Junto al Oceano

Después de la guerra contra Hades y ante la realidad del estado de Seiya por la maldición de la espada, Ikki ha ido a la isla de la Reina Muerte sin esperar que Hyoga iría hasta allá a buscarlo.

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Temas: Yaoi, romance, drama
Personajes: Ikki, Hyoga,  Shaka.
Resumen: Después de la guerra contra Hades y ante la realidad del estado de Seiya por la maldición de la espada, Ikki ha ido a la isla de la Reina Muerte sin esperar que Hyoga iría hasta allá a buscarlo.
Dedicatoria: Para Luribel y Olgamar.
Chicas Oda, con su apoyo y su siempre buen humor me han apoyado mucho desde que inicié en el foro con el club. De verdad no tengo palabras ni para agradecerles ni para pagarles todos esos animos, esas ganas, esos buenos momentos y esa entrega que nos han mostrado, esa fidelidad, sobre todo, el estar alli siempre. Olga, como Hyoga allí con los sentimientos a flor de pie, indomable, allí pendiente, allí cercana a sus amigos y Luribel, cuan Ikki, apareciendo en los momentos cumbres para demostrar lo Powaa que es. Chicas, de ustedes he aprendido mucho, me he reido, me he expresado, no sé describir lo bien que me ha hecho conocerlas y contar con su apoyo, por eso siempre tuve en mente hacerles un Oda, pero soy complicada y quería hacerles algo bien, porque ustedes me han presentado esta pareja de tal forma que sinceramente tenía miedo de no quedar a la altura. Espero que este trabajo les agrade y les reitere un poco toda la alegría y satisfacción que he recibido a su lado. De verdad, para los que necesiten alli estaré, ¡muchas gracias chicas!
Comentarios adicionales: Este fic vino inspirado por el art de Dazi (Junto al oceano (Ikki&Hyoga)). Simplemente al verlo pude encadenar lo demás, es mi primer ODA, no sé realmente si pude imprimir las personalidades de ellos, si pude de verdad mostrar lo bonito de esta pareja. Me llama la atención, pero tengo un serio problema con los santos de bronces para escribir, sin embargo puse todo mi empeño para que saliera algo decente. Está basado luego de la pelea de Hades, antes del inicio de Next Dimensión, con partes del manga respaldadas por ciertos agregados del anime (como el hecho de que Ikki haya estado en el santuario). No estoy segura si en el anime fue asi, pero en el manga, es Ikki quien hace reflexionar a Hyoga luego de su pelea contra Kasa en Poseidon. en fin, espero sea de su agrado.

Junto al oceano

El aire era denso, plagado del olor a magma, a sulfuro y diversos gases que eran emanados de vez en vez por cada pico volcánico en la zona. La tierra arenosa y casi sin vida se extendía en una amplia costa volcánica, había piedras secas golpeadas por el sol de la isla y salpicada por la sal marina que era llevada por el viento marítimo y las olas burbujeantes. El lugar lucía estéril, solitario, una muestra de una naturaleza que sólo crujía en fuego y vapor, que sólo rezongaba en el sonido del borboteo de la lava que rugía dentro de las paredes montañosas en aquel lugar donde muy bien daba paso a su nombre, alejado, solitario… como él.

Como fénix.

Alzó su vista secando las gotas de sudor que se iban acunando en lo blanca de su frente, no acostumbrado a aquel clima tan caliente ni los olores que se aglomeraban en un fétido aire no agradable para respirar. Arrugó su nariz y entrecejo fijando su vista por fin a la persona que había estado buscando, a quien había seguido luego de sentir en su cosmos que era el momento de dejar muchas cosas de lado y que quizás él necesitaría compañía. Reconocía que jamás la pediría y ciertamente tampoco aplastaría su orgullo haciéndole saber que para eso había venido pero algo dentro de él, en lo profundo de su austero corazón, le había empujado para estar en ese sitio y verlo, allí atrapado entre las rocas que eran bañada de espuma, perdido en sus divagaciones.

Tal vez, en parte, las palabras de Shun habían ayudado. Su hermano menor estaba preocupado por él y por lo que había acabado en esa última guerra, por los resultados y las consecuencias. No entendía muy bien como alguien como Ikki podía albergar tantos pensamientos contrarios como para decidir encerrarse, mucho menos cuando él era, en apariencia y en espíritu, mucho más capaz que todos ellos juntos. Los cinco habían madurado a lo largo de las peleas, habían levantado sus puños contra dioses y obstáculos invencibles, habían probado que su pasión, la pasión misma de la humanidad, era mayor que los designios de los dioses… habían vencidos.

Obviamente, hubo sacrificios, dolorosos, perturbadores. Hubo consecuencias a su vez, devastadoras para su vida. Seiya había quedado confinado en su cuerpo, con una sentencia, con una amenaza que se iba acercando para borrarle por completo. El santuario estaba casi deshabitado, las fuerzas se habían perdido en muchas formas al igual que la esperanza, al menos aquella que incluyera a Seiya en un estilo de vida común y corriente como se suponía que ellos debían asumir. Mentiría si dijera que estaba cómodo con ello, pero al parecer muchas cosas en él habían cambiado desde su combate contra Camus hasta que estuvieron peleando en el jardín de Elíseos. Quizás había comprendido que habían cosas que no se podían cambiar, por mucho que se quisiera.

Con sosiego se acercó hasta la empedrada donde el santo de la ave de fuego reposaba su mentón meditabundo en su rodilla, observando el horizonte, mientras las olas acariciaban su piel acanelada y le brindaba un poco de su sabor salado. No hizo ruido alguno, simplemente se desabrochó el abrigo que llevaba encima desde Siberia, ya consumido por el calor, y abriendo sus labios resecos debidos al cambio de clima.

—¿Ya te estás derritiendo?—escuchó la voz del prácticamente dueño del lugar, ronca y áspera, en un tono de fanfarronería que le provocó escupir.

—Estoy mejor que tú, de eso estoy seguro—aludió, tirando a un lado el abrigo para sentir al menos un poco del fresco aire emitido por el océano.

—A qué has venido ¿eh? Precisamente aquí, en vez de quedarte en tu refrigerador.

—Siempre es bueno un cambio de clima.

Se tiró a su lado sin siquiera comentar nada más, con la camiseta azul y su pantalón ajustado, aún llevando puesta las botas de Siberia que lo resguardaba de la nieve. Pronto vio necesario dejarlas incluso a ellas de lado, desesperado al sentir que no importaba cuando intentara refrescarse, el calor simplemente era inhumano. El sudor ya empezaba a formar indecorosas líneas en su camiseta, mojándola y mostrando sus músculos tallados, aquellos que había forjado con duro entrenamiento. Ikki le miró de reojo, sin mover un ápice de su posición, y lanzó una risa ahogada y atragantada mofándose de él y de su poca capacidad de soportar el clima duro de la isla de la reina muerte.

—Sí, síguete riendo idiota—replicó el ruso con un mohín que delataba su fastidio, tanto que había recorrido para estar allí y soportar esas insinuaciones. Pero así era él, así era el hombre de las alas de fuego que resurgía de las cenizas, riéndose del miedo y de las buenas intenciones, escudando su buen corazón con un tanto de orgullo; demasiado solo, demasiado apartado e indomable—. Shun me comentó algo…

—Sabía que algo te traías…—murmuró, formando un rictus impenetrable que mostraba su deseo de no hablar.

—¿Me puedes explicar que fue todo eso que le dijiste?

La respuesta fue un leve tic de incomodidad enmarcando sus cejas oscuras. Hyoga observó en silencio y a la expectativa el perfil de ese muchacho allí sin dar palabra alguna, esperaba que se sincerara, que le dijera lo mismo que le había dicho a Shun. Las palabras de su compañero le resultaba preocupante, cuando el de Andrómeda se le acercó diciéndoselo comprendió que no era algo que podían simplemente evadir. Ikki se sentía culpable y hasta inmerecedor de haber sobrevivido a esa guerra.

“Dice que de haberme golpeado cuando se lo pedí las cosas no hubieran llegado a ese punto”—recordó las palabras de Shun, en las cercanías del santuario donde Saori llevaba el cuerpo malherido de Seiya—“. Quizás y pudo ser así, pero era claro que en esta guerra no era nuestro papel el fundamental. Creo que él también lo sabe, y debe entender que los santos de oro murieron complacidos porque esa era, al final, su mayor vocación; me temo que incluso eso no termina de ser suficiente para mitigar ese sentimiento”

Claro que Hyoga lo sabía, comprendía que Ikki estaba muy enterado y muy consciente de que ese era el final que los dorados buscaban y que todos habían hecho lo mejor posible para salir vencedores de esa guerra, ¿pero por qué eso no podía calmarlo?

—Si vienes a darme un discurso mejor agarra tus cosas y vete—el invitado frunció copiosamente su ceño, pensando en que quizás debería sostener su orgullo y dejarlo allí con sus pensamientos y tonterías. Sin embargo sólo suspiro pesadamente, ahora quitándose la camiseta porque el sudor empezaba a molestarle.

—No vine a darte un discurso, sólo vine a cerciorarme que todo estuviera bien. Shun está preocupado.

—¿Bien? ¿Qué mierda va a estar bien, Hyoga? Viste a Saori ¿no? ¿Entendiste lo que está pensando?—si, él también lo había sentido, había podido percibir en el cosmos de su diosa una decisión arriesgada. ¿Pero podían acaso juzgarla?—. Yo lo vi, y sinceramente esto me parece absurdo, no sé ni que pensar. Como hermano me gustaría que Seiya siguiera con vida pero ¿cuánto se debe sacrificar? Aún así, ¿quién soy yo para decir algo al respecto? Si no tuve el valor de obedecer a mi hermano que luchaba contra hades cuando me pidió que lo matara… ¿Con qué moral voy a decir que todo esto es una soberana tontería?

Hyoga se quedó en silencio por tensos minutos, deliberando ante todo lo que Ikki había dejado salir en un tono molesto y ofuscado, aunque más desesperado, aquellas ideas que estaba en su cabeza y seguían dando vueltas sin solución alguna. Sabía que aquello apenas era la punta del iceberg, todo lo que estaba diciendo Ikki no tenía que ver en realidad con su verdadera frustración, lo podrían reconocer pese a que fuera poco lo que hubieran hablado o compartido. Había algo en común en ellos, mucho más allá que ser seguidores de la misma diosa.

Sintiéndose rebasado por el calor y las palabras de su compañero, el del cisne decidió al menos refrescarse un poco en la playa cercana, dejando su posición de descanso para permitir primero que sus pies se remojaran en la orilla. La sensación le resultó reconfortante, por lo que accedió a seguir internándose hasta que el agua cubriera su cintura y se zambullera por completo tratando de bajar su temperatura corporal. Aquello de alguna forma también le daría tiempo a Ikki de sopesar sus opciones y dejar florecer su verdadera preocupación.

Mucho más calmado por la temperatura del lugar, decidió que eso podría ser lo que al santo de fénix le hacía falta. Seguro de su pensamiento el ruso se acercó hacía donde Ikki le mantenía la mirada fija, notando en el mayor una expresión de contrariedad, quizás tomado de sorpresa por aquella acción del rubio ante lo que había sido su evidente frustración. Hyoga enarcó una ceja sutilmente, en aire orgulloso, y en el segundo minuto manoteó el agua llevando varias gotas del mar hacía el cuerpo del testigo ocular de su baño.

—¿Qué te pasa imbécil?—reclamó y Hyoga lanzó una carcajada poniendo sus manos en jarra y mirándole con gesto indolente.

—¿Que sucede, Ikki? ¿Acaso te apagaré la cola con un poco de agua?—el aludido le miró con asombró y un tanto de contrariedad. ¿Qué se suponía que significaba eso? ¿Por qué razón Hyoga actuaba de esa forma cuando le había dicho en parte lo que le aturdía? Más no pudo pensarlo lo suficiente cuando de nuevo el siberiano le había lanzado más agua aunado a una sonora risa—. ¿No me digas que te congele? Ni siquiera he usado mi cosmos—siseó, demandante. El mayor, ya molesto por la fanfarronería, se lanzó a la orilla quitándose su camiseta.

—¿Con qué quieres jugar no?—corrió hasta que el agua le llegó a la cintura y pudo lanzarse con tranquilidad, mojando todo su torso moreno y quitándose así el sudor. Al salir a la superficie vio al rubio  a un poco de distancia enviándole lo que parecía un desafío—. ¡Te vas a arrepentir!

Aquello comenzó como una pelea por orgullo, o un juego, pronto se fue calentando de la misma forma que los fluidos subterráneos de los volcanes. Entre olas ficticias creadas con sus brazos, algunos golpes de cosmos para calentar o enfriar las aguas de la costa, miradas desafiantes, duelos mudos, se fueron olvidando por un momento de su misión, de su llamado y de todo aquello que hacía peso para ellos. Sabía que las palabras de su diosa siempre había sido las mismas, el deseo de ella aparecía intacto: su anhelo era que ellos pudieran vivir una vida normal, común y corriente, como otros seres en el mundo, como jóvenes de su edad. Pero ya era demasiado tarde para eso, ambos lo sabían, y sabían aún más que sin importar que fuera lo que ella hiciera y a quien se enfrentara por la vida de Seiya: la seguiría, a donde fuera.

Habían nacido para ello.

En un momento, entre los juegos y los retos fue Hyoga quien se colgó encima del cuello de Ikki intentando ahogarlo aunque el moreno no se dejaba con facilidad. Había un tanto de duelo de orgullo y otro tanto de un sentimiento que se estaba gestando en la boca de sus estómagos y que ambos habían dejado de prestar atención, mucho más concentrados en obtener su pequeña victoria. El de Fénix lanzó al compañero a las aguas y este a su vez le tomó de la pierna para sumergirlo, ambos guerreaban por mantenerse a flote sin importar cuantas veces empujaran, tomaran y apretaran algún miembro del otro. Pronto fue Ikki quien cayó en cuenta lo que estaba sucediendo, cuando luego de un roce algo en él dio una pulsada dolorosa y placentera en un punto que no había considerado en todo ese juego.

Aturdido se alejó unos metros de sus acompañantes, quedándose muy quieto y con los ojos muy abiertos. Hyoga le miró expectante, su cabello dorado caía húmedo tras su espalda y sobre sus hombros en forma ondulada, sus ojos azules brillaban un poco enrojecidos por la sal y el calor, en su piel, blanca como el mármol surcaban gotas de sal y agua que se iba fundiendo con la de la playa, dándole un aspecto arrebatador, seductor, que Ikki notó justó en ese momento. Además, el rostro de expectativa que le había dibujado su amigo, visiblemente ignorante de lo que estaba pasando, de alguna forma le encendió la libido de forma extraña, incluso morbosa.

—¿Te cansaste tan rápido?—eludió el rubio colocando sus puños en la cadera y enarcando una de sus doradas cejas. Ikki se mantuvo en silencio, bajando el nivel de sus gruesas cejas oscura y enmarcando una mirada de muy pocos amigos.

Debía reconocerlo, para su mal, admiraba aún así a Hyoga, reconocía que él había crecido durante los últimos combates. Pese a que fueron por un momento enemigos, las circunstancias y el destino los había convertido en aliados, pero en ese momento no sabía que podrían ser. ¿Compañeros? ¿Amigos? Las líneas se notaban demasiado difusa y su estado corporal no ayudaba a esclarecerla.

Abrumado decidió simplemente salir de la playa y de su vista, dejando al de cisne totalmente descolocado por el repentino cambio de panorama. Lo llamó, varias veces, pero Ikki no volteó ni dio señal de querer tan siquiera prestarle atención. En ese instante se sintió frustrado, dejado allí en la costa cuando intentaba de alguna forma confortarlo además de asqueado al ver esa imagen del hombre que resurgía de las cenizas y era capaz de enfrentarse al mismo Hades si eso fuera necesario. Algo dentro de él se movió como un gusano retorciéndole el intestino, quizás era ira, enmarcada ante la certeza que Ikki estaba actuando de forma estúpida y que él no hallaba, además forma de hacérselo saber.

—¿Y a donde se supone que vas? ¿No me vas a contestar?—gritó, también saliendo de la playa y con el rostro enmarcando su molestia. La espalda de Ikki se quedó estática, sintiendo los pasos del otro hombre acercándose por detrás, el sonido del agua chapoteando ante cada pisada junto a las olas y la brisa—. Resulta que el hombre que me dijo que era un cobarde y un mal santo en la guerra de Poseidón, ahora se esconde en una maldita isla por pensar quién sabe qué idioteces. ¡Responde Ikki! ¿Dónde está ese que me dijo que mi debilidad fue detenerme por la imagen de mis seres queridos?

—¡Cállate Hyoga!—bramó, sintiéndose tocado justamente en la llaga.

—Ah, sí ya veo, ¡¡aquí esta!! Lamiéndose la herida como un miserable, ¡preocupando a su hermano menor!—exclamó, ya solo sintiendo la arena debajo de sus pies mojándose con sus húmedos pasos, quedando a poca distancia de la ancha espalda desnuda del moreno—. Te esconde en este lugar a tapar tus penas, ¡como siempre! Ocultándote, separándote, ¡aislándote Ikki! ¿Dime que logras con eso? ¿Aparentar ser fuerte?—continuaba su perorata, notándose indignado, molesto, airado—. Porque es patético, ¡repugnante! ¡Ese no eres tú!

—¡¡Basta!!

No vio el momento en que ese cuerpo dio media vuelta, ni en que esa mano tomó su muñeca, mucho menos cuando lo estampó a la caliente arena lastimándole con su ardor a la húmeda espalda blanca. Tampoco pudo prever cuando el cuerpo de él se le lanzó encima y esos labios gruesos tomaron los propios con ahínco y frenesí, dejándole sin habla, y sin aliento, siquiera con una palabra coherente palpitándole en la cabeza.

El beso fue furioso, errático, rápido. Agitado el moreno se separó unos segundos y a unos centímetros del otro para ver el rostro pasmado de su acompañante, los ojos azules vidrioso por la sal y el calor mirándole fijamente, entre confundido y alterado. No había recibido ninguna queja, tampoco una señal de rechazo; más bien le recibió e imitó sus movimientos acalorándole las extremidades, dejándole a su vez el respirar presuroso, ahogado y excitado, con sus pieles temblando entre el frío y la euforia, con sus pupilas clavadas el uno al otro.

No entendía que había pasado pero muchas cosas no requieren respuesta, Ikki lo comprendió cuando la mano de Hyoga le asió por el cabello de su nuca y le obligó a juntar sus bocas nuevamente. Desde ese punto, ninguno de los dos pudo detener lo demás.

Con necesidad sus cuerpos se encontraron, con desespero sus manos empezaron a tantear la piel del otro sin oponer resistencia ni pedir explicaciones. Quizás llevado también por su joven edad, ambos se dejaron ir por la marea de excitación que caló en su interior, por aquel fuego que iba drenando por sus venas, el calor que provocaba en cada fricción y la forma en que el aire escapaba a modo de gemidos temblorosos de sus bocas. Se miraban apenas por pequeños segundos, observando cómo sus ojos llenos de cosmos y dilatados de ansias dibujaban el contorno del otro, y permitía. De esa forma se dejaron guiar por los instintos y por sus anhelos, por la necesidad de ser tan solo, por unos momentos, dos jóvenes en edad difícil.

Ávidamente se unieron sobre la arena de la isla de la reina muerte, fusionando sus cuerpos, encajando perfectamente como si ambos hubieran sido creados para complementarse, más allá de sus técnicas y constelaciones, de sus signos o de sus diferencias de temperamentos, como si el uno tuviera lo que el otro le hacía falta y le perfeccionaba. Aquello entonces se convirtió en una oda a la vida, al amor, y a lo que se suponía ellos protegían con su cosmos sin escatimar nada. Sentir a través de ellos mismos el flujo de la fuerza y la esperanza minándole los sentidos, al tiempo que sus caricias ascendía y descendía, que sus labios se encontraban y estallaban en besos; fue como si le diera un significado mayor a todos los sacrificios, a todo por lo que habían peleado. No importaba cuando empezó ni si tenía futuro, el ahora era el único valor para ellos, era lo verdaderamente importante.

Ambos lo sabían, y por ello ambos permitieron llegar hasta el fin de los términos.

Cuando Ikki le penetró, sintió que las fuerzas de toda su vida de guerrero se acentuó justo en su entrepierna, dejando sin nada a sus piernas que se batían para mantener firme, de rodillas, mientras sostenía las caderas blancas entre sus manos. La imagen de Hyoga lleno de arena, calor y sudor, con marcas de besos en su torso, con sus ojos azules brillando y exigiendo; había sido para el dueño del ave fénix una imagen que se quedó gravada con sangre en sus venas. Jadeó, exhaló aire gutural cuando vio las manos de Hyoga buscar su propia erección y sostenerla como si el placer fuera demasiado como para esperarlo; aquello superaba cualquier expectativa, tomando en cuenta que jamás había tenido una igual respecto a ese tema: para ambos sus vidas de santos se remitía a seguir peleando y combatiendo por la tierra, ¿cómo pensar que podrían formarse ese tipo de lazos entre ellos?

Por un momento en el mayor se formó una serie de argumentos contradictorios que buscaban combatir con su excitación, como si un minuto de consciencia quisiera apagar el fuego que ya estaba bramando en su vientre. Hyoga lo leyó, supo identificarlo en la mirada renuente de Ikki y frunciendo sus cejas le miró imperativamente.

—Termina lo que empezaste—advirtió, con un tono de voz ahogado y netamente sexual.

—¿Porqué viniste?—logró preguntar, conteniendo las llamas que ya abrazaban a sus piernas débiles para sostenerle—. ¿Para qué viniste, Cisne? ¿Qué te importa lo que haga o no?

—¡Claro que me importa, imbécil! Te admiro…—y los ojos del japonés se abrieron estupefactos—. Te admiro, Ikki… De no haberme hablado de esa manera cuando ocurrió el combate con Kasa, no hubiera estado preparado para enfrentarme con Isaak. ¿No es esto lo que hacemos por quienes nos importa?

—Sigues siendo un maldito sentimental…—gruñó y en respuesta el rubio le sonrió con una ceja enarcada, expectante.

­—Quizás, pero eso no quita que hayas sido tú el que buscó besarme.

Cayó sobre sus antebrazos, atrapó sus labios, estocó…y comenzó la danza.

Ante cada embestida Ikki se sentía derretir dentro del cuerpo de Hyoga, como si él fuera el hielo y aquel el fuego que le rodeaba por completo, como si con él no tuviera otra opción más que ser transparente. Ante cada golpe de su cuerpo al otro, las caricias rudas de Hyoga le marcaban la espalda, escuchaba su voz en el oído diciéndole cosas, algunas comprensibles, otras en su idioma y que le enervaba aún más la sangre en su cabeza. Sabía que él no era a alguien a quien proteger, tenía las suficientes fuerzas y agallas para enfrentarse a quien sea, y eso siempre le admiró, además de admirar la sinceridad con la que dejaba entrever sus sentimientos. Para él eso era una muestra de debilidad, ¿no fue eso lo que su maestro le había enseñado? Quizás por eso: por todas sus dudas y por la latente culpa que sentía cundir dentro de su mente fue que regresó a ese lugar; para recordar, para reencontrarse a sí mismo.

Lo curioso del asunto fue hallarse a él dentro del cuerpo del cisne, encontrarse y verse a sí mismo en las pupilas azules de Hyoga mientras le penetraba, saborearse a sí mismo, y poder comprender mucho mejor todo el nudo que había estado formándose entre argumentos y recuerdos desde la caída de Hades.

Al momento de culminar, emitió un gruñido plagado de sexo desde el fondo de su estomago, temblando por completo al tiempo que llenaba el cuerpo de su acompañante e igual. El ruso lanzó un grito parecido, un poco más sonoro, cayendo exhausto a la arena y sonrojado entre el placer y el calor. Ikki cayó en sus hombros, sin aire, tratando de recuperar el ritmo mientras sentía que la cabeza le daba vuelta y su cuerpo no daba más. Ambos, en medio de la playa, se permitieron un segundo de calma.

—Ikki…

Se habían quedado dormidos, quizás por tan solo diez o quince minutos. El sol se estaba ocultando por el horizonte, por lo tanto una manta naranja y dorada rodeaba las faldas del mar, cubriendo con su color también el cielo. Cuando Hyoga abrió sus ojos, musitando su nombre, vio a Ikki a su lado sentado con las piernas abiertas; aún desnudo y visiblemente pensativo, como lo había encontrado horas atrás. Se movió un poco para acercarse a él, pero la sensación de algo que escurría en sus piernas lo detuvo por un momento, para luego ruborizarle. Sinceramente no había esperado que las cosas terminaran así, incluso cuando lo convidó a bañarse fue como una manera de entretenerle y sacarlo de sus largas cavilaciones. De todas maneras, tampoco se arrepentía de la conclusión.

—Antes de que todo ocurriera, vi a Shaka…

Volteó su mirada impresionado al escuchar la voz de Ikki hablándole, aunque este no le mirara. Su perfil con la vista al mar lucía aún más dorado debido a los rayos del atardecer, agitando su cabello oscuro, dándole un aspecto aún mucho más maduro del que gozaba. Supo de inmediato que lo que estaba por confesarle sería, entonces, la verdadera base de su dilema y por ello decidió acercarse, arrastrándose un poco a la arena hasta recostarse de espalda sobre las piernas de él, gruesas y bronceadas. El mayor le recibió sin queja, más bien otorgándole una inusitada caricia a su cabello.

—Yo estaba en el santuario mucho antes de que Seiya llegara. Había tenido un sueño, de nuevo esa imagen que Shaka me había mostrado en la casa de la virgen cuando peleé contra él.

—¿Qué era ese sueño?

—Yo, cargando a Shun de niño en mis brazos, descalzo, caminando en el valle seco del limbo de los niños. Él cada vez pesaba más y había voces que me pedían abandonarlo; nunca lo hice, aunque por cada paso que daba mis pies eran destrozados por las piedras—hubo silencio, un silencio cómplice entre ambos comprendiendo lo difícil que era expresarlo. Hyoga no hallaba que palabra decir al respecto, aquel sueño sonaba espantoso y jamás había imaginado que Ikki estuviera cargando con él. ¿Acaso era una clase de videncia?—. Tenía tiempo sin ver ese sueño hasta esa noche y por eso me apresuré y fui. Logré pasar desapercibido para los otros guardias, logré olfatear el hedor de la muerte en todo alrededor del santuario y estaba dispuesto a enfrentar lo que sea, pero… Shaka apareció frente a mí.

Y lo recordaba, como en medio de las sombras que se tejían por las ruinas del santuario, el cosmos dorado reconocible de Shaka de Virgo se abrió espacio entre la oscuridad mostrando su majestuosa presencia. No importaba como, después de aquel combate ambos habían sabido admirar y respetar al otro, aunque no lo dijeran, aunque ambos encerrado en su orgullo no lo admitiera en voz alta.

Con su armadura puesta, Ikki observaba al dorado notándose inquieto. No necesitaba conocer mucho al santo de virgo como para saber que él hecho de abandonar su templo ya era suficiente contrariedad. Más si embargo en Shaka no hubo gesto alguno que le hiciera entender que venía ni a saludarlo, mucho menos a invitarlo a combatir; lo que encontró en él fue el semblante del juicio.

—¿A dónde piensas ir, Fenix?—le habló, con la modulada voz que gozaba.

—No creo que hayas venido a darme la bienvenida. ¿No se supone que deberías estar en tu templo, Shaka?

—Estoy en mi templo—aseguró, dando otro paso de cosmos frente a él—, pero dudo que tus ojos carnales pueda siquiera comprenderlo.

—No pierdas el tiempo intentando detenerme… sé que fue lo que dijo Saori, pero no me quedaré a esperar.

—Esto no tiene que ver con lo que la diosa Athena haya dictaminado o no, Fénix. Esta Guerra santa es algo que va más allá de tu corta visión, no son ustedes los que podrán enfrentarla. Estos enemigos que conocen a la muerte y el horror no se asustaran con tus infantiles visiones.

—¡Oh, no me digas!, sabes que conozco tan bien a los infiernos que podría darte un tour allí, Shaka. Pierdes tu tiempo, iré de todas maneras.

En ese momento, de la palma de Virgo brotó un rosario de perlas, uno cuya luz y cosmos le abrumó en demasía. Algo dentro de ese artefacto le hizo sentir pequeño, fue como si le hubieran presionado para hacerle entender algo que él aún no veía o no quería aceptar. Virgo agitó el rosario hasta extendérselo, con sus ojos ahora abiertos, esas dos turquesas llenas de cosmos que eran capaces de matar a cualquiera. Por un momento temió que eso significara que Shaka estaba dispuesto a atacarle, pero no fue así.

—¿Puedes verlo, Ikki? ¿Puedes sentirlo? Este es el rosario de las 108 cuentas, aquel que representa cada alma de los espectros de Hades.

—¿Hades?

—Nuestra guerra, la razón por la que despertamos cada dos siglos es precisamente esta. El sello de hades se ha debilitado, ya los espectros se están moviendo. Nosotros, Ikki, hemos llevado el peso de las generaciones que han cargado este rosario durante muchos años sobre nuestros hombros. Todos nosotros, como caballeros dorados, hemos esperado precisamente este momento; y tú, Ikki, no estás preparado para enfrentar al dios de la muerte.

Pudo haber replicado, pero toda la fuerza que emanaba aquel artefacto le había quitado las fuerzas. De repente se había sentido fuera de lugar, como si realmente su poder no fuera necesario, como si esa batalla no le perteneciera.

—Todos Ikki, todos nosotros estamos dispuesto a matar hasta lo que amamos, a sacrificar todo en lo que creemos por nuestra diosa. Ni tú, ni los demás santos de bronce están preparado para ello. Athenea lo sabe, en su extensa sabiduría, lo sabe…

La imagen de Virgo se desvaneció en una nube dorada, dejando su voz en un espeso eco.

Al escuchar el relato, el santo de cisne se quedó en silencio, comprendiendo aún más el porqué Ikki había tomado esa actitud en cuanto a la guerra. Ciertamente, los dorados, todos ellos, estaban preparados para darlo todo por su diosa.

—Fui incrédulo a sus palabras—continuó Ikki—, y me quedé en espera para ver qué era lo que supuestamente estaban dispuesto a sacrificar. Entonces ocurrió todo: la llegada de los antiguos dorados, las peleas entre ellos, el cómo el cosmos iba pasando de un templo a otro dejando destrucción a su paso… Cuándo sentí la forma tan cobarde en que mataron a Shaka en su templo, comprendí que realmente todo esto superaba cualquier lógica y al final… al entender que ellos sólo buscaban llegar a Athena para darle la llave de la victoria, fue que pude darle crédito a sus palabras. Por eso cuando fui a los infiernos fui decidido a demostrarle a Shaka que yo también estaba dispuesto a hacerlo, a sacrificar todo. Cuándo sentí su cosmos allí supe que no, los dorados no habían acabado su participación y yo estaba dispuesto a dar la mía pero… al escuchar lo de Shun, no quise creerlo.

—¿Crees que Shaka te detuvo por eso?

—Es posible…—murmuró entrecerrando sus ojos, arrugando aún más la cicatriz de su cara—. Lo cierto es que cuando vi el cuerpo de mi hermano siendo tomado por Hades, no pude hacer nada. Cuando Shun me pidió que lo matara para acabar la guerra, Hyoga, yo no pude obedecerle. Y detrás de mí, ¡Shaka ya iba a hacer lo que sabía desde un principio yo no podía hacer, maldita sea!

Ante aquella aseveración, ambos guardaron silencio, Ikki conteniendo su frustración en sus puños, Hyoga sus pensamientos en silencio. Permitieron que aquel mutismo se extendiera por minutos, suficientes, para recuperar el aire y conseguir las palabras correctas.

—Entonces… lo que quieres decir es que lo de Seiya…

—Es lo mismo…—musitó, mirándole ahora fijamente—, si vamos a hacer algo por Seiya será lo mismo. ¿Y qué si con esto creamos otra guerra? Todos ellos murieron abriendo la puerta del muro de los lamentos para que nosotros pudiéramos destruir el cuerpo de Hades. Yo recogí el rosario de Shaka que quedó en Giudecca antes de partir a la hiperdimensión, sentí el cosmos de todos ellos por medio del rosario dejando el destino de la tierra en nuestras manos y ahora… por un sentimiento Hyoga…

—Comprendo.

—Pero después de lo que pasó, no soy nadie para siquiera reclamarlo.

—Creo que es distinto—alegó el rubio, reincorporándose para sentarse y mirarle fijamente—. En medio de una batalla, los sentimientos pueden ser una debilidad, eso fue lo que me enseñó mi maestro Camus; pero jamás habló de que debíamos vivir ausente de ellos. Los sentimientos, el amor, nos impulsan para lograr milagros Ikki; a lo largo de cada batalla, hemos superado nuestros límites por el lazo que nos une entre nosotros. Sé que Saori lo entiende, sabe el alcance del amor y por eso debe estar segura que sin importar que pase el amor será lo suficiente para lograr un nuevo milagro, traer a Seiya con nosotros—se detuvo un momento, recuperando el aire para continuar—. La decisión que tomaste referente a Shun, fue la misma que tomó Saori y eso no significa que Shaka pudiera estar equivocado. Quizás se hubiera sacrificado más o menos, no sabemos qué hubiera ocurrido pero lo cierto es que, al final, todos hallaron el lugar que querían, ellos murieron haciendo lo que querían hacer, abrir la puerta, para acabar con la guerra definitivamente—puso su mano en el hombro, con una mirada sincera—. El destino de la tierra está en nuestras manos, pero nosotros tenemos esta manera de protegerla: por amor, dándolo todo, hasta que nuestro cosmos se extinga.

Sus miradas se cruzaron, se quedaron prendada una de la otra en ese momento intimo.

—Decidiste bien, Ikki, creíste en la fuerza de Shun, creíste en él por sobre todas las cosas. Lo salvaste.

—¡Maldición!—masculló, rascando su cabeza y inclinándola para ocultar la media sonrisa que surcó en sus labios—.Que seas precisamente tu, el “sentimental” quien me venga a decir esto ¡es absurdo!—Hyoga lanzó una carcajada, en medio del atardecer que daba paso a la noche.

—¿Ah sí?—aludió, dándole un pequeño golpe en el hombro—. Ya te pagué el discursito de Atlantida.

En vano sería esperar de Ikki unas gracias pero eso no le importaba, Hyoga ya sentía que todo lo que estaba turbando al fénix se había desvanecido, como el calor y la luz del día sobre la isla. Había logrado sacar de nuevo de él aquella fuerza que admiraba, aquel temple y esa osadía con la que solía enfrentarse a todo. Lo que había ocurrido entre ellos no le causaba aversión, por el contrario, se sentía afortunado.

—Ahora Ikki, descansemos, hasta que Saori decida qué hacer.

El aludido asintió, dejándose caer en la arena y permitiendo que el rubio se acomodara a un lado, en la intemperie, mientras la noche los cobijaba. Se permitieron unos minutos de descanso, en tanto la noche durase y fueran solo dos jóvenes. Hasta que llegase el momento de partir a otra guerra…

One thought on “Junto al Oceano

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