Grano de Mostaza (SisyphusxCid)

Entre lo que había vivido y creído, entre lo que lo llevó a ese lugar y su misión, su convicción, lo roto de su espada y los recuerdos: solo le quedaba algo.

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Temas: Yaoi, Universo Alterno
Personajes: Cid, Sisyphus
Resumen: Entre lo que había vivido y creído, entre lo que lo llevó a ese lugar y su misión, su convicción, lo roto de su espada y los recuerdos: solo le quedaba algo.
Dedicatoria: A Circce y todos los amantes de esta pareja. Evento Corazón de Caballero ~Capricornio~
Comentarios adicionales: Basado en el universo Canon. Escena después del encuentro con los dioses del sueño y haber perdido su brazo. Conquistando con Liston Blanco, Fé.

Grano de Mostaza

Sentía que sus fuerzas y fe se drenaban de él, de su cuerpo, salía en borbotones de sí mismo y con ella se iba toda convicción, toda seguridad e incluso sus recuerdos. Si bien, sabía perfectamente a que se enfrentaba en un primer lugar al partir, aquello había superado cualquier cosa que hubiera imaginado, y si, para lo que se había preparado.

Burlado, también. Se sentía burlado por el destino, por los dioses, y por todo el camino que le había hecho creer que realmente podía cumplir aquella misión y traerlo… a él. Había ido seguro de su misión y de su objetivo, se había adelantado a las fuerzas y había salido a enfrentarlas tal como solía hacerlo, directamente y sin mayores protocolos, con el filo de su espada sagrada cercenando todo. Sin embargo, ante él habían aparecido cuatro fuerzas que lo superó en todo y su espada, su poderosa espada, había sido cortada.

El sudor comenzó a formarse como una alfombra semitransparente en su frente fruncida. Había calor, sentía las gruesas gotas correrle por debajo de su envestidura dorada y la sangre brotarle de su herida. Podría pensar en mover los dedos de su mano derecha, pero las órdenes que correrían por todas las vías nerviosas morirían justo en aquella zona donde ya no existía hueso, ni carne, sólo sangre derramándose.

Sus parpados se cerraron con cierta somnolencia, pensando en que quizás ya no había mucho por hacer. Sentía a su armadura vibrar pero no era alcanzado aún su espíritu, o su alma tan quebrada como su filo. Más bien se llenó de recuerdos, de cientos de ellos, de aquellas escenas que se habían quedado clavadas en su historia y que lo había convertido en eso que era.

“¿Qué es lo que dijo?”—las palabras de él, transmutándose en el espacio del tiempo.

Aquella vez, la que su mente evocaba, se veía de frente con una de las estatuas de la virgen inmaculada, con aquellos parpados cerrados y la corona engalanando su cabeza dentro de la decoración de la iglesia. Era un servicio, por lo que parecía, se veía a varios de los feligreses entrar y verlos en la puerta, permaneciendo por fuera y esperando que culminara para hablar con el sacerdote del lugar.

“Porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible”—le repitió, con la vista aún en la imagen de mármol.

Sisyphus se quedó en silencio por un instante, un instante que se extendió por el resto de la reunión. Para Cid había muchas cosas que recordar: de lejos el amor materno, las manos de su madre acomodándole el cabello para presentarse ante dios y luego las oraciones antes de dormir. Ciertamente no iba a interpelarse en ese momento si servir o no a otro dios era bueno o era malo, o iban en contra de sus raíces. Había cosas por las que creía aún más, cosas más materiales y cercanas; podrían llamarlo incrédulo, pero prefería creer en alguien a quien veía y en una justicia evidente.

En ese momento, Sisyphus lo era: toda su fe era él.

Quizás, por eso creía que su excalibur era incompleta.

El recuerdo se disipó como una cortina de humo, dejándole en la punta de sus parpados la sensación de nostalgia por aquellos tiempos. Abrió los ojos con pesadez recordando el camino que transitó desde su templo hasta ese lugar, aquel bosque donde había caído gracias a los designios de aquellos dioses. En la noche en que la amenaza de hades se había desvanecido en el aire dejando sólo la latente muerte en forma de un lienzo en el cielo, él había ido al templo del patriarca para encontrarse una realidad que sintió aún desde el suelo donde fue enclaustrado por el poder maligno del dios. Por eso no tuvo siquiera un segundo de duda cuando decidió ponerse al frente de su misión de buscarlo, por eso no dudó un minuto de seguir los pasos de Manigoldo en busca de aquel lugar. Su diosa le bendijo, con su mirada benevolente, y con esa bendición tomó su camino.

No volteó a mirarlo en el templo de sagitario. No lo hizo, porque estaba plenamente convencido de que lo volvería a ver moverse, lo volvería a oír, no iba a llevarse aquella imagen de él encerrado dentro de algún lugar distante y con su cuerpo inmóvil; se iba a llevar la imagen de él brillando con la luz de sol y los rayos de la aurora celeste, la de Sisyphus hablando con fe ciega en ella y en su poder. Se fue, con esa imagen tras sus parpados y ese fuego encendido dentro de su pecho, el mismo que hacía brillar el filo sagrado en sus manos.

Pero se había extinguido… toda su fe: con su espada, con la idea de haber fracasado, con el haber caído en algún lugar de ese bosque y sentir que los minuto se agotaban, igual que su sangre, y que el frio, de la muerte quizás, empezaba a filtrarse en la punta de sus pies. Aquella llama dorada que creyó tener la sintió abandonarle en cuanto se vio superado y burlado por esos cuatro rostros, en cuanto percibió que el cosmos de ese ser se desvanecía, al igual que sus fuerzas. Era una sensación distinta a la que sentía cuando hades fue al santuario y supo que él estaba solo con su diosa en aquel lugar; aquella vez había sido  impotencia y rabia… en ese momento era frustración y derrota.

“Es muy cierto.”

De repente escuchó, perdiéndose de nuevo en aquella memoria frente a la catedral.  Al voltear su mirada pudo contemplar el rayo del mediodía que golpeó contra uno de los vitrales y lo iluminó a él, perdido en las divagaciones de su cabeza y con un resplandor de oro agitándose como polvo de estrella en su mirada. No estaba muy seguro porqué, pero el cosmos de Sisyphus para él se transformaba en plumas, plumas de oro que brillaban con fuerza cuando él creía con fervor.

“Si tenemos fe, todo nos será posible”—prosiguió, luciendo totalmente convencido de cada una de sus palabras—“. Ella es nuestra esperanza, y aunque no sabemos qué es lo que nos toque enfrentar cuando la guerra santa comience; me seguiré levantando aún si mi cuerpo es partido en pedazos, por ella.”

Fue como si su pecho de nuevo se inflamase de sangre y de aliento. El calor que empezó a navegar debajo de su tórax no era para nada molesto, era reconfortante, era como una especie de seguridad que se iba tejiendo hasta formar una vestidura de fuerza y creencia, de esperanza y convicción, la misma que le parecía ver cada vez que Sisyphus levantaba su vista al cielo y con una sonrisa hablaba de ella, de su diosa, de su providencia. Si en algún momento había pensado que no era necesario, con él se había hecho un devoto, de esos pasivos que sin mayores palabras ni plausibles hechos miraban de lejos la figura de la diosa y le pedía en el mutismo su divina protección.

Sabía que Sisyphus  la amaba, ya desde antes, y la amó aún más cuando al encontrarla se convirtió prácticamente en su tutor. La amaba como madre, la amaba como diosa, y la amaba como humana; y él, silencioso creyente sólo la observaba a través de los ojos de él y se preparaba para la guerra, para su misión, para protegerlo a él que buscaba protegerla a ella.

Aunque le arrancaron los brazos y las piernas, aunque le quitaran sus ojos o le sacaran su corazón… Sisyphus siempre había tenido esa forma de hacerle entender que mientras su cosmos siguiera ardiendo lo encendería como una llama incandescente por ella, por el amor de ella, por la justicia de ella, por el ideal de ella para con el mundo. Y en algún momento, eso también se convirtió en su misión de vida.

“Aunque fuera un grano de mostaza…”

Se levantó de la tierra donde había sido arrojado brillando sus pupilas con una determinación. El vibrar de su armadura seguía zumbando en la punta de su oído, el cosmos le llamaba, ella estaba ansiosa de levantarse en armas y pelear por lo que creía correcto. Podía sentirlo, pese a que la orden de su cerebro muriera en la incisión de su brazo, no era así con el cosmos, que seguía formándose dentro de él y haciéndole sentir como si de nuevo recuperara su antebrazo, su muñeca, sus dedos. Era como si la fuerza cósmica se mutara en tendones, huesos, músculos, venas y nervios hasta formar de nuevo su extremidad amputada.

“Lo traeré de vuelta”—eso le aseguró y se sintió llenado de una forma que prefirió no pensarla cuando ella le sonrió con ese rostro de madre, aquel que había perdido en algún lugar de su niñez.

Lo traería… dio su palabra.

Y aunque, quizás, su excalibur estuviera incompleta, no estaba rota. Tal vez le habían arrancado el brazo, pero no el alma. Mientras su cosmos ardiera, lo llevaría hasta el límite de sus propias fuerzas y cumpliría su palabra: por él, por ella…

Aunque su fe fuera del tamaño de un grano de mostaza, eso era suficiente.

Levantó en alto su mano derecha, sintió el influjo de energía manando desde su armadura y haciendo conexión con aquella parte que le hacía falta, dándole así la ubicación del enemigo. Decidió.

Y su espada recuperó el filo.

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