0-Positivo (Prologo)

Tienen mucho en común, pero eso no garantiza nada. Estar junto significa más que un falso Para Siempre.

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Temas: Yaoi, romance, drama, Universo Alterno.
Personajes: Saga, Shaka, Seraphina, Camus, Unity, Kanon
Resumen: Tienen mucho en común, pero eso no garantiza nada. Estar junto significa más que un falso Para Siempre.
Dedicatoria: A todos los pecadores que nos han seguido fielmente durante este casi año.
Obviamente a todo el club: Santísimo Pecado
Comentarios adicionales: En estos días mi abuela hablaba en la cocina de este tema, mencionando a algunos de sus conocidos con quienes aún trataban y como se habían vuelto parte de esto. Perdonen que no diga de una vez que es, no lo digo por cuestiones del fic, ya que quiero que vayan viendo a que me refiero conforme la historia y no echarles toda la info con solo la ficha (LOL XD), pero en cuanto terminó esa conversación con mi abuela me puse a investigar porque me vino esa espinita de contar algo, basado en estas circunstancias. He tratado de documentarme lo mejor posible sobre los terminos que usaré en este fic, algunos médicos, que estaré a su vez comentando después de cada capitulo. No aspiro algo muy largo

Prologo

Pasos…

Pasos dentro del pasillo a oscuras; sólo una luz fluorescente al final, puertas de maderas a su alrededor, de forma intermitente, una a una cerrada, con nombres marcados. Pasos, lentos y pausados, pisadas de su suela de zapato casual, huellas que se iban grabando en el piso de madera, marcando…

Pasos: uno, dos, tres… manos en los bolsillos, un dedo sosteniendo el filo de la llave de aluminio que abriría el seguro de su habitación. Caminó por espacio de unos minutos, vio sin ver las puertas que seguían a su lado, revisó cada una con su vista hasta hallar la que buscaba. Su nombre marcado le dio la evidencia, él estaba detrás de aquella puerta de madera color caoba, estaba allí y él tenía la llave del cerrojo. Estaba listo, era un paso, sólo uno.

Un paso que cambiaría su vida por completo, un paso que tomaría importancia en su nuevo rumbo. Desde aquel examen, desde aquel resultado, desde que su mundo se hizo triza, desde que la doble vida cayó con el doble filo sobre su cuerpo, su familia. Desde que fue abandonado, desde que intentó quitarse la vida, desde que todo se puso gris… luego rojo.

Paso, era un siguiente paso que dejaría todo aquello atrás y que aceptaría algo que había temido aceptar desde que lo supo, desde que se encontró con su nueva realidad, desde que cada acción recayó con su peso y consecuencia golpeándolo contra el suelo.

Estaba con vida, aún… El paso que daría daba muestra de ello.

Sacó de su bolsillo la pieza que abriría la puerta, la puerta que había significado para él durante esos meses un verdadero dilema de vida. Volver a amar, volver a querer… aquello desde hacía mucho había dejado de tener significado; pero allí estaba una posibilidad, allí había una luz al final del enorme pasillo oscuro que estuvo atravesando por largo meses, poco más de dos años: una que parpadeaba fluorescente tal como la lamparilla que tenía tras él. Los pensamientos seguían aún así, peleando dentro de sí mismo y de su cuerpo, guerreando contra él, colmándole de argumentos que seguían levantándose alrededor de él como una enorme muralla. La llave le tembló entre los dedos al sacarla de la tela de su pantalón, la acarició viendo como el reflejo de luz blanca golpeaba contra ella y encendía las siluetas de su forma. Con un impulso de gallardía la apretó contra su mano, al punto que cada vértice de ella se clavó en su piel con presión, recordándole un poco la sensación de dolor y aplacándole al mismo tiempo la de ansiedad. Suspiró profundo, dejó escapar el aire que había mantenido atragantado dentro de los pulmones y con ello buscó bajar la cuota de nerviosismo que era evidente en el leve temblor de sus piernas.

Ya era un hombre, hecho y derecho, un hombre que había pasado por tres décadas de vida, pero un hombre que al final sentía que había nacido de nuevo para la sociedad—la otra sociedad— hace poco más de dos años. De esa misma forma se sentía inexperto, temeroso, pese a que ya había amado y había entablado varias relaciones, era como si se sintiera virgen ante lo que estaba por hacer.

No era para menos, su vida ciertamente había cambiado a tal punto que era como decir que se trataba de una nueva. Todo era distinto, nada de lo que tuvo una vez permanecía con él; en lo absoluto… más bien lo que quedaba de aquello eran las ruinas, escombros de historias de vida que fueron vejadas por solo un maldito dato, un examen, un resultado.

Positivo.

Acercó su mano y liberó de su palma la llave guardada, tomándola ahora con más seguridad. Sabía lo que estaba a punto de hacer, sabía a su vez los riesgos, sabía los cuidados que debían tener, sabía lo difícil que era comenzar aquello. No, allí no había para siempre, ese tipo de finales ya no existía para ellos que estaban en constante amenaza por cualquier bacteria o virus oportunistas que pudiera apresarlos, estaba allí la latencia, estaba allí a su vez la idea de que la muerte era cada vez más próxima y sin posibilidad de ser ignorada. Pero quería vivir, y quería volver a sentir y quería tener en su mente y en su alma, si acaso aún quedaba algo de ella, si acaso de verdad esa enfermedad no era castigo de algún dios molesto por sus actos: que podía amar y ser amado. Quiso creer en ello y por ello ingresó la pieza dentro del agujero del cerrojo, dio una vuelta hasta escuchar el seguro ceder, tomó la manilla… jaló.

“Esto que siento es muy fuerte, Saga.”

Le había confesado y recordó aquello en el instante que la pequeña lamparilla de la mesa izquierda de la habitación iluminó hasta alumbrar un poco el pasillo. Abrió la puerta con cuidado, tratando de no hacer ruido con la madera y la alfombra que estaba bajo sus pies y penetrando así a la pequeña estancia donde aguardaba lo que buscaba. Su mirada recorrió la pequeña habitación, la lamparilla con detalles chinos que alumbraba la mesita y tenía un libro cerrado junto unos pequeños lentes, las sábanas celestes, el escritorio de madera donde descansaba el computador y algunos libros, junto a fotografías, varias, que adornaban el lugar. Sus pupilas luego cayeron hacían el bulto de la cama, cerrando al mismo tiempo la puerta y pasando el seguro de nuevo, sin quitarle la vista a aquel cuerpo.

Dio pasos, nuevos pasos que ya no tendrían una vuelta atrás, pasos que significaban para él un nuevo inicio, pasos rodeando la pequeña cama. Sus dedos se deslizaron en el filo de la mesita de noche y sus ojos leyeron el titulo de la tapa, pasando sus yemas luego por el relieve. Sólo se escuchaba su respiración y el aire acondicionado en bajo volumen, más su corazón, latiendo violentamente ante su nueva decisión, ante lo que estaba por hacer. Tragó grueso, devolviendo sus ojos hacía la cabeza dorada recostada en la almohada celeste, admirándola por unos segundos aquel brillo amarillo que se traslucía por la lamparilla.

Extendió su mano, sentándose en el límite de la cama con cuidado de no despertarlo. La caricia de sus cerdas doradas a los dedos le relajó, le dio seguridad, le confirmó ese enorme paso. Había esperado mucho, lo había pensado demasiado, lo había hablado con el terapeuta y con la consejera; no era un paso fácil y no prometía ser sencillo, pero en cuanto sus dedos viajaron por aquel lacio cabello semejante al oro sintió que todo tenía sentido y que era justo lo que deseaba. Lo amaba… quedó claro en él que eso era mucho más grande y fuerte que cualquier otro argumento. Lo amaba y con ello en mente se acercó reposando sus labios sobre la cabeza del que dormía, metiendo su nariz entre el cabello, olfateando su aroma. Al mismo tiempo dejo navegar su mano izquierda por la silueta aún cubierta por la sabanas, palpando aquel cuerpo tibio debajo de ella, sintiendo su corazón latir violentamente contra su pecho. Lo vio removerse, lo vio voltear de forma brusca y abrir parpados somnolientos, mirándolo entre incredulidad y asombro. Los ojos celestes lucían aún enrojecidos de sueño y turbados al mismo tiempo.

—¿Saga?—el rubio se levantó sentándose en la cama, restregando sus ojos y luego posando su vista en el despertador—. ¿Cómo hiciste para entrar…?

—Saqué copia a tus llaves—la mirada celeste se vio envuelta de reproches. El mayor sólo sonrió a su favor, buscando la mano apoyada entre las sábanas y entrelazando sus dedos, para luego mirarle con seguridad, profundamente, denotando con ello la seriedad de sus palabras—. Sé que hice trampa, pero necesitaba hablar contigo.

—¿Hablar conmigo?

—Si…—apretó los dedos blancos, reforzó su mirada—. Shaka, lo que me dijiste hace varias noches, sobre lo que sentías, no he parado de pensar en eso…

—También te dije que no había problema…

—Siento lo mismo—interrumpió provocando un leve temblor en el muchacho, con la luz de la lamparilla apenas iluminando los contornos de sus rostros—. Tan fuerte, no sé si más. El hecho es que te correspondo y te quiero, también te quiero.

La mirada azul se desvió de aquellos ojos esmeraldas y terminaron observando la luz que dibujaban sombras en los pliegues de su sábana. Se sentía asustado; pese a que él mismo había confesado lo que sentía noche atrás, realmente no esperaba que aquello fuera a desencadenar algo mucho más profundo. No era sencillo, si no lo fue para Saga lo era incluso menos para el rubio quien no había iniciado esa nueva vida hace tan solo dos años: Shaka lleva muchos más a cuestas. Sin embargo, también estaba dentro de él esa necesidad, aquel sentimiento que había surgido del compartir un destino común, de ser compañero de un tratamiento, de conocer lo que significaba vivir ahora con ese virus latiendo dentro de ellos al mismo tiempo… sentía a su vez aquel deseo que creyó haber enterrado en alguna parte de su adolescencia: el de querer, el de amar, el de estar con alguien más…

—Shaka…

La voz del mayor llamó su atención aunque no se atrevía a voltear. El miedo aún así seguía perenne en medio de ellos, pulsando contra su pecho y deteniendo cualquier impulso que respondiera al llamado de su interior. Saga lo veía en él, veía al igual las mismas dudas que él tuvo antes de llegar a esa habitación; peor ya era hora, había dado aquellos pasos para no retroceder. No podía simplemente decir sus sentimientos para no permitir que estos tuvieran libertad de sentirse para el otro, mucho menos cuando sabía que no había demasiadas oportunidades ya.

Así entonces le tomó la mano con mayor fuerza, infundiéndole así un poco de su propio valor. Quería decirle que no había nada de malo en lo que pensaba hacer, que todo aquello era válido y ellos aún a pesar de todo lo que dijeran los demás, tenían posibilidades de vivir y de amar. Que aún podían aprovechar esos años para seguir sintiendo, sin los prejuicios, y olvidándose de lo que dirían aquellos que no comprendían su situación. Las palabras las tenía en la garganta, a punto de ser mencionadas peor temía lanzarlas en el modo equivocado o decir algo que pudiera terminar de encerrarlo. No era fácil, para ninguno, sin embargo al sentir que Shaka sujetó esa mano en respuesta supo que aunque no lo fuera, él también estaba dispuesto a intentarlo.

Solo faltaba un paso, uno que debía dar no el movimiento, sino en palabras. Una invitación sencilla que durante sus treinta años había propuesto a varios, que ya había pronunciado, que creyó haberlo hecho una vez en el altar con él para siempre, la que ahora significaba mucho más que todas las anteriores; quizás no porque amase más o menos, sino porque tal vez sería la última. Lo miró a los ojos, busco el brillo celeste de aquellas irises aún turbadas y temblorosas, notándose aún la nebulosa de argumento que golpeaban dentro de él, con la misma velocidad quizás que con las que golpeaban en su propio interior. Más la mirada fue suficiente para dejar de lado todo, las palabras simplemente lo confirmaron…

—Sé mi pareja, Shaka.

Lo que sería el inicio…

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