Mi Juramento (SisyCid)

Al descanso en medio de sus viajes, Sisyphus decide hablar de la diosa y de su deseo de protegerla. ¿Qué opina Cid de esto?

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Temas: Yaoi, romance
Personajes: Sisyphus, Cid
Resumen:Al descanso en medio de sus viajes, Sisyphus decide hablar de la diosa y de su deseo de protegerla. ¿Qué opina Cid de esto?
Dedicatoria: A Circce, mi papa yaoista y quien me hizo amar y comprender más al Cid y Shura. Dioses, ella es la fan numero uno de esta combinación y el mundo estaria lleno de fanwork de ellos si tan solo ella publicara todo lo que escribe. Creeme que espero que este pequeño fic te guste y te de mucho fanservice, como pago a las horas que te la paso hablando de sashismo xDDDD y defmitismo xDDD Además, esto viene a ser el fruto de todas tus horas invertidas mostrandome cabras (?) xD
Comentarios adicionales: Basado en el universo Canon. Tomando en cuenta que Cid acompañó a Sisyphus en varios de los viajes antes de la llegada de Athena.

Mi Juramento

—¿Cómo crees que sea ella?

Desvió la vista hacía la voz que le habló entre los cantos de los grillos y el susurro de las enramadas moviéndose por la brisa vespertina. Acababan de darse un baño es la cálidas aguas del riachuelo que dividía el pueblo, cansados de caminar y con ánimos de darse un merecido descanso en su cruzada.

Sisyphus como siempre estaba así, distante en su propia cabeza y pensando en voz alta, hablando de cualquier tema que le pasara por la mente y le gustara compartir. Él era así, tan abierto, tan transparente, que Cid había aprendido a ver dentro de todo aquello las emociones pese a no existir palabras sino un consciente silencio de solidaridad. Estaba acostumbrado a su voz en las mañanas cuando lo despertaba para continuar su misión, y en las noches que oyéndolas conseguía los brazos de Morpheos.

—Deberíamos tener una pista de eso, no sé, color de cabello, de piel…

—¿De qué hablas?—preguntó confundido, mirándole con sus ojos serios. Sisyphus se encontraba sentado dándole vuelta a una pajilla con sus manos, luciendo realmente interesado en contar cuantas líneas tenía esa hoja dibujadas por la naturaleza.

—De Athena.

Ante aquellas palabras Cid se levantó un tanto impresionado. El semblante de Sisyphus lucía pensativo, mucho, parecía estar divagando en una serie de acciones y posibilidades y dando rienda suelta a su imaginación, quizás dibujándose miles de formas y maneras de encontrar a su diosa que en ese siglo había decidido nacer fuera del seno del santuario. ¿Las razones? Preferían ignorarlas, o mejor aún, obviarlas, ya que el designio de los dioses incluso para él siempre era irrevocable, independientemente de donde lo viera: fuera desde el punto de vista mitológico de Grecia o la cristiana del que se formó dentro de las cobijas de su madre.

—Quiero decir, nació en otro lugar pero, ¿cómo la encontramos? Al menos una pista nos hubiera ayudado.

—Quizás lo sabremos cuando la veamos—respondió con seguridad y el compañero le miró como si hubiese escuchado la respuesta que necesitaba.

—¡Claro! De seguro su belleza nos dará pista, la humildad de su rostro y el valor de su corazón—Cid dejó recargar su rostro en el dorso de la mano, con una pequeña sonrisa dibujada, observando aquellos verdes claros en los ojos de aquel hombre a quien había jurado proteger con su vida—. ¡Imagínala! Una joven de belleza incomparable y pureza de corazón, con amor a los débiles y desamparado y un cosmos cálido, incluso tan cálido que los animales del bosque la buscarían para sentir un poco de su presencia.

—Suena a un enamorado, Sisyphus.

Una carcajada, gloriosa, brotó de la garganta del aludido ante aquella afirmación. Las hojas se rozaban entre ellas y la tenue luz del atardecer se escurría de las copas de los árboles, escuchando el crujir del viento a su lado. Delineó entonces con su vista aquel rostro, se veía que tenían algunos días sin parar frente a un espejo. Por lo menos sagitario ya mostraba el aspecto de no haberse afeitado esa semana, la barba se veía en su color cobrizo brotando desde su papada hasta su barbilla y el cabello despeinado, aún humedecido, bailoteaba sobre su cabello al tiempo que seguía riéndose de lo que le pareció un chiste. Él mismo también no estaba en su mejor momento; la barba la tocaba ahora que tenía su mano sosteniendo el filo de su barbilla, rasposa y gruesa del color de la noche.

—¿Sabes, Cid? Yo quiero proteger a nuestra diosa con mi vida si es necesario. No vacilaré un segundo en cumplir sus ordenes y estar apoyándola, quemaré mi cosmos para abrirle el camino a ella y a los santos que están detrás de nosotros.

Para ese momento, pudo ver la tenue sombra de fatalidad cubrir su rostro lleno de luz, de la misma forma que el atardecer caía sutilmente sobre las faldas de las colinas lejanas antes tocadas por el sol. Sintió a su vez el temblor de su voz al pronunciar las últimas palabras y aquel filo que apreció mecerse tras su cuello al mencionar la idea de proteger y pensar, que quizás, la imagen de la guerra santa había asaltado su mente.

Se le acercó, sigilosamente, sentándose a su lado y observando como la luna menguante se asomaba entre los espacios de la rama de los árboles sobre su cabeza. De lejos el pueblo empezaba a encender sus luces y ya el bosque tomaba forma a través de las penumbras. Tomó algunos pedazos de madera seca para hacer una fogata, y encendió la llama golpeando dos piedras lizas que había tomado en el río y había secado en el camino.

Sysiphus observó todo el movimiento en silencio, hasta que la chispa del fuego se agitó vehemente entre la madera y encendió un poco de lugar en el pequeño lugar que habían escogido de refugio en esa noche. La luz entre rojo y naranja empezó a dibujar pequeños rayos en la faz de capricornio, delineando la curvatura de su nariz y las pupilas oscuras, con el ceño levemente fruncido, aquella expresión que perduraba a más de lo normal en su rostro.

—Yo también—le dijo, mirando aún el fuego que bailaba entre la oscurana—. También la protegeré, a ti y a ella—buscó con su mano derecha una de las del arquero, asiéndola en cuanto la encontró, dando fuerzas en ese momento a través de un ligero apretón de manos.

—La protegeremos juntos. La llevaremos al santuario y ayudaremos a que se adapte en el lugar. La apoyaremos en todo y cuando empiece la guerra, la defenderemos, con nuestra vida.

Se miraron en silencio por unos minutos, largos y pesados, donde sólo el sonido del crujir de la madera y el de la noche que a pasos agigantados los cubría se dejaba escuchar entre ellos. Pronto las respiraciones se acompasaron en un solo ritmo, lento y profundo, casi como si se hubiera puesto de acuerdo o contaran los mismos números antes de inspirar y exhalar. Podrían parecer ausentes en ese momento, pero no, no lo eran, ni al mundo, ni a la realidad que los estaba engullendo poco a poco ni mucho menos al sentimiento que habían estado germinando por largo tiempo, en cada viaje, con cada conversación y en cada momento que el silencio era su acompañante.

Las miradas, atrayentes permanecieron así, por minutos que se fueron diluyendo así como el espacio entre sus rostros. Las manos aún tomadas apenas con presión siguieron juntas, acariciando tenuemente cid los nudillos gruesos y ásperos de su compañero, mientras sintió un relámpago atravesar su columna vertebral y la respiración de sagitario pegada a sus labios. Permaneció inmóvil expectante ante cada movimiento y atento cada uno de sus poros a la posibilidad se sentir con su piel las manos de él, los labios de él; atrapado tras los ojos verdes, hipnotizado con el movimiento de aquellos labios gruesos levantándose por la derecha en una corta sonrisa llena de placer.

Seducido se acercaron sus bocas, plagados de excitación se juntaron sus lenguas, murmullos y aire brotaron de su garganta acompasando sus cuerpos a un tempo ya definido para ellos.  Las manos empezaron a dibujarse entre ellos, el sudor pintó entre sus lienzos una nueva letra de su nombre, cayeron entre la tierra y al lado del fuego a simplemente dar rienda suelta a aquello que tenían y no necesitaba mayor explicación, no la tendría, no por mucho tiempo; aunque eso poco les importaba ahora que estaban lejos de cualquier orden y podían ser, simplemente, ellos; en una relación de camarería que escondía mil y unas vertientes susurradas entre jadeos.

—Cuando la encontremos, ya no podremos viajar—susurró, sobre el pecho desnudo de Cid mientras el fuego seguía danzando entre ellos y la noche avanzaba. Escuchaban a lo lejos el sonido de algunos grillos y el movimiento de los arbustos ante el viento de la noche. Cid mantenía su mirada hacía la luna, pensativo—. Aunque hay aún cosas que investigar sobre los dioses gemelos. ¿No has sentido como si nos siguieran a veces de la sombra?

—Si—musitó, distraído observando las nubes que formaban sobre el cielo.

—Sólo debemos mantenernos alertas—acarició con sus dedos los crespos griegos—, imagina si uno de ellos apareciera a atacarnos.

—No creo…

—Sí, yo tampoco, deben estar tomando té en algún lugar del Olimpo.

Rieron por un rato, muy poco, y no con muchas ganas debido al cansancio de sus cuerpos. Preferían en ese momento dejarse guiar con los brazos de Morpheo a un sueño placentero y reparador para su siguiente jornada. Pese a como era costumbre, Sisyphus quedó rendido mucho antes, sobre el pecho de su compañero y a veces murmurando algunas palabras en griego. Cid, en cambio, se iba dejando guiar poco a poco en la telaraña del sueño, pensando en su misión, en el calor de su acompañante, en las palabras de protección hacía Athena…

—Te protegeré, a ti, a ella, con mi vida si es necesario. Lo juro—musitó, entre dormido, entre despierto.

Hasta que sus parpados cansados se sellaron a esperar el alba.

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