Filo de Justicia (Aioros x Shura)

Tras el recuerdo de su sonrisa y la sangre derramada, lo único que busca es el filo de su justicia.

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Temas: Yaoi, Drama, angst
Personajes: Aioros, Shura, Saga, Shaka, Aioria
Resumen: Tras el recuerdo de su sonrisa y la sangre derramada, lo único que busca es el filo de su justicia.
Dedicatoria: A Circce, mi papa yaoista y quien me hizo amar y comprender más al Cid y Shura. Dioses, ella es la fan numero uno de esta combinación y el mundo estaria lleno de fanwork de ellos si tan solo ella publicara todo lo que escribe. Creeme que espero que este pequeño fic te guste y te de mucho fanservice, como pago a las horas que te la paso hablando de sashismo xDDDD y defmitismo xDDD Además, esto viene a ser el fruto de todas tus horas invertidas mostrandome cabras (?) xD
Comentarios adicionales: Sinceramente… aún no entiendo como esta pareja no tiene tanto fanwork de este lado del mundo, si es una de las más querida en oriente y hay fanwork hasta para tapizar una pared xDDD Definitivamente adoro esta combinación, por todo lo que representa por esa admiración/culpa de Shura por el recuerdo de Aioros y lo cercano que fue con él. Este fic está basado en escenas de Episodio G. Personalmente me gusta la visión de Okada sobre la relación de Aioros y Shura, y el sentir de este último con respecto a su muerte. Yo no veo a Shura malo, lo veo, lamentablemente, como una victima T_T

Forjando

—Afila tu vista, tu cosmos, apunta al objetivo.

La voz —más gruesa que la propia— se difuminaba en el movimiento del viento, en la cortina de arena amarilla que se levantaba en el coliseo, en el susurro de la brisa caliente que se pegaba a su oído y secaba la gota de sudor que se deslizaba desde los bucles castaños, humedeciendo la patilla y dibujando con su sendero la línea curva de su mandíbula hasta posarse en la barbilla. Esperar… allí la gota se detuvo a consciencia impulsándose en pequeños movimientos antes de lanzarse al vacío y ser absorbida por la arenosa tierra.

—Míralo como es: la materia formada por átomos, los átomos tiene un punto de corte… sepáralos con tu cosmos, oblígalos a dividirse a tu antojo.

Enderezó su brazo derecho alzándolo al cielo, apuntando con la punta de sus dedos las tierras de Zeus. Un escalofrío penetró desde el coxis, y sintió en ese momento las gotas de sudor que se escurrían de su cuello a su espalda, apegando la áspera tela de su uniforme y alertándolo de la sequedad que pronto sus labios sintieron. Vio de nuevo la punta de la barbilla canela a su lado, sintió los dedos de él subiendo de su antebrazo hasta la muñeca, alineando el ángulo, perfeccionando la postura.

—Derecho Shura, derecho como la justicia de nuestra diosa, como tu temple, como la voluntad de un santo.

—Derecho…—murmuró con su fina voz, aún infantil.

En su espalda, además de las gotas saladas que recorrían su espalda formada, sentía la mirada fija del menor, Aioria, sentado en la columna caída y expectante del resultado de esa clase. Sentía como si esos ojos se le clavaran de lleno en su espalda desnuda, aunque no la estuviera. Quizás era el miedo de fallar lo que realmente lo hacía sentir vulnerable.

Él no podía equivocarse. Shura no aceptaba errores.

—Concéntrate, Shura—tambaleó su pierna derecha al escuchar esa voz sobre su cabeza, mientras una última caricia a sus sedoso azabaches eran dejadas antes de continuar— Ahora sí, cuando quieras.

Apenas de reojo logró verlo a su lado, de pie, con sus manos en jarras y sacando pecho orgulloso, expectante con aquellos ojos claros. Pudo hasta ver la resequedad de aquellos labios gruesos y pensó que ese día estaba haciendo mucho calor, que el sol había decidido salir con toda su magnificencia para dejar en claro su  supremacía.

De repente las jades de Aioria se afilaron cuan felino, quizás con ella apurándolo en su labor. Aquello había sido como si le clavaran una pequeña lanza en el centro de su columna, volviendo su vista entonces al objetivo, y concentrándose tal cual le enseñaban.

Ni un margen de error. Su vida debía ser recta; después de todo, tenía en sus manos el regalo de Athena, la señal de ser su santo más fiel de la orden. De donde surgía la leyenda realmente poco le importaba, lo único que quería era crear la será propia, ser tan fiel como esperaban de él.

No sería sencillo de seguro, le tocaría tomar terribles decisiones, quizás. Pero en la mente de un niño de diez años: el camino era el frente, el objetivo aquella madera colgada en una distancia prudencial, su brazo el canal para enviar una ráfaga de cosmos cortante capaz de dividir las fuerzas de su adversario, debilitarlo… destruirlo.

Forjar su excalibur.

Noches y días: él y la tabla, él y su objetivo, él y su espada. Horas intentando sin éxito, horas afilando su vista, horas concentrando su cosmos…

Era el momento…

—¡Ahhhh!

El brazo se movió, la madera se partió.

Cortando

Afila tu vista, observa a tu objetivo como una masa de átomos que separaras a tu antojo. Llama a tu cosmos, oblígalo a tomar el filo en tu brazo derecho y un sólo movimiento, derecho, ejecutara tu justicia…

¿Cómo era posible que el objetivo fuera el hombre que lo había formado?

El niño veía sin ver.

Tragaba saliva, más no la probaba. No había sabor, ninguno; el frío de la noche penetraba directamente a sus huesos ignorando a la carne y dejándolo con la sensación de tener hielo dentro de sus coyunturas.

Sus ojos le miraban, le observaban, le escrutaban… Aquellos claros, heridos, le observaban como si quisiera un segundo de explicación.

No la había… no…

Aunque quisiera…

—No espero que me comprendas—le escuchó—. Sólo hago lo correcto.

Él también…

Levantó su brazo, afiló su espada. Le miró con ojos tan severos como el filo de su técnica. Ejecutar la justicia sin titubear; la orden había sido dada, no valía nada más, ni los recuerdos, ni esos ojos llenos de una convicción que hacía tambalear incluso la propia. Presionó su mandíbula, tensó sus músculos, ligamentos, huesos… ejecutó.

Y con el filo de la excalibur cruzando su cuerpo, se cortó lo único en lo que había creído.

Deliverando

¿Por qué no atacó? ¿Por qué no se defendió? ¿Por qué se equivocó?

¿Se equivocó?

Daba vueltas en la cama, una y otra vez sin conseguir respuesta alguna. No podía contra ello, contra esos recuerdos de aquellas tardes de verano cubiertos de sudor y arena amarilla, contra el sonido de su voz desvaneciéndose entre el viento caliente de la tarde, el movimiento de los bucles ondeantes en medio del atardecer, donde el sol se derretía tras las ruinas, en un manto de rojas proporciones que terminaba sucumbiendo a la frialdad del negro.

Contra sus palabras, contra sus miradas, contra aquella utopía que le silabeaba entre sus discursos y le sabía a la gloria misma.

¿Por qué él? Le preguntó, le interrogó, quiso hallarle explicación… ¿por qué? Quizás no había ninguna… pero ¿por qué estaba tan claro en lo que hacía?, ¿por qué no dudo en imponer su cuerpo a su espada? ¿Por qué?

Esa noche, como otras no dormiría. Cargaba sobre sus hombros la muerte de su propio ideal, justificándolo como el único método de expiación, pensando que había salvado a Aioros de haber hecho algo aún peor, que fue lo correcto; qué había obrado en justicia. Sin embargo, sus argumentos no eran suficientes para apartar la mirada llena de luz de aquellos ojos, la sensación de que estuvo ejecutando la injusticia incorrecta. Su pecho imploraba una convicción que superara incluso la de aquellas gemas en las penumbras que lo miraron como si fuese un honor pelear y morir en ese lugar, luchar por aquel ideal, aunque fuese el incorrecto.

¿Qué si fue él quien se equivocó?

Indagando

Las pruebas parecían ser muy claras. Conforme en su mente armaba las piezas hubo algo dentro de él que recuperaba luz. Los ojos claros en los atardeceres ya no lo miraban como si se tratara de un culpable, sino de otra víctima del destino y la artimaña divina de un impostor. Estaba seguro, los argumentos cobraban fuerza dentro de él y todo empezaba a tener sentido, las preguntas que le hizo a Aioros ante de su muerte, lo irrisorio que significó matar al hombre que admiró…

Y admira, ahora más que nunca… un hombre que había sido asesinado por un error, por una emboscada donde lo habían envuelto. Sólo uno era capaz de algo así, de crear la ilusión para manchar la dorada envestidura de sagitario, de crear una trampa para mancharlo con su oscuro cosmos. Sólo él…

Conformé pasaba el templo de géminis, como era necesario, luego de haber ido al coliseo a observar los entrenamientos, recordaba también escenas, muchas escenas. Recordaba a esos ojos verdes que observaban la distancia las doradas alas del arquero, la sensación de tener un pozo de bien y mal detrás de las irises magnéticas con la fuerza del universo encerrado tras los parpados. Podía incluso saborearlo, el asqueroso amargo de la envidia o la sensación nauseabunda de estar siempre peleando por alcanzar esa luz.

Para él aquella luz que el emanaba no podía dejar de ser artificial. Aioros, en cambio, sólo verlo, solo sentir los rayos de sol golpeando contra su faz y dejando destellos dorados que asemejaban las plumas de las aves de paz era suficiente para hacerle sentir que estaba más allá, más allá de la tierra, de los guerreros, un hombre rodeado de honor, de fuerza y justicia.

Sí, él siempre lo veía así, frente de él, de espalda y sonriéndole por sobre el hombro, con su mirada llena de ternura y amor y los bucles castaños deslizándose sensualmente por las mejillas formando su varonil rostro.

Se detuvo, en el templo de virgo y camino a su salida cuando el cosmos dorado de su compañero le saludó en medio de meditaciones. Observó con su rostro serio, sin mucha expresión, el cuerpo delgado del joven descendiente de la india, aquel que según Aioros era un ser solitario y temible.

“Será un terrible adversario”—recordó que le dijo—“. Ejecutará su justicia sin piedad. Es un niño que no tiene dudas, no sé hasta qué punto eso sea correcto o no…”

—¿Ocurre algo, Santo de Capricornio?—escuchó la voz, melodiosa y aún infantil del sexto guardián, encerrado tras su posición y su aura poderosa.

¿Qué significaba para él la justicia? No tenía que preguntarlo, él ya lo sabía. Si algo tenían muy claro en las doce casas eran una cosa: Shaka era el más cercano al patriarca.

—En lo absoluto. Con permiso.

Una leve onda de cosmos dorado fue el saludo final del de Virgo, quien de nuevo se internó en sus parajes internos prosiguiendo con la meditación. También el mismo creía que la palabra del patriarca era verdad, ¿pero que si él fue otro engañado por la manipuladora sombra de Géminis? ¿Que si todos fueron engañados por ese ser que había desaparecido seis años atrás?

La idea le rebotaba, una y otra vez, en su mente.

Soñando

“Afila tu vista, observa el objetivo, que tu espada sea tan recta como tu justicia.”

Esa voz, esa dulce voz que lo arrullaba en la punta de su oído, le creaba dentro del estomago un hormigueo extraño, dentro de su vientre un fuego quizás prohibido.

“¡Concéntrate Shura!”

Enfocaba su mirada en la espesa oscuridad encerrado dentro de sus parpados. Se removía buscando en las sombras aquella voz que le seducía todos los nervios y penetraba en sus oídos atándolo a una cuerda de plata, tambaleante…

Y recuerdos, muy vagos… lo veía a él en los atardeceres de lugares lejanos, cerca de los riachuelos, fuera de las plazuelas, ambos juntos comiendo un poco de pan y leche mientras reía contando anécdotas. Allí estaba, tan él, sentado con sus piernas cruzadas y hablando de su hermano, o de su vida en el santuario… o… realmente no escuchaba lo que hablaba, solo estaba perdido en la curva de su sonrisa y el destello de su mirada, en el ondear de sus cabellos y en el movimiento de los labios que pronunciaban silabas, en el aroma a pasto mojado y de su duro pegado en la nuca.

“Observa bien, Shura”

Intentó alcanzarlo… observó a las lejanías las alas doradas perdiéndose en el firmamento y como cada pluma que volaba de ellas se afilaban como espadas y herían su cuerpo, a sus manos intentando alcanzarlo, a su rostro forrado de lágrimas.

Te haré justicia…

Se dijo en el pináculo de la oscuridad a la que era abandonado

Protegeré lo que protegías… lo haré por ti…

Desafiando

Mojado de sudor y con el sabor metálico de la sangre ya seca en su garganta y rostro, aquella que derramó seis años atrás y chispeó contra su piel; Shura se levantó de su lecho luciendo fatigado, lleno de dudas, de inseguridades. Su teoría cobraba fuerza, los sueños le instaban a hacer saber la verdad, cortar el velo que teñía la muerte de Aioros y su supuesta traición. Debía hacerlo, limpiar su nombre, demostrar que Aioros fue solo una víctima de una trampa, que era otro el verdadero traidor. No había forma de que se equivocara en sus suposiciones, todo encajaba y no había forma alguna que el cosmos, el buen cosmos de sagitario le dijese lo contrario.

Seguro de lo que estaba a punto de hacer se preparó. Sabía que si explicaba bien los puntos las cosas podrían aclararse, confiaba en la poderosa Sabiduría de Athenea, la diosa que dormía tras el templo del patriarca. Ella podría tener la respuesta.

Su diosa… la respuesta la tenía el ser que le había entregado la mayor muestra de la justicia.

Apurándose se preparó para una audiencia especial.

A su encuentro salió el traidor y le puño demoniaco.

Atándose

Escuchaba su voz, tan lejos, tan lejos…

Oía el sonido de las aguas golpeando la arena, la textura de la tierra de la paya pegándose a su rostro, el sol golpeando contra su retina y el sabor salado de la espuma marina.

Lo veía a él y a Aioria jugueteando en las aguas del mar Egeo, invitándole a internarse con ellos y refrescarse luego de un día de entrenamiento. La hermosa sonrisa de Aioros, esa curvatura blanca y cristalina que le extasiaba, le llenaba de una paz y un calor inmensurable en su pecho…

—¿Es así de poderosa tu justicia en ti, Shura?

Como un hilo de alambre de hierro puntiagudo las espinas se iban formando alrededor de su cerebro. Un ácido corroyó la tranquilidad, convirtiendo el salado en agrió, la luz en sombras, aquella sonrisa difuminada en una curva macabra, en una mueca falsa de horro y agonía…

Sangre, mucha sangre…

Como la que escupía al suelo de aquel lugar destrozado por su justicia, la que brotaba de su garganta en arcadas de sangre, saliva y bilis. La que se iba haciendo charco como la de él cuando se arrojó contra su rostro y le dejó, por siempre, el sabor metálico en su paladar.

El segundo hilo de hierro había penetrado directamente haciendo un doble tejido en su conciencia. Agujas de acero  había enclaustrado su masa cerebral dentro de su cráneo. Su cabeza ardía, pesaba, dolía… su cuerpo temblaba… sus huesos se removían entre los músculos.

—En ese caso, te mostraré mi verdadero rostro…

Subió su mirada, sus ojos que sentía se le derretía dentro de las cuencas oculares. Sus irises trataron de dibujar el rostro de aquella persona, de aquel poder, de ese ente que se había vertido ante él como un dios incapaz de alcanzar. Su fuerza no fue suficiente… su justicia, su justicia había perdido el rumbo.

—La justicia soy yo, Shura.

Y re ensamblándose en su cerebro las memorias.

Y diluyéndose en las sombras su luz.

Y marcándose para siempre el sabor alcalino de la sangre en su garganta.

—Lucha por mí, con el poder de tu justicia…

Tan recta, tan exacta, tan certera. La justicia que tomaría el nuevo rumbo de su noble técnica…

De negro fue marcado su recuerdo…

De negra fue manchada su espada.

~Fin~

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