μου λείπεις

Salir con ellos era buscar problemas, tener pleitos, conseguir que la mala fortuna lo alcanzara. Pero aún entre tantas cosas al menos lo tenía a él.

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Temas: Yaoi, romance, drama, ¿una pizca de comedia?, Universo Alterno.
Personajes: Saga, Shaka, Shura, DM, Aioria
Resumen: Salir con ellos era buscar problemas, tener pleitos, conseguir que la mala fortuna lo alcanzara. Pero aún entre tantas cosas al menos lo tenía a él.
Dedicatoria: A Akito-Virgus, waaa nena, cuando supe que me habías tocado tú y vi el nombre que me pusiste pues, ¡fui feliz!
Comentarios adicionales: Bueno, La pareja secundaria no aparece actuando directamente pero si mencionados en todo el fic como la culpable de muchas cosas.
El titulo del fic es: μου λείπεις, te extraño en Griego, pero el foro no me lo deja poner de titulo.

μου λείπεις

—¡Policia! Por favor, ¡al menos denme otra llamada!

Sus gritos hacían eco en la solitaria comisaria donde estaba metido, junto con otros que compartían las celdas adyacentes. Shaka se encontraba realmente molesto, ofuscado a decir verdad, por la suerte que le había tocado y por la situación en la que se encontraba. Él no era de conocer aquellos sitios y sinceramente empezaba a darle razón a su madre cuando por teléfono le había hablado de las malas juntas. Siempre le había dicho que el italiano no era alguien de fiar, pero era la pareja de su amigo Shura, y el español era una persona seria y correcta, ¿cómo imaginar que acompañándolos terminaría con semejante lio?

—¡¡Escúchenme!!—volvió a gritar, agitando la puerta de la celda—. A l menos una llamada más, ¡no quiero pasar otra noche aquí!

Esa vez de respuesta no recibió el silencio sino una enorme carcajada, ronca y malvada, de uno de los que también estaba en su misma situación. Sus zafiros escrutaron el lugar hasta alcanzar con su vista los barrotes a l otro lado de la cárcel, donde un hombre de largos cabellos plateados que le tapaban la vista estaba tirado en el suelo, con solo un jean medio abierto y su cuerpo cubierto de tatuajes. El rubio le miró con aire amenazante, y este a su vez sólo repitió la risa que se fue incrementando en ecos por todo el lugar.

—Nadie te escuchará hijo de papi y mami. ¿Acaso extrañas los pañales?

—¡Cállate imbécil!

Golpeando los hierros  que lo separaban de su libertad, Shaka volvió a sentarse en la incómoda camilla, escuchando de nuevo aquella ronca carcajada que se burlaba de su infortunio. Ya había consumido su llamada reglamentaria llamando a Shura y amenazándolo con matarlo en cuanto saliera sino encontraban forma de pagarle la fianza. Quería volver a intentar llamar a su padre y convencerlo, pero estaba seguro que aún así sería en vano; su padre estaba tan molesto con lo ocurrido que prefirió abandonarlo en la celda por una semana para que “meditara en sus acciones”. Su madre no pudo abogar por él.

Y allí estaba, ya tenía cuatro días en esa celda, comiendo mal, con la misma ropa de siempre y escuchando los cuentos perversos de ese otro hombre que por fortuna no estaba dentro de su misma celda porque seguro ya lo habría violado. Se sentía desprotegido e incomunicado, solo, sin sus documentos, sin su teléfono, sin su vida social y común en esa semana que debían ser de vacaciones. En realidad, más que extrañar a su vida social, lo extrañaba a él.

Se dejó caer en el colchón ya cansado de seguir llamando a quien no respondería. El techo blanco lucía frio para él, aquella mazmorra le estaba pareciendo cada vez más familiar y eso le fastidiaba. Él no debía estar allí en primer lugar, sólo estuvo en el peor momento, en el lugar equivocado y con DM al lado; ahora que los había atrapado y encarcelado por un problema en un Pub, se encontraba allí solo, ya que a los demás si los habían sacado bajo fianza. El padre de él por supuesto que tenía como liberarlo, pero había decidido castigarlo haciéndole sentir por si mismo las consecuencias de sus actos y había sido, a su vez, bastante efusivo para con la policía en pedir que le aseguraran que nadie compartiría celda con su hijo.

—Al menos eso…—murmuró pasando su mano sobre el rostro y despejando su cabello ya reseco por el mal baño, además.

Terminó acostándose a lo largo, tratando de salir al menos mentalmente de ese sitio tan siniestro, incomodo y del cual no volvería a pisar por el resto de su vida. Pasando sus brazos por encima del rostro ocultó sus ojos claros tras los parpados delgados, dejando que las pestañas acariciaran los vellos de sus antebrazos y el aire que brotaba de su nariz se esparciera en el silencio de la celda. Pensaba en él, en la única persona en la que pensó contarle todo lo que había pasado y refugiarse cuando la policía lo tomó contra el auto y le  encerró las muñecas con las esposas frías, helado hierro que le hizo entender los problemas en los que se había metido. Ante aquella sensación recordada abrió sus ojos fijando la vista de ellos en sus muñecas, las cuales aún preservaba un poco la irritación que le causó ese metal y el forcejeo que estuvo imponiendo durante esas primeras horas.

¿Qué le diría cuando volviera a comunicarse con él? Ciertamente le daba vergüenza comentarle que había accedido acompañar a su pareja amiga al Pub, que DM se puso a discutir con otro, hubo un tremendo revuelo y terminó metido en la comisaría donde todos salieron excepto él. Además que de seguro estaría preocupado, porque conociendo las cosas ya medio mundo de sus contactos estarían enterados de su desgracia y le habrían dejado en su perfil de Facebook notitas de ánimo.

—Maldición…—masculló arrepintiéndose por una millonésima vez su mala decisión y su mala suerte.

Era que él no aprendía, debía admitir también; cada vez que salía con DM y Shura, algo pasaba. La otra vez los detuvieron por exceso de velocidad, hubo una ocasión donde le robaron y en esas vacaciones que había ido a Grecia con ellos simplemente estuvo a punto de morirse, o al menos eso pensó. Sin embargo, debía admitir que aquella ocasión en la tierra de los dioses mitológicos no había sido del todo mala; es más, reconocía que entre todos los problemas que Shura y DM le habían provocado, aquella había sido una vuelta del destino que terminó aceptando y agradeciendo.

El aire escapó de sus pulmones en un turbio suspiro, divagando en su mente y entre recuerdos. Había hecho eso durante las horas que tenía encerrado en aquel lugar; escapando de aquella soledad, recordando escenas, amigos y por sobre todo a él, pensando en su diaria rutina, en todo lo que hablaban y conversaban, los lugares que transitaba y las personas que veía. Si, muchas veces ya Shaka se encontraba en medio de los pasillos de su universidad o en la habitación de su casa pensando en ello, pero ahora con tanto tiempo ocupado haciendo nada no podía evitar simplemente tratar de alcanzarlo por medio de los recuerdos, recuperar poco a poco la imagen que había quedado grabada con fuego para él, en sus memorias.

—Debes estar ahora en casa…—se movió hasta quedar boca abajo, mirando fijamente la pared pálida que estaba contra la cama—, ¿estarás preocupado?—mordió su labio imperceptiblemente, sintiéndose de nuevo ahogado por la nostalgia.

Eso era lo que no quería, por eso no deseaba pasar otra noche a solas en ese lugar: el recuerdo de él, la sensación de que ahora estaba más lejos que nunca, la desesperación por saber de su vida se le había hecho más espesa en aquel lugar. Además, era catorce de Febrero, ¿podía estar más desfavorecido por la vida?

—¡dioses! ¡Quiero ir a casa!

Quería estar en casa, en su cama, con su laptop, conectado… hablándole. Si, quería estar con él, realmente.

Aquel viaje a Grecia que hizo en compañía de ellos dos le había dejado, entre todos los sin sabores, algo que jamás cambiaria. Conocer a Saga Antzas había sido quizás lo mejor que le había ocurrido desde que salía con aquellos dos. Había pasado en el segundo día de su viaje, donde los tres fueron a una de las costas cercanas  a Athenas para darse un buen día de playa. Había muchos turistas en el lugar, y luego de un pequeño juego entre varios de voleibol, ellos habían decidido descansar con una zambullida a las olas, disfrutando del fuerte sol de verano. Pese a que los tres eran de Londres,  solo a Shaka pareció pegarle más el sol, quizás por su piel extremadamente blanca o por la falta de costumbre. Shura y DM estaban bastante cómodos en el lugar, con el sol, con la arena y la muchedumbre.

Ese viaje había salido luego de una noche de apuestas donde Shaka, en el único juego que participó, ganó dos pasajes para Grecia que DM le quiso quitar. Se había formado una seria discusión, y al final quedaron de acuerdo con los nuevos planes. Shaka no les iba a regalar ni vender los pasajes porque sencillamente uno de sus sueños era visitar esas tierras pero como no quería ir solo invitó a Shura y por ende DM se las arregló para comprar su pasaje e ir los tres. Al final el viaje que supuestamente había sido para disfrutar los tres se convirtió en una especie de luna de miel con un mal tercio, y Shaka se dio cuenta demasiado tarde.

En aquella tarde de playa ya cansado de bañarse en las aguas saladas del mar había decidido broncearse un poco, pidiéndole a sus compañeros que lo despertaran en quince o veinte minutos. Colocándose bloqueador solar se había tirado a la arena blanca a disfrutar de los rayos solares. El problema fue que nadie lo despertó, y cuando sus ojos azules se abrieron eran las cuatro de las tarde y sus compañeros no estaban en el lugar. De paso no encontraba su bolso y cuando intentó levantarse una sensación de vértigo lo dejó anclado en la arena. Con dolor y malestar pasó sus manos por su rostro, sintiéndose de alguna forma frio, con dolor en las extremidades; notó en ese momento que su piel se veía enrojecida y temió que hubiera pasado mucho tiempo bajo el sol, además que tenía unas inmensas ganas de beber agua.

Supo en ese momento que lo que tenía era insolación.

Tratando de conseguir fuerzas se incorporó tambaleándose entre sus piernas. Todo le estaba dando vuelta, estaba lleno de arena hasta en las orejas y los ruidos y gritos de toda la muchedumbre que aún disfrutaba de la playa lo tenían aturdido. Enfocaba su mirada lo más que podía mirando a los alrededores y buscando a sus compañeros, que por desgracia no lograba ubicar. Abrió su boca, más de ella solo salió un suspiro caliente que daba evidencia del calor que tenía acumulado en su cuerpo, sentía como si algo le quemara por dentro, como si la piel le fuera cocinada y el vapor de ella le tenía nublada la vista, un azul ahora enrojecido de seguro por el malestar. No bien había dado tres pasos cuando cayó, ya sin fuerza y ahora con arcadas que llamaron la atención de los cercanos.

Pensó que iba a morir, estaba devolviendo hasta lo que no había comido en el día y por mucho que escuchara voces a su alrededor en distintos idiomas tratando de llamar su atención, la consciencia le abandonó, dejándolo totalmente fuera de sí.

Recordó que durante su tiempo de inconsciencia se vio a si mismo corriendo tras DM con un bate en la mano con ganas de alcanzarlo y molerlo a golpe por haberlo dejado solo y permitir que la muerte lo alcanzara en tan corta edad. Apenas tenía cumplido sus diecinueve años, y aunque ya era mayor de edad eso de haberlo abandonado sin avisarle de seguro para acostarse en cualquier hotel cercano no era para nada justificable. Y claro, era a él  a quien iba a perseguir porque era él quien hostigaba al pobre español de tener sexo cada dos por tres.

El despertar de aquel sueño había sido lento. Sus parpados pesados se negaban a abrirse, pero a fría brisa golpeó contra su cuerpo, acariciando sus extremidades y dejándoe una refrescante sensación de bienestar. También sentía algo húmedo en su frente y pensó que quizá se trataba de algún paño que le habían puesto por la calentura. Aún así, estaba demasiado débil y demasiado mareado como para abrir los ojos, por lo que se limitó a tentar con sus dedos las tersas sabanas y darse cuenta que, pese a lo que había pensado, no estaba en una camilla médica.

—Mmmm—murmuró arrugando el entrecejo y su nariz, notándose confundido. Escucho entonces que la puerta se había abierto y alguien se le acercaba, por los pasos que escuchaba en lo que parecía ser madera. Pronto el ruido de una bandeja siendo colocada en una mesa le llamó la atención y volteó hacía aquella dirección sintiendo que sus huesos no podían moverse—. ¿Donde…?—preguntó en ingles, al menos para saber en donde se encontraba.

—Tranquilo muchacho—oyó la voz a su lado, mientras le tomaba lo que tenía en la frente—, estás en mi catamarán.

¿Catamarán? Fue imposible que Shaka no abriera los ojos rápidamente, golpeando así los rayos de luz contra su retina al mismo tiempo que impuso a su cuerpo el levantarse. Pero no pudo, y una onda de mareo le sacudió el cerebro junto con el dolor en todo su sistema nervioso, lo que le obligó a caer sobre las colchas y recibir, además, el intenso ardor de su espalda desnuda y quemada por el sol.

—¡¡Arghh!!—gimió, sintiendo que el dolor fue leído por cada terminal nerviosa.

—Calma, estuviste mucho tiempo expuesto al sol—le comentó, pasando el paño húmedo sobre su frente—. Tengo una crema para esas quemaduras—le seguía hablando, en perfecto inglés—, te traje aquí porque era lo más cercano que había. No te preocupes, soy médico.

Le pasó un poco de agua que tomó con verdadera sed, no importándole si esta rodaba una parte por su comisura. Realmente necesitaba beber, y fue así que logró recuperar un poco de fuerzas mientras miraba borrosamente a la persona que le atendía. Quería saber más, pero el cansancio y la ensoñación lo abrumaron, quedando de nuevo rendido mientras sentía que el paño húmedo iba pasando por su espalda, regalándole alivio.

Despertó de su letargo cuando escuchó el sonido del bastón policial en la reja de su celda. Shaka despertó aturdido, subiendo la cabeza mientras veía a aquel hombre fortachón mirándolo seriamente, con su uniforme de oficial y pareciendo escrutar la humanidad del rehén. El joven se mantuvo en silencio y en espera de una respuesta, quizás y significaba buenas noticias, quizás y si iba a regresar a casa.

—Tienes una llamada.

Emocionado saltó de la cama ante la noticia, la que no debía significar nada malo. Quizás era su madre avisándole que irían por él, quizás su padre, incluso podría ser Shura y DM para decirle que habían conseguido el dinero de la fianza… como fuera, ya el saber que alguien se había acordado de él le había devuelto un poco de esperanzas y por ello accedió tranquilamente a seguir al oficial hasta el lugar donde le esperaban. Miró de reojo al hombre que antes hubiera lanzado esa burla contra él y estaba así, tirado en la celda durmiendo como si fuera el mejor lugar del mundo.

En cuando vio el auricular del teléfono Shaka prácticamente se lanzó a él como si fueses —y lo era— el primer contacto con el mundo exterior desde esa noche.

—¿Alo?—escuchó la voz seria de Shura y se sintió literalmente feliz—. Shura, ¡por fin! Qué bueno escuchar…—le comentaba lo mismo, estaban preocupado por él, las disculpas, que también había querido escucharlo—. No te preocupes, ya después hablamos eso, ¿conseguiste el dinero de la fianza?—para eso lo estaban llamando, para decirle que había sido imposible conseguir el dinero, que no tenían suficiente libras y ya estaban esperando que Afrodita, el otro miembro del grupo, viera si conseguía dinero prestado—. Maldita sea Shura, ¡no me pueden abandonar otra noche aquí!—disculpas… más disculpas—. Nada de eso, ¡mierda! Llamen a papá, a mamá, ¡¡convénzalos de que me saquen de esta pocilga!!—ya habían ido pero su padre había sido muy claro. “Quizás así aprenda…”—. Lo único que he aprendido de esto es que ustedes me destruyen la vida, maldita sea, ¡no salgo más con ustedes!

Cortó la llamada de la pura indignación, sintiendo que sus cuencas azules se enrojecían de la rabia y la impotencia de saber que tendría que quedarse otra noche más, precisamente esa noche, encerrado entre paredes y barrotes. Algo dentro de él se iba enfriando, quizás se trataba de la resignación, aquello que subía a su cabeza y humedecía sus parpados cerrados, mientras trataba de recuperar el temple y dejaba salir en turbios suspiros el aire de sus pulmones.

—Tiene que regresar a la celda—escuchó atrás y la desesperación lo acorralaba—. Joven…

—Por favor… al menos déjeme sacar algo de mi billetera—se encontró hablando en tono suplicante, mientras aplastaba con la yema de sus dedos sus lagrimales, instándole a no soltar una sola muestra de debilidad. Tenía hambre, tenía rabia, decepción, nostalgia.

El hombre le miró por un minuto en sordo silencio, pareciendo pensar en si debía o no complacer lo que el detenido le pedía. Era buscar algo en su billetera, no debía tratarse de algo malo, además que reconocía que el muchacho no era malo, sólo estuvo metido en donde no debía.

—Sólo una cosa—convino el oficial y el muchacho asintió, notándose enrojecido el rostro tratando de calmarse. Lo dejó en compañía de otro oficial mientras fue a buscar sus pertenencias, regresando con la cartera de cuero marrón en sus manos. Shaka la abrió y buscó rápidamente una fotografía que retuvo entre sus dedos, luego de devolver el resto al oficial—. Bien, ahora camine.

Obedeció, con la fotografía en mano y la sensación de que no podría hacer nada más.

Cuando llegó a la celda sólo escuchó el sonido del hierro cerrándose e impidiéndole su paso a la libertad. Derrotado caminó hacía la cama, dejando caer su cabello a un lado y mirando fijamente el piso frio de lo que era ahora su habitación. Tenía unas inmensas ganas de llorar, quería hacerlo incluso, por primera vez en muchos años volvía a sentirse tan indefenso como cuando era un niño de ocho y los compañeros de la escuela le molestaban por su cabello lacio y su rostro de niña. No había mucho por hacer, le tocaba pasar otra noche ya que su padre no le levantaría el castigo.

Frustrado consigo mismo volvió a recostarse ahora en posición fetal, con vista a la pared y la fotografía en sus manos. Quizás todo lo que le dijo a Shura no era tan cierto, en parte si hubo algo que logró obtener por culpa de ellos y de sus arranques de tener sexo en cada esquina. Ese algo estaba allí, entre sus manos, sonriéndole con una calma y un magnetismo que aún en esa situación le hizo sonreír con dulzura, devolverle un poco la tranquilidad, aunque el extrañarlo le estaba ahorcando el pecho. ¡Había pasado tanto tiempo de aquella vez! Pero estaba allí, inconmovible ante esa medida temporal, el sentimiento que le brotó en el pecho y se quedó anclado en su alma al conocerlo.

Su cabello cayendo húmedo por entre sus hombros, la playera blanca con azul marino, deportiva,  el puño derecho sosteniendo el filo de su mandíbula cuadrada y levantando indolente la barbilla, su nariz grande, sus cejas gruesas, sus labios carnosos, sus ojos verdes…

—Oye, ¡ya te levantaste!

Cuando salió de aquella habitación donde se había quedado dormido ante el cuidado del doctor, lo que encontró Shaka era distinto a lo que creía tener en su memoria. Veía si, unos ojos verdes como esos que le recibieron al abrir la puerta, pero el cabello que recordaba era oscuro y largo, no tan ensortijado y su rostro aparentaba tener más edad. Él que tenía frente a él aunque no podía negar que era increíblemente atractivo, no gozaba de esa experiencia ni tenía tampoco aire de doctor. De repente se sintió invadido por la confusión, pensando que tanto de lo que creyó ver era cierto y que tanto había sido producto de la insolación.

—El doctor Saga está arriba, ya iré a buscarlo, no es bueno que estés caminando.

—Tengo sed…

—Bien, ya te daré agua pero vuelve a acostarte. No te preocupes, ya lo llamaré.

—¿Y tú?

—Ah, sí, mucho gusto, soy Aioria Kantzas, el conductor de esta preciosa nave. ¿Linda no?—realmente el rubio no sabía que responder a ello, al menos hablaba perfecto inglés tal como el doctor y podía comunicarse, pero de saber si la nave era linda o no era algo que no podía asegurar cuando lo único que había visto era aquella habitación y ahora, el pasillo que parecía llevar hacia afuera—. Ven, vuelve al camarote.

—Estoy mareado…—así era, y el movimiento de la embarcación no le ayudaba.

—Si, pese a que estamos aún en el puerto el mar está un poco inquieto, pero tranquilo, acuéstate y no sentirás nada.

En silencio se quedó en la habitación cubierta de madera y elementos marítimos. Veía varios objetos interesantes, algunos trofeos, fotografías de la persona que reconoció como su doctor en algunos puertos de otros países y al lado de estatuas y monumentos. También observó una cesta con algunas revistas almacenadas y por las portadas podía ver que se trataba de revistas deportivas y de contenido sexual, en específico homosexual. Era gay, fue lo que pensó y no supo porque su corazón ya desde ese momento se había acelerado ante esa idea.

—¿Estás mejor?—escuchó al abrir la puerta y encontrarse, si, con ese mismo hombre que lo había atendido horas atrás. Percibió el frío de la noche internarse por la ventana y las bajas temperaturas templar el ambiente. El médico se le acercó a él, poniendo la palma de su mano en la frente para verificar la temperatura corporal, para luego bajarla hasta su cuello, en la yugular, viendo fijamente las manecillas del reloj—. La temperatura bajó, tu pulso está en orden. ¿Te duele algo?—sintió los dedos tentar su cuello, su mandíbula como si buscara algún tipo de inflamación.

¡Lo tenía tan cerca! El olor a mar y la loción le estaba adormilando, sintiéndose abstraído tras esos aromas y el movimiento de sus labios mientras le hablaba. Era muy atractivo, físicamente le llamaba la atención de forma intensa y su corazón se aceleraba conforme el hombre seguía tocándolo.

—Abre la boca—le pidió, sacando una paleta de madera para ver su garganta. Obedeció a cada instrucción, abriendo sus ojos cuando pasó la luz sobre él y tratando de calmar a su cuerpo que reaccionaba ante la cercanía—. Todo está bien, aunque aún tienes fiebre.

—Y nauseas.

—Bien, ya te prepararé algo para que comas. Cuando llegué no tenías documentos, ¿cómo te llamas?

—Shaka, Shaka West.

—Bien, Shaka, eres muy joven y muy descuidado para quedarte durmiendo solo en la playa. ¿Donde están tus padres?

—Están en Inglaterra, soy mayor de edad y ¡no estaba solo!—se defendió, sintiendo que sus mejillas se enrojecieron de vergüenza e ira mal contenida. Se sintió de alguna forma subestimado aunque ciertamente las circunstancias no daban buen testimonio de su grado de madurez—. Mis amigos me dejaron solo sin avisarme—desvió su mirada, con pena. Escuchó de respuesta una corta risa del mayor.

—Entonces deben estar preocupados buscándote, ¿son de tu edad?

—No, son un poco mayores que yo—¿buscándolo? Lo dudaba, en ese momento DM debía estar gimiendo en todos los idiomas ante cada estocada de Shura o a la inversa, daba igual—. Mi móvil…

—Cuándo llegué solo había un rubio tirado en la arena, sin móvil, sin cartera…

—¡mierda!—farfulló con la vergüenza tiñéndole el rostro a mil por hora y el otro sólo río sacudiéndole el cabello de la cabeza.

—Tranquilo, todo está bien, por lo pronto te haré un caldo para que puedas comer y puedes quedarte aquí hasta que logremos comunicarnos con tus amigos.

—¿Y tu nombre?—el hombre volteó, cuando ya estaba a punto de alejarse de la cama—. ¿Puedo saber tu nombre o lo llamo sólo doctor?

—Saga Antzas, internista del hospital central de Athenas, estoy de vacaciones pero no me molesta atender un paciente en ellas.

Saga Antzas, el hombre que sostenía en ese momento en una fotografía entre sus manos. Su vista se opacó ante los recuerdos, aquella voz y la sonrisa que durante solo esos días pudo ver de frente, pudo oír directamente. ¿Se acordaría de él? Ahora la inseguridad galopaba en su cabeza quitándole la poca calma que le quedaba, encerrado en aquel lugar y ahora escuchando de lejos al otro prisionero que cantaba que sarta de cosas le pasaban por la mente. Había pasado ya cuatro días encerrado, sin avisarle nada, sin saber nada… ¿estaría preocupado? ¿Lo estaría llamando a su móvil sin resultado porque estaba apagado? ¿Le habría enviado algo por facebook o un correo electrónico? ¿Ansiaría saber de él?

Empezaba a sentir frío y por ello se acurrucó aún más, temblando un poco aunque sentía que más que la temperatura del ambiente era la soledad la que lo cobijaba y le daba esa helada sensación. Fijó su vista hacía la fotografía, delineaba entre sus dedos las formas , las líneas, los colores de ellas, se dejó embeber de nuevo por esos recuerdos cálidos que le daban al menos un poco de confort para lo que estaba sucediendo, para lo que estaba viviendo. Sabía que diría Saga al saber lo que había pasado, lo mismo que le había estado diciendo unos meses atrás y él ignoraba: “Ten cuidado, no te quedes con ello demasiado tarde y menos a beber”. Si tan sólo lo escuchara…

No podía culparlo de que no confiara en ellos, cuando en ese viaje mostraron la peor de las irresponsabilidades. Pese a que habían logrado comunicarse en el hotel donde se hospedaban y dejado el mensaje, ellos ni siquiera se habían asomado al puerto a buscarlo y ya había pasado la segunda noche. Shaka se encontraba terriblemente avergonzado, porque para empeorar no tenía ni dinero, ni tarjetas, ni sus documentos, estaba prácticamente solo en Grecia y sus amigos en quien sabe donde… luego supieron que estaban detenidos porque habían confundido a DM con un delincuente.

Todo ese tiempo hablaba era con él, que entraba a la habitación y le colocaba una crema para aliviarle las quemaduras de su espalda, le había prestado ropa de Aioria que era la que le quedaba mejor, aunque igual ancha y le conversaba de lo que tenía en Athenas, de su trabajo y de cualquier trivialidad. Shaka seguía mirándolo y seguía sintiendo ese golpeteó en su pecho, al escucharlo, al olerlo… ¿podría ser que le estaba atrayendo? Pero era imposible siquiera pensar que las cosas podrían tener alguna salida idónea para ambos: Shaka se tenía que ir a Londres y él, él se quedaría con su vida allá en Grecia.

Más sin embargo, ni eso era capaz de hacerle retroceder cuando  en el tiempo que pasaba a solas en la habitación sintiera que quería estar con él, que le gustaría decirle lo que le estaba provocando. Había comprendido que él también tenía sus mismos gustos y hasta había visto algunas miradas profundas de su parte, suficiente para hacerle desviar la vista avergonzada.

—Acabo de comunicarme con tus padres—le dijo esa tercera noche, mientras lo llevaba a la parte externa del catamarán.

Era ya de madrugada, al menos avanzada, y el frio de la noche le hizo sentir bien. Aún tenía la espalda adolorida, pero las cremas hidratantes que Saga había estado untando durante esos tres días le había aliviado en mucho. Aún así, estaba más preocupado por el evidente regaño que tendría de sus padres cuando lo fueran a buscar que por aquellas quemaduras.

—Vendrán mañana al mediodía, todavía tus amigos no se comunican, ¿qué harás?

—Nada, ya veo que me encerrarán en un internado y no me dejaran salir solo de viaje hasta que tenga trabajo fijo y pueda pagarlo por mi mismo—y ciertamente eso fue lo que ocurrió sin el internado, pero al menos no le dejarían salir de viaje solo hasta que tuviera su propio empleo.

—Bueno, no te fue tan mal, caíste en mis manos y eso es demasiada fortuna—rieron ambos, mientras Saga iba subiendo la camiseta a Shaka para untarle de nuevo la crema—. Ya mañana estarás en tu casa, sano y salvo.

Estaban sentados en dos sillas plegables una al lado de la otra, Shaka dándole la espalda y despejando tanto su cabello como la camiseta para dejarle la vía libre a Saga y sus manos untadas por esa crema fría. Cuando el primer roce llegó a su cerebro, sintió como si algo se le partiese en el pecho ante la certeza de que el día siguiente se tendría que ir a casa, que quizás no lo volvería a ver y que algo dentro de él se quedaría en esas frías manos al momento de despedirse.

Fue como si en vez de untarle aquella crema humectante, fuera soledad y nostalgia lo que le estuvieran aplicando a la espalda, creando que sus pálpitos se ralentizara junto con sus pensamientos y sus ojos, en cierto modo, fueran cubiertos por una capa húmeda que no terminaba de formar lágrimas. Se iba, y él se quedaría allí, y quizás hasta allí acabara todo, no había forma de detener aquello, aquel simple hecho del destino. Después de todo, ¿con que excusa podría mantenerse en contacto con él?

De repente, el deslizar de esas manos a su cintura llenándolo de crema le alertó de un cambio en todo el panorama que sentía. Pese al frío de la noche, un hondo calor atravesó sus extremidades y se alojó justo en el sitio donde ahora esas gruesas y grandes manos lo sujetaban con fuerza, luego de haber dejado caer la barbilla contra los hombros y sentir la calidez de ese cuerpo cerca de su espalda, el vapor de ese aliento en su oído. Fue como si una corriente le hubiera despertado cada célula de su cuerpo, como si su corazón hubiera recibido la orden de correr, más rápido que las mismas manecillas del reloj, debajo de un lienzo de negro chispeado de estrellas, sobre un mar que golpeaba con sus olas la estructura de la embarcación, en el silencio de la noche y el susurro del viento marino.

Sus manos entonces sujetaron las de él presionándolas contra sí y aceptando en el momento lo que tuviera que venir. Tenía mucho que decir, pero todas las letras con sus silabas se iban quedando atascadas en su garganta, detenidas por una bola de lágrimas y salivas que tenía atorada en sus cuerdas vocales. Había sido tan poco tiempo, pero se sentía como mucho; sólo tres días, pero tres días que no tuvieron desperdicio alguno. Donde hablaron, rieron, comentaron trivialidades, se miraron, se atrajeron y parecía que ambos estaban peleando por no dejar levantar más algo que sabían que a la larga podía lastimarlos.

—Θα σουλείψει—susurró contra su oído en su lengua natal—. Te voy a extrañar, Shaka—le habló, acariciando su ombligo—. Sé que es pronto pero…

No le dejó hablar. Temblando de placeres Shaka acalló sus palabras usando sus labios, comenzando un roce que se convirtió en una danza de besos que iban y venían como la marea del océano bajo sus pies. Sus brazos le rodearon el cuello, sus piernas y cuerpo voltearon hacía él dejándose llevar por la boca, por las ansías, por esa necesidad intrínseca y quizás animal de hacerle entender que para él era igual, o tal vez más, pero le quemaba, le ardía en los intestinos, le subía hasta encandilarle su pecho, lo aprisionaba en brasas ardientes amenazando con quemarle todo. Saga le recibió por completo hasta sentarlo sobre él, le acogió entre sus brazos y con sus manos envueltas en aquella crema fría que creaba contradicción a los sentidos del joven inglés, porque cada trazo de esas manos quemaban y con cada brisa marina helaban, sentía que su piel se llenaba de sensaciones desconocidas aún si ya no era virgen, aún si no era su primera vez.

Quizás no sería la primera vez en teoría, pero en todo lo que significaba y en todo lo que se abría dentro de él como cerrojos que caían al paso de esos dedos era, indiscutiblemente, su primera experiencia igual.

Su cuerpo temblaban y su garganta vibraban al paso de palabras que no se pudieron pronunciar. Sus cuencas oculares ocultadas bajos las sábanas de sus parpados se escondían de una realidad cada vez más irrefutable: la partida, la separación, el hecho de que no podría tenerlo así de nuevo, que esa tendría que ser no solo la primera, sino la última… la única.

Se unieron allí, sobre la alfombra marina que golpeaba el casco del navío, bajo el techo de estrellas que alumbraba el firmamento, frente a la luna creciente, moviéndose a lentitud mientras aquellos dedos estimulaban a su sexo, conforme aquel hombre tomaba su intimidad y se apropiaba de ella. Su boca se abrió para soltar gemidos al moverse sobre él como una barca entre las crispadas olas, escuchándolas a ellas golpear con su efervescencia  a la nave, las manos de él tomando sus caderas y afianzando el ritmo. Y mirándose… ambos mirándose entre besos, con sus ojos cristalizados, con sus pupilas como vitrales que rompían la imagen del otro ante el haz de luz, ante cada corriente intermitente de placer que gobernaba a su cuerpo, ante el paso del aire presionado contra sus pulmones y que tomaba forma de jadeos, ante su unión: mágica y sin atadura en esa noche marina.

Apretándose cuando el placer golpeó con fuerza sobre su cabeza, abrazándose cuando sus esencias brotaron y rompieron todas las barreras coronizando su encuentro, cerrando sus ojos y mencionándose el uno al otro en un sonido de mudo jadeo, temblando ambos, sosteniéndose con fuerza, como el ancla que soportaba aquella embarcación a tierra, como si fuese ese el puerto donde quería quedarse atadas sus almas y sabiendo, que a la mañana siguiente, el ancla se alzaría, sus cuerpos se separarían.

Era irremediable.

—Me gustas…—susurró cuando recuperó el aire. En ese momento recordó el cálido roce de esos dedos apartando el flequillo de su cara, la brillantez de esas pupilas verdes mirándolo con incluso una cuota de adoración—. Me gustas, Saga…

—No me olvides—sus palabras se perdieron en besos y caricias rodeados de mares.

¿Olvidarlo? No podría… supo que sería una tarea imposible cuando, luego de haber amanecido con él en su camarote, le despertó temprano y le invitó a ver el alba, ordenó que el catamarán se alejara del puerto y navegaron una vuelta cercana, antes que se hiciera el mediodía, antes de su ineludible separación. Aquella embarcación que le pertenecía a su hermano gemelo y que había pedido prestada para sus vacaciones, con los cuentos de su vida en Athenas, de su consultorio, de los casos, de antiguos amores, de travesuras de niño y sus padres en Tesalia; con todo aquello llenándole y al mismo tiempo vaciándole el pecho, hasta que la hora llegó.

Le acompañó hasta el aeropuerto y le dejó ir a donde su madre y padre que habían ido a buscarlo lo esperaban. Volteó para ver por última vez su espalda ancha y su cabello perdiéndose entre la multitud, sintió que con él se iba algo de sí mismo. Le extrañó desde el mismo momento en que dejó de ver su figura.

Un suspiro turbio brotó de sus labios, regresando de su ensoñación. Era como si entre los recuerdos pese al salir un momento de su celda ahora se encontraba mucho más lastimado, era como si las imágenes y caricias, si los besos y sus manos hubieran arañado su piel mientras eran recordaba, como si cada una de esas memorias fueran pedazos de vidrios astillados que él dejaba pasar sobre su piel a conciencia. Se hallaba aún más solo, y con aún mayor desesperación al saber que no podía hacer nada. No sabía cuantas horas pasaban, no sabía si era de día o de noche, estar a la deriva del tiempo en ese espacio cerrado era agonizante. No comprendía cómo podían aquellos pagar una sentencia mayor si ya él estaba enloqueciendo con pocas horas allí.

Dio otra vuelta más viendo ahora la celda continua, vacía. Sostenía entre sus manos la fotografía y los recuerdos de lo que fue aquella vez, que regresó a Londres con sus padres y sus amigos que tuvieron que pedirle prestado dinero para la dichosa fianza. Sí, ellos terminaban teniendo problemas de la justicia por donde iban y por mucho que Shura a veces, en sus momento de sobriedad, pensara que DM no le convenía simplemente volvía a caer en esa espiral tortuosa donde no podía salir. En realidad, no era que el italiano fuera malo, solo demasiado impulsivo y a veces no medía en su momento las consecuencias.

Pero no podía reprochárselo a Shura tampoco. Él mismo estaba también metido en una espiral de amor y nostalgia que hubiera querido esquivar y a las que muchas veces antes de ir a Grecia decía jamás se involucraría. Amar a ese hombre sabiéndolo tan lejos y aún así aceptar estar con él, sólo con él, era una especie de tortura exquisita a la que se había atado. Podría tener pareja allí, en el lugar donde estudiaba, en los sitios que visitaban pero ninguno podía llenarlo como lo era recibir un mensaje temprano en la mañana, una llamada de él en las noches, como lo era escuchar sus rutina diaria, imaginarlo llegando a casa y atender a sus dos enormes perros, compartir con su hermano los fines de semana, compartir su voz extasiada en algunas noches donde el calor del cuerpo era mayor que su propio raciocinio e inundaba de imágenes a su imaginación. Queriéndolo, teniéndolo tan lejos.

Para muchos quizás no era real, no entenderían tal vez el porqué le dolía tanto alguna discusión, el porqué no se permitía abrir la vista hacía otro rumbos, porque preferir la imaginación y sus manos al cuerpo físico de otro, porque confiar en él y no pensar que podría estarle siendo infiel…

Pero el amor muchas veces se mofa de la lógica.

Y cuándo él le llamó, dos semanas después al teléfono de su casa desde donde se había comunicado antes con sus padres para cuadrar el encuentro, sintió que sería capaz de burlarse él también de la lógica. Una relación a larga distancia, solo tres días, mucha nostalgia, demasiado apego… un te extraño de él, un te quiero de sí mismo, un compromiso que superaba tiempo y espacio.

—Lo haremos—le dijo…—, lograremos estar juntos.

Y esa era su mayor esperanza.

—Shaka West—escuchó su nombre ser mencionado por otro oficial, que al ver que estaba despierto no golpeó con su perdigón a los barrotes—, tienes una llamada.

Suspirando se levantó de la celda pensando en que quizás lo que había dicho a Shura por teléfono había sido suficiente para que ellos movieran cielos y tierras y encontraran el dinero. Sin embargo tampoco tenía muchas esperanzas, podría ser su madre que quería saber de él, podría ser incluso el mismo Shura pero con de nuevo una mala noticia. Tomó el auricular con desgano, sintiéndose pesado y ya con deseos de dormir para que la noche pasara rápido, para que fuera ya quince de febrero y solo faltaran pocas horas para ser libre y cumplir el plazo.

—¿Shaka?—cuándo le escuchó sintió que algo en él volvía, como una fuerza cósmica le llenaba por dentro y lo llenaba de felicidad.

—¿Saga?

—Dioses, ¡me tenías ya preocupado! Cuándo leí lo que pasó en tu muro he intentado comunicarme pero me fue imposible.

—¿Cómo…?—preguntó tentando con su garganta a aquel nudo que se había formado en su paladar, conteniendo el temblor de sus propias piernas—. ¿Cómo conseguiste este?—completó, invadido de tantas cosas…

—Fue una odisea. En tu casa no me quisieron decir nada por justa razón, así que intenté comunicarme con varios de los que hablan contigo en la red, logré contactar con tu amigo italiano, y él fue quien me dio este número. ¿Qué fue lo que sucedió? ¿Qué haces allí?

¿Por dónde empezar? Quería decirle tantas cosas que las palabras de nuevo se le quedaban atoradas en su garganta.

—Bueno… hubo una pelea entre DM y otro en el Pub, ¿te acuerdas que te dije que iría con ellos? Pues… nos apresaron a  todos los que estábamos allí y mi papá se molestó, entonces…

—¡Mierda!

—Pues papá no quiso pagar la fianza y aún me quedan veinte horas que cubrir.

—¿Tu padre está loco? ¡Dejarte en una comisaría y a merced de…!

—Calma, no ha pasado nada, él mismo se encargó que no compartieran mi celda y nadie me ha hecho daño… Estoy bien…—le aseguró, con el corazón latiendo furioso dentro de su pecho—. Me alegra escucharte—su voz salió lentamente, apegando aún más sus labios a la fría textura del teléfono—. Te he extrañado…

—μου λείπεις—le habló en griego, con ese acento esa entonación, esa voz que lo llevaba a un paraíso lejos de las puertas de su habitación o de donde estuviere. Shaka se recargó a la pared, frotando su frente contra ella y resguardando su rostro de la mirada de los oficiales que estaban observándolo atentamente.

—No más que yo, créeme…—contuvo su voz, ya entumecida por las lágrimas que clamaban por salir—. Lamento haberte preocupado tanto, ya mañana estaré libre y lo primero que haré es buscarte y hablarte, me devolverán el teléfono y podremos hablar de nuevo.

—¿Has dormido bien? ¿Has comido bien?

—Algo, entre lo que cabe… mañana me comeré el primer plato que me pase por el frente y dormiré mientras estés en el consultorio para esperarte y hablar toda la noche.

—Mañana entonces haremos lo que quería hacerte hoy—un leve estremecimiento le recorrió la vertebra al escucharlo.

—Quería estar hoy en casa, tanto esperaba este día…

—No importa, sólo es un día. Para mi es día de los enamorados todos los días desde que te encontré tumbado en la arena rojo como un camarón—le hizo reír, como siempre, como sólo él había hacerlo, pese a las circunstancias en las que estaba, pese a la idea de pasar otra noche más en aquel lugar… con él todo sonaba tan sencillo…

—Te amo Saga…—vio la señal del oficial y mordió sus labios, no queriendo cortar la llamada—. Me piden que termine la llamada, pero espérame mañana, seré todo tuyo…

—No lo digas tan fuerte, soy capaz de agarrar el primer avión y hacértelo repetir—se sonrío—. Ya vienen mis vacaciones y ¿adivina a donde iré? Así que dile a tu amiguito DM que me tendrá que pagar esta y todas en las que te han metido cubriéndonos de tus padres—asintió, con ansías, con expectativas, con emoción.

—Yo mismo me encargaré de cobrárselas. Tengo que cortar…

—Te amo Shaka, piensa en lo que haría si estuviera en esa celda contigo y duerme con eso.

—¡Así no podré dormir!—les escuchó reír y con ello fue suficiente, fue como si todo fuera más fácil de sobrellevar—. Feliz día, Saga… hasta mañana.

Tranquilo siguió al oficial y aceptó entrar a la celda sin dejarle un gesto de amargura. Más bien sentía que todo el infierno había terminado, que lo único que necesitaba era saber que él lo extrañaba tanto como lo estaba pensando a él, que lo buscaba, que lo quería. Ahora era como estar con él en esa celda, ya no tenía aquella soledad cubriéndole la espalda.

Se acostó, boca abajo, con la fotografía a su lado haciéndole compañía, cerró sus ojos… escuchó…

μου λείπεις

2 thoughts on “μου λείπεις

  1. T_T waaaaaaaaaaaaa te amo!!!!!! Muchas gracias, gracias ;__; lo acabo de terminar de leer por aqui!!! Te quiero tanto tanto tantisimo!!! Me ha dejado de todo, waaaa me voy a llorar (el rew t lo dejo en el foro)

    1. Aowwww estaré esperando tu review en el foro *snif* ;O; sabes que te quiero demasiado, que a veces no encuentro suficientes palabras, te amuuuu, eres preciosa yme alegra tanto que tu regalo te haya gustado *hugg* *hugg*

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