio, la idea de que acabara ese rayo de luz en su vida le había aterrado mucho más. Se encontró entonces turbado, asustado, nervioso ante esa posibilidad y que al final todo se hubiera terminado, que de nuevo estaría solo y tendría que convivir en la oficina con Shaka mientras deseaba su cuerpo y se comía las manos para no tocarlo. Como una araña de hielo aquella desesperación le caminaba por la espalda y clavaba sus patas en la nuca, meciéndose deliberadamente y susurrándole entonces directo al tallo cerebral todas sus palabras, las condenas, aquellos pensamientos oscuros que solían atravesar su cabeza en los momentos de soledad: de nuevo solo, de nuevo lo había arruinado, de nuevo había concluido.

De nuevo…

Temblando ante la idea de ver repetir la historia de su vida una vez más decidió ir hasta su casa sin avisarle y buscar llegar a un acuerdo o al menos entender que había pasado. Ya sentía que aquella tarde había ocurrido mucho más, que no se trataba de una escena de celos infantiles por falta de atención, que aquello tenía más de donde escudarse. Quizás y con ello las cosas terminarían aclarándose, más temía bajo qué punto: podrían quedar de acuerdo en continuar o más bien, en dejar las cosas así.

Era evidente que había un desfase en su relación, un desacuerdo de ideales y de perspectivas. Eso fue en lo primero que reparó, que mientras él intentaba tener un lugar en la vida de Shaka, el rubio le cerraba las opciones a él, que él buscaba una estabilidad y una familia, Shaka buscaba solo la comodidad de un amante sin afectar la estabilidad que ya tenía con la propia. Cuando iniciaron jamás habían hablado de ello, en la intimidad todo parecía perfecto y durante esos primeros meses de pleno enamoramiento todo parecía bien, hasta que las niñas llegaron y él intentó también ser parte de ellas. Pese a que las discusiones en un principio se habían mantenido de forma adulta, al parecer luego de aquella tarde y el desaire se habían vuelto más dolorosas y agresivas, a un punto intolerable donde le hizo pensar si realmente valía la pena.

Llegó a la puerta de su departamento y tocó sin saber mucho que esperar. Se escuchaba una verdadera algarabía detrás de la madera, una voz femenina llamando a las dos pequeñas mientras estas parecían corretear y quejarse y luego escuchó la voz fuerte de Shaka demandando silencio. Funcionó y por lo que leyó a través de ello parecía que solo cuando el padre accionaba las pequeñas se quedaban quietas y que de seguro Shaka esperaba algo de tiempo antes de hacerlo; si, así lo había visto en aquella tarde, el cómo una sola orden y su mirada las había tranquilizado.

Estaba cavilando sobre aquellos y sus acciones cuando la puerta abrió y el rostro de Shaka se presentó ante él, primero sorprendido, y luego visiblemente contrariado. Detrás de él estaba una jovencilla pelirroja que recogía la ropa doblada de las pequeñas, se notaba ajetreada; debía tratarse de la chica que le había comentado. Volvió su vista al rubio y con una mirada tan certera como las que Shaka solía dar le indicó que venía a hablar, no quería discutir más y no iba a recibir un no sin explicaciones.

—Vamos a comer—susurró en un tono imperativo—. En mi casa…—agregó poniendo sobre la mesa los términos—, al menos que quieras que tengamos esta discusión pendiente en algún restaurant o en este pasillo.

Hubo unos largos minutos de reflexión por parte del hindú, luego simplemente accedió pidiendo unos minutos más pero no dejándolo entrar. Le comentó que le esperaría en el auto y así fue, se quedó por espacio de media hora afuera escuchando un poco de música mientras intentaba hilar las palabras que le diría. Conforme sus preguntas y respuestas se iban acomodando en su ente pronto Shaka salió de la zona residencial con una chamarra de jean y vestido de forma informal, entrando a la camioneta y quedándose en un silencio que s extendió por todo el viaje.

La comida hecha era su mejor opción en ese momento, porque dudaba tener el humor como para cocinar una con lo que se planteaba conversar. Saga paró en un establecimiento y con la modesta respuesta del hindú pidió un servicio para llevar, esperando mientras golpeaba con el índice de su izquierda el borde del volante y observaba a Shaka de reojo o a través de su espejo lateral. Quería intentar verse tranquilo, pero la calma no era su mejor aliada; en cambió lo que sentía era esa boca de desesperación comiéndole a mordisco muy lentamente su confianza y haciéndole sentir que quizás esa sería la última vez en la que estaría con él tan cerca y que lo mejor que podría salir de esa noche sería una última vez de consuelo antes de la ruptura.

Además, Shaka tampoco le daba buenas señales como para poder alegar a su favor algo más positivo. Su semblante serio y distante observando las luces de los autos que le pasaban por al lado fue lo único que estaba para él. Lucia ausente y por momentos cansado, hasta llegó a pensar que simplemente preparaba la artillería de argumentos que le daría para decidir dejar su relación hasta allí y seguir con sus propias vidas. No tenía entonces mucho a que atarse como para pensar que había esperanzas, las fichas se estaban barajeando en su contra, la idea de que todo estaba por cerrarse cada vez parecía perfilarse y por mucho que buscó un te amo o te quiero de Shaka en sus recuerdos no lo encontró… no encontró algo como eso.

Darse cuenta de ello en ese momento le hizo comprender que desde un principio estaban condenados a fracasar.

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