Zona Neutral ~Asprita~

Todo había comenzado tan derepente y sin palabras de por medio, que cuando se dieron cuenta no supieron manejarlo… al menos, intentaría llevar sus lazos hasta el fin. Al menos, intentarían no matarse en el camino.

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Temas: Yaoi, drama, romance.
Personajes: Aspros, Asmita, Defteros, Sage
Resumen: Todo había comenzado tan derepente y sin palabras de por medio, que cuando se dieron cuenta no supieron manejarlo… al menos, intentaría llevar sus lazos hasta el fin. Al menos, intentarían no matarse en el camino.
Dedicatoria: A Karin_San, que me andaba pidiendo un Asprita multi desde hace rato, no sé si serán oneshot o drabbles, pero lo cierto es que esta basado en el canon, más adelante habra lemon más detallado. Disfrutalo geme, es para que te suba las energías >w<
Obviamente a todo el club: Santísimo Pecado
Comentarios adicionales: Basado en el Universo Canon de Lost Canvas, Empieza antes de la llegada de Athena.

Una visión distinta a mi Canon Defmita

Capitulo 0

Se supone que estaba allí para enseñarle, para ayudarle con el griego y acostumbrarlo a las nuevas creencias en Grecia. Se suponía que para eso el patriarca Sage lo había llamado, para darle a Asmita de Virgo las herramientas necesarias y adaptarse al santuario. A él le había quedado tal responsabilidad, mientras Sisyphus viajaba en busca de la diosa y Aldebaran se encargaba de supervisar los entrenamientos de la arena en el coliseo; a él se le había encomendado velar por la comodidad del nuevo santo de oro.

Asmita de Virgo, sin embargo, no se trataba de cualquiera. Viéndolo desde cualquier punto de vista, la llegada de Degel y de Kardia, quienes habían sido los últimos, había representado menor problema; por un lado porque Degel se adaptó fácilmente a pesar de su nacionalidad, y en segundo porque Kardia ya era griego y no había mucho a lo que acostumbrarse. Albafica había sido entrenado directamente por un antiguo dorado, Manigoldo por el mismo patriarca, de ese modo cualquiera de ellos no había tenido menor problema de encontrar un lugar en el santuario.

En cambio, Asmita había sido una excepción: encontrado en la India lo trajeron sin mayor protocolo para hacerse de la armadura del sexto templo y lo había logrado ciertamente, pero el poder acoplarse al resto, eso sí, había sido toda una odisea.

El asunto es que Aspros mismo sabía que cuando el patriarca Sage le habló de ayudarlo a encontrar su lugar no era donde precisamente lo tenía en ese momento; al mismo tiempo, él mismo no quería retroceder un solo paso. Asmita había significado ser más complicado que cualquiera de los libros de física o teología que haya leído o cualquiera de los cálculos que había estudiado: ese hombre era capaz de descolocarlo en segundo y volverlo a dejar como si se tratara de un mono en la mano de buda.

Comprendía que por eso mismo Aldebaran le haya tenido en desconsideración; aquella vez que el hombre había intentado ayudarle por la ceguera recibió unas palabras tan fuertes que terminó totalmente convencido de que el muchacho no tenía modales ni sería un buen santo. Él entendía perfectamente que aquello había sido un golpe al orgullo de Asmita, aunque Aldebaran fuera tan terco como para no querer cambiar su visión al respecto; no obstante también estaba muy claro que el carácter del hindú no era para nada tratable.

Era esa la enorme contradicción que significaba Asmita, tanto por sus creencias como por sus costumbres. Un hombre que prefería meditar a ir a entrenar como los demás en el coliseo, delgado, blanco, pálido para venir de aquellas tierras orientales, alguien que no creía en la soberana voluntad de los dioses respaldando a un dios griego, ciego pero que parecía ver más que cualquiera. Y si, aunque Asmita apenas fuera a cumplir sus dieciséis estaba equiparando incluso al mismo Manigoldo, no tenía nada que envidiarle a nadie, se había ganado la confianza del patriarca pese a su esquiva actitud y tenía una sonrisa… endiablada sonrisa, no sabía si sonreía por aceptación o felicidad o era una mueca de ironía.

Asmita parecía ser una enorme ironía.

Y allí estaba, lo tenía debajo de él sonriéndole de esa forma, con su cabello dorado desparramándose por todo el mármol de la flor de lotos central del templo de la virgen. Le había quitado el peto y el faldón, lo tenía desnudo frente a él, amarrando las delgadas muñecas cubiertas de oro con una de sus manos, acariciándole el cuerpo con la otra mientras las piernas de Asmita permanecían abiertas y sumisas…

Sumisas; realmente empezaba a pensar hasta que punto eso era sumisión o una mortal trampa que le había tendido, como había pasado de la discusión por bajar al coliseo hasta el momento donde tomó sus labios y terminado justo en ese instante donde el sudor abrillantaba la piel perlada del rubio y el calor lo estaba enloqueciendo. Sabía que no estaba bien, y que el patriarca no debería saber de aquello, pero ya en el punto en que estaba no podía echarse para atrás: Asmita no le dejaba opción alguna con ese sonrojo fuerte en su rostro.

—¿Seguro quieres ir al coliseo?—preguntó el rubio, con la mueca de control marcada en su semblante. Aspros lo observó con reclamo y excitación contenida, si, Asmita era una mortal trampa y él había caído en ella.

Ya sabía que era algo que no iba a evitar. Desde que le habían dado esa misión meses atrás, desde que tras los constantes choques con Asmita sólo pensara en callar su perorata con un beso o cargarlo hasta someterlo bajo las sábanas. Desde que se dio cuenta que ese muchacho estaba despertando algo en él.

Y no había vuelta atrás, ya no; sea lo que sea que hubiesen empezado, lo llevarían hasta sus últimas consecuencias.

Tomó el cuerpo del guardia de la virgen. Penetró con lentitud y fuerzas, observando el rostro comprimido entre placer y dolor, conteniendo al mismo tiempo toda la excitación acumulada. Se ensartó, una y otra vez hasta hallarse por completo atrapado entre las paredes calientes y caer temblando de placer sobre el hindú, ya con los brazos tendidos, con las botas de oro rechinando contra la flor de lotos. Le miró por un instante observando la deliciosa faz de su compañero, el cómo los labios rosados se abrían buscando aire, tiritando, junto al sonrojo fuerte de las mejillas que inundaba hasta su cuello. Acalorado buscó de nuevo las manos blancas y las encerró entre las suyas, lo levantó consigo hasta enredar su delgado cuerpo entre las manos, para escuchar su respiración en el oído, para sentir su calor pegado a su dermis.

—Ya no iremos a ningún lado—aseguró llevando una de sus manos hasta la espalda baja del rubio.

Y empujó, penetró, poseyó.

Gimieron… se ataron.

Hasta las últimas consecuencias.

Uno – Ten paz.

Las palabras escuchadas en la sala patriarcal martillaba sobre su cabeza, trastabillando en su masa cerebral y dejándolo totalmente desconectado. Suspiró con gesto moribundo al llegar a su templo, en aquella noche calurosa que para él se había convertido en una enorme nevada. Incluso, debía estar tan contrariado que Degel al verlo pasar le preguntó si todo estaba bien y él había tenido que buscar la manera de convencerlo de ello.

Tenía una misión, una ruin misión.

Agobiado con su propia alma y el peso a cuesta, se sentó sobre la flor de Lotos intentando descansar. Convocó sus mantras para despejar cualquier duda de su mente, aunque esto no parecía funcionar como debiera; se sentía sumergido en una especie de liquido fétido que le contrariaba, rodeado por el olor nauseabundo de una posible traición y de su papel dentro de ello, cansado, aturdido… herido.

¿Por qué él? ¿Por qué precisamente él?

Una fina gota de sudor corrió imperceptible por el filo de su espalda, debajo de la armadura, recorriendo con un helado tempo las curvaturas de su columna vertebral. De la misma forma sentía que caían sobre él el peso de los argumentos, el de sus propias dudas y el de sentimiento que aún pugnaba por abrirle el tórax y tambalear en incesantes latidos de vida dentro de su carne. Su corazón clamaba por él, clamaba por ser escuchado, pero la razón, áspera y autoritaria pisoteaba a aquellos gritos de atención y lo llenaba de argumentos que no le daban otra opción más que obedecer.

Sabía que Aspros tenía un deseo.

Sabía que había sacrificado mucho por ello.

Sabía que más que a Athena, la fidelidad de Aspros era hacía una promesa.

Sabía que a quien buscaba proteger era a aquel hermano.

Sabía… todo lo sabía… y por ello las palabras de Sage cayeron contra él como una afilada lluvia de espinas a su cerebelo, dejándolo inmóvil, mordiendo imperceptible sus labios rosados para ocultar lo mejor que pudiera su frustración. La orden había sido precisa… la jugada: cruel.

Tenía miedo… y darse cuenta fue sencillamente repugnante. Afianzó la curvatura de sus parpados en presión buscando conseguir alivio a sus dudas, liberarla dentro de sí y volver al estado de paz que debía tener, libre de toda aspereza que enturbiara su alma. Más no podía; el miedo se filtraba cuan araña en su oído, le susurraba lo que pasaría, le decía que esa prueba no la iba a superar.

Ni aquel… ni él mismo.

Ambos quedarían marcados con la severidad del destino jugueteando con sus vidas, como ha sido desde el principio, desde que el cosmos los escogió como su baluarte protegidos por una constelación guardián.

Temía… y las dudas se acrecentaba apilando cadáveres en su intranquila mente.

¿Podía confiar en él? De momento su respuesta era negativa…

Dos – Ten Fe

“¿Has oído la historia de Castor y Polux?”

Saboreó entre sus labios el aliento de su boca. Desnudó con sus manos las piezas de oro que cimbraban, al ritmo de sus corazones, de sus parpados cerrados, de sus venas llenas de sangre caliente. Su espalda golpeó con sutileza los pliegues de las sábanas en su habitación, remarcó con sus dedos los cabellos largos que caían lado y lado por su mejilla, evitando así que aquella curvatura, ese pozo de saliva ardiente, no se alejara mucho de su lengua y le permitiera beber de su agua. Jadeó, sintiendo la dureza del musculo de sus hombros, la firmeza de su hombría entre sus piernas.

“Uno era un semidiós, el otro un simple mortal. Pero estaba unidos, por sangre, por carne”

“Lo sé”—gimió abriendo el ángulo de su rostro, mostrando la piel de su cuello por donde descendía aquellos labios.

“¿La has oído?”

“Degel me la contó”

Apartó su cuerpo con brusquedad y envió una mirada endurecida. Los labios del hindú subieron categóricamente por la comisura izquierda, dibujando una sonrisa cínica y percibiendo a través de los otros sentidos la tensión de aquellos músculos; el malestar.

“¿Celoso?”

Levantó sus brazos hasta apresar el cuello, se acercó siguiendo el aroma de su perfume, de su sudor, el calor de sus labios. Sintió cierta renuencia que aplacó con una caricia deliberada en su nuca.

“No me gusta tu cercanía a Degel”

“Sólo hablamos de historias, de libros…”—murmuró contra el espesor de su boca, mordisqueando, tentando, jalando en contra de sus deseos y provocando —“. Nada en especial”

“Yo puedo contarte más que historias…”—lo aplastó de nuevo contra la cama, estrujó sus muñecas y llevó sus dientes al dorso de su piel blanca, castigándolo con dolorosas mordidas—“, y muchas más interesantes que sus cuentos de niño.”

“Entonces enséñamelas”—enredó sus piernas en la espalda del mayor—“. Todo lo que sabes, lo que lees, lo que investigas, enséñamelo”

Desnudó parcamente su cuerpo, regando besos a lo largo de su piel. Tramo y tramo besado, tocado, acariciado a conciencia y sin ella mientras susurraba a su oído su nombre y sentía las falanges blancas castigar con su presión contra la piel de su espalda, exigir con su fuego la liberación de su placer. Abrió labios y fue llenado con su lengua, abrió piernas y sintió la irrupción en su cuerpo, en su alma, en su cosmos. Gimió aferrándose en la baja espalda, sintiendo su cuerpo rodeado por aquellos poderosos brazos, sus piernas  golpeando los glúteos, la voz de él desgranándose en vocales sin sentidos y sonidos amorfos penetrando en su oído. Se entregó, se entregaron… se amaron, y desfallecieron…

“Cuando Castor murió, Polux, el inmortal, pidió a Zeus que le devolviera la vida o le quitaran su inmortalidad, con tal de que su hermano viviera”—enrolló un mechón dorado entre sus dedos, acariciando la oreja blanca y la mejilla aún sonrojada de su pareja, enredados entre sábanas—“. Al final, por eso nació la constelación de Géminis.”

“¿Pasó algo con él?”

Hubo silencio, un espacio de tiempo donde solo las caricias en el rostro y cuello eran respondidas por las yemas blancas sobre su pectoral, a la altura de su corazón, escuchando el palpitar de aquel musculo inconstante. Asmita comenzó un camino de besos pequeños desde el pectoral hasta subir al cuello, encontrar la barbilla y acariciar con su nariz la áspera de su acompañante.

“Lo siento deprimido, busco que me hable pero se distancia. No sé si ya estará hastiado de ese estilo de vida, o de esperar a que cumpla mi promesa… Siento a veces que le he fallado”

“Todos deben buscar su libertad por sí mismo, Aspros”—deslizó la yema de su pulgar en el filo de su mandíbula, con sus cejas estrujadas, sus parpados guardando sombras—“. Esa promesa es un peso para ti”

“Quizás, pero la cumpliré. Soy un hombre de palabra”

“Lo sé”

“Por eso… me da miedo que quiera irse”

Prefirió no responder aquello, comprendiéndolo. Aquel lazo que él jamás podría entender, porque no lo vivía, pero aún así de algún modo admiraba, hasta cierto punto. Mejor dibujó para él una sonrisa de ánimo y fuerza, consolándolo quizás, haciéndole sentir acompañado.

“¿Tú no te irías?”—preguntó él, llevando mechones dorados tras la oreja blanca.

“No me iré. También soy un hombre de palabra, Aspros”

Memorando aquella escena de su pasado, el Santo de Virgo se levantó de su lecho, acomodó sus vestiduras, colocó su capa, levantó su cosmos creando la ilusión en su casa.

Con aquella memoria en su mente caminó hacía el estrado principal, seguro, confiado. De ese hombre se había enamorado, a él le había entregado hasta el alma. No había forma, ni aún con la treta que el patriara había creado para él, no había forma que Aspros fallara. Cumpliría su promesa, pasaría la prueba, le demostraría que él era el indicado pese a que su principal ideal no fuera Athena.

El de él mismo tampoco lo era, ¿podría acaso juzgarlo?

Tres – Ten Paciencia

Ocupó el lugar asignado tal cual como determinaba el protocolo y el plan previamente informado. El patriarca volvió a relucir sus propias dudas y él, obediente, sólo le dijo que esperaba que esa noche recibiera su respuesta, la que ambos querían: la positiva.

En silencio caminó hasta las cortinas detrás de la sala patriarcal, lanzando un moribundo suspiro de espera, pensando en quedarse meditando desde allí para seguir manteniendo en pie la ilusión de su templo la que había creado para despistarle si iba a buscarlo. Pensó en que quizás Aspros le buscaría en cuanto oyera los rumores, iría hacía él en busca de apoyo… le dolía en gran manera pensar que no podría darle un verdadero abrazo para consolarlo cuando creyera que había perdido.

Aún así, tampoco podía juzgar las intenciones que llevaron al patriarca a tomar esa decisión. Él mismo sabía que probaría a cualquiera antes de ejercer su voto de confianza… Lo hizo, también con él, con métodos aún menos decorosos…

Entre meditaciones recordó aquellos instantes; las veces que al inicio comenzaban sus pequeños pleitos, los celos de Aspros, sus propias trampas para probarlo, para ver qué tipo de sentimiento tenía hacía él, porque lo buscaba, si era más que sexo.

“¿De nuevo Degel pidiendo ayuda?”

“Así es”—respondió sin más aplacando magistralmente una sonrisa que le brotó en el alma.

“Degel viene muy seguido a tu templo”

“Igual que tu vas al de Aldebaran, ¿debo suponer que te acuestas con él?”—la sola imagen había encrespado los vellos del mayor, mostrando una fiera mirada.

“No es gracioso”

“Sinceramente me parece divertido”—eludió con una irónica sonrisa que rápidamente fue borrada con un furioso beso.

“Significa que dejaras que Degel siga viniendo”—la voz ronca salió como si chocara primero contra los dientes. El rubio enarcó sus cejas, enseriando su rostro.

“Si, y que seguiré meditando también”—enderezó de nuevo su cuerpo.

“¿Aunque yo quiera tomarte?”

La respuesta había sido el agitado cosmos de Virgo subiendo al infinito.

“¿Por qué no puedo ir a tu templo?”—recordó otra oportunidad que molesto le detuvo antes de que volviera a aprisionar sus labios.

“¿Para qué ir? Si estoy aquí…”—sintió como le tomó de la cintura buscando con la punta de su nariz sus labios.

“Las veces que he ido siquiera me invitas a pasar. ¿Ocultas algo?”—el agarre cedió alejando ambos cuerpos entre ellos y la columna. Virgo se cruzó de brazo, lo escrutó con el cosmos—“. He oído rumores…”

“No hablaré de esto…”

“Dicen que no estás solo…”

“También dicen que no eres fiel a Athena, ¿acaso se equivocan, Virgo?”—el cosmos vaciló. Las cejas doradas remarcaron su rostro severo. Hubo silencio: Aspros mirándolo como si se arrepintiera de lo dicho, Asmita tragando las palabras.

“No se equivocan”—el mayor abrió los ojos pasmado con la revelación al tiempo que veía la inmaculada capa blanca sumergirse en el aire y cosmos dorado—“. Sal de mi templo, Géminis”

Estrujó Asmita su tilak al recordar aquella vez, afianzando sus pensamientos, esperando paciente que la noche acabase y todo quedara en solo una duda. Más sin embargo, en la penumbra de la espera y ante la expectativa de cualquier cambio, su mente siguió divagando en más momentos, más de esas pequeñas discusiones.

“Te diré solo parte de la verdad, pero no quiero que hagas más preguntas ni que saques este tema a colación. No podré decirte más y espero que respetes eso”—llegó decidido noches después con el cosmos en amenaza. Lo instó a regresar de los recovecos de su mente cortando la meditación.

“Puedes no decirme nada y dejar de verme. Será más provechoso para ti”—asestó el otro renuente a aceptar condiciones.

“Jamás he hecho lo que estoy a punto de hacer. ¿Tienes una maldita idea del porque lo hago?”

“Puedo hacerme una idea pero no me interesa.”

“Eres obstinado.”

“La media verdad es otro nombre de la mentira.”

“¡No te puedo decir más!”

“Entonces no digas nada y vete de mi templo.”

“¡¡Maldición!!”

“¡No maldigas en mi templo, Géminis!”

“¡Es mi hermano!”

Virgo calló y el cosmos que movía suavemente se agitó por unos instantes. Sólo escuchó al final el latir de sus corazones, ambos, al mismo ritmo; sentir la mirada de Aspros turbia hacía él, escuchar el sonido de los nudillos apretándose hasta emblanquecer y el de su propio espíritu ser sacudido por la necesidad de abrirse a él.

“Es mi hermano…”—volvió a repetir, desviando la mirada a un punto de la loza de su templo—“. Nadie en el santuario debe verlo, nadie debe saber de él. Se rumora de su existencia, pero es como un fantasma que camina entre las columnas de Géminis.”

“¿Por qué?”—preguntó tratando de mantener su voz clara y audible pese a la conmoción de su propio pecho.

“Por qué esta maldito para el santuario.”

“¿Por qué?”—estrujó aún más sus cejas al no hallarle coherencia a semejante revelación.

“Si yo preguntará porque no le eres fiel a Athena, ¿me responderías?”

“No tengo respuesta aún”—escudó sintiéndose de alguna forma señalado.  Pronto deshizo su posición de lotos, bajando de aquella estructura de mármol para ir hasta su habitación y meditar de otra forma. Aspros le tomó del brazo antes de que se perdiera en los pasillos, luego de observarlo caminar en silencio.

“Yo tampoco la tengo…”—susurró llevando con su fuerza el delgado cuerpo hasta cubrirlo con sus brazos—“Sólo  sé que es así desde que llegué… desde siempre Asmita.”

¿Por qué?

La naturaleza de la vida es sufrimiento

La primera noble verdad.

Asmita salió de su meditación cuando escuchó desde lejos aquellos pasos, sintió desde las distancia aquel olor. Tragó, sintiendo piedras puntiagudas que atravesaron su faringe hasta caer forzosa a su estomago y desgarrar en el proceso el musculo que dejó de latir, por un segundo.

¿Por qué?

Defteros había llegado.

Cuatro – Ten Templanza

Jadeaba, como animal golpeado en la base de su estomago.

Lloraba, como niño que ha visto por fin caer ante él todas las injusticias del mundo.

Gemía: de dolor, de rabia, de impotencia.

Peleaba…. Por dentro… por dentro…

¡Detente…!

Su cuerpo se encrespó en cuanto escuchó aquella voz en la mente peleando contra ese poder, aquella malla de espina que había caído sobre su cerebro adoleciéndolo, encerrándolo, enclaustrándolo a una voluntad que no le pertenecía.

Crujían sus dientes de desesperación cuando alzó el puño.

Ardían sus ojos de lágrimas de impotencia.

Y Asmita lo veía, lo sentía siendo acorralado por la misma forma sin líneas y sin límites llamada soledad que lo empezaba a cubrir con su manto de negra noche. Su voluntad, su fidelidad, su tranquilidad era gangrenada en segundo por cada paso húmedo, por cada sonido de esa mandíbula combatiendo contra su instinto, con cada grito de auxilio encerrado en el cráneo.

Hubiera deseado desaparecer en cosmos, alma y cuerpo de ese lugar. En sus adentros mordió sus labios anhelando despertar de aquella pesadilla, que aquello que ocurría era una jugada de su mente, una ilusión, un mal sueño del que debía despertar. Debía hacerlo… ¡Ahora!

Los parpados se presionaron entre si hasta que no se veía límite entre la piel. Los nudillos blancos por la presión acumulada sujetaban aquel pedazo de tela blanca que tenía de capa tras su cuerpo. Se tensó su mandíbula con desespero, esperando… sintiendo que los huesos iban perdiendo su posición por el temblor que tragaba dentro de sus músculos, que los tendones se emblandecieron quitando toda movilidad corporal. Que su corazón se filtraba de sangre muerta en cada latido…

Sintió con su aura al patriarca levantarse de su asiento, a los músculos de acero levantarse, el brazo ejerciendo el ángulo, el cosmos encerrándose tras su puño… los gritos de desesperación… sus propias memorias.

“No temas”—memoró…

Aquella vez había seguido a la sombra del santuario de noche, atravesando los templos, escondiendo su cosmos con astucia. Lo había vigilado en cada una de sus meditaciones, los últimos minutos lo dedicaba en entrar en esencia al templo de Géminis y ver quien era aquel ente que contenía cual maldición.

El hermano de Aspros… por mucho que Aspros le hubiese pedido que se mantuviera al margen, no podía con la necesidad de respuesta que tenía Asmita, el conocer quien era aquel ser que debía quedarse encerrado en el templo de los gemelos. Necesitaba razones y sabía donde obtenerlas.

Allí las tenía.

El hombre intentó huir apenas sintió su presencia pero fue paralizado con el cosmos. Sintió a su vez el palpitar acelerado y asustado de él, la mirada de ferocidad que le transmitía, el orgullo pisoteado con el deseo de ser digno, de ser fuerte…

“No temas…”—repitió, caminando hacía él con la elegancia que acostumbraba.

“Virgo…”

“Asmita de Virgo”—dibujó una sonrisa, como si fuese una presentación y no la cacería a la que se había sumido, el siendo cazador y aquel cuerpo caliente y aliento de sudor la víctima—“. He escuchado mucho de ti, solo quiero saber quién eres y porque estás aquí.”

“Aléjate o atacaré”—el rubio se detuvo enarcando una ceja con mayor intriga. Pese a sentir con su cosmos el temor de aquel, también podía percibir en el ambiente la forma en que las dimensiones se entrelazaban debajo de sus pies y las visiones se levantaban frente a su rostro.

“Vaya…”—sonrió, extremadamente divertido y contrariando así a su adversario—“. El poder de Géminis reside en ti, pero no puedes detenerme…”—dio otro paso, cortando la invisible pared ilusionista que le había creado—“. Soy ciego… tus visiones no pueden engañarme; tampoco tus dimensiones”—cayó hecha trizas una de las puertas dimensionales y pudo saborear en la punta de su lengua el miedo de aquel al que había acorralado—“. En cambio tú no puedes moverte mientras yo no lo desee. Puedo ver incluso tras tus ojos: el miedo que se forma en tu garganta, el pavor que corroe tus huesos… ¿Me temes?”—sonrió al notar con su alma el estremecimiento—“. No temas…”

Con decisión se acercó a aquel cuerpo que se ocultaba tras las sombras de la noche oscura, vibrando con furia su poder pero al mismo tiempo apresado por la increíble cosmoenergía que Virgo creaba a su camino. Sus manos blancas se entrelazaron en los cabellos sintiendo una amarra de cuero que le pareció incomodó, pero reconociendo al mismo tiempo la aspereza de ese cabello que podría distinguir. Con prisa bajó sus yemas buscando la piel del rostro y encontrando, en cambio, una coraza de cuero y madera.

Palideció…

—“¿Tienes miedo?”—escuchó la ronca voz chocando contra la máscara. Tragó grueso, dejando deslizar sus dedos por el filo de la mandíbula, tocando piel caliente, para luego subir y contrastar con su tacto el artilugio que lo cubría. Su garganta secó, su corazón tambaleó siendo atravesado por la lanza de una verdad tan fétida que le calaba hondamente—“. Todos me tienen miedo…”

—“¿Por qué?”—musitó, sintiendo que la brisa golpeaba directamente contra sus retinas.

La sombra de Géminis subió sus ojos, sintió esos dedos peinar las espesas cejas. Quedó marcado, al ver su reflejo en aquellas irises azules de neblina que miraban la nada pero mostraba una conmoción más allá de lo terrenal, casi divina, como la de un dios que se ha manchado de injusticia…

Y el golpe…

El patriarca detuvo el golpe de cosmos que asestó el gemelo menor, la misma fuerza cósmica que despertó los pensamientos de Virgo, aquellos que se habían ido a vagar en las memorias.

Las palabras que eran escuchadas…

“Yo lo liberaré…”—se filtró en su memoria la voz de él, los gemidos de él, las palabras de él.

Aspros…

“Podrá vivir sin la máscara. Será reconocido, Asmita…”

El origen del sufrimiento son los deseos.

La segunda Noble Verdad.

Y Aspros había llegado a la estancia Patriarcal.

Y Asmita sintió las amarras de su propia palabra…

Quinto – Ten Valor

Esa noche en medio de su asombro Aspros apareció tras él abriendo una dimensión, con el rostro severo, con la molestia tatuada en sus irises azules…

Esa noche se enfrentaron…

El rostro airado del de Géminis, el indignado del de Virgo. Un paso por el mayor, una negación por el menor, el cuerpo forrado de oro que se fue convirtiendo en moléculas doradas hasta perderse en la nada, cortando con ello toda posibilidad de hablar.

Y así ambos, furiosos: de la injusticia, o de lo ridículo, de lo ilógico y de lo absurdo. Ambos forrados con demasiado orgullo como para querer dar un paso atrás.

Él sintiéndose por primera vez asqueado del lugar en donde estaba, de la orden y de ese gobierno que la supuesta Athena ejercía por sobre el mundo. ¿Cómo esperar justicia por aquella niña que desconocía la verdad de cómo se llevaban las cosas en su santuario? ¿Quién era esa niña para llevar al mundo a la paz que tanto ansía? ¿Acaso escucha el clamor de tantos que ha visto llamándola en medio de su hambre y de su dolor? ¿Acaso ella les auxilia cuando la invocan?

Si las dudas con respecto a ella y su decisión de buscar vivir el dolor de forma voluntaria ya las tenía: se reforzaron tras ese descubrimiento, encerrándose en meditaciones, buscando con su espíritu a través de la extrapolación hasta ver el mundo que sufría, el mundo que le dolía observar con los ojos de su alma.

“¿No piensas disculparte?”

Aspros llegó aquella tarde al templo de la virgen, cansado de sentirse ignorado, de seguirle dando vuelta a su molestia y de ver que Virgo no daba su brazo a torcer. La necesidad de tenerlo pudo más al final…

“No tengo porque disculparme.”—respondió sin dejar su posición.

“¿No tienes? Haber acorralado a mi hermano de esa forma, hacerlo en mis espaldas y sin mi permiso…”

“No te pertenece su vida como para que decidas quien puede verlo”

“No lo decido yo”

“Viéndolo desde otro punto de vista, si, Aspros de Géminis”

“¿Qué diablos quieres decir?”

“Si se va del santuario, podrá ser libre de la máscara ¿no?”

“¿Qué estás insinuando Asmita?”

“¿Por qué se ha quedado?

“¡Basta ya!”

“¿Por qué se aferra a semejante humillación?”

“¡No podrías entenderlo, ni pienso explicarlo! ¡Alguien como tu tan ajeno de todo no podrías entender lo que él y yo sentimos!”

“Se dejan enceguecer por emociones humanas”

“¿Y tú no eres humano? ¿Acaso me dirás que eres la reencarnación de algún dios? ¿O qué es lo que sientes por mi?”

Amar… Las pasiones eran el origen del sufrimiento. Asmita pudo entenderlo tras los pasos de Géminis que abandonaron su casa después de una discusión donde ninguno dio su brazo a torcer. Sintió cómo su corazón se fue cuarteando, cayendo piezas en el fondo de su alma y pensamientos en su mente. Él intentó, en aquel tiempo, sobreponerse a ese sentimiento sin resultado.

Amar… por amar, precisamente en ese instante que Aspros llegó frente a la sala patriarcal entrando como un héroe sintió que su pecho fue abierto en un solo tajo, dejando aquel musculo palpitante totalmente indefenso a cualquier golpe directo que lo mataría. Por amar no quiso dar crédito a aquellas palabras…

Ahora veía como Aspros pisoteaba lo que él llamaba su mayor lazo…

Elevó su muñeca derecha, juntando las yemas de pulgar e índice cuando sintió el cosmos de Aspros unirse en un filo. Cerró con fuerza sus parpados y se forró del orgullo más insano jamás mostrado, tensó su brazo en la espera del momento, escuchando la voz del patriarca hablar de que también tenía un hermano y la voz de Aspros diciéndole que volteara para que no fuera víctima de su castigo a Defteros.

Sus labios se movieron pronunciando el mantra que se convirtió en una cortina de diamante impenetrable.

“Soy solo un hombre en busca de la verdad”

“No eres nadie para decidir que es mejor para nosotros”

“Si tú mismo no te das cuenta del daño que se hacen, no valen la pena mis palabras”

“No le diré a Defteros que se vaya de mi lado, porque le prometí que estaríamos juntos y que yo lo sacaría de esa maldición, lo liberaría de la máscara. Si no puedes aceptarlo…”

“Está discusión no tiene que ver con eso. Permitir que él se até al sufrimiento y la humillación sólo para mantenerlo a tu lado; algo tan egoísta como ese sentimiento, ¿pides que lo comprenda?”

“Si no me amas dudo que lo comprendas, Virgo”

El recuerdo de aquella vez en su templo volvió a su mente. Esa oportunidad que creyó lo había perdido todo, en ese momento pensó que hubiera sido lo mejor.

¿Qué haría él con lo que aún los unía? ¿Con el dolor de su pecho? ¿Con la decepción de su alma?

Para el cese del sufrimiento es necesario desprenderse de los deseos. Ese es el llamado Nirvana.

La tercera noble verdad.

Se vistió de orgullo y fuerza, abandonando su corazón, viendo aterrado en lo que se había convertido… Intentó dibujar una sonrisa confiada…

Salió.

Sexto – Ten convicción

—El patriarca ya había visto dentro de ti, solo quería asegurarse de tus motivos antes de la guerra.

—Excelente estrategia patriarca. ¿Entonces debo deshacerme de Virgo? Pero se olvidan de algo, a mi lado está mi marioneta, mi copia en poder y cosmos. Seremos reconocidos, ¡seremos los más poderosos que aplastan galaxias!

—Pfff… No dudaré en castigar a un rebelde. ¡Aunque tengamos que combatir una guerra de los mil días!

—¿Mil días dices? Pfff no será necesario. Mi marioneta recibió el puño demoniaco, ¡para mañana el traidor estará manchado de los cadáveres del patriarca y Virgo!

—¡Que patético! Rebajarte a seguir el camino de maldad, Aspros, parece que lo primero que necesitas es arrepentirte

Zona neutral…

Al final todos tendrían que llegar a ese momento; el lugar donde dejaban de ser humanos para convertirse en sólo armas de dioses, el sitio donde sus corazones caían desconchados antes una realidad que asumieron, pese a no atañerles. El punto final de su vida, el punto final de su existencia que se encenderían como una estrella incandescente.

Antes de ello, antes de la guerra, antes de Hades; se les permitió vivir y amar dentro de una comunidad donde crecían viendo ya su destino en las estrellas que brillaban incansables en el cielo. Sin embargo, para Asmita la guerra llegó antes que los demás; para él, la guerra llegó justo en ese momento.

Al menos, su zona neutral llegó.

Ya no era hombre, ya no era la bestia que podía sumirse a los placeres carnales que saboreó con él, ni el alma que se permitió sentir pese al dolor que le causaba. Ya no era aquel que respondía divertido a cada una de sus insinuaciones y con orquestados movimientos se lo llevaba a la cama. No, no era ese hombre ya quien le enseñaría otra forma del nirvana, ni quien le hablaría de antiguas leyendas o de sus estudios, quien le compartiría sus sentimientos, sus sueños…

A él se los había compartido…

Porqué pese a lo que descubrió aquella noche, al sentir sus dedos manchados por la injusticia en su propio hogar, al sentir sus dudas apilándose en su cabeza, pese a creer que Aspros no volvería, que él dejaría de sentir, que podría dejar de amar: no pudo…

Ni dejar de amarlo, ni conseguir respuestas dentro de sí mismo…

Por eso lo había llamado noches después de meditaciones y de pelear contra sí mismo y contra lo que sentía. Por eso había doblegado su orgullo, lo buscó, lo encontró y aceptó: su futuro, su sueño, la oscuridad que llevaba a cuesta: su hermano.

No lo volvió a ver, hasta ahora… no buscó más a aquel, respetando y esperando que el destino de Pólux brillara para ellos.

Pero se equivocó… y ya no era hombre, ya no era bestia… Sólo un soldado, solo un guerrero, sólo… sólo una pieza en el enorme juego de los dioses, la que debía proteger al rey del juego de su compañero rebelde.

No había misericordia para él.

No había oportunidades para él.

No había opciones para él.

Sólo una, sólo había una, el puño demoniaco sólo tenía una forma de ser desatado y sólo uno de ellos debía morir…

No había otra forma.

Más aún así, no se atrevió a completar la clave cuando Defteros se lo pidió. Pese a todo, no pudo decirle que lo que debía hacer era matar con su propio puño a aquel que vio como su salvador…

No pudo decirle que matara al hombre que amaba.

Si el pecado de Defteros fue convertirse en sombra, él de Asmita había sido el de amarlo aún con aquella sombra que terminó tragándose su luz. Ahora dejaría que esa misma sombra que lo estuvo opacando durante años y dejó por fin salir su verdadera oscuridad, terminará de engullirlo.

Detrás de la columna espero, como un guerrero.

Recta visión

No titubeó cuando escuchó las palabras de Aspros contra la vida del patriarca.

Recta decisión.

Cumpliría su promesa y misión.

Recta palabra.

Esperaría las consecuencias finales, el último acto.

Recta acción.

No lugar a  sus deseos, no lugar a su miedo, no lugar a sus sentimientos, al amor que le tuvo, al dolor que le carcomía.

Recta forma de vida.

Apretó sus puños al sentir el impacto…

Recto esfuerzo.

El cosmos de Aspros se fue diluyendo, junto al dolor… la ira… y el poder maléfico.

Recta atención.

Salió de su escondite sintiéndolo aún con vida pero jadeando, agonizando. Sintió sobre él por un momento su mirada de desconcierto, no permitió que aquella le contrariase.

Recta concentración.

“¿Me esperarás también? Que cumpla la promesa a mi hermano, que sea el patriarca…”—acostados en la misma cama.

“Lo haré. Ciertamente no puedo comprenderlos, pero tampoco juzgarte por tus motivaciones. Después de todo, mi fidelidad a Athena es aún más difusa.”—enredados sus miembros, sus extremidades, sus cuerpos.

“¿Pero pelearas a mi lado?”—sus dedos, sus manos, la punta de sus labios.

“Como Géminis o como patriarca, soy un hombre de palabra, Aspros”—sus bocas, sus lenguas, sus almas…

“Será como patriarca…”

Defteros se había ido, con la armadura, el cuerpo…

—Asmita…

El dorado se había quedado, inmóvil, con su rostro en la misma dirección, el mismo lugar donde él murió.

—Ha sido un resultado lamentable…—murmuró el patriarca.

Sólo guerrero… no lugar a deseos… no lugar a sufrimiento.

El camino al nirvana que significa el abandono de los deseos es el óctuple sendero: la Visión Justa, el Pensamiento Justo, la Atención Justa, el Habla Justa, La Acción Justa, la Diligencia Justa, la Concentración Justa y el Medio de Vida Justo.

Esa es la cuarta noble verdad…

—Así es… ¿puedo retirarme a mi templo?

Y ese sería su estilo de vida, hasta la llegada de hades.

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